"La liberación de los trabajadores será
obra de los trabajadores mismos"
Año 2 - suplemento especial - 24 de Abril de 2002
suplemento especial
Venezuela
es un país de estadísticas escalofriantes: el 80% de la población
está por debajo de la línea de pobreza, mientras el 56% de la población
sobrevive en los “cerros” alrededor de las ciudades por fuera,
temporal o permanentemente, de la actividad productiva, constituyendo
un fenomenal ejército industrial de reserva –19 millones de seres
humanos-, en su mayor parte, crónico.
Junto
a éste existe una moderna clase obrera, concentrada fundamentalmente
en la rama del petróleo, o en la agroindustria, ligadas a la exportación
al mercado norteamericano, y en menor medida en la construcción,
acero, textiles.
Detrás
de estas estadísticas se esconde la brutal decadencia de las
fuerzas productivas y el hundimiento de la civilización en ese
país, producto de décadas de dominación imperialista, que ha
moldeado a Venezuela –como a todas las semicolonias- de manera
altamente desigual, y combinando a la vez lo más avanzado de la
técnica y de las fuerzas productivas –como en la rama petrolera-
con los aspectos más marcados del atraso.
Venezuela
fue uno de los primeros países sudamericano en ser totalmente
semicolonizado por el imperialismo yanqui a la salida de la
segunda guerra mundial. En la posguerra vivió un ciclo expansivo
de su economía, ligado a las inversiones imperialistas en el
petróleo, que duró hasta la década del ’80, período durante el
cual, por el contrario, el resto de las semicolonias latinoamericanas
–que habían conocido un ciclo de expansión durante la segunda
guerra- iniciaban, como Argentina, su lenta decadencia.
Como
parte de este proceso, en la década del ’70, con la apertura de
la crisis mundial y en particular de la crisis del petróleo, Venezuela
se vio favorecida con el alza de los precios del crudo, mientras
el resto de los países latinoamericanos pegaban un salto en su
decadencia. Esta es la explicación de por qué, mientras las dictaduras
militares se imponían en todo el continente, Venezuela experimentaba
la supervivencia del régimen basado en el pacto del Punto Fijo,
bonapartista, pero bajo formas seudodemocráticas.
A partir
de los ’80, Venezuela que fue el país que más tardó en empezar caer,
fue el que más aceleradamente se hundió. En este último período,
entró en una crisis crónica, sin conocer ningún ciclo corto de
reactivación por ingreso de capitales –como el que experimentaron
Argentina, Brasil, Chile en los ‘90-, rasgo común al de todos los
países del Pacto Andino. Esta crisis crónica de los últimos 20
años, es lo que explica el salto del 45% en los ’70, al 80% actual,
de la población subsistiendo por debajo de la línea de pobreza.
Es decir, es lo que explica la creación de ese enorme ejército industrial
de reserva crónico, que se expresa incluso en una decadencia
de la propia especie humana, producto de sucesivas generaciones
viviendo en la más absoluta sub-nutrición.
La catástrofe social y económica imperante hoy en Venezuela, es la expresión de que, a causa de la crisis de dirección revolucionaria, es decir, de las traiciones del stalinismo, del castrismo, de las burocracias sindicales, los trabajadores y las masas venezolanas –como los de toda Latinoamérica-, no han podido llevar al triunfo sus luchas revolucionarias, como el ascenso iniciado con el Caracazo, esto es, no han podido hacerse del poder.
Los millones
que componen ese enorme ejército industrial de reserva –contra
lo que dicen los stalinistas, centristas, o intelectuales burgueses
como Petras, que los ven como “excluídos”- son parte del proletariado
venezolano, la más explotada y oprimida. Solamente la clase
obrera -sobre la base de un programa revolucionario para
independizarse del control de todas las fracciones burguesas- incluidos sus hermanos semiproletarios,
desocupados crónicos, que han dado muestras de una enorme energía
revolucionaria, acaudillando al conjunto de la nación oprimida,
haciéndose del poder, expulsando al imperialismo y expropiando
a la burguesía, puede resolver el problema de poner a producir
todos los brazos de ese enorme ejército industrial de reserva,
y comenzar a resolver la decadencia de las fuerzas productivas,
tanto en Venezuela, como en el resto de las semicolonias latinoamericanas.
Sólo imponiendo gobiernos obrero-campesinos en Venezuela, Brasil,
Argentina, Ecuador, y en cada país del continente en el camino
de una Federación de Repúblicas Obrero-Campesinas de América
Latina, podrán sacudirse los
trabajadores y los explotados el yugo imperialista y comenzar a poner fin a la decadencia
que éste impone a las fuerzas productivas y a la civilización
humana.