Desde mayo de 2001 a enero de 2007 he colaborado en El día
de Baleares en Opinión.
Desde febrero de 2007 tengo sección propia en Cultura: El Zoco.
Pronto las columnas serán recogidas en un libro titulado "Dentista de cocodrilos" (Plural, Documenta Balear).
(si alguien los quiere todos, me los puede solicitar, previa instancia electrònica o buscar en la edición digital del El Día de Baleares, sección Hemeroteca/Opinión - Cultura)
Aquí tenéis los que más han gustado:
Equicidio
Me ha sacudido la triste noticia del asesinato en Mallorca de un caballo
con nombre. Me imagino la tristeza de Gristan y Fidelio, sus amigos de
establo, que todavía relinchan asustados y recelan de todo aquel
que se acerca y lleva zapatos. La escena, propia de película de
Ford Coppola, hubiera revuelto las tripas de mi amigo Ramón Torres,
un magnífico jinete que murió a galope. Ramón venía
de oyente a la universidad, escuchaba y tomaba apuntes. Y luego nos contaba
sus peripecias como vendedor ambulante, espía, piloto y muchas cosas
más. Aseguraba que en una barriada rica de Zurich le ofreció
a un tipo la Enciclopedia Británica. El cliente se le abalanzó
y se la compró al instante. Ramón, extrañado, dirigió
su vista hacia el pasillo de la casa y comprobó que se había
reventado una tubería. Estaba todo inundado y el suizo caminaba
sobre los gruesos volúmenes de una edición ya vieja de tal
universal obra. En otra ocasión, en una base de la OTAN situada
muy cerca del Círculo Polar Ártico, trabajó para la
Unión Soviética. Se acercaba la Navidad y todo estaba muy
calmado. Esa semana iba a ser flojilla y entonces se le ocurrió
filtrar la lista con los pedidos de carne de los oficiales noruegos. No
sé para qué querrían los rusos saber cuántos
kilos de pavo se comería la familia del capitán Arnesen o
de sí al teniente Paulsen le chiflaba el reno asado, pero coló.
Eso nos contaba Ramón, el hombre que hablaba con los caballos
y que sin duda va a domar a Harles, ese potro que va a ganar muchas carreras
en el cielo.
El Punto, 7.7.2001
WHAT IS LIFE
Tras el temporal, aquí llega el sol, y la ciudad
se llena de luces. Mientras estalla el escándalo machista del Consell
vecino –dicen que todo ha sido una broma- en la tele se suceden los anuncios
de juguetes, unos de tonalidad rosa, en forma de muñecos y corazones,
con futuras mamás sonando mocos y descapullando pitos, otros de
voz agresiva, castillos asediados y coros wagnerianos que enfrentan a hombres
de acción viril. Y nadie dice nada. Eso por la mañana, que
por la noche ya nos venden al padre perfecto que se levanta por la noche
a ver qué demonios hace su hija rubia y aria en un coche que duerme
en una cochera de ensueño iluminada de neones. El jefe de la manada
vela por la seguridad de los suyos, se bebe un vaso de leche desnatada
y vuelve al redil.
Y un mes antes de que nazca Jesús el hombre invisible,
el autor de Something, la mejor canción de amor de los últimos
cincuenta años –en palabras de Frank Sinatra-, el que yo era de
pequeño mientras aporreaba un tambor de Colón, el Beatle
tranquilo, George Harrison, se ha subido a su nube número nueve
y se ha unido a su amigo John.
Adiós, George. Por desgracia all things must pass.
El Punto, 12.12.01
Epifanía
Cuando yo era pequeño Melchor, Gaspar y Baltasar hablaban
en castellano y la cabalgata era en blanco y negro.
Primero nos pasábamos la misa entera pensando en los regalos
que les habíamos pedido, luego íbamos hasta el Paseo Sagrera
y mi madre nos volvía a contar que una vez se le quemó la
barba a Melchor por acercarse demasiado a una vela al ir a adorar al Niño
Jesús. Mis hermanos me decían que a Baltasar le habían
pintado la cara. Mi raciocinio me obligaba a cavilar, y me planteaba la
posibilidad de que los Reyes Magos de verdad llegaban a Belén, y
que ese cortejo que bajaba de una golondrina formaba parte de una red de
emisarios de Sus Majestades.
En casa dejábamos los zapatos en el salón. Y entonces
escuchábamos en el tocadiscos “Regalo de Reyes”, un cuento de Gonzalo
Vélez Zapico. Mi hermana y yo nos tapábamos los ojos con
un cojín, y es que ese niño enfermo que no tendría
tiempo de jugar con los juguetes que le traería la caravana de Oriente
nos hacía llorar a lágrima viva, sobre todo cuando su padre,
desesperado, salía a la calle toda nevada para robar y así
poder comprar una medicina muy cara y se encontraba con un mendigo (Daniel
Vindel). Se lo llevaba a su casa y tras compartir un humilde fuego y un
mendrugo de pan les decía que se tenía que ir, que su camino
era largo, tan largo que casi no tenía fin. Cuando el pobre habíase
ya marchado los padres descubrían que una plácida luz iluminaba
el rostro del niño, que dormía plácidamente en su
mísero camastro. El que les había visitado no había
sido un rey mago, había sido el Rey de los Reyes, Jesucristo en
persona, todo ello aderezado con unos coros que nos anudaban la garganta.
Aquello era irresistible.
Llegaba la hora de dormir la noche más esperada, y no
nos costaba madrugar. Primera luz del día y nadie se acordaba del
desayuno y corríamos al salón. Decenas de juguetes esparcidos
por el suelo. La locura se desataba y vestirse era un suplicio. Siete hermanos
amontonados en pijama y descalzos. Eso no se olvida nunca.
¿Y dónde estarán ahora el coche de bomberos,
el Picassín, los madelmans, el Exin Castillos, el Lego y el balón
de fútbol?
El Punto, 6.1.02
ZUECOS SUECOS
Lo que más me gusta hacer en estas fechas es visitar los almacenes nórdicos de color azul cerca de la casa del mal herido. Allí puedes oír frases como que los focos focalizan o elegir el empleado del mes. En un falso plató se suceden cocinas, cuartos de hijo rico y comedores de papá oso. Te rodean parejas políticamente correctas y niños aburridos que suplican por una salchicha más pequeña que un euro. Los ordenadores y las teles son de cartón y en las estanterías se amontonan libros de adorno, como en muchos hogares. Después de tomarte un café aguado en un vaso de plástico ves un mueble que te gusta, la chica de amarillo lo apunta y te manda a la caja. En la cola hay gente que compra desde un palillo para pinchar salmones a una alfombra lapona, todo con el mismo olor. Cuando te toca presentas un papelote y la impresora escupe una factura cuatriplicada, te quedas dos copias, las otras van a un cajón. Te diriges a un almacén en la que vuelves a hacer cola, chocas con gente que recoge unas cajas enormes que pesan un montón, y entonces decubres que te han vendido un tente de madera con las instrucciones en veinte idiomas –el de aquí no, faltaría más- y vas cargado como una mula hasta el coche, con las manos ya raspadas. No hay manera de cerrar el capot, quitas unas piezas del asiento que ya volverás a poner, te pitan y te preguntan en alemán si te vas, sale un grandullón del monovolumen de matrícula prusiana y te encaja el fardo acartonado en el trasero del coche, que los europeos deben ayudarse. Te sientas al volante como puedes y cada maniobra es un golpe en el cogote. Si uno se va por donde se indica la salida puede aparecer en los fiordos del Coll de’n Rabassa. Llegas a casa y en doble fila bajas la mercancía y la dejas en el portal, aparcas y te dispones a ser un niño de nuevo. Empiezas a reventar bolsitas con llaves allen de tamaño ridículo, clavos y topes de madera de árbol de plástico. Pisas varias veces las instrucciones y te pillas los dedos con el martillo sin asa. Izas el invento y está torcido, lo apoyas en la pared y ajustas un poco las tachuelas, te secas el sudor con la garantía y juras no volver nunca más. En vano, por supuesto, que no te pase como a Pepe, que llega a la ciudad y observa, con cara de bobo, que todos se han ido a las rebajas.
El Punto, 9.1.02
CUMPLEAÑOS FEROZ
He tenido la ocasión de visitar uno de esos antros de diversión
especializados en celebrar fiestas infantiles. Nada más llegar descubres
que debes compartir el entorno y el ruido infernal con otras familias,
y van llegando más y más niños, algunos todavía
con el jesuítico uniforme puesto. En cuanto divisas a tu anfitrión
respiras tranquilo y el comentario generalizado es que el año pasado
ya se decidieron, que casi rompen el tresillo, que si la alfombra, que
si no has de comprar servilletas, que si los coches. No hay que comprar
hielo, mi madre no tendrá que hacernos una tortilla de patatas,
no me pienso pasar toda la mañana untando paté en el pan
Bimbo. Pero date prisa, que ya no hay sábados libres hasta noviembre.
No pasa nada si le redondeas la fecha de nacimiento, qué más
da. Los niños se quitan los zapatos y desaparecen en una piscina
de pelotas. Los adultos se distribuyen en el bar según lleven traje
y corbata o trenca, y hasta alguna se ha disfrazado de Ana Botella. Otros
se escapan y prometen estar ahí a las ocho, que han aparcado en
doble fila. Me llama la atención la ausencia de abuelos y primitos,
globos y matasuegras, antes imprescindibles. Ahora parece una actividad
extraescolar con monitores y todo. Luego van llamando por turno -parece
un campeonato de a ver quién ha puesto el nombre más cursi
a su hijo -y sientan a los niños en una mesa, todos apretujados.
En las bandejas, que parecen excedentes de la marina, porquerías
de todo tipo, una pizza y un bocadillo de Nocilla. Naranjada y cocas colas.
Alguno se atiborra de ganchitos y otro se zampa lo suyo y lo del vecino.
A continuación suena en un desgastado cassette una y otra vez eso
de cumpleaños feliz y los niños se baten en desvandada hacia
los toboganes. Casi no da tiempo a soplar las velitas, el que filma en
video me tapa todo el tiempo y la tarta se la comen los papás. Cada
vez que intento saludar a alguien suena su móvil. Los regalos se
abren con apresuramiento y ni se agradecen: taza para el Cola Cao de Harry
Potter, agenda de Harry Potter, cuaderno de los deberes de Harry Potter,
peluca de Harry Potter, calzoncillos de Harry Potter. Los clásicos
que regalaban mil pesetas ahora dan un billete de cinco euros y una moneda
de uno que siempre se cae al suelo al abrir el sobre. Esto es por si se
quiere comprar el chandal de Harry Potter, o la toalla de Harry Potter.
No sabía si tenía o no el pijama de Harry Potter y prefiero
que elija él el regalo. Todo está cronometrado, y a las dos
horas los niños recogen sus zapatos y una bolsa sorpresa con golosinas
de un todo a cien: un chupa chup pegajoso que se resiste, una especie de
arroz de papel y las gafas de Harry Potter. Firman en una especie de diploma
dando fe de su asistencia y se despiden hasta el lunes.
Por la noche sueño con la Casera de piña, magranetas
de sobrasada y pastel de galletas María. Estoy en mi casa, con cuatro
amiguitos y un libro de grandes inventos de la humanidad.
El Punto, 31.1.2002
14 de Nisán del 33 a las 3 pm
El Viernes Santo desayuno leche con atún.
A mediodía voy a les escales de la Seu a que un francés me
tape mientras recitan los sonetos de Llorenç Moyà. Mi primera
caída es por culpa de un cable del sonido; la segunda es por un
foco; la tercera porque he tropezado con la chancleta de un inglés
con calcetines.
Comemos huevos rellenos de atún y mi madre nos manda callar
a las tres en punto. Con el telediario mudo y el papa cargado con una cruz
nos reza un Credo y nos cuenta por enésima vez los terremotos que
provocaban los niños de su pandilla en los bancos de Sant Felipe
Neri.
A las 4 empiezan la siesta y Ben Hur. Yo semiescucho con cascos Jesucristo
Superstar en su versión cultureta –la del cast original con los
aullidos de Ian Gillan en el Monte de los Olivos- y recuerdo el boom de
esa película. Todos los de la clase la habíamos ido a ver
menos uno, que le pillamos porque dijo que empezaba en el portal de Belén.
Yo aprendí con ella a contar en inglés a golpe de latigazos.
Estoy soñando y Ben Hur rema; dos horas más tarde me como
a escondidas una empanadilla de atún y acaban de arrollar a Messala.
A las ocho me desesperezo y Ben Hur se abraza a su hermana leprosa y no
se contagia. Por la noche cenamos tortilla de atún y Ben Hur acaba
colgado de un gran The End. Entonces empiezan Los Diez Mandamientos y los
quince mil anuncios; en La Dos Pedro Ruíz y Sánchez Dragó
debaten en torno a la idea del Qumrá como hipótesis de trabajo.
A Sánchez Dragó se le caen las gafas varias veces. En el
canal valenciano repiten el Alcoyano-Denia de juveniles y en TV3 unos barbudos
entablan conexiones entre la declinación aramea y la gobernabilidad
de Palestina en un programa titulado “Pilat: ¿Procurador o subdelegat
de Roma a l’Orient?”.
De madrugada estreno DVD con la Vida de Brian. Creo que me he ganado
el cielo. Y un ardor de estómago que remataría al propio
Judas.
El Punto, 29.3.02 (Viernes Santo)
DENTISTA DE COCODRILOS
Mis padres duermen la siesta y de repente suena el timbre de abajo.
Mi madre, sonámbula, contesta y abre malhumorada. Mi padre pregunta
varias veces qué quién es a estas horas, que estas no son
horas de tocar en una casa decente. Mi madre contesta un enigmático
“no sé, un senso”. Al acercarse a abrir la puerta de la entrada
vuelve a preguntar. Una encuesta del Obispado, permítanme unas preguntas.
Mi madre ha confundido encuesta con censo, o algo parecido. Abre y un gigante
irrumpe e interrumpe la paz mediterránea de una familia de clase
media. ¿Ustedes van a misa? ¿Leen la Biblia? ¿cree
que la juventud va a misa? Mi padre le atiende medio dormido y le dice
que sí, que todavía la gente va a misa. Mi madre se aleja
hacia la cocina con la intención de preparar un café y murmulla
que ya nadie va misa, y menos la juventud. Son horas de descansar, repite
mi madre desde los fogones. Veo que les interesan los temas religiosos.
Verán, traigo aquí una Biblia ilustrada que... El gigante
abre su maletín y aparece una gran Biblia junto a varios libros
de cocina. Nosotros ya tenemos Biblia, mire, esta. Hum, la Biblia de Chicago.
Es buena. Mi madre comenta que la leemos a menudo en familia. ¿Son
ustedes protestantes?, pregunta el que ya hemos calificado como vendedor.
No, ca, somos católicos apostólicos romanos. Y este hijo
mío –mi padre señala a mi hermano- es biólogo. Ha
leído a Darwin, y me ha dicho que los días de la Creación
son las eras geológicas. Luego me señala a mí y repite
varias veces que estoy en un “istituto” y que doy clases. Mi padre se anima
y saca una botella del bar. Tómese un coñac. No le vamos
a comprar nada, pero sientese y tómese una copita. Verá,
don Manuel... Podemos tutearnos, llámame Manolo. De acuerdo, don
Manuel, pero no bebo. Y dígame, joven, usted que lee la Biblia,
¿el Infierno está en Mercurio, verdad? Es el planeta más
caluroso del Sistema Solar. No puede estar en otro sitio. El vendedor ya
ve que no tiene nada qué hacer y se dispone a partir. Antes de que
se marche, quiero decirle una cosa. Dígame don Manuel. Su trabajo
es duro, eso de ir por las casas a vender libros debe ser muy cansado,
pero yo sé de un oficio más duro que el suyo.
-Dígame don Manuel, ¿cuál es?
-Dentista de cocodrilos.
La Mirada, 18.4.2002
DÍAS DE LIBRO Y FÁBULA
Como mis padres eran socios del Círculo de Lectores no
solía ir con ellos a librerías, así que no he tenido
la suerte de ir con nadie de la mano a comprar libros, pero cada tres meses
esperaba ansioso el pedido, algo precintado en un plástico que deshacía
en un santiamén.
Aparte de esta cómoda modalidad de adquirir libros, recuerdo
los que me regalaron cuando hice la Primera Comunión -Mortadelos,
Tin Tín, Julio Verne- y luego llegaba el día de mi santo
en el que mi padrino se presentaba siempre con alguno comprado en los tenderetes
de la Plaza Mayor.
Más perverso era el truco de los concursos de dibujo. Llegaban
al colegio unos encorbatados y te invitaban a participar. Luego tu dibujo
–en mi caso un alce enredado en un abeto- era expuesto en un hotel. Los
padres, orgullosos de ver la obrita de sus hijos colgada de una pared no
se resistían a comprar alguna de las enciclopedias que yacían
sobre una mesa estratégicamente colocada, a cómodos plazos,
como si te la regalaran. A mí me cayó una de Ciencias Naturales
que se guardó para Reyes. No todo acababa ahí. Meses más
tarde, uno de los encorbatados se presentaba en tu casa con seis tristes
rotuladores Carioca con el cuento de que habías ganado un premio
y para ofrecerte “material didáctico imprescindible para la segunda
etapa de la EGB”. En cuanto mis padres se lo huelen el vendedor se enfada
y exclama: “Yo no he venido a vender libros”, se levanta y se va.
La artimaña no ha funcionado, y se lleva de nuevo en una Lambretta
las razas humanas y los animales del mundo salvaje. Se dirigirá
entonces a un barrio más necesitado de cultura en busca de las deseadas
letras mensuales.
Y por fin el primer libro que me compré yo con mi dinero: la
Enciclopedia Infantil Molino, repleta de datos, mapas, banderas y biografías.
Mi página favorita era la de Esopo, en especial aquello del sol
y el viento que se disputan el capote de un pobre hombre. Nunca hubiera
imaginado que ya existía una versión de esa fábula
escrita por Mossèn Alcover en el idioma en el que me reñía
mi madre cuando me peinaba, un texto que jamás ningún maestro
ni ningún defensor actual de bilingüismos tuvo la ocurrencia
de hacerme leer cuando era niño. Entonces los mitos eran El Cid,
Guzmán el Bueno y el general Moscardó. Sin imposiciones.
Todos estudiábamos en nuestra lengua sencillamente porque nos hacían
creer que ésa era nuestra lengua.
La Mirada , 23.4.2002
Mallorquines y polacos
Según la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana de
Hijos de J. Espasa (en su tomo XLVI) la voz Polonia puede ser varias cosas:
nombre propio de mujer (y de una aldea) en Chile, un caserío de
Colombia, un arroyo del Uruguay, y por fin, un estado de la Europa Central
desaparecido tras el Congreso de Viena (1815) y que resurgió en
virtud del Tratado de Versalles (1918), bla, bla, bla (siguen una treintena
de páginas y tres láminas con mapas de sucesivas reparticiones,
escudos, banderas y condecoraciones). A esta última acepción
me referiré ahora, pues he podido comprobar in situ que nuestro
Pla Mirall da risa si lo comparamos con el que se hizo en Varsovia a partir
de 1945. He visto un trozo de carro combate incrustado en un muro lateral
de la catedral, también el Madrid-Barça en polaco imparcial
y por supuesto cientos de alemanes con sus propios hoteles y comodidades,
que salen de su país para sentirse como en su país, y se
apuntan en masa a la Akademia Golfa (no sean malpensados, se trata de darle
a la bolita para meterla en un hoyo). Polonia es un bello paisaje, con
parques naturales como Dios manda, lobos y linces; es una guardia de honor
ante la llama del sufrimiento, es Stalin que se cae del piso cuarenta del
Palacio de la Cultura y de la Ciencia, es un mudo gueto en el que Shindler
pide perdón, y es ámbar, mucho ámbar.
He hablado con profesores polacos y uno me pregunta por Chopin, otro
está interesado por saber si somos católicos y el más
tímido de todos ha confesado que admira nuestras corridas.
Y para los que nos cantan en la Plaza de las Tortugas aquello de “...es
polaco el que no bote...”, yo les digo con acento claro y preciso “chrzaszcz
brzmi w trzcinie”.
El Punto, 9.5.2002
La Selectividad boca arriba
Todos esperamos frente a la puertas de Magisterio. No conozco a nadie, no he podido ir al servicio y entro a empujones en una gran sala. Me he sentado en una silla dotada de un saliente para apoyar el brazo. Uno se ha quejado porque es zurdo y lo cambian de sitio. Un señor no deja de gritar y repite una y otra vez -con gran acento mallorquín-, sólo lo voy a decir una vez, no me hagan pardaladas, escriban en las hojas que les damos. Se refiere a unos pliegos de un papel muy fino, la tinta se resbala y hasta el boli parece que suda. No se oye ni una mosca, y es porque una hora antes se han pasado con el Bloom Hogar y Plantas. A mí se me oye el corazón delator, y no dejo de tararear algo así como bic naranja, bic cristal, dos escrituras a elegir. De repente - deben ser los nervios- me gotea la nariz y una mancha roja ha estallado en mi primer ejercicio. Además me noto incómodo. No he tenido más remedio que ponerme a llorar y mi madre, que huele a Heno de Pravia, me ha sacado de la cuna. Perece que riñe a mi padre, qué que hace el bebé durmiendo con un bolígrafo en la mano, que se lo ha metido en la nariz y se ha puesto perdido. Además se ha hecho caca, y el pañal siempre lo he de cambiar yo, que son las cuatro de la madrugada. Mi madre me mete un pelotazo de algodón con agua oxigenada, me cambia el paquete, me pone sábanas nuevas y yo me vuelvo a dormir. Quiero volver a soñar con esa gran sala llena de gente que no conozco. Quiero acabar ese examen de Literatura, que creo que me lo sé todo.
El Punto, 21.6.2002
Pobre Rambla
Mi madre la definió como un triste paseo en el que sólo
te podías encontrar soldados, monjas o un cortejo fúnebre,
muy diferente a Es Born, lleno de gente y de parejas, con su cine y todo.
Para mí fue sinónimo de Palma cuando era muy pequeñito.
Ahora es casi un árbol genealógico. La verdad es que lo que
nació como un arenal -ramla- y cauce de la Riera, que medía
cuatrocientos pasos desde la Puerta de Jesús a la Plaça Major
y que era atravesada por tres puentes, es hoy un eje importante en nuestra
maltrecha ciudad. La Rambla ha sido amputada varias veces, la han rebautizado
otras tantas, es paso obligado para entrar en un aparcamiento privado que
produce atascos constantes y nos cuesta no sé cuántos municipales
de mal humor. De baratillo y feria pasó a mercado de flores y de
antigüedades, un casi barrio donde la gente se saluda a lo García-Delgado,
con un suave y disimulado movimiento de barbilla, es hogar de dos emperadores
pintarrajeados, un tenderete de monedas, una tienda de música –ca’s
pianos-, una pajarería –ca’s canarier-, mucho convento y un despacho
de abogados con zapatos nuevos. Su nombre popular se resiste a desaparecer:
es atacado por gonellas que la salan por creer que la hacen más
nuestra, los hay que la pluralizan como si esto fuera Barcelona, e incluso
existe la modalidad esquizofrénica, que es salarla y pluralizarla
a la vez; en el siglo XIX se le intentó castellanizar como alameda,
pero fue un fracaso, por supuesto; durante el franquismo se dividió
y un extremo fue Carrero Blanco, el otro pasó a llamarse Vía
Roma, en honor al fascio; con la democracia se recuperó parcialmente
su denominación secular y el almirante desapareció gracias
a un baile de placas; la última gracia es un nombre tan largo que
deja sin aliento a mis tías, que todavía miran de vez en
cuando a ver si pasan los duques esos.
La Rambla también es objetivo de los estorninos, pausa para
turistas que se paran en un falso semáforo y últimamente
nido de atascos y nervios a las horas puntas desde que le descubren sus
ruinas particulares para construir aparcamientos. Atrás quedó
el rajarla para la recogida neumática de la que supongo ya será
basura espacial o el cambio de pavimento que impedirá para siempre
mis entrañables patinazos ante las floristas.
En definitiva, que uno puede observar el paso del tiempo en esos incómodos
bancos diseñados por Bennàssar y rememorar viejas glosas
del Archiduque –que la midió, pesó y evaluó-, de Miguel
de los Santos Oliver –que la evocó en su Rambla vella- y de Zaforteza
Musoles, que nos la historió, se puede ver pasar a Gaspar Valero
con sus leyendas, y quizás haya suerte y se repita el habitual encuentro
del demonio con Sor Joana Borràs, que le muestra el infierno, un
mar tempestuoso en el siglo XVII, una conjunción de oras, vaps,
cargas y descargas, claxones y humo en la actualidad.
5.7.2002
Es/l Born/e
No se turben por este estrambótico título, o ríanse
al volante cuando lean esa aberración toponímica que es el
cartel de Via de Cintura Est/e o ver escrito dos veces en la Policlínica
la palabra Hospital/Hospital, que aquí o somos bilingües, o
tontos de remate.
Lo que fue en su día cala y desembocadura de la Riera, plaza
del Born en el siglo XVII, de la Constitución en el XIX, jamás
llamado Paseo del Generalísimo ni por los más franquistas
del lugar, siempre Es Born o en todo caso un vacilante El Borne para las
gentes de la capital, lugar pensado para justas caballerescas, que antaño
cumplió funciones sociales de primera magnitud, que erigió
y derribó reinas y fue paraiso del Rey León, es hoy una sombra
pisoteada por turistas, mototeca consentida y olor a McNuggets en cajita
de cartón.
Durante la guerra dio de comer a los niños pobres, triste actividad
que sustituyó las alegres máscaras, la venta de caramelos
y el alquiler de sillas para el carabineo. En los cincuenta vivió
su mayor auge como sueñódromo de palmesanas que iban a la
caza y captura de marinos y aviadores. Un paseo y un vino en Coto, en el
Miami, o mejor aún, en el Tritón. Acercarse hasta Apuntadores
también era buena señal. El anzuelo de la ansiada y hoy tan
venerada mezcolanza de culturas, tan sabia ella, había cumplido
su función.
Fruto de esas juergas nací yo. Y todavía recuerdo mi
primer apóstrofo, el del anuncio de Campari, l’aperitive, allá
an lo alto, en el chaflán de la Veda, iluminado por la noche y que
me despertaba extrañas fantasías.
El Punto, 15.7.02
Illetas con chocolate (*)
Cuando yo era pequeño los veranos duraban nueve semanas y media,
aunque no eran tan bucólicos y normalizados como los de Miquel Àngel
Lladó. Cada lunes por la noche preparaba los zapatos de goma, las
gafas de bucear, los patos, mi lista de peces y un meyba descolorido del
año anterior. Sabía que al día siguiente tocaba una
ración de Illetes, en el ciento veintisiete blanco de mi tía.
El coche arrancaba y se sucedían un padrenuestro, dos avemarías
y un dame Señor mirada vigilante y mano firme para llegar a mi destino
sin causar daño a nadie. Por la ventanilla trasera izquierda se
sucedían el Paseo Marítimo, los barcos grises de Portopí,
Marivent, una gasolinera y dos hoteles. Luego venía un semáforo
casi en ángulo recto y por fin la barrera del Club Militar. Con
la careta y el tubo de Casa Codina jugaba a Custó. Respirando como
Darth Vader indentificaba toda especie viviente que vivía bajo el
mar. Tomaba nota con un lápiz y un papel mojado y luego consultaba
el Alejandro Navarro, el de las claves dicotómicas. A veces preparaba
una carterita con peces copiados de una enciclopedia o de las latas de
sonservas. Si había suerte, es decir, cinco duros, se alquilaba
un velomar y desembarcábamos en la illa de sa Torre, a la que podíamos
llegar incluso a pie, esquivando los erizos. Con una bolsa arrugada del
Tam Tam atada a un palo nos construíamos una bandera y tomábamos
posesión del islote. A las dos en punto el hambre nos lanzaba hacia
los tapperwers de tortilla de patata, trempó y bistec rebozado.
Para beber, agua de grifo congelada y un kascol que guardábamos
en una neverita con asas. Consumir en el balneario se hubiera considerado
un sacrilegio. Cuando sacaban la fruta ya habíamos desaparecido
todos y se iniciaban las tres horas de digestión. Entonces me aventuraba
hacia la barrera que nos separaba del mundo exterior e iniciaba el ritual
de cada tarde de martes: me acercaba al trasero de los coches aparcados
y apuntaba las matrículas, mejor si eran extranjeras, amarillas
o negras. Lo hacía en sucio y en casa las clasificaba: francesas,
inglesas, alemanas, belgas, suizas. Mientras las copiaba todo el mundo
alucinaba, no dudo que debía parecer un opositor a orero. Cuando
notaba que se acercaba la hora de hacer pipí cerraba mi carpeta
azul y volvía al redil, al baño privado para hijos de oficiales
o al árbol más próximo. Antes de la merienda nadaba
hasta la balsa, con trampolín y dos chicas en bikini tomando el
sol. Mirabas un poco y te tirabas, normalmente haciendo el ganso, luego
reflexionabas bajo la cubierta, una bolsa de aire verdosa con mucho eco
y ruido a submarinos de película. Una voz a lo lejos y a por el
pan con chocolate, la ducha y a Palma. Cerca de Marivent, y si los piojos
eran benévolos, nos parábamos un momento a ver si la Princesa
Sofía se paseaba con Felipe, un niño rubio que se parecía
al amigo de Pippi Calzaslargas.
Con los años supe que los barcos grises de Portopí eran
dragaminas y que un día desaparecieron, como el camino hasta la
playa. Cuando me saqué el carnet de conducir me llamaban tonto si
no cogía la Vía de Cintura. Que por ahí sólo
va el autobús, y supongo que mi tía, si volviera algún
martes a nadar en Illetes.
La Mirada, 19.7.2002
El 11-S de uno cualquiera
La mañana transcurrió como la de un martes normal y corriente. Levanté acta de una reunión de trabajo poniendo una fecha que ahora al releerla quisiera enmarcar y marché hacia casa. Después de comer leí mi artículo sobre los turbohélices que se había publicado ese 11 de septiembre de 2001. La agenda del día se resumía a ir más tarde a Son Moix al primer partido de la Champions, y yo esperaba que en la tele dejaran de hablar del Madrid aunque fuera un minuto y me enterara de si iba a jugar o no Carlos Roa o si a Ibagaza le dolía algún hueso. Tras quinientas entrevistas a los jugadores blancos, que ya estaban en Roma, llegó la publicidad. La verdad es que ya no prestaba demasiada atención a la pantalla cuando me alarmé: en Tele 5 habían interrumpido un anuncio para dar la noticia. Algo ha pasado en Nueva York, y ahí empezó el rosario de rumores y especulaciones. Se veía el humo y se hablaba de una avioneta. Lo más espectacular fue ver en directo el choque de un Boeing contra las Torres. Corrí hacia la radio y algunas vacas sagradas ya se habían incorporado a las tertulias de sobremesa. Es algo gordo, seguro, y en la tele muda todo seguía ardiendo, y caían los edificios. En seguida unas llamadas, todas iguales, ¿estas viendo la tele?, todos los canales nos ofrecían lo mismo, y así toda la tarde. Las palabras que más oigo entre mis allegados es que pasada y alucinante. Con los rumores de una posible suspensión y envuelto en una especie de sueño intranquilo me dirijo al campo de fútbol, el Madrid ya juega, habrá partido contra el Arsenal, la vida sigue. Se guarda un minuto de silencio por las víctimas y el Mallorca gana uno a cero. Por la noche la UEFA ha decidido suspender todas las competiciones. Ya se habla de la trama terrorista y de Afganistán, el país que abría mis enciclopedias. Afganistán, capital, Kabul, y resuena el nombre de Bin Laden en todas las emisoras. Todavía tengo el coraje de imprimir la edición electrónica del New York Times. Horror, alarm and chaos, ese es el titular con el que me voy a la cama. Espero despertar de la pesadilla en cuanto me duerma.
El Punto, 11.9.02
El primer día
Todavía recuerdo que me hice pis mientras rezábamos. Así
empezó mi andadura en el parvulario de un conocido centro internacional
de educación que había en las afueras de Palma y que tenía
de todo, desde campos de fútbol, clases de judo, inglés,
francés y música, internado, piscina, catequesis, capilla,
comedor, megafonía, militares pluriempleados, alumnos con apellidos
muy largos y un esqueleto en el laboratorio a pantalones de recambio.
Un año más tarde, el primer día de primero vomité
nada más llegar. No sé si fue un atracón de almendras,
inaugurar la EGB o el sueño que tuve de madrugada: Son Xigala aparecía
rodeada de chalets y unos adosados la sepultaban. En todo caso, don Guillem
Pons pudo enseñarme a leer y a escribir, a sumar y a restar.
Luego, en quinto, me cambiaron de colegio. No era más que un
trozo de las avenidas, cuatro pizarras y un barrio de prostitución
al lado. Sin conocer a nadie entré por error por la puerta
de los profesores. No encontré ni el patio –donde cada curso era
una fila- ni a nadie de mi clase. Pere Ríos me rescató de
la soledad más grande que he vivido jamás y me metió
en su aula.
Los días de colonia y peine parecen ahora lejanos y perecen
poco a poco en la memoria. Tiempos de cartillas Rubio, de mi mamá
me mima y tu tía te tutea, Colón descubrió América
y Jesús quiso nacer pobre. Las aventuras de Toni y Moncho, mi primer
Goethe con el brujo Mangasanchas, el Plan Badajoz, Viriato y Moscardó.
El Punto, 20.9.02
Alba del 37
Si el inminente relevo del Mesías dedocrático salvado
de las aguas del Ebro y que adelgaza a golpe de caldo gallego, que ha sido
ministro exclusivamente para salir durante un par de años en los
papeles, no se produce todavía intentaré recordar aunque
sea de foma breve el día de nuestra infamia, nuestra propia canción
desafinada y cantada al alba, que tanto le gusta a la que juega a ser alcaldesa
de las tertulias pparciales (sic) radiadas para poder insistir una y otra
vez que ella se sienta en tribuna de sol. Es la fecha de nuestras cuatro
campanas negras que doblaron para siempre un mes de febrero de hace no
tantos años, cuatro nombres que se me ocultaron bajo lecciones dedicadas
al Cid y a Moscardó: Darder, Ques, Jaume y Mateu. Maldito baile
de muertos, pólvora de madrugada, sangra la luna de Bernanos.
El lunes pasado tuve ocasión de ver el video con el que se quiso
homenajear a Emilio Darder, un médico católico preocupado
por la higiene y la educación de todos los palmesanos. Creo que
es justo recordar que el documental fue emitido por primera vez a través
del canal que cambia de nombre cada vez que lo quieren cerrar, y que alguien
me dijo que salía mi abuelo, amigo personal y colega de Darder,
un alcalde que fue enviado al cadalso ya muy enfermo, acusado injustamente
de revolucionario, que construyó escuelas y guarderías, que
inauguró dispensarios, que creó colonias para los niños
más desfavorecidos. Todavía recuerdo las guardias que hice
con el casco blanco de Calimero y un Cetme en el Cuartel de Aviación
que se construyó sobre el solar de su casa y que jamás se
le devolvió.
En definitiva, un pequeño recuerdo a un hombre que amó
profundamente la ciudad que parece ser odiada por sus gestores actuales,
y que uno de los candidatos a sucederle tuvo la feliz ocurrencia de hacérmelo
conocer un poco más en un 24F que espera sea algo más que
una ridícula placa en el cementerio.
El Punto, 28.2.2003
Cerdos
De la biblioteca de mi tío-abuelo don Antonio, académico, sacamuelas y criador de pollos destaco el volumen editado por la Diputación Provincial de Baleares en 1949 y que lleva por título “El cerdo mallorquín”. Su autor es don Andrés Torrens, inspector municipal veterinario, que calculó para 1945 una población porcina de 52.410 ejemplares y una densidad de 14,39 cerdos por kilómetro cuadrado. Según las teorías de Kronacher el cerdo mallorquín es el fruto de la aportación de sucesivas oleadas civilizadoras, partiendo de un supuesto Sus prehistórico o primitivo cuyos orígenes salvajes son de origen continental ibérico y que fueron domesticados por los primeros pobladores de nuestro archipiélago; los romanos se traerían consigo nuevas formas provenientes de la Bética y de la Tarraconense; los vándalos fueron los responsables de la presencia de los arambeles o mamellas características de las partes laterales de la carrillera; bajo el dominio de loa árabes parece que descendió drásticamente su población, cosa evidente por razones religiosas. Está documentada la inexistencia de cerdos entre las ofrendas que los moros brindaron a Jaime I tras la conquista cristiana de la isla en 1229, año de la nueva repoblación a base de cerdos catalanes (Sus scrofa) y cerdos napolitanos (Sus mediterraneus). En el siglo XVIII los Borbones prohibieron su exportación, absurda veda contra la que luchó incansablemente la Sociedad Económica Mallorquina de Amigos del País. La combinación genésica descrita anteriormente ha dado lugar al cerdo mallorquín actual, también llamado cerdo balear, un animal braquicéfalo y convexilíneo. El abate Rozier (1843) lo describió corto de piernas y de hocico, muy ancho de nalgas; en 1865 el naturalista alemán Pagenstecher observó en ellos movimientos ligeros y vigorosos. Una clasificación según criterios fanerópticos distinguiría especímenes semipelados de capa gris, entrepelados más oscuros y cerdosos de intensa pigmentación negra; en cuanto a su aptitud a la hora de convertir sus cuerpos en carne y grasa, se ha observado que los cerdos mallorquines que conviven desde pequeños junto a cerditos extremeños ya destacan por su vocación de ceba, y a la larga alcanzan un mayor peso, lo que les convierte en seres ricos en panículo adiposo, insustituibles en la matanza doméstica.
El Punto, 16.11.2003
Llorado Jaime
Te conocí y te admiré por el hecho de tener en casa un
niño proveniente de una tierra maldita para los telediarios, un
alumno predilecto al que yo quise enseñar a leer y a escribir, al
que creí ruso y me corrigió: yo soy checheno, soy musulmán
y trilingüe: rezo en árabe, amo en checheno y odio en ruso.
Ese chico me enseñó muchas cosas, parecía que él
daba las clases, me contó cosas de su amada patria, de sus amigos,
de topónimos de novela, de lo que se bebía Yeltsin cada tarde,
de sus maestros encorbatados, del Corán. Yo le invitaba luego al
fútbol, me lo traías a casa y yo te lo devolvía sano
y salvo. Otro día nos pusimos ciegos de pollo –nada de cerdo, me
insistía- y helados, que no te lo contamos jamás. Entre todos
hicimos que su vida fuera lo más agradable posible, un Departamento
de Orientación casi para él, que venía de la guerra,
siempre tan lejana, de una aldea pisoteada por los tanques, con sus padres
en el exilio y su pueblo con las orejas cortadas y un molesto turbante
con la palabra integrismo siempre preparada, no es el caso de los simpáticos
lituanos o ucranianos, ellos se pueden independizar y cantar –hasta ganar-
en Eurovisión, para eso están más cerca de Alemania.
Te conocí y te admiré, modesto amigo Jaime, porque escribías
cuentos que ahora sólo recuerdo vagamente, que los repartías
para que opináramos, y me hablabas de tus viajes a Inglaterra o
a Estados Unidos, porque enseñaban inglés, y me enseñabas
también a mí, qué buen compañero, siempre contento,
llegando en moto al instituto, con el casco puesto y el niño ruso
de paquete, que ya se quedó para siempre entre nosotros.
El mazazo me llegó por la red de redes, una ambulancia desbocada
te arrolló mientras pedaleabas, en una maldita y justamente soleada
segunda fiesta que se me atragantó, como las uvas de la ira en un
esófago de luto.
18.1.2004.
Nota: Jaime Arrom murió atropellado la pasada Navidad por un
perturbado mientras practicaba ciclismo. Era profesor del IES Emili Darder
de Palma.
Mi Roxanne de Palma
Te conocí en clase siendo todavía un niño y tú
ya eras una mujercita que me llamaba para ir al cine. Sonaba el teléfono
mientras copiaba a lápiz las naves de la Guerra de las Galaxias
y merendaba un pan con Nocilla. Me llevaba a mi hermano pequeño
de escopeta y nos despedíamos en el Triquet y tu te ibas hacia la
calle Sindicato. Un día se hizo tarde y al llegar a casa no había
nadie. Me di el bañé semanal y llegó mi madre enfurecida,
había ido al cine a buscarnos, hasta había entrado en la
sala con el de la linterna. Que en domingo es de mal gusto ir al cine,
decía, que era el día que iban todos los quinquis en pareja.
También te invité a mi 13 cumpleaños, una especie
de guateque que organicé con los del cole. Dos discos, uno de italianos
y otro de Vacaciones en Mallorca, patatilla y un flan de galletas María.
Nos volvían locos los lentos como Marguerita y Te amo, bailábamos
a oscuras horteradas como Soul Dracula y Ma Baker. No dudes que quería
ser tu novio, y si lo fui porque íbamos juntos a Galerías
y a dar de comer a los cisnes, pues mira, me hiciste feliz. A puntito estuvimos
un día en la Merdera, entre las rocas, pero ahora no quiero jugar
a ser un Serrat en la arena. Para besarnos necesitaba yo unos cuantos años
más, tú me hablabas de cosas rarísimas y yo pensaba
en cromos y balones de fútbol.
Luego nos separó el Bachillerato Unificado y a mí me
salieron granos y juré bandera. Desde entonces no supe o no quise
saber nada de ti. Ahora sé que te destrozó el caballo y que
vendiste tu cuerpo a la noche, mi Roxanne, que te ponías demasiadas
veces el vestido aquel de recorrer la Puerta de San Antonio en busca de
dinero, sin distinguir lo bueno de lo malo. Hasta que te mató un
virus que es más grande que el amor.
30.4.2004
Y luso Llabrés
Cuando era pequeño siempre fui a misa en castellano, recibí
la comunión en castellano, la catequésis era en castellano,
la Mare de Déu de la Salut se había convertido en Virgen
de la Salud y nadie la ponía entre comillas. No por todo ello se
me ha ocurrido jamás blasfemar y afirmar que me dieron la hostia
vestido de torero ni mojada en jerez, o de si Cristo se paró en
Valladolid y se llamaba Manolo o Pepito. También he sido buen lector
de la Biblia, y me gusta más hojearla que ojearla.
En cuanto a los portugueses, pues que les voy a decir. Siempre han
pasado de España, excepto a la hora de ayudar a Franco. Desde que
el pobre “Sebastián” I despareció en la batalla de Alcazarcavir
y su pobre tío murió sin hijos no consintieron ni en pintura
la usurpación –legal o no- del trono de Portugal por parte de Felipe
II. No pararon hasta 1640. Y se volcaron con Inglaterra, su gran amiga
y aliada.
He estado dos veces en Lisboa, una de las ciudades más bellas
del mundo, pero situada a años luz de nuestros lares. En el avión
de la TAP, instrucciones en portugués e inglés; en el hotel,
salida de incendios en portugués, inglés, francés
y alemán; en el restaurante la carta está en portugués
y en inglés; en el Gulbenkian, también está todo en
portugués y en inglés. La prensa y los crucigramas en portugués,
el cine en inglés con subtítulos en portugués (me
tragué así Regreso al futuro III).
La próxima vez que vengan en pregrinación que se traigan
su propio cura, o se informen antes del horario de misas, que tampoco es
tan difícil oirla en castellano, y si se van hasta s’Arenal la pueden
seguir en inglés o en alemán. O que se vayan a la playa,
que es para lo que viene aquí todo el mundo. Si consumen y desestacionalizan
yo les doy mi bendición.
16.5.2004
El asno de Homero
Lo siento por Román Piña –el único que conozco
que se ha leído la Ilíada entera y en versión original-
pero a mi sobrino y a mí nos ha gustado la película de Brad
Pitt, que he procurado verla antes de que me obliguen a estar día
y noche en el instituto o dando clases a las telarañas estivales.
Nos ha gustado el rostro de Helena –la que hizo naufragar mil barcos y
quemó las torres de la indomable Troya-, nos ha conmovido la fraternidad
de Héctor y Paris, por supuesto el culo de Aquiles –el héroe
imposible-, el Día Delta ¿a la hora Pi? en una playa sin
hoteles -que no sé de dónde la han sacado pero nos va a quitar
turistas-, hasta las letras del final nos hemos tragado, y la canción
que nadie se ha quedado a oír. Da gusto ver a tantos griegos –todos
con sus modalidades- enfrentándose entre sí, compartiendo
dioses y honores, con sus falditas, obsesionados por la inmortalidad y
en que alguna vez alguien les traduzca sus hazañas en la reválida
o selectividad (según autonomía). Si Umbert la dobla un día
al formenterer la comento con mi amigo y colega Vicenç Blai, que
vive en su pequeña Itaca balear.
Y no neguemos nuestros bagajes homéricos de toda la vida: el
tío Aquiles, Héctor Cúper, Agamenón el de los
tebeos–igualico, igualico que el difunto de su agüelico-, el caballo
de Troya de Juan José Benítez –con flagelación más
dura que la de Gibson-, la Penélope de Serrat, con su bolso de piel
marrón, las aventuras de Telémaco, las sirenas, una escena
de “Bichos” y tantos otros guiños micénicos, todos ellos
entre augustas butacas y palomitas.
Es hora ya de desenpolvar esa colección de grandes clásicos
que regalaba el banco, o de descubrir la excelente versión en catalán
que hizo Carles Riba de la obra del ciego rapsoda, qué casualidad,
la que jamás me enseñaron porque era más fino el hexámetro
castellano.
21.6.2004
Ra-Ra-Rasputin
Era una canción pegadiza de Bonnie M. que hablaba de Rasputín, un monje loco de atributos museísticos que dejaba hipnotizada cada noche a la familia imperial rusa. Ahora sirve platos de pescado crudo japonés sobre el vientre de una jovencita en pelotas, y los salvatemporadas pretenden que se lo abonemos. El cabeza de turco y chivo expiatorio ha dimitido. Alega no saber ruso y que se ha hecho un lío con las facturas, ¿para qué tienen entonces a Mari Pau?; aclara que sólo entraron siete en el club erotico, por lo que salva a Matas y a Flaquer del pecado. Yo he estado de viaje muchas veces y es costumbre ir siempre juntos (en manada) a todas partes, y más en paises raros. Y de líos nada, un voluntario se encarga de guardar los tickets y de meterlos en una carpetita, no es tan difícil: un menú, un pasaje de tren, un hotel, un regalo ¿pero las copas? ¿qué clase de promoción turística necesita de copas? Si uno es valiente y se mete en un antro se lo paga y calla. Es la agenda agotadora: de día a promocionar las islas: un sacrificado desayuno, una comidita, que vean que los mallorquines nos nutrimos; por la tarde al fútbol, un visca el Mallorca normalizado, un autógrafo, Etoo, para mis hijos, ¿qué no hay boli? lo compro ahí mismo y se lo cargo al pueblo, junto a la factura de las Matruskas para mi mujer; por la noche, no sé, cena con velas (o velos), comparamos el vodka con nuestro palo y el caviar con la sobrasada. Lo justificamos con un estudio gastronómico, tomamos nota, la libreta también nos la han pagado; ya es de noche, no nos vayamos a separar, qué tontería, dos por aquí y siete por ahí. Al Rasputín todos, que no importa intérprete, me han dicho que ahí el lenguaje es universal, las copas y el servicio a la carpeta, también comprada por el pueblo. Como las juergas de don Pablo Sañudo y Antonio Alcántara en Moscú pero en real, sin tomas falsas.
12.7.2004
Trilla
Cuando este domingo pasado visitaba el mercadillo de monedas de la Plaza Mayor de Madrid y compraba una serie completa de Albania no podía imaginarme que nada más llegar a Palma me enteraría de la triste noticia que ha supuesto la muerte de Emilio Trillo, el numismático de la Rambla. Emilio Trilla y su hijo siempre me atendían con simpatia. Dejaban de lado sus catálogos y su lupa, y me adentraba con ellos en el mundo de la postal vieja, los sellos de todos los colores y miles de monedas, desde la más barata a la más cara. Piezas romanas, mallorquinas –doblers, reales, tresetas-, francos, escudos, marcos, tierras lejanas, reyes y papas, caudillos por la G. de Dios, billetes rusos y japoneses, todo ello aderezado de tertulia segura, alguna que otra decepción, consejos y regateos. El que había sido niño y coleccionista desde los nueve años no se cansaba nunca. Había sabido que magiar significaba húngaro, helvético era suizo, la cara y la cruz eran ahora anverso y reverso. Un domingo lluvioso se prestaba al ritual. De una cajita y tintineando caían las puñeteras y el tesoro se desparramaba sobre la mesa del comedor. Con aladdin de mi madre y un trapo ennegrecido las frotaba –qué pecado- y colocaba en columnas, de grandes a pequeñas. Alemania, Francia, Estados Unidos...medio dólar, una peseta del Rey, un dracma –con esas letras tan raras-, peniques y chelines. Un desfile de países. Llegaba la hora de cenar y a recogerlas todas, que entonces uno desconocía los cartoncitos y hojas de álbum. Se hacía listas y más listas hasta que llegó un primer sueldo y se compró en Trilla el World Coins y el Campaner. Luego una tía soltera te regalaba un duro de plata y de nuevo surgía la fiebre. Caro vicio y silencioso, para niños con gafas, niños que sueñan con ser mayores y dedicarse todo el día a las monedas. Luego crecemos y no tenemos tiempo, y la colección se fosiliza, aunque pasees cada día por la Rambla y veas a Emilio con sus bolsitas y te pares a mirar.
29.10.2004