¿A dónde va Chávez?
El régimen burgués de partidos que se alternaron en el poder desde 1958 se ha derrumbado producto del justo odio popular. Chávez ha logrado embaucar demagógicamente a los millones de pobres que rechazan con justa desconfianza al bipartidismo que venía gobernando el país desde hace 40 años. Teniendo en cuenta que su triunfo en la Asamblea Constituyente fue aplastante, es un dato no menor que de las elecciones para la misma haya participado sólo un 46% del electorado, cuando suele votar un 70% u 80%. De las promesas realizadas por Chávez antes de las elecciones, hace seis meses, tanto el aumento de salario para los estatales del 20% como el no pago de la deuda externa, no ha cumplido ninguna, ni ha tomado otras a favor del pueblo, más que la caridad en gran escala que realizan las FF.AA. Además ha anunciado otras de signo contrario: privatizaciones de las empresas del estado (en términos caseros, despidos) y estado de emergencia nacional por decreto, es decir, un virtual estado de sitio. Chávez declaró al Time que hay dos millones sin trabajo y no hay fuentes suficientes para crear empleo para todos, anunciando además la privatización de la electricidad, el aluminio y poner en caja la oposición sindical. De sanear las instituciones democráticas pasó a conferirse, a través de la Constituyente, el poder de intervenir cualquier organismo social o civil. Entre ellos, obviamente, los sindicatos, para prevenir posibles rebeliones que podría causar su plan económico, anunciado por él mismo como impopular. A través de esta maniobra intenta convertir a los sindicatos en meros apéndices del aparato del estado. La Asamblea tendrá un período de tres meses para redactar una nueva constitución que tiene como objetivos principales la reelección inmediata por un período de seis años, conceder derechos políticos a los militares y barrer con la legislación actual para comenzar con las privatizaciones. Para apurar un poco más los trámites, Chávez presentó un proyecto de su puño y letra para que sea rápidamente discutido y aprobado en noviembre de este año. El bipartismo está siendo reemplazado por un bonapartismo, o régimen personal fuerte, que por más contradicciones que tenga por ejemplo en relación con su negativa a facilitar la intervención yanqui en Colombia no significa ninguna superación de progreso al podrido bipartidismo. Chávez llenó las cuevas de su gobierno con sus amigos militares. Las FF.AA. son, en lo fundamental, sobre lo que se basa y basará para gobernar, por más que el grueso de la izquierda adorne por ahora su gobierno. A la vez, pretende presentar a las fuerzas armadas como inofensivos colaboradores de tareas comunitarias ante el pobrerío y acostumbrar a su presencia en las calles para borrar el odio del pueblo hacia ellas. En la medida que Chávez pierda apoyo popular, las FF.AA. aparecerán en escena, no para realizar tareas comunitarias, sino para enfrentar posibles nuevos caracazos. Venezuela, con su producto Chávez, no es ni original ni particular. En casi toda Latinoamérica la crisis económica y política tiene elementos similares: pobreza generalizada, altos índices de desocupación, represión y recorte de las libertades democráticas. Haciendo un rápido repaso podemos encontrar a Fujimori con su golpe constitucional en Perú; al ex dictador Banzer en Bolivia, esta vez en el gobierno por elecciones democráticas; hace poco en Paraguay, al golpista Oviedo. En América latina, los populistas de corte militar o civil, han canalizado la bronca y la desconfianza de los pobres hacia las elecciones. Pero como viene sucediendo, nada les garantiza que puedan mantener a los pobres dentro del corral y entonces será el momento de mostrarse tal cual son: simples mentirosos que nada tienen que ver con los intereses de los trabajadores, sino que son sus enemigos. El papel jugado hasta el momento por la izquierda, repitiendo el viejo error de ilusionarse con los militares progresistas después de la experiencia hecha con estos embaucadores en la historia del continente, expresa su adaptación al régimen del enemigo. En este contexto hay que constatar que Chávez, con su negativa a la instalación de bases militares en Venezuela, sigue siendo un elemento de desajuste para la política que está intentando llevar adelante Estados Unidos en Colombia. El régimen democrático burgués en América latina se ha desgastado. En primerísimo lugar porque crisis económica capitalista y democracia no van de la mano: las libertades se achican, crecen los juicios contra dirigentes y luchadores populares, incluyendo presos, la prensa es controlada por gobiernos y monopolios, y la represión policial es proporcional a la resistencia que oponen los trabajadores y el pueblo. Por más buen intérprete del discurso nacional-populista que los capitalistas encuentren para avanzar en sus planes, no hay posibilidades de que el discurso se transforme en acción. El nacionalismo de los noventa tiene tantas posibilidades de sobrevivir como un pez fuera del agua. No es más que un remedo patético de los años cuarenta, o de fines de los sesenta, dado que la interrelación de las burguesías latinoamericanas con el imperialismo está dada por muchas más vías que antes, es mucho más estructural, y se encuentra con casi nulas posibilidades de ofrecer una resistencia seria. Para dar un solo ejemplo: Estados Unidos le compra a Venezuela el 60% del petróleo, y éste es la base principal de su economía. Sólo con la decisión de dejar de comprar, Estados Unidos produciría el quiebre económico del país. No hay posibilidades de liberación del imperialismo, si no es como parte de una lucha revolucionaria, anticapitalista, obrera, campesina, popular y continental. Chávez es, en lo fundamental, un intento de desviar esta única perspectiva realista y de progreso detrás de los espejos de colores de un desteñido populismo, senil pero igualmente peligroso.