La masacre de Denver

¡Viva la Muerte!

Queipo, un general fascista español popularizó –en los inicios de la guerra civil española, en 1936– esta horrenda consigna. En verdad, el lema califica cabalmente a la clase de quien era portavoz el general, en una guerra que terminó matando a un millón de personas y que fue un anticipo del genocidio que exterminó a 50 millones durante la segunda guerra mundial. La reciente masacre de estudiantes perpetrada en un colegio secundario de Denver, Colorado, en ocasión del 110º aniversario del nacimiento de Hitler, es también como el huevo de la serpiente, que anticipa el horror al que vamos. Si un ciudadano que paga sus impuestos quiere dejar tranquila su conciencia se satisfará con una explicación simple: “se trataba de un par de locos”. En realidad, el loco es el ciudadano que paga sus impuestos, que huye –en autopista y a máxima velocidad– de la realidad que lo circunda, por más que no la quiera ver. Nerón no incendió Roma porque estaba loco (así lo estuviera): lo hizo porque era la máxima expresión de una sociedad y un imperio agotados, decadentes, descompuestos_ que producían locos de ese calibre. La sociedad yanqui y sus “locos” responden al mismo problema. La desintegración social, la falta de valores y la caducidad absoluta del american way of life; de un “primer mundo” donde la fortuna de Rockefeller de hace medio siglo lo ubicaría en la clase media de hoy, que convive con un “tercer” y “cuarto mundo” de inmigrantes perseguidos y de 16 millones de sin techo_ Buena parte de la sociedad norteamericana vive inmersa en esta esquizofrenia. Que un trabajador más o menos normal se opere el corazón –así no esté enfermo– para hacerse un by pass antes de jubilarse, porque sabe que después, si lo necesita, no lo podrá hacer por falta de cobertura económica social, es un pequeño indicio de la “locura” que campea en el supuesto reino de la abundancia. Los masacradores de Denver son hijos legítimos de una sociedad donde el doble discurso, la oposición entre el decir y el hacer, es parte constitutiva de su estructura social. Por ejemplo, hay una legislación que prohíbe todo tipo de discriminación, incluso verbal: está prohibido decirle a alguien “negro”, “latino”, “gordo”, “petiso” o “flaco”. Pero la proporción de negros y latinos (gordos o flacos) que puebla las cárceles, es abrumadoramente superior a su proporción poblacional. Lo mismo el número de víctimas de los crímenes de la policía. Estados Unidos es repetidamente distinguida como la mayor democracia occidental. Y sin embargo es el país que tiene una mayor proporción de su población presa o procesada (hay estadísticas que la ubican en un 2% del total). El 40% de las tropas terrestres –las que corren mayor riesgo de muerte– que intentarán el genocidio en Yugoslavia, son negros y latinos. El pobrerío, se alista en el ejército a falta de trabajo. Los pequeños monstruos que masacraron en Denver no son ningún producto exótico: son los hijos legítimos de la bárbara sociedad yanqui. Son los hijos de una sociedad que hace campañas internacionales contra la polución ambiental, mientras genera el 40% de la polución que produce toda la humanidad, a pesar de tener sólo el 5% de sus habitantes. Son los hijos de una sociedad que discrimina y persigue a los fumadores “en defensa de la salud”, mientras liquida –por negocios– la cuenca amazónica y los pulmones que oxigenan al mundo. Son los hijos de una sociedad que habla de la defensa de la vida y los derechos humanos, mientras destina el mayor presupuesto a la fabricación de armas nucleares, químicas, bacteriológicas y convencionales, capaces de reducir varias veces a la nada a todo el planeta. Son los hijos de una sociedad donde más de la mitad de la población no vota porque, con justa razón, no quiere verse obligada a optar sólo por demócratas o republicanos; donde las conquistas democráticas de hace treinta años fueron a parar a la bolsa de la basura; donde las clínicas que practican abortos legales son incendiadas; donde –tras su abolición generalizada– la horrenda pena de muerte hoy se aplica incluso a sabiendas de que el acusado es inocente, simplemente porque “hay que cumplir la ley”, como ocurrió en el estado de Florida. Los monopolizados medios de comunicación intentan desviar y entorpecer a la opinión pública mundial, con discusiones estúpidas sobre la venta legal de armas como supuesta causa de estos horrores. Esta explicación no es más que una vulgar mentira. La base de la violencia está en las mismas raíces de la horrenda sociedad norteamericana; en su omnipotencia económica lograda a costa de la expoliación de América latina y de buena parte del planeta, y de su horrenda sociedad construida por la inmigración de los múltiples desclasados del mundo. Sociedad cuya mayor tradición, se encuentra en su pasado esclavista, del que afloran día tras día innumerables resabios, como el de haber elevado su nivel artístico y cultural gracias a los refugiados europeos que huían del nazismo. Las publicaciones imperialistas dicen que hay un millón de “milicianos” parecidos a Eric Harris (18) y Dylan Klebold (17) en los estados de la Unión. Eric y Dylan, los masacradores de Denver, no eligieron su espantoso destino de asesinos. Sanguinarios criminales son, a la vez, víctimas y subproductos de un infinitamente más bárbaro sistema, el mismo que los llevó a ese baño de sangre y que ahora trata de negar su paternidad. Los asesinos-suicidas tienen una ínfima responsabilidad por sus crímenes, también ínfimos en número, si se los compara con la responsabilidad y los crímenes orquestados por Bush, Clinton y todos sus predecesores. Nuestra solidaridad con los familiares y amigos de los asesinados por los jóvenes admiradores de Hitler. Y nuestro absoluto desprecio y condena para el monstruo que gestó y crió a los ejecutores de la masacre.

JORGE GUIDOBONO

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