Colombia ¿Hacia un nuevo Vietnam?

Estados Unidos intenta distraer la atención de sus objetivos político-militares contrarrevolucionarios de intervención en Colombia, y en Latinoamérica, y pretende embaucar a la opinión pública del continente –en primer lugar la yanqui– con su supuesta preocupación por el narcotráfico. Este discurso, en vigencia desde que se acabó “el peligro comunista”, no sólo es desnudado por múltiples elementos (ver contratapa) sino que es la propia embajada norteamericana en Colombia la que está metida en el negocio del narco, incluyendo a la esposa del coronel que comanda la brigada yanqui antinarcóticos en Colombia. Aquí no utilizan la excusa de los “derechos humanos” (como hicieron en Kosovo), ya que éstos son abiertamente pisoteados por sus amigos del ejército y los paramilitares colombianos. El imperialismo monta una falsa escenografía de supuesta lucha contra el narcotráfico, cuyo dinero lavan copiosamente los bancos norteamericanos, sus filiales y testaferros. Los reales objetivos que persigue la intervención yanqui en curso –y el salto que se prepara– son muy diferentes. En primer lugar, busca contrapesar el desplome que se opera en el estado capitalista en Colombia. Es la misma razón que obliga a Pastrana a negociar con las Farc, en condiciones incluso humillantes para él. Las causas de este desmoronamiento son complejas y numerosas. El poder disolvente del dinero de las mafias del “narco” sobre el aparato represivo es un dato muy relevante. Desde hace décadas, las fuerzas armadas y policiales son “bombardeadas” con cañonazos de millones o decenas y hasta cientos de millones de dólares, que dispara el narco. Su eficacia es demoledora y abarca, como vimos, hasta a los integrantes de la embajada de la “cruzada moral” en Bogotá. Otro elemento disgregrador, es la existencia de las Farc y las guerrillas desde hace cuatro décadas de guerra civil. Esta parecía haberse acabado en 1964, con el bombardeo de la “República liberada de Marquetalia”, pero continuó, adoptando otras formas de guerra de guerrillas campesinas. Los fracasos y la liquidación de los batallones de elite del Ejército que acudieron a defender a los paramilitares en la zona norte de Uraba –lindera con Panamá– son indicios de quiebre, de falta de moral de combate en el aparato represivo oficial, apretado por la pinza disgregadora del dinero del narco y por la acción militar de las Farc, en un contexto de creciente crisis de la economía “normal”. Por último, hay un fracaso del régimen político para contener a una izquierda comunista dentro de los límites del remedo de la democracia burguesa del país.

Un régimen agotado

Terminado el largo período de alternancia liberal-conservadora que siguió a lo que se denominó “la violencia” (inaugurada con el Bogotazo del 9 de abril de 1949 que siguió al asesinato de Gaitán), la clase dominante se sostuvo sobre la apatía electoral. La abstención rondaba el 80%, en un contexto de condiciones peligrosas, por lo que la burguesía intentó integrar a la guerrilla al régimen político ya en los ’80. Tuvo éxito con el M19, el sector de formación más reciente y fundamentalmente urbana. Su jefe, Navarro Wolf, es hoy alcalde y tuvo ministros y diputados “por acuerdo”. El mismo camino intentó con las Farc y el PC mediante la llamada “Unión Patriótica”. Pero el experimento fue segado a balazos por la ultraderecha que temía que la UP se hiciera de masas. Los paramilitares asesinaron a 3.000 militantes de superficie de la UP, incluido Jaramillo, el candidato a presidente. Las Farc debieron replegarse. Los paramilitares se convirtieron en una fuerza destinada a realizar las tareas más sucias que el estado no podía completar. La primera, y central, fue la instauración de un régimen de terror en el campo, para minar la base social de la guerrilla. Esto forzó la emigración de un millón y medio de campesinos a las ciudades desde 1985 (Newsweek, 9/8/99). Las masacres y el terror indiscriminado fueron las herramientas para llevarlo adelante. La existencia de las Farc, como acumulación importante de poder en Colombia, es doblemente peligrosa por las condiciones del conjunto de las burguesías de América latina y el Caribe. Colombia no es una isla insignificante como Granada, sino un país con más de un millón de kilómetros cuadrados, casi 40 millones de habitantes y con fronteras con cinco países de importancia (Venezuela, Brasil, Panamá, Ecuador y Perú).

Dos objetivos y muchas dificultades

La operación que están llevando adelante los yanquis tiene un doble objetivo que se entrelaza: aplastar a las Farc y al ELN y, por esa vía lanzar una clara señal de advertencia a los trabajadores y pueblos de una región que cada vez se parece más a un polvorín. De paso, quieren quedarse con el grueso del negocio de la cocaína, como hace más de un cuarto de siglo lo hicieron con el de la marihuana. El problema no es sencillo para los imperialistas. Colombia no es Kosovo ni Yugoslavia. No se trata de bombardear ciudades prácticamente indefensas sino de combatir en las selvas de la Amazonia al Darién y en la triple cadena montañosa en que se dividen Los Andes en la región. Además, deben combatir contra gente que está en guerra desde hace cuatro décadas y conoce el terreno mucho mejor que los datos que puedan suministrar mapas basados en satélites y aviones espías. Por eso hay lucha interna dentro del aparato imperialista. El doble discurso del Departamento de Estado (“ni locos intervenir militarmente”) no es sólo una maniobra confusionista: expresa también las vacilaciones en dar el salto cualitativo en la intervención militar. El Pentágono, la DEA y la CIA actúan militarmente, por ahora en una medida no muy grande, igual a como ocurrió durante los primeros años en Vietnam. Por otro lado, establecen una red de bases que intenta dejar encerrada a Colombia en un anillo militar, con dificultades hasta ahora en Venezuela y Brasil (ver “Panamá_”). Simultáneamente, están tratando de armar fuerzas de infantería latinoamericanas de intervención, que sean las que pongan los muertos, mientras Estados Unidos se encarga de la logística y el armamento. Este proyecto se intentó también en Vietnam y su fracaso llevó a la intervención yanqui en masa. Por supuesto, las condiciones internacionales no son hoy las mismas que hace tres décadas: ni para los revolucionarios, ni para los imperialistas, cuya crisis global es mucho mayor que entonces, a pesar de la unipolaridad militar. Señalamos la comparación, para mostrar los elementos de coincidencia, y también para destacar que si no se logra frenar la escalada militar ésta tendrá consecuencias mucho más importantes para Estados Unidos y para América latina, ya que la pelea es en el patio trasero del imperio americano. Por eso, tanto las burguesías colombiana, brasileña, venezolana y sectores de la yanqui, se juegan a lograr parte de los objetivos mediante los llamados “acuerdos de paz” con las Farc.

Una lucha antimperialista continental

La LSR tiene profundas diferencias programáticas y políticas con las Farc, al tiempo que no vacila en su defensa incondicional frente a los enemigos de clase. No descartamos la utilización táctica de “conversaciones de paz” para ganar tiempo, minar la moral del enemigo y otras cuestiones similares. Pero estamos convencidos de que no saldrá ninguna solución de progreso real de esas conversaciones. Además, también pueden ser una trampa mortal, como sucedió con las guerrillas centroamericanas cooptadas al régimen burgués. El planteo de las Farc es el del “nacionalismo revolucionario” y de la “revolución por etapas” que aplicaron, infructuosamente, durante decenas de años los PC latinoamericanos. Las condiciones actuales son mucho más adversas aún que en décadas anteriores. Para enfrentar victoriosamente la ofensiva imperialista sobre Colombia, América latina y el Caribe, la única estrategia posible es la de la unidad con el movimiento obrero y del internacionalismo. La lucha eficaz contra el imperialismo y las burguesías aliadas a él, requiere de una respuesta continental, obrera, campesina y popular. Es útil aprovechar contradicciones interburguesas, pero ningún acuerdo táctico y parcial que las intente aprovechar debe desviarnos de una estrategia de revolución obrera, campesina, popular, antimperialista y anticapitalista, para construir una Federación Socialista en la región e impulsar la revolución en el mundo, incluyendo al gigante estadounidense.

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