GOLPE DE ESTADO EN PAKISTAN
Tras varias semanas de rumores sobre profundas divergencias con el gobierno, el 12 de octubre, los militares pakistaníes, liderados por el general Pervaiz Musharraf, destituyeron y arrestaron al primer ministro Nawaz Sharif. Luego de la toma del poder por el ejército, las restricciones a la democracia se sucedieron una tras otra: destitución de 4 gobernadores, cierre del Parlamento, suspensión de la Constitución, cesación de todas las actividades del gobierno civil. Los militares declararon "estado de emergencia" e impusieron a la población todas estas medidas. Los golpes de estado en Pakistán no resultan algo fuera de lo común en la historia de ese país: en 52 años, 25 fueron de gobiernos militares. Esto obviamente no es algo casual: la historia de Pakistán es la historia de sus enfrentamientos con India por Cachemira y Bengala oriental, llamada Pakistán oriental hasta 1971 y hoy Bangladesh, después de la guerra con la India. Es la historia de un país cruzado por fenómenos de superpoblación y enorme pobreza y miseria; es la historia de una sociedad compleja dividida aún hoy en clases tribales y étnicas que se rigen por sus propias leyes. ¿Qué es lo que hay detrás de este golpe de estado? Una agobiante crisis económica que tiene a los empleados estatales sin cobrar los sueldos, y a todo un país bajo una más que aguda recesión, con el 80% de las industrias cerradas. A esto se le suman las sanciones económicas impuestas por las potencias imperialistas en reprimenda a los test nucleares realizados en mayo de 1998, que generan aumentos de gran magnitud en los precios de las mercancías. Una de las razones del golpe, que aparece como la más importante, está vinculada con las negociaciones que mantuvieron el depuesto mandatario Sharif y Clinton en mayo pasado, que determinaron la desmovilización de los militantes fundamentalistas pakistaníes en Cachemira. Esta decisión habría profundizado las ya existentes diferencias entre el ejército y el gobierno, y habría generado un crecimiento notable de la fracción del ejército liderada por Musharraf (que sigue hoy apoyando a los militantes musulmanes separatistas de Cachemira), que se oponía al retiro de los milicianos, que en realidad no eran otra cosa que miembros del ejército pakistaní. Y éste ya no es el niño mimado de los yanquis, como cuando fueron base de operaciones de las guerrillas de mohujaidines que combatían bajo la dirección de la CIA la ocupación soviética de Afganistán en los ochenta. En medio de este escenario, aparecen los países imperialistas, con Estados Unidos al frente, reclamando mayor democracia. Una vez más, ocultan tras el antifaz democrático y humanitario su pérfido rostro imperialista: su verdadera preocupación no es la situación de la democracia en Pakistán sino quién controlará el arsenal nuclear. El imperialismo yanqui pretende mantener bajo su pulgar las armas nucleares de Pakistán, para perpetuar su hegemonía militar y nuclear y desarrolla nuevas y más sofisticadas tecnologías asesinas. El golpe de Estado se da en un contexto de enormes niveles de corrupción en el gobierno, crisis institucional y económica; a esto se le agregan las posibilidades de estallidos internos y particiones territoriales que están relacionadas con las disputas entre los tres grupos étnicos más importantes que conviven en Pakistán. Es en esta situación extremadamente caótica donde surge Musharraf, un líder nacionalista de la única institución de cohesión nacional, el ejército que solamente puede intentar suplir todas las miserias alentando un profundo chauvinismo pakistaní, configurado por prejuicios étnicos y religiosos y los misiles nucleares que apuntan directamente a la India. Pakistán posee un misil nuclear que sólo en 7 minutos puede alcanzar Nueva Delhi, pero al mismo tiempo los sectores oprimidos sufren una agobiante superpoblación y pobreza. Es así el capitalismo: al hambre y la miseria sólo puede ofrecerle nacionalismo embrutecedor y armas. Repudiamos enérgicamente el golpe de Estado de Musharraf y cualquier recorte a las libertades democráticas. Nada de provecho para el pueblo pakistaní vendrá de la mano de el ejército. Sólo en confrontación y oposición mortal contra el capitalismo, sus gobiernos y sus estados podremos transformar este paisaje de horror, cinismo, hambre y guerras. Y terminar también así con la división de los pueblos del subcontinente que realizó Gran Bretaña siguiendo la máxima romana de divide e impera.