Año 2 - EDICIÓN ESPECIAL - 4 de Abril de 2002
edición especial
PARIAS EN SU
PROPIA TIERRA
Palestina fue hasta la mitad
del siglo XX una colonia inglesa. Pero cuando el imperialismo
inglés entró en su etapa de decadencia y empezó a retirarse
de parte de sus dominios tras la segunda guerra mundial,
la posta pasó a manos del imperialismo yanqui. Pero en
lugar de mantenerla como protectorado, las potencias
imperialistas, encabezadas por los EE.UU., idearon la
creación del Estado de Israel, encubriendo de esa manera
–con el manto “humanitario” de darle tierra a una “nación”
que la habría perdido– el establecimiento de un dispositivo
militar, una cuña, para controlar a las masas oprimidas
de Medio Oriente y a la vez asegurarse el acceso a las
rutas petroleras.
“Presiento que el presidente (de los EE.UU) será
el nuevo Moisés que hará nacer el niño de Israel en el desierto”
(1), declaraba un congresal norteamericano
al salir de una reunión con el presidente yanqui.
El “nuevo
y democrático Moisés”, el imperialismo yanqui, sostenía
y sostiene económica y militarmente la constitución
y permanencia del Estado sionista-fascista de Israel.
En nada más que en ese financiamiento se basa el mito del
“milagro” israelí. En su creación y sostenimiento el
Imperialismo se apoya en el Sionismo que es un movimiento
dirigido por la burguesía financiera de origen judío,
la misma, como el magnate Rothschild, que no dudó en financiar
al estado fascista alemán.
El Sionismo,
surgido en Europa a fines del siglo pasado, tras la bandera
de “un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo” y eligiendo
Palestina sobre la base de las “tradiciones” bíblicas,
fue apoyado desde un primer momento por la gran burguesía
financiera judía. Esta impulsaba el establecimiento
de una “patria” para sus “hermanos” en Palestina porque
temía que la corriente de emigración judía del Europa
Oriental, producto del hambre y la miseria, hacia la Occidental,
produjera una ola antisemita que se volviera en su contra,
a la vez que vio esta salida como una manera de alejar
a estas masas pobres de la influencia y la agitación revolucionaria.
El sionismo fue un fenómeno opuesto al de los trabajadores
e intelectuales europeos de origen judío que abrazaron
la causa de la clase obrera, que fueron parte de las luchas
revolucionarias en Europa y como tales cayeron bajo
el fascismo, y desarrollaron gestas heroicas como la
del ghetto de Varsovia.
La burguesía
sionista, que se había apoyado inicialmente en el imperialismo
británico (el “anterior Moisés”), consciente de que éste,
aún victorioso, había salido debilitado de la II Guerra
Mundial, va en busca de su “nuevo Moisés”, el imperialismo
norteamericano, que a sangre y fuego crea el Estado sionista-fascista,
racista de Israel, imponiendo ese enclave imperialista
como gendarme en la región y armado hasta los dientes
y concretando la mentira sionista de “una tierra para
un pueblo que la había perdido”. Y para concretarla era
necesario expulsar a la mayoría de los palestinos y
expropiar sus bienes. “Cuando ocupemos la tierra...expropiaremos poco a poco la propiedad
privada en los Estados que se nos asignen. Trataremos
de desanimar a la población pobre alejándola más allá
de la frontera, procurando empleo para ella en los países
intermedios y negándole cualquier empleo en nuestro país...Tanto
el proceso de expropiación como de eliminación de los
pobres deberá ser llevado adelante discretamente y
con circunspección” (2), declaraba Theodor Herzl, uno
de los fundadores del sionismo.
El 29
de noviembre de 1947 se “legitima” el establecimiento
del Estado israelí por medio de una votación de la ONU,
el ministerio de colonias del imperialismo, el mismo
que aprueba los bombardeos a Irak, al Kosovo y a Serbia,
que avaló la agresión inglesa en las Malvinas, y que encubre
con un manto de “unidad
de la comunidad mundial” la defensa de los intereses
rapaces del imperialismo y santifica sus sanguinarias
intervenciones militares en todo el mundo con el argumento
de la defensa de la “democracia”.
Esta
resolución y el nuevo plan de ocupación y establecimiento
de un Estado judío en Palestina se realiza sobre la terrible
derrota a la heroica insurrección de 1936/39 asestada
a las masas palestinas que luchaban contra el dominio
imperialista francés e inglés. Para aplastar esta insurrección,
que comenzó con una huelga general que duró seis meses,
el imperialismo utilizó la mitad de los efectivos de
todo el ejército inglés, que en ese momento era uno de los
más poderosos del mundo. Miles de palestinos fueron muertos,
detenidos y condenados a la horca o a prisión.
Pero
el pueblo palestino, volvería a levantarse en 1947. Huelgas
y manifestaciones de protesta se suceden, el “nuevo
Moisés” y el sionismo fascista lanzan una campaña terrorista
para aplastar y aniquilar la resistencia del pueblo palestino.
“La única solución es
una Palestina, o al menos una Palestina Occidental sin
árabes...Y no hay otro camino que transferir todos los árabes
desde aquí a los países vecinos, transferirlos a todos:
ni una aldea, una ni tribu deben quedar” (3). El plan
fascista se aplicó sistemáticamente y en masa apelando
a las matanzas masivas aldea por aldea, casa por casa,
fábrica a fábrica. Como ejemplo, el 31 de diciembre de
1947, en la refinería de petróleo de Haifa, donde se venían
desarrollando luchas conjuntas de obreros árabes y judíos
contra la patronal imperialista, un comando del Irgún
(4) arrojó bombas y ametralló una cola de obreros árabes
que estaba en la puerta de la refinería por trabajo, centenares
de obreros fueron muertos y heridos. El día 9 de abril de
1948, unidades especiales de la Haganá (ejército “extraoficial”
del sionismo) tomaron la aldea de Deir Yassin y recorriendo
casa por casa, arrojando granadas dentro de las mismas
y degollando a los sobrevivientes, exterminaron a todos
sus pobladores civiles, la mayoría de los cuales eran
mujeres, ancianos y niños. El líder de la organización
terrorista sionista Irgún, Menachem Begin, luego primer
ministro israelí, describía así este plan: “Todas las fuerzas judías avanzaban a
través de Haifa como un cuchillo en
la manteca. Los árabes huían llenos de pánico gritando:
¡Dei Yassin!...Este éxodo masivo pronto devino en una
enloquecida e incontrolable huida”.
La creación
del Estado de Israel contó también con la colaboración
para este objetivo de la burocracia stalinista a quien
la unía el pacto contrarrevolucionario de Yalta firmado
a la salida de la segunda guerra mundial. Y para demostrar
su lealtad a ese pacto y su rol contrarrevolucionario
envió armas y aviones a los sionistas por intermedio de
Checoslovaquia.
El 14
de mayo de 1948, sobre el exterminio y la expulsión de
miles y millones de palestinos, era proclamado el Estado
de Israel. Así se fabricó la “tierra sin pueblo” que proclamaba
el sionismo. Luego, el estado israelí aplicaba la “ley
de propiedad de las personas ausentes”, según la cual el
palestino que se hallaba “ausente” perdía todas sus propiedades
por estar estas abandonadas. Por el solo hecho de ser palestino,
se perdía el derecho a tener propiedades y cualquier otro
derecho. Esos derechos solo estaban reservados por la
ley a los habitantes de origen judío, aunque nunca hubiera
vivido en Palestina hasta entonces, y se le negaban
a los que habían habitado esas tierras por siglos. Los convirtieron
así en extranjeros en su propia tierra.
Para
concretar su plan, el estado sionista no reparó en aliarse
con los gobiernos burgueses árabes como los del Líbano
y de Jordania. Al rey Houssein de este país le corresponde
haber provocado en setiembre de 1970 una matanza de 20 mil refugiados palestinos
en sus campamentos mientras las fuerzas israelíes, con
el apoyo de la flota yanqui en el Mediterráneo, los bombardeaban.
En 1982 más de 1000 refugiados palestinos, en su mayoría
ancianos, mujeres y niños, son asesinados en los campamentos
de Sabra y Chatila en Beirut, en un operativo dirigido
por el general sionista Ariel Sharon, por entonces Ministro
de Defensa israelí, comandando a sus aliados, los milicianos
falangistas de la minoría cristiana libanesa.
Masacrados,
desterrados, encerrados en verdaderos ghettos y condenados
a vivir como parias en su propia tierra, el genocidio
del pueblo palestino es uno de los más grandes de este siglo.
Una vez
más, en el inicio de la actual revolución palestina, en
cada puño en alto, en cada piedra arrojada por los jóvenes
y trabajadores palestinos, en cada huelga y manifestación,
en cada madre que ve morir a sus hijos bajo las balas del
ejército sionista-fascista israelí, se desata el justo
odio de los trabajadores y el pueblo palestino por tantos
años de masacres, humillaciones, destierros, a los que
vienen siendo sometidos por parte del imperialismo y
su gendarme en la región el Estado sionista-fascista,
racista de Israel.
"La liberación de los trabajadores será obra
de los trabajadores mismos"
"La liberación de los trabajadores será
obra de los trabajadores mismos"