CAMBIÓ EL COLLAR

Dice una voz popular: “Cambiamos el collar, pero el perro es el mismo”. De algún modo, este viejo dicho podría sintetizar un aspecto de los resultados de las elecciones del último 24 de octubre. Ese día hubo una importante demostración de repudio social a la década infame menemista. Ella fue canalizada como un voto al mal menor y hacia un candidato capitalista de la derecha histórica del radicalismo carente de recursos demagógicos, salvo el de la mentira “ética”. No se le pegó a Menem por “izquierda” ya que la Alianza tuvo el discurso de su candidato presidencial, como de derecha prolija y decente frente a Alí Babá y sus mucho más que cuarenta ladrones. De la Rúa demostró ser el candidato preferido de los usureros que dominan el mundo, máxime después que Duhalde realizara amagos “populistas” en relación con la deuda externa, por más que el suyo no fuera un planteo de lucha sino un ruego lloroso al Papa; el mismo efecto tuvo su planteo de concertación y prohibición de despidos por un año. Visto de conjunto, y más allá de los sentimientos de los votantes, nunca hubo en estos 15 años una elección que se definiera entre dos candidatos con un discurso tan de derecha y con coincidencias de fondo tan profundas. Por si faltara algo en esta ensalada, el otro voto “útil” era a Cavallo, que prometía ser el único que tenía un plan, como si el suyo anterior hubiera sido exitoso para el pueblo, dejando cuatro millones de desocupados y subocupados y con el resto trabajando jornadas agotadoras, en negro, por contratos basuras y una larga lista de tragedias que terminaron con las conquistas de más de un siglo de luchas de los trabajadores. La izquierda no fue un referente político antes de las elecciones y sus magros resultados lo demostraron, por más meritorio que hayan sido quienes impidieron que fuera “borrada” del mapa.

Se confirmó que el repudio al menemismo fue la locomotora del triunfo aliancista, al tiempo que la precariedad de éste. Esto se demostró de varias maneras, en primer lugar en la victoria de la Alianza en provincias donde antes había perdido las elecciones locales, incluso por grandes márgenes como en Santa Fe y otras provincias. En segundo lugar, en el voto de la Provincia de Buenos Aires donde se impuso una virtual ley de lemas de Ruckauf, con Cavallo, la UCeDé, parte de la Iglesia y la familia policial, o sea el bloque peronista-derechista (ver nota de pág. 3) en contra de Fernández Meijide. En esta votación se demostró también la importancia del clientelismo político que genera la miseria, que lleva a depender de la leche o el asistencialismo de los municipios y los punteros. El fracaso –o el auto boicot– de Patti completaron el panorama que facilitó el triunfo del ministro de las Tres A que, como es lógico, pondrá a Aldo Rico al frente de Seguridad.

Todo el cuadro político –y el propio resultado electoral– reafirma la necesidad de un gobierno de concertación, de un acuerdo aliancista-peronista para que jueguen coordinadamente los distintos segmentos de poder que controlan (el PJ, el Senado, la Corte, y la mayoría de las gobernaciones). Esto no significa que no habrá roces y choques, pero sí que habrá un acuerdo marco donde se cambia impunidad por gobernabilidad, por más que alguno termine preso y que la gobernabilidad se trabe en algún plano. Todo lo acontecido desde el domingo marcha en ese sentido: la visita de la fórmula presidencial al Senado y el semiacuerdo del PJ en votar las modificaciones al presupuesto, al código penal y una Ley de Pymes. Por su parte la Alianza le votará el cambio de la Ley de Ministerios a Ruckauf para que pueda hacer uno para Rico; se comprometió a votar el pliego de senador para Corach e informó que enviará a la Corte menemista el reclamo del juez español Garzón sobre 98 genocidas, reclamo al cual Alfonsín se opone en forma terminante.

El fracaso –involuntario o no– de Patti no debe minimizar la importancia de los sectores fascistizantes: desde el discurso de Ruckauf propio de Torquemada y la Inquisición, calumniando a la católica Fernández Meijide, hasta las votaciones del 70% de Patti y Rico en Escobar y San Miguel. Todo ello demuestra que en la descomposición capitalista anida el huevo de la serpiente fascistoide, por más que la falta de peligro revolucionario inmediato hace que ese proceso sea confuso y precario, por lo menos por ahora.

En la superestructura política hay planteados varios problemas. El primero es el riesgo cierto de una feudalización del peronismo. Su máximo exponente es el enfrentamiento abierto entre Menem y Duhalde. Este se juega a cobrarle a Menem su actuación en la campaña electoral, haciendo un bloque con el resto de quienes tienen aspiraciones presidenciales para el 2003, llámense Ruckauf, Reutemann o De la Sota. El segundo problema planteado puede formularse como una pregunta: ¿tendrá futuro el Frepaso después de la derrota en Buenos Aires? (ver pág. 2). Hay un tercer dilema: ¿qué pasará con la UCR? Al borde de la tumba, recibió la inyección de sangre del Frepaso y salió del estado de coma, pero ahora le tocará gobernar en condiciones muy difíciles (que el déficit fiscal sea el doble del anunciado es sólo un pequeño anticipo del paquete que van a desatar). Y, por si fuera poco, le toca terminar de rematar la tarea sucia de privatizar salud y educación que son, precisamente, dos de sus bastiones sociales y electorales. Se abren posibilidades de fracturas de dimensiones desconocidas. Finalmente, pero no en importancia, resta saber la reacción de la izquierda socialista frente a los resultados del 24 (ver pág. 2).

En relación con el movimiento sindical hay indicios muy importantes de cambios de fondo: la ruptura por la mitad de la Uom y la de Foetra Capital con la Federación controlada por el menemismo, el mismo que dio 360 millones a la CGT patronal al día siguiente de las elecciones. Todas estas fracturas conllevan un signo de pregunta sobre su futuro, sobre el que habrá que intervenir para actuar en sentido positivo. De lo que no queda duda es de que es la propia burocracia la que está liquidando los sindicatos tradicionales por industria: el convenio Fiat-Smata o Fiat-Uom, son un par de ejemplos de una entrega que recorre a lo largo y a lo ancho a la gran mayoria de las empresas y gremios del país. La expulsión de Zanola del hall central del Banco Nación después de la masacre de Ramallo va en el mismo sentido. Está caduca la organización sindical estatizada y no se sabe todavía qué nuevo rumbo adoptará la organización de los explotados y oprimidos.

En relación con el movimiento estudiantil hay que partir de que terminan las clases antes de que asuma el nuevo gobierno, lo que le otorga un hándicap para avanzar. Posiblemente lo haga en forma gradual, tratando de no ir al choque pero con la necesidad de imponer lineamientos básicos de la privatización y elitización de educación y salud, por más vaselina que utilice, o le dejen usar. El 2000 puede ser un año clave en toda el área.

Las perspectivas están muy ligadas a la evolución de la situación internacional. Por ejemplo, si los indicios de crisis bursátiles en Estados Unidos se desarrollaran, los ínfimos márgenes de salida de la recesión aquí se evaporarán. El próximo gobierno no entrará a la Rosada con la expectativa confiada de millones. Será un gobierno en la cuerda floja tanto por sus acuerdos con el menemismo y el imperialismo como por las dificultades estructurales de satisfacer las aspiraciones de sus votantes y del pueblo. Su máxima ventaja está dada por el bajo nivel de luchas obreras y populares, por la carencia de organizaciones y dirigentes de éstas. No es un elemento menor. Al mismo tiempo, es casi seguro que el pacto de impunidad con el peronismo le dará cierto margen inicial de gobernabilidad. Pero todo ello se da en el contexto de crisis global, económica, social, política, institucional y de organización de la sociedad y, en particular, de los trabajadores. Nuestra política sindical de luchar por organizaciones independientes del estado, la patronal y la burocracia y de parar sobre sus pies a la izquierda, tiene hoy más vigencia que nunca.

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