A 17 años de la guerra Malvinas

Una conducción para la derrota

En primer lugar, digamos que Galtieri –al frente de la dictadura genocida desde fines de 1981– atravesaba el momento más crítico desde la instauración del “proceso”. La crisis económica ocupaba el centro del escenario tras el estallido de la “tablita” de Martínez de Hoz (una especie de primitiva antecesora de la “convertibilidad”) que generó el fenómeno de la “plata dulce”, con la que millones de argentinos –incluyendo la clase media baja– veraneaban en Brasil, hacían compras en Miami o participaban de saffaris en Sudáfrica. La desestabilización de la economía resquebrajó así fuertemente el apoyo social que las clases medias habían brindado a la dictadura, y reactivó el descontento popular contra los militares. El sindicalismo peronista, comandado por Saúl Ubaldini, protagonizó una manifestación de alrededor de 5.000 personas el 30 de marzo, que se mostró dispuesta a hacerle frente a la represión que intentó dispersarla. En este cuadro, y con la “vista gorda” de un sector del imperialismo yanqui, Galtieri se lanzó a la ocupación militar de Malvinas, en el intento de recuperar apoyo popular sobre la base de explotar el justo odio antimperialista de la abrumadora mayoría de la sociedad. Lo que Galtieri había concebido casi como un “paseo militar” destinado a izar la bandera argentina en el archipiélago, se transformó en tragedia bélica al encontrar la obvia respuesta por parte del Reino Unido: declaración de guerra y envío de la flota británica si se negaba a deponer su actitud. Obviamente también, el imperialismo yanqui se alineó de inmediato con el Reino Unido, su aliado histórico. Desde Chile, el dictador Pinochet brindó el territorio como base de operaciones y abastecimiento para el imperio. Efectivamente, la abrumadora mayoría de la población, aun cuando estuviera en contra de la guerra, una vez desatada la misma, adoptó una postura antimperialista. Los empleados telefónicos suspendieron todo servicio de comunicaciones con el Reino Unido, las radios no emitían música anglo-yanqui, la televisión organizaba maratónicas colectas para el abastecimiento de las tropas, se ofrecieron como voluntarios más de cien mil personas y no había mesa de bar que, en lugar de discutir de fútbol, no discutiera cuál era la mejor estrategia militar para vencer a los “piratas”.

Los sectores de vanguardia, opositores a la dictadura, sostenían en lo fundamental, tres posiciones:

• Por la paz, es decir por el fin de la guerra a través de la rendición de los militares, ya que evaluaban que un triunfo militar de éstos no haría más que fortalecer a la dictadura. Esta postura era sostenida, por ejemplo, por el Partido Comunista.

• Por la derrota militar de la Argentina, como forma de que se terminara con la dictadura. La mayoría de las manifestaciones de exiliados en Europa expresaban esta postura. Sobre ambas, digamos simplemente que eran por completo ajenas a un análisis y a una política clasista. Obviaban el hecho que la derrota de la dictadura a manos del imperialismo colonialista, jamás podía significar una salida de progreso para los explotados de la Argentina, que serían los destinados a pagar con creces la osadía frente al Reino Unido. Muestra de ello es la instalación de una base militar en las islas, que no existía previo a la guerra. Sería como suponer hoy que la “autodeterminación” de alguno de los pueblos de Yugoslavia pueda lograrse de la mano de la OTAN.

• Por la derrota militar del Reino Unido, como “llave maestra” para desarrollar una movilización de masas que, al mismo tiempo, fuera preparando la lucha contra la dictadura. “No a la paz sin soberanía”, era la consigna con la cual sintetizaba esta política en aquellos años el PST-MAS, de donde provenimos muchos de quienes fundamos la LSR.

Nos interesa analizar aquí en particular esta última posición por dos razones. Porque fue sostenida por la corriente de izquierda que alcanzó el mayor peso en el movimiento obrero y de masas entre 1975 y 1990. Y porque la lógica de aquel razonamiento sigue impregnando los análisis y políticas del grueso de las organizaciones de la izquierda hoy. La clave de la posición del PST-MAS se fundaba en el hecho –cierto– de que era imposible ganar la guerra sin una política revolucionaria. En función de ello, se propagandizaba la necesidad de ampliar al máximo las libertades democráticas, liberar a los presos políticos, movilizar masivamente fuerzas de voluntarios, poner la industria pesada al servicio de la guerra, expropiar todos los bienes ingleses, dejar de pagar la deuda externa y llamar a la movilización solidaria de los pueblos de Latinoamérica e Inglaterra. La clave radicaba en cambiar el escenario de la guerra, trasladándolo del desfavorable ámbito insular al terreno continental. Sobre el real sentimiento antimperialista del grueso de la población, se especulaba con que el desarrollo de este tipo de medidas, desenvolvería el ovillo de la movilización obrera y popular. En ese camino, las masas constatarían que Galtieri era incapaz de llevar adelante consecuentemente aquellas medidas y, en consecuencia, los explotados –por la propia dinámica de la guerra– se dispondrían a tomar el poder en sus manos. Pero todo este análisis, adolecía –como mínimo– de tres problemas básicos. Por un lado, la lucha revolucionaria de masas no depende de un “paquete de medidas” que, sin que se den cuenta, las va llevando hacia las puertas del poder, en forma independiente de su estado de ánimo, su grado de movilización, el peso de la derrota y el exterminio y/o exilio del grueso de su vanguardia a partir del 24 de marzo del ’76 (e incluso antes). Por otro lado, pasaba por alto que la guerra tenía una conducción clara: Galtieri y toda la banda armada que había hecho del genocidio su modus vivendi y su fuente de riqueza. Y la conducción de la guerra no escapó a su control ni por un minuto. Contrariamente a lo que afirma el PTP-PCR-CCC, “el pueblo” estuvo más que lejos de “desbordar” a la dictadura: los voluntarios que se ofrecieron para ir a pelear fueron rechazados en su totalidad; las multitudinarias colectas de dinero, ropa y alimentos para las tropas, fueron a parar a los bolsillos de la jerarquía militar (tiempo después hasta apareció en un quiosco de golosinas, un chocolate que encerraba en su envoltorio la carta que un niño dirigía a un anónimo soldado en las islas). El “pueblo” no tuvo la menor injerencia en la decisión de reconquistar las islas ni en la guerra misma. Los colimbas aportaron los muertos, no tomaron las decisiones. Y los sectores burgueses no belicistas sólo confiaban en alcanzar algún tipo de salida negociada al amparo de las Naciones Unidas, cosa que obviamente no se logró: el imperialismo exigía “rendición incondicional”. De hecho, al margen de las intenciones, la postura del PST-MAS alentaba la ilusión de que Galtieri y los genocidas querían ganar la guerra. Como si su coyuntural y aventurero enfrentamiento con el imperialismo inglés, los despojase mágicamente de su carácter de ejército capitalista-genocida. (Esto equivaldría a creer que de la mano de Milosevich se puede derrotar a la OTAN.) La rendición de las Georgias ante el desembarco británico, sin disparar un solo tiro, por parte de las tropas comandadas por el capitán Astiz, es todo un símbolo de fuerzas armadas entrenadas para torturar y asesinar a gente desarmada, orgánicamente cobardes e incapaces de enfrentar a un enemigo poderoso a cuya sombra y servicio instrumentaron el genocidio. (Esto al margen de actitudes individuales puntuales en sentido inverso, que sin duda las hubo.) Por último, y fundamental, la postura del PST-MAS entraña la creencia de que un programa es revolucionario en sí mismo, en forma independiente de cuál es la clase que lo lleva adelante –o, lo que es lo mismo, al margen de quién dirigía la guerra–. El problema central no radica en discutir cuál es el mejor programa a aplicar, o cuál es la mejor táctica para ganar. La pregunta es cuál es la clase que dirige la guerra. Y la salida pasa por definir una estrategia revolucionaria básica: es imposible vencer en la guerra antimperialista mientras se mantiene la conducción burguesa. Para vencer era imprescindible combinar una guerra nacional revolucionaria con una guerra civil contra los explotadores nativos, aliados materiales del imperialismo en la Argentina y en toda América latina. La única posibilidad de ganar esa pelea democrática elemental, pasaba por el triunfo de una revolución obrera y socialista que barriera a la burguesía nacional y sus agentes militares, llamando a la guerra revolucionaria a los explotados latinoamericanos y británicos (que en aquel entonces enfrentaban fuertemente a Margaret Thatcher). En el marco de esa estrategia, sí cobrarían sin duda relevancia las múltiples tácticas y tareas que propagandizaba el PST-MAS. Esa estrategia revolucionaria es la que debió agitarse entre las masas populares, sistemática y claramente. Cualquier otra variante, no hacía más que fomentar las ilusiones de los explotados en la posibilidad de una victoria bajo la conducción burguesa-militar-dictatorial. Nada de esto se planteó en aquel momento, y la realidad material –objetiva y subjetiva– de aquellos años estuvo lejos de esas posibilidades.

La guerra terminó. Los militares cayeron como producto de su “osadía” y en medio de la consigna que era coreada masivamente en todo el país: “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”, a la que siguió la sentencia “los chicos murieron, los jefes los vendieron”_ Pero fueron muchos los soldados que no murieron en Malvinas. Y que fueron condenados a una lenta y trágica agonía en los años que siguieron. La “repatriación” de las tropas provenientes de las islas en medio del más completo silencio, sin ningún tipo de ceremonia oficial que los recibiese, constituye una demostración emblemática del carácter de vergonzante aventura con que la dictadura planeaba perpetuarse en el poder. Posteriormente, la llamada política de “desmalvinización” iniciada por Alfonsín condenó al olvido y a la desprotección médica, económica y social a los veteranos de guerra. Como parte de su campaña electoral del ’89, junto al “salariazo” y la “revolución productiva”, Menem proclamaba “recuperaremos Malvinas a sangre y fuego”. (Lejos de ello, se arrodilló ante el trono de la Reina, cumpliendo con otro de sus tantos “sueños del pibe”.) De no haber sido un vulgar embaucador, si Menem hubiera intentado recuperar el archipiélago, la sangre la hubiesen aportado –otra vez– los hijos del pueblo, para abonar –otra vez– el escenario de la derrota. Las vidas de los soldados que no llegaron a segar las balas en la tierra de las islas, fueron alcanzadas por 265 suicidios en estos 17 años de “paz”. El último es el del ex soldado Luis Lopresti el reciente 4 de abril. Reafirmamos en su memoria nuestro homenaje, que extendemos a todos los soldados caídos a manos del sanguinario imperio británico y por la responsabilidad de la oficialidad genocida y la indiferencia capitalista proimperialista de los jefes de la “democracia”.

lisandro rubiales

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