A 59 años de su asesinato(*)

El pensamiento vivo de TROTSKY

Desde hace años, podríamos decir simbólicamente que desde la caída del Muro de Berlín, se ha abierto una aguda crisis en el marxismo, cuya magnitud excede ampliamente esta nota, y que viene teniendo serias consecuencias entre quienes nos reivindicamos marxistas, leninistas y, naturalmente, trotskistas. Como siempre sucedió en la historia de las crisis del marxismo, las dos reacciones simétricas que se operan son el dogmatismo y el intento oportunista de tirar la herencia teórica por la borda. Unos quieren hacer encajar la realidad en los dichos de “los clásicos”, y otros pretenden adjudicarles la responsabilidad de la crisis debido a sus insuficiencias o errores, para poder emprender un camino de final incierto. Un marxista que pretenda encontrar en los textos de Marx, Engels, Lenin o Trotsky todas las respuestas para los problemas que presenta la realidad día tras día, es un mal marxista, o una especie de religioso ateo. Los textos de los clásicos no constituyen una “biblia” pagana sino una base teórica, un método y una guía que no puede colocarse por encima de las condiciones materiales en que se escribieron esas obras, ni de las grandezas y limitaciones de los hombres que las realizaron. Sería absurdo criticar a Marx o Engels por no haber estudiado y teorizado sobre el fenómeno incipiente del imperialismo. O adjudicar la política frentepopulista de conciliación de clases practicada por el stalinismo (y, subrepticiamente, por amplios sectores del trotskismo) como un producto natural, por ejemplo en los países semicoloniales, de las Tesis sobre el Frente Unico Antimperialista, o “Tesis de Oriente” escritas bajo la supervisión de Lenin en 1922. (_) Sin embargo, aunque esas tesis fueron utilizadas como “cobertura ideológica” de los epígonos oportunistas, no son ellas las que explican la política oportunista_ o habría que renunciar a la crítica de Marx a Hegel, y volver a “la idea” y no a la existencia como fuente básica de la conciencia. Con la obra de Trotsky ocurre algo similar. Las catástrofes que vivimos los trotskistas durante más de medio siglo, no encuentran su explicación en tal o cual cita o texto erróneo de Trotsky. Esto no equivale a decir que su obra no deba ser analizada critícamente, y no desde un parcial principio de autoridad; máxime cuando contamos hoy con posibilidades de información cualitativamente superiores a las de su tiempo y no estamos en las condiciones de contrarrevolución y aislamiento en que desarrolló su producción en la última década de su vida, por ejemplo para analizar la evolución de la situación en la URSS.

En esta nota de homenaje queremos resaltar esquemáticamente los que nos parece son los dos aspectos centrales legados por Trotsky: 1) la teoría de la revolución permanente; 2) la fundación de la IV Internacional. La primera salió airosa después de 90 años de su formulación inicial y a 65 años de su estructuración definitiva. La bancarrota del mal llamado “socialismo real” significó la comprobación empírica del fracaso de la utopía reaccionaria del “socialismo en un solo país” y reafirmó la tesis central de Marx y Lenin que Trotsky defendió contra la corriente: el socialismo es imposible sin el triunfo de la revolución socialista en los principales países imperialistas y capitalistas. No se trata de “socializar la miseria” sino de salir de la prehistoria y entrar al reino de la abundancia poniendo al servicio de la humanidad el colosal desarrollo de fuerzas productivas operado bajo el capitalismo y que hoy está al servicio de la ganancia de los capitalistas. Desde hace ya muchos años –y en particular en la última década– se demostraron categóricamente la imposibilidad de construir una “isla socialista” en un océano capitalista y el carácter reaccionario de tal utopía. Por otro lado, la imposibilidad histórica de las burguesías nacionales de realizar la liberación nacional y la revolución agraria en los países semicoloniales y dependientes, también fue ampliamente confirmada por la historia. Pese a esto, muchos de los supuestos seguidores de Trotsky creyeron encontrar en distintos momentos, una situación de “excepción” frente a distintas variantes del nacionalismo pequeñoburgués o burgués y le capitularon, más o menos desembozadamente (tanto al nasserismo egipcio, como al MNR boliviano, al peronismo o a Kaddafy, entre otros muchos ejemplos). Lo que hoy se denomina “transnacionalización” de la economía mundial, y el papel del viejo nacionalismo como sirviente genuflexo del imperialismo mundial, es una buena demostración, por la negativa, de la absoluta vigencia de la teoría de la revolución permanente en este terreno.

Respecto de la fundación de la IV Internacional, nuestra opinión es que si Trotsky no hubiese dado ese paso (en contra de la opinión de Deustcher y, hoy, de tantos otros) el bolchevismo habría retrocedido a la barbarie, máxime en las condiciones no previstas por Trotsky de apogeo del stalinismo después de la guerra. La IV Internacional está históricamente justificada por el mérito de haber impedido el entierro del leninismo en la contrarrevolución de los años treinta y en la segunda posguerra. Con la fundación de la IV Internacional se pudo mantener, contra la corriente y con multitud de errores –y de horrores–, parte importante del legado histórico del bolchevismo. Que los dirigentes que tomaron la posta en la IV después del asesinato de Trotsky dieran en general respuestas oportunistas y seguidistas al stalinismo (con Pablo y Mandel a la cabeza) y también al nacionalismo burgués o pequeñoburgués ante nuevos fenómenos de la realidad, no modifica en lo sustancial esta caracterización. Eso hace que aún hoy sea en filas de los que nos reivindicamos de la IV Internacional donde se pueden encontrar los núcleos más importantes de quienes intentan llevar adelante una política revolucionaria, proletaria e internacionalista.

Cuando afirmo que no sólo fue justa, sino un acierto histórico la fundación de la IV Internacional en condiciones objetivas y subjetivas adversas, no pretendo hacer del Programa de Transición la tabla de los 10 mandamientos revolucionarios urbi et orbi. Es un programa ubicado históricamente, y limitado por ese contexto histórico. Estoy completamente a favor de discutir la vigencia puntual de cada una de sus consignas medio siglo después. Pero no comparto el pretencioso objetivo de dar un valor universal a sus consignas y rechazo el tratamiento intemporal que de él ha hecho buena parte de los autoproclamados seguidores de Trotsky, llegando a sostener absurdos completos invocando su nombre. Rescato, en cambio, ampliamente su vigencia en dos aspectos medulares: todo en el Programa de Transición apunta hacia el poder obrero revolucionario, hacia los soviets, la dualidad de poder, el armamento del proletariado; es decir, hacia la revolución proletaria. Y eso lo convierte en un gigante, a pesar de sus errores y limitaciones. En segundo lugar, la existencia del Programa de Transición es la que posibilitó la continuidad de la IV Internacional, máxime en vista de la guerra inminente y de la dispersión que provocó ésta. Estoy convencido de que su inmenso valor no está dado ni por la afirmación de que las fuerzas productivas “han dejado de crecer” (lo que obviamente la realidad ha demostrado como equivocado, y que se contradice incluso con otras numerosas afirmaciones del propio Trotsky) ni por el mecanismo de concatenación mecánica de las consignas que llevarían imperceptiblemente al proletariado a las antesalas del poder. Esto claramente, es inaplicable en situaciones contrarrevolucionarias o no revolucionarias y, muchas veces, los cambios bruscos en la relación entre las clases se producen detrás incluso de consignas ultramínimas como la de “pan al padrecito Zar” con que dio comienzo la revolución rusa de 1905. A mi juicio, ese mecanismo sólo es aplicable, y relativamente, en el contexto de etapas y situaciones revolucionarias como las que Trotsky vivió y protagonizó; pero no constituye una receta universal. Pero, tal como ocurrió con las “Tesis de Oriente”, el Programa de Transición fue utilizado por los epígonos de Trotsky como taparrabos para esconder una política opuesta a su contenido esencial –la lucha por la revolución proletaria– sustituyéndolo por un recetario de consignas a aplicar por el poder burgués. Sin embargo, el trascendental valor del Programa de Transición (junto al problema del poder), está dado por otro elemento que lo corona y lo signa: la necesidad ineludible del partido leninista de combate para llevar adelante la revolución proletaria nacional e internacional. Este elemento central del Programa de Transición fue rápidamente olvidado por sus más importantes e inmediatos seguidores, en la búsqueda desesperada de “atajos” hacia la revolución. En ese imposible intento en encontrar la cuadratura del círculo convirtieron a la IV Internacional en “consejera” de lo que dieron en llamar “direcciones naturales” del movimiento obrero (stalinistas, socialdemócratas o nacionalistas burguesas o pequeñoburguesas; al estilo del castrismo, el sandinismo o, últimamente, el zapatismo).

Un capítulo aparte merece la concepción que Trotsky expresa en el Programa de Transición, que más implícita que explícitamente se opone incluso a su labor durante, como mínimo, la última década previa a la publicación del mismo. El presidente de los soviets de 1905 y 1917, el conductor de la insurrección de Octubre y creador del Ejército Rojo, en los hechos unilateraliza el proceso de construcción del partido bolchevique y reduce su complejidad, a un planteo confuso y no plenamente leninista del mismo. Al no incluir y dar relevancia a la necesidad de la lucha teórica e ideológica (como sí venía haciendo el propio Trotsky para formar la IV Internacional). Implícitamente aparece subestimado el rol de la educación paciente de la vanguardia obrera y se sobreestima la importancia de la agitación sistemática de consignas, por más que las consignas sean imprescindibles para el avance a saltos del partido revolucionario, en particular en momentos clave de la lucha de clases. Esta omisión facilitó, dio “cobertura teórica” a numerosos partidos que se reivindican trotskistas para conformarse sobre la base del consignismo y no de la política leninista de construcción del partido, a la que Trotsky adhirió lealmente después de resolver sus vacilaciones centristas entre 1903 y 1917. Este problema adquiere particular importancia en épocas de reacción política e ideológica como la actual. Para superarlas y prepararnos para los cambios revolucionarios para los que trabaja el topo de la historia en el próximo período, debemos saber despojarnos de la mortaja dogmática y, simultaneámente, rescatar critícamente el invalorable legado histórico. Estamos convencidos de que ése es, a la vez, el mejor homenaje al más contemporáneo de nuestros maestros, al autor de la teoría de la “revolución permanente” y fundador de la IV Internacional. Tomar en nuestras manos ese legado histórico, sin su genio, pero intentando tener capacidad crítica y creadora del marxismo revolucionario: ése es el desafío. JORGE GUIDOBONO

* El presente artículo fue publicado en ocasión del 55º aniversario del asesinato de Trotsky, en BR Nº 17 (14/8/95). Por la vigencia de su contenido, consideramos oportuno reeditarlo para conocimiento de todos nuestros lectores. ** Jorge Guidobono, BR Nº 38, suplemento especial, 28/11/98.

 

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