Universo, Dios y Ciencia |
Por Dr. Royé Muñoz Zamora Decía Carl Sagan que el escepticismo "no es la negación indiscriminada de leyes, creencias o ideas, sino el instrumento por medio del cual esas leyes, creencias o ideas se someten al método científico para desecharlas, mejorarlas o cambiarlas, transformándolas en verdades actuales". Inclusive las verdades actuales, con el tiempo, pueden ser cambiadas, transformadas o sustituidas para obtener nuevas verdades. O sea, no hay verdades definitivas o eternas y es solamente la ciencia --en la que se emplea la razón, la observación y la comprobación experimental para lograr el conocimiento exacto-- la que nos puede mantener viviendo con "los pies sobre la Tierra". Este es el camino correcto que ha demostrado, a través de la historia, ser el instrumento que nos libera de la ignorancia, el atraso, la pobreza y el conformismo, además de ayudarnos a no ser presa fácil de las supersticiones, las leyendas, los dogmas y las fábulas. Decía Albert Einstein que detrás de las puertas de los descubrimientos científicos está Dios. Ese Dios del que habla Einstein es el universo mismo, que nadie sabe si fue creado o es infinito y eterno, como él mismo lo señala en su famosa meditación: "hay dos cosas infinitas y eternas: el Universo y la estupidez, sin embargo todavía tengo algunas dudas sobre la primera". Nos corresponde a los humanos, aprovechando el fantástico desarrollo cerebral, no formar parte de la segunda y más bien que ella sea un incentivo que nos permita a todos entrar en un proceso de educación y desarrollo, pues es la única arma efectiva para tener cada día más y mejores juicios y lograr la verdadera libertad y felicidad. Para entender mejor. El desarrollo de las comunicaciones y la oferta de una amplísima gama de bibliografía científica está a la mano para el ideal del proceso formativo: especializarse en la acción para lograr la excelencia y universalizarse en el conocimiento para entender mejor nuestro mundo. Despojarse de fanatismos y de propuestas dogmáticas para abrazar las verdades científicas es una conducta sabia y enriquecedora. Si el Estado (Gobierno) se impusiera como prioridad velar porque la formación del niño, el joven y el ciudadano se realice usando el gran arsenal de bibliografía científica correcta y controlando, y ojalá anulando toda la basura seudocientífica, mercantilista, inmoral y antiética, los pueblos del mundo darían un gran paso al desarrollo. La inteligencia, la consciencia y el raciocinio, hasta ahora los mejores productos de la evolución cerebral, nunca podrán esclarecer el misterio de la existencia universal. Por ello creo que mal hacemos los humanos --con una representación, en relación con el cosmos, similar o posiblemente menor a un microbio-- malgastar nuestro tiempo y facultades en resolver ese enigma. El transitar por este mundo parece ya estar diseñado para todo lo existente. Si meditamos sobre nuestra presencia, o sea: cómo vinimos, lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos hasta la inevitable muerte, tenemos por delante la historia repetitiva y sencilla de la vida. Ante esta realidad, ¿qué se debe hacer? La lógica nos indica: vivir felices y haciendo el bien, con libertad plena, desarrollarnos física y mentalmente y transitar los caminos que, principalmente nosotros mismos, con base en nuestra educación, nos hemos trazado para las diferentes etapas. También debemos estar conscientes que a lo largo de la historia hemos sido los responsables de la mayoría de las pequeñas y grandes calamidades y sufrimientos de nuestro prójimo. No hay muerte total. Desde hace tiempo la ciencia nos ha enseñado que todo lo que existe está compuesto, en mayor o menor grado, por las mismas sustancias. Que éstas están formadas por átomos y moléculas y que estas partículas son activas; es decir, no hay muerte total. La materia se nos presenta en infinidad de formas dependiendo de la combinación y cohesión de los átomos. Lo que llamamos materia con vida (orgánica) es también un enigma que difícilmente podremos aclarar. Vale aquí señalar que los átomos, otrora unidad indivisible, ahora se sabe que también están formados por partículas, hasta llegar a los quarks, que se han detectado por sus efectos experimentales, pero no se han visualizado. Es decir, la materia, en su mínima expresión, es energía. Una de las famosas teorías de Einstein, casualmente, es la de la equivalencia de masa y energía (E=mc2) con la que se llegó a obtener la energía atómica. La materia no se crea ni se destruye, se transforma. La muerte que conocemos es sólo un cambio de manifestación de la materia, indispensable para la renovación y la evolución. Lo vemos a diario en la naturaleza. El concepto de espíritu, que para muchos representa una copia invisible del ser, pareciera más bien que no es más que el conjunto de sensaciones, sentimientos, ilusiones, etc. inherentes a la actividad humana y producto o resultado de la fisiología o funcionamiento del cerebro. Sugiere toda la información científica y la observación que, sin cerebro, no existe lo que se ha llamado espíritu. Definitivamente, educarse para alcanzar el conocimiento (ciencia) y comprensión de los temas universales es una invaluable y agradable aventura que no se debería posponer. Iniciativa para la Promoción del Pensamiento Crítico (IPPEC-CR) |