HITOS DEL SIGLO XX

La primera guerra mundial

El devenir imperialista y el florecimiento pacífico que siguió a la guerra franco-prusiana de 1870/71 dieron bases materiales para el reformismo, la aristocracia obrera y los grandes aparatos sindicales y políticos, los diarios, bibliotecas, clubes y todo tipo de asociaciones obreras.

Todas las declaraciones de la Segunda Internacional contra la guerra se hicieron polvo en agosto de 1914. Por más que Lenin creyera inicialmente que el diario alemán que informaba del voto de los 113 diputados socialdemócratas a los créditos de guerra era un ardid del estado mayor alemán, ésa era la trágica verdad.

La consigna del Manifiesto Comunista "proletarios del mundo, ¡uníos!", se transformó en su contrario: ¡mataos!

Es indudable la responsabilidad de los dirigentes de la Segunda Internacional en este crimen histórico. Pero es también indudable que el chauvinismo, el nacionalismo imperialista, había calado hasta los huesos entre los explotados que, por millones, fueron carne de cañón de los distintos bandos imperialistas, y murieron, quedaron lisiados o desquiciados mentalmente por años de guerras de trincheras, gases tóxicos y un largo listado de horrores.

Octubre

La revolución rusa de Octubre es el punto más alto que alcanzó la lucha proletaria hasta ahora. Pudo vencer a la contrarrevolución en la guerra civil internacional, pero quedó aislada y fue degenerando.

La ola revolucionaria desatada a partir de la revolución alemana del 9 de noviembre de 1918 parecía dar la razón al primer argumento de Lenin para pasar a la insurrección en Rusia: que maduraba la revolución europea. La socialdemocracia fue su verdugo (como en Alemania, asesinando a sus dirigentes). Donde no pudo asfixiar a la revolución gradualmente, lo hizo militarmente en forma directa, como en Hungría o Baviera.

La socialdemocracia pudo cumplir eficazmente su labor contrarrevolucionaria no sólo por ser la dirección histórica del proletariado –y por ser jóvenes e inexpertos todos los PC– sino también porque la guerra había desangrado literalmente al proletariado y a los pobres, que fueron quienes aportaron los millones de muertos (1.600.000 en el Reino Unido, y aún más en Francia y Alemania, en poblaciones apenas mayores a las de la Argentina de hoy).

De conjunto, el pico revolucionario más importante del siglo se dio en Europa en los años 1919/20 y tuvo su capítulo final en la abortada revolución alemana de octubre de 1923. Pero ya en 1922 había comenzado la contraofensiva burguesa, cuya extrema derecha la ocupó el triunfo contrarrevolucionario de Mussolini en Italia.

Hay que tratar de buscar explicaciones materialistas a estos procesos. El movimiento trotskista ha caído, alternativamente, en dos explicaciones falaces. 1) explicar los fracasos revolucionarios por la actuación de tal o cual dirección traidora, en lugar de colocar en la base del análisis la relativa fortaleza del enemigo capitalista-imperialista, el que controla el poder y puede, por ejemplo, usar a la socialdemocracia alemana para frenar la revolución en la primera posguerra y después enviarla a los campos de concentración de Hitler; 2) adjudicar, en lo fundamental, los tropiezos/tragedias de la lucha emancipadora de masas, a uno o varios "pecados originales", sean éstos las "21 condiciones", la represión a los anarquistas de Kronstadt o la simultánea supresión excepcional de las fracciones en el PC en marzo del ’21. Este es un método idealista y no marxista de análisis, ya que no parte de la lucha de clases y analiza los fenómenos aislándolos de ella, encapsulándolos como en un laboratorio.

A diferencia de la explicación no materialista, que se coloca a la defensiva frente a la ofensiva ideológica del enemigo de clase, la explicación del proceso del bolchevismo es fundamentalmente otra: la agresión militar imperialista de 14 países en 8.000 km de frente de batalla coaligada con la contrarrevolución "blanca"; el atraso del país; el aniquilamiento físico de la clase obrera y su vanguardia en los campos de batalla; la hambruna que vació de obreros las ciudades diezmando cualitativamete sus filas_ combinada con la derrota de la revolución europea, que Lenin considerara como condición sine qua non para afianzar el triunfo de Octubre.

El fenómeno del stalinismo, en este contexto, no es un mero monstruo parido libremente por la revolución –horrible pero "nuestro"–: es un producto de la contrarrevolución imperialista que derrotada por la epopeya militar de la revolución, la ahogó por la vía del aislamiento. Dicho de otra forma, éste es también el método materialista para analizar los aberrantes crímenes de Stalin.

El telón de fondo del genocidio de los años treinta es un producto combinado de la presión imperialista sobre la URSS –que pronto se convertiría en guerra y 20 millones de muertos– con el temor de Stalin de que las necesidades bélicas obliguen a un cambio brusco y colocaran en primera fila a los desplazados y perseguidos. Por eso masacró al Comité Central de Lenin; hizo lo mismo con la oficialidad más capacitada; y por eso persiguió implacablemente a Trotsky hasta lograr asesinarlo.

La contrarrevolución

Comenzó un largo período de contrarrevolución en Europa, que tuvo sus máximas expresiones en la degeneración de la dictadura del proletariado en la URSS y en el triunfo del nazismo en Alemania en 1933.

Esto tuvo su negación relativa en la extraordinaria revolución española. Pero Stalin la utilizó para demostrar ante los imperialistas "democráticos" que él no sólo no era un peligro revolucionario, sino que era una herramienta extraordinariamente idónea para derrotar revoluciones.

La segunda guerra mundial

El crac del ’29/30 demostró la justeza del planteo de Lenin de que se había entrado a una época histórica signada por crisis, guerras y revoluciones, y que el imperialismo se encaminaba a dirimir sus diferencias en una guerra de proporciones muy superiores a la de 1914.

La segunda guerra mundial fue una guerra interimperialista. Dentro de ella se libraba también la guerra del imperialismo alemán por conquistar a una sociedad no capitalista, la URSS (así no fuera tampoco un estado obrero "degenerado").

Esta es la única singularidad de la segunda guerra mundial (además de la masacre de la población civil, las innovaciones tecnológicas, etcétera).

No se trató de ninguna "guerra de regímenes" sino de bandidos imperialistas igualmente capaces de las carnicerías más inauditas.

Los que ganaron cuentan "su historia". Por eso Hiroshima y Nagasaki no son un genocidio como Auschwitz. Por eso los bombardeos en masa a Dresden, Hamburgo y toda Alemania –con el resultado de la guerra ya claramente definido en el campo militar– estaban destinados exclusivamente a prevenir que la segunda posguerra no se pareciera revolucionariamente a la primera. Los regímenes imperialistas "democráticos" no abrieron el "segundo frente" hasta junio de 1944, para dejar que se desangrara la URSS. Los esclavos coloniales de Inglaterra y de la Francia gaullista no estaban en situación cualitativamente mejor que los esclavos de los campos de trabajo forzado nazi. Buena parte de la burguesía imperialista que después se presentó como "democrática" fue en sus nueve décimas partes colaboradora de los nazis, con la burguesía francesa a la cabeza.

Un ejemplo adicional que demuestra a las claras que no se trató de ninguna guerra entre "demócratas" versus "fascistas", es el de Franco, a quien Inglaterra y Francia ayudaron objetivamente a triunfar en la guerra civil y con quien los yanquis acordaron rápidamente la obtención de bases militares en la posguerra, a cambio de "hacer la vista gorda" ante su régimen. Lo mismo sucedió con Oliveira Salazar en Portugal, siendo que ambas tiranías fueron piezas muy útiles para el nazismo.

En otro terreno, tampoco es muy creíble que los servicios de inteligencia occidentales se enteraron recién medio siglo después, del papel jugado por la banca suiza en relación con el nazismo. Lo mismo puede decirse del Vaticano, que fue mano derecha de Mussolini.

El Frente Popular mundial

Yalta y Potsdam fueron la forma que adoptó un frente popular mundial para combatir al nazismo y para prevenir y/o neutralizar la revolución en Europa occidental, cuyo triunfo sería mortal tanto para el imperialismo como para Stalin.

La base que hace posible estos pactos está expresada muy claramente en un trabajo de los compañeros franceses de Voz de los Trabajadores: "Una generación entera de revolucionarios fue exterminada en los años 30 por el facismo y el stalinismo, así que su continuidad y su supervivencia pudo ser garantizada sólo por organizaciones muy débiles que no lograron, después de la segunda guerra mundial, ligarse de nuevo a la clase obrera, donde la propaganda de la burguesía, relevada por los partidos reformistas, pudo apoyarse en la ilusiones creadas por una nueva expansión del capitalismo. En cuanto a las revoluciones coloniales, fueron desviadas por la falta de una perspectiva proletaria, internacionalista, en el callejón sin salida del nacionalismo" (ver "Debate Programático", pág. 2, en Francia, Ed. Antídoto, mayo de 1998).

Hay quienes sostienen que en la segunda posguerra había en Europa un ascenso superior al de la primera guerra y que Yalta permitió liquidarlo. ¡Es absurdo! Ningún gran ascenso revolucionario, con el pueblo armado como en Francia o Italia, es liquidado por una "conspiración". Es una visión conspirativa de la historia, que no permite explicar en absoluto el porqué Thorez y Togliatti lograron desarmar a maquís y partisanos sin disparar un tiro. Si esto pudiera lograrse como el simple producto de un pacto de cúpulas, habría que renunciar directamente al materialismo histórico para adherir a una visión conspirativa de la historia.

Donde los milicianos trotskistas se propusieron pactar con los stalinistas para coordinar la lucha contra el nazismo, como en Grecia, fueron emboscados y asesinados en Atenas, en un número de alrededor de 300, en diciembre de 1944. Allí sí el aparato de Moscú tuvo que apelar a la guerra.

La clave subjetiva de la debilidad de los revolucionarios en la posguerra, está sintetizada por los compañeros de VdT en el párrafo citado, con la descripción de una realidad, que se multiplicó por mil, tras el agotamiento de las energías sociales después de seis años de guerra, los 50 millones de muertos y el ejército yanqui ocupando Europa occidental al tiempo que el de Stalin ocupaba la oriental, totalmente devastada.

Apogeo stalinista y "guerra fría"

Stalingrado y la posterior derrota del nazifacismo no abrieron la etapa de la "revolución inminente" ni ningún otro fenómeno por el estilo: significaron la derrota del "super-guardia-blanco" Hitler, pero con características que es necesario puntualizar.

La magnitud de la contrarrevolución de los ’30 fue tal que actuó como un peso decisivo para impedir que a la guerra le siguiera la revolución.

El imperialismo "democrático" actuó, entre 1944/45, para demoler mediante un genocidio la posible revolución proletaria en los países que ya estaban claramente vencidos militarmente.

Se fortaleció el polo contrarrevolucionario en la dirección del movimiento obrero mundial con el rol de la URSS en la derrota de Hitler.

La magnitud de la contrarrevolución de los ’20/30 cortó los lazos con octubre, por el aniquilamiento físico de la vanguardia comunista. Eso, más el agotamiento que la guerra provocó en el proletariado –desgastado para seguir con la guerra civil y contra las tropas de ocupación yanquis–, más el prestigio adquirido por la URSS y por Stalin, permitieron neutralizar, incluyendo los bombardeos preventivos, un posible estallido revolucionario en Europa de la posguerra.

Posteriormente, se abrió la etapa de choque y confrontación entre los viejos aliados del frente popular mundial. Más precisamente se abrió la fase de la ofensiva imperialista para lograr la recolonización capitalista de la URSS y del territorio bajo su dominio o en economías no capitalistas.

No obstante, la expropiación de la burguesía en Europa del Este y después en China, combinadas con el proceso de reconstrucción y el boom capitalista de posguerra, el fuerte ascenso de la revolución colonial y de los movimientos nacionalistas (en Medio Oriente, Indonesia, Latinoamérica) dieron unas dos décadas de apogeo stalinista en el mundo entero, y en particular en el movimiento obrero.

Relámpagos luminosos como la revolución nacional, obrera y socialista, húngara de 1956, carente de dirección proletaria e internacionalista, no lograron cambiar el signo de esos tiempos, pero indicaron una tendencia hacia la descomposición del bloque stalinista. Como en ese momento el levantamiento fue "por izquierda", Moscú no dudó en atacar, y Washington en dejar hacer, y sacar provecho publicitario de una epopeya, ajena y enemiga.

La guerra fría no fue una obra de teatro protagonizada por integrantes de un supuesto frente contrarrevolucionario mundial. Fue una lucha real, por más que sus autores fueran todos contrarrevolucionarios. Fue la lucha del imperialismo por vencer a los restos de la revolución de octubre, contra la débil resistencia de la burocracia nacionalista, explotadora y parasitaria que intentó mantener su independencia sin subordinarse completamente a Estados Unidos, aprovechando el brote de la revolución en las colonias, o pujas nacionalistas en la semicolonias, para jaquear a un adversario mucho más poderoso.

El mayor jaque lo protagonizó Jruschov con Cuba y Brejnev lo mantuvo como amenaza y "portaviones" anclado frente a las costas yanquis, al precio de decenas de miles de millones de dólares de "ayuda" (también como ayuda real al papel de Castro desde mediados de los ’60, en la revolución en el patio trasero estadounidense, en Latinoamérica).

Los "treinta gloriosos años"

En los países centrales, los años que siguieron a la segunda posguerra, significaron que a la brutal destrucción de fuerzas productivas del ’39 al ’45, le siguió la posibilidad de un gran crecimiento de éstas. Ello incluyó, en buena medida, a la URSS y su bloque y también se expresó en forma desigual en la periferia. En la Argentina había comenzado a agotarse el proceso de sustitución de importaciones pero ello se combinaba con la existencia de ramas dinámicas de la producción como la automotriz, la petroquímica y otras. En Brasil en los sesenta y bajo la dictadura comienza un cambio muy importante con el primer gran experimento en masa de los países centrales de trasladar sectores de la gran industria a países donde los bajos salarios aseguraban altas tasas de ganancias. Esta experiencia se repetirá con los llamados tigres asiáticos.

Mayo del ’68, en lo social y político, fue el campanazo de alerta del fin de la bonanza económica. Allí empieza a operarse un largo ciclo de crisis, una onda larga con oscilaciones que tiene entre sus primeros hitos el abandono de la paridad dólar-oro fijada en Bretton Woods en agosto de 1971 y la crisis del petróleo en 1973/74.

En la segunda posguerra la última revolución que expropia al imperialismo y al capitalismo es la cubana a comienzos de los años sesenta. Revoluciones burguesas triunfantes en 1979, como Irán o Nicaragua, son estranguladas por la combinación de la agresión imperialista (guerra de la "contra" en Nicaragua con apoyo de la CIA y el Pentágono, guerra de agresión de Irak a Irán, con un millón de muertos, en nombre del imperialismo) combinadas con una política de pactos y compromisos con la burguesía nicaragüense y el imperialismo por parte de los sandinistas que impidieron que la revolución avanzara y, por ende, prepararon con precisión de relojería su retroceso y su bancarrota; en el caso de Irán, los clérigos reprimieron ferozmente a toda la oposición de izquierda e impusieron una dictadura teocrática ferozmente reaccionaria, al tiempo que empezaron a negociar su petróleo con el imperialismo europeo.

Desde su derrota en Vietnam el imperialismo preparó su contraofensiva. Políticamente tomó en sus manos tramposas las banderas de los Derechos Humanos, lo que confundió a buena parte de la izquierda y de los pueblos. Económicamente, Estados Unidos organiza, bajo Reagan, una especie de "keynesianismo militar" con la guerra de las galaxias y la industria bélica como locomotora de la economía. Es el apogeo de las privatizaciones. Está acompañado de una dura lucha y represión, por ejemplo contra los mineros ingleses que estuvieron en huelga durante un año o contra la huelga de los controladores de los aeropuertos yanquis.

Muy poco después de su apogeo, la caída del Muro de Berlín y la dislocación de la URSS –triunfos objetivos y poderoso arietes de la ofensiva ideológica– empieza la declinación del neoliberalismo, por más que el recambio socialdemócrata o de Clinton no cambia en lo fundamental los avances económico-sociales del período anterior.

 

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