Tucumán, Neuquén, Corrientes, Tierra del Fuego Lecciones para la acción

Hay dos hechos casi simétricos: un salto en la crisis económica y un redoble fuertísimo de la resistencia, en particular en algunas provincias del interior. Se han hecho “normales” las luchas de largo aliento: el “aguante” de los correntinos, la pelea callejera diaria de los municipales tucumanos o de los estatales neuquinos. En los dos primeros casos el reclamo por deudas salariales impagas se enlazó con la lucha política contra los gobernadores e intendentes, que cayeron o están heridos de muerte, como Bussi en Tucumán. En el caso neuquino es una lucha de tipo más ofensivo, reclamando la devolución del 20% del salario rebajado en el ’95 (de hecho, aumento salarial). Hay luchas y movilizaciones contra los despidos de los 1.300 compañeros de los planes “Trabajar” –valga la ironía– en Tierra del Fuego. Jujuy se moviliza en repudio de Menem, y dirigentes sindicales son encerrados en prisión. Los médicos de la provincia de Buenos Aires, organizados en la Cicop, han hecho retroceder parcialmente a Rico en su intento de privatizar el Hospital Larcade de San Miguel. Los municipales de la capital reclaman el reescalonamiento que De la Rúa no cumple. Los telefónicos han logrado un relativo triunfo frente a los despidos, mientras los obreros de Corni o de Morrison fueron derrotados por los lock out o cierres patronales y pasaron a engrosar la inmensa columna de desocupados. Los judiciales realizan una serie de paros y movilizaciones en demanda del re-enganche con la suba en los sueldos de la Corte, que ya se aplicó a los jueces, en una cifra que sobraría para aumentar los salarios de todos los empleados judiciales. De este cuadro, seguramente incompleto, saquemos algunas reflexiones.

La vigencia de la huelga y la movilización

Desde hace unos años los dirigentes de la Ctera, la Utpba, ATE y otros gremios vienen haciendo campaña sobre la supuesta caducidad de las formas tradicionales de lucha de los trabajadores. Propusieron reemplazarlas por engendros mediáticos, al estilo de la carpa docente, o por eslogans publicitarios del tipo “refresca mejor”, que sólo sirvieron para que los trabajadores de prensa, por ejemplo, fueran diezmados por los multimedios. A nuestro juicio todas estas luchas, y con mayor relevancia aún las del interior, muestran por millonésima vez la vigencia absoluta de los más tradicionales métodos de lucha. Sin la huelga y las movilizaciones callejeras los correntinos no se hubieran ganado a la opinión pública, derrotando al gobernador, a su vice y al hombre fuerte de la provincia, el intendente Romero Feris. Sin las huelgas y los cortes de puentes y rutas, los estatales y docentes neuquinos no hubieran podido transformar en un hecho nacional su justo reclamo. Lo mismo vale para los municipales tucumanos que voltearon al intendente bussista, y tienen jaqueado al decrépito chacal, e incluso han obligado a la moribunda CGT a declarar un paro provincial solidario el 19 de agosto. Esta es, precisamente, la primera gran lección de los últimos meses: la plena y absoluta vigencia de las formas tradicionales de lucha de los trabajadores que son, a la vez, las más idóneas para tener repercusión en los medios de comunicación de masas, por más censuradores que éstos sean.

A falta de plata, gases y balas

La segunda lección –evidente– es que la clase capitalista enfrenta la quiebra de varios estados provinciales como producto de la crisis general y del robo particular que realizan sus gobernantes. Frente a este colapso provincial –máxime en las actuales condiciones preelectorales y fracasando el intento “re-re” que apoyaron tanto Bussi como Romero Feris– el gobierno nacional les cerró el chorro y terminó de ahogar a estas provincias. Conclusión: cesación de pagos, en primerísimo lugar a sus empleados. La secuencia es obvia: sin cobrar sueldos, además miserables, la gente no puede vivir. Y sale a protestar. Y el gobierno provincial no tiene plata y el nacional tampoco le manda dinero. En vez de decenas o cientos de millones les ofrece algunos cientos de gendarmes, que suelen tener menos problemas en tirar gases y balas –por ahora mayoritariamente de goma– que la policía provincial, que suele ser vecina de los manifestantes. El ejemplo tucumano es, no obstante, notable al respecto. De la cifra enviada por el gobierno nacional –y notoriamente insuficiente–, a la primera repartición que se le paga es a la única que está prácticamente al día: la policía. Por eso los cuentos sobre el “fin de la violencia” fueron a parar al tacho de la basura: ¡a dos meses de las elecciones!, ¡imagínense después! También es importante registrar un hecho muy prometedor: que los trabajadores y el pueblo resistieron a pie firme, haciendo incluso que retroceda en algunas oportunidades el aparato represivo y ganando para su causa al conjunto de la población en todas partes.

Dirección y organización: en un cruce de caminos

Es evidente la desigualdad de situaciones y la combinación de distintos hechos y aspectos de la realidad. El punto de partida obvio es la crisis de representación sindical y política de los trabajadores en el país. Y también, a su escala, esa crisis se expresa en las provincias, donde hay burocracias económicamente más débiles y menos “entongadas” que las conduciones nacionales; o hay algunas direcciones centristas, hoy relativamente progresivas. Al mismo tiempo, hay lugares donde la organización y la dirección brillan por su ausencia y hay algunos intentos de autoorganización, o se mete la clerical nariz para “ayudar” a organizar la movilización, de modo que se enchaleque, volcando para ello dirigentes de carne y hueso que articulen formas de organización que aseguren que posibles –y/o probables– procesos de radicalización, de últimas, no vayan en contra del sistema. En el desarrollo mismo de la pelea por impulsar organismos democráticos y para la lucha, y de forjar una dirección revolucionaria, tenemos que hacer la más hábil y creativa combinación de la unidad en la acción con todos los que pelean, a la par de la lucha política contra las variantes patronales, burocráticas y/o religiosas (que, en muchos casos, incluye a buenos compañeros, honestos, confundidos, mezclados con pillos redomados, a quienes es necesario desenmascarar en los hechos, sin necesidad de descalificadores chillidos histéricos, como es moneda corriente en la izquierda tradicional, como mínimo en los últimos 15 años.

Dispersión y agotamiento capitalista

Finalmente, digamos que hay una dispersión nacional de las luchas, falta de coordinación, de continuidad y de centralización. De ello son responsables la CGT, el MTA y la CTA. No obstante, al calor de las luchas, es necesario batallar por la necesaria coordinación de las mismas en la perspectiva de marchar hacia una reorganización completa de los trabajadores, sus organizaciones y sus dirigentes. A nuestro juicio, hay que partir de lecciones básicas como las de Corrientes. Allí se dio una gran lucha por el cobro de los salarios adeudados_ y se tiró abajo al gobernador, al vice y al “capo” Romero Feris. Sin embargo, tenemos también un gran problema que enfrentar: el gobierno provisorio peronista-radical-autonomista, ha despedido a unos 7.000 trabajadores, “para bajar costos”. Todo este proceso hecha una luz muy grande sobre el fondo del problema: las luchas posibles y necesarias que hay que dar, deben orientarse en una estrategia anticapitalista y revolucionaria. En caso contrario, aun las luchas más importantes se asfixian en el corsé de acero de la creciente crisis capitalista, sin poder encontrar ninguna solución. Sólo –y exclusivamente– obtendrán un triunfo mínimamente perdurable, inscribiéndose en una estrategia anticapitalista y de cambio de manos del poder en favor de los explotados y oprimidos.

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