Para saber la verdad sobre los actos de gobierno, a Kirchner hay que mirarle las manos y dejar de lado las palabras que salen de su boca, con las que suele inducir a creer que está haciendo lo opuesto a lo que en realidad hace.
Primero le pagó US$ 3.100 millones al FMI; el viernes 18/3 agregó US$ 330 millones extras; mediante un decreto formó el sindicato de bancos que -con gran peso- negociaría con los acreedores privados; autorizó el aumento de las tarifas que -aunque digan lo contrario- se trasladará a los precios (que ya están subiendo, como el de la carne un 20% y el del pollo un 15%); mantiene congelados los sueldos de los estatales y publicita estadísticas sobre bajas en el índice de desocupación, que se parecen a las manipulaciones de los ilusionistas callejeros.
El acuerdo de coordinación ante el FMI que firmó con Lula es un papel sin valor, donde no se comprometen a nada, con el argumento de que ambos países viven "realidades distintas". Esta es una simple trampa, ya que al margen de las peculiaridades, podrían proceder como en cualquier convenio de gremio que, más allá de las distintas categorías y oficios, se firma como un todo. Dicho de otra forma, puede instrumentarse una coordinación por la cual si no se acuerda con ambos países, ninguno firma por separado. Esos serían hechos y no la palabrería de la reunión de Río de Janeiro o del Mercosur.
La única ocasión en que Kirchner dijo la verdad, fue en su discurso de asunción (el 25/5/2003). Entonces definió en forma categórica: "La Argentina va a pagar su deuda externa". A lo que luego agregó una mentira retórica: " pero no a costa del hambre del pueblo" (que es la única forma de pagarla, como podemos constatar hoy).
La abrumadora mayoría de la población sabe que esa deuda es ilegítima, que ya la hemos pagado mil veces, que es producto de un saqueo de tres décadas que Kirchner jamás propuso investigar; la dio por buena, y está pagando rigurosamente la contraída con los organismos internacionales (FMI, BID y Banco Mundial).
La nueva carta de intención firmada por Lavagna que se conocerá en estos días, fue adelantada por La Nación y en ella el Estado se compromete a mayores avances en el mismo sentido anterior, por lo que han cambiado su voto, ahora en favor de la Argentina, Italia y varios países del G-7.
En definitiva, entre una marea de palabras, podemos ver que es el FMI el que dice dónde se juega, con qué reglamento y a quién le toca traer la pelota.
Por otro lado, mientras a la campaña publicitaria contra el movimiento piquetero se le agrega la persecución judicial iniciada en La Plata, siguen libres De la Rúa, Menem y todos los saqueadores de hoy, pero se reabren causas contra genocidas octogenarios (aunque con cómoda prisión domiciliaria y no efectiva, como sí se les aplicó en otros países a Priebke, Hess y otros nazis). Se trata de un operativo publicitario y no de castigo, que busca mejorar la horrenda imagen de las Fuerzas Armadas ante la población, y dar así tranquilidad al grueso de la actual oficialidad de entre 20 y 45 años que, por su edad, no participó del genocidio pero carga con el repudio social por el pasado. Tienen que hacerlo para poder apelar a ellos si las papas vuelven a quemar y no se puede controlar al pueblo trabajador con meras palabras, como ahora (ver pág. 3).
El Estado: lifting y parálisis facial
El actual rebrote de la economía se basa en dos circunstancias internacionales -ajenas al control de los capitalistas locales-, el alto precio del petróleo y el de la soja. Y la devaluación, además de saquear el salario obrero, facilitó la reactivación de sectores industriales de sustitución de importaciones sobre la base de mano de obra "en negro" y de horas extras que no se pagan como tales.
Las medidas más importantes que toma Kirchner están destinadas a recomponer el Estado y las instituciones que colapsaron en diciembre del 2001. No es una tarea fácil ni se resuelve con unos pocos actos. Es un proceso prolongado que abarca todos los aspectos (con cambios cosméticos, casi todos verborrágicos y mediáticos), para intentar hacer realidad una vieja máxima: "Cambiar algo para que todo siga igual".
Este operativo es particularmente relevante en el Poder Judicial, sujeto a permanentes cirugías plásticas, porque bajo el menemismo se había convertido en un miniEstado dentro del Estado. El lifting comienza por la Corte Suprema -más allá del cuestionamiento de la Iglesia a Carmen Argibay- y se derrama hacia abajo en el intento de recuperar un mínimo de credibilidad.
Pero es una tarea difícil de realizar. No sólo porque Menem, De la Rúa y sus bandas de ladrones y asesinos siguen sueltos, sino también porque es impúdica la actuación de la Policía y su asociación con la Justicia: en los cotidianos asesinatos de menores anónimos, en casos resonantes como el de García Belsunce, en los secuestros extorsivos, en su implicancia directa en los negocios del narcotráfico, la prostitución y el juego, entre otros.
No hay cirugías que puedan hacer milagros, y esto está podrido hasta los huesos. Pero sí pueden cambiar algo para crear la ilusión de que hay un avance y no un mero retoque irrelevante.
Donde el Estado revela, en cambio, parálisis facial, es en ese soldado quieto llamado Congreso Nacional, que aun teniendo mayoría propia en ambas cámaras se mantiene tan inmóvil como la estatua que está en su fachada.
Esto se debe a que el Gobierno actúa por decreto. En ocho meses superó todos los firmados en ese mismo lapso a lo largo de un siglo. Y no se trata de una "herencia maldita", como argumentan sus ministros. Está claro que con un parlamento más sumiso aun que el menemista, todas las medidas se hubieran transformado en leyes en pocas horas. Entonces, el método del decreto no se debe a la búsqueda de "ejecutividad" sino que expresa tendencias profundas de Kirchner a colocarse "por encima" de la sociedad y gobernar al margen de sus instituciones (como una especie de Bonaparte que hace y deshace sin tener que rendirle cuentas a nadie). La recomposición de las instituciones está cercada por los límites de darles un carácter aun más antidemocrático. Juega a su favor el desprestigio popular de las instituciones y la tradición de Perón que no estaba inspirado en la democracia representativa sino en que el presidente de la Cámara de Diputados, Héctor Cámpora, pasaba todas las mañanas a recibir las órdenes del día que le dictaba Perón. Ahora, Camaño y Díaz Bancalari ni siquiera van a recoger órdenes, y siguen haciendo la plancha.
Luces y sombras
El año ha comenzado con varias luchas de docentes y empleados públicos. Las últimas en curso son las de los hospitales porteños, las seccionales ferroviarias y los paros anunciados en Subterráneos. Todas son indicios importantes de que vuelven a tomar protagonismo los trabajadores en actividad, en especial los estatales que tienen más lejos de su cuello la guillotina de la desocupación.
Este proceso de luchas no es más amplio, no sólo porque las oficinas de Daer, Moyano y De Gennaro se parecen cada vez menos a locales sindicales y de centrales obreras -lo que es así- sino por la presión que significa la existencia de un enorme ejército de desocupados. Esto dificulta a los trabajadores de empresas privadas rebelarse contra las infames condiciones de trabajo al carecer a la vez de organización, una vez muerto -aunque insepulto- el modelo de sindicalismo peronista que funcionó en el último medio siglo, el grueso de cuyos dirigentes se transformaron lisa y llanamente en empresarios (como Cavalieri y muchos otros).
Otro dato positivo del último verano, es que no lograron quebrar a las bases del movimiento piquetero pese a la brutal ofensiva mediática (en particular de la derecha más extrema) para aislarlo y condenarlo socialmente. Esto al margen de que no libramos cheques en blanco a las dirigencias que, a nuestro entender, no actúan políticamente bien.
También es destacable que las crisis provinciales están haciendo saltar las costuras débiles de algunos estados provinciales como Santiago del Estero (ver pág. 2) y San Luis. En este último, se mezclan la justa rebeldía frente a las arbitrariedades antidemocráticas de los Rodríguez Saa, con la manipulación que la Iglesia Católica hace del resentimiento de los docentes y otros sectores para enfrentar a los masones que le impidieron al Nuncio -enviado del Papa- entrar a los colegios que les sacaron de las manos a la Iglesia. Los dos señores feudales de la provincia -los Saa y la Iglesia- manipulan a los trabajadores al servicio de sus mezquinos intereses.
Ninguna de estas dos provincias tiene la importancia de Córdoba, Santa Fe o Mendoza, pero expresan la grave crisis en la superestructura, que está latente -de una u otra forma- en todos los distritos del país. Y ese elemento de crisis "por arriba" facilita la irrupción de los reclamos y luchas de los trabajadores, siempre que éstos no confundan como amigos a los enemigos.
Qué hacer
El primer deber de los socialistas revolucionarios hoy, es el de actuar como tribunos que ayuden a descorrer los velos tramposos con que el Gobierno intenta camuflar la realidad para seguir vendiendo espejismos cuando, en realidad, sigue cavando la fosa de un sistema capitalista sin salida. Por el contrario, la única salida de progreso para la sociedad sólo puede alcanzarse por una vía de cambio revolucionario, antimperialista, pero también anticapitalista y que barra los restos insepultos de las viejas burocracias.
Esta es la clave, desenmascarar las palabras tramposas, mostrar los hechos, desmontar las ilusiones con las que intentan atarnos de pies y manos mientras nublan nuestro entendimiento. Sin esta actividad cotidiana, de poco valen los encendidos llamados a la lucha en abstracto, sin tomar en cuenta que millones de honestos trabajadores creen que algo de fondo -no cosmético- está cambiando. Por supuesto alentamos las luchas, participamos de ellas y colaboramos en que triunfen. Pero siendo esto imprescindible, simultáneamente, hay que crear conciencia de por qué razones de fondo nos vemos empujados a luchar y por qué al calor de la lucha tratamos de avanzar en organización y acumulación de fuerzas para la construcción de nuestro propio poder, hasta poder disputarlo a quienes hoy lo detentan.
En todo este proceso, hay que encarar también -sin dogmatismos tanto como sin seguidismos absurdos (ver "Adónde va Castells", pág. 2)- un debate democrático acerca de cómo dar algún paso práctico para avanzar en la construcción del gran ausente en los procesos de los últimos años: una organización revolucionaria, socialista, internacionalista. Con el nombre que sea, debe ser opuesta a las caricaturas de "el partido" con aristas totalitarias ensayadas en el pasado; y que pueda ser una herramienta para el debate y la acción que colaboren a que las luchas revolucionarias del pueblo trabajador -si se producen- puedan llegar al triunfo cambiando de manos el poder.
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