INDONESIA LAS LLAMAS NO SE APAGAN
La salida de Suharto del gobierno indonesio no cambió la situación demasiado. El cuarto país más poblado del mundo y su gobierno abiertamente despótico sólo puede ofrecerle balas al hambre y a la necesidad de reformas democráticas que el pueblo reclama. Las decenas y decenas de muertos en el levantamiento de mayo-junio de este año no amedrentaron a los estudiantes indonesios. Y, otra vez, salieron a la calle. Cuando Suharto dejó el gobierno asumió Habibie, su vicepresidente, y prometió importantes reformas de tono democrático para, por sobre todas las cosas, calmar al menos un poco las sangrientas luchas que se estaban dando. Tres meses después, las reformas son bastante difíciles de encontrar. Y, otra vez, los estudiantes salieron a la calle. El país se encuentra sumido en una profunda crisis económica, social y política que ya arrastra varios meses, aún desde antes de la caída del dictador. El domingo 15 de noviembre, Yakarta parecía en calma, luego de una semana de grandes enfrentamientos entre estudiantes y la policía, donde fueron atacados, como en mayo, todo tipo de comercios, en especial, los de la comunidad china, que concentra en sus manos más de un tercio de la riqueza de Indonesia. El viernes fue el día más sangriento de la semana, ya que el líder de las Fuerzas Armadas de Indonesia y ministro de Defensa, el comandante general Wiranto, ordenó sin dubitaciones disparar a los miles de manifestantes que estaban en las calles de Jakarta, lo que dio como resultado más de 15 estudiantes muertos y decenas de heridos. Las reivindicaciones de los estudiantes se centran en tres puntos: 1) fin del rol dominante del ejército en la vida política (el ABRI, las fuerzas armadas, tiene 75 diputados sobre 500 totales en el Parlamento); 2) mayor democracia y elecciones inmediatas; 3) juicio a Suharto por corrupción y abusos contra los derechos humanos. El MPR (Asamblea Consultiva del Pueblo), una de las principales instituciones sobre las que se apoya el gobierno de Habibie estaría, en principio sólo en principio de acuerdo con hacer reformas que incluyan los dos últimos puntos, pero se niega, desde todo punto de vista, a disminuir la influencia del ejército en la vida política de Indonesia. El miércoles 18, más de 4.000 personas marcharon por las calles de Jakarta protestando por las muertes del llamado viernes negro. El colmo de la perfidia de los gobernantes indonesios se dio ese mismo día cuando Wiranto publicó una solicitada en los diarios...¡expresando sus condolencias por las muertes de los estudiantes! El mismo miércoles, se dieron más enfrentamientos con la policía y el ejército en el este de Indonesia, con miles de personas en las calles. Mientras tanto, los arrebatos antidemocráticos por parte del gobierno continúan por todas partes: las elecciones previstas para mayo de 1999, como muy pronto, se van a hacer en junio, Habibie quiere darles cadena perpetua a quienes se pueda probar su participación y/o adhesión a los levantamientos y el jueves 18 apartaron del gobierno a un ministro que dijo estar de acuerdo con la necesidad de reformas. Dentro de este desolador paisaje, el descrédito del ejército ante los ojos de la población va en franco aumento; esto no es un dato menor, dado el tremendo peso que esta institución tiene y tuvo en la historia de Indonesia. La oposición burguesa está dividida: por un lado, el partido de los musulmanes indonesios liderado por Amien Rais, es la organización más grande del país; por el otro, el PDI (Partido Democrático de Indonesia), cuya más reconocida dirigente, Megawati Sukarnoputri, es la figura de oposición burguesa que ha tomado mayor relevancia entre los sectores más empobrecidos. Sukarnoputri es la hija de Sukarno, considerado el padre de la patria, quien fue derrocado por Suharto, cuando éste dio un golpe de estado que desató la matanza de más de un millón de personas en la famosa Operación Jakarta de 1965, inaugurando una dictadura que se perpetuó por más de treinta años. Evidentemente, ambas variantes de la oposición burguesa pretenden canalizar todas las reivindicaciones hacia las elecciones de mayo o junio del próximo año, condenan todo tipo de levantamiento contra el gobierno de Habibie y, desde ya, no cuestionan en absoluto la desmesurada participación de las fuerzas armadas en la vida política del país. Podemos ver en estos últimos días cómo la burguesía indonesia vuelve a tomar en la mano una vieja herramienta para dividir a los trabajadores y al pueblo: agitar los más reaccionarios prejuicios étnicos y religiosos. Primero fueron atacados los chinos. Ahora, decenas de personas católicos en este caso son mutiladas y cientos terminan heridas de gravedad. Nuestra pelea continuará hasta que tengamos democracia es el grito de guerra de miles de estudiantes indonesios. La lucha democrática que tiró a Suharto en mayo continúa, y debe continuar porque el régimen y el hambre siguen siendo los mismos. Las reivindicaciones democráticas deben ser entendidas como parte de un todo indivisible. Es por ello que la pelea debe estar dirigida hacia el centro mismo de los problemas por los que atraviesa Indonesia y el mundo todo: el capitalismo en todas sus variantes y las podridas instituciones de su aparato de estado.
MAXI