A diez años de la implementación de la Ley Federal de Educación (LFE) es hora de hacer balances y constatar sus resultados.
Los datos de la catástrofe
Las estadísticas oficiales y los masivos bochazos en los exámenes de ingreso a la Universidad son elocuentes. En la Universidad Nacional de La Plata hubo aplazos en porcentajes que van del 75% al 100%, en carreras como Astronomía, Ingeniería, Informática, Ciencias Exactas, Medicina y Odontología. En la Universidad de Rosario el panorama no es muy diferente: en las carreras de Ingeniería y Derecho desaprobó el 68% y en Medicina sólo aprobó el 33%. En la Universidad del Nordeste la cantidad de reprobados (el 90%) provocó la reacción del estudiantado y de la policía, que reprimió con gas lacrimógeno la protesta que reclamaba un cambio en el sistema de ingreso.
Una vez lograda la primera prueba de fuego, las estadísticas sostienen que en el primer año el 43% de los estudiantes abandona la carrera y dos de cada diez estudiantes terminan sus estudios.
En el nivel primario y medio de la enseñanza hay más de un millón de chicos que fracasa en la escuela, es decir uno de cada ocho. El mayor índice de fracaso se registra en el Polimodal. En total, un 60% de los chicos abandona los estudios medios.
Mar de culpas
La crisis educativa es innegable y la responsabilidad que tiene en ello la Ley Federal de Educación, quienes la votaron, la aplicaron y la apoyaron, también. Como producto de esto varias voces opinaron y lavaron culpas al respecto.
El ministro de Educación, Daniel Filmus, cuando se le consultó sobre los bajos niveles de apredizaje, dijo: "Nadie más va a sugerir que los chicos tienen que pasar de grado sin aprender. Es preferible que repitan todos, a la escuela hay que ir a aprender". ¡Eso sí que es pedagógico, ministro!
Jaim Etcheverry, rector de la Universidad de Buenos Aires, sostiene que el secundario no sirve ni para el trabajo ni para la Universidad, pero, a la vez, y teniendo en cuenta los altos índices de deserción dice que "hay que retener a los chicos en la escuela aprendiendo". Pero, ¿para qué retenerlos si la secundaria no sirve para nada?
Susana Decibe, ex ministra de Educación de Menem, propone seguir profundizando la reforma ya que, en los últimos cinco años, tuvimos cinco ministros de Educación diferentes y no se pudo atender de manera sistemática y continua los problemas estructurales del sector educativo.
Es un pequeño alivio que la LFE no se haya podido aplicar de manera sistemática, de lo contrario los índices de deserción y fracaso serían muchísimo más altos.
En el mismo sentido, Adriana Puiggrós, asesora en la Dirección General de Educación bonaerense, defiende la LFE y el controvertido Polimodal porque "introdujo por primera vez la idea de trabajo y su vinculación con la producción en el sistema educativo argentino". Pero fracasó por una implementación fallida e incompleta, por la ausencia de un proyecto productivo de país que le sirviera de marco y porque fue cruzado por la crisis económica. Y agregó: "En el tiempo que lleva el actual Gobierno, el país ha avanzado en la solución de los problemas estructurales, de orden económico-social. Ahora hay que diseñar un sistema productivo". Si lo que Puiggrós pretende es formar miles de campesinos que sepan cultivar soja, va por buen camino porque el único proyecto productivo de este país se asocia a la producción agroexportadora, el mismo proyecto que Martínez de Hoz sostenía en 1976.
Pero no todos echan culpas al nivel medio de enseñanza. Alberto Dibbern, rector de la Universidad Nacional de La Plata, responsabiliza a la Universidad porque está alejada del nivel medio y de los terciarios. Propone integrar la Universidad con el sistema terciario, para generar carreras relacionadas con la producción local. Lo mismo plantea Adriana Puiggrós: el reconocimiento de títulos intermedios y la multiplicación de los terciarios.
Pero lo que Dibbern y Puiggrós sostienen, en realidad, se asocia a un proyecto planteado en el 2001 por el entonces ministro de Educación Andrés Delich: la creación de los Colegios Universitarios, que evitarían que los alumnos ingresen a la universidad apenas terminen el secundario. Estos colegios dictarían carreras de tres años de duración, formando fundamentalmente para el trabajo, donde un importante número de materias pasarían al ciclo de posgrado (obviamente arancelado). Se apunta, en definitiva, a elitizar aún más los estudios universitarios, con la excusa de "formar para el trabajo", objetivo ilusorio cuando hablamos de un país con un índice de desocupación del 19% (sin contar los planes Trabajar y Jefas/es de Hogar). O educar "para las necesidades productivas del país", que no son muchas y variadas sino una: el modelo agroexportador.
Por su parte, Hugo Yasky, secretario general de la Ctera, declaró que la LFE tuvo estos resultados: retroceso en términos de calidad, creciente fragmentación y diferenciación entre las provincias, y aumento de los índices de fracaso. Propone, por lo tanto, recuperar el sistema nacional de educación pública.
El caradurismo del secretario de la Ctera es repugnante. Hagamos un poco de memoria: allá por 1994, cuando la LFE ya estaba aprobada, los dirigentes sindicales de la Ctera reclamaban una Ley de Financiamiento Educativo para la Ley Federal de Educación. En otras palabras, apoyaban la LFE por completo, mientras tuviese un financiamiento que hiciese posible su aplicación. Como contrapartida, miles de estudiantes secundarios y muchos docentes reclamaban por su nulidad. Y la famosa y larga medida de (des)movilización de la Carpa Blanca logró un mísero incentivo docente, mientras la educación se venía abajo.
Educar para el trabajo
Como un espiral sin salida, la educación no forma para el trabajo y, a la vez, el trabajo no existe aun cuando se logren superar todas las trabas del sistema educativo. No existe un modelo de país ni un proyecto productivo que contenga a los egresados de todos los niveles educativos.
La realidad es que en un país donde conseguir un trabajo es más que difícil, la "educación para el trabajo" adquiere las características de lo ridículo. Al no haber trabajo, estudiar -con el esfuerzo económico e intelectual que implica- no se justifica, no tiene sentido, no sirve, no alcanza. Entonces, ¿para que esforzarse?
Educar para educar
Roberto Nicholson, profesor honorario de la UBA, sostuvo en declaraciones al diario La Nación: "Habría que admitir en la educación terciaria y universitaria el número de alumnos que el país necesite, en las carreras que el país requiera y con el contenido ajustado a esa necesidad". La contracara es que, del total de los estudiantes universitarios, un 49% sostiene que eligió su carrera por vocación y sólo un 2,2% porque tiene salida laboral.
Desde la Liga Socialista Revolucionaria sostenemos que un verdadero cambio de fondo, en lo que refiere a la educación, sólo será posible a través de una lucha revolucionaria por cambiar la sociedad toda. Pero al mismo tiempo sostenemos que es imprescindible defender la educación gratuita y masiva. Pero defender la educación no sólo implica la lucha por conservar estas conquistas sino también, y aunque suene ridículo en los tiempos que corren, luchar por educarse. Porque no concebimos a la educación como un estadio preparatorio para la explotación, sino como un derecho de todos a aprender, a pensar, a saber. Porque estudiar, entre otras cosas, nos hace más libres.
El movimiento estudiantil en la UBA
Las luchas parciales que plantean como fundamentales las agrupaciones de izquierda que dirigen la Fuba desde hace dos años (como la pelea por aumento de presupuesto o la democratización de los espacios de decisión) no pueden divorciarse de la pelea que implica esta catástrofe educativa. Y para ello es necesario barrer con todas las estructuras burocráticas heredadas de años de reinado de la Franja Morada, empezando por la Fuba y todos los centros de estudiantes (manejados en su mayoría por la izquierda), que hoy son simples regenteadores de servicios, como las secretarías de publicaciones.
Es por ello que para los problemas planteados es necesario que todos aquellos que consideramos a la organización estudiantil necesariamente masiva, democrática, participativa, sin dogmas y caminos prefijados, trabajemos juntos en una alternativa política opuesta a las estructuras burocráticas actuales.
Si la Franja Morada fue un obstáculo para la lucha durante mucho tiempo, hoy por hoy, más allá de las intenciones y/o el posicionamiento político de los nuevos dirigentes, se nos presenta otra realidad: sacarnos de encima a quienes, haciendo en esencia lo mismo, pretenden ser diferentes.
El año pasado la Franja Morada que usurpaba el Centro de Económicas (CECE), organizó una elección a su medida y sin ningún tipo de legitimidad que la autorizara a hacerlo. Era harto evidente que de limpia y transparente iba a tener poco.
Los compañeros de la Liga Socialista Revolucionaria y los del Base (Bloque Antiburocrático Socialista Estudiantil) salimos desde un primer momento a denunciar la farsa. Sacamos un documento público rechazando la falsa junta electoral creada por los mafiosos para organizar una elección que les garantizara un resultado favorable de la mano del fraude. Y nos retiramos pegando un portazo de la reunión de dicha junta anunciando nuestra decisión de no presentarnos y de salir a denunciar ante los estudiantes la maniobra mafiosa. Pensar que los usurpadores voluntariamente darían una solución para poner fin a su voluntaria usurpación del CECE era por demás ingenuo. Y totalmente predecible que las elecciones iban a terminar como terminaron.
Sin embargo, TNT y las demás agrupaciones de izquierda (MST, PTS, PO, PCR, etc.) decidieron presentarse. Hacer esto, lejos de resolver algún problema, le servía de cobertura a Franja Morada. Esta ya había planteado las reglas del juego -que le daban todo el margen para hacer fraude- y al presentarse las demás listas aceptaron los naipes marcados por la Franja. Si esto se hizo por ambiciones electorales, éstas han ido por mal camino. Terminaron decorando una de las elecciones más fraudulentas de la historia universitaria; malograron una considerable cantidad de energías para medirse en un resultado que jamás sabrán verdaderamente cuál fue. Al consumarse el fraude, su error quedó aun más a la vista.
El hecho de que Franja Morada haya podido llevar adelante su elección fraudulenta le permitió -en cierta medida- recomponerse políticamente. Hay gente que sólo alcanzó a percibir dos cosas: hubo una elección y hubo un resultado, ganó Franja Morada. El Estado hizo de encubridor y salió a avalar como democrático el procedimiento del fraude. La casi nula difusión de los medios también operó a su favor. Hoy la mafia continúa "lavando" su imagen y, como en el resto de las facultades, cambió su nombre y color: ahora es el Nuevo Espacio Participativo, de color naranja. Todo esto muestra cómo, a pesar de haber violado hasta sus propias leyes y haber quedado desnuda públicamente, la mafia busca nuevos ropajes que le permitan, en pocos años, recobrar -quizá- su posición de antaño.
De haber sido muchos los que nos hubiésemos negado a presentar listas saliendo a denunciar lo que ocurría, tanto más difícil hubiera sido a Franja Morada hacer pasar su elección como legítima; tanto más difícil le hubiese sido hacer fraude a espaldas de los estudiantes. Y lo más importante: los estudiantes hubiesen estado advertidos y no engañados con falsas expectativas que, al verse frustradas, llevaron a algunos más a la apatía y al distanciamiento de la situación política de la Facultad.
Hoy sigue planteada la necesidad de que cientos de estudiantes nos organicemos en asambleas, con delegados de los cursos, para hacer surgir una organización de estudiantes completamente distinta a este CECE-shopping. Y si logramos consolidar un movimiento organizado de esta forma, democrática en sus contenidos y decisiones, tendremos una herramienta fundamental para que de una vez por todas echemos a la mafia de Económicas.
Toda la experiencia vivida no hace más que demostrar que con los votos poco y nada se puede hacer. Sólo se conseguirá echarlos cuando un núcleo numeroso y bien organizado de estudiantes decididos a sacarlos a patadas, sea acompañado por cientos de estudiantes movilizados que, a la vez, se hayan ganado la simpatía y la confianza de sectores importantes de la facultad. Una organización que nazca desde la discusión en los cursos puede llegar a hacerlo. Una urna, jamás.
"El señor de los anillos" y el debate de las ideas
Sin lugar a discusión podemos decir que El señor de los anillos es una de las obras más importantes de la literatura fantástica que se haya escrito en el siglo XX. Como tal, tuvo también una historia fantástica: pasó de ser parte de la literatura preferida en los campus universitarios norteamericanos en los '60, a ser leída por los jóvenes neofascistas en los '80 como un prolegómeno mitológico a Mein Kampf, y termina como paradigma de la cultura norteamericana junto a Ben Hur y Titanic formando la trilogía de películas ganadoras de once premios Oscar.
La obra de Tolkien describe la eterna batalla entre los seres de la luz, la belleza y el bien enfrentados a los seres de la oscuridad, la fealdad y el mal. Convengamos, como mínimo, que el enfrentamiento de razas y la fealdad del "malo" no es el mejor de los discursos para una obra literaria, acercándose peligrosamente a posturas discriminatorias y cuasi nazis.
Para completar el cuadro, pudimos ver junto a millones de personas -siempre que dispusieran de cable- la ceremonia de entrega de premios "en vivo y en directo", con todo el glamour y la emoción, pero nunca nos enteramos qué dijo el actor Sean Penn, porque la transmisión fue "editada", subtitulada y diferida; es decir, censurada.
Algo huele muy mal en el país que se embanderó históricamente como el defensor de la libertad y la democracia si se premia una obra que alienta la discriminación y el odio racial a la par que se censura toda posibilidad de crítica pisoteando la libertad de expresión.
Es que el cine, como industria y como integrante del sistema de difusión ideológica y propagandística del imperialismo norteamericano, dijo "presente" cuando el presidente Bush se lanzó al asalto del mundo. Es en ese marco que el llamado a silencio fue acatado por unanimidad y no se escuchan voces discordantes por parte de los críticos o periodistas de cine que trabajan para los grandes medios que pertenecen a grandes grupos económicos que han monopolizado casi por completo la información.
Por otro lado, no hay, como en otras épocas, publicaciones independientes de repercusión popular que debatan y confronten en el terreno de las ideas con el imperialismo. De este modo, el oscurantista discurso de Bush tiene vía libre para desencadenar una terrible ofensiva, que se manifiesta en la censura y la deformación de la información. Y que incide y condiciona todas las expresiones culturales que pueden actuar como formadoras de conciencia (el cine, la TV, la música, la literatura, Internet, los juegos por computadoras, etc.). Todo esto respaldado por un enorme poderío económico al servicio de formar una opinión, a escala mundial, única y uniforme, funcional a los intereses imperialistas.
Por eso, desde el lugar que ocupa cada uno en esta sociedad, debemos enfrentar esta ofensiva del imperialismo también en este terreno y debatir con nuestros compañeros, amigos y familiares cuestionando cada uno de los cañonazos ideológicos que recibimos permanentemente.
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