Año 2 Nro. 7 - 9 de enero de 2002
e d i t o r i a l
Madurez e inmadurez de la revolución que se ha iniciado
La revolución argentina comenzó
con una enorme espontaneidad desatada por la clase obrera y
los explotados, desbordando a la odiada burocracia sindical
de las dos CGT, del CTA, y también a la dirección stalinista del
movimiento de desocupados. Quedó demostrado así que la lucha
espontánea de las masas que tiró al gobierno y abrió el camino
al descalabro del régimen burgués en Argentina, logró en sólo
algunos días mucho más que todas las luchas dirigidas por esa
vieja dirección, que siempre utilizó la gran fuerza de los explotados
para terminar concertando y pactando con los explotadores.
Todo aquel que quiera negar la importancia decisiva
de esta espontaneidad, que intente identificar esa espontaneidad
con una supuesta “inmadurez de las masas para la revolución
proletaria” niega la fuerza motora fundamental de la revolución,
que no es otra que la energía enorme de esas fuerzas ciegas de las
masas, es decir niega la posibilidad de la revolución misma.
Por el contrario, la burguesía y las direcciones
traidoras valoran correctamente la potencialidad enorme de
esa espontaneidad desatada. Es por ello que el objetivo fundamental
de los gobiernos debilísimos, como el de Rodríguez Saá ayer y
hoy Duhalde que intentan expropiar la lucha de masas, (y de los nuevos
engaños, trampas y golpes que preparan tras bambalinas con el
concurso de la burocracia sindical), es
el de impedir que ésta se desarrolle y su profundice en
un nuevo embate de masas que termine por barrer con todas las
instituciones de este régimen infame, cuestión que abriría
la fase de la guerra civil de la revolución argentina, con frente
popular, korniloveadas, bandas fascistas y enfrentamiento
entre revolución y contrarrevolución en las calles.
Por ello, para los revolucionarios, es clave
que esa espontaneidad, esas fuerzas ciegas no se paren, no se detengan,
porque si se desarrollan hasta el final, en ese camino la clase
obrera y las masas podrán avanzar en conquistar sus organismos
de democracia directa y doble poder, y al calor de esos combates
está más cerca la posibilidad de derrotar a las direcciones
traidoras y poner en pie un partido revolucionario que pueda
preparar la insurrección y llevar a las masas al triunfo, a la
toma del poder: “La revolución proletaria es
una revolución de masas formidables desorganizadas en su conjunto.
La ciega presión de las masas
desempeña en el movimiento un papel considerable. La victoria
sólo se puede obtener por medio de un partido comunista que
tenga como objetivo preciso la toma del poder y que, con un cuidado
minucioso, medite, forje, reúna los medios para alcanzar el
objetivo que se persigue y que, al apoyarse en la insurrección
de las masas, realice sus designios” (Los problemas de la insurrección
y de la guerra civil, León Trotsky, negritas nuestras).
Hoy, no hay sector de los trabajadores y el pueblo
- recolectores de basura, municipales de Mar del Plata, choferes
de La Lujanera, pequeños ahorristas de Gral. Pico que rodean
el banco, municipales de Mendoza y decenas más- que quiera comer,
cobrar su salario, mantener su fuente de trabajo, recuperar
sus ahorros, que no salga inmediatamente a la lucha y a la calle.
¡Esa “ciega presión de las masas”, “desorganizadas en su conjunto”,
es la fuerza de la revolución misma! La revolución ha comenzado:
¡viva la revolución! Sólo apoyándose sobre esa fuerza ciega
de millones de explotados –y no contra ella- “un partido comunista que tenga como objetivo preciso la toma
del poder...” podrá conducir a las clase obrera y los explotados
a la victoria.
Las corrientes centristas y revisionistas nos
dicen que lo decisivo es el atraso de la conciencia de las masas,
y así nos hablan de “crisis de subjetividad”, de una supeusta inmadurez
de las masas, cuestión que incluso lleva a algunos a negar que
se haya iniciado la revolución. Algunas, como el PO, llegan
a decir brutalidades canallescas como que “la clase obrera
no tiene vocación de poder”. Pero en el inicio de la revolución
argentina, en la enorme espontaneidad desatada por los explotados,
se ha demostrado un nivel de conciencia avanzada, forjado en
los combates previos dados. Como decía Lenin, “en lo espontáneo
está lo embrionario de lo consciente”.
¿Qué significa esto? Que la clase obrera no entró
a la revolución con “conciencia cero”: desde el Santiagueñazo
en adelante, son casi diez años de lucha de la clase obrera y los
explotados, primero en la resistencia –en su fase de Intifada,
como definimos en el Editorial-, y luego ya en su fase ofensiva,
que significaron un enorme salto en la conciencia. En sus combates,
la clase obrera y los explotados pusieron como moción en las
calles verdaderos jalones de conciencia y programa revolucionarios,
como el grito de “¡Patrones asesinos!” de los obreros de la construcción,
de “¡Trabajo para todos” de los levantamientos de desocupados
como en Cutral-Có y Jujuy, continuado y profundizado luego
por el programa obrero de los 21 puntos de los heroicos piqueteros
del Norte de Salta que marcaron el camino del ataque a la propiedad
privada y la ganancia de los capitalistas. Pusieron jalones
de organización y democracia directa, como las Asambleas populares
del Cutralcazo, los piquetes, las dos Asambleas piqueteras con
las que el movimiento de desocupados conquistó su coordinación
y centralización nacional. Pusieron jalones y embriones de
poder obrero y de milicias obreras, como en Gral. Mosconi y en
Tartagal.
Estas luchas precedentes marcaron un salto
en la conciencia antiburocrática, que se expresó en los centenares
de comisiones internas, cuerpos de delgados y seccionales sindicales
arrancadas a la burocracia sindical. Marcaron también una recuperación
de la conciencia antiimperialista de las masas, que había sido
prácticamente aniquilada por la derrota en la guerra de Malvinas
a manos del imperialismo angloyanqui, como se viera en la lucha
de Aerolíneas, de los petroleros neuquinos y de los piqueteros
del norte de Salta.
En el período previo al inicio de la revolución,
los elementos de conciencia estuvieron dados también por un salto
político de amplias franjas de la clase obrera y las masas que
se expresó distorsionadamente en las elecciones del 14 de octubre
en el masivo “voto bronca” y en la altísima votación a las corrientes
de izquierda.
Estos saltos en la conciencia conquistados en
la lucha previa fueron los que permitieron que los trabajadores
y el pueblo, en su arrolladora espontaneidad, entraran a la
revolución identificando claramente al enemigo. Millones
de trabajadores desocupados hambrientos atacaron certeramente
los grandes supermercados propiedad de los monopolios imperialistas
o de la gran burguesía comercial argentina, al grito de “Abajo
el gobierno hambreador de De la Rúa y Cavallo”!, a diferencia
de los levantamientos de 1989 donde se habían enfrentado en guerra
de pobres contra pobres. En la batalla de Buenos Aires, las piedras
y el fuego fueron certeramente dirigidos contra los bancos,
los Mc Donald’s, las oficinas de las empresas privatizadas, y
los edificios de las instituciones del régimen odiado, y contra
las fuerzas de represión del estado patronal. En las calles, el
20 de diciembre, resonaba el grito de “A dónde está, que no se
ve, esa famosa CGT”!, continuidad del “Se va a acabar la burocracia
sindical” con el que miles de trabajadores habían sacado a patadas
a Moyano de la primer Asamblea piquetera.
En los combates previos y en las jornadas que
abrieron la revolución, participaron de forma anónima miles
y decenas de miles de obreros avanzados, educados en años de luchas
anteriores y también por su paso por las corrientes centristas
que hablan en nombre del trotskismo –como el MAS en los ’80 y los
‘90-, en las que no confían en absoluto puesto que tienen claro
que fueron estas corrientes las que, con sus capitulaciones y
agachadas, llevaron a miles de obreros y jóvenes de vanguardia
a la desmoralización. Muchos de estos obreros avanzados -que
saben leer entre líneas lo que dice la burguesía, que fueron y
son capaces de sacar conclusiones, aunque más no sea parciales,
por su propia cuenta y de volcar esa experiencia y perspicacia
en la lucha-, son parte activa del activismo en las fábricas
y en los movimientos de desocupados, en cuerpos de delgados
y comisiones internas combativas, en procesos de autoconvocados,
y estuvieron en la primera fila, junto a la nueva generación
de jóvenes trabajadores superexplotados, en los combates
decisivos del 20 de diciembre.
La madurez de la revolución que se ha iniciado
está dada no solamente por los jalones de conciencia avanzada
que expresa la espontaneidad enorme de las masas, sino también
por la madurez de la situación mundial –cosa que jamás podrán
ver los centristas nacional trotskistas-, por la madurez de la
revolución palestina que es su hermana, por la gran resistencia
de sus hermanos de la clase obrera y los explotados de América
Latina, y por la onda expansiva de la revolución argentina
que comienza a golpear en el continente.
Contra los que niegan el inicio de la revolución
por la supuesta “inmadurez de las masas”; contra aquellos que
ya se preparan para endilgarle a esa “inmadurez” la responsabilidad
por las futuras derrotas que éstas puedan sufrir, todo lo de inmadurez
que tiene esta revolución que se inició, está dado esencialmente
por la crisis de dirección revolucionaria del proletariado
y las masas, que en absoluto tienen a su frente la dirección que
se merecen. Detrás del razonamiento de los centristas sobre
el atraso en la conciencia, se esconde, por el contrario, la única
idea de que la clase obrera tiene la dirección que se merece. Pero
la realidad es que la acción de la clase obrera, en todos los momentos
álgidos, formó siempre un ángulo de 180 grados con la política
de estas direcciones.
La inmadurez de la revolución que ha comenzado
está dada entonces porque las direcciones traidoras, la burocracia
sindical en todas sus alas y el stalinismo que dirige el movimiento
de desocupados, deshicieron, en todos los períodos previos,
todo lo que la clase obrera y los explotados habían puesto en
pie y conquistado con su lucha. Es esta la razón por la cual la
clase obrera entra a la revolución sin sus organizaciones de
combate –puesto que los sindicatos, las viejas organizaciones
para la lucha económica, completamente estatizados y en manos
de la burocracia sindical traidora, se mostraron completamente
inservibles-, sin haber logrado poner en pie organismos de democracia
directa de los trabajadores y los explotados, sin lograr acaudillar
con claridad, con sus organizaciones y bajo su dirección, a
las clases medias arruinadas y a los millones de explotados que
entraron a la lucha.
Decía León Trotsky: “La revolución rusa de 1917 fue precedida de la revolución de
1905, calificada de ensayo general por Lenin. Todos los elementos
de la segunda y de la tercera revolución fueron preparados
de antemano, de manera que las fuerzas que participaban en la
lucha avanzaban por un camino conocido. Esto aceleró extraordinariamente
el período de ascensión de la revolución hacia su punto culminante”
(LT, “La revolución española y sus peligros”).
Por el contrario, en Argentina, la acción traidora
de las direcciones contrarrevolucionarias impidió, pese a
los mil y un intentos que hicieron la clase obrera y las masas
en los períodos previos, que éstas “prepararan de antemano todos
los elementos de la revolución”, es decir, que pusieran en pie
organismos de democracia directa de frente único para la lucha
política de los explotados. A esta acción de las direcciones
traidoras se suma el hecho de que la gran experiencia de las coordinadoras
de la década del ’70 no logró ser trasmitida como continuidad
a las nuevas generaciones de la clase obrera argentina que hoy
entran al combate, porque el genocidio desatado por el imperialismo
y la burguesía con la dictadura videlista masacró a lo mejor
de la vanguardia obrera revolucionaria. Y las corrientes que
hablan en nombre del trotskismo, en cuyas manos estaba la posibilidad
de mantener esa continuidad, lejos de ello, se adaptaron al régimen
y a la burocracia sindical en los ’80 y los ’90, y se negaron,
en todos los períodos previos al inicio de la revolución, a luchar
por que la clase obrera retomara esa experiencia y pusiera en
pie sus coordinadoras y sus organismos de democracia directa,
cada vez que los explotados los pusieron como moción en las calles.
Es por ello que la relativa inmadurez hoy de
la revolución que ha comenzado, está dada esencialmente por
la crisis de dirección del proletariado y por la inmadurez de
sus organizaciones que es su consecuencia. Esta se expresó
en que la clase obrera entró a la revolución con sus distintas
capas desincronizadas: mientras el levantamiento por el pan
de millones de hambrientos quedaba sin direccionalidad, la
heroica vanguardia de la juventud trabajadora que el 20 de diciembre
combatía en las calles, quedaba desincronizada de los trabajadores
industriales del gran Buenos Aires que fueron paralizados cuando
la policía hizo correr la voz de que venían “hordas de saqueadores”
a atacar sus casas y sus barrios (a pesar de que, contradictoriamente,
eso significó que miles de obreros estén organizados en comités
de autodefensa y sacando conclusiones sobre esta maniobra
de la burguesía, como reflejamos en estas páginas).
Esta desincronización de las distintas capas
de la clase obrera y la ausencia de organismos de democracia
directa es lo que impidió que ésta pudiera acaudillar y dirigir
claramente a las clases medias arruinadas en el combate, y lo
que explica que hoy sean las ilusiones, prejuicios e ideología
de esas clases medias las que haya imbuido los primeros pasos
de la revolución que se ha iniciado.
Es por esta inmadurez de la revolución que la
clase obrera no pudo aprovechar hasta ahora a su favor la descomunal
crisis revolucionaria abierta en las alturas -donde se sucedieron
cinco presidentes en una semana-, para hacerse del poder. Es
esto lo que permitió a la burguesía, por el momento, montar gobiernos
como el de Rodríguez Saá primero y el de Duhalde ahora, gobiernos
debilísimos, kerenskistas, casi sin base social, que intentan
dominar el potro brioso de esas fuerzas “formidables
desorganizadas en su conjunto” que han puesto en movimiento
las masas revolucionarias, para impedir que éstas, con un nuevo
embate, terminen por barrer con el conjunto del régimen infame.
Pero sin lugar a dudas, el elemento decisivo
de la inmadurez de esta revolución que empezó ha sido el crimen
histórico del centrismo y el oportunismo usurpadores de la
IV Internacional que han llevado las fuerzas del trotskismo -que
en Argentina combatió durante 40 años para ponerse de pie, poniendo
bajo sus filas a tres o cuatro generaciones de obreros y jóvenes
revolucionarios-, a frustraciones, catástrofes y a las peores
capitulaciones, como fuera la experiencia del MAS en los ’80,
continuada por las corrientes centristas post-89 –MST, PO, MAS;
PTS- que han repetido todas sus infamias y ninguna de sus pequeñas
virtudes.
La inmadurez de la revolución que ha iniciado
la clase obrera argentina son las mil y una oportunidades perdidas
que la clase obrera internacional y de nuestro país le dieran
al trotskismo argentino para que hubiera hoy un partido revolucionario
de vanguardia obrero e internacionalista. Un antiguo militante
del MAS resumió certeramente esas mil y una oportunidades perdidas,
cuando dijo: “En cada marcha, éramos 15.000 en las calles.
Cuando pasaba nuestra columna, la policía agachaba la cabeza
y bajaba la vista. Pero el 20 de diciembre, cuando combatíamos
en las calles con la juventud trabajadora, cuando ese partido
revolucionario era decisivo, no estaba ahí. Esas columnas
nunca llegaron”. Y esas fuerzas, ese partido no estaba allí
no porque una contrarrevolución las haya aplastado, sino a causa
de la sumisión de los estados mayores del centrismo al régimen
y a la burocracia sindical, y fundamentalmente por su adaptación
al stalinismo que lo llevara a realizar un frente estratégico
con el mismo en 1989, en el mismo momento que las masas en el Este
europeo derribaban el Muro de Berlín.
Las enormes fuerzas del movimiento trotskista
en Argentina han sido puestas por los estados mayores centristas
en todos los períodos previos, al servicio de ponerle el hombro
para que surgiera y resurgiera el stalinismo, sobre cuyos hombros
se montó la CTA que a su vez sostuvo a Daer y a Moyano, para que
a su vez el estado burgués mantuviera oprimida a la clase obrera
argentina a través de los sindicatos estatizados.
La revolución que ha empezado ha enterrado
y aniquilado las pseudo teorías traidoras de “crisis de subjetividad
del proletariado”, de “nuevos sujetos sociales”, de largos períodos
evolutivos de “recomposición reformista de la clase obrera
para organizar a los no organizados”, de no menos largos períodos
de “encuentros y congresos obreros para que surjan nuevas direcciones
para derrotar a la burocracia sindical”, de poner en pie “un
nuevo internacionalismo de juventudes anticapitalistas
globalifóblicas”, y demás estupideces de centristas acostumbrados
a las épocas de paz, no aptos para los tiempos de guerra que han
comenzado.
¡Y hoy son estos mismos estados mayores centristas
los que pretenden y pretenderán culpar de la inmadurez de la
revolución actual o de sus futuros fracasos, a la heroica clase
obrera argentina que jamás faltó a la cita!
Como ya hemos dicho, para el PO, el problema
central es que a la clase obrera “le falta vocación de poder”.
Es claro que el legislador Altamira está ofuscado con la clase
obrera porque en las últimas elecciones recibió menos votos
de los que él esperaba. Y tiene la caradurez de querer endilgarle
a los trabajadores, que derrocaron a De la Rúa, una supuesta
“ausencia de vocación de poder”, mientras que los supuestos revolucionarios
de la autoproclamada “sección argentina de la IV Internacional
refundada”... corrieron presurosos, en la figura de uno de los
máximos dirigentes del PO, a besarle la mano a Rodríguez Saá
junto a D’ Elía y a los stalinistas Alderete y Ardura de la CCC.
Para el señor Albamira –perdón, Albamonte,
del PTS-, la clase obrera y los explotados en Argentina no han
protagonizado más que unas simples “jornadas revolucionarias”
que no le llegan ni a los tobillos a las normas clásicas del Cordobazo
de 1969 –ni menos que menos a la revolución de Febrero de 1917
en Rusia-, puesto que la conciencia de las masas es atrasada e
inmadura y por lo tanto no hay obreros revolucionarios como
lo eran los de la barriada de Viborg educados por el partido de
Lenin. Es que los seudointelectuales y los estudiantes de la
universidad burguesa de Buenos Aires, sólo son capaces de reconocer
“jornadas revolucionarias” cuando irrumpen las clases medias
–es decir, su propia clase- con cacerolazos masivos, y niegan
que hayan existido, en los períodos previos, grandes jornadas
revolucionarias, protagonizadas por la clase obrera, como
en Mosconi y Tartagal, como las de los petroleros de Neuquén
quemando las refinerías, como las de los obreros del pescado
de Mar del Plata atacando la propiedad de los capitalistas y
echando a patadas a la burocracia sindical, por nombrar tan sólo
algunas.
Albamonte y el PTS, con su posición normativista,
cierran los ojos con fuerza y se niegan a reconocer la revolución
que se ha iniciado, porque están esperando la utopía de una revolución
que comience con una clase obrera que ya no existe –como fuera
la que protagonizó el Cordobazo, al fin de un ciclo de crecimiento,
y que entraba al mismo fortalecida y sin desocupación-, una
clase obrera que no tenga un 40% de sus filas desorganizadas
por la desocupación y la subocupación.
Nos están diciendo que la clase obrera sólo es
capaz de iniciar revoluciones después de un ciclo de crecimiento
del capitalismo, donde haya tenido posibilidad de templar
sus fuerzas primero en la lucha económica, conseguir conquistas
y fortalecer sus sindicatos, como fueran por ejemplo la revolución
de 1905 en Rusia, o el Mayo Francés en 1968, o el Cordobazo en la
Argentina (que, por otra parte, les recordamos a los señores
del PTS, no alcanzó para abrir una crisis revolucionaria que
tirara a Onganía, que renunció, de forma controlada, recién
un año después).
Cabe entonces recordarle al normativista
pequeñoburgués la frase del más grande teórico revolucionario,
Carlos Marx: “Gris es la teoría, y verde es el árbol de la vida”,
señor Albamonte!
Son incapaces de reconocer las revoluciones
que, como ayer en Ecuador, o en Indonesia, y hoy en Argentina
–o como en Febrero de 1917 en Rusia- se inician en medio del crac
y de la catástrofe, porque al estudiante pequeñoburgués de
la universidad de Buenos Aires, la catástrofe, la hambruna,
los padecimientos inauditos que éstas provocan, que son el motor
de que las masas explotadas irrumpan rompiendo todos los diques
de contención y abriendo la revolución, no le toca en lo más mínimo.
No hay peor ciego que el que no quiere ver, porque,
¿cómo, si no es el inicio de la revolución, llamar esas fuerzas
ciegas de las masas “desorganizadas en su conjunto”, que tiraron
al gobierno y dejaron dislocado al régimen burgués, que devoraron
cinco presidentes en siete días, en una descomunal crisis en
las alturas, y que asedian hoy al debilísimo gobierno de Duhalde
amenazando con derrumbar con un nuevo embate toda la ciudadela
del poder? Negar que empezó la revolución es negar que son las
masas las que hoy se sienten fuertes y dueñas de la situación, mientras
que las clases dominantes se dividen y pierden confianza en sus
fuerzas. Desconocer esto no es casual: es la excusa para negarse
a levantar un programa a la altura de las acciones revolucionarias
que ya realizaron las masas, como veremos más adelante.
El MST, por su parte, pareciera estar en las antípodas:
nos dice que estamos ante una “revolución triunfante”, cuando
ésta recién se ha iniciado y, a causa de la crisis de dirección
revolucionaria del proletariado, todavía no ha logrado desplegar
todas sus fuerzas ni barrer con el conjunto de este régimen infame.
Decir que esta revolución que se ha iniciado,
“híbrida, confusa, medio ciega y medio sorda”, una “semirrevolución,
mancillada y desfigurada”, sin organismos de democracia
directa de las masas, sin doble poder, sin armamento de las masas–como
decía Trotsky de la revolución española de la década del ‘30-,
ha triunfado, es llamar a las masas a que se detengan justamente
cuando lo que necesitan es completarla, realizar sus tareas
pendientes, barrer, con un nuevo embate revolucionario, con
las instituciones del régimen, poner en pie sus organismos de
democracia directa y sus comités de autodefensa, es decir,
los organismos preparatorios de la insurrección y de la toma
del poder, el único triunfo estratégico posible de los explotados.
Cuando los trotskistas argentinos levantábamos,
a partir de esa semiinsurrección que fue el Cordobazo, la consigna
de “Argentinazo”, era una forma de popularizar la necesidad
de la insurrección triunfante y la imposición de un gobierno
obrero y popular basado en la autoorganización y el armamento
de las masas. De allí que su utilización, desligada de ello, fuera
siempre peligrosa. Tan es así, que fue tomada como consigna por
el stalinismo, como el PTP, para el cual “Argentinazo” significa
un gobierno de “unidad popular” con la burguesía.
Hoy el MST titula en su periódico “Argentinazo
triunfante”, cuyo resultado es... este gobierno hambreador
del pueblo y saqueador de la nación. A confesión de parte, relevo
de pruebas: los ex –trotskistas del MST terminan de adoptar así
plenamente el programa de revolución por etapas del stalinismo
argentino.
El PO y PTS por un lado, y MST por el otro, no son
más que las dos caras de la misma moneda de una visión etapista,
menchevique, de la revolución: porque, por distintas vías, todos
les dicen a las masas que lo máximo a lo que pueden aspirar en
lo que ellos ven como una etapa en sí misma es, o a una Asamblea Constituyente
–es decir, una institución burguesa- que gobierne; o a un gobierno
obrero-burgués de Zamora y Walsh apoyado en las instituciones
de este régimen infame. La primera, porque ve masas “sin vocación
de poder” o atrasadas que no pueden abrir la revolución, y le dicen
a la clase obrera que primero tiene que educarse y lograr una
conciencia más avanzada en una Asamblea Constituyente, mientras
esperan la utopía de un ciclo de crecimiento vigoroso del capitalismo
que de pleno empleo, fortalezca a la clase obrera, la concentre
en grandes fábricas y en fuertes sindicatos, le de tiempo de templar
sus músculos en luchas económicas para que después ésta pueda
hacer la “revolución clásica” con la que sueña Albamonte. En
síntesis, una verdadera seudoteoría-programa menchevique
que define al la clase obrera por su número, y no por su lugar
en la producción, por sus métodos y por el carácter de la revolución
misma.
Y el MST, porque su cháchara sobre la “revolución
triunfante” no es más que una seudoteoría justificatoria que
no alcanza a ocultar que lo que quieren desesperadamente es
que las masas se detengan, se frenen, no demuelan este régimen
infame... en el que el MST-IU espera poder sacar millones de votos
en las elecciones y conseguir más cargos parlamentarios.
Esta discusión sobre madurez e inmadurez de
la revolución que se ha iniciado, la búsqueda de una definición
precisa de la misma no es un ejercicio escolástico de eruditos:
es de vida o muerte para definir las tareas que ésta tiene por
delante y el programa de los revolucionarios. Porque que se
haya iniciado la revolución significa que está planteado,
para toda una etapa, el problema del poder, y que, para que ésta
no sea abortada o aplastada por el imperialismo y la burguesía,
la tarea más urgente es poner en pie un partido revolucionario,
obrero e internacionalista, que pueda preparar y organizar
conscientemente la insurrección como arte y dirigir a la heroica
clase obrera argentina a la toma del poder, derrocando al poder
burgués e instaurando un gobierno obrero y popular apoyado
en los organismos de lucha de las masas insurrectas y en su armamento
generalizado.
Ese partido revolucionario que la clase obrera
se merece, hoy no existe, y allí se concentra lo esencial de la
inmadurez de esta revolución. ¿Cómo cerrar esa brecha que se
ha establecido entre el combate de la masas que no se detiene,
entre los intentos de la burguesía y de su régimen de frenarlo,
y la inmadurez del factor subjetivo –es decir, la inexistencia
de un partido revolucionario-, antes de que la burguesía logre
rearmar sus fuerzas y pasar a la contraofensiva para aplastar
la revolución que se ha iniciado? ¿Cómo lograr tiempo para que
madure y se forje ese partido revolucionario?
La clave para ello es que la ciega y formidable
fuerza de las masas que se ha desatado no se detenga, que persista
en su embate magnífico contra el régimen infame y contra los
poderosos, y que en ese combate la clase obrera y los explotados
pongan en pie, extiendan y centralicen sus propios organismos
de democracia directa, sus coordinadoras, piquetes, comités
de huelga y de fábrica, sus comités de autodefensa, preparatorios
de la insurrección y de la toma del poder.
Es en esos organismos donde los trabajadores
y los explotados pueden unir sus filas, multiplicar sus energías,
y desembarazarse rápidamente de las direcciones traidoras
de todo pelaje, porque en ellos, bajo los ojos vigilantes de las
masas insurrectas, se prueban rápidamente los programas y las
posiciones, quedan al desnudo las traiciones de las direcciones
tradicionales y la cobardía de los centristas que les cubren
el flanco izquierdo. Por eso, allí, aún un pequeño grupo de revolucionarios
puede pelear abiertamente por ganar a las masas para sus posiciones,
permitiendo que éstas se convenzan de la justeza de las mismas
por su propia experiencia, a condición de luchar irreconciliablemente
contra las direcciones traidoras, y de marcarle a cada paso
a la clase obrera y los explotados quiénes son sus aliados y quiénes
sus enemigos en la revolución que han iniciado.
Esta tarea, la de luchar incansablemente por
que los explotados constituyan sus organismos de democracia
directa, que facilitarían que se forje y madure el partido
revolucionario y acercaría la posibilidad de la insurrección,
sí podemos y debemos llevarla adelante con todas nuestras fuerzas
aún pequeños grupos de revolucionarios. Sólo así, a condición
de luchar incansablemente por esta tarea urgente, la enorme
energía de las masas en la revolución que han iniciado nos dará
tiempo y mil y una oportunidades para poner en pie el partido
revolucionario que necesita la clase obrera para llevar la
revolución al triunfo.
Silvia Novak, Pico y Pablo Cortina
"La liberación de los trabajadores será
obra de los trabajadores mismos"