Era común escuchar, en épocas donde la Franja Morada era hegemónica, que el problema del movimiento estudiantil era, justamente, la Franja Morada. Parecía que, liberándose de la juventud radical universitaria, todos los problemas estarían resueltos, o se caminaría hacia su solución.
La experiencia nos dice que no fue así.
A fines del 2001 la izquierda (en sus múltiples variantes, incluidas las agrupaciones independientes) se hizo cargo de muchos de los centros de estudiantes y, como hito de importancia, asumió la presidencia de la Fuba (Federación Universitaria de Buenos Aires), con el frente 20 de Diciembre que incluía, entre otros, al PO, al MST, a la Venceremos (Patria Libre) y a la agrupación independiente TNT (de Cs. Económicas).
Este cambio fue histórico, ya que la Franja Morada dominó el movimiento estudiantil durante 18 años.
¿Por qué se dio este cambio? Podemos decir que en ese momento no ganó la izquierda sino que la Franja perdió. La crisis de la Franja Morada fue el preludio de la crisis política del gobierno de De la Rúa en diciembre del 2001.
Es así que la izquierda asumió un papel dirigente más por oposición a que por mérito propio.
Dos años ya pasaron, y estamos a meses de cumplir un tercero, de este cambio histórico en la dirección del movimiento estudiantil. Creemos que es hora de hacer algunos balances.
Por un lado, la lógica burocrática de Franja Morada, extendida a lo largo de 18 años, hizo escuela y la izquierda se postuló como su mejor alumno. Los dos congresos donde se eligieron autoridades de la Fuba fueron en época de vacaciones, y convocados de manera cuasi-clandestina, sin ningún tipo de instancia de discusión previa (nótese la ausencia de diferencias con el congreso de la FUA el pasado 1º de Mayo, donde Franja Morada conservó la Presidencia). A la vez, las medidas que llevan adelante los centros de estudiantes o las federaciones, o las actividades y movilizaciones a las que adhieren, son decididas sin ningún tipo de participación de los estudiantes. Después de dos años de gestión, la izquierda sólo se limitó a administrar los centros (sus secretarías de publicaciones y otros espacios que dan plata) sin cambiar un milímetro la estructura heredada de la Franja Morada.
Así, esta lógica burocrática lleva, en la práctica, a quienes quieren luchar, participar u organizarse, a buscar caminos alternativos a las estructuras nada democráticas de los centros de estudiantes y las federaciones (actuando individualmente, organizando actividades independientes, etc.). Ni que hablar de los miles de estudiantes que tienen alguna inquietud, pero no encuentran manera de canalizarla.
En el aspecto político, la izquierda tampoco cambió la lógica de la vieja burocracia morada: la política del movimiento estudiantil es la política de la agrupación-partido que asume la presidencia. La única participación que se reserva para el conjunto de los estudiantes es una vez al año, en el momento de votar. Para la gran mayoría de las agrupaciones estudiantiles, ésa es la única forma válida y real de participación que puede alcanzar el estudiante.
Tanto los centros de estudiantes como las federaciones son organizaciones que, en lo fundamental, se dedican a administrar espacios que generan plata (fotocopiadoras, apuntes, bares, etc.). La sindicalización forzosa es moneda corriente en los centros de estudiantes. Todos pagamos una cuota sindical cada vez que compramos un apunte o comemos un sandwich. En este sentido, tampoco hubo cambios: nadie sabe para qué se utiliza la plata, ni hay posibilidades de decisión del destino de la misma.
Tomando en cuenta todos estos aspectos es evidente que no basta con Echar a la Franja, ni con tener un Centro o una federación de izquierda. Los cambios superficiales mantienen la esencia de las estructuras.
Si de cambios hablamos, la participación, la discusión, la decisión, la acción colectiva, y el tipo de organización que nos demos para tales fines, son elementos pendientes en el conjunto del movimiento estudiantil. Dada la experiencia, no basta con cambiar de manos la dirección de tal o cual estructura, manteniendo sus bases intactas, como si los cambios fueran posibles sólo por las buenas intenciones de algunos. Es necesario, por el contrario, desnaturalizar lo que parece eterno.
CELESTE
¿Se elitizó la universidad estatal?
El debate encierra análisis y ayuda a pensar los nuevos problemas e interrogantes para la política y las formas de organización de los estudiantes universitarios.
El primer dato es que se vienen produciendo cambios de consideración en la composición de las universidades estatales que dan por tierra con la forzada teoría de la elitización. Por un lado, a la universidad estatal ya no asiste en masa la llamada clase media, simplemente porque el capitalismo la polarizó en grado extremo. La pirámide de la sociedad que se ensancha cada vez más hacia abajo es trasladable íntegramente a la realidad de las universidades estatales. La idea de éstas como antesala del ascenso social para alcanzar el sueño de Mi hijo, el doctor es letra muerta para la mayoría.
Muy ligado a esto, en los últimos años, lejos de excluir, incluyó masivamente a jóvenes. Así, de 180.000 estudiantes que albergaba la UBA en 1973 (cifra que se mantenía proporcionalmente en 1997), pasó a más de 300.000 este año, a la vez que proliferaron las nuevas universidades locales en el conurbano y el interior con características de semiprivadas.
Es que las políticas elitistas que preparaban la burguesía, el imperialismo y el Estado para la educación bajo el menemismo y la Alianza (LES, ajuste a cuenta gotas del presupuesto y el posterior mazazo que intentó López Murphy, entre otros ataques) no pudieron implementarse en sus objetivos más importantes, fundamentalmente por la respuesta popular al conjunto de la política nacional, que les puso cierto freno. Luego, los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre del 2001, cambiaron el rumbo y la realidad del país, y pospusieron los planes para aniquilar la educación estatal y gratuita, puesto el peligro de empeorar la situación por el colapso nacional.
Quizá no casualmente, en esos momentos, operó el mayor crecimiento en el ingreso a las universidades públicas: desde la fuga de las privadas en el intento de los hogares de ingresos medios por abaratar costos, hasta una buena cantidad de jóvenes que ante la falta de trabajo buscaron, en la aprobación de ciertas materias, un mejor currículo para lograr un empleo, así sea precario.
Pero el ingreso irrestricto no es sinónimo de egreso irrestricto. Las dificultades para cursar y poder llegar a un título, se acentuaron: falta de presupuesto, de becas masivas, de aumento de sueldos, de nuevos puestos de trabajo para docentes, de eliminación de posgrados pagos para validar el título, de soluciones edilicias, de mayores bandas horarias, de diversidad de cátedras, etcétera. Junto al descomunal crecimiento de la matrícula de ingreso, se produjo, en estos años, un decrecimiento proporcional de graduados.
Sin embargo, todos estos problemas no se traducen en demandas concretas y organizadas. Los aparatos que manejan la estructura de los centros y de las federaciones ayudan a desvirtuar por completo el contenido de cada uno de estos justos reclamos, en una alquimia de la que surgiría una supuesta universidad idílica (De los trabajadores para algunos; Al servicio de los trabajadores, para otros).
Si los estudiantes lográramos organizarnos por alguna (o varias) demanda(s) concreta(s) las que sean, de forma masiva y decidida, sería un paso más firme que mil programas, porque estaríamos mejor ubicados para dar peleas mayores y no sólo de carácter estudiantil. Percibimos de acuerdo con la realidad que viene cruzando a la universidad (donde hay estudiantes que trabajamos, trabajadores que estudian, desocupados, clase media empobrecida , etc.) la imposibilidad de mirarnos el ombligo y olvidar que la universidad sólo podrá ser transformada de raíz en el marco de una lucha revolucionaria de toda la sociedad y no como una corporación aislada de ella.
PEDRO MOLINA
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