Ante la muerte de Líber Seregni:
Comprender

     Conocí personalmente al general Líber Seregni hace más de 33 años, en oportunidad de que el recientemente formado Frente Amplio (FA) tratara el pedido de ingreso de la Liga Espartaco (la organización que habíamos fundado un grupo de compañeros trotskistas escindidos de Posadas). En aquel tiempo, Seregni era compañero de ruta de la política del por entonces hegemónico Partido Comunista, liderado por Rodney Arismendi.

     Contra toda lógica aparente, Seregni no discutió con nosotros el tema del ingreso sino el rol del trotskismo en la guerra civil española, que había finalizado tres décadas atrás. El defendía el planteo de los estalinistas y los burgueses republicanos, de que primero había que ganar la guerra y “después” hacer la revolución. En su cabeza no entraba mi argumentación –siguiendo la posición de Trotsky– de que para ganar la guerra civil, había que hacer la revolución en la zona republicana e impulsarla en la franquista. La Liga Espartaco nunca fue aceptada formalmente en el FA.

     Meses más tarde, en un comité de base del FA –y ante cientos de compañeros– al que Seregni había concurrido para una actividad de impulso a la campaña electoral, polemicé con él cuestionando que el FA aceptase participar de las elecciones habiendo estado de sitio (“medidas prontas de seguridad”, lo llamaban), con cientos de presos políticos, diarios clausurados y libertades democráticas cercenadas. Mi posición era que había que luchar primero contra todo eso y que, de ese modo, se fortalecería el Frente. La respuesta de Seregni fue parecida a la que me dio sobre España. Y la del PC, fue ordenar que dos matones se encargaran de mis discrepancias con el General.

     En 1989 volví a verlo, por última vez, en una reunión organizada entre el FA y la vieja Izquierda Unida de la Argentina, que compartimos Ahos Fava (por el PC) y yo (por el MAS) con Seregni y Danilo Astori (el candidato a vicepresidente por el FA, viejo asesor económico de los Tupamaros y parte del “ala derecha” del FA desde hace quince años).

     La historia se repitió. Seregni explicó las bondades de un curso “progresista” para nuestros países, y yo le respondí que el único progreso para América latina era la revolución socialista continental. Seregni no se dio por aludido y el que respondió duramente fue Astori. El año pasado, en oportunidad del plebiscito impulsado por el FA (que derrotó a blancos y colorados), ambos estuvieron a favor de la privatización de Ancap (petróleo y cemento).

Un poco de historia

     A la hora de su muerte (el último 31 de julio), el grueso de la burguesía homenajeó a Seregni con todo tipo de honores y discursos.

     No me sumo a esos honores y discursos. Formo parte de los que luchamos por su libertad –y la de miles de presos políticos– desde 1973 y, después, contra la proscripción de su candidatura para las elecciones de 1985. Fuimos, y somos, demócratas leales pero no somos hipócritas.

     El general Seregni fue un adalid de la conciliación de clases entre explotados y explotadores contra la que combatimos durante toda la vida, considerándola, con razón, como una trampa mortal para los explotados.

     Y Seregni siempre formó parte de esa trampa mortal. Desde su inacción práctica en 1968, cuando una gran lucha obrera y popular enfrentaba la política represiva de Jorge Pacheco Areco (que accede a la presidencia tras la muerte del general Gestido, a fines de 1967 y hasta marzo de 1972) en medio de una descomunal crisis capitalista. Se vivía en un casi permanente estado de sitio, que transformaba a la “democracia” en papel picado. Decenas de miles éramos “alojados” en cuarteles y comisarías, y muchos eran asesinados o torturados. En ese período, Seregni estaba al mando del Primer Cuerpo de Ejército, el decisivo, con sede en Montevideo. Y tenía el apoyo de otros comandantes, como el general Licandro y todo su grupo militar, que después se incorporó al FA. Con ese poder en sus manos, nada hicieron para impedir ese curso totalitario… salvo renunciar, despejando así el camino para que asumiera el control la derecha militar.

     En 1973 las cosas empeoraron en un doble sentido. En el primer tramo  del golpe militar, en febrero, el FA convocó a un gran acto en la Av. 8 de Octubre, en el que Seregni habló instando a los golpistas a seguir el curso “peruanista”. Esta expresión era usada para aludir al golpe populista de Velasco Alvarado en Perú. Sólo que en Uruguay las FF.AA. estaban divididas y la Marina –que respondía a Wilson Ferreira Aldunate, principal dirigente del Partido Blanco– había ocupado militarmente la Ciudad Vieja y el Puerto.

     En junio, el golpe ya había abandonado todo disfraz peruanista y mostraba su cara real: la de un golpe contrarrevolucionario tradicional, “a la brasileña”, como se decía en esa época en oposición a la experiencia peruana. Una gigantesca huelga general por tiempo indefinido, con toma de fábricas y empresas, fue la respuesta de los trabajadores. El PC apostó todas sus fichas a impedir que la huelga se transformara en insurrección (la única forma en que podía triunfar, y no ser desgastada de a poco como sucedió); por eso levantaba la consigna de una “huelga pacífica y sin armas”.

     Esta política contó con dos aliados muy importantes: Tupamaros y el general Seregni. Los primeros, aun con su dirección presa, conservaban un gran prestigio entre la vanguardia obrera y popular. Sin embargo, en el único momento en que estuvo planteada la posibilidad de una lucha armada de masas… ellos estaban negociando con los militares el supuesto camino “peruanista” trucho. Y emitieron un comunicado (el Nro. 5), que desorientaba al pueblo acerca de los objetivos de los golpistas y hasta abría ciertas expectativas en ellos. Seregni, por su lado, fue fiel al Ejército al que pertenecía, e hizo suya la consigna del PC para la huelga. Claro que los militares que desalojaban las fábricas y las empresas no actuaban precisamente en forma “pacífica”.

     Era un momento histórico, de esos que sólo se dan una vez en mucho tiempo: una huelga heroica con ocupación (no un “paro” como los que conocemos en la Argentina), que duró quince días y que sólo podía triunfar pasando al enfrentamiento generalizado contra el aparato represivo. El reclamo de Seregni, fue por la convocatoria a una Asamblea Constituyente; es decir, un taparrabos vergonzante de una política que renunciaba a aplastar físicamente a la represión. Al contrario, el general le reclamó a los golpistas que adornaran “democráticamente” su golpe contrarrevolucionario.

Un hombre del régimen

     En las postrimerías de la huelga y en oportunidad de la manifestación del 9 de julio, ferozmente reprimida, Seregni fue preso porque portaba una pistola (¡era un general!). Liberado al poco tiempo, fue nuevamente encarcelado por más de una década.

     Cuando la dictadura se derrumbaba frente a la resistencia democrática, el PC y Seregni le proveyeron de un “paracaídas” para la vuelta a la “normalización institucional”, con el Pacto del Club Naval de 1984, pese a que éste incluso proscribía a Seregni y a Ferreira Aldunate para las elecciones condicionadas del año siguiente.

     La última imagen que conservo de Seregni es también de 1989, a través de la televisión. En medio del proceso electoral de 1989, la TV uruguaya organizó un debate entre el candidato a presidente por el FA y el miserable Jorge Batlle, hijo de quien fuera el mentor político de Seregni y presidente y hombre fuerte de 1946 a 1958. La actitud del General daba vergüenza ajena: le hablaba, como “pidiendo permiso”, al hijo del patrón… Y éste le “perdonaba” su tosquedad o ignorancia.

     El ejemplo de Seregni hizo escuela. El Frente Amplio, hoy, ni siquiera discute el problema de la profundidad de la revolución o la guerra civil española, sino que se plantea “humanizar al capitalismo” con Tabaré Vázquez, o hacer un “capitalismo serio”, como reclaman dirigentes de Tupamaros como José “Pepe” Mujica o “El Ñato” Fernández Huidobro (dirigentes y senadores por el FA). Seregni tuvo cría… trágica.

     El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, solía decir Lenin.

     Políticamente, estoy convencido de que –queriéndolo o no– su accionar durante más de 35 años fue opuesto a los intereses del pueblo trabajador del Uruguay.

     Personalmente, guardo un profundo respeto por el preso digno, que no se vendió a la dictadura, que supo ser Líber Seregni.

JORGE GUIDOBONO


A 30 años de la muerte del general Perón

“No me digan que el problema era el entorno”

Entrevista a Ernesto González (*)

—¿Qué significa ser peronista hoy?

—[Risas] Ni ellos mismos deben saber. Fijate que para las últimas elecciones presidenciales tuvieron que presentar a tres candidatos. Es decir, esa unidad que logró Perón en un momento determinado es sólo un recuerdo, al igual que los intereses de los sectores burgueses nacionales. Yo a veces pregunto: ¿Existe una burguesía nacional?

Por más que Kirchner intente ser un gobierno “a lo peronista”, la situación económica que tuvo Perón ya no existe hace rato. Aunque tenga una política demagógica y despierte algunas simpatías, no tiene el respaldo para solucionar los problemas que sacuden y atormentan a los trabajadores y sectores populares.

Todo esto no quiere decir que estemos cerca de tomar el poder. Pero nos da la posibilidad de trabajar sobre esta situación, sin exageraciones pero llevando cierta claridad, entre otras cosas, de las enormes diferencias que hay entre un Kirchner y un Perón.

—¿Cómo fue la experiencia de militar durante el primer gobierno peronista?

—Yo entré al partido en 1952(1). Enseguida comencé a trabajar en el gremio de la carne, uno de los sectores más importantes junto con el textil y el metalúrgico, y sobre todo, el ligado a la construcción.

Al principio fuimos un poco sectarios. Considerábamos al peronismo como un gobierno reaccionario porque creíamos que era un representante directo de la burguesía imperialista de Inglaterra cuando, en realidad, se aprovechó del retiro del imperialismo inglés en el país después de la guerra. Luego cambiamos y opinábamos que el de Perón era un gobierno bonapartista sui generis, porque tenía cierta independencia de la burguesía y se apoyaba en los sectores populares. Jugaba un poco de árbitro, aunque en realidad terminó arbitrando casi siempre para el mismo lado: el de la burguesía.

Se puede decir entonces que en la primera etapa del peronismo no nos dimos cuenta de las condiciones especiales que había en ese momento.

—¿Cuáles?

—Una situación económica que nunca había existido en el país, gracias a la segunda guerra mundial. Existían cantidades ingentes de dinero. El ministro de Economía decía que no se podía caminar por el Banco Central debido a la cantidad de lingotes de oro que había en la reserva. Exageraba un poco, pero no tanto. Y gracias a eso es que Perón pudo dar las grandes concesiones que tuvo el movimiento obrero y así ganarse a la inmensa mayoría. Ilusionó a la clase obrera y a los sectores populares en que para conseguir algo se necesitaba un militar, un hombre fuerte. Y entonces la conciencia de estos sectores se fue transformando.

—¿Cómo era antes de Perón?

—Con Perón el movimiento obrero comenzó a perder algo que le habían dado el PC y el PS, que era cierta conciencia, aunque reformista, de clase. El PC y el PS perdieron el peso que habían conseguido debido a que, a mediados del ´30, surgió una nueva industria y, con ella, un nuevo proletariado. Gracias a las concesiones que dio, Perón terminó con ese clasismo que tenía una influencia importante.

Pero, al margen de las concesiones a la clase obrera, no hay que olvidar que muchos socialistas se hicieron peronistas (el ejemplo más típico fue Borlenghi, dirigente sindical de origen socialista que fue ministro de Economía durante el primer gobierno de Perón), mientras ambos partidos se transformaban en los baluartes de la Unión Democrática, es decir, gorilas-gorilas. Por oponerse a Perón, le hicieron el juego a esa burguesía. Y Perón supo aprovechar esto porque no era ningún tonto.

—¿Cómo era?

—Además de su capacidad como líder de la burguesía, Perón tenía una cancha impresionante como demagogo. Usaba comparaciones y frases que perduran hasta el día de hoy. Era un tipo que logró acercarse al lenguaje popular. ¡Ojo!, que todo esto lo podía hacer porque lo ayudaba la economía. Por eso existieron las vacaciones pagas, el sistema de seguridad social, los salarios altos... Nunca en la historia del país se volvió a repetir el porcentaje de Producto Bruto Interno que se destinaba al salario de los obreros: más del 50%. En general, los detractores pasan por alto todo esto. Por otro lado, tampoco hay que olvidarse lo antidemocrático que fue el peronismo. La utilización, por ejemplo, que se hacía de las escuelas para resaltar la figura de Evita y de Perón, era parte de la utilización de un gran aparato institucional y mediático montado para fortalecer al peronismo, sobre todo entre 1946 y 1951.

—¿Y después?

—Ya en 1951-52, la situación económica se vino abajo y empezó a sentirse más la oposición al peronismo.

Después de 1952 lo salvó un poco la guerra de Corea porque pudo volver a vender mercadería con poco valor agregado. Pero ya a principios de 1950 había habido un intento de levantamiento de Menéndez porque la situación económica era jorobada para algunos sectores de la burguesía. La Iglesia, como no podía ser de otra manera, se había puesto de parte de los sectores más reaccionarios y en 1955 le dieron el golpe de Estado que se denominó “Revolución Libertadora”.

Desde nuestro partido este preparativo lo teníamos bastante bien en claro: escribimos desde más de un año antes alertando sobre él y llamando a formar un frente único para derrotar al golpe de Estado. Obviamente, Perón no hizo nada. Salvando las distancias, fue parecido a lo que hizo Chávez ante el intento de golpe: no opuso la más mínima resistencia, no llamó a la clase a que se arme en defensa de la democracia. Chávez tuvo que volver porque los sectores populares bajaron de los cerros y todo amenazaba con desmadrarse.

—¿Pensás que Perón fue cobarde?

—No, lo que pasa es que era un representante burgués. ¿Qué iba a hacer, una guerra civil? Esto ha sido siempre así en América latina.

—¿Con qué otros gobiernos de la región podrías comparar al peronismo?

—Perón vendría a ser el gobierno más independiente del imperialismo entre los que se le han parecido en el continente. Uno similar se dio en Bolivia con Paz Estensoro, que era representante de la pequeña burguesía y fue uno de los frenos más importantes al maravilloso proceso revolucionario abierto en 1952. A mediados de 1960, en Perú, Velasco Alvarado, que también venía de las fuerzas armadas, le otorgó algunas concesiones al movimiento obrero, como la reforma agraria. Y mirá que el problema de la tierra allá tenía mucha más importancia que acá, y además se realizó mucho más a fondo. No se pareció en nada a lo que hizo Perón en la Argentina, donde sólo incautó a Pereyra Iraola porque era la quintaesencia de la oligarquía argentina.

Con esto, lo que quiero marcar es que, aunque con características particulares, el peronismo no fue un fenómeno que sólo se dio en la Argentina como piensan algunos. Además, se puede hablar de Perón, pero también hay que aclarar cuál de ellos. Porque el de 1946 era muy diferente al de 1973.

—¿Cómo fue el de 1973?

—Lo peor de ese Perón es que tuvo la suerte de morirse al poco tiempo de volver y la clase obrera no pudo terminar de hacer la experiencia de enfrentarse a un gobierno peronista, con Perón vivo. Si hasta tuvo que amenazar con que iba a renunciar, el 12 de junio de 1974, porque ya le estaban haciendo huelgas, con él en el Gobierno. En aquel momento, nosotros apoyamos el derecho de Perón a presentarse a elecciones porque la mejor forma de combatirlo era defendiendo los principios democráticos y, al mismo tiempo, señalar los problemas que iba a tener Perón. Además, estábamos a favor de que la clase obrera le exija a Perón que haya una representación obrera entre los candidatos que iba a presentar.

Hay muchos artículos de nuestro periódico de aquel entonces(2) que vamos a ver si los reproducimos en el libro que estamos haciendo(3), en donde decíamos en cartas abiertas al movimiento obrero: “Exíjale a Perón que aumente los salarios”, y todas esas cosas. Independientemente de que viniera o no Perón, nosotros opinábamos que había un acuerdo, el Gran Acuerdo Nacional (GAN), que lo lanzó Lanusse, con Balbín y Perón. En ese momento Lanusse mandó a su secretario a negociar con Perón. Pero Perón no era ningún tonto y tenía preparado todo: a los pocos días de asumir, Cámpora renunció a la presidencia y convocó a otras elecciones para que pudiera asumir Perón. El GAN se hizo porque el régimen militar se había ido deteriorando debido, en gran parte, al Cordobazo. Y esto, a su vez, aceleró la vuelta de Perón.

—¿Por qué?

—Porque era el único que podía enfriar el proceso abierto con el Cordobazo.

Perón especuló con esto todo el tiempo y desde el exilio alentó a la juventud a la insurrección. Eso sí, cuando se formó el GAN y luego consiguió la legalidad, comenzó la ofensiva contra la juventud peronista de aquel entonces y empezó a darle más manija a los sindicatos de Rucci, Lorenzo Miguel, etcétera. Ahí es cuando toma más peso la figura de López Rega. Y que no me vengan con eso de que el problema era “el entorno”, como todavía piensan algunos peronistas. Sobre todo los más viejos porque, por suerte, hoy no hay muchos jóvenes que se reivindiquen peronistas.

JULIO HERNANDEZ


* Con más de medio siglo de militancia, Ernesto González es hoy el más destacado dirigente de la corriente política que fundó y lideró Nahuel Moreno. Nacido en Pehuajó hace 80 años, compartió todo el curso político de Moreno y fue dirigente partidario de su corriente en distintas regiones de la Argentina y en sus agrupamientos internacionales (Comité Internacional, Slato, SU, TLT, FBI, CICI, LIT-CI). En particular, ocupó un relevante papel como dirigente del MAS en la Argentina.

Como ensayista político, publicó –en vida de Perón– un importante trabajo que fue referencia para más de una generación: Qué fue y qué es el peronismo. En los últimos años, ha publicado una serie de libros con su visión de la historia del partido encabezado por Moreno, basados en una importante documentación. Actualmente, tiene en preparación un nuevo tomo, al mismo tiempo que continúa con su habitual militancia cotidiana.

1. En el GOM, Grupo Obrero Marxista.

2. Avanzada Socialista.

3. Un nuevo tomo de Historia del trotskismo obrero e internacionalista, de próxima aparición.


A 51 años del surgimiento del Movimiento 26 de Julio y el asalto al Moncada:
“Y fueron más lejos...”

Entrevista a Ricardo Napurí (*)

—¿Qué lecciones podés extraer del ataque frustrado al cuartel de Moncada del 26 de julio de 1953?

—Hay que evitar que este hecho quede como una simple anécdota, útil para los cubanos y no tanto para los combatientes y vanguardias políticas, antimperialistas y anticapitalistas de nuestro continente. Creo que para una mejor comprensión del curso que tomó la acción revolucionaria en Cuba, podemos referenciarla con la actual situación política de Venezuela, donde se está gestando un proceso de contenido revolucionario, cierto que mediado, contradictorio y distorsionado, pero al que Estados Unidos y sus agentes políticos nativos pretenden, por todos los medios a su alcance, liquidar cuanto antes. El pretexto que han tomado es que el presidente Chávez es un antidemócrata, populista y autoritario, al que hay que expulsar de la familia continental agrupada en la llamada Carta Democrática, impuesta a la OEA por el imperialismo norteamericano. Esta acentuación de la dominación imperialista sobre nuestros países conduce, si no lo impedimos a tiempo, a la recolonización de los mismos. De ahí la importancia de la situación en Venezuela que, para Bush y sus halcones del Pentágono, constituye un obstáculo grande para su estrategia de dominación. Tanto que muchos de estos halcones se preguntan: “¿Y si Venezuela se convirtiera en otra Cuba?”.

Entonces, para comprender el nudo político que se ha formado en Venezuela, sirve apelar al recuerdo del “método” por el cual la dirección cubana terminó rompiendo con el imperialismo. Y esto despierta temores en el imperio.

¿A qué pensás que le temen los imperialistas y sus agentes nacionales?

—A los trabajadores y sectores mayoritarios del pueblo que han salido una y otra vez a las calles para luchar por sus derechos y reivindicaciones. En Venezuela han derrotado por primera vez un intento de golpe. En menos de dos días ocuparon cuarteles y locales estatales, paralizaron a la clase media derechizada y a la patronal e, indirectamente, le propinaron también una derrota al imperio. Todo a través de movilizaciones fuertemente radicalizadas, escapando incluso al control del Gobierno. Ocho meses después del intento de golpe, en diciembre del 2002, soportaron el saboteo a la industria petrolera y también lo derrotaron. Se han organizado por abajo y democráticamente, participando activamente de la política, votando masivamente una constitución progresiva, asistiendo a marchas y grandes actos periódicamente. Es decir, despliegan una energía de fuerte potencial revolucionario.

En este cuadro, madura aceleradamente su conciencia política de clase. Tanto que se organizan y autodeterminan a pesar de los límites que les impone el bonapartismo chavista. Todo este entrenamiento en la lucha de clases explica que, junto a militares chavistas, se convirtieran en el factor decisivo de la liberación de Chávez y de su inmediata restitución al poder en el 2002.

Esto, qué duda cabe, no se ve todos los días en América latina, a pesar de que se llena de rebeldías, resistencias radicales y hasta de insurrecciones contra la dominación patronal. Y que tendrá una nueva batalla con el referendo del 15, que me hace acordar a lo que pasó en el “Braden o Perón”.

—¿Por qué?

—Es que aquí el referendo se hará bajo el lema “Chávez o Bush”. Pero la consigna es engañosa, porque lo que pretende Bush en realidad no es tanto liquidar a Chávez (al que no pierden la ilusión de domesticarlo o ganarlo finalmente), sino al proceso revolucionario que se incuba en la llamada “revolución bolivariana”. Y más aún si existe el temor de que este proceso devenga en revolución anticapitalista. Esto obliga a pensar cuál será la salida, su destino inmediato.

De ahí el valor del ejemplo cubano. En una combinación excepcional de circunstancias, en algo parecidas a lo que ocurre en Venezuela, el Movimiento 26 de Julio y sus aliados burgueses y pequeñoburgueses, se vieron obligados a ir más lejos de su proyecto político inicial. De “la historia me absolverá” de Fidel Castro hasta la ruptura con el imperialismo y su consecuencia, la expropiación del capitalismo en la isla. Es decir, transitar la vía de la revolución socialista, aunque su programa inicial fuera otro.

—¿Qué programa tenían?

—El programa de los que tomaron las armas, o que lucharon directamente contra la dictadura batistiana, fue indudablemente el alegato contenido en “La historia me absolverá”, con el que Fidel Castro se defendió ante sus acusadores que lo juzgaban por orden del tirano Batista, debido al fracaso de la acción de toma del cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953. Hecho que fue el punto de partida de la creación del Movimiento 26 de Julio.

Resumiéndolo, el proyecto-programa tenía por centro terminar, por la vía armada, con la dictadura batistiana, su gobierno y su régimen y reemplazarlo por otro: democrático, sensible a las demandas populares y atacando los excesos de la patronal nativa e imperialista. No contemplaba un enfrentamiento radical con Estados Unidos, aunque sí una exigencia por “democratizar” su dominio en Cuba. Algo así como reformar y democratizar el capitalismo cubano. En este punto, no hay que olvidar que la revolución cubana tuvo un motor impulsor que la transformó en un proceso singular de revolución permanente.

—¿A qué motor te referís?

—A una coyuntura excepcional: con la victoria de los insurrectos, la revolución triunfante quedó como un sandwich entre la agresión imperialista y la irrupción de las masas radicalizadas. Éstas, a través de sus exigencias y reivindicaciones, cuestionaron la dominación de Estados Unidos por ser sus empresas las dueñas del país. La historia ha recogido mucho de esta dirección que se fue depurando rápidamente y, en este sandwich, terminó optando por los trabajadores y el pueblo.

Así, fueron más lejos que su programa y que ellos mismos, rompiendo con su ideología y estructura de clase.

Queda como un hecho a evaluar críticamente lo que expresara Fidel Castro en abril de 1959, en los días de su visita “amigable” a Estados Unidos, donde gobernaba nada menos que el general Eisenhower. En Nueva York, Fidel manifestó el día 17: “He dicho de manera clara y definitiva que no somos comunistas. Las puertas están abiertas a las inversiones privadas que contribuyan al desarrollo de la industria en Cuba. Es absolutamente imposible que hagamos progresos si no nos entendemos con Estados Unidos”. Diez días después, en su discurso en el Central Park, dijo: “La victoria fue posible solamente porque nos reunimos los cubanos de todas las clases y de todos los sectores, alrededor de una misma aspiración”.

¿Qué te parece? Es la misma persona que junto con los más radicalizados de la dirección, incluído el Che Guevara, proclamara en abril de 1962 el carácter socialista de la revolución cubana, como culminación de la ruptura y expropiación del capitalismo en la isla.

—¿Cuál fue la posición del Che en esos momentos?

—El Che se opuso al viaje de Fidel Castro a Estados Unidos en abril de 1959 porque temía que quedara enganchado en las garras de Estados Unidos, dada su posición democrática anterior. El Che se había opuesto también al Pacto de Miami, donde el Movimiento 26 de Julio hizo una alianza con representantes antibatistianos de la burguesía cubana. Él se consideraba a la izquierda del proceso que se gestaba en Cuba. En una carta fechada el 14 de diciembre de 1957 en Sierra Maestra, el Che le escribía a René Ramos Latour, uno de los líderes del Movimiento: “Considerá siempre a Fidel Castro como un auténtico líder de la burguesía de izquierda, aunque su figura esté realzada por cualidades personales de extraordinaria brillantez que lo colocan por arriba de su clase. Con este espíritu inicié la lucha, honradamente, sin esperanza de ir más allá de la liberación del país, dispuesto a irme cuando las condiciones de la lucha posterior giraran a la derecha”.

—¿Qué conclusiones sacás de estas citas que mencionás?

—Son indudablemente muchas, pero hay que quedarse en la fundamental: una dirección pequeñoburguesa, no proletaria ni socialista, y en una encrucijada histórica, se atrevió a romper con el imperialismo. Y, al hacerlo, el curso de la lucha de clases los metió en la vía de la revolución socialista. A través de ésta, los llevó a la expropiación del capitalismo en la isla y al intento de construir una sociedad de tipo socialista.

El hecho se produjo en condiciones excepcionales, pero sus consecuencias no lo son. ¿Se atreverá la dirección chavista a seguir este “método” para salvarse y salvar su revolución bolivariana?

—No me mires a mí, yo no tengo esa respuesta.

—¡Quién la tuviera! Estamos ante el clásico problema de dirección revolucionaria... De hecho, los límites los está imponiendo la dirección chavista. Chávez no ha roto con el imperialismo y nada indica que, por su voluntad, lo haría. Sólo pretende resistir limitadamente la ofensiva de los halcones de Bush sobre el país.

Y, como todo proceso de estas características, al interior del mismo Gobierno van surgiendo voces influyentes que afirman: “Basta, hasta aquí llegamos”. Pero al mismo tiempo, otras dicen: “No es tiempo de cambios revolucionarios ni de revoluciones”. Es decir, al mejor estilo del PT y Lula en Brasil, y del Frente Amplio en Uruguay. Y esto cuando las rebeldías e insurrecciones en casi toda América latina necesitan la “seña” de una Venezuela revolucionaria, como antes lo fue Cuba. Las masas movilizadas, radicalizadas y autoorganizadas, hombres y mujeres y componentes del movimiento revolucionario, tendrían que ser capaces de dotarse de una dirección alternativa a Hugo Chávez si éste siguiera los pasos de, por ejemplo, Domingo Perón, Velasco Alvarado, Allende, Paz Estensoro o Juan Lechín, que capitularon o semi-capitularon. En este desafío histórico, si el presidente venezolano no asumiera el “método” de ruptura con el imperialismo de los revolucionarios cubanos, este dilema estará planteado en toda su dimensión.

—¿Como en la revolución cubana?

—No. “Ni calco ni copia”, dijo el fundador del marxismo latinoamericano, el peruano José Carlos Mariátegui. Nadie piensa entonces en una imitación de la revolución cubana. Pero sí que el proceso logre profundizarse para derrotar los obstáculos, mediaciones y dudas que surgen en todo proceso de contenido revolucionario.

Te repito: la dirección castro-guevarista fue más lejos en la vía de la ruptura con el imperialismo, pero la respuesta la tienen hoy los dirigentes políticos, sindicales, barriales y los comandos de las bases chavistas autoorganizadas. En el resto de América latina debería desatarse la más grande y activa solidaridad con el pueblo y los combatientes venezolanos. Si Bush y sus halcones quieren terminar con las resistencias antimperialistas de Cuba y Venezuela: ¡impidámoslo!

 

J. H.

 

* Napurí ha recorrido el proceso histórico latinoamericano de más de medio siglo desde que, como aviador militar, se negó a reprimir una sublevación del Apra, lo que lo empujó al exilio en la Argentina, donde pronto fue dirigente sindical entre los periodistas del diario La Razón. Conoció el marxismo de la mano de Silvio Frondizi. Fue secretario de Ernesto Guevara después del triunfo en Cuba. Dirigente político peruano, arribó al trotskismo por los poco lineales caminos de la conmoción que significó la revolución cubana para toda la región. Preso, deportado, constituyente nacional del Perú en 1978 y senador después, fue el máximo dirigente del POMR y uno de los fundadores de la CICI y de la LIT-CI. Colaboró estrechamente con la dirección del MAS de la Argentina durante muchos años.

Hoy, junto a su intensa militancia, está preparando su autobiografía, un genuino fresco de más de medio siglo de la historia de las luchas de los explotados de América latina.


Demoliendo mitos: El “Padre de la Patria”

 

El 17 de agosto se cumplen 154 años de la muerte del general José de San Martín. Y, como siempre, las conmemoraciones oficiales (gubernamentales, educativas, publicitarias, etc.) están dedicadas a la exaltación de su figura. Estas van desde aspectos de su vida que podrían tratarse en programas de chismes faranduleros, hasta otras dirigidas a la consolidación de un símbolo. Este último aspecto es el que nos interesa analizar: cómo desde el Estado capitalista se construyen imágenes para consolidar su dominación.

 

Oscar Oszlack destaca que cualquier Estado-nación en formación supone una serie de capacidades:

1) de externalizar su poder, obteniendo reconocimiento como unidad soberana dentro de un sistema de relaciones interestatales;

2) de institucionalizar su autoridad, imponiendo una estructura de relaciones de poder que garantice su monopolio sobre los medios organizados de coerción;

3) de diferenciar su control, a través de la creación de un conjunto funcionalmente diferenciado de instituciones públicas –con aceptada legitimidad– para extraer recursos de la sociedad civil; esto va acompañado de cierto grado de profesionalización de sus funcionarios y de control centralizado sobre sus variadas actividades;

4) de internalizar una identidad colectiva, mediante la emisión de símbolos que refuerzan sentimientos de pertenencia y solidaridad social que posibilitan, en consecuencia, el control ideológico como mecanismo de dominación.

Junto a esto, las clases dominantes de un país buscan articular su poder a través de mecanismos ideológicos para difundir una concepción del mundo que, en última instancia –como diría Antonio Gramsci–, contribuye a la reproducción del sistema de dominación mediante el consenso de los dominados. En ese sentido, la escuela es el primer “lugar” donde uno aprende a ser “patriota”. Y lo primero que enseña, es que fueron “grandes hombres” los hacedores de la historia.

Hacia fines del siglo XIX –durante la formación del Estado argentino en simultáneo con la estructuración de una clase dominante capitalista a escala nacional–, desde el desarrollo del sistema educativo se fue generando una “identidad nacional” para “argentinizar” a las grandes masas de inmigrantes extranjeros. Así, Bartolomé Mitre(1) es el primer historiador que esbozó la imagen de San Martín como el gran “creador de la Patria”(2).

Hacia principios del siglo XX –cuando la gran masa de trabajadores inmigrantes cuestionaba embrionariamente la dominación capitalista–, desde el Estado se fue reforzando la idea de la “argentinidad” con la llamada Educación Patriota. Escritores como Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones(3) fueron sus impulsores desde el Consejo Nacional de Educación.

Los inmigrantes habían sido “idealizados” en la etapa de estructuración del Estado contraponiéndolos al gaucho “vago”. Pero cuando florecen las huelgas y protestas obreras masivas, el extranjero pasa a ser “demonizado” porque se organiza política y sindicalmente. No por casualidad se instaura la Ley de Residencia –que establecía la expulsión de trabajadores que participaran en conflictos sindicales– y, posteriormente, se crea la Liga Patriótica(4).

De este modo, se fue modelando la imagen de un Ejército como “salvador de la Patria”, símbolo de la argentinidad. Luego, durante el gobierno fraudulento y conservador del general Justo, en 1937 se funda el Instituto Sanmartiniano. En esa época se profundizan los lazos entre las Fuerzas Armadas y la iglesia católica, que llegarían a su pináculo con la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas primarias durante el gobierno del golpe militar de 1943.

En aquella década de 1930, se produce un rescate de la figura del también general Juan Manuel de Rosas, creándose un Instituto encargado de ensalzar su relación con San Martín. La idea de un hombre “fuerte” capaz de gobernar con “mano dura” se fue instalando a través de los grupos nacionalistas católicos admiradores de Franco, Mussolini, Salazar o Hitler. El nacionalismo revisionista católico añoraba las viejas relaciones de dependencia con Gran Bretaña, idealizaba el pasado colonial y ocultaba los estrechos lazos existentes entre las clases dominantes a las cuales pertenecía y el imperialismo británico en esos momentos.

Pueblo y Ejército

Paralelamente, desde otros sectores nacionalistas –e incluso provenientes de “la izquierda”– buscaron una interpretación alternativa, que remarcaba el origen “popular” del Ejército, con gran apoyo de masas. Historiadores de estas corrientes sobrevaloraban la figura de Rosas e incluso algunos ponían en el mismo panteón al general Julio Argentino Roca, el genocida de los indios en el sur.

Pero el punto culminante de esta relación entre “Pueblo y Ejército” se dio hacia 1950 con la exaltación escolar y nacional de San Martín –al cumplirse cien años de su muerte– durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón (el general).

Podemos ver, entonces, a lo largo de la historia, cómo los distintos sectores de las clases dominantes buscan hacernos creer en la necesidad histórica del Ejército como “institución fundamental de la Patria”, parte constitutiva de la “identidad nacional”. El propio San Martín decreta, en Lima en 1821: “En el futuro, los aborígenes no serán llamados indios, ni nativos; son hijos y ciudadanos del Perú y serán conocidos como peruanos”.

Cuando se rescatan las “hazañas libertadoras” de San Martín se ocultan sus posiciones monárquicas (iguales a las de muchos de sus contemporáneos) como garantía de orden. Se pasa por alto el hecho de que sectores capitalistas del imperio británico alentaban la formación de repúblicas “independientes”, o que el proclamado “Padre de la Patria” sólo vivió unos pocos años en el actual territorio argentino, donde apenas participó de una contienda menor, la batalla de San Lorenzo. Tampoco se habla del reclutamiento forzoso de soldados, ni de los temores que el Libertador sentía ante las luchas obreras, a poco de morir en Francia en los tiempos en que “un fantasma” recorría Europa(5).

Con esta exaltación del Ejército –y sus generales– las clases dominantes no sólo tratan de justificar la actuación básicamente genocida de esta institución, sino la necesidad de un orden (el burgués, por supuesto) que las clases dominadas debemos aceptar (incluidas sus jerarquías), ya que nos está dado ser meros espectadores de la historia.

Para los distintos sectores de la burguesía, la Historia (en mayúscula) la hacen los grandes hombres (militares defensores del orden capitalista) y a los oprimidos les toca seguirlos y poner los muertos. Recordemos que durante el genocidio perpetrado por la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla en 1976 también era el ejército sanmartiniano el que combatía a la “subversión”. Durante esa época, otra vez, se revaloraba la figura del general Roca.

La continuidad histórica expresa la continuidad del poder de las clases dominantes. Por el contrario, la historia de las clases subalternas es una historia discontinua(6), una historia hecha de emergencias maravillosas pero también de enormes brechas sangrientas.

Esa continuidad del poder exigió eliminar gauchos, pueblos originarios, obreros, montoneros federales, anarquistas, peronistas resistentes, comunistas en sus distintas vertientes y revolucionarios.

Hoy, los herederos de Mitre, exigen eliminar piqueteros, campesinos, mapuches, travestis, prostitutas, vendedores ambulantes, jóvenes portadores de cara de pobre y luchadores populares en general.

PANCHO MONTES


1. Fundador del reaccionario diario La Nación y primer presidente del Estado nacional unificado, desde donde impulsó el genocidio conocido como guerra del Paraguay.

2. Junto a Manuel Belgrano, de quien se rescata exclusivamente su papel como “creador” de la bandera nacional.

3. Ricardo Rojas, autor de la clásica biografía de San Martín, El Santo de la Espada. Leopoldo Lugones, de origen socialista, terminó siendo admirador de la Italia fascista y redactó la proclama golpista del general Uriburu en 1930.

4. Primer grupo de choque encargado de ayudar en la persecución y represión de los “apátridas”. Tuvo su bautismo de fuego durante la Semana Trágica, asesinando obreros.

5. Así se abre el Manifiesto Comunista de 1848: “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”.

6. Antonio Gramsci consideraba que la discontinuidad era uno de los rasgos esenciales de la subalternidad.

 


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