"La liberación de los trabajadores será
obra de los trabajadores mismos"
Año 2 - suplemento especial - 24 de Abril de 2002
suplemento especial
Mientras Chávez
se entregaba a la Iglesia y a los golpistas, los trabajadores, el pueblo
y los soldados rasos derrotan el golpe proimperialista
Durante
todo el día sábado 13 de abril -habiéndose entregado Chávez a
los golpistas sin la más mínima resistencia-, mientras el golpe
cívico- militar apoyado por el imperialismo yanqui no terminaba
de instalarse, las masas obreras y populares hambrientas, arrastrando
a los soldados rasos y la baja suboficialidad del ejército, empezaron
a “bajar de los cerros” –expresión que en Venezuela recuerda las
masivas revueltas obreras y populares de los Caracazos de los
‘90, brutalmente reprimidas por el ejército genocida a costa
de casi 2000 muertos. Con saqueos, cortes de ruta, avanzando hacia
el centro de la ciudad, dieron inicio a una acción independiente
de masas, rompiendo el control del chavismo y de todas las direcciones
políticas y sindicales. Fue esta irrupción de las masas, aprovechando
la crisis abierta en las alturas, las que derrotaron el golpe pro-imperialista.
El golpe pro-imperialista, clerical y de la
patronal gorila, en Venezuela es parte de la brutal contraofensiva
lanzada por el imperialismo yanqui, como respuesta al hecho de
que la crisis económica mundial ha pegado, a partir del año 2001,
a su interior. Después de haber derrotado y aplastado a Afganistán,
y mientras en Argentina descarga un feroz golpe económico para
aterrorizar a los trabajadores y el pueblo que derrocaron a De
la Rúa y abrieron la revolución, ha lanzado a través del Estado
de Israel una guerra de exterminio para aplastar a la revolución
palestina y escarmentar a las masas explotadas de todo Medio
Oriente, para controlar totalmente las rutas del petróleo.
El golpe, encabezado por el ala más pro-imperialista
de la burguesía organizada en Fedecámaras (central patronal),
la iglesia, casi todo el alto mando militar, con el apoyo abierto
de la burocracia sindical de la CTV (Central de Trabajadores Venezolanos),
tenía el objetivo de imponer en Venezuela –el proveedor del 30%
del petróleo que importan los Estados Unidos- un gobierno de otro
agente del imperialismo yanqui, que le sirva en este momento en
que la crisis pegó al interior de los Estados Unidos y necesitan
quedarse con el control total del petróleo venezolano. El gobierno
de Chávez –que, como agente del imperialismo cumplió su tarea de
abortar el ascenso de masas iniciado con el Caracazo de 1989, salvar
los intereses del conjunto de la burguesía venezolana, y aplicar
en los últimos meses el plan del FMI- expresa a las burguesías nativas
que –aunque terminen subordinándose al imperialismo-, como
Saddam Hussein, o el Talibán, regatean con éste su tajada de la
renta petrolera.
Carmona (presidente de Fedecámaras), apenas instalado en el poder, disolvió el parlamento y destituyó todos los gobiernos regionales y municipales electos; anunció la suspensión de la venta de petróleo a Cuba; derogó los decretos de Chávez de los últimos meses, especialmente los relativos a la empresa semi-estatal de petróleo -Pdvsa-, e inició una redada con allanamientos, persecuciones y detenciones de los funcionarios del gobierno de Chávez, tomaba las instalaciones de la radio y televisión nacional y despedía a todos sus trabajadores, mientras Chávez se entregaba y se confesaba con el obispo golpista. Se consumaba así un golpe abiertamente pro-yanqui, que imponía una dictadura cívico-militar cuyo objetivo era la privatización completa de Pdvsa, y derrotar definitivamente al movimiento de masas.
Pero este carácter pinochetista que iba adquiriendo
rápidamente el golpe de Carmona, como expresión de la contraofensiva
con la que el imperialismo intenta imponer una nueva relación de
fuerzas abiertamente a su favor a nivel mundial, y en particular
en América Latina, su patio trasero, chocó en primer lugar, con
la respuesta del movimiento de masas.
Es que así como el imperialismo y la burguesía
golpista se tomaban el derecho de dar un golpe que era un brutal
ataque contra el movimiento de masas, éstas, arrastrando a los
soldados rasos, se tomaron el legítimo derecho de tomar en sus
propias manos la resolución del problema del hambre con los saqueos
generalizados, y de atacar a los golpistas, saqueando los negocios
de los comerciantes que habían apoyado el paro convocado por la
patronal de Fedecámaras y la burocracia sindical de la CTV.
Las masas hambrientas irrumpieron aprovechando
la descomunal crisis en las alturas y la división de la casta de
oficiales del ejército. Fue el terror de la burguesía a que la intervención
independiente de las masas abriera la revolución, lo que hizo
que todas las fracciones burguesas –incluidos los chavistas arrepentidos
y vueltos a arrepentir- obligaran a Carmona a renunciar y restituyeran
rápidamente a Chávez a quien consideran, por el momento, el único
gobierno capaz de controlar a las masas, y para
que aplique, bajo la consigna de la “unidad nacional” el plan
del imperialismo, Carmona y el FMI. Esto se demostró con claridad
cuando en su primera aparición pública, Chávez les dijo a los trabajadores,
el pueblo y los soldados que derrotaron el golpe que se vayan a
su casa, mientras llamó a los golpistas a la “conciliación”.
Así, si en 1998 el imperialismo y la burguesía
sacaron a Chávez de la cárcel y lo llevaron al gobierno para que
estrangulara y abortara la lucha revolucionaria de los trabajadores
y los explotados; hoy en 24 horas, ante la irrupción independiente
de las masas, lo volvieron a poner para
impedir que se abra la revolución.
Es la pelea por control de las reservas y las rutas
del crudo lo que está, en primer lugar, detrás del golpe pro-imperialista
en Venezuela. Estados Unidos importa de Venezuela el 30% del
petróleo que consume, que además, por la cercanía geográfica,
es de transporte mucho más barato que el crudo de Medio Oriente
o Asia Central.
Es que, cuando a partir de 2001 la crisis económica
mundial ya ha golpeado a su interior, los Estados Unidos están
inmersos en una crisis energética sin precedentes. Esto es así
porque durante el ciclo de crecimiento de los ’90, enormes masas
de capital se volcaron a las ramas de producción de las llamadas
“nuevas tecnologías” (Internet, computación, telecomunicaciones,
biotecnología), y a la especulación financiera, que concentraban
las más altas tasas de ganancia, y se producía una enorme desinversión
en el parque industrial petrolero y energético norteamericano,
que quedó totalmente obsoleto. La quiebra de la Enron –la más importante
empresa de energía yanqui- no es más que la expresión de esta crisis,
que ha llevado a la liquidación de una de las ventajas comparativas
que tenían los EE.UU., esto es, la superioridad respecto de las
demás potencias imperialistas en el campo energético, y el de
insumos básicos como el acero, ramas hoy que sufren las consecuencias
de la desinversión.
Hoy, cada dólar que aumenta el precio del barril,
significa para los Estados Unidos 70.000 millones de dólares
más de gasto anual, con lo cual el aumento de los precios del petróleo
no hace más que profundizar la recesión en su interior y la de la
economía capitalista mundial.
Además, si triunfaba el golpe en Venezuela,
si con Sharon y el ejército genocida israelí aplastaba a sangre
y fuego a la revolución palestina, Estados Unidos habría estado
más fuerte para intentar golpear a Irak e Irán y, por esa vía, dirimir
su disputa con Francia y Alemania –que tienen grandes inversiones
allí y buenas relaciones con las burguesías de esos países. Así,
controlando ya las reservas y las rutas del petróleo del Asia central
–luego de la derrota de Afganistán-, las del Cáucaso y el Caspio
asociado a la burguesía gran rusa, las de México con la imposición
del NAFTA, en gran parte las de Medio Oriente, y –si triunfaba el
golpe- las de Venezuela, le daría una superioridad indiscutible
sobre el resto de las potencias y la posibilidad de controlar
el precio de esta materia prima esencial. El control de las rutas
del petróleo y el gas es clave, puesto que la potencia imperialista
que salga triunfante en esta feroz guerra comercial, será la mejor
posicionada en la carrera por terminar de colonizar a los antiguos
estados obreros, hoy nuevos estados capitalistas, como Rusia
–cuarto productor mundial de petróleo- y China. Estas son las causas
por las cuales el imperialismo yanqui ya no puede permitir ni el
más mínimo regateo de la renta petrolera por parte de las burguesías
nacionales de las semicolonias, que era lo que Chávez venía haciendo,
al igual que la mayoría de las burguesías nativas de los países de
la OPEP.
De triunfar, el golpe contra Chávez, hubiera
permitido fortalecer la ofensiva del imperialismo en Colombia
y terminar de disciplinar a la dirección de la FARC, y sobre todo,
era un tiro por elevación para terminar de disciplinar a Fidel
Castro y a la burocracia restauracionista cubana, que dependen
del petróleo subsidiado que les vende Chávez. Si el imperialismo
yanqui quiere disciplinarlos es porque, a pesar de que ya han dado
enormes pasos hacia la restauración capitalista en la isla y
preparan su consumación, Fidel Castro –como un verdadero Yeltsin
del Caribe- y la burocracia restauracionista, quieren reciclarse
en burguesía nacional, y para ello, mientras apoyan a Bush en su
“guerra contra el terrorismo”, mientras son cómplices del encarcelamiento
en Guantánamo de los milicianos internacionalistas que fueron
a pelear a Afganistán, regatean con el imperialismo yanqui para
lograr mejores condiciones de negociación, y lo chantajean apoyándose
en las potencias europeas a las que ya le ha entregado jugosos
negocios como el turismo y el níquel en la isla.
El tiro por elevación que significó el golpe
pro-imperialista en Venezuela demuestra que el imperialismo
yanqui, en su contraofensiva, necesita sacar de los negocios
a sus competidores europeos, y disciplinar a Fidel Castro –como
a toda burguesía nacional que intente regatear con él-, y si hoy
lo intentó con un tiro por elevación con el fracasado golpe en
Venezuela, mañana lo hará, si es necesario, a los bombazos limpios,
como lo hizo en Afganistán o en Irak, transformando a la Cuba restaurada
en un protectorado directo.
Si el imperialismo yanqui puede lanzar esta
contraofensiva en toda la regla, es porque después de los atentados
del 11 de septiembre, y apoyándose en la aristocracia y la burocracia
obrera de la AFL-CIO, ha podido propinarle duras derrotas y avanzar
en cooptar a su propia clase obrera en apoyo a sus aventuras militares
en Asia y Medio Oriente, y tener las manos libres para intentar
ofensivas y aventuras superiores contra los trabajadores y los
pueblos oprimidos del mundo y arrodillar a sus competidores de
Europa y Japón.
Pero el fracaso del golpe en Venezuela y el
aislamiento en que quedaron rápidamente Carmona y los golpistas,
es la expresión de que hay una relación de fuerzas todavía no conquistada
por el imperialismo: no sólo la revolución palestina y la revolución
argentina no han sido derrotadas, sino que en América Latina,
a pesar de que las direcciones contrarrevolucionarias (stalinismo
y maoísmo) lograron estrangular la revolución ecuatoriana, y
hay una contraofensiva burguesa en Colombia, las masas obreras
y campesinas vienen peleando desde el inicio de la crisis mundial
en 1997, y en el 2000, con la irrupción del proletariado y los explotados
en lucha política de masas en Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia
y Perú, abrieron una situación pre-revolucionaria a escala continental,
que dio luego lugar a revoluciones abiertas como en Argentina.
Esta indefinición del enfrentamiento entre
revolución y contrarrevolución a nivel mundial, es lo que abre
el camino a choques superiores y más violentos, al exacerbamiento
de las disputas interimperialistas, y que a la vez, por las brechas
abiertas en las alturas pueda colarse e irrumpir la lucha de las
masas explotadas, que es lo que comenzó a suceder y puede profundizarse
en Venezuela.
Por el contrario, fue la irrupción de las masas
más pobres y explotadas iniciando una acción independiente, arrastrando
a los soldados rasos y a la baja suboficialidad del ejército,
la que con sano y perspicaz instinto de clase, derrotó al golpe
pro-yanqui, sin esperar ninguna orden desde arriba –que, por otra
parte, nunca llegó-, aprovechando el debilitamiento del chavismo
y rompiendo su control.
Repuesto en el poder, Chávez, lejos de llamar
a aplastar a la reacción, se dirige a los trabajadores y al pueblo
venezolano con la vieja cantinela de que las masas movilizadas
tienen que volver a sus casas, repitiendo la política de Perón
en Argentina o de Allende en Chile. Es decir, llama a las masas
a la “calma”, a la “paz”, a “deponer los enfrentamientos”, y la burguesía
golpista pro-imperialista a la “unidad nacional”.
Pero este cierre por arriba, momentáneo y provisorio,
no puede ocultar que la crisis que recorría a Venezuela antes del
golpe no ha cambiado: una descomunal crisis económica, y masas
que se sienten triunfantes al haber derrotado al golpe, y contra
las cuales el gobierno de Chávez – un populismo de palabra y de
manos vacías- debe descargar -como ya lo venía haciendo con el
plan fondomonetarista que le hizo perder aceleradamente base
social- mazazo tras mazazo atacando el nivel de vida de aquellas.
La burguesía y el Imperialismo tienen que hacer que este plan pase
con un régimen debilísimo, que se reduce a una sola institución,
el ejército que concentra y expresa a todas las alas de la burguesía,
y que si bien se unificó momentáneamente para sostener a Chávez,
hoy se halla profundamente dividido.
El gobierno de Chávez, como todo intento bonapartista
sui géneris (ver artículo en página 5), no ha hecho más que mostrar
que la burguesía nacional es incapaz de llevar hasta el final una
lucha consecuente contra el imperialismo. Más allá de sus bravuconadas
y de su cháchara nacionalista, durante los cuatro años que lleva
en el poder pagó puntualmente la deuda externa al FMI, amplió la
participación de los monopolios imperialistas en Pdvsa, abrió
las telecomunicaciones a la inversión privada, no tocó una sola
propiedad ni interés imperialista en Venezuela. Aprovechó la
subida de los precios del petróleo para tratar de regatear con
el amo yanqui, pero apenas éstos bajaron y frente a la ofensiva
imperialista, se disciplinó rápidamente y aplicó el plan del
FMI, imponiendo una devaluación del 25% que hundió el salario y
profundizó la hambruna y la miseria de las masas. Frente al golpe
clerical-proimperialista, no intentó la mínima resistencia
y se entregó rápidamente. Y ahora, reinstalado en el poder, ante
el peligro de que la irrupción de los trabajadores, el pueblo y
los soldados rasos que derrotaron el golpe se transforme en lucha
revolucionaria de las masas que amenace y ponga en riesgo no sólo
el dominio y la propiedad imperialista en Venezuela, sino el
de la propia burguesía nativa, llama a la “unidad nacional” a los
golpistas, disciplinándose a los dictados imperialistas.
Esto no hace más que demostrar que el dominio
del capital financiero impone en las semicolonias y colonias
el gobierno más bonapartista y autoritario que pueda. Es que,
frente a la debilidad de la burguesía nacional frente a los dos
colosos que se enfrentan –el imperialismo y el proletariado
como caudillo de la nación oprimida- el capital financiero necesita
estatizar los sindicatos, lo cual le da inmediatamente a los
regímenes semicoloniales –más allá de las formas seudodemocráticas
que éstos puedan adquirir- un carácter bonapartista o semibonapartista.
El propio gobierno de Chávez y el golpe pro-imperialista
fracasado, demuestra que, ante el golpe de la crisis mundial al
interior de los Estados Unidos, ante la necesidad de disciplinar
a su patio trasero de América Latina y aplastar la lucha de las
masas para estar en condiciones de avanzar en ofensivas contrarrevolucionarias
y guerreristas mayores y de fortalecerse aún más en la feroz competencia
y guerra comercial interimperialista, el imperialismo yanqui
necesita imponer hoy en el continente regímenes y gobiernos
mucho más bonapartistas y autoritarios que los actuales, incluso
de carácter pinochetista.
Los trotskistas estamos por la más amplia unidad
de acción militar para derrotar
cualquier nuevo intento golpista, pero luchamos por impulsar
una política, una estrategia y una organización de la clase obrera
y las masas explotadas, independiente de todas las alas de la burguesía.
Pero, mientras las fuerzas del golpismo clerical-imperialista
se agazapan, hoy es Chávez, una vez restituido en el poder, el que
manda a las masas a sus casas y llama a la “unidad nacional” con
los golpistas. Su objetivo es impedir la alianza obrera y popular,
y reunificar al ejército, único pilar del gobierno, el régimen
y el estado, imponer un gobierno de “unidad nacional”, y aplicar
el mismo plan de Carmona y el FMI.
Fueron las masas las que derrotaron al golpe,
mientras Chávez se rendía a los obispos, comandantes con sotana
de los golpistas. Y los jefes militares hasta el día anterior al
golpe chavistas, se pasaban todos del lado de Carmona. Todo programa
de acción revolucionaria hoy en Venezuela, debe partir de enfrentar
la política de reconciliación nacional de Chávez. ¡Abajo
la unidad nacional de Chávez, Carmona y la casta de oficiales asesina
del ejército, que es para aplicar el plan del FMI y de la patronal
venzolana!
Por ello, todo programa revolucionario tiene
que organizarse alrededor de este eje, explicando pacientemente
que la salida al hambre, a la miseria, a la desocupación, a la
sumisión nacional, la única posibilidad de romper con el imperialismo,
no puede venir de ningún sector burgués nacionalista ni de ningún
militar –que han demostrado todos ser golpistas-, sino únicamente
de la clase obrera, acaudillando a los campesinos y a las masas
pobres de la ciudad. Lo que necesitan las masas venezolanas es
unir sus filas con un programa y una organización independientes
del imperialismo, de todas las fracciones burguesas y del ejército,
para aplastar la reacción, para romper con el imperialismo, para
conquistar trabajo, salarios dignos, salud y educación para todos
los explotados, es decir, para imponer su propia salida a la crisis.
Este programa debe luchar por la organización
independiente de las masas que derrotaron al golpe. Hay que profundizar
la unidad de los trabajadores, el pueblo y las masas pobres con
los soldados, en primer lugar, enfrentando a la casta de oficiales
del ejército, que de “bolivariana” demostró no tener nada: ¡por
comités de trabajadores, soldados y pobladores de los “cerros”!
Hay que llamar a los soldados y a la baja suboficialidad a organizarse
en comités de base, a destituir a toda la casta de oficiales –golpista,
chavista arrepentida y vuelta a arrepentir, “institucionalista”,
todos ellos golpistas- , a elegir democráticamente a sus oficiales,
y a poner sus armas a disposición de esos comités de trabajadores,
campesinos, pobladores de los “cerros” y soldados, organizando
milicias obreras. El reciente intento de golpe costó decenas
de trabajadores asesinados: la próxima intentona no puede encontrar
a los trabajadores y el pueblo desarmados.
La burocracia sindical “adeca” de la CTV revista
en primer lugar en las filas de los golpistas conspiradores pro-yanquis.
El programa de acción revolucionario debe llamar a los trabajadores
petroleros, del hierro, metalúrgicos, a tirar abajo a esta burocracia
sindical golpista y pro-imperialista, socia de los monopolios
petroleros yanquis, a la que Chávez mantiene para que controle
a los trabajadores industriales y los tenga divididos de los
trabajadores desocupados.
Solamente levantando este programa contra
todas las fracciones del capital, podrá la clase obrera venezolana
hoy controlada por la burocracia sindical proyanqui de la CTV realizar sus anhelos de parar el feroz
ataque que lanzó Chávez contra
sus salarios y su nivel de vida. De no ser así, de ser derrotada
la nación oprimida y de quedarse el imperialismo yanqui con el
petróleo, privatizando Pdvsa, habrá decenas de miles de despidos,
mayor ataque al salario y flexibilización laboral.
La política de sumisión de la clase obrera a
la burguesía, ya sea al chavismo o a la patronal golpista, divide
las filas obreras e impide la alianza obrera y popular. La unidad
de la clase obrera sólo puede lograrse tras una estrategia obrera
independiente y un programa revolucionario, en el camino de
imponer un gobierno obrero, campesino y popular y de los soldados.
La derrota del golpe y la vuelta de Chávez al
gobierno no significa en absoluto que las masas vayan a conquistar
alguna mejora en sus justas aspiraciones contra el hambre y la
miseria, por el trabajo, por la educación y la salud. Por el contrario,
si hasta ayer Chávez no tocó ni uno solo de los intereses de la gran
patronal nacional y extranjera y del imperialismo, hoy fue repuesto
para profundizar el plan fondomonetarista que ya había comenzado
a aplicar.
Las masas trabajadoras y pobres de las ciudades
y los soldados rasos que salieron a arriesgar la vida para derrotar
el golpe, no lo hicieron para que se siga aplicando el plan del FMI
–o sea el de los golpistas- hundiéndolas en la miseria y la desocupación
y profundizando la sumisión de la nación al imperialismo. El
programa de acción revolucionario tiene que llamar a las masas
a luchar por tirar abajo el plan económico de Chávez y el FMI, oponiéndole
un programa de soluciones obreras y populares a la crisis, que
empiece por plantear la ruptura con el imperialismo y el FMI, contestándole
a la intentona golpista pro-imperialista atacando todos los
intereses y propiedades del imperialismo y sus secuaces: ¡basta
de pagar la deuda externa! Por la estatización completa de Pdvsa,
sin indemnización, echando al directorio golpista de cogestión
con la burocracia sindical con los monopolios imperialistas,
y poniéndola bajo control de los trabajadores. ¡Fuera todas las
petroleras privadas que organizaron el golpe de la mano del carnicero
Bush y estatización sin pago bajo control obrero!
Contra la desocupación y el hambre, hay que levantar
en primer lugar un subsidio de desempleo inmediato al nivel de
la canasta familiar e indexado por la inflación para todos los
desocupados, pagado con un impuesto progresivo a los grandes
capitalistas nacionales y extranjeros, en el camino de imponer
el reparto de las horas de trabajo para que todas las manos sean
puestas a producir.
Contra el ataque al salario con la devaluación
y la inflación, hay que levantar la lucha por su inmediato aumento,
y por un salario mínimo al nivel de la canasta familiar e indexado
automáticamente según la inflación.
Venezuela es el país de los grandes latifundios
en manos de los monopolios de la rama alimenticia, como Bunge
y Born, etc., mientras la mayoría de la población vive subalimentada
y es endémica la desnutrición infantil. ¡Por la expropiación
sin pago de los terratenientes y de los monopolios! ¡Que se pongan
bajo control obrero para producir alimentos para que coman todos
los trabajadores y el pueblo pobre venezolano! ¡Por un plan de
obras públicas para dar trabajo a millones y solucionar el problema
de la vivienda!
Para conquistar educación para los trabajadores
y el pueblo, es necesario expropiar sin pago todas las escuelas
y universidades privadas –propiedad de la patronal y la iglesia
golpistas-, e imponer la educación pública, gratuita y laica
en todos los niveles, que hoy casi no existe en Venezuela. Hay que
expropiar sin pago los sanatorios y clínicas privadas e imponer
un sistema estatal único de salud pública gratuito y de alta
calidad.
Solo con un programa con medidas como éstas
puede soldarse la unidad obrera y popular, luchando por un Congreso
Nacional obrero, campesino, de los soldados y popular, que levante
un programa obrero y popular de salida a la crisis.
Del régimen basado en el ejército de Chávez
salieron los verdaderos golpistas. Sólo la clase obrera acaudillando
a los campesinos y a las masas explotadas, conquistando un gobierno
obrero, campesino y popular y de los soldados armados, puede
convocar, sobre las ruinas del régimen actual, a una Asamblea Constituyente
Revolucionaria, romper con el imperialismo y aplicar este plan.
El stalinismo y las burocracias sindicales
traidoras del continente, al llevar a la clase obrera y a los explotados
a políticas de colaboración de clases y a la subordinación a
sectores de las burguesías nativas (ver artículo en página 6), no
sólo rompen a cada paso la unidad obrera, campesina y popular
país por país, sostienen a los regímenes cipayos, sino que también
impiden una lucha continental unificada de la clase obrera y
los explotados de América Latina contra el imperialismo y las
burguesías cipayas para enfrentar la ofensiva imperialista
concentrada sobre América Latina.
Por ello, para unir las filas de los trabajadores
y el pueblo venezolano con sus hermanos de clase de Ecuador, de
Argentina, de Colombia, de Perú y de toda América Latina hay
que enfrentar y derrotar las direcciones contrarrevolucionarias
de todo pelaje que lo impiden. En cambio, estas direcciones sí se unen
por sobre las fronteras, como en Foro de Porto Alegre, para discutir
y resolver cómo estrangular la lucha revolucionaria de las masas
en el continente.
Unicamente por ese camino, derrotando a las
direcciones traidoras, será posible avanzar hacia una lucha unificada
contra el imperialismo. Los aliados de la clase obrera y los campesinos
latinoamericanos son los trabajadores norteamericanos –en
particular los millones de trabajadores negros e inmigrantes
latinoamericanos que son superexplotados y tratados como parias
al interior de los Estados Unidos-, que tienen en sus manos la posibilidad
de golpear al corazón mismo del imperialismo. Los golpistas son
Bush, los monopolios petroleros, la burguesía imperialista yanqui,
los financistas de Wall Street, los mismos que organizaban los golpes
sangrientos de la década del ’70, y no los trabajadores norteamericanos
que hoy son brutalmente golpeados por los despidos y maniatados
por la aristocracia obrera y la burocracia de AFL-CIO que los subordina
a la propia burguesía imperialista.
Esta unidad de la clase obrera y los explotados
de América Latina sólo podrá conquistarse bajo una dirección
revolucionaria, que no puede ser otra que la IV Internacional
expurgada de revisionistas y centristas, regenerada y refundada,
y sus secciones nacionales. Sigue completamente vigente la tarea
planteada por la IV Internacional ya en la década del ’30: “El
proletariado latinoamericano no ha podido, no puede, no podrá
luchar eficazmente por sus intereses de clase, sino en concurso
del proletariado de los países imperialistas. Así, pues, para
los bolcheviques-leninistas no hay ninguna tarea más importante
que la de establecer la conexión y más tarde la unificación entre
las distintas partes de la organización proletaria del continente,
creando un organismo tan bien construido que cualquier vibración
revolucionaria de él acaecida en la Patagonia, repercuta inmediatamente,
como transmitida por un sistema nervioso perfecto, en las organizaciones
proletarias revolucionarias de los estados Unidos. Mientras
tal cosa no se realice, la tarea de los bolcheviques leninistas
en el Continente Americano no se habrá llevado a cabo”.