SIGLO XX
ENSAYO GENERAL de la
REVOLUCION PROLETARIA
La resistencia que el capitalismo ofreció –y ofrece– ante la lucha de los explotados, es mucho mayor que la prevista por Marx y que la evaluación que hicimos de ella sus seguidores. La resistencia económica, social, política, militar e ideológica de la burguesía es mucho más fuerte que lo que imaginamos desde 1848 o 1917. Creemos que este es el elemento central que está en la base de los problemas que enfrentó la lucha de los explotados. Y que incluye, explica y alimenta, la crisis de dirección del proletariado. Esta vigorosidad de la clase dominante, que emana de ser precisamente la clase que ejerce el poder, es la clave de todos los problemas subjetivos reales, y que tenemos que abordar a fondo los revolucionarios proletarios.
Pero no hay duda de que si la clase obrera no hubiera luchado denodadamente durante este siglo y medio, la humanidad estaría hundida por completo en la barbarie: esa lucha lo ha impedido. Alcanza con ver cómo son las sociedades donde la clase obrera menos ha luchado –incluso a pesar de la lucha mundial– para perfilar la sociedad que existiría de no haber habido un proletariado que luchó, y mucho.
Por ejemplo, en un país altamente desarrollado como Estados Unidos, el 2% de la población está presa o procesada; se vive en virtual toque de queda en la abrumadora mayoría de las ciudades; se atenta con bombas contra clínicas que practican abortos legales y contra minorías étnicas o sexuales; se generaliza la pena de muerte; se prohibe la enseñanza del habla hispana para la comunidad latina; se enviará a la cárcel a los padres cuyos chicos falten a la escuela; y la hegemonía cultural lleva a la imbecilidad de la especie humana. Son pasos firmes hacia la barbarie.
Al mismo tiempo, todo lo que la clase trabajadora y sus aliados consiguen dentro de esta sociedad es más o menos efímero. Sin destruir al imperialismo mundial, más temprano o más tarde, todo se transforma en su contrario. Los sindicatos pasan de ser palancas útiles para la lucha a convertirse en un obstáculo para ella; los partidos obreros, si no se proponen –y logran– destruir el poder capitalista en el país y en el mundo, inevitablemente terminan degenerando y siendo una traba para esa lucha y/o vulgares administradores de la burguesía. O relegados a pequeños grupos (y/o sectas) de propaganda. Una dictadura proletaria internacionalista que no pudo vencer al imperialismo mundial, como la de Lenin y Trotsky, sufrió, en su aislamiento, la degeneración. Lo mismo pasa con otras conquistas: las 8 horas son letra muerta o, donde existen, es con el precio de más de 20 millones de desocupados, como en Europa occidental...
La larga marcha de la revolución socialista internacional, está jalonada por este ir y venir, por estos avances y retrocesos.
La magnitud de la crisis capitalista hace cada vez más dificultoso el camino de las concesiones reales de la burguesía y aun la lucha por las reivindicaciones más pequeñas demanda esfuerzos gigantescos, de tipo revolucionario. Ese es el proceso que vivimos.
El capitalismo y el imperialismo han sido, son y serán la fuente primera de la violencia en el planeta, desde la económica sobre los trabajadores, el racismo y la xenofobia, hasta el nacionalismo y las guerras más horrendas, todas ellas con algún miserable y cínico "pretexto" para engañar a la clase media, en primer lugar, y también a la clase obrera. Por ejemplo, el gendarme nuclear del mundo disparó contra Saddam Hussein –convenientemente demonizado– después de que éste cumpliera su papel de agente imperialista contra la naciente revolución iraní.
No llegó "el fin de la historia", como proclamaba Fukuyama, con "la victoria del capitalismo y de la democracia". Cuanto más crisis económica y resistencia social haya, habrá más cercenamiento de las libertades y más represión. Si hay guerras –que las hubo y las habrá, no sabemos de qué magnitud– habrá genocidios y militarización de la sociedad, se siga votando o no. Si el primer efecto de la "guerra fría" fue la aparición del macartismo en Estados Unidos, no podemos imaginarnos siquiera a lo que estarían dispuestos los dueños del mundo hoy si vieran peligrar efectivamente sus intereses.
La violencia sigue siendo la partera de la historia, hacia atrás o hacia adelante. Pero la feroz ofensiva ideológica burguesa ha colocado a la hiperdefensiva también a los revolucionarios y vamos a terminar disculpándonos por los "excesos" que cometieron Espartaco y los esclavos sublevados, ya que esos excesos le habrían dado ‘‘pretextos" al Imperio Romano para masacrarlos impiadosamente. Los revolucionarios proletarios tenemos que aprender de nuestros errores pero no para rendir cuentas de nuestros actos según las ideas dominantes de la época, las burguesas. Al enemigo no le pedimos su aprobación. Por el contrario, nos proponemos su derrota.
Hago mías las palabras de Cyril Smith (Herramientas Nº 7): "_Está bien reexaminar, revisar o incluso no aceptar lo que él [Trotsky] escribió, en la medida en que nos ayude a sostener su rechazo al orden mundial existente".
No somos vendedores de artículos en cuotas con oferta de garantía.
Somos quienes nos proponemos ayudar a canalizar hacia el poder revolucionario la energía de miles de millones, cuando éstos se alcen porque sólo pueden tener esperanzas a condición de jugarse la vida para destruir este orden social que los aniquila.
Somos quienes estamos convencidos de que si el poder revolucionario fracasa en derrotar al imperialismo en el mundo, el destino de la humanidad se encaminará a pasos de gigante hacia la barbarie mucho más que ahora. Y también somos quienes estamos convencidos de que esa empresa gigantesca es la única que puede impedir que la barbarie continúe avanzando día tras día en esta sociedad capitalista, históricamente agotada.
El secreto de la política revolucionaria está en construir, crear como un arte, los mecanismos que faciliten ese díficil y azoroso camino para terminar con 8.000 años de sociedades de clases, explotación y opresión. En esta gigantesca tarea, como materialistas y marxistas, no ofrecemos otra garantía que poner lo mejor de nosotros para triunfar.
Y lo mejor de nosotros, incluye el esfuerzo inclaudicable por remontar la crisis y el aislamiento actual en que se encuentra el movimiento revolucionario. Para ello, contamos con formidables herramientas –en la teoría y en la experiencia práctica– que provienen del pasado. Para utilizarlas con eficacia, es imprescindible apartarse del camino del dogmatismo que intenta transformarlas en una especie de "sagradas escrituras, que contienen algunos errores".
Compartimos con los fundadores del movimiento obrero revolucionario, con los maestros y dirigentes de las mayores luchas que ha protagonizado la clase obrera internacional, la visión de que en la pelea por liberar a la humanidad de toda cadena, "gris es la teoría, verde el árbol de la vida".
El siglo que termina está signado por el triunfo de la revolución rusa y sus secuelas. Allí la burguesía sintió el frío de la muerte.
Ha sido un siglo de crisis, guerras y revoluciones.
Ha sido un siglo de victoria para el capitalismo, aun en su decadencia, porque logra llegar al siglo XXI con el poder en sus manos. Acompañando esta victoria, la barbarie avanza a pasos agigantados, simultáneamente a un colosal desarrollo científico y tecnológico.
Pero al mantenerse las relaciones capitalistas de producción, esos adelantos no sirven para liberar a la humanidad de la esclavitud asalariada. El 2000 encontrará unos 1.000 millones de desocupados, e índices escalofriantes de pobreza, marginación y desnutrición, entre otras tragedias, junto a una extrema polarización social de los ricos.
La estructura económico social y la economía-mundo capitalista en su actual madurez, tienen múltiples elementos de putrefacción (desocupación récord, pobreza e indigencia, hambrunas y masivas emigraciones campesinas, ciudades ghettos, degradación de la cultura y los valores burgueses que rigieron hasta un cuarto de siglo atrás, falta de horizontes para las nuevas generaciones, embrutecimiento en todos los terrenos, degradación del planeta y la calidad de vida, etcétera, etcétera).
Hoy hay una integración mundial de capitales pero una reglamentación totalitaria de la movilidad del trabajo, como expresa Estados Unidos en relación con México y el Caribe y Europa en relación con Africa, Asia y el este de Europa.
La contradicción antagónica entre la supervivencia del capitalismo y el desarrollo de las fuerzas productivas y las fronteras nacionales, es crecientemente irresoluble. Razón por la que iniciaremos el siglo con una tendencia a la crisis –no se superó la iniciada en Asia en el ’97–, al militarismo y a una nueva lucha por el reparto del mundo (ex-URSS, Europa del este, posiblemente China, Corea y Vietnam) entre los grandes imperios o sus agentes. Esto significa un período de guerras entre los bloques, cuyo adelanto son las guerras comerciales y la bancarrota de la OMC en Seattle (ver pág. 7).
El neoliberalismo fue consecuencia de un desequilibrio de fuerzas a favor del capital y llevó a la caída del "socialismo real", del nacionalismo populista y del estado de bienestar en los países centrales.
"Ese desequilibrio produjo crisis porque provocó un desfase entre la capacidad de producción y la capacidad de consumo de la sociedad y una nueva repartición de la riqueza, tanto a escala mundial como a escala nacional, tan desigual que se crea un excedente de capital que no puede encontrar colocación en la extensión del sistema productivo... por eso buscan y fabrican alternativas a la ausencia y achicamiento de las colocaciones productivas, en la extensión de los mercados especulativos, ...sin pasar por la esfera de la producción (el dinero no crea dinero) ...retardando la solución natural que sería una desvalorización del capital. Este paréntesis neoliberal se está cerrando, nos acercamos al final de una fase corta, de 20 a 25 años como máximo, cuyo final se anuncia por el costado financiero.
"Se está poniendo en discusión la mundialización financiera, empujando al sistema a enfrentarse con aquella desvaloración masiva del capital que vendrá, aunque no podamos saber en qué forma" (Samir Amin, Herramienta Nº 11).
La partera de la historia
Las guerras pueden ayudar a parir o a abortar revoluciones: seguramente resquebrajarán el viejo control del mundo.
Hoy es mucho más difícil que en 1917 romper la cadena de la explotación en sus eslabones más débiles. Pero también, si ello se logra, es mucho más factible que entonces terminar con toda la cadena.
Son prácticamente inviables o muy poco probables las revoluciones en un país que puedan mantenerse como la rusa: sólo lograrán hacerlo si se proyectan a escala regional, internacional y mundial.
En su aparente victoria y en la mayor crisis de subjetividad de los trabajadores y los revolucionarios después de la caída del falso "socialismo real", el dominio burgués se complica con la decadencia y/o caída del viejo stalinismo y del nacionalismo burgués. Esto incluye a los aparatos sindicales, incorporados en lo fundamental a la burguesía como sucede en la Argentina. Este fenómeno también pudo apreciarse en el rol desembozadamente burgués de la socialdemocracia en la guerra contra Yugoslavia.
No obstante, si los revolucionarios no actuamos con decisión para hundir al reformismo y a las burocracias de todo pelaje, éstas se pueden recrear. Nuestros mayores obstáculos subjetivos son el sectarismo residual y los elementos de adaptación al régimen democrático burgués. En igual sentido negativo operan tanto viejas prácticas de "reclamar" a aparatos archipodridos que encabecen "huelgas generales", como el hacer castillos en la arena sobre las nuevas formas superiores de organización que, supuestamente, deberían encarar los trabajadores.
Las clases a finales del siglo
El mundo está poblado hoy por una abrumadora mayoría de quienes lo único que poseen es su fuerza de trabajo (manual o intelectual) para vender.
Se estrechan las posibilidades estructurales de ampliar, extender y cualificar a una pequeña burguesía rural o urbana, entendida como la propietaria de pequeños campos, comercios y talleres, o en su expresión más moderna (profesionales, cuentapropistas, etc.).
Se están produciendo cambios en la clase trabajadora donde lo único que está relativamente claro es que están agotadas las formas de organización del trabajo y sindicales que predominaron durante más de medio siglo. Este fenómeno hay que estudiarlo y realizar trabajos empíricos sobre el mismo para ir probando la mejor forma de actuar.
Pero debemos partir de que este "nuevo" fenómeno no es nuevo. La historia del capitalismo es la historia de cómo revolucionar sus formas de explotación del trabajo asalariado. Y éste siempre ha encontrado –más rápido o más tarde– las formas organizativas con que responder a esos cambios. Mineros, artesanos, obreros de la cadena fordista, los metalúrgicos y la industria de guerra en Petrogrado (que concentraban el 80% del proletariado en un país mayoritariamente campesino), los barcos de guerra organizados como pequeñas ciudades durante la Primera Guerra, son sólo algunos ejemplos.
La caída del fordismo y el ascenso de otras formas de producción no demuestran que el capitalismo encontró la panacea para derrotar a los trabajadores, sino que muestran el agotamiento capitalista en el siglo. Por eso surge lo que se ha dado en llamar capitalismo salvaje. Este no es, en lo fundamental, producto del neoliberalismo: es la única forma específica que adquiere el capitalismo hoy, despojado de la máscara del "estado de bienestar" que le obligó a colocarse el triunfo de la revolución rusa y la lucha de los trabajadores del mundo.
No hay "libros sagrados" en el materialismo
En este cuadro contradictorio en que llegamos a los finales del siglo, buena parte de la izquierda se encuentra inmersa en un debate que, lejos de abordar la realidad con las herramientas del materialismo histórico y de la praxis revolucionaria, transita por los oscuros laberintos de la subjetividad. Y lejos de buscar claridad respirando los aires de la lucha de clases tal cual soplan, intentan encontrar la "piedra filosofal" revisando qué definición más o menos desafortunada de los clásicos del marxismo puede explicar el porqué de la actual desorientación y fragmentación del socialismo revolucionario.
Es imposible discutir el desarrollo de la clase obrera y de los partidos revolucionarios en el correr del siglo, sin ubicar la época histórica como de crisis, guerras y revoluciones, con toda la vigencia que la realidad adjudica a la definición que hiciera Lenin (de lo contrario, habría que demostrar claramente por qué esa definición fue equivocada o dejó de ser vigente).
Las grandes definiciones del Manifiesto Comunista tenían como mínimo dos grandes problemas.
El primero era que tomaban como maduro a un régimen económico y social que sólo lo estaba –y relativamente– en una pequeña porción del mundo, en una parte del occidente europeo.
En segundo lugar, el desarrollo capitalista y su transformación en imperialista en una franja del planeta, con aristocracia obrera en sus distintas variantes, hacen que un "partido clase" –como el planteado en el Manifiesto Comunista– sólo pueda ser un partido obrero-burgués. Su mejor ejemplo es el laborismo británico.
En la experiencia práctica, el bolchevismo se conformó como un partido de la vanguardia obrera –ala izquierda de la socialdemocracia europea y rusa– y sólo pasó a ser un partido de masas cuando las condiciones materiales, objetivas, empujaron a millones a la revolución como única salida para sus males. Pero llegado ese momento, el bolchevismo contaba con el capital acumulado de obreros conscientes para canalizar hacia el poder esa inmensa potencia revolucionaria desatada.
Quienes están empeñados en una suerte de búsqueda del "pecado original", podrían contentarse remitiéndose a otro de los pilares sobre los que descansa el Manifiesto Comunista: su grito de guerra, "proletarios del mundo, uníos".
Durante un siglo y medio, los explotados no sólo no se unieron, sino que se mataron en guerras que durante el siglo XX alcanzaron a 200 millones de personas, incluyendo más de 30 millones de la "pacífica" última posguerra.
En una época histórica (mediados del siglo XIX) donde se estaban formando buena parte de las naciones, el rol del nacionalismo no podía ser suficientemente evaluado, pero es evidente que en este siglo jugó un terrible papel contrarrevolucionario, en primer lugar en los países imperialistas.
Allí, el vendaval patriotero arrasó con la paciente e inigualable acumulación internacionalista de la Segunda Internacional. Sus jefes pasaron a ser cómplices y verdugos de sus respectivos proletarios, salvo honrosas y aisladas excepciones (ver nota de pág. 12).
El stalinismo dio continuidad a esa debacle, una vez aplastado el breve lapso revolucionario en que el bolchevismo combatió a nivel de masas por el internacionalismo proletario, bajo las banderas de la Internacional Comunista de Lenin y Trotsky. Pocos años después, ésta acompañó la degeneración burocrática y se fue conformando como una agencia del Ministerio de Relaciones Exteriores de la URSS y como un pilar del "socialismo en un solo país". La política ultraizquierdista del llamado "tercer período", acompañó a la colectivización forzosa del campesinado. Y el posterior viraje hacia el "frente popular"con las burguesías antifascistas, se realizó después de que el fracaso de la política anterior facilitara el triunfo de Hitler y abriera el camino hacia la Segunda Guerra.
Durante su transcurso, el internacionalismo proletario no existió. Incluso la justa defensa de la URSS se hizo bajo la reaccionaria consigna de "muerte al alemán", lanzada por Stalin. En la clase obrera europea hubo admiración y "patriotismo" por la URSS. Pero bajo la dirección de Stalin y su política nacionalista, ese sentimiento fue colocado nuevamente al servicio de fortalecer el "socialismo en un solo país", ampliado por la expropiación de la burguesía realizada a través de la presencia militar de las tropas soviéticas en los países ocupados (y que sirvieron como "cinturón protector militar" de la URSS en la llamada Guerra Fría).
El nacionalismo
Salvo en el caso que se convierta en un afluente más de la revolución proletaria, como plantea León Trotsky en la Revolución Permanente, tampoco fue ni es mejor el nacionalismo de los países atrasados, que abarcaron más de medio siglo y hoy están en franca decadencia.
En China, Chian-Kai-Shek pasó del Presidium de honor de la Internacional Comunista de Stalin, a ser verdugo de comunistas y el peón de los yanquis hasta su derrota por Mao-Tsé-Tung en 1949.
Gandhi y Nerhu, en la India, pactaron con los británicos la independencia; aceptaron la división artificial del subcontinente, y sentaron así las bases para que continuara el descomunal atraso sobre el que la perfidia británica fogoneó guerras regulares, que ahora también pueden ser atómicas.
El nacionalismo turco de Kemal Ataturk en el ’20 dio paso, tres décadas después, a que el país fuera la más importante base atómica de Estados Unidos.
Sukarno fue impotente para enfrentar el golpe proimperialista de Suharto en Indonesia, que masacró a un millón de personas, mayoritariamente comunistas.
El nasserismo egipcio y árabe, que había ocupado el canal de Suez contra las tropas británicas y francesas, pasó a ser –con los acuerdos de Camp David en 1979– un aliado estratégico de Estados Unidos. Así lo demostró durante la Guerra del Golfo de agresión a Irak. Este fenómeno incluyó a todo el nacionalismo de la región, desde Arafat y la OLP hasta Irán, Libia, Siria, Argelia y una larga lista.
El nacionalismo "socialista" africano corrió la misma suerte, culminando con el Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela en Sudáfrica sumándose a la larga lista de amigos del imperialismo.
América latina vivió una experiencia similar. Desde la invasión de Pancho Villa a Estados Unidos y la nacionalización del petróleo bajo el gobierno de Cárdenas, se pasó a la tiranía del PRI y su integración al NAFTA hace cinco años. Del vigoroso nacionalismo del APRA peruano de los años treinta se llegó al bochorno del gobierno de Alan García, que significó su bancarrota y virtual desaparición en pocos años, para ser reemplazado por la dictadura de Fujimori.
El MNR boliviano, que se montó en la gloriosa revolución que realizaron los mineros y el pueblo en abril de 1952, derivó en sus restos abiertamente proimperialistas hace más de treinta años.
En la Argentina, el populismo peronista de la primera presidencia, terminó en las "relaciones carnales" del gobierno de Menem, que en cuanto a proimperialista y antiobrero no tuvo nada que envidiarle a la "Libertadora" o a la última dictadura.
Globalmente, los movimientos nacionalistas burgueses, fueron una sífilis para los trabajadores de los países atrasados, por más contradicciones y roces que provocaron en la relación de las masas con el imperialismo. Chávez no es una excepción.
No hay posibilidades de solución nacional si no es mediante la revolución socialista, obrera, campesina y popular. Y los movimientos nacionalistas han sido un inmenso velo que tiende a oscurecer esa perspectiva, en la medida en que lograron enajenar la conciencia de los trabajadores detrás de la ilusión de que los capitalistas "nacionales" podían "liberar" al país. Hace ya largas décadas, que las burguesías nacionales tienen intereses en común con los distintos imperialismos y comparten un mismo límite de clase: que la lucha de los trabajadores y el pueblo no pase de ser un elemento de "presión" y se transforme en un peligro real para el dominio capitalista y la integridad del estado. Por eso, para tomar un solo ejemplo casero, Perón huyó en la cañonera paraguaya en vez de armar al pueblo en 1955.
La IV Internacional contra la corriente
En contra de la previsión de Trotsky, la segunda guerra parió otro proceso. Trotsky y la IV Internacional después de su asesinato, deben ubicarse en ese marco. Los materialistas ateos no creemos en dioses ni en semidioses. Nos reclamamos marxistas, leninistas, necesariamente, trotskistas. Pero negaríamos el ABC de sus enseñanzas si no fuésemos capaces de darnos cuenta hoy, a la luz de la experiencia realizada en la lucha de clases, de que los dirigentes más geniales pudieron haber hecho previsiones completamente equivocadas.
Somos conscientes de que en el mundo reaccionario que siguió al triunfo contrarrevolucionario de los ’20/30, las palabras de Marx, Lenin o Trotsky se hicieron dogmas. Por ejemplo, hoy consideramos que la tesis del frente único antimperialista de la Tercera Internacional era un himno a la conciliación de clases. Con ella se trataba de romper el aislamiento internacional de la URSS, en condiciones muy difíciles, pero de ningún modo constituía una estrategia para la revolución en los países atrasados. Y sin embargo, dicha tesis traía los "pergaminos" de haber sido elaborada bajo la dirección de Lenin_
Por otro lado, la definición de Trotsky de 1938 sobre las fuerzas productivas resultó también algo difícil de sostener a medida que pasaban los años. Incluso Ernest Mandel dio respuestas correctas sobre este tema hace más de un cuarto de siglo. Sin embargo, la corriente de Moreno, de la cual formábamos parte quienes constituimos la LSR, defendimos durante décadas una respuesta inconsistente que lo contradecía.
Trotsky mismo careció de la necesaria perspectiva histórica para medir la magnitud del triunfo contrarrevolucionario, del cual su propio asesinato fue un hecho de extrema importancia.
Así es la vida, la sociedad, y los revolucionarios_
Se mantuvo un fino hilo rojo
Si embargo, la IV Internacional significó el único hilo de continuidad con el leninismo después del terremoto contrarrevolucionario de los ’20/30 y de la situación no revolucionaria mundial (camuflada por la guerra fría), donde ni el proletariado alemán, yanqui, japonés, chino o ruso, dieron batallas significativas en medio siglo o más. Y ése es el lugar donde se decide, en definitiva, la historia.
El Programa de Transición impidió la disgregación completa del socialismo revolucionario, al definir en forma taxativa que "no se trata de reformar al capitalismo sino de destruirlo". Pero tras la experiencia de todos estos años, creemos que la vida ha superado la afirmación de que "la crisis de la humanidad es la crisis de su dirección obrera revolucionaria", contra lo que fue casi el eje ordenador de nuestra construcción durante seis décadas.
Hoy creemos que esa afirmación es, como mínimo, no dialéctica, parcial, unilateral y aplicable sólo en circunstancias excepcionales. Incluso hoy, es decir seis décadas después, creemos que ya no era aplicable cuando la formuló Trotsky al fundar la IV Internacional.
Pero si la IV no hubiera existido estaríamos en la barbarie completa del stalinismo nacionalista en descomposición. No es una casualidad que los únicos elementos que siguen planteando la revolución internacional provengan del trotskismo. (Esto no es una suma y resta; también, inevitablemente, tuvo la IV elementos descompuestos.)
Se puede discrepar completamente con Moreno o con Mandel (o con muchos otros), pero buscaron, como pudieron, darle continuidad al bolchevismo, por mucho que erraran en un mundo determinado, contemporáneo, y no como podemos verlo desde la perspectiva de nuestros días.
Si la IV no hubiera existido la situación de los revolucionarios proletarios sería similar a la que existía en la URSS cuando se desplomó el stalinismo, o sus restos: la barbarie de una clase sin conciencia en sí ni para sí, un objeto de manipulación en manos de cuanto miserable quisiera pasar de burócrata usurpador, a "legítimo" burgués propietario (apelando a todo tipo de argumentación "demócrata", "nacionalista" o cualquier otra porquería, para esconder ese objetivo).
Explicaciones falaces
Reivindicando a la IV, a Trotsky y a los cientos de miles de luchadores que dieron la vida por su causa, cabe una pregunta básica: ¿por qué no podemos avanzar, salir de la marginalidad, conquistar el poder en algún país, repetir y superar la experiencia de Octubre?
Hoy está en boga la remolona afirmación de que es "por falta de formación marxista". Esta no es una respuesta mínimamente materialista. Mandel, por poner un solo ejemplo, tenía una sólida formación marxista y, en general, no acertó en nada en política (dígase de paso lo mismo de Kautsky o Pléjanov, que no realizaron sus miserables acciones políticas por falta de erudición marxista y formación cultural general).
Otros, hacen dos aseveraciones que son un subproducto de lo mismo. La primera es que los trotskistas fuimos el "ala izquierda" de una "cultura de aparatos" (stalinismo, maoísmo, castrismo, etc., que algunos han dado en llamar "trotskismo de Yalta").
Es una afirmación que niega la diferencia entre verdugos y víctimas. Cheng Tsu Siú podía tener "cultura de aparato" pero Mao Tse Tung lo asesinó, al igual que Ho Chi Ming hizo con los trotskistas vietnamitas. Los trotskistas cubanos seguramente cometieron errores sobre cómo enfrentar al castrismo en su proceso de stalinización (1964/66), pero el que los tuvo presos muchos años fue Castro. La Brigada Simón Bolívar evaluó que cometió errores y pecó de ingenuidad respecto del sandinismo: pero quien los metió presos y desterró por intentar organizar sindicatos obreros contra las patronales, fue el FSLN. Es inaceptable que los verdugos y las víctimas sean "lo mismo". Es una conclusión más propia de renegados que de revolucionarios que buscan superar sus errores en la lucha anticapitalista.
El "descubrimiento" de la "cultura de aparato" va de la mano de otra afirmación: "Hay una situación revolucionaria que ya dura medio siglo_ pero la controlan los aparatos". Esto es un absurdo en sí mismo, ya que una situación revolucionaria significa la subversión del control de los aparatos.
Que yo conozca, por lo menos en Occidente, la disgregación del aparato stalinista que controló al grueso del movimiento obrero europeo y parte del de América latina, no dio el más mínimo desprendimiento "por izquierda". El miserable rol de Refundazione Comunista, como soporte de D’Alema, es un buen ejemplo.
En Oriente no conozco nada positivo, después de que Mao Tsé Tung y Ho Chi Ming masacraron a los trotskistas chinos y vietnamitas. Por lo que sé, la "revolución cultural china" de los ’60 actuó como aspiradora de las tendencias de izquierda en India y Japón, además de llevar a la muerte a un millón de comunistas indonesios por la política del PCCh de subordinación a la burguesía encarnada por Sukarno.
La IV surgió para defender principios elementales del marxismo contra la barbarie stalinista que prevaleció –tanto entonces como durante décadas– como todopoderosa fuerza material en el movimiento obrero mundial.
Visto retrospectivamente, se podría afirmar que era altísimamente improbable que la IV fuera otra cosa que lo que fue: uno o varios núcleos organizados a favor de la teoría de la revolución permanente, y en contra de la del socialismo en un solo país, de la colaboración de clases con la burguesía, de la revolución por etapas y de los frentes populares.
El estallido de su enemigo stalinista no iba a significar necesariamente su victoria. Y ello sería así aunque se hubiese posicionado correctamente en el proceso de 1989/91: el proletariado y las masas de esos países no sólo no estaban realizando una "primera etapa" de una supuesta "revolución política" sino que estaban siendo estafados por distintos segmentos de la burocracia (¡y ni que hablar de la propaganda imperialista, con el Papa incluido!) con el anzuelo democrático o nacional, para intentar terminar de consumar la restauración capitalista. Insistimos: la magnitud de la contrarrevolución y del aplastamiento físico de los ’30, sembró un retroceso kilométrico en la conciencia de la clase obrera soviética (educada en el país que fuera cuna del internacionalismo proletario, y que en la segunda guerra mundial utilizó eslogans como la "gran guerra patria", y muchas basuras similares).
El proceso de la IV fue a los tumbos y está plagado de desastres y capitulaciones "a las direcciones naturales de las masas". Sobresalen las del pablismo al stalinismo y al nacionalismo burgués, como en Bolivia. Pero la lista es muy larga y ¡nadie! quedó inmaculado en cuatro o cinco décadas. Esto fue así porque la IV surgió contra la corriente contrarrevolucionaria imperante y después confundió apogeo stalinista y nacionalista burgués con apogeo revolucionario. En su búsqueda hacia las masas, vivió buscando atajos, entrismos y mil espejismos más, cediendo –sin comprenderlo en lo fundamental– a las presiones sociales pequeñoburguesas de distinto signo (stalinismo puro, castrismo, titoísmo, maoísmo, sandinismo, nacionalismo, democracia burguesa y variantes pequeñoburguesas varias).
La discusión actual
En más de medio siglo, la IV Internacional y sus corrientes fueron presionadas por dos poderosas fuerzas materiales enemigas: la tiranía burocrática antisocialista en sus distintas combinaciones (el stalinismo, el titoísmo, el maoísmo, el castrismo, el nacionalismo burgués y pequeño burgués, incluyendo a la guerrilla y su peculiaridad guevarista) y el democratismo pequeño burgués. Todos influyeron terriblemente sobre nuestras filas.
Desde hace por lo menos dos décadas, la presión "democrática" pequeñoburguesa es la decisiva. La inauguró Mandel cuando salió golpeado de la desviación guerrillera y acompañó como la sombra al cuerpo al viraje del stalinismo mundial hacia la integración democrática plena al régimen burgués, iniciada en los años ’70 por los eurocomunistas y culminada por Gorbachov.
Quienes integramos la corriente dirigida por Moreno terminamos plegándonos tardíamente a este giro motorizado por parte de toda una corriente social y política vinculada con un gran aparato mundial como fue el stalinismo. Con la irrupción del llamado "plan Carter", a finales de los ’70, buena parte de la izquierda –y la corriente de Moreno en la Argentina– creyó ver una política contradictoria con los intereses del imperialismo que habían preparado los golpes dictatoriales en Latinoamérica pocos años antes. Tal confusión política, signó la explosión del MAS en los años ’90.
La política de una organización, manda sobre su régimen interno: si la política era de adaptación creciente al régimen democrático burgués, era inevitable que el régimen se hiciera cada vez más asfixiante(*).
Pero la discusión actual sobre régimen y organización que realizan algunas fuerzas al margen de la política, está mucho más cerca del debate de los monjes de Constantinopla sobre el sexo de los ángeles en 1453 (mientras las tropas turcas invadían la ciudad), que del materialismo y el marxismo.
La responsabilidad de los vivos
Aquí vale un paréntesis. Es referente a viejos cuadros y dirigentes. Intentar escudarse, después de 30 o 40 años de trotskismo, en lo que Trotsky escribió en La revolución traicionada o en En defensa del marxismo, es simplemente repetir, 2.000 años después, la lavada de manos de Poncio Pilatos.
¡Sobraban los elementos de la realidad para que saliéramos del nuevo testamento y pensáramos con nuestras cabezas acerca de una realidad que saltaba a la vista! ¡Haber repetido medio siglo después una caracterización equivocada de la URSS de los ’30 hecha por Trotsky, no habla mal de Trotsky sino de nosotros!
Una correcta caracterización y política frente a los hechos del ’89/91 nos hubiera posicionado mucho mejor frente a elementos de vanguardia, y como movimiento, pero no hubiera evitado el tremendo impacto social "del fin del socialismo" frente a millones de trabajadores. Estaríamos mil veces mejor que hoy, pero igual viviríamos una muy grave situación.
Este problema tiene que ver con que Trotsky tuvo razón en lo fundamental de la revolución permanente (en contra del socialismo en un solo país y de la revolución por etapas), pero no pudo o no supo medir la magnitud de la tragedia histórica de la contrarrevolución de los ’20/30. Entre otras razones, porque era contemporáneo a los mismos y vivía en lo que Deutscher llamó "el planeta sin visado". La IV era minúscula fuera de la URSS y el triunfo de Hitler impidió, además, mantener las relaciones con los trotskistas soviéticos que se hacían desde Berlín.
Balance y perspectivas
El trotskismo de la posguerra vivió parado cabeza abajo a partir de la definición del supuesto "gran triunfo revolucionario" en la Segunda Guerra logrado, de hecho, por Stalin. Esto no impidió que se lo denunciara por su rol en Yalta, Potsdam y el estrangulamiento de los procesos revolucionarios que podrían abrirse en Europa, en particular los de Italia y Francia. Pero la realidad es que no se estaba entrando en una etapa revolucionaria –por más que hubiera revoluciones en la periferia– sino que se estaba saliendo de una fase contrarrevolucionaria para ingresar a una etapa de conflictivo equilibrio de fuerzas en los países centrales y con un reforzamiento descomunal de la dirección contrarrevolucionaria en el movimiento obrero. En este cuadro, era imposible encontrar un "atajo" para salir de la marginalidad.
Los dos únicos países donde el trotskismo logró una influencia importante en esa etapa fueron Ceylán (hoy Sri Lanka) y Bolivia, dos pequeños países marginales. El primero degeneró rápidamente, entre otras razones, porque el LSSP (Partido Socialista de los Trabajadores de Ceylán) no fue producto de ningún proceso revolucionario proletario y sus lazos eran sumamente laxos con la IV Internacional.
El caso boliviano es más complejo por el rol del trotskismo en el proceso de fundación del movimiento obrero (tesis de Pulacayo, por ejemplo), previo y durante la revolución del ’52, junto a la burguesía nacional y contra "la rosca". Quizá una política justa en Bolivia hubiera cambiado las cosas, y es muy grave que Pablo, Mandel, Posadas y Lora no la hayan tenido. También es altamente improbable que hubiera podido triunfar, por el contexto mundial y latinoamericano y por las características mismas de Bolivia. (Pero hubiera sido –incluso derrotada– una experiencia muy importante en caso de tomar el poder la COB.) Partiendo de que Bolivia no era Rusia, ni tampoco la revolución boliviana de 1952 se produjo en condiciones revolucionarias proletarias continentales como la rusa en 1917, sino como parte de la contraofensiva yanqui para "cerrar" la semicolonización de América latina.
En Brasil, Vargas se suicidó en 1954 y Perón fue derrocado en la Argentina en 1955.
Hubo una brutal equivocación acerca de la relación de fuerzas emergentes de la segunda posguerra y el movimiento trotskista fue arrastrado detrás de distintas direcciones oportunistas de las masas.
Lo central que cruzó el accionar de la IV, fue una subvaloración permanente de la capacidad del enemigo de clase, al que parecería poder "engañarse" hasta la derrota, mediante maniobras de todo tipo. Esto signa las diferentes tácticas que se dio la IV, desde Pablo, Posadas y Mandel, pasando por Moreno y el entrismo, hasta los actuales reclamos a la CGT, o CTA-MTA-CCC, para que encabecen o un partido de los trabajadores, o un plan de lucha, o una huelga general.
Junto a esta subvaloración del enemigo, quedó permanentemente relegado al olvido el concepto de que "las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante en esa época".
Minusvalorar dos cuestiones tan decisivas, llevan a marearse ante cualquier confrontación o choque de intereses entre sectores de clase, y el alineamiento con quienes se enfrentan coyunturalmente con quienes detentan "mayor poder" (por ejemplo, Saddam, musulmanes bosnios, o las corrientes pequeñoburguesas o burocráticas en la Argentina).
Que los trotskistas hubiésemos sido capaces de tener una correcta política de clase ante los procesos de 1989/91, para nada significa un trampolín automático hacia la influencia de masas. Pero sí hubiese permitido un fortalecimiento subjetivo descomunal para conformar una sólida corriente internacional que no estuviese sumida hoy en semejante estado de crisis y dispersión, sino discutiendo coordinadamente cómo pegar un salto en la ligazón e inserción en el movimiento de masas.
El "hilo rojo" que significó la IV, corre riesgo de cortarse en la memoria histórica, si no se dan pasos para superar la actual dispersión. Esa es la gran tragedia subjetiva que estamos viviendo.
En este punto hacemos nuestra nuevamente una afirmación de VdT: "Siempre que quienes supieron sobrevivir hasta ahora, superen esos límites y obstáculos nacidos del aislamiento anterior, y sepan unir sus fuerzas en torno de las ideas en un programa revolucionario".
Se reabre el camino hacia las masas
En un sentido amplio, la IV tal como la conocimos y/o construimos en estas décadas está agotada. El stalinismo se desintegró como corriente obrera y se incorporó, así sea marginalmente, a la burguesía. No fue barrido por la revolución y un proceso progresivo, sino que se fue integrando a la burguesía, manipulando a sectores de masas, en algunos casos, simplemente, para dar la puntada final (ver pág. 14).
Quienes luchamos toda la vida por otro resultado, no podemos sentirnos satisfechos. Nos cabe recordar a Spinoza y su frase: "ni reír ni llorar, comprender". El topo de la historia trabaja por los caminos menos previsibles, pero trabaja.
La compleja restauración capitalista en marcha en la ex URSS –más la ya consumada en el este de Europa– y la que está en marcha en China, abren un camino de doble vía.
Por un lado, posibilitan un gigantesco balón de oxígeno para reavivar al capitalismo, a pesar de que su propia crisis dificulta esta operación; operación que no se realiza, en lo fundamental, por lo menos hasta ahora, como en los ’30, mediante el aniquilamiento físico, sino mediante la estafa, el engaño y la mentira, lo cual deja vida para pelear por dar vuelta la tortilla.
Por otro lado, abre mucho la cancha para los revolucionarios. Porque el capitalismo en crisis no está en condiciones de pagar intermediarios burocráticos caros (lo que no quiere decir que éstos no se intenten recrear). Y también porque el stalinismo vivió más de medio siglo del prestigio de Octubre e inundó con su política a todas las fuerzas que luchamos honestamente contra el capitalismo y el imperialismo, desde los trotskistas hasta fuerzas como los guevaristas y otros.
La lucha por las masas y para una estrategia revolucionaria, de poder obrero e internacionalista, se volvió a abrir después de tres cuartos de siglo. Está en nosotros, ponernos a la cabeza de este monumental desafío.
El capitalismo es el "modelo" que rechazamos
No menospreciamos los triunfos enemigos. Al mismo tiempo decimos que el derrumbe de la falsa conciencia abonada por el stalinismo durante tres cuartos de siglo, es un hecho potencialmente positivo si somos capaces de remar contra la corriente y dar batalla al enemigo en todos los frentes.
La vida demostró que incluso muchos de quienes luchamos contra ese monstruo antiproletario llamado "socialismo real", aceptamos de hecho buena parte de sus engañosos dogmas: fueron parte de las ideas dominantes de una época, que impregnaron la vida de las organizaciones de vanguardia del movimiento obrero a partir del dominio del más grande aparato internacional, que era un subproducto deformado de la derrota del movimiento triunfante en octubre del ’17.
Es completamente falso, entonces, que la crisis ideológica actual de los explotados, tenga que ver con la "falta de modelos" (salvo que se considere a la URSS stalinista y post-stalinista como un imperfecto modelo, pero perfectible al fin).
La llamada "falta de modelos" tiene que ver con tres hechos fundamentales: la caída del reformismo (incluida su variante stalinista, la socialdemócrata y el estado de bienestar), el agotamiento del nacionalismo burgués y de las formas de organización tradicionales de los trabajadores que acompañaron a ese período.
La "mundialización" del capital (sin libertad de movilidad para el trabajo), el avance en la robótica y la informática, y un inmenso ejército de reserva, como no se conocía desde los años treinta, requieren formas de organización acordes con los nuevos tiempos.
Lo mismo vale en lo fundamental para el terreno sindical: no había más conciencia en la época de los gigantescos paros "domingueros" para que los dirigentes negociaran mejor, al estilo del vandorismo en la Argentina o del PC en Uruguay y Chile. Había una absoluta carencia de conciencia de clase y los trabajadores delegaban alegremente su destino y lo ponían en las manos de la burocracia de distinto pelaje ideológico pero igualmente agente directa o indirecta de la burguesía entre los trabajadores.
Esa etapa histórica quedó atrás y no regresará.
No creemos que se pueda abordar el futuro reeditando en condiciones históricamente diferentes la experiencia de la Segunda Internacional, incluso las de sus exponentes más lúcidos y rupturistas, como Rosa o, en otro plano, Gramsci. Obviamente nuestra práctica no puede ni debe limitarse tampoco a repetir cansinamente: soviets, soviets, soviets.
En absoluto creemos que haya un patrón común de organización y de desarrollo de la conciencia de la clase trabajadora.
Sí estamos convencidos de dos cuestiones base. La primera es que por más escuelas y cursos que nosotros u otros realicemos, y que debemos hacer, la gran escuela básica para la conciencia de las masas es su acción, que no depende de nosotros en lo fundamental. Y su aprendizaje consciente depende, en gran medida, de la política de los revolucionarios conscientes.
No creemos que la mera acción genere conciencia, al tiempo que estamos convencidos de que una conciencia revolucionaria es imposible sin acción y sin nuestra intervención consciente. No creemos en el espontaneísmo ni en el sustituismo: los dos son senderos hacia el precipicio. No es mejor el anarquismo posmoderno actual (ni su antecesor) que el aparatismo sustituista: son, ambos, caminos empedrados al infierno.
Lucha de clases, conciencia de clase y revolucionaria, y organizaciones sociales y partido, forman un todo dinámico del que es imposible prever las formas particulares que puedan adquirir. Pero forman un todo que interactúa, y en el que si falta alguno de los componentes es el todo mismo el que desaparece.
Nuestra propuesta de frente revolucionario y de reagrupamiento y coordinación internacional, van en ese sentido.
No creemos que el camino más idóneo para avanzar sea intentar un balance, ya que carecemos de distancia y el grueso somos protagonistas del mismo. Por otra parte, en ningún lado esta escrito que así deba ser, salvo para las sectas.
Lo mismo decimos en relación con la IV Internacional. Es prematuro o sectario decretar la viabilidad o no de un reagrupamiento sin hacer los máximos esfuerzos de reunir en un bloque o bureau de información y coordinación internacional de las actividades en las que haya acuerdo, para ir dando pasos prácticos en la construcción de una internacional. La historia dirá si será una IV Internacional reconstruida, o refundada, o una nueva internacional.
Organización y conciencia
Si uno hiciera una analogía superficial e impresionista sobre cómo comenzó el siglo y cómo termina en materia de organización y conciencia, el resultado sería aparentemente desolador. No obstante, es más complejo. La organización y conciencia de la socialdemocracia europea se cayó como un castillo de naipes frente a la guerra de 1914. Esa masacre no sólo dio un golpe terrible a las ilusiones reformistas, sino que también marcó los límites que en conciencia y organización pueden alcanzar los trabajadores en una época pacífica. Incluso en esos períodos, si no se prepara a una vanguardia en que esos objetivos son imposibles de mantener sin una estrategia revolucionaria de poder, arriesgando obviamente lo acumulado, inevitablemente la acción del enemigo hará que todo se pierda apoyándose en la molicie y el conformismo de los trabajadores, sus organizaciones y partidos.
Condiciones excepcionales en lo objetivo –y en lo subjetivo– hicieron que el proceso de Rusia fuera distinto. El triunfo de su revolución proletaria –concretada no sólo contra el enemigo de clase sino también contra los conservadores que defendían la continuación de la dualidad de poder hasta que siguiera "madurando"– dio lugar al momento más alto de la organización y la conciencia proletarias en el siglo.
La degeneración stalinista marcó una involución con respecto a esos años: sustituyó el internacionalismo proletario por la "lealtad" a Stalin, y significó una regresión global del pensamiento marxista durante décadas.
El ABC de Marx y Lenin fue tirado a la basura por calificárselo de "trotskista". Se impuso una ideología muy pérfida que usaba bíblicamente citas de Marx o Lenin aisladas de su contexto, para convalidar la política contrarrevolucionaria de Stalin y sus seguidores. La conciliación con la burguesía se hizo moneda corriente, calificándosela como "habilidad" táctica de los comunistas. Carnerear una huelga frigorífica para defender a los imperialistas aliados "democráticos" de la URSS, pasó a llamarse "internacionalismo proletario"... Y así podríamos enumerar una lista sin fin de atrocidades.
Se llamó "socialismo real" al monstruo antiproletario consolidado bajo la hegemonía de Stalin y continuado tras su muerte.
Era un "socialismo" que renunciaba a la revolución en el mundo, y se dedicaba alternativamente al electoralismo o al apoyo a los golpistas burgueses supuestamente "progresistas". Según la célebre definición de Jruschov, la URSS iba a vencer al imperialismo mediante la "emulación socialista" y la "coexistencia pacífica", que consistía en un efecto de demostración realizado en un gabinete aséptico, exento de las miasmas de la lucha de clases. El lanzamiento del primer cohete, el Sputnik, fue parte de esa política. Y fracasó estrepitosamente, como no podía ser de otra manera, cuando Estados Unidos desembarcó tres hombres en la Luna, por ejemplo.
Por más respeto y fraternidad que tengamos hacia multitud de compañeros que honestamente dieron su vida en la lucha, la conciencia "socialista" previa y posterior a la Segunda Guerra, poco tenía que ver con los fundamentos básicos de la revolución socialista. Se había impuesto una falsa conciencia producto del triunfo contrarrevolucionario: la ideología stalinista en sus distintas variantes.
No es un problema menor que los regímenes burocráticos se hayan derrumbado hacia el capitalismo y que éste aproveche ese fenómeno también desde lo ideológico. Pero la falsa conciencia "socialista" prohijada por el stalinismo, contribuyó en forma decisiva.
La maduración de las condiciones objetivas e incluso el comienzo del irrumpir revolucionario en el accionar de los explotados, es independiente de nuestra voluntad. La revolución no comienza porque millones tienen conciencia de su necesidad; comienza porque millones no pueden seguir viviendo así, saben lo que no quieren ni soportan más, a pesar de no saber con qué sustituir el viejo orden.
Para ayudar a esa búsqueda y soldar la síntesis entre conciencia y acción es imprescindible la intervención del partido leninista de combate. Es en esos momentos de dualidad de poder en que el partido revolucionario está sujeto a la más rigurosa de las pruebas.
Es una prueba tan breve como intensa, pero siempre por un corto período, de unos meses o años. Porque la inmensa tensión que significa una revolución inconclusa no puede coexistir por lapsos relativamente prolongados en la sociedad. Necesita un timón, un orden: el revolucionario o el burgués (más o menos normal). Es para estas batallas que debe prepararse y tensar sus fuerzas cualquier partido revolucionario real, que no sea un grupo de charlatanes.
Un capital acumulado
El largo paréntesis que significó el boom económico de la segunda posguerra y el apogeo del stalinismo en el movimiento obrero, tocó fin en todo sentido.
El movimiento obrero y revolucionario entra a esta nueva fase con grandes insuficiencias y también con deformaciones provenientes de la etapa pasada. Los desafíos son inmensos y hoy las fuerzas son escasas y dispersas. Se está abriendo un nuevo período, al que entramos con un bagaje escaso de fuerza organizada a escala mundial. Se terminó el tiempo de las falsas ilusiones que sólo podían culminar acompañado la forma vergonzosa en que terminaron el stalinismo, la socialdemocracia, el nacionalismo, el foquismo y el democratismo.
Se trata, en primer lugar, de intentar optimizar los recursos existentes avanzando en el reagrupamiento y la coordinación paciente entre los revolucionarios proletarios, en el país y en el mundo. Aprendiendo de nuestros errores del pasado para no volver a cometerlos. Pero no quedándonos mirando hacia atrás, porque terminaríamos como la mujer de Lot convertida en estatua de sal.
La construcción partidaria es tarea presente en todo momento: de flujo, reflujo o estabilidad. Se lo hace utilizando todas las tácticas (sindicales, electorales, organizativas, etc.), la lucha teórica y política, en una adaptación creadora de la experiencia de los bolcheviques rusos y de la historia de los revolucionarios del siglo.
Sabemos que tenemos que reconstruir o refundar el partido socialista revolucionario e internacional. No tenemos la ingenuidad de creer que ya no habrá barreras entre el movimiento obrero y los revolucionarios socialistas: pero sí estamos convencidos de que ellas serán mil veces más débiles que las que se derrumbaron (como el stalinismo, la socialdemocracia y el nacionalismo). Sabemos que se intenta crear nuevos canales de desvío, como lo hace el Vaticano por ejemplo, pero confiamos, en primer lugar, en que el desarrollo de la lucha de clases facilite su superación. Esperamos haber aprendido de toda nuestra historia, desde la revolución rusa hasta hoy, para poder actuar de la mejor forma posible, cometiendo la menor cantidad de errores y, sobre todo, teniendo un régimen interno partidario lo suficientemente democrático y sano, que permita corregir lo más rápido posible los errores que, seguramente, cometeremos en la gigantesca tarea de pasar de la prehistoria de la sociedad de clases a la historia y a la sociedad de transición hacia la desaparición de las mismas.
Algunas ideas sobre el partido
En primer lugar, quiero repetir que la LSR está convencida de la justeza de la propuesta que venimos haciendo acerca de terminar con el prejuicio stalinista de que primero tenemos que ponernos de acuerdo sobre todo para después poder actuar juntos.
Hemos propuesto conformar una federación de fracciones o grupos sobre la base de un programa mínimo a acordar, de una política en común para que en esa federación tenga también cabida la mayoritaria cantidad de compañeros que hoy no están en alguna organización y actúan en forma independiente. Eso sería un gran paso adelante. No creemos que haya razones objetivas que lo impidan.
En segundo lugar, el trabajo sobre partido de Lenin ("La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo") creemos que constituye un trabajo que no ha sido superado por otra experiencia posterior del movimiento revolucionario, por más que el tiempo haya planteado nuevos problemas.
La clave de la construcción partidaria es la tensión permanente, la lucha de polos necesarios que se niegan y se fecundan a la vez. Voy a poner algunos ejemplos de esta tensión, más o menos aguda según las circunstancias:
– tensión entre utilizar los resquicios de legalidad burguesa y amoldar la política de los revolucionarios a ella; y no tener recaudos para si bruscos virajes abren etapas represivas, etcétera;
– entre la justa utilización de la política electoral y el electoralismo; y entre el aprovechamiento de los resquicios legales del aparato del estado burgués y la lucha por su destrucción revolucionaria;
– entre trabajar en los sindicatos u organizaciones de masas sin hacer sindicalismo ni populismo, al tiempo que peleamos por ayudar a construir organizaciones superiores de lucha, más amplias y democráticas;
– entre tener parlamentarios y hacer parlamentarismo;
– entre educar en la lucha revolucionaria al partido, a la vanguardia y a la clase, y no caer en el putschismo;
– entre una política hacia la vanguardia y una política hacia las masas o entre propaganda y agitación;
– entre reivindicar nuestras raíces y no ser apologéticos de ellas;
– entre prudencia para conservar y audacia para conquistar;
– entre militantes kilómetro peinado y eruditos igualmente inservibles;
– entre disciplina y autonomía;
– entre centralismo y democracia, por más que hoy debe primar el polo democrático, ya que además ello es posible (a su vez esto tensa con el charquerismo);
– entre ser interno a la clase obrera y externo a ella (si hubiéramos sido sólo internos, seríamos peronistas; la externalidad completa, sin múltiples lazos con la clase, así sean pequeños, lleva a la secta, aun cuando ésta pueda incluso ser grande); etcétera.
Principios y programa
Lo fundamental del partido socialista revolucionario internacionalista, es un núcleo de sólidos principios enfilados en la estrategia de la lucha por el poder. Estrategia que no debe abandonarse, así el poder no esté cercano porque las condiciones objetivas (incluyendo el ánimo de las masas u otros elementos) no lo pongan en el orden del día. Una dirección que se oriente en lo fundamental sobre esos carriles, es el otro aspecto clave.
El programa está subordinado a lo anterior. Por ejemplo, Lenin "robó" el programa agrario pequeñoburgués de los SR, y creó millones de pequeños propietarios agrícolas para catapultar al proletariado para el poder soviético. Ejemplos contrarios hay muchos, por sólo mencionar uno: después de la revolución boliviana de 1952 se dio a los mineros el control obrero con derecho a veto en la minería nacionalizada_ pero se mantuvo el poder burgués y se fue corrompiendo a la COB. Como no tenían más remedio, tuvieron que coexistir con las milicias de mineros, fabriles y campesinos, hasta que_ utilizando mil tretas, lograron desgastarlas y aplastarlas. Lo mismo vale para las formas de organización. Lenin, que era un hombre práctico, dijo después de las jornadas de julio del ’17 que los soviets eran cáscaras vacías y que había que tomar el poder a partir de los comités de fábrica. La realidad se dio de otra forma, pero la enseñanza metodológica de no fetichizar las formas de organización, es igualmente válida.
Conclusiones para hoy
El reagrupamiento de los revolucionarios en el plano nacional e internacional es una tarea que está planteada hace largo tiempo. No dar pasos prácticos reales en ese sentido es inmensamente peligroso.
No venimos de un rasguño y el peligro de gangrena generalizada es bien real. No tenemos todo el tiempo del mundo por delante. Si en el próximo período los hechos ocupan el lugar de las palabras se podrán salvar restos del naufragio. El tiempo de las palabras, pasó. l
JORGE GUIDOBONO