Toda palanca puede ser útil si está al servicio de la lucha por destruir al Estado capitalista. Pero si esa palanca de utilidad muy relativa pasa a ser el objetivo a alcanzar, deja de ser una herramienta de progreso y se transforma en su opuesto.
Esto se aplica a todas las formas de lucha sin excepciones y, en grado superlativo, en relación con las instituciones del Estado de la clase enemiga, como el parlamento.
Lenin decía, con justa razón, que un partido comunista que no fuera capaz de constituir un grupo de parlamentarios con comunistas abnegados, era un grupo de vulgares charlatanes cuando hablaba de que iba a tomar el poder o a dirigir su conquista.
Por eso el cretinismo antiparlamentario es pura charletanería por más que se le pongan frases tan rojas como vacías (generalmente unidas al peor de los oportunismos, a la connivencia con sectores golpistas, civiles o militares, o alguna otra visión tan conspirativa como canalla del abstencionismo electoral en organizaciones que reivindican una historia y pertenencia al marxismo).
Pero el parlamentarismo no es mejor sino la otra cara del mismo fenómeno, contrario y opuesto a una estrategia revolucionaria.
Sus orígenes se remontan a más de un siglo atrás, a una etapa de apogeo capitalista y a la transformación de éste en imperialismo. Controlando continentes y regiones enteras, derramó unas migajas de esa colosal explotación sobre la capa superior de los trabajadores de las metrópolis y formó una aristocracia obrera que fue una correa de transmisión de la burguesía en las filas obreras, su sector privilegiado que actuó como colchón y amortiguador de la presión y las reivindicaciones de los obreros más pobres y mayoritarios.
Es en ese marco donde surge el reformismo de Berstein y un ala de dirigentes socialdemócratas que armaron una ideología-teoría acerca de que la superación del capitalismo se haría mediante sucesivas reformas llevadas adelante por el parlamento.
Esta asimilación al capitalismo, valientemente enfrentada por Rosa Luxemburgo, entre otros dirigentes revolucionarios, terminó en la bancarrota de la mayoría de la socialdemocracia europea. Arrastrada por la oleada de chauvinismo imperialista en la primera guerra mundial, contribuyó a su fortalecimiento al acompañar a sus distintas burguesías votando los presupuestos para la guerra.
El reformismo y el parlamentarismo de comienzos del siglo XX fue una tragedia para la clase obrera con sólidas bases materiales apoyadas en el apogeo del desarrollo capitalista. Hace ya mucho tiempo que -aunque tan pérfidos como un siglo atrás- el reformismo y el parlamentarismo son otra cosa, ya que no existen bases materiales elementales que lo sustenten.
En la Argentina
Dada la estructura fuertemente presidencialista del país, el parlamentarismo de los partidos socialistas y comunistas estuvo limitado -aunque existió- en las primeras décadas del siglo pasado. Con el triunfo del peronismo en 1945 la "división de poderes" se limitó a ejecutar las órdenes del día impartidas a Cámpora -presidente de una de las cámaras legislativas- por el general Perón. También fue nulo el rol del Parlamento frente a los golpes de Onganía (1966) y de Videla (1976).
La inexistencia de una izquierda parlamentaria bajo Alfonsín corrió paralela al hundimiento del "progresismo" (Partido Intransigente, "izquierda radical" y otros en los '80). El acceso de Luis Zamora (MAS-IU, 1989) a una banca en el Congreso Nacional, significó la presencia de una voz testimonial, de denuncia -por ejemplo en oportunidad de la visita de Bush padre-, y de apoyo moral y político a numerosos conflictos que jamás podrían resolverse favorablemente por intervención parlamentaria (esto se demostró con extrema claridad en oportunidad del tratamiento de un proyecto de ley elaborado por los gremios ferroviarios, al calor de una fuerte lucha en 1990).
Las elecciones de octubre del 2001 mostraron el apogeo del voto bronca y las decrecientes ilusiones de gran parte del pueblo en este régimen antidemocrático y en sus instituciones. Esto no cambió porque ingresaran como diputados Patricia Walsh y -nuevamente- Luis Zamora en el ámbito nacional, o Vilma Ripoll, Patricio Echegaray y Jorge Altamira en el ex Concejo Deliberante de la Capital.
La rebelión popular del 19-20 de diciembre de aquel año, potenció la esterilidad del parlamento burgués, como quedó demostrado luego con la asunción de Duhalde. Izquierda Unida (IU) intentó una bochornosa alquimia parlamentaria que, tras el pretexto de "levantar una fórmula propia ante la crisis capitalista", no hacía más que contribuir a legitimar el fraude de la Asamblea Legislativa que procesaría el recambio presidencial con el voto de menos de 300 legisladores contra los millones que exigían "que se vayan todos".
El régimen político está en descomposición y el único deber de los parlamentarios revolucionarios es denunciarlo, exponer a plena luz todos los matices de esa descomposición y echar ácido sobre las ilusiones de que alguna solución pueda provenir del parlamento nacional o, menos aun, de las legislaturas locales. IU no hizo nada parecido en estos casi dos años. Además de adherir a la tramoya del PJ para la "anulación" de las leyes infames, su actuación central en la Ciudad de Buenos Aires fue la de conducir sistemáticamente a las obreras de Brukman a "presionar" a la Legislatura, por más que ésta no se reuniera durante los últimos 45 días previos al 24 de agosto. Algo similar hizo el PO con relación a Sasetru en la provincia de Buenos Aires y el PTS en Neuquén con respecto a Zanón.
El hecho de que con este panorama la propaganda electoral del grueso de la izquierda haya sido lo que fue -posibilista y parlamentarista- no constituye sólo un garrafal error sino que expresa su fuerte integración al régimen político. Integración que pegó un salto a partir de diciembre del 2001 y de que fueron logrando una tajada en la administración de los planes de subsidio a la miseria que otorga el Estado para impedir que el pueblo explote y haga realidad el que se vayan todos, echándolos con la lucha callejera.
Es evidente que la voracidad del imperialismo estadounidense (y de todos) es insaciable. Después de enriquecerse con el saqueo de América latina desde hace décadas, viene por más: Alca, bases militares por todos lados, dos golpes de Estado en Venezuela, el FMI como ministro de Economía de hecho de todos los países, penetración cultural cada vez más intensa y sofocante. Simultáneamente, la ola posneoliberal en Latinoamérica, con los gobiernos de Chávez, Lula y Kirchner en la Argentina, han vuelto a colocar sobre el tapete un viejo debate.
"Para emerger del subdesarrollo no alcanza no implementar políticas antineoliberales. Se requiere, además, enlazar la acción antimperialista con la construcción de una sociedad socialista" (Claudio Katz, Inprecor, septiembre de 2002)
"La fractura nacional repite así la historia de la balcanización latinoamericana y confirma la incapacidad de las burguesías locales para instrumentar políticas de acumulación autocentradas Muchos autores explican este resultado por el tradicional 'rentismo' regional y la consiguiente ausencia de empresarios dispuestos a invertir o arriesgar. Pero si esta ausencia de impulsos a la acumulación sostenida se ha reforzado: ¿qué sentido tiene construir un capitalismo, sin capitalistas interesados en competir e innovar" (Claudio Katz, Inprecor, septiembre de 2002).
Para enfrentar el salto cualitativo en la colonización yanqui de la región que significaría la implantación del Alca, buena parte de la izquierda latinoamericana propone conformar un frente antimperialista que tenga como pilares a los gobiernos burgueses "progres" (Chávez, Lula y Kirchner) en alguna coordinación con Cuba y con toda la izquierda, la centroizquierda y el nacionalismo burgués de toda la región.
La Liga Socialista Revolucionaria, coincidiendo con los consejos de Lenin, está dispuesta a hacer unidad de acción en la lucha contra el Alca hasta con el diablo y su abuela, "sin pedirle que renuncie a sus cuernos y a su cola, lo que estropearía su anatomía sin mejorar en nada la posición de los trabajadores y los pueblos". Al mismo tiempo, afirmamos que el camino del supuesto frente antimperialista con la/s burguesía/s regional/es es asfaltar una ruta que conduce a una colosal derrota latinoamericana.
La historia está llena de antecedentes más antiguos o más recientes de esto que decimos. Empezó con el ABC (Argentina, Brasil, Chile) que impulsaron hace más de medio siglo Perón, Vargas e Ibáñez y que culminaron en la "Revolución Libertadora", el suicidio de Vargas y la reasunción de los momios (la derecha) en Chile, en la misma década de la revolución obrera boliviana del 9 de abril de 1952.
Tras el suicidio de Vargas, el golpe de 1964 en Brasil fue un gigantesco alerta para toda la región y mostró la impotencia absoluta de los dirigentes del nacionalismo burgués Joao Goulart (presidente) y Lionel Brizzola (gobernador de Rio Grande do Sul), cuyos famosos "grupos de 5 y de 11" que entrarían en acción en caso de golpe jamás aparecieron.
A fines de la década de los '60 se repitió -agravado por la creciente colonización yanqui y el fracasado intento de extender la revolución cubana mediante la guerrilla- una irrupción nacionalista burguesa en la región.
Su característica fue que comenzó con acciones antimperialistas prácticas como la expropiación del petróleo en Perú y Bolivia en 1968-69 y el golpe de Torrijos del '68 que cuestionó la pertenencia del canal de Panamá a Estados Unidos, sólo para mencionar los hechos sobresalientes de un fenómeno que se extendió por todo el continente. La Unidad Popular y el Chile de Allende nacionalizando el cobre como medida inicial y planteando la trampa mortal de la utopía reaccionaria de la vía pacífica al socialismo, fue parte, con sus especificidades, del mismo proceso.
La apuesta del Partido Comunista uruguayo y del general Liber Seregni a un golpe "a la peruana" en febrero de 1973, terminó en la feroz dictadura proimperialista que duró una docena de años. De conjunto la miserable mezquindad del nacionalismo burgués latinoamericano y de sus seguidores en los partidos comunistas, socialistas y restos de las guerrillas, permitió desembocar con cierta facilidad en las terribles dictaduras proimperialistas de toda la década de los '70 y parte de los '80.
Varias décadas después el nacionalismo burgués no ganó en vitalidad sino que perdió el grueso de la poca que tenía desde la independencia -más virtual que real- de España, y el pasaje a la órbita comercial y política de Inglaterra.
ABC en los '50, Alalc, Aladi toda una historia de impotencias en el subcontinente.
Aprovechar contradicciones
para luchar por la hegemonía
El intento de salto en calidad del dominio yanqui unido a la puja con el imperialismo europeo por los recursos de la región, abren ciertas rendijas para que algunos sectores burgueses latinoamericanos intenten hacer algún juego propio, así sea en una baldosa.
Pero es un hecho, y no tomar ese importante dato de la realidad sería propio de sectarios irrecuperables y ciegos. Con el criterio del sectario, por ejemplo, no habría que luchar en Venezuela contra los golpes proimperialistas para derribar a Chávez, porque éste no tomó ninguna medida antimperialista de fondo y ni siquiera controla efectivamente la petrolera estatal.
Pero la política opuesta es igual de nefasta. Sectarismo y oportunismo no son opuestos: los dos toman en cuenta sólo una parte de la realidad y la transforman en toda la realidad, negando sus elementos contradictorios.
Hay que intervenir en cualquier acción de lucha práctica contra el imperialismo y sus agentes. Sin hacer eso no seremos revolucionarios, sino momias.
Interviniendo en la lucha práctica que haya, mantenemos nuestra independencia del efímero compañero de ruta burgués, pequeño burgués o reformista. No somos ovejas que seguimos a jefes burgueses sino que, incluso actuando juntos en un momento, siempre tratamos de disputarles la hegemonía en el movimiento de masas como única forma de llevar la pelea al triunfo.
Una Latinoamérica unida
y soberana no será burguesa
sino revolucionaria y socialista
No se trata, pues, de direccionar la estrategia sobre la base de una recomposición "humana" del capitalismo. Esto no es una utopía inocua, sino una idea muy nociva y perversa, ya que trata de colocar a las masas explotadas detrás de espejitos de colores como lo hicieron los viejos colonialistas.
El capitalismo en la región sólo tiene una salida positiva: su derrocamiento revolucionario en todos los países para poner en pie una Federación Socialista de América latina.
El deber de los socialistas revolucionarios es intervenir en todo el proceso político, incluidas las contradicciones que tengan, con los distintos imperialismos, las burguesías -más o menos- asociadas a ellos en toda la región. Pero son acuerdos circunstanciales que empiezan y terminan al mismo tiempo que lo hace la acción que les dio motivo. Incluso mientras esa acción dura, los revolucionarios debemos echar ácido sobre las ilusiones de las masas en cualquier fracción de masas controlada por los capitalistas, para ir disputando la hegemonía y la dirección en esas acciones como posible trampolín en la lucha hacia el poder de los trabajadores, explotados y oprimidos de las ciudades y el campo.
El otro camino conduce a que los 52 millones de trabajadores brasileños hoy no se pueden explicar las características reaccionarias del gobiero de Lula y el PT, o lo que se empieza a dar con el acuerdo de Kirchner con el FMI o con la firma de Lagos de un acuerdo tipo Alca de Chile subordinado a Estados Unidos. O del "democrático y progresista" coronel Lucio Gutiérrez que, en un abrir y cerrar de ojos, se alineó con Estados Unidos en todo, en particular en lo que respecta a la agresión a Colombia. Y el mismo futuro le espera el año próximo al Frente Amplio en Uruguay.
Es que no hay terceras posiciones (dirigidas por las burguesías supuestamente
nacionales, democráticas o cualquier otro rótulo tramposo) ni revoluciones por etapas posibles.
Sólo habrá revolución nacional si los trabajadores acaudillan a todos los explotados y oprimidos en una revolución que rompa con el sometimiento al imperialismo y destruya simultáneamente al capitalismo y a su Estado e instituciones. Es un camino difícil pero el único realista. El llamado "capitalismo nacional" es como un espejismo en medio del desierto.
I. La historia resolvió sobradamente la terrible lucha en todos los terrenos entre stalinismo y trotskismo. El stalinismo y su utopía reaccionaria de la construcción del socialismo en un solo país se derrumbó por un proceso de degeneración gradual e integración plena al capitalismo mundial que dio su salto cualitativo en el 89/91. Igual suerte corrió la política internacional que acompañaba a la supuesta construcción socialista: los frentes populares de conciliación de clases con los supuestos sectores burgueses, progresistas, democráticos, antimperialistas o la combinación de ellos que se correspondió a los distintos períodos y zig zag del stalinismo en tres cuartos de siglo.
La corrección, justeza y grandiosidad de la tesis-programa de Trotsky sobre la revolución permanente se demostró cabalmente en sus dos aspectos: el de la imposibilidad reaccionaria de construir el socialismo en un solo país y en que las tareas antimperialistas y democráticas sólo pueden resolverse realmente mediante la lucha revolucionaria, la conquista del poder por los trabajadores y sus aliados y la extensión internacional de la revolución socialista que comenzó a nivel nacional.
Cuando Jruschov anunció en el XXI congreso del PCUS que la URSS entraría a la etapa comunista en los años 80- hizo un pronóstico que hace poco menos de medio siglo creyeron enormes masas obreras, intelectuales y sectores populares.
La realidad es que el pronóstico adoptó una forma inversa: con la muerte de Brejnev en 1982 y la posterior asunción de Gorbachov se inició una brusca caída que desembocó en la disolución de la URSS y de todo su bloque en 1989/91.
Igual suerte corrió el gigantesco mal llamado movimiento comunista internacional que, a pesar de la disolución de la IC en 1943 continuó como un gigantesco aparato bajo el Kominform, la FSM, la FJD y todo un gigantesco aparato que sólo comenzó a resquebrajarse significativamente en occidente a partir de 1968. Con el mayor partido de occidente como vanguardia, el italiano, avanzó en un proceso de socialdemocratización y de integración plena al estado burgués imperialista en Europa, América latina, la India, por ejemplo. A su vez la variante pequinesa ha recorrido una larga marcha en la restauración del capitalismo en China y renunciado a toda declamación revolucionaria como en los años sesenta.
II. La respuesta de la Revolución Permanente de Trotsky fue la teoría-programa revolucionaria que se opuso como antítesis a las tesis contrarrevolucionarias impuestas por el stalinismo en la URSS y en la Internacional Comunista.
Esta genial elaboración permitió dar una línea de continuidad con el leninismo y las principales lecciones de octubre y de la historia del marxismo. La fundación de la IV permitió que esa teoría- programa tuviera una forma organizacional, más allá de la debilidad de ésta en sus comienzos y de su compleja vida.
Pero nació en un período de gigantesca derrota mundial marcada por el nazismo y el stalinismo y en visperas de la guerra interimperialista que desangraría a los principales proletariados de Europa y Asia.
La revolución permanente sólo puede elevarse a una síntesis superadora de sus sólidas bases planteadas por Trotsky en un proceso de fecundación mediante la praxis revolucionaria de las grandes masas obreras y populares, incluyendo la de los países centrales que sólo muy esporádicamente entraron en escena en el último medio siglo. Y sólo en ese proceso vivo se irá forjando una vanguardia revolucionaria, parte como mínimo políticamente organizada en partido/s, y de la que participaran también los elementos de las viejas corrientes trotskistas que sepamos adaptarnos a las nuevas condiciones y modificar hábitos, prácticas y circunstancias que se fueron forjando en períodos muy díficiles donde nuestra corriente se hizo "contra la corriente" durante décadas y que fue la base material donde se desarrolló y cumplió una función deletérea las distintas corrientes revisionistas seguidistas al stalinismo, la socialdemocracia, el nacionalismo burgués, las guerrillas pequeñoburguesas de los sesenta y una larga lista que fueron mellando el filo revolucionario de la IV, haciéndola estallar en un interminable número de grupos que se autodenominan a sí mismo IV Internacional y que en lo fundamental carecen de representación internacional, más allá de que tengan alguna organización de cierto peso relativo en algunos países, pero no como corriente internacional.
La continuidad relativa de la I, aun en su diáspora, permitió que no hubiera una caída en la barbarie plena de toda la vanguardia revolucionaria y que se mantuviera un tenue hilo rojo de algunos cientos o miles de camaradas que defienden el carácter internacional de la revolución socialista, que se oponen a la colaboración de clases, que combaten al reformismo y defiende la revolución como estrategia y unos pocos principios más. Es un capital pequeño pero de inmenso valor que hay que luchar por rescatar y trabajar por ensamblar con las nuevas generaciones de revolucionarios que comienzan a aparecer, para que les puedan transmitir sus conocimientos y experiencia y sean a su vez influídos por ellos para combaitr taras y prácticas negativas del viejo período por el contacto con camadas frescas de jóvenes revolucionarios.
III. El reagrupamiento internacional del socialismo revolucionario no pasa porque los nuevos sectores de vanguardia que surgen, o los viejos que buscan otro rumbo político se definan por algunos de los innumerables grupos en que esta segmentada la IV Internacional.
Mi opinión es que estamos frente a un proceso vivo, abierto, y que en un sentido recién empieza, después de los cascotes del muro y de la feroz ofensiva de los '90.
Nuestra hipótesis es que recién se abrió un período de recomposición que combina varios elementos: agotamiento definitivo de los partidos como grandes aparatos, moldeados de una forma u otra, y al margen de las intenciones, como los aparatos stalinistas, que vendían que eran los continuadores del leninismo, de partidos que no se equivocan, de dirigentes que menos, salvo en los ajustes de cuentas fraccionasles que son ineherentes a su funcionamiento. Todo eso es parte del pasado y preside la crisis del movimiento trotskista, al que a su vez se le abren desafíos inéditos en su larga historia de 65 años de algunos aciertos, muchos errores y cantidad de horrores, la mayoría de ellos no nacidos de la subjetividad sino del tortuoso camino de la lucha de clases en el siglo XX.
No veo bien hacer una "nueva internacional" y propongo conformar un bureau abierto de coordinación, acción y debate de socialistas revolucionarios que nos definamos como trotskistas, junto a otros no lo hacen pero con los que coincidamos en la base de un programa y una política socialista revolucionaria e internacionalista.
Mi opinión es que hay que crearlo como un fenómeno abierto, casi algebraico, donde dejemos abierto que la realidad de la lucha de clases y del desarrollo de la vanguardia y sus partidos o grupos nos vaya o no obligando a cerrar esta ecuación abierta.
No veo mal intentar hacer una conferencia internacional tipo Zimmerwald, aunque a mí no me resulten atractivas las analogías que podrían suponer una remake de la historia.
Me parece que el primer paso lo constituye la circulación de borradores de documentos sobre distintos problemas.
Texto publicado por Democracia Obrera en el. 4º número del Boletín de Informaciones Obreras Internacionales, publicación del Comité Organizador del Trotskismo Principista - Cuarta Internacional.
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