Rabbanah

Un satanista muy peculiar

 

  

  

 La lluvia ®

 

En la penumbra de su habitación, sus pensamientos corrían con frenesí, y cuya mente se encontraba tan perturbada que temía en volverse loco, se encontraba Pietro Maximoff.

En su mano derecha sostenía un maloliente whiskey hasta la mitad; ni una luz entraba al recinto. Las sombras de la oscuridad hacían las veces de espectros malditos que ocurrían como una dantesca visión. Solamente en el sofá, que tantas veces le sirvió de lugar de escape ante el incesante estrés de la vida cotidiana. De pronto, como si fuera el llamado del destino sonó el teléfono. Dejó que sonara un par de veces antes de contestar la bocina; no deseaba romper la tan deseada paz por la que clamaba su espíritu.

Palmoteó un poco antes de levantar el teléfono, contestó con voz ahogada y escuchó la voz cacofónica que se oía. Asintió un par de veces como si afirmara las palabras del interlocutor. Dio una despedida fría y colgó el teléfono con una lentitud que pareciese que la eternidad se filtrara en su ser y no quisiera destruir el momento.

Llevó su mano izquierda a su rostro y lo frotó con fuerza. Sus pensamientos se perdieron como las olas que se destruyen en un risco, aquellas que van, y ya jamás volverán. La mente le quedó en blanco y su rostro se tornó con un ademán de tristeza.

Un relámpago, anunciante de una gran tormenta que azotaría la ciudad, rompió el encanto en el cual se había sumergido Pietro, quiso maldecir su suerte pero el cascabeleo de la lluvia le tranquilizó de manera tal que pocas cosas le había hecho sentir en su corta vida.

Se levantó del sofá de un salto y dejó su vaso en una pequeña mesa. Caminó lentamente hasta el baño y prendió la luz. No se molestó en cerrar la puerta. Se retiró los jeans azules y los zapatos tenis blancos; la camisa color blanca la lanzó fuera del baño, y su ropa interior la jaloneó como bandera. Pasó sus manos en las manijas de la regadera y titubeó un instante; abrió las llaves sin orden. El ruido de la lluvia se confundió con el de la regadera, sumergió su cabeza hacia su pecho y se sostuvo con sus brazos en la pared. No quería saber nada, no deseaba tener nada, en lo absoluto.

El chorro de agua tibia caía sobre su cuerpo con fuerza, como si el agua pudiese sentir la tristeza de Pietro y de alguna forma quisiera hacerle menos su pesar. Tomó el jabón y el estropajo, y talló con mucha fuerza su cuerpo, como si quisiera desprenderse la piel. Dejó de frotarse hasta que sintió la piel tan irritada, que el agua le molestaba. Soltó el jabón y el estropajo, sujetó la botella de shampoo y  dejó caer una generosa porción sobre su cabeza. Hundió los dedos en su bruna cabellera, que no rebasaba la mitad de sus dedos de lo largo.

El teléfono volvió a sonar con insistencia, y Pietro no se inmutó, no hizo ningún intento por contestar. Después de cinco timbrazos la contestadora telefónica se encendió, pero al dar la señal de mensaje se escuchó cuando colgaban la otra bocina. A Pietro no le importó, ni siquiera pensó en quién hubiera sido.

Dejó que el agua le cayera sobre el cuerpo bastante tiempo, quiso imaginarse por un momento que se encontraba en un mar, debajo del agua, y con zapatos de cemento... La tranquilidad del agua y la frescura de su temperatura, todo eso es lo que deseaba en ese momento. Cerró las llaves y se quedó parado un momento más, sin pensar en nada. La lluvia seguía azotando con fuerza la ciudad.

Pietro apagó las luces del cuarto de baño y salió hacia su cuarto, sin ocuparse de secarse el cuerpo y dejando mojado el camino. Encendió la lámpara que estaba cerca de la cama, y la tenue luz invadió los rincones del cuarto. La lluvia azotaba la ventana que estaba directamente frente a él, un relámpago iluminó la noche Y Pietro dejó escapar un leve suspiro como si quisiera olvidarse de todo lo que existe, y quedarse en casa hasta que pasara la tormenta, pero sabía que olvidar nunca podría ser, y mucho menos esa vez. Entre más trataba de olvidar, más recordaba.

Abrió uno de los cajones de su peinador y empezó a ponerse la ropa interior con rapidez. Buscó en su armario ropa formal y tomó la decisión: Le llamaría, iría a verla.

Colocó un poco de gelatina para el cabello en sus dedos y la aplicó uniformemente en su corta cabellera. Volteó a verse en el espejo y su cara se tornó en asombro; jamás se había tan desesperado, tan triste, tan solo. La visión que tuvo en el espejo, de ese hombre destruido es algo que se llevará hasta la tumba, cuya imagen estará presente en los anales de su memoria, como el vivo recuerdo de la soledad encarnada. Aquella odiada y repudiada.

Pietro volteó a verse los pies avergonzado de su propia imagen. Se calzó un par de zapatos propiamente boleados. Buscó entre sus cosas un poco de loción y se puso bastante, con temor de que el aroma que tanto le gustaba a ella no fuese a llegar.

Apagó la lámpara de su cuarto y se dirigió a tientas al teléfono, marcó el de aquellos taxis que tanto gustaba en utilizar por su servicio veloz, y en especial, porque sus tarifas eran las más módicas que cualquier otro. Pidió su unidad y colgó titubeante, como si de pronto desease no haber hecho esa llamada.

Volvió a levantar el teléfono y marcó el número de ella, no sonó la línea ni dos veces cuando ella contestó cortésmente; a Pietro se le cortaron las palabras y no pudo decir nada. Aquella supo de inmediato quién era, y le dijo suavemente que quería que le invitara a tomar un café. Pietro se entusiasmó un poco, tartamudeó un tanto más y le afirmó la hora y el lugar. Se verían en veinte minutos a lo sumo.

Pietro colgó, más alegre, pero aún sintiéndose inquieto, salió de su casa al tejaban para poder sentir la helada brisa que corría, y pensar en las cosas que dirían, aquello que quiso decir y nunca pudo por cobardía o por simple apatía; quería abrir su corazón a un torrente de fuego que amenazaba con devorarlo, cual hoja seca que arrastrara el viento. Dudaba, temía, tenía ese sentimiento de inseguridad que sintió aquella vez, aquella última vez. Quería volverse a abrir como cuando la conoció, era tan sencillo entonces, pero, ahora, por su propio desdén no podía hacerlo.

La lluvia seguía cayendo con fuerza sobre la ciudad, eran de esas lluvias escasas que poco se dejan ver en esa región tan árida. Pero a Pietro, como a muchos más, no le importó; tal parece ser que de verdad lo disfrutaba.

Un sedán amarillo y blanco llegó a su casa, tocó la bocina dos veces anunciando su llegada. Pietro puso llave a su puerta y corrió al taxi, tratando de evitar mojar sus ropas tan meticulosamente arregladas. Dio el destino al conductor y no dijo más. Sacó un cigarrillo de entre sus ropas y lo encendió con maestría. No se molestó en voltear a ver al chofer cuando abrió su ventanilla un poco y dejó escuchar un gemido de disgusto por el tabaco; para Pietro, esa era la última de sus preocupaciones.

El agua que golpeaba las ventanillas del auto, le mantenían en austera calma, aquella que es difícil de comprender. Dejó que sus pensamientos vagaran mientras le daba una inhalada a su cigarro profundamente. Volteó a ver la punta encendida del tabaco y pensó en la forma en que se consume, tan rápido, el recuerdo se hace humo, simple neblina que una noche tormentosa ni se inmuta ante tal soberbia: La cual que él disfrutó en su momento, pero tan efímera que se escapó, inevitablemente y sin control; y todo por su arrogancia y por la simpleza estúpida de su orgullo, la que destrozó la inocencia y el amor que existió a sus alrededores. Vio la ceniza, y no pensó más sino en el rostro indeleble que queda después del fuego. De aquel infernal fuego que presentó en su sino, y que no estuvo conforme hasta dejar puras cenizas. Y ahora simplemente quería redimirse, reconstruir lo destruido. Como un lienzo en blanco mancillado por pincelazos de pintura. No deja de ser destrucción.

Un coche en sentido contrario desvió su atención del cigarrillo, escuchó las groserías del chofer y éste comentó algo acerca de lo mal que manejaban los demás. Pietro dejó ver una tenue sonrisa de compromiso y se volvió hacia la ventanilla. Empezó a contar las gotas que se estrellaban... de igual forma en que él había hecho estrellar el cristal del afecto, astillándolo y terminándolo por romper. Pero como el agua, pensó, es posible regresarlo a su patria: La mar. Así el cristal volvería también a los sueños de arena que le invadieron en sus años mozos. Recordó un verso de Bécquer cuando sus pensamientos vagaban aún, aquél que reza acerca de hacia dónde se dirigiría el amor cuando muere.

El conductor no dejaba de hablar acerca de lo mal que manejaban los demás automovilistas, y en repartir una sarta de majaderías, que hasta para los oídos de Pietro, que no era ningún santo,  se escuchaban repugnantes.

Alzó la vista y limpió el parabrisas de enfrente de él, y alcanzó a ver el inmenso anuncio de neón de la cafetería tan anhelada. Un escalofrío cruzó por su espalda y sintió como se le erizaba el vello de la nuca cuando vio el vehículo de ella estacionado justo enfrente de la puerta de la cafetería.

Entonces pasó. Pietro sólo escuchó un estruendo, que confundió con un relámpago, pero de pronto sintió que varios pedazos diminutos de vidrio le ametrallaban el cuerpo y la cara. De pronto se vio de cara contra el parabrisas, y saltando como saeta directamente fuera del auto. No sintió el impacto del pavimento mojado sobre su rostro, ni tampoco se percató del daño que había sufrido.

Volteó con dificultad hacia atrás; solamente escuchaba bocinas de conductores histéricos, enfrenones cerrados, rechinar de llantas, el crujir de los frenos; por allá escuchaba los gritos de alguien pidiendo una ambulancia, y sólo alcanzó a ver el sedán deshecho por casi la totalidad, y un inmenso camión de carga en la parte del chofer. No alcanzó a ver al conductor, pero intuyó que no podía estar mejor que él. Quiso levantarse, algo le quería hacer llegar al café, aunque fuera arrastrándose, pero no podía ni mover un dedo de su cuerpo. Hasta este instante cayó en cuenta de que había sufrido un accidente, y que lo más probable era que ella se dio cuenta. Quiso hablar, pero un agudo dolor en su abdomen le obligó a callar. Volteó con dificultad a ver lo que tenía: Tenía el abdomen totalmente abierto, desde la comisura donde terminaba su pecho, hasta el espacio debajo de su ombligo, en una horrible herida hecha en forma diagonal; tenía las vísceras al descubierto, se le veía un hueso de fuera y sangrante, y se dio cuenta de que su rodilla izquierda la tenía totalmente doblada. Muchísima sangre rodeaba su cuerpo, y sintió que todo era un sueño, que no tardaba en despertar en su cama, algo alterado. Cerró sus ojos con fuerza al sentir otra punzada de dolor, pero ni siquiera el más pequeño lamento se escuchó de sus labios.

Volteó hacia el cielo y veía la lluvia como dagas directamente enviadas en contra de él. Sintió a la gente que se acercaba para ver con morbosa saña el accidente.

Escuchó los gritos de ella.

Se acercó, con cuidado le tapó sus heridas con un chaleco y se puso a llorar encima de él; trataba de confortarlo, hacerle menos dolorosa su muerte, casi inminente. Le dijo lo equivocada que estaba, y que resistiera a la ayuda que venía en camino.

La lluvia pareció calmarse en su ira, como si esperase la respuesta de Pietro. Sus ojos se elevaron hasta el rostro de ella. Su mano derecha se acercó a su cara y le tomó la punta de la nariz, aquella nariz que tanto adoraba y gustaba. Un rostro tan hermoso para él, que sería lo único por lo que gozó en la vida. Tanto era, que se sentía indigno de la belleza que tanto amaba en ella.

Con un esfuerzo sobrenatural, sacado desde lo más profundo de su ser, y con la terquedad que siempre le caracterizó a él, pudo vencer un poco el dolor, y Pietro pudo hablar un poco:

-"...¿A...Alicia?

-"No hables, descansa un poquito, por favor..."

El llanto y los sollozos no dejaban hablar a Alicia, la imagen, completamente destruida de la persona que ella en alguna ocasión consideró como indestructible e invencible le partía el alma, peor que un jarrón dejado caer por un abismo.

-"...Te... te dije... que moriría a tu lado... siempre... siempre te amé... yo... lo siento tanto... te amo... mi querida esposa...¨-

Un último suspiro salió de la garganta de Pietro Maximoff, una tierna sonrisa se dibujó en su cara, y una mano apretaba la mano de su esposa. Y la lluvia dejó de caer, marcando el final de un largo sueño...

 

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