Guerra en el Cáucaso

Los recuerdos de la pesadilla chechena de hace tres años pasean en estos días por Moscú. La dureza de la contraofensiva militar a gran escala sobre Daguestán no deja dudas de que el gobierno ruso no está dispuesto a dejar que se prolonguen en el tiempo sus intenciones separatistas. Esta pequeña república, de 50.300 km2, dos millones de habitantes y que se encuentra a orillas del Mar Caspio, es un sitio clave por varios motivos. En primer lugar, porque es atravesada por los oleoductos provenientes de Azerbaijan. Son el puntal de grandes capitales petroleros rusos exportadores (hacia Europa occidental) para convertir la región en el principal circuito de transporte de petróleo del Mar Caspio. En segundo lugar, porque el gobierno ruso atraviesa una muy fuerte crisis económica y política que ha significado, por ejemplo, el recambio del primer ministro por cuarta vez en el último año y medio. Para poder afrontar el actual conflicto en el Caúcaso, Yeltsin optó esta vez por nombrar como primer ministro a Vladimir Putin, un “duro” proveniente de la KGB y al que el presidente ha mencionado como su “continuador” y “el mejor candidato” para las elecciones presidenciales del próximo año. En tercer lugar, existe una continuidad entre Chechenia y Daguestán. De hecho, quien comanda a los combatientes separatistas, procurando convertir Daguestán en Estado islámico independiente, es el ex premier checheno Shamil Basayev. Bajo la excusa de “una guerra santa por desalojar de la región a todos los pecadores” busca apoderarse de este lugar estratégico en el negocio del “oro negro”. Con el salvaje aplastamiento militar como única vía posible, la burocracia procapitalista gobernante pelea por mantener su control en toda la Federación Rusa y contrarrestar el desmembramiento de las diferentes repúblicas: resultado de un sistema que hace largo rato se sobrevive a sí mismo en una pelea de diversos sectores de la burocracia procapitalista respaldados por diferentes sectores imperialistas.

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