Después de una prolongada etapa reaccionaria de 15 años empezó a producirse un salto en la resistencia a partir del 2000 y con la lucha por el agua en Cochabamba en el 2001. En febrero último, la resistencia pegó un salto con los enfrentamientos de estudiantes y sectores de la Policía contra el Ejército, incluso a balazo limpio. Ese fue el gran aviso de que entraban nuevamente en el ruedo los trabajadores, los campesinos, los estudiantes, los pobres y los indígenas. Febrero preparó el levantamiento de octubre y la caída del asesino Gonzalo Sánchez de Lozada.
Ni febrero ni octubre fueron suficientes para superar la larga reacción burguesa, el retroceso de la organización obrera de la COB ni para producir un partido y una vanguardia que tuvieran claro el "problema de los problemas": destruir el poder burgués y construir uno propio de los trabajadores de la ciudad y el campo, con plenos derechos de representación para los indígenas explotados y oprimidos.
Por eso, la vanguardia pudo ser engañada en octubre por los Morales, Quispe y Solares, en lugar de seguir arrinconando al Estado hasta derrotarlo y desarticular a todas sus instituciones represivas (como ya lo habían hecho en 1952) o, al menos, terminar con su monopolio de la violencia a partir de la lucha popular por barrer a Lozada (que era un cadáver político en los últimos días de su gobierno y no sólo el 17 de octubre en que cayó).
La Liga Socialista Revolucionaria es respetuosa de todas las fuerzas que se reclaman del socialismo revolucionario e intentan articular análisis y políticas que colaboren en el avance del proceso abierto en Bolivia. Pero no compartimos el punto central en que basan sus análisis. De ahí el título de esta nota, parafraseando la ya célebre frase de Clinton. El problema planteado en Bolivia no radica en que "se dejó pasar la revolución" sino que ésta recién está en sus comienzos. La necesidad de la lucha por el poder está planteada con tremenda fuerza en la etapa abierta después del 17 de octubre. Etapa plagada de trampas y peligros, pero también con todas las oportunidades de un proceso revolucionario que madura en conciencia y organización. Apostamos a que, sobre la base de este proceso, se vaya conformando un partido de la vanguardia socialista, revolucionaria, e internacionalista.
La revolución no es
"cosa de vivos"
Trotsky no se cansaba de explicar que toda revolución es un proceso. Por ejemplo, la francesa de 1789 alcanzó su sinuosa madurez recién cuatro años después. Los ejemplos son muchos. Para Trotsky, el único elemento que hizo que la revolución rusa madurara vertiginosamente, fue la guerra. El reclamo por la tierra podía esperar algo más después de siglos, pero la guerra definía la vida o la muerte en plazos perentorios.
La revolución alemana de noviembre de 1918 siguió con altibajos hasta 1923, y quien "decretaba" su liquidación en enero de 1919 -con el fallido intento insurreccional y el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht-, sin dudas se parecía más a un vulgar charlatán que a un comunista.
La revolución no es como el pase mágico de un ilusionista. Es una combinación excepcional de contradicciones internacionales, nacionales, culturales, de clases, de etnias, etc., que la hacen única e irrepetible. No obedece a un "modelo". Es irrepetible en todas sus formas, no en su contenido.
La revolución y el asalto del poder no surgen como producto de una "avivada" de quienes vislumbran que el poder está "vacío" y pegan un manotazo para alcanzarlo. Nada tiene que ver con "vacío de poder" una grave crisis institucional o, incluso, la ausencia de gobierno, que es el gerente del poder, pero no es el "dueño".
Aun sin quererlo, muchos trotskistas repiten la inmundicia de Curzio Malaparte sobre la supuesta "técnica del golpe de Estado" que, según él, Trotsky habría empleado en 1917 en Petrogrado (al margen del partido de Lenin y de las condiciones objetivas y subjetivas de los obreros, soldados y campesinos y de sus soviets). Repudiamos esta prostitución del pensamiento de Trotsky que enarbolan muchos que se dicen sus seguidores.
El inicio de la revolución
no es su culminación
No somos partidarios de tomar los textos de nuestros maestros como fuente de "autoridad" en debates que se parecen más a una discusión "bíblica" de cita contra cita. Sí nos parece útil tomarlos como referencias de las grandes experiencias protagonizadas por los explotados. Desde ese punto de vista valoramos las reflexiones de Lenin y Trotsky en lo referido al concepto de "revolución".
En particular en la Argentina, hoy es una necesidad volver a ellos, porque
se ha bastardeado tanto el concepto de revolución y las condiciones para
definirla, que se han llegado a "encontrar revoluciones" por todos
lados. Las corrientes que provenimos del MAS en los inicios de la década
de 1980, construimos una ideología sobre la base de una cita de Lenin
para demostrar que en 1982 se había producido en la Argentina una "revolución
democrática" que, para muchos, se ha prolongado por décadas.
Para ello, se tomaron palabras de Lenin describiendo una "situación
revolucionaria": "
los de arriba no pueden y los abajo no quieren
".
Además de la abusiva descontextualización de la cita, esa definición,
tomada como una norma básica para elaborar la política, es una
perfecta abstracción en relación con la revolución proletaria.
Se la puede aplicar a todo cambio a punto de estallar, incluidas la instauración
del fascismo o de un régimen bonapartista -tipo Fujimori- de plenos poderes.
Marx decía que muchas veces las ideas de los grandes dirigentes muertos oprimen el cerebro de los vivos. Es necesario reconocer este problema y rechazarlo explícitamente para terminar de desterrar un simplismo facilón de amplio predicamento, que va más allá incluso de las corrientes surgidas de la diáspora del MAS.
Varias de ellas, con el MST a la cabeza, detrás de "piruetas teóricas", en realidad esconden que, de hecho, han renunciado a la lucha revolucionaria por la destrucción del Estado capitalista y su sustitución por otro poder y otro Estado: revolucionario, de los trabajadores.
En sus bocas, las palabras "gobierno obrero y popular" han dejado de ser sinónimos de dictadura de los explotados y oprimidos en un Estado opuesto al actual. Por el contrario, tomaron el contenido de la definición menchevique que Lenin llamaba gobierno "obrero burgués" (¡Hola, Lula!) y que Trotsky definía sencillamente como "democrático, vale decir, burgués" en el Programa de Transición.
Si se trata de luchar por el poder -y no por el mero cambio de gobierno burgués o pequeño burgués- pueden tomarse -no como una fórmula matemática pero sí como una base de análisis- las cuatro condiciones descriptas por Trotsky para definir una situación prerrevolucionaria o revolucionaria: 1) crisis, división y desorientación en la burguesía; 2) radicalización extrema de la clase obrera, sus luchas y sus métodos, tendiente a protagonizar grandes acciones independientes; 3) radicalización de la clase media y sus sectores más significativos, que los inclina con simpatía hacia las acciones de los explotados. Con estos tres elementos Trotsky describía una situación prerrevolucionaria. Para definirla como revolucionaria agregaba un cuarto elemento, imprescindible: la existencia de un partido revolucionario, así este fuera minoritario como el Bolchevique de la revolución de febrero en Rusia.
Sin minimizar un ápice los acontecimientos revolucionarios del mes pasado en Bolivia, es muy evidente que no se perdió una revolución sino que empezó un proceso revolucionario.
Otra cosa es que pudiera haber ido más lejos porque había varios factores que lo posibilitaban, en primer lugar el estado de ánimo de las masas explotadas. No era inevitable que el 17 de octubre empezara un repliegue de las masas rebeldes. Para eso fue decisivo el bloque -de hecho- entre el imperialismo estadounidense, la burguesía local y sus partidarios, y la colaboración decisiva de Evo Morales, Quispe y la dirección de la COB, además de la de Kirchner y Lula.
Una estafa anunciada
y las
tareas de los revolucionarios
En Adónde va Francia, Trotsky esboza una aproximación al inicio de un proceso revolucionario que parece atinado aplicar a Bolivia:
"En todos los períodos revolucionarios de la historia, se pueden encontrar dos etapas sucesivas, estrechamente ligadas la una a la otra: primero hay un movimiento espontáneo de las masas, que toma por sorpresa al adversario y le arranca serias conseciones o, por lo menos, promesas; después de lo cual, la clase dominante, sintiendo amenazadas las bases de su dominación, prepara la revancha. Las masas semivictoriosas manifiestan impaciencia. Los jefes tradicionales de izquierda, tomados de improviso por el movimiento, igual que los adversarios, esperan salvar la situación con ayuda de la elocuencia conciliadora y, al fin de cuentas, pierden su influencia." (Edit. Pluma, pág. 171)
A más de un mes de la caída del gobierno sólo hay "promesas"
de parte de su sucesor, Mesa, en todos los problemas de fondo.
En lo político, la burguesía tiene un "plan A": la continuidad
de Mesa hasta el 2007. Y también un "plan B": si hay un salto
en la lucha, llamar a elecciones y rodear a Evo Morales para descomprimir mediante
las urnas, y con un discurso común en la región.
En lo económico, nada parece indicar que vayan a algún cambio
de fondo con respecto al gas, a las bases estadounidenses ni otros rubros. El
oleoducto noroeste que construirá Techint en la Argentina, incluirá
gas boliviano para el sur de Brasil. Kirchner, como hombre de las petroleras,
hará que el Estado ponga la cuarta parte de la inversión. Con
un plesbicito amañado o sin él, avanzará la entrega del
gas y quedarán sin resolver el problema agrario, el de la coca, el de
la miseria y el largo etcétera que provocó el levantamiento popular
reciente.
En lo democrático -más allá de que el actual presidente no habla en inglés como lo hacía el asesino "Goni"-, los puentes de "diálogo" tendidos con los dirigentes quechuas y aimaras, para nada cambian la oprobiosa opresión/discriminación hacia la mayoritaria población indígena (70%). La lucha por un nuevo poder en Bolivia no puede dejar de lado reivindicaciones impuestas por 500 años de colonización. No habrá una Bolivia libre, soberana, democrática y socialista, sin dar respuesta a este problema clave, como parte de una estrategia dirigida hacia la lucha por el poder para los obreros, campesinos y demás sectores explotados.
Nada de esto será posible -insistimos- sin un requisito cualitativo: ir construyendo un partido o una organización socialista que no se maree con palabras, que tenga claridad sobre el inmenso desafío de encarar una lucha revolucionaria contra la burguesía y el imperialismo. Y que sea capaz de encarar las más diversas tácticas para combatir a las direcciones pequeñoburguesas y reformistas del movimiento de masas al mismo tiempo que ir conquistando simpatía, confianza y respeto entre los explotados y sus organizaciones.
La lucha por la revolución boliviana y su futuro, no se resolverá sólo puertas adentro de Bolivia sino en toda la América latina.
JORGE GUIDOBONO
Recuadro: "El objetivo inmediato de la vanguardia con conciencia de clase del movimiento obrero internacional, es decir, los partidos, grupos y tendencias comunistas, consiste en saber conducir a las amplias masas (que aún, en su mayor parte, son apáticas, están inertes, adormecidas y dominadas por la costumbre) a su nueva posición; mejor dicho, en saber dirigir, no sólo a su propio partido, sino también a esas masas, en su avance y en su paso a la nueva posición. En tanto que el primer objetivo histórico (el de ganar para el poder soviético y para la dictadura de la clase obrera a la vanguardia con conciencia de clase del proletariado) no podía alcanzarse sin una victoria ideológica y política completa sobre el oportunismo y el socialchovinismo, el objetivo segundo e inmediato, que consiste en saber conducir a las masas a una nueva posición, que asegure el triunfo de la vanguardia en la revolución, no puede alcanzarse sin la liquidación del doctrinarismo de izquierda, sin la eliminación total de sus errores. Mientras se trataba (y en la medida en que aún se trata) de ganar para el comunismo a la vanguardia del proletariado, la prioridad recaía, y aún recae, en la labor de propaganda; incluso los círculos, con todas sus limitaciones localistas, son útiles en este caso y dan buenos resultados. Pero cuando se trata de la acción práctica de las masas, de la disposición, si se puede decir así, de ejércitos enormes, de la alineación de todas las fuerzas de clase en una sociedad dada para el último y decisivo combate, de nada sirven los métodos propagandísticos solamente, la simple repetición de las verdades del comunismo "puro". En ese caso, no hay que contar por miles, como lo hace el propagandista, que pertenece a un pequeño grupo que todavía no ha dirigido a las masas; en ese caso hay que contar por millones y decenas de millones. En ese caso debemos preguntarnos, no sólo si hemos convencido a la vanguardia de la clase revolucioanria, sino también si las fuerzas históricamente activas de todas las clases -absolutamente de todas las clases de una sociedad dada, sin excepción- están dispuestas de un modo tal que el combate decisivo está ya muy cerca, de un modo tal que 1) todas las fuerzas de clase hostiles a nosotros estén suficientemente confundidas, suficientemente enfrentadas entre sí, suficientemente debilitadas en una lucha que es superior a sus fuerzas; 2) todos los elementos vacilantes, inestables, intermedios -la pequeña burguesía, los demócratas pequeñoburgueses, por oposición a la burguesía-, se hayan desenmascarado suficientemente ante el pueblo, se hayan cubierto suficientemente de oprobio por su fracaso práctico; y 3) en las masas proletarias haya surgido y empezado a crecer vigorosamente un sentimiento general de apoyo a las acciones revolucionarias más resueltas, audaces y abnegadas contra la burguesía. Entonces la revolución está madura; entonces, si hemos valorado correctamente todas las condiciones señaladas y resumidas más arriba, y si hemos elegido el momento acertado, nuestra victoria está asegurada. ( ) La historia en general, y la historia de las revoluciones en particular, es siempre más rica de contenido, más variada, más multiforme, más viva y más astuta de lo que imaginan los mejores partidos, las vanguardias con mayor conciencia de clase de las clases más avanzadas. Y esto es fácil de comprender, pues incluso las mejores vanguardias expresan la conciencia de clase, la voluntad, la pasión y la imaginación de decenas de miles de personas, mientras que, en momentos de una gran exaltación y tensión de todas las facultades humanas, las revoluciones las hacen la conciencia de clase, la voluntad, la pasión y la imaginación de decenas de millones de personas ( )." El "izquierdismo", la enfermedad infantil del comunismo |
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