CAER EN EL IMPERIO La odisea de Pinochet
Pinochet jamás hubiese imaginado que el principal beneficiario de sus servicios lo llevaría a la Corte. Lo cierto es que Estados Unidos amaga con pedir la extradición del genocida para enjuiciarlo por el asesinato del canciller Letelier, ocurrido en Washington en 1976, a manos de la policía secreta de Pinochet (DINA). Si bien el final del dictador aún no ha llegado, las olas de pedidos de extradición, arrestos domiciliarios y enjuiciamientos, llegan al punto mas paradójico cuando Estados Unidos entra en escena como fiscal y no como acusado. A principios de julio EE.UU. comenzó a desclasificar archivos de estado que revelan la funesta actuación de las dictaduras militares de los 70 en América latina. En este marco, solicitó ayuda al juez Garzón para evaluar las posibilidades de aportar datos para el procesamiento del dictador por el caso Letelier. Pinochet, que antaño le sirviera al imperialismo para extender a América del Sur la guerra fría con la guerra sucia, hoy igualmente le sirve para embellecer sus inexistentes tintes democráticos y humanitarios. A finales del siglo, cuando el control y la persecución han cambiado de formas (nada se pierde, todo se transforma), Pinochet es utilizado por el imperialismo para erigirse como bastión de la justicia humanitaria, incluso por la potencia a la que ayudó a triunfar en la guerra de Malvinas: Gran Bretaña. Así, EE.UU. no sólo simula indignación, sino que barre bajo la alfombra su vital apoyo al genocidio perpetrado en Chile, ya que _sin la ayuda del Pentágono y del gobierno de los EE.UU. la dictadura de Pinochet no habría tenido ni oxígeno, ni armas, ni expertos en tortura, ni dinero para sobrevivir 17 largos años_ (Clarín, 1/7/99). La amenaza de la extradición, por un lado deja serias dudas de concreción (de hecho, de los 5.860 documentos desclasificados casualmente ninguno alude al caso Letelier) y, por el otro, sería un perfecto cierre circular del auge y decadencia en la historia de Pinochet. El dictador nació en el laboratorio de Nixon y Kissinger cuando se impuso la necesidad de derrocar al gobierno de Allende. Veinticinco años después, entra nuevamente en la agenda política del imperio como macabro disfraz de la misma miseria que le dio origen. La historia de Pinochet no puede ser separada de la CIA, del mismo modo que los crímenes de la dictadura no pueden ser adjudicados sólo al dictador. Estados Unidos preparó el golpe, y no sólo sabía lo que era el Plan Cóndor sino que lo apoyó. Su repentina indignación va tan lejos como para pretender condenar a Pinochet, pero no tanto como para hacerlo con Kissinger, de quien no necesitarían pedir la extradición. El engaño es sutil y minucioso y Pinochet debe bailar donde más le convenga a los jefes del gran país del norte. Denunciamos la jugada hipócrita y siniestra del imperialismo, mientras continúa con sus innumerables violaciones a los derechos humanos, devastando América latina con balas de acero y de hambre.