Europa en la primera posguerra:

la revolución derrotada

En el congreso de la II Internacional de Stuttgart, en 1907, todos los partidos habían aprobado una resolución propuesta por Lenin, Martov y Rosa Luxemburgo que decía que en caso de que la guerra estallase, la obligación de los partidos socialdemócratas era intervenir para acelerar su fin y avanzar, aprovechando la crisis provocada por ésta, hacia la supresión del sistema capitalista.

Esta resolución fue pisoteada por los partidos socialdemócratas más importantes de Europa –que tenían un peso político decisivo en los países imperialistas–, votando en los parlamentos los créditos militares para la guerra y llamando a la clase obrera a defender los intereses imperialistas de cada uno de sus explotadores nacionales; decidieron no correr el riesgo de perder la legalidad y quedar aislados por ir a contramano del chauvinismo imperante. Y en agosto de 1914 se desató una de las mayores carnicerías imperialistas de la historia. El apoyo del grueso de la socialdemocracia europea a la guerra llevó inexorablemente al fin de la II Internacional.

En Rusia, en octubre de 1917, los bolcheviques con su reclamos de "Paz, pan y tierra" lograron ganar para la causa revolucionaria a la inmensa mayoría de los trabajadores y a un sector de campesinos. No hubo rincón del mundo –y mucho menos de Europa– que no se sacudiera luego de la toma del poder por parte de los bolcheviques.

El absoluto impacto de la revolución rusa, sumado a la brutal crisis económica y social que sufrieron los pueblos europeos luego de la guerra y a la importante tradición de lucha de la clase obrera europea –al margen de que estuviera dirigida por la socialdemocracia– dio como resultado cinco años de gloriosas rebeliones, insurrecciones y repúblicas soviéticas en varios países de Europa. Las ocupaciones de las fábricas turinesas, los soviets de Viena y Varsovia, los comités de trabajadores en Inglaterra y los levantamientos obreros y populares de Barcelona, junto a los procesos revolucionarios de Alemania y Hungría, configuraron un lustro (1918-1923) tremendamente inestable para la burguesía europea.

Alemania 1918-1923

A comienzos de 1918 la situación económica se deterioraba cada vez más y el sentimiento antibélico se arraigaba profundamente en el pueblo alemán. El amotinamiento de la flota alemana de Kiel fue el comienzo de la revolución de noviembre, que tuvo como antecedente la ola de manifestaciones y huelgas que conmovieron al país en enero. Se formaron, en fábricas y buques, consejos de obreros y soldados. Poco a poco las insurrecciones comenzaron a desencadenarse en toda Alemania. El 9 de noviembre estalla la rebelión en Berlín se proclama la huelga, y se ocupan cuarteles y edificios públicos. El mismo día, se produce la abdicación de Guillermo II, el príncipe Max Baden renuncia a su cargo y nombra canciller a Federico Ebert, máximo dirigente del SPD (la socialdemocracia). Una vez en el poder, Ebert llama a los trabajadores a dar por terminada la revolución. En lo esencial, el aparato de Estado alemán permaneció intacto.

Para fines de 1918, los espartaquistas –dirigidos por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg– se separan de los socialistas independientes (SPI), cuando éstos pasan a formar parte del gobierno. El 29 de diciembre es fundado el Partido Comunista Alemán (KPD). Las resoluciones del Congreso –en contra de las posiciones de Rosa Luxemburg y Liebknecht– colocaron al KPD en una posición ultraizquierdista al encaminarse a la insurrección sin un trabajo previo para ganar a la mayoría del proletariado. El movimiento obrero alemán seguía, a trazo grueso, bajo la dirección de la socialdemocracia.

La destitución de Eichhron, jefe de policía socialista independiente, sirvió de base para el llamado a la huelga general que hacen conjuntamente el SPI y el KPD. A este llamado responden los obreros y, el 5 de enero de 1919, la insurrección vuelve a tomar las calles de Berlín. Tras cinco días de enfrentamientos entre grupos de obreros y el ejército, la insurrección es derrotada. El 15 de enero, el gobierno socialdemócrata de Ebert le asesta un durísimo y casi definitivo golpe a la revolución alemana: Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht son detenidos y asesinados. El 21 de enero, la república de Weimar nace sobre el inmenso baño de sangre de los asesinatos de centenares de obreros y dirigentes revolucionarios.

Baviera vivió los procesos de noviembre de una manera diferente. El 8 de noviembre de 1918, un día antes que en Berlín, la república es proclamada en Munich. El líder es un socialista independiente llamado Kurt Eisner y su gobierno se apoya sobre los consejos de obreros y soldados. A medida que pasaba el tiempo, Eisner se convertía cada vez más en un obstáculo para los intereses de la burguesía y el SPD: el 21 de febrero de 1919 es asesinado por la derecha. La reacción popular es inmediata: los consejos asumen la dirección real del Estado, se prohíbe la prensa burguesa y se entregan armas al proletariado. Baviera expresaba claramente una situación de doble poder, y la situación de la revolución en el resto de Alemania no auguraba larga vida a la República. Así, Hoffman, presidente de la Dieta, por encargo de Ebert, organiza su ejército de mercenarios y el 23 de abril ataca Munich. Mientras se extendía la lucha, la República de los Consejos se resquebrajaba por dentro. La lucha se prolongó hasta el 4 de mayo. El movimiento revolucionario fue aplastado con todo el poder de la reacción, preparándose así el terreno para que Baviera fuese la cuna del nazismo.

El 10 de marzo de 1920 se produce el primer levantamiento contra la República de Weimar. Kapp, un general prusiano nacionalista, junto con altos jefes del ejército intentan canalizar el descontento popular –signado por una profunda crisis económica que en 1920 impacta fundamentalmente en la clase obrera– hacia una dictadura militar. Las fuerzas nacionalistas de Kapp ocupan Berlín y toman los ministerios: el gobierno de Weimar huye y Kapp es proclamado canciller. El KPD, junto al SPI y a la izquierda del SPD, forman un comité que se constituye como dirección de la lucha por la defensa de la República: fuerzas populares y obreros, movilizándose masivamente en una huelga general, provocan el fracaso del putsch. El triunfo era exclusivamente de los trabajadores. Estos, sin tener real dimensión de lo sucedido ni una decidida y efectiva política para hacerse del poder a través del KPD, restituyen el gobierno a la burguesía.

En enero de 1923 se desata la crisis en la cuenca del Ruhr. Obreros ferroviarios y mineros inician un movimiento de resistencia a la ocupación francesa que, en principio, recibe el apoyo del gobierno de Weimar. Cuando la huelga controla y paraliza totalmente la producción carbonífera, el gobierno retira su apoyo y colabora con las fuerzas de ocupación reprimiendo a los trabajadores, que son derrotados. Luego del aplastamiento de la resistencia en Ruhr se suceden acciones de masas. Dada la situación de crisis imperante en agosto de 1923, el gobierno de Streseman ataca a los dos últimos gobiernos obreros en Sajonia y Turingia: enfrenta la débil respuesta de parte de los trabajadores y sus dirigentes con una represión brutal.

Con esta derrota, la lucha de clases en Alemania, lentamente, comienza a entrar en una etapa de relativa estabilización y paulatinamente empieza a crecer el nazifascismo, que será hegemónico en la década de los ’30. La revolución alemana terminó con la transformación de la monarquía militar en una república burguesa, pero no pudo avanzar hacia la constitución de un Estado obrero central.

La República soviética húngara de 1919

Cuando en Budapest se da a conocer la noticia de que el 4 de octubre de 1918 Alemania y Austria-Hungría solicitaron un armisticio a sus enemigos victoriosos, el frente interior se quiebra. Comienzan a escucharse por todas partes amenazas de acciones revolucionarias; soviets de trabajadores y soldados en contra de la guerra y el Imperio, controlados en su mayoría por los socialistas conciliadores, comienzan a formarse en la capital. El proletariado aún no ve la posibilidad de tomar el poder: la burguesía encuentra su expresión política en el Consejo Nacional Húngaro, nucleado alrededor de la figura de M. Karolyi. El 16 de noviembre de 1918, previa abdicación del emperador, se proclama la República y Karolyi es elegido presidente, sin oposición. Al poco tiempo, vuelven a gestarse gigantescas manifestaciones en contra del gobierno.

El partido comunista húngaro (PCH), que en sus consignas revela la impotencia del programa liberal burgués, empieza a crecer vertiginosamente. Para enero de 1919 el PCH ya controla una gran cantidad de soviets y se dan insurrecciones que empiezan a poner en jaque al gobierno. Los principales dirigentes comunistas, entre ellos Bela Kun, Lazlo y Rabinóvics son arrestados por orden de Karolyi. Hacia febrero, la situación de Karolyi es altamente inestable. Toda la zona norte está en manos de soviets dirigidos por comunistas que desconocen el gobierno. Karolyi, en medio de una situación interna y externa inmanejable, pide a los socialistas que lleguen a un acuerdo con los comunistas: ambos grupos se unifican en un nuevo partido, el Partido Socialista Húngaro, que asume el gobierno el 21 de marzo en nombre de los soviets de obreros, soldados y campesinos bajo un programa revolucionario que tiene como eje la dictadura del proletariado: en los hechos no puede ser llevada adelante.

El gobierno revolucionario se mantuvo en el poder poco más de 130 días. Hacia fines de abril, tropas francesas y rumanas comienzan a avanzar sobre Hungría, ocupan algunas zonas y forman un gobierno contrarrevolucionario presidido por el almirante Horthy.

En Budapest se organiza la resistencia con un gran ejército y los rumanos son derrotados; lo mismo sucede con los checos que habían intentado atacar por el norte. Los aliados intentan una negociación: proponen que el ejército húngaro desocupe Eslovaquia a cambio de que las tropas rumanas retrocedan y dejen de atacar territorio magyar.

El gobierno de los soviets comete en este momento un error decisivo: renuncia a toda táctica ofensiva de extensión de la revolución –cuando todavía esto era posible– y, a mediados de junio evacua Eslovaquia. La República Soviética de Eslovaquia, que se había formado bajo protección húngara, es fácilmente derribada. Sólo en un mes se rebela la mentira de las propuestas aliadas: el 20 de julio las tropas rumanas vuelven a atacar. Pero ya no se dan las condiciones que habían permitido la heroica resistencia. El régimen de los soviets se desangra, Bela Kun renuncia el 1 de agosto y el 4 las fuerzas rumanas entran en Budapest barriendo de forma sangrienta las últimas posiciones de resistencia de los revolucionarios.

La grandiosa experiencia de la revolución húngara tuvo sus mayores realizaciones en el campo social y cultural: se legalizó el aborto, se autorizó el divorcio, teatros, museos y conciertos pasaron a ser gratuitos, el precio de los libros se abarató al máximo. Desgraciadamente, todos estos logros fueron truncados por la falta de experiencia de los comunistas húngaros y el miserable accionar de las burguesías imperialistas que, claramente, cuando se trata de combatir a una revolución proletaria, demuestran la más acabada unidad de intereses.

Conclusiones

Los años comprendidos entre 1917 y la mitad de la década de 1920 fueron de crucial importancia para el posterior desarrollo de la historia del siglo XX. En estos años quedó determinado el curso de la revolución proletaria a escala, como mínimo, del continente europeo, y quedó marcado también, en gran medida, el desarrollo de la revolución rusa, condenándola al aislamiento internacional.

La inexperiencia de los partidos comunistas alemán y húngaro –como la de la gran mayoría de los países europeos–, ambos con una muy corta historia como partido, fue un componente de extrema importancia para que las burguesías lograran la derrota de ambos procesos revolucionarios. Ambos partidos –fundamentalmente el alemán– no tomaron para sí una de las principales lecciones de la experiencia bolchevique triunfante: la paciencia que tenemos que tener los revolucionarios cuando la situación de la lucha de clases no nos es totalmente favorable. Fue central en estos procesos, también, el peso abrumador de la socialdemocracia en la clase obrera –y en el propio gobierno burgués–, minusvalorado o directamente soslayado en muchos casos por el KPD. Además, es un dato irrefutable que la Primera Guerra se encargó de acabar con la vida de importantes camadas de obreros que murieron de a millones en los distintos frentes de batalla. La socialdemocracia pudo cumplir con su función de enterradora de la clase obrera europea porque dirigía efectivamente a la clase obrera.

Las lecciones dejadas por las revoluciones húngara y alemana, y los procesos insurreccionales de casi toda Europa, deben ser tomadas por los revolucionarios de hoy para avanzar en el camino que seguimos transitando, de la pelea por una sociedad sin clases, donde la explotación y la miseria sean solamente un recuerdo.

Bibliografía

AA.VV.: Historia del movimiento obrero, tomo III, Centro Editor de América Latina, Bs. As., 1973.

Abendroth, Wolfgang: Historia social del movimiento obrero europeo, Editorial Estela, Barcelona, 1970.

Guidobono, Jorge: La larga marcha de la revolución socialista, Ediciones del autor, Bs. As., 1994.

Hobsbawm, Eric: Historia del siglo XX, Crítica, Barcelona, 1995.

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