CON LA DEMOCRACIA EXPLOTADORA
NI SE COME, NI SE CURA, NI SE EDUCA
En pocos días se cumplirán 15 años desde que Alfonsín asumió como primer presidente constitucional después de la última dictadura genocida.
 A lo largo de ellos, la realidad demostró la falsedad de su eslogan: “con la democracia se come, se cura y se educa”. Los trabajadores y el pueblo vivimos mucho peor hoy que hace 15 años, en esos tres rubros, por más que votemos, que exista formalmente el derecho a la existencia y funcionamiento de sindicatos y partidos –incluso los de izquierda–, y que los activistas sindicales y políticos no seamos asesinados o encarcelados como cosa “normal” (sin que olvidemos la aberración cometida contra los compañeros presos y fusilados en La Tablada).
 Los socialistas revolucionarios no minusvaloramos ninguna conquista democrática, por pequeña que sea, pero no nos mareamos con ellas ni las magnificamos.
 Quince años es un tiempo suficiente para medir un análisis. Es archievidente, como mínimo hoy, que la dictadura no cayó como producto de un alza revolucionaria de masas (como ocurrió en Irán o Nicaragua, por ejemplo), sino que el elemento central que precipitó su derrumbe fue la osadía de la aventura militar en Malvinas, que afectaba al imperialismo.
 Galtieri cayó por la obstinación imperialista de Margaret Thatcher y Ronald Reagan y no por el pueblo argentino en lucha. Por eso, además, estamos como estamos.
 La resistencia obrera y popular que crecía antes del 2 de abril de 1982, no llegó a enfrentar y aplastar a la dictadura genocida, sino que ésta se derrumbó por su cobardía como fuerzas armadas en su función de hacer la guerra. Astiz levantando la bandera blanca de rendición, antes de que suene un solo tiro, es todo un símbolo de los uniformados argentinos.
 Malvinas fue una demostración –también para los propios militares– de que no servían más que para limitarse a torturar a indefensos en una “parrilla”, a fusilar a gente desarmada o arrojar, desde un avión, a personas narcotizadas al mar, previamente bendecidos por los obispos.

Cambió el collar, pero el perro sigue

 La dictadura se agotó a sí misma luego de cumplir con éxito la cruzada contrarrevolucionaria que propulsó la burguesía nacional e internacional, con el doble objetivo de disciplinar al pueblo en el sometimiento a los profundos cambios económicos que se venían, y de recuperar por completo el monopolio de la violencia para el estado que, como mínimo, estaba cuestionado por la existencia de corrientes populares armadas.
 Por esas razones, en estos 15 años el poder burgués nunca estuvo en peligro. Los cuatro días de la “Semana Santa” de 1987 fueron el breve lapso más crítico que atravesó, pero finalmente se impuso el miserable acuerdo que Alfonsín definió como “¡la casa está en orden!”.
 La burguesía cambió su forma de dominación, para perpetuar la misma dominación.
 La LSR reconoce las abismales diferencias entre la dictadura y la democracia burguesa. Reconoce, incluso por su propia experiencia, las ventajas que esta última supone para la lucha más elemental de los explotados y para el trabajo de los revolucionarios.
 Pero ni nos engañamos ni nos embriagamos con ella, y denunciamos que vivimos bajo la tiranía del mismo capital, que es hoy incluso mucho más despiadada hacia el conjunto de la población que hace 15 años (por más que no se secuestre a alguien a la salida de su trabajo por ser un militante).

El árbol por sus frutos se conoce

Cualquier explicación que intente demostrar la caída de la dictadura por una supuesta vía revolucionaria, no habla de la realidad sino, tal vez, de las respetables ilusiones propias de quienes así lo formulan.
 Pero 15 años son muchos, y en ellos todo se puso a prueba. ¡Si hasta Pinochet, quien fue incondicional del imperio británico cuando la guerra de Malvinas, hoy está preso en Londres!, ¿no es ésta una demostración más de cómo los tiranos, más o menos sangrientos, son funcionales –necesarios y/o descartables– según los intereses del imperialismo y la burguesía?
 En el caso de la Argentina, la supuesta “montaña, parió un ratón”_ La supuesta “revolución” que abrió una “situación revolucionaria” (que, para algunas corrientes de la izquierda aun subsiste), alumbró un “ratón democrático”, en el que Alfonsín cambió la moneda por decreto, declaró el estado de sitio, acordó con los militares la obediencia debida y el punto final, tendió la cama para que se acostara en ella Gorriarán Merlo (con el trágico saldo de más de 20 compañeros presos, y varios fusilados y desaparecidos), fue el gobierno de la más alta hiperinflación, inauguró la represión a las luchas obreras bajo la democracia (contra los trabajadores de la construcción en Neuquén y de Ford Pacheco) y una lista interminable de calamidades.
 Después, la segunda “década infame”, la menemista, es –ni más ni menos– lo que todos conocemos. Sólo vamos a destacar aquí una singularidad: únicamente el peronismo en el poder era capaz de liquidar la estructura sindical estatizada; y, en lo fundamental, lo logró sin demasiada resistencia, a diferencia de todos los fallidos intentos del alfonsinismo. Y el movimiento obrero está hoy, básicamente, huérfano de organización en todos los planos: sindical, político, cooperativo, o el tipo de organización que sea.
 La previsible victoria electoral de la Alianza el año próximo, facilitará que el radicalismo desde el gobierno termine de desmontar los patéticos remedos de organización estudiantil que subsisten. Y será un deber de los marxistas luchar también contra ese embate antidemocrático, que es otra parte de la “privatización” del país en todos los órdenes. O, más precisamente, de que haya un mismo país capitalista con dos realidades contrapuestas en todos los órdenes: con un 10 o un 20% de población que puede acceder a todo y un 80 o 90% bordeando la miseria y careciente de todo o casi todo; con una porción que se “asesina” en cuotas, en jornadas extremadamente prolongadas, intentando “sobrevivir” algo pasablemente.
 La democracia imperante encuentra sus mejores expresiones en los senadores “truchos” de estos días, ratificados por una Corte Suprema oficialista de “brazo enyesado”; o en el manoseo de la repugnante ley de “financiamiento” docente; o en los más de mil muertos por año en accidentes de trabajo perfectamente evitables; o en los cuatro millones de desocupados haciendo cola para subir a los andamios de la muerte_
 Los dos platillos de la balanza de la justicia, lejos de ser sinónimo de imparcialidad, no hacen más que expresar un horrendo equilibrio: impunidad para los asesinos y corruptos; balas para los pibes y los pobres. La lista sería interminable.

Esta sociedad no tiene arreglo ni cura

La “segunda década infame” amenaza terminar mucho peor que la primera. En los años ’30 el capitalismo aún tenía “resto” para recuperarse económicamente a costa de una guerra que exterminara a 50 millones de personas.
 Hoy ya no es así. Genocidios de millones asolan poblaciones enteras (como en Ruanda) y es posible que la crisis capitalista empuje hacia nuevas guerras, pero el mundo se les “achicó”. El capitalismo puede multiplicar hoy exponencialmente su capacidad de destrucción respecto de 50 años atrás, e incluso lograr un nuevo boom. Pero es un régimen social históricamente agotado, que se sobrevive a sí mismo. Y que intentará de todo para perpetuar su poder.
 Es necesario enterrar el actual orden social. No será nada fácil. Se trata de organizarse para que el poder pase de las manos de los explotadores a las de los miles de millones de explotados.
 En esa pelea, hay que presentar batalla en todos los terrenos, incluso aquellos que privilegia el enemigo. Pero es una pelea que sólo se resuelve en el terreno de la lucha de clases.
 Al servicio de esa perspectiva, es que la LSR viene batallando por el reagrupamiento de los revolucionarios internacionalistas. Y es por eso también que batalla por la unidad, en un movimiento de la izquierda anticapitalista, de todos quienes nos reivindicamos socialistas.
 Sabemos que ello de por sí no producirá ningún “efecto mágico”. La única “magia” posible es el irrumpir revolucionario de millones, dispuestos a luchar a vida o muerte para cambiar esta sociedad.
 Pero estamos convencidos de que los pasos que podamos dar los socialistas revolucionarios pueden ayudar o dificultar ese irrumpir revolucionario de los explotados.
 La clase obrera será la que tenga la última palabra, sobre si está dispuesta o no a ser sometida a una realidad que superará ampliamente a la imaginada por George Orwel en su vieja novela de ficción 1984; una sociedad deshumanizada y alienante, totalmente controlada y manipulada, que ya estamos soportando.
 Los revolucionarios que nos reivindicamos socialistas y marxistas, no tenemos todo el tiempo por delante: o damos pasos para intentar impulsar y liderar la pelea por el entierro de la sociedad de clases, o quedaremos condenados a marchar hacia el basurero de la historia.
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