En 1910 la revolucionaria alemana Clara Zetkin propuso al Congreso de la II Internacional, declarar el 8 de marzo como día internacional de la mujer, en reivindicación de las 129 obreras que fueron incendiadas por la patronal de la textil Cotton de Nueva York, la cual habían ocupado demandando jornada de 8 horas, aumento de salarios y mejores condiciones laborales. Años después, el 8 de marzo de 1917, fue una manifestación de mujeres contra la primera guerra mundial imperialista la que detonó el inicio de la Revolución Rusa.
Tras el siglo transcurrido, denunciamos:
-Que la explotación y la barbarie capitalistas no dejan de profundizarse, creando nuevas formas de esclavitud o, en contracara, un inacabable ejército de desocupadas;
-Que la violencia contra las mujeres y la opresión de las mujeres son propias de toda sociedad patriarcal organizada en clases; hoy, es la sociedad capitalista imperialista la que somete a las mujeres a todo tipo de violencia que recorre el globo: desde Francia, donde la actriz Marie Trintignat terminó asesinada por celos por su novio después de que sus denuncias fueran sistemáticamente rechazadas "por carecer de pruebas"; pasa por las mujeres de Ciudad Juárez, desaparecidas, violadas y asesinadas tras ser utilizadas en filmaciones snuff, que se realizan para satisfacer las perversiones de un puñado de hipermillonarios; pasan por Cisjordania, donde Souad, de 17 años, fue quemada viva por sus familiares al constatar su embarazo; llega hasta diversos países de Asia y África, donde dos millones de niñas por año son sometidas a la amputación del clítoris; y llega a Occidente, con cientos de denuncias de abuso sexual entre las tropas de Torquemada Bush en Irak; y con la prostitución creciente de millones de mujeres en Latinoamérica.
-Denunciamos en particular a la Iglesia Católica en la Argentina, como encubridora y bendecidora del genocidio y los genocidas. Fue bajo la última dictadura militar donde se cometieron las mayores y más atroces violaciones, vejaciones y abusos de mujeres, en las parrillas de tortura instaladas bajo una cruz y un rosario. (Ver también "Aborto e hipocresía" y "La Inquisición sigue viva", en esta misma página.)
-Denunciamos, en suma, a todo este sistema de explotación, a sus clases dominantes, a sus instituciones y sus agentes de todo pelaje, con sus mujeres incluidas, desde Anne Krueger y Condolezza Rice hasta Nina Juárez o Ernestina de Noble.
Rendimos homenaje:
-a Rachel Corrie, militante pacifista consecuente, asesinada hace ya un año por una topadora del Estado nazisionista israelí que la aplastó cuando ella intentaba impedir que demoliesen la casa de una familia palestina;
-a Sandra Cabrera, dirigenta de la Asociación de Meretrices de Rosario (Amar), asesinada de un balazo en la cabeza por denunciar a la policía que les pedía coima para trabajar;
-a las que luchan cotidianamente en defensa de sus fuentes de trabajo, como en Brukman; a las que enfrentan el saqueo imperialista-capitalista, como en Bolivia; a las que cotidianamente salen a las calles reclamando empleo y justicia; a las militantes anticapitalistas y antimperialistas asesinadas por la dictadura militar, y a las que hoy siguen luchando.
Declaramos, como mujeres, socialistas, revolucionarias, que nuestra liberación no vendrá de otro lado que no sea de nuestras fuerzas organizadas como parte integral del conjunto de los explotados y oprimidos. Llamamos a organizarnos en el objetivo de barrer de manera revolucionaria al conjunto del régimen capitalista en descomposición.
Sólo así podremos sentar las bases de una sociedad en que la liberación de la mujer sea un objetivo alcanzable, por el cual seguramente deberemos seguir peleando.
La Iglesia Católica salió a impugnar la candidatura de Carmen
Argibay para integrar la Corte Suprema, con el argumento de que es soltera
y sin hijos.
Si alguna persona intentase imponer al resto de la sociedad su modelo de vida
-casado, divorciado, con un hijo o con once- cualquiera lo consideraría
un atropello antidemocrático. Mucho más lo es en este caso,
donde curas, monjas y monseñores no estando casados ni teniendo hijos
ni familia "constituida" tienen la caradurez de impugnar a alguien
que, en eso, sólo se diferencia de ellos en que carece de sotana.
De nada sirvió que Argibay, hasta hace poco miembro de la Corte Internacional de La Haya y, por ende, persona de confianza del imperialismo, se desdijera de sus dichos acerca del aborto (Revista TXT Nº 48, 13/2/04). La campaña de la Iglesia y su intento de manipular la conformación del Poder Judicial, continuaron. Cosechó 1.600 cartas reiterando sus argumentos para la impugnación, inundando los diarios con cartas de lectores. Y cuando el canciller Bielsa visitó el Vaticano, el Papa le exigió que la Argentina acompañase la postura de la Iglesia en los foros internacionales.
El comportamiento de la Iglesia Católica es como el del Gran Elector de la Edad Media. Pero ¿qué derecho tiene para ello? ¿Por qué puede decidir sobre el pensamiento de las personas? ¿Por qué alguien que se declara atea militante no puede ocupar un puesto en la Corte?
Si la Iglesia triunfase en su cometido de uniformar el pensamiento de la humanidad y decidir la conformación de todas sus instituciones, pasaríamos a vivir en un régimen teocrático Católico Apostólico Romano. Y el pensamiento independiente de los valores constituidos pasaría por la clonación, en el mejor de los casos. En su defecto, la hoguera sería un recurso del que se podría prescindir hoy sólo porque se han desarrollo armas letales más sofisticadas.
B. BLAROUSON
La Iglesia Católica se tomó más de 400 años para aceptar que la tierra no era el centro del universo, como opinaba Galileo Galilei.
En la cuestión del aborto, la Iglesia aplica el precepto "creced y multiplicaos", y que hay vida humana consciente desde el momento de la concepción. A partir de allí, intenta desconocer que tanto mujeres como hombres no tienen relaciones sexuales con el único objetivo de tener hijos sino por placer, por el goce de la sexualidad.
Pero así como su oscurantismo no frenó las vueltas de la tierra alrededor del sol, su posición contra la legalización del aborto, no hace que éste desaparezca. Estadísticas recientes hablan de que en el ámbito nacional las internaciones por aborto en los hospitales públicos ascendieron de 48.000 en 1995 a 78.000 en el 2000. El 35% de las muertes de adolescentes es producto de abortos mal practicados. El 40% de las mujeres de nivel bajo lo realizó con una partera; el 60% de las de nivel medio, con un médico, lo mismo que un 83% de las de nivel alto. Un 40% de mujeres que interrumpieron su embarazo, lo hicieron porque no habían planeado procrear; un 24% por riesgo de vida; y 15% porque no quería tener más hijos (Clarín, 8/3/04).
Aun cuando estas estadísticas no sean exactas, dan una pintura del cuadro de barbarie al que se ven sometidas las mujeres pobres. Por su lado, la sumisión de la Justicia ante la Iglesia, ha provocado el dramático caso de Romina Tejerina a quien se le negó la posibilidad de realizar un aborto terapéutico luego de ser violada por su padrastro. Hoy, mientras su violador goza de plena libertad, Romina está presa debido a que ocasionó la muerte de su bebé en medio de un desequilibrio postraumático. Diversas organizaciones populares impulsamos una campaña para lograr su libertad.
Entre tanto, la gran burguesía defiende una postura contraria a la despenalización del aborto y sencillamente paga lo necesario para practicarlo cuando lo necesita, con riesgo nulo, e inventa un "viaje de descanso". La pequeña burguesía sufre sobre todo económicamente el carácter clandestino del aborto, asumiendo también un margen de riesgo. Son las mujeres de las capas más bajas las que agregan dos nombres diarios a la larga lista de muertes por aborto en el país.
Según la ONU, si los anticonceptivos fueran puestos al alcance de todos se podrían evitar un millón y medio de abortos y tres millones de embarazos no deseados en América latina por año. Pero la Iglesia también se opone a los anticonceptivos.
En nombre de la defensa de la vida, se opone incluso al uso de preservativos para prevenir el sida, haciendo virtual apología de la muerte. Y se llama a silencio sobre las causas por las cuales 12 millones de niños latinoamericanos menores de cinco años mueren por hambre o enfermedades curables.
Con esta supuesta "defensa" de la vida, el Vaticano es el principal responsable de la mayoría de las muertes evitables.
Un breve repaso por la historia de cualquier institución política debería implicar la pregunta planteada, cuya razón de ser aumenta cuánto más vieja y dilatada sea la institución. Por caso, es fácil intuir (si no deducir) que algo hay detrás de cada acción u omisión de la Iglesia. De hecho, un par de casos clave, entre muchos otros, ilustran cómo el Vaticano manipula las "razones celestiales" en función de sus propias necesidades terrenales.
Es común escuchar a los sacerdotes justificar el celibato de distintas maneras, pero es la versión psicoanalítica la que, en definitiva, parece la más elaborada. Hábilmente, esquivando la pregunta de un conductor televisivo que hacía alusión directa al tema, un cura mediático explicó que ellos no podían contraer matrimonio debido a que el hecho de ejercer su paternidad en el seno de una familia se contraponía con su obligación de ser el padre de toda una comunidad.
Como Federico Engels señaló oportunamente, el concepto de familia es genuino producto del capitalismo. Propiedad privada y herencia se relacionan de manera estrecha con este símbolo de lo occidental y lo cristiano. De conformar los curas católicos sus propias familias, ¿quién o quiénes heredarían sus bienes? Como es lógico en cualquier institución política, el poder económico constituye un efectivo instrumento de dominación, y la Iglesia no estuvo ni está dispuesta a perder un ápice de su patrimonio, como podría suceder en caso de que los hijos de los religiosos heredaran sus bienes.
El segundo caso en que la Iglesia disfrazó sus intenciones con supuestos "actos de fe" se relaciona con el secreto de confesión. Nada hay en la Biblia ni en los Evangelios que indique que un buen cristiano deba confesarse ante tal o cual sacerdote para expiar sus pecados. Pero basta remontarse a los tiempos de la "santa" inquisición (o, mucho más cerca tanto espacial como cronológicamente, a la época de la dictadura y al accionar de los curas en los centros clandestinos de detención) para comprender que requerir un secreto de confesión es mucho más marketinero -y efectivo- que exigir una delación. Por cierto, en uno y otro momento, si el recurso fallaba, siempre estaba a mano la tortura para averiguar quién era el "hereje" y, lo que es mucho más importante, cuáles eran y a cuánto ascendían sus bienes.
Más allá de la intolerancia y el autoritarismo, que surgen obvios e impúdicos de la tenaz oposición de la Iglesia a cualquier iniciativa que intente abordar la problemática del aborto, con estos antecedentes, cabe preguntarse entonces qué hay detrás de la militancia de sus fieles más reaccionarios para impedir la libre elección de la mujer de parir o no parir.
Seguramente, como en los casos expuestos, algo hay detrás del argumento espiritual. Todos los caminos, siempre, conducen a la consolidación del poder.
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