Cambió el collar, pero el perro sigue
La dictadura se agotó a sí misma luego de cumplir
con éxito la cruzada contrarrevolucionaria que propulsó la
burguesía nacional e internacional, con el doble objetivo de disciplinar
al pueblo en el sometimiento a los profundos cambios económicos
que se venían, y de recuperar por completo el monopolio de la violencia
para el estado que, como mínimo, estaba cuestionado por la existencia
de corrientes populares armadas.
Por esas razones, en estos 15 años el poder burgués
nunca estuvo en peligro. Los cuatro días de la “Semana Santa” de
1987 fueron el breve lapso más crítico que atravesó,
pero finalmente se impuso el miserable acuerdo que Alfonsín definió
como “¡la casa está en orden!”.
La burguesía cambió su forma de dominación,
para perpetuar la misma dominación.
La LSR reconoce las abismales diferencias entre la dictadura
y la democracia burguesa. Reconoce, incluso por su propia experiencia,
las ventajas que esta última supone para la lucha más elemental
de los explotados y para el trabajo de los revolucionarios.
Pero ni nos engañamos ni nos embriagamos con ella, y denunciamos
que vivimos bajo la tiranía del mismo capital, que es hoy incluso
mucho más despiadada hacia el conjunto de la población que
hace 15 años (por más que no se secuestre a alguien a la
salida de su trabajo por ser un militante).
El árbol por sus frutos se conoce
Cualquier explicación que intente demostrar la caída de
la dictadura por una supuesta vía revolucionaria, no habla de la
realidad sino, tal vez, de las respetables ilusiones propias de quienes
así lo formulan.
Pero 15 años son muchos, y en ellos todo se puso a prueba.
¡Si hasta Pinochet, quien fue incondicional del imperio británico
cuando la guerra de Malvinas, hoy está preso en Londres!, ¿no
es ésta una demostración más de cómo los tiranos,
más o menos sangrientos, son funcionales –necesarios y/o descartables–
según los intereses del imperialismo y la burguesía?
En el caso de la Argentina, la supuesta “montaña, parió
un ratón”_ La supuesta “revolución” que abrió una
“situación revolucionaria” (que, para algunas corrientes de la izquierda
aun subsiste), alumbró un “ratón democrático”, en
el que Alfonsín cambió la moneda por decreto, declaró
el estado de sitio, acordó con los militares la obediencia debida
y el punto final, tendió la cama para que se acostara en ella Gorriarán
Merlo (con el trágico saldo de más de 20 compañeros
presos, y varios fusilados y desaparecidos), fue el gobierno de la más
alta hiperinflación, inauguró la represión a las luchas
obreras bajo la democracia (contra los trabajadores de la construcción
en Neuquén y de Ford Pacheco) y una lista interminable de calamidades.
Después, la segunda “década infame”, la menemista,
es –ni más ni menos– lo que todos conocemos. Sólo vamos a
destacar aquí una singularidad: únicamente el peronismo en
el poder era capaz de liquidar la estructura sindical estatizada; y, en
lo fundamental, lo logró sin demasiada resistencia, a diferencia
de todos los fallidos intentos del alfonsinismo. Y el movimiento obrero
está hoy, básicamente, huérfano de organización
en todos los planos: sindical, político, cooperativo, o el tipo
de organización que sea.
La previsible victoria electoral de la Alianza el año
próximo, facilitará que el radicalismo desde el gobierno
termine de desmontar los patéticos remedos de organización
estudiantil que subsisten. Y será un deber de los marxistas luchar
también contra ese embate antidemocrático, que es otra parte
de la “privatización” del país en todos los órdenes.
O, más precisamente, de que haya un mismo país capitalista
con dos realidades contrapuestas en todos los órdenes: con un 10
o un 20% de población que puede acceder a todo y un 80 o 90% bordeando
la miseria y careciente de todo o casi todo; con una porción que
se “asesina” en cuotas, en jornadas extremadamente prolongadas, intentando
“sobrevivir” algo pasablemente.
La democracia imperante encuentra sus mejores expresiones en
los senadores “truchos” de estos días, ratificados por una Corte
Suprema oficialista de “brazo enyesado”; o en el manoseo de la repugnante
ley de “financiamiento” docente; o en los más de mil muertos por
año en accidentes de trabajo perfectamente evitables; o en los cuatro
millones de desocupados haciendo cola para subir a los andamios de la muerte_
Los dos platillos de la balanza de la justicia, lejos de ser
sinónimo de imparcialidad, no hacen más que expresar un horrendo
equilibrio: impunidad para los asesinos y corruptos; balas para los pibes
y los pobres. La lista sería interminable.
Esta sociedad no tiene arreglo ni cura
La “segunda década infame” amenaza terminar mucho peor que la
primera. En los años ’30 el capitalismo aún tenía
“resto” para recuperarse económicamente a costa de una guerra que
exterminara a 50 millones de personas.
Hoy ya no es así. Genocidios de millones asolan poblaciones
enteras (como en Ruanda) y es posible que la crisis capitalista empuje
hacia nuevas guerras, pero el mundo se les “achicó”. El capitalismo
puede multiplicar hoy exponencialmente su capacidad de destrucción
respecto de 50 años atrás, e incluso lograr un nuevo boom.
Pero es un régimen social históricamente agotado, que se
sobrevive a sí mismo. Y que intentará de todo para perpetuar
su poder.
Es necesario enterrar el actual orden social. No será
nada fácil. Se trata de organizarse para que el poder pase de las
manos de los explotadores a las de los miles de millones de explotados.
En esa pelea, hay que presentar batalla en todos los terrenos,
incluso aquellos que privilegia el enemigo. Pero es una pelea que sólo
se resuelve en el terreno de la lucha de clases.
Al servicio de esa perspectiva, es que la LSR viene batallando
por el reagrupamiento de los revolucionarios internacionalistas. Y es por
eso también que batalla por la unidad, en un movimiento de la izquierda
anticapitalista, de todos quienes nos reivindicamos socialistas.
Sabemos que ello de por sí no producirá ningún
“efecto mágico”. La única “magia” posible es el irrumpir
revolucionario de millones, dispuestos a luchar a vida o muerte para cambiar
esta sociedad.
Pero estamos convencidos de que los pasos que podamos dar los
socialistas revolucionarios pueden ayudar o dificultar ese irrumpir revolucionario
de los explotados.
La clase obrera será la que tenga la última palabra,
sobre si está dispuesta o no a ser sometida a una realidad que superará
ampliamente a la imaginada por George Orwel en su vieja novela de ficción
1984; una sociedad deshumanizada y alienante, totalmente controlada y manipulada,
que ya estamos soportando.
Los revolucionarios que nos reivindicamos socialistas y marxistas,
no tenemos todo el tiempo por delante: o damos pasos para intentar impulsar
y liderar la pelea por el entierro de la sociedad de clases, o quedaremos
condenados a marchar hacia el basurero de la historia.