"Energías vitales: el sensacionalismo místico
de fines del siglo XX"


Por Vicente Prieto y Víctor Quirós

Desde tiempos remotos, el origen de la vida ha maravillado a los seres humanos, quienes en principio, debido a la falta de conocimiento relacionado con los procesos físicos, biológicos y químicos que regulan nuestras vidas como seres orgánicos, construyeron social e históricamente explicaciones sobre las cualidades esenciales de los seres vivientes, de carácter místico o sobrenatural, en las que fuerzas ocultas y misteriosas tomaron el lugar como protagonistas y como fuentes suplidoras de vida. Así, se tiene que desde la antigüedad diferentes culturas produjeron diversas interpretaciones relacionadas con la fuente de la vida, la cual asociaban a la existencia de energías y fuerzas vitales. Por ejemplo, los chinos llamaron a esta fuerza "chi", los hindúes "prana", los romanos "spiritus", los hebreos "ruach" y los griegos "pneuma" y "psique" (Stenger V. 1999). Sin embargo, aunque en principio estas formas de construir conocimiento parezcan propias de otra época del desarrollo de la humanidad, la relación arbitraria entre lo inexplicado, lo no completamente comprendido y lo sobrenatural, parece no habernos abandonado incluso hoy, cuando el conocimiento humano sobre su propia realidad física y social y sobre el universo en general ha dado muestras de avances importantes; y es por esta razón que se sigue tiñendo con sensacionalismo aspectos de nuestra existencia que aunque no en todos los casos estén completamente esclarecidos, no hay ningún motivo racional, lógico ni científico para convertirlos en misterios.

En las tradiciones culturales orientales la noción de la fuerza vital se ha mantenido inmutable hasta nuestros días, como lo ejemplifica el concepto del Chi, cuyos fundamentos no han variado sustancialmente y hoy se retoman con un fuerte auge en las sociedades occidentales. Se supone que el Chi es una energía o fuerza vital que fluye rítmicamente en los organismos y el ambiente a través de "meridianos", y que dos de las principales formas que posee son el "ying" y el "yang". El desbalance de dicha energía es visto desde esta perspectiva como la causa primera de las enfermedades, y por consiguiente la restauración del equilibrio energético del cuerpo a través de prácticas como la acupuntura, que estimulan determinados puntos estratégicos por donde se dice fluye el Chi, es supuestamente la forma de restaurar la sanidad en el organismo (Houston P. 1995; Randi J. 1995).

En occidente el concepto de "fuerza vital" parece haber ido modificándose con el tiempo, de acuerdo con el avance en la producción de conocimiento científico. Victor Stenger (1999) señala que en un principio la energía vital se asoció con el "aliento" o la "respiración", fenómeno vinculado con términos como "psique" y "spiritus". Sin embargo a medida que la respiración o el aliento se fueron comprendiendo como fenómenos materiales y físicos, las palabras "psíquico" y "espíritu" se transformaron y gradualmente pasaron a hacer referencia a la supuesta forma inmaterial en que nuestros organismos adquieren sus cualidades vitales y de conciencia. En el siglo XIX la energía vital se asoció al fenómeno del electromagnetismo, todavía no bien comprendido por ese entonces, y se suponía que la mencionada fuerza motora de los organismos vivos estaba conectada con las "ondas electromagnéticas de éter" recién descubiertas (Stenger V. 1999). Una vez mejor comprendido el electromagnetismo como fenómeno físico y material, perdió el carácter místico que arbitrariamente se le atribuyó en la antigüedad, aunque aun hoy cierto resabio de ese sensacionalismo místico está todavía presente.

Efectivamente, en nuestros días la energía vital es concebida por los adpetos de la nueva era como "campos bioenergéticos" que son relacionados de una manera poco clara ya sea con los campos electromagnéticos clásicos, o bien con los campos y funciones de onda cuántica (Stenger V. 1999). Resulta interesante la similitud que presenta la interpretación mística de los postulados de la mecánica cuántica, fenómeno aun no totalmente comprendido, con las interpretaciones sensacionalistas del aliento y el elctromagnetismo en la antigüedad. Lo mismo que sucedió con esos dos últimos fenómenos cuando aun no eran bien explicados, está sucediendo con la mecánica cuántica. Sin embargo por lo que se sabe hasta ahora de la física cuántica y sus aparentes contradicciones con la forma en que la materia se comporta en el nivel macroscópico, nada justifica ni hace requerir la introducción de elementos místicos y supersticiosos para su comprensión (Stenger V. 1999; Stenger V. 1997).

Para los neoerenses el campo bioenergético es entonces una fuerza holista viviente que trasciende el enfoque reduccionista y mecanicista de la biología, la química y la física. De la misma forma que en la antigüedad, los actuales curanderos bioenergéticos sostienen que el balance de tal fuerza vital a través de la homeopatía, la quiropráctica, la pranoterapia o la acupuntura --solo para mencionar algunos ejemplos-- son las formas mágicas de curar las enfermedades. Es así que, a pesar de los avances tecnológicos y el mayor conocimiento que hemos llegado a tener acerca de la realidad objetiva en la que nos desenvolvemos, estas nociones ancestrales orientales sobre fuerzas vitales, así como sus versiones occidentales pretendidamente compatibles con el conjunto de conocimientos científicos del momento, son aplicadas como si fueran hechos reales por ejemplo en la administración de prácticas sanitarias a través de las dudosas "terapias alternativas" tendientes a lograr el balance del supuesto campo energético que nos infunde vida.

De esta forma, para la quiropráctica la fuerza vital fluye a través de la espina dorsal, y su desbalance, expresado en subluxaciones vertebrales, es la causa de la mayoría de enfermedades, las cuales se curan restableciendo dicho balance mediante ajustes en la columna (Williams J. 1999). De forma similar, la homeopatía sostiene que sus remedios van directamente a la fuerza vital (definida de forma muy similar a como se ha expuesto aquí e incluso comparada con el Chi), administrando un "poco" de la enfermedad que el desbalance de la fuerza vital ha producido en el paciente (las diluciones infinitesimales recetadas pueden llegar al punto de que el "medicamento" recetado no contenga ni una molécula del ingrediente activo). Se supone que dicha fuerza reconoce el remedio homeopático como un irritante que provoca determinado efecto pernicioso en el organismo y la lleva a repelerlo. Como si tuviera conciencia y vida propia, se afirma que la fuerza vital luego reconoce la similitud entre el efecto producido por el remedio y la enfermedad que padece la persona a la que esta fuerza le infunde vida, entonces cuando trata de alejar la enfermedad inducida por la medicina homeopática, aleja también la enfermedad que aqueja al paciente (Mirman J. 1994).

La medicina cuántica por su parte, basada en alegorías y fantasías sacadas de los postulados de la física cuántica, sostiene entre otras cosas que las enfermedades son imaginadas por la mente ya que, de acuerdo con su perspectiva, la mente o el observador crean la realidad, sinsentido supuestamente basado en el comportamiento del movimiento de partículas como los electrones y de las conclusiones obtenidas por los físicos a partir de éste. Aunque el comportamiento de las partículas a ese nivel más que microscópico de la materia no está sujeto a las leyes de la mecánica clásica que describen la realidad macroscópica, no implica de ninguna forma ni hace requerir tampoco, elementos sobrenaturales o supersticiosos para su comprensión. La mecánica cuántica es una rama de la física aun incompleta, y apresurarse a su entendimiento mediante explicaciones mágicas y sobrenaturales es, como lo afirma Bertram Rothschild (2000:61), cometer el mismo error que hemos cometido los humanos desde que nuestros ancestros homínidos erraban por la tierra: "...cuando la explicación racional no podía aclarar las cosas, invocaban a los espíritus y a los eventos mágicos...". Reproduciendo este comportamiento erróneo, las alegorías de los cuánticos neoerenses llevan a afirmar entonces que el campo bioenergético está ligado a una especie de éter cósmico que permea al universo formando algo así como una conciencia universal en constante interacción con todos sus componentes, de tal forma que no se puede abordar al individuo sin apelar al universo y vicesversa, holismo que Einstein ridiculizó llamándolo "acción fantasmal a distancia" (Stenger V. 1998). Sería interesante preguntarle a estos místicos holistas y cuánticos ¿Por qué será que hay tanta mortalidad infantil en el Tercer Mundo? ¿Tendrán más imaginación los niños pobres que los ricos? ¿Por qué la esperanza de vida aumenta cuando se descubren los antibióticos? ¿Será que después de esos descubrimientos a la gente se le acabó la imaginación? ¿Por qué el mundo no es como lo deseamos? Si es el observador el que con su mente crea la realidad sería interesante bloquearles a estos cuánticos, sentidos como la vista y el oído y sin que se den cuenta (ojos bendados y oídos tapados) dejarles caer un bloque de concreto encima como prueba para corroborar sus afirmaciones.

Todas estas afirmaciones no pasan de ser historias bonitas que han tomado fuerza a raíz de la proliferación de modas estéticas e intelectuales. Para decepción de sus seguidores, por lo que se sabe hasta ahora en diversos campos de las ciencias naturales, no hay ningún tipo de evidencia --ni teoría que lleve a requerir de ella-- que nos haga pensar en "fuerzas vitales" como responsables de nuestra vida y, aunque el hecho no sea grato para muchos, todo indica a que la materia orgánica puede hacer el trabajo por ella misma, sin ayuda de espíritus, energías ocultas o éteres cósmicos. Asimismo, como se verá a continuación el límite entre la materia orgánica y la materia inerte no está aun claro para la biología debido a que tanto la materia viva como la inanimada está compuesta por el mismo tipo de átomos, o como bien concluye Pigliucci (1999:25) "los seres vivos no estamos separados del resto del universo por ninguna fuerza o energía vital misteriosa".


2. MATERIA Y VIDA.

A pesar de que los seres humanos hemos acariciado siempre la idea de ser algo especial en el conjunto del universo, y para ello como se ha visto hemos buscado a lo largo de la historia explicaciones mágicas y maravillosas sobre nuestro origen y el origen de nuestro cuerpo, en la realidad concreta no somos más que la unión temporal de determinados elementos químicos. Es así también que el límite entre lo vivo y lo inerte no está muy claro aun, sobre todo si nos ubicamos en el nivel microscópico, en el que se pueden encontrar por ejemplo seres que no son más que proteínas y Ácidos nucléicos. ¿Cuáles serían las características que compartirían un retrovirus y un antílope por ejemplo? O un ser humano cuyo cuerpo está formado por 75 billones de células, y una bacteria formada por una sola célula. En esta sección se esbozará un repaso suscinto de las características generales de los organismos que habitan la tierra, por el momento único punto del universo en el que tenemos certeza de que existe la vida.

Las propiedades de cualquier tipo de material provienen de las infinitas variaciones en que los átomos pueden ser ordenados y enlazados. Cuando dos átomos se reorganizan por sí solos, de forma que cada uno sienta una fuerte atracción por el otro, se forma el enlace químico, existiendo varios tipos conocidos de enlaces, a saber: iónico, covalente, metálico, fuerzas de Van Der Waals y mixto. El tipo de enlace que se formará entre dos elementos es aquel que requiera el mínimo de energía posible, y una sustancia se comportará de una forma u otra según estén organizados sus átomos. Por ejemplo, el diamante y el grafito están compuestos únicamente por átomos de Carbono. Los enlaces del grafito son fuerzas de Van der Waals y cada átomo de Carbono se une débilmente a otros tres. Por otra parte, en el diamante los enlaces son covalentes y cada átomo de Carbono se une fuertemente a otros cuatro. Así, con la misma composición química se forma un mineral blando como el grafito, e igualmente uno de los materiales más duros que se conocen, es decir, el diamante. La diferencia la hace la forma en que en ambos materiales se han acomodado los átomos.

El atributo más sobresaliente de los seres vivos es su complejidad y la capacidad para extraer y transformar la energía de su entorno a partir de materias primas sencillas, y utilizarlas para construir y mantener sus propias e intrincadas estructuras. A diferencia de la materia orgánica, la materia inanimada no posee esta capacidad de utilizar la energía externa para mantener su propia organización estructural, y por el contrario, habitualmente se degrada a un estado más desordenado cuando absorbe energía en forma de luz o calor. En este punto resulta pertinente la pregunta que Albert Lehninguer plantea en su obra Bioquímica (1982:4):

"...Podemos preguntarnos ahora: si los organismos vivos están compuestos por moléculas intrínsecamente inanimadas ¿Cómo es que la materia viva se diferencia de modo tan radical de la inerte, que también esta constituida por la misma clase de moléculas inanimadas? ¿Por qué los organismos vivos son algo más que la suma de las partes inanimadas? Los filósofos medievales habrían contestado que los organismos vivos están dotados de una fuerza vital misteriosa y divina. Pero esta doctrina que recibe el nombre de 'vitalismo', es una superstición y ha sido descartada por la ciencia moderna...".

De forma distinta a como un espiritualista o un "místico bioenergético" hubieran contestado a esa interrogante, la química ha desarrollado una rama especializada que estudia los seres vivos y las sustancias orgánicas, a la que se denomina justamente bioquímica. Los elementos más abundantes en la bioquímica son el Carbono, Hidrógeno, Oxígeno, Nitrógeno, Fósforo, Calcio, Sodio, Cloro, Potasio, y Magnesio. Asimismo, las distintas reacciones químicas que ocurren en el cuerpo de cualquier ser vivo se producen atendiendo a las leyes de la física y de la química. No se conoce hasta ahora de ningún caso en el que un elemento químico reaccionara de forma diferente dentro de un organismo a como lo haría en condiciones similares en el exterior de éste.

Las cuatro moléculas principales que existen en bioquímica son: (a) Proteínas, formadas por aminoácidos; (b) Lípidos (grasas y aceites); (c) Hidratos de Carbono, formados por azúcares; y (d) ácidos nucléicos, los cuales trasmiten la información genética. En los últimos años se ha popularizado todo lo que tenga que ver con la genética, como por ejemplo los transgénicos y las clonaciones. Las moléculas de ADN o de ARN están formadas por nucleótidos, es decir: Una base purínica o pirimidínica (Adenina, Guanina, Citosina, Uracilo), un azúcar (ribosa o desoxirribosa) y un grupo fosfato. La secuencia de las bases a lo largo de la molécula de ADN forma un mensaje que le indica a la célula como ha de fabricar las proteínas. Para desencanto de quienes consideran al ser humano una creación especial, se tiene que todos los organismos vivos poseemos el mismo código genético, de lo que resulta que los humanos compartimos éste código tanto con un insecto como con un mamífero del orden de los roedores.

Asimismo, los seres vivos estamos compuestos por células, algunas de ellas más simples como las procariotas, en las que el material genético está libre en el citoplasma celular; y otras más complejas o evolucionadas como las eucariotas, en las que los ácidos nucleicos están separados del citoplasma por una membrana. Al mismo tiempo las células están compuestas por orgánulos, que a su vez están formados por unidades más pequeñas como lípidos y proteínas, entre otros. Si bajamos otro nivel nos encontramos con las moléculas --cuyos principales tipos fueron mencionados anteriormente-- y los átomos. Todo lo que conocemos hasta ahora en el universo está compuesto por los elementos químicos que se agrupan en la tabla periódica, y los organismos vivos no son una excepción. Los átomos y moléculas que forman parte de un ser vivo son exactamente iguales que los que forman una roca, un cartel publicitario o un televisor, aunque la estructura y funciones del organismo del que forman parte no tenga nada que ver en unos casos y en otros.

Por otra parte, debemos recordar que en ecología se han estudiado los ciclos de la materia, como los del Carbono, Fósforo y Nitrógeno, a partir de los cuales se ha llegado a saber que los elementos se incorporan a los organismos productores primarios (autótrofos), que serán comidos por los consumidores primarios (herbívoros), que a su vez serán devorados por los consumidores secundarios (carnívoros), de quienes finalmente se alimentarán los carroñeros y los descomponedores. Esto es lo que se conoce como cadena trófica. Obviamente esto es una simplificación ya que existen miles de variantes, de tal forma que por ejemplo en un momento de su ciclo vital un carroñero puede ser devorado por un carnívoro y un carnívoro puede ser devorado por otro depredador.

El nivel de eficacia en la transferencia de energía de un nivel a otro de la cadena trófica es solo del 10%, el resto se pierde en forma de heces, de restos no consumidos (como por ejemplo huesos) y de energía. Como se ve, es indiferente que una reacción química sea orgánica o inorgánica; para transformar una sustancia en otra siempre se pierde energía (como lo postula la termodinámica). Todos los elementos que forman parte de los tejidos de un organismo van a ser devorados, digeridos y excretados, según los casos. Cuando un ser vivo se muere es descompuesto en sus unidades fundamentales; las moléculas de agua, las sales minerales, los hidratos de carbono, etc., serán incorporados de nuevo a la naturaleza y con el tiempo serán consumidos por las plantas con lo cual vuelve a empezar el ciclo, o acabarán formado parte de una roca o de un río, o de cualquier compuesto químico.

Recapitulando, si los compuestos químicos no funcionan entonces de modo diferente cuando forman parte de un ser vivo que cuando forman parte de un objeto inerte; si las funciones vitales de un organismo se rigen por las mismas propiedades físico-químicas de la materia inanimada; si la energía que se acumula en un ser vivo es conocida y se puede medir; si los movimientos musculares y el impulso nervioso se realizan a través de despolarizaciones de las membranas celulares basadas en la bomba de Sodio-Potasio ¿Dónde se ubica y para qué se necesita la "energía vital" mística que los neoerenses, orientalistas y curanderos cuánticos suponen es la cualidad especial de los seres vivos? ¿Cómo se sabe que existe? Cuando el organismo se descompone ¿A dónde va esa energía? ¿Cómo y en qué se transforma esa energía?.

Pareciera mostrarse con el auge de las prácticas terapéuticas basadas en el concepto de la energía vital, que la apelación al amarillismo, a convertir en algo fantástico hechos concretos y cotidianos, tiende a atraer a una gran cantidad de personas que en este caso ya sea en busca de refugios fantásticos y relajantes; en la búsqueda y asimiliación acrítica de "modas intelectuales"; en busca de espacios de curación por estar excluidas de los sistemas públicos y privados de salud; o bien vulnerables por el trato impersonal y frío que reciben en los centros de atención médica; son presa fácil de los "charlatanes con buena formación académica" como definiera Arnold Relman, exdirector del New England Journal of Medicine, a los practicantes de medicinas integrales, cuánticas y en general pseudocientíficas (Martínez C. 2000).

Al hacerse innecesaria la energía vital desde el punto de vista racional, lógico y científico, las afirmaciones relacionadas con ella son fácilmente descartables a través del principio de la Navaja de Occam que dice: Pluralitas non est ponenda sine neccesitate, o la pluralidad no debería proponerse cuando no es necesario. En este sentido, las fuerzas vitales mágicas forman parte de la pluralidad de suposiciones innecesarias para comprender el origen de la vida. Cuando hay varias explicaciones propuestas para un fenómeno, la más sencilla, la que está basada en lo que la experiencia demuestra que por el momento es cierto y es verdad, es por ende la más probable de ser cierta. El resto es innecesario.


3. CONCLUSIONES.

No hay ningún tipo de motivo para apelar a fuerzas vitales místicas con el fin de explicar el origen y existencia de los organismos vivos. Las propuestas "bioenergéticas" o "cuánticas" propias del sistema de creencias de la nueva era, no pasan de ser simples alegorías con las cuales se tiñe de amarillismo sobrenatural fenómenos completamente materiales, físicos y concretos, ya que incluso las partículas existentes en el límite último de la materia, tratadas por la mecánica cuántica, como por ejemplo los fotones --partículas de luz--, siguen siendo eso, materia, y tienen sus mismas características como la masa inercial y gravitacional. Las propuestas "vitales" y "energéticas" son entonces afirmaciones poco confiables que al carecer de evidencia que las sustente tienen que ser asumidas por fe por sus fieles devotos y probablemente no vayan a ser consideradas seriamente desde el punto de vista científico debido a que son creencias justificadas en el mejor de los casos en testimonios anecdóticos de gente que afirma haberse curado milagrosa y sobrenaturalmente; testimonios que por su misma naturaleza no están sujetos a la comprobación ni a la falseabilidad. Ni la ciencia, ni el escepticismo, ni el pensamiento racional se tratan de fe, sino de investigación y averiguación; de comprobar o descartar; camino opuesto al tomado por los proponentes de las explicaciones místicas sobre el origen de la vida.

Contrario a lo que aparentan, las prácticas médicas pseudocientíficas basadas en el concepto de la energía vital no son inofensivas, ya que podrían poner en riesgo la salud de pacientes que dejen de ser diagnósticados o tratados adecuadamente por confiar en la intervención de éteres cósmicos, en un "universo que conspira" para que nuestros sueños se materialicen, en balances de campos bioenergéticos o en curanderos con poderes sobrenaturales. Asimismo, como toda afirmación supersticiosa, las pretensiones vitalistas llevan a minar la capacidad de las personas a creer en ellas mismas, en los seres humanos concretos, biológicos y sociales; así como también debilita la capacidad para creer en la humanidad. Además, estas afirmaciones nueva era podrían representar eventualmente un obstáculo --en mayor o menor grado-- para el desarrollo de la investigación científica. Así como por ejemplo el fenómeno OVNI ha representado un serio estorbo para la investigación y búsqueda científica de vida e inteligencia extraterrestre; del mismo modo las afirmaciones de "viajes astrales", "desdoblamientos" o "medicina cuántica", las cuales pretenden asirse de los postulados de la mecánica cuántica, constituyen una desvirtuación de un verdadero logro de la humanidad como lo es el descubrimiento del comportamiento de la materia a niveles de partículas.

Aunque imperfectos y falibles, los métodos científicos de investigación son los medios más confiables y certeros para conocer el universo y nuestro lugar en él. A través de la ciencia hemos llegado por ejemplo a esclarecer las leyes que rigen la vida, el movimiento de los planetas o el comportamiento de la energía. Los humanos hemos acariciado siempre la idea de considerarnos seres especiales, y en muchos aspectos lo somos; sin embargo no existimos ni nos desarrollamos al margen de las leyes que rigen al universo. Al final de cuentas somos una entre las tantas millones de especies que comparten un lugar en el planeta tierra. A través de la ciencia hemos podido llegar a comprender mejor el mundo, combatir enfermedades, crear materiales nuevos y modificar nuestro entorno; es decir, hemos llegado a conservar y perpetuar nuestro lugar en este planeta. La ciencia también nos permite prever las consecuencias de nuestras acciones, y nos da las herramientas para corregir algunos de nuestros errores, aunque no siempre lo hagamos. Es por ello que, como lo afirmara Carl Sagan alguna vez, abandonar los métodos científicos de investigación sería ponernos de regreso en el camino del oscurantismo.

El conocimiento de los organismos y de su funcionamiento es lo que ha llevado a la medicina, la ecología, y la etología, entre otras disciplinas científicas, a mejorar las condiciones de vida de los seres humanos, aunque por razones históricas, sociales, políticas y económicas esa mejora no haya llegado aun a determinados sectores de la población mundial. A pesar de que las prácticas médicas científicas en algunos casos se han hecho inaccesibles para grandes segmentos de la población, especialmente en los países pobres, entre otros aspectos debido al crecimiento demográfico, a la sobrecarga de trabajo de médicos y a presupuestos insuficientes de los gobiernos para la inversión social y la salud pública; eso no lleva de ninguna manera a pretender devolver el tiempo y el progreso humano a épocas en que se "sanaban" enfermedades alejando espíritus malignos. Desafortunadamente, de esta situación --muestra en muchos casos de una injusticia social de raíces históricas-- se han aprovechado charlatanes y místicos sensacionalistas que prometen tratamientos mágicos, holistas o energéticos a través de prácticas y remedios milagrosos "curalotodo", los cuales promocionan usando terminología científica extraña dirigida a personas que convenientemente son mantenidas en la ignorancia de los conceptos más básicos del conocimiento científico contemporáneo.

Otro campo fértil para este tipo de practicantes, son las personas de ingresos medios y altos, con una formación académica consolidada, que hacen eco acrítico de las últimas tendencias de la moda intelectual, en este caso posmodernista y neoerense, la cual pretende relativizar la existencia de realidades objetivas y los logros de la ciencia sobre ellas. De cualquier forma, es posible que a pesar de la evidencia y del sentido común, no falte nunca algún devoto que prefiera acudir donde algún evangelista escandaloso para someterse a sanaciones milagrosas en las que se invocan espíritus sagrados; ir donde un brujo para mejorar mediante hechizos sus condiciones de vida; consultar la posición de los astros antes de tomar una decisión; o aplicar medicinas ancestrales afirmando que tienen siglos de antigüedad, a lo que se podría replicar que es cierto que esas prácticas médicas son milenarias, pero la esperanza y calidad de vida actual producto de los descubrimientos y avances médicos científicos es miles de veces mejor a la de siglos pasados.

Para poder combatir eficientemente la superchería, es necesario un mayor entrenamiento en pensamiento crítico, de preferencia desde los primeros años de vida. Esta necesidad es aun mayor en la presente época, en la que el oscurantismo y las percepciones fantásticas de la realidad renacen y toman auge en una sociedad con necesidades, muchas de ellas emocionales, aun no atendidas y que encuentra en lo extraordinario una de sus cuevas para refugiarse. El llegar a creer solo un poco en nosotros mismos y en la humanidad, junto con el hábito del pensamiento crítico, son dos de los principales pasos que se deben seguir para lograr que el número de incautos se vaya reduciendo, los farsantes se queden sin mercado, y que las personas aprendamos a no tragarnos todo lo que nos llega, de buenas a primeras.


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