Tribuna abierta...

Democracia y representación

Un debate que cruza a la sociedad, desde que las jornadas de diciembre del 2001 pusieron en cuestión a las instituciones. El aporte que presentamos es el primero de una serie de notas referidas al tema.

     La forma representativa que delimita esta democracia, lejos de constituir una imposición lógicamente necesaria del ejercicio del poder de los gobiernos, fue la herramienta que utilizó la clase triunfante de las grandes revoluciones burguesas para apagar el fuego que supieron encender.

     Basta con tomar los textos de los revolucionarios franceses que evidencian la necesidad de resolver la dupla igualdad/libertad a la luz de la necesidad de organización y clausura de la violencia engendrada por el mismo proceso. Frente al sincero análisis de Rousseau de que no había existido nunca verdadera democracia “...ni existirá jamás...”, se alzaron los conservadores con esta teoría que se planteaba como un mal menor frente al surgimiento de las masas.

     La Teoría de la Representación, una vez asimilada, reposa sobre la creencia de que se esta realizando la voluntad general a través de la figura del representante, por lo que se asegura contar con un sistema que contiene la voluntad del conjunto o –cuando menos- de la mayoría. Es conocida la respuesta ante cualquier crítica: “¿Conocés algo mejor? ¿Qué querés, la dictadura?”. Discusión abortada a partir de tales falacias sin sentido.

     Desde un punto de vista dialéctico no es propio considerar los conceptos sin circunscribirlos a las condiciones de tiempo y espacio.

     La representación cumplió y sigue cumpliendo un rol esencial. Generó la ilusión de ser la única posibilidad de armonizar el progreso orgánico con un ejercicio democrático... y la de que todos tenemos el poder, mientras unos pocos tienen el poder de manejar esa ilusión. Tanto consenso generó, que resulta sintomático que las variaciones que se han ido operando en otras ciencias, como la física en la manera de concebir el tiempo y el universo, no han tenido correlato en los dogmáticos esquemas de concebir la forma de organización humana.

     ¿Qué hay detrás de la figura del representante? Si en la democracia todos ejercemos nuestro poder a través del representante ¿Cómo es que se transforma el poder de cada uno de nosotros en el poder del representante? Se sostiene que esto es producto de la decisión de los miembros de la sociedad, quienes delegan o entregan su poder al representante. Ello significa que, o bien el poder del representante no es propio y, en consecuencia, sería un poder formal –lo cual no se condice con los hechos– o, por el contrario, es un poder efectivo que implicaría un proceso de sustanciación, como un milagro en el que se transforma la sangre en vino, o el cuerpo en pan, muy pintoresco pero poco afecto a la razón.

     Para plantearnos qué poder tiene el representante debemos analizar, entonces, qué es el poder. A tal fin debemos despejar algunas ambigüedades de esta palabra. Solemos hablar de “la toma del poder”, el “poder de represión”, “la burguesía tiene el poder”, etc.  Para entendernos mejor, deberíamos reemplazar cada una de estas frases por un significado más preciso. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de tomar el poder? Hacer una revolución. ¿Qué queremos decir con poder de represión? Monopolio de las armas. En la tercera alocución queremos significar que la burguesía posee la propiedad de los medios de producción y gobierna. Utilizar la palabra poder con tantos significados suele opacar las discusiones y muchas veces creemos que hablamos de lo mismo y nos referimos a temas distintos.

     También utilizamos la palabra “poder” para referirnos a aquello que –según la teoría de la representación– delegaríamos en nuestros representantes, consagrados constitucionalmente para que el pueblo no delibere ni gobierne por sí.

     Para evitar discusiones semánticas, algunos prefieren referir a este concepto como “potencia”, posibilidad de hacer. Pero preferimos mantener aquel término ya que, en un ida y vuelta, reflejará el ejercicio que recuperaremos a partir de la toma del poder (revolución).

     La teoría de la representación olvida que en el representante, además del poder hay intereses: los intereses de la sociedad que él representa. La arbitrariedad de considerar que el representante, que a la vez tiene su propio interés, encarna los intereses de la sociedad en su conjunto, no tiene explicación coherente posible ya que es un concepto lógicamente contradictorio.

     Tampoco es cierto que la democracia representativa sea el poder de mayorías anónimas, en la que todos los poderes e intereses deben ser representados. Al darle relevancia a ciertos intereses sobre otros en el ejercicio del poder, contradicen su enunciado de igualdad social, poniendo en evidencia que no sólo los consideran intereses y poderes distintos, sino que les otorga supremacía a los de unos sobre los de otros.

     Párrafo especial merece la idea de que el poder –en el concepto explicitado más arriba– es un objeto apropiable. La clase dominante, entonces, le saca el poder al  pueblo. En este sentido, creemos que se impone diferenciar el poder del ejercicio del poder. La clase dominante no puede quitarnos el poder que tenemos cada uno de nosotros porque sería como extirparnos el hígado, es decir, es constituyente de nuestra persona. Lo más apropiado es pensar en que la burguesía impide el ejercicio del poder que cada uno de nosotros tenemos. En este sentido, la clase dominante actúa mediante la ideología, la cultura, la represión, la imposición de imaginarios sociales que hacen que cada individuo sienta que no tiene poder y que, entonces, ni se plantee su ejercicio.

     Pero sólo es posible la omisión en las condiciones de la acción, es decir, sólo pueden quitarnos la posibilidad de ejercicio de poder cuando tenemos poder. Porque si quitarnos el poder fuera igual que arrebatarnos una cosa se cumpliría en un momento dado y ya no habría de qué preocuparse. Por el contrario, anular el ejercicio del poder del pueblo es un trabajo de tiempo completo y evidencia que, más allá de la conciencia que posea cada uno de nosotros del poder que posee, la clase dominante no descansa en una expropiación que considere definitiva.

Luis Elizalde

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