Editorial: No a la criminalización de la protesta

En los últimos días, el gobierno de Kirchner logró casi un milagro: que la corrupción y la delincuencia policial desaparezca de la primera plana de los medios masivos de comunicación. Y reemplazó la información sobre ese verdadero flagelo que azola al país, por la campaña sobre el "peligro piquetero" (que sería el principal responsable de la "inseguridad").

Por supuesto, nada dice acerca de que hay más de 2,5 millones de desocupados (lo que significa más de 10 millones de personas en la indigencia) para los que la mayor obra anunciada hasta ahora -la de Techint- promete tan sólo 5.000 puestos de trabajo.

Tampoco dicen que de los más de dos millones de "planes" de subsidio al desempleo, sólo unos 200.000 están en manos de las organizaciones que salen a las calles a reclamar puestos de trabajo genuino. El resto (±90%) es manejado/manipulado por el Estado, en particular por los punteros del PJ desde las intendencias.Tampoco hablan de los dos trabajadores que asesinó la policía jujeña al disparar sobre una manifestación que pedía empleo.

No dicen que en su "aburrida" gestión, De la Rúa despertó de su sopor una tarde del 2001 -mientras Alvarez se "sorprendía" por las coimas en el Senado- para firmar el decreto que le aseguró a Repsol la explotación del yacimiento gasífero neuquino de Loma de la Lata desde el 2017 hasta el 2027, lo que le redundará unos US$ 30.000 millones. Y, entre cifras de tal magnitud, no van a preocuparse porque 34 personas hayan perdido la vida cuando se cruzaron en el camino de las balas de la Policía que reprimió el reclamo de "que se vayan todos" el 20/12/2001, después de que los caballos de la Montada pisotearon a las Madres en la Plaza de Mayo.

Cuando los bancos le confiscaron su dinero a todos los ahorristas del país, no lo hicieron exhibiendo un arma, por lo que no hay "delito a la vista" que pueda ser detectado por la justicia ciega y por la recta mirada del Presidente.

Y, de últimas, la ahora comprobada explosión de un pueblo como Río Tercero para tapar un contrabando de armas, no merece perturbar la calma de la septuagenaria paternidad del ex Carlos Saúl Iº. Después de todo, ríos hay muchos y gente es lo que sobra, en particular si de pobres se trata.

La gran aliada para esta campaña, como no podía ser de otra manera, es la Iglesia Católica, que salió a vender cobertura ideológica (lo han hecho durante 2.003 años) con la fórmula de "cultura de la vagancia". Tan luego ellos, que jamás trabajaron y viven de la renta confiscada al pueblo a través del IVA. O "curran" con fundaciones como la de Piero/ Farinelo y la del cura Grassi donde, además, pueden satisfacerse otros placeres terrenales. Y ni que hablar del millón de pesos que el arzobispo platense, Héctor Aguer, trasladó en una 4x4 hasta los Tribunales para lograr la libertad del ex banquero Francisco Trusso, condenado en 1997 por la quiebra fraudulenta del Banco de Crédito Provincial mediante una estafa millonaria (aunque, seguramente, se arrepintió ante dios de sus pecados).

Con este panorama, ¿por qué calles pasa realmente la inseguridad de la población?, ¿qué puentes son los que cruza sin que ningún "piquete" la detenga?

A la derecha, redoblan apuestas

Inmerso en incontables contradicciones, el Gobierno apuesta al desgaste gradual del movimiento piquetero, mientras los sectores que se colocan más a su derecha le exigen "mano dura" (bajo el nombre y las formas que sea).

Se ha desatado una verdadera guerra en el seno de la burguesía, en torno a cómo volver a poner en funcionamiento una sociedad "normal", lo que significa el desenvolvimiento capitalista sin obstáculos ni resistencia popular.

El período de la necesaria "transición" timoneada por Duhalde, logró descomprimir la situación (sobre todo mediante la masificación de la miserable ayuda social estatal). Pero no podía terminar de disciplinar a la sociedad con medidas drásticas, si se pretendía llegar a los comicios presidenciales en un marco de relativa "tranquilidad social". Por eso, fueron tanteando el terreno y la fuerte reacción adversa ante la represión a mansalva en Avellaneda, el allanamiento de la sede local del Partido Comunista y el punto culminante de los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en la jornada del 26 de junio del 2002, obligó a los capitalistas y su gobierno a postergar ese objetivo.

Hoy, apoyándose en la recomposición de la figura presidencial a través del carismático "estilo K", vuelven a la carga para ver cómo, de una vez por todas, se asegura un funcionamiento capitalista a pleno, libre de las molestas presiones de los explotados. Y es evidente que el capital no puede moverse con toda la libertad que pretende para su insaciable voracidad, si hay familias por todos lados interrumpiendo el tránsito de sus mercancías, o trabajadores que les reclaman que cumplan (¡oh atrevimiento!) con pagos adeudados desde hace años, como fue el caso de los ex empleados de YPF a las puertas de Repsol en Gral. Mosconi o La Plata.

Mientras toda encuesta de la que se pueda tener noticias, acerca de cuál es la principal preocupación de la población, revela que el índice más alto se lo adjudica el desempleo, se publicita ampliamente la preocupación ante la falta de seguridad. (Ver, por ejemplo, Catterberg y Asoc. para La Nación, 19/11/2003: falta de trabajo, 30,8%; corrupción, 21%; inseguridad, 16,4%). Este último tema es el que eligieron para agitar desde los medios masivos en su amplio espectro (desde la ultrarreaccionaria Radio 10 -que reservó para sí la frecuencia de mayor alcance nacional- y el conservadorismo agroexportador de La Nación hasta el oficialista multimedio Clarín y todo el abanico del llamado "progresismo"). Montados sobre el éxito de una recaudación impositiva inédita -que lejos de ser un éxito, se apoya en el crecimiento del consumo motivado por la suba de precios en casi todos los artículos de primera necesidad gravados por el ineludible IVA- han salido a taladrar las cabezas de la clase media, en particular la porteña, para intentar convencerla de que quienes le impiden progresar son los "molestos, autoritarios y poco numerosos marginales" que -con su cara cubierta para tratar de escapar de la cotidiana represión en los barrios, que no merece un lugar en la prensa- le ocasionan unos minutos de demora cuando trasladan sus cero kilómetro (o sus patéticos "nunca taxi") hacia el microcentro.

Lo que no les dicen es que, si este ataque a los piqueteros -a quienes hoy se intenta criminalizar- prospera, mañana irán presos también los empleados bancarios que obstaculicen el "libre tránsito" de capitales por haber osado hacer paros en reclamo de que les paguen los aumentos ordenados por el Gobierno, por ejemplo.

En medio de esta acometida, nada ayuda el grueso de las dirigencias de los agrupamientos de Capital y el Conurbano a clarificar y enfrentar la situación. Con la exitosa y masiva protesta realizada el 4 de noviembre, por ejemplo (que convocó a unos 30.000 desocupados), no se hizo el menor intento de soldar vínculos con el trabajador en actividad, ni siquiera con aquellos que estaban en conflicto en se momento. Y esto facilitó la tarea de las eficientes brigadas de limpieza de la Municipalidad, que garantizan que a la hora de salida de los trabajos, el centro esté impecable y se pueda informar que "sólo hubo 7.000 personas". Con esta política de aislamiento, discursos encendidos como el de Castells amenazando con entrar en la Rosada, se convierten en pelotazo en contra. Máxime cuando lo dice quien tiene el mérito de haber sido el único que efectivamente entró en la Rosada, para salir de ella exhibiendo un cheque en la mano. Palabrerío "tiratiros" y comportamiento reformista, son una combinación altamente peligrosa para el destino de los explotados.

Porque aunque muchos se nieguen a verlo, el Estado existe; y tener o no el poder en la mano, no es indiferente. Y el Estado actúa. No sólo tirando balas, lo cual puede ser fácilmente rechazado en las actuales condiciones materiales. Actúa sobre todo penetrando en las cabezas de la población; metiéndose en los hogares de los mismos pobres a los que combate, para inculcarles sus mentirosos valores y encerrarlos en sus engañosas discusiones ("¿hay que reprimir a los vagos piqueteros, o permitirles que sigan impidiéndonos llegar al trabajo?"). Está presente en todo lo que hacemos, desnaturaliza nuestras propias -y muchas veces heroicas- luchas. Cuando decreta expropiaciones de fábricas recuperadas por sus trabajadores, por ejemplo, se juega a ponernos a dormir con el enemigo en casa, para desplegar su múltiple abanico de presiones, para apostar a dividirnos.

De todos estos problemas tenemos que ser conscientes si queremos contrarrestar este macabro peligro que se cierne sobre nuestras cabezas. Explicarlos, neutralizarlos pero, sobre todo, organizarnos para hacerlo con eficacia. Pelear por la unidad de todos los explotados y oprimidos, y articular un movimiento de defensa de los derechos humanos y las libertades, que no se maree con palabras ni ilusiones infundadas; tan independiente del Estado patronal como capaz de impulsar la más abarcativa unidad para ponerle freno a las intentonas más fascistoides, son tareas imprescindibles en esta hora.

L. RUBIALES


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