La "ola de violencia" nace de la marea de este sistema y sus gobiernos de turno
"Lo mataron por $4", "Caen tres jóvenes abatidos por robar un comercio". Turnándose con la guerra en Yugoslavia, estos títulos son los que ocupan la portada y centrales en Clarín.
La "ola de violencia" es cotidianamente "la historia del día" de Santo Biasatti en TN y está en el centro de las campañas electorales. Los pasos que acompañaron la campaña mediática fueron los 600 gendarmes en las calles para ayudar a la policía, el regreso mejorado de los edictos policiales, la urgente necesidad de Menem de aprobar la ley antiinmigrates y un creciente pánico social donde se camina mirando de reojo, sospechando de cualquiera que ande cerca.
Los asaltantes de edad escolar armados que atracan por $4, los más de dos millones de armas en danza en la capital y el gran Buenos Aires o el joven que prendió fuego a un policía por la injusta multa que le había hecho, son expresión del grado de locura, marginación y miseria que esta pestilente sociedad genera.
Al mismo tiempo, culpar de la creciente violencia cotidiana a los jóvenes "que se drogan y no estudian", o a "los cabecitas negras" sin trabajo es culpar del cáncer social a sus víctimas y no a sus victimarios. Una sociedad con un altísimo índice de desocupación está podrida. Un orden social que se sostiene en la marginación de amplios sectores condenados a la miseria, es una fuente de violencia permanente. Un sistema que se basa en la superexplotación de la mayoría de sus miembros genera degradantes condiciones de vida. La masacre de Denver, en el país más desarrollado del mundo, es algo más que ilustrativa (ver pág. 8).
Al igual que el punguista para cubrirse de un hurto y desviar la atención grita: "¡al ladrón, al ladrón!", la burguesía, su justicia y su policía, los generadores fundamentales de la violencia, gritan: "combatiremos con mano dura y tolerancia cero [con leyes y tiros] la violencia de los marginados sociales"_ ¡a quienes ellos marginan!
Tener confianza en que ellos pueden terminar con la violencia es como encomendarle el cuidado de un tierno bebé a una tribu de caníbales hambrientos (con perdón de las tribus caníbales). La misma policía que patrulla las calles para "prevenir delitos" es la culpable del 90% de los grandes robos a bancos, del narcotráfico y del negocio de la prostitución; por más que se intenten lavar la cara con razzias donde incautan unos gramos metiendo en cana a un perejil o se echan un discurso puritano acerca de su combate contra la prostitución. Nos quieren hacer creer que pueden terminar con la violencia los mismos que volaron una ciudad para intentar tapar su tráfico de armas.
Mantener en el centro de la escena la "ola de violencia" le otorga varias utilidades al gobierno. Por un lado, prepara el terreno para que se acepte como normal, e incluso necesaria, la intervención policial (ahora reforzada por gendarmería y prefectura) y sus grupos de elite con total impunidad para llevar adelante enormes razzias o detener en la calle a cualquiera por portación de cara. Por otro lado, los operativos y razzias sirven de entrenamiento para las fuerzas que deberán reprimir los descontentos populares si éstos se desarrollan (una amenaza siempre latente cuando se atacan al extremo los derechos de los trabajadores y del pueblo pobre, como alertan los experimentados representantes de la iglesia católica).
Bajo la dictadura militar, al tiempo que se "chupaba" a cualquier ciudadano, se implantaba en la opinión pública el "por algo habrá sido". Se le daba así cobertura ideológica al genocidio que marcó a fuego al país.
Hoy, sin el fantasma "subversivo" a quien culpar y sin junta militar a la cabeza, la impunidad patrulla las calles: se descubrieron 17 casos de procedimientos policiales fabricados para tapar negocios propios. Se encarceló a inocentes, enganchados en barrios pobres, con la excusa de conseguirles alguna changuita. Se allanan domicilios o barrios enteros donde abundan "los excesos" y "los errores" de las fuerzas policiales.
Los pobres siempre ponen los muertos y los presos
Según estadísticas del Ministerio de Justicia el perfil de los que están presos es: "hasta que fueron condenados por primera vez trabajaban como obreros o como jornaleros. Tienen entre 21 y 35 años y nacieron en alguna provincia del interior del país, el 72% no supera los 35 años y los menores de 20 representan el 14%" (Clarín, 9/4/99).
Cualquier semejanza entre el perfil del desocupado, del violento y del preso no es casualidad, sino que forma parte de la trilogía a la que está condenada de antemano una gran parte de la sociedad. No hace falta tener un ojo muy entrenado, al mismo tiempo, para comprobar que los culpables del estallido de Río Tercero, del chanchullo IBM-Banco Nación, del genocidio militar, del asesinato de Cabezas, etcétera, no dan con el perfil descripto.
Por otro lado, ya sea como víctima de un pobre desgraciado que busca unos pesos para cocaína; ya sea en un enfrentamiento con la policía o, en la mayoría de los casos, por el comportamiento cotidiano del llamado "gatillo fácil", los muertos se reclutan entre los pobres.
Al mismo tiempo que avanza la miseria y la marginación desde la cueva de bandidos se aprueban leyes que prolongan los años de prisión para delitos menores y aumentan los montos de las fianzas. No es para nada descabellado suponer que las propuestas en favor de la pena de muerte de varios gobernadores (con Menem a la cabeza), lleguen al Congreso en los próximos días.
Se está preparando a la opinión pública, con un bombardeo mediático para avalar las atrocidades actuales, pero también para avalar los pasos futuros. Todo aumento del poder represivo, legal o ilegal, que intente el gobierno atenta contra la seguridad de la mayoría de la sociedad (sobre todo de la que no cuente con countries para refugiarse), dejándola a merced de quienes generan toda violencia: los que nos roban todo el fruto de nuestro trabajo, y su banda de hombres armados.
Seguirán intentando que los pobres se culpen y enfrenten entre sí, para que no encaucen su odio hacia los poderosos. Para que no les cobren todas las cuentas pendientes, en un torrente revolucionario que los destierre del poder junto a todas sus lacras, y libere las cadenas de la desesperanza y la angustia que oprimen el cerebro de los explotados.
Mario