Año 2 Nro. 7 - 9 de enero de 2002
e d i t o r i a l
El 13 de diciembre último, los trabajadores encabezaban
un masivo paro general político contra el gobierno de De la Rúa–Cavallo.
Pero a diferencia de los siete paros generales anteriores que la dirigencia
sindical se vio obligada a llamar, éste no actuó descomprimiendo la
situación ni pudo ser puesto a los pies de la patronal del “Frente Productivo”.
Con esta huelga general política y las distintas jornadas revolucionarias
que le sucedieron, fueron entrando a la lucha todos los sectores de
la clase obrera, las masas explotadas y la clase media pauperizada,
los protagonistas de los diez días que conmoverion a nuestro país. Desde
el día 17 se empezaban a generalizar durísimas luchas obreras contra
los despidos y rebajas salariales, como en Telecom, Zanón, Foetra, ferroviarios,
Emfer. Los trabajadores estatales de Neuquén y los municipales de Córdoba,
los de Santiago, estaban a la vanguardia.
El 19
de diciembre, mientras las masas hambrientas, por decenas de miles,
asaltaban supermercados, y la policía comenzaba la masacre que culminó
con 30 trabajadores asesinados, la Iglesia, el PJ y la Alianza, junto
a la patronal de la UIA y del “Frente Productivo”, junto a la burocracia
sindical, hacían los últimos intentos,
en la sede de Cáritas, por salvar al gobierno de De la Rúa intentando
acordar con él un plan devaluacionista para enfrentar el hundimiento
estrepitoso del plan Cavallo. Pero ningún acuerdo salió de este conclave.
Con el correr de las horas, las masas no hicieron más que seguir ganado
las calles, imponiendo un gran logro: la caída revolucionaria del gobierno
de De la Rua-Cavallo y la apertura de una crisis descomunal en las alturas.
La clase obrera y el pueblo respondían así al crac con que la crisis
mundial golpeara a Argentina y al golpe económico descargado sobre sus
hombros por el Imperialismo.
En diciembre
de 1999, De la Rúa, debutó como gobierno asesinando a dos trabajadores
en Corrientes y prometiendo desde esa ciudad poner orden en el país,
luego de que los trabajadores con sus luchas habían dejado herido de
muerte al Menemato. Pero dos años de luchas obreras políticas generalizadas,
con siete paros generales, impidieron que el gobierno de De La Rúa se
consolidara como un “Delarruato” fuerte que derrotara al movimiento
obrero.
Desde
el 13 de diciembre, los trabajadores empezaron a pasar, esta vez de
forma generalizada, por sobre los diques de contención del régimen y
de la burocracia sindical. Finalmente, el 19 y el 20, la burocracia
sindical de la CGT, oficial y disidente, fue rebasada por una acción
que lucharon por evitar a toda costa y hasta último momento de la mano
de la Iglesia y la patronal en la reunión de Caritas. Al momento del
inicio de los saqueos masivos, De Gennaro y el CTA se encontraban juntando
firmas para un petitorio “contra la pobreza”. ¡Patético! Decenas de
miles asaltando supermercados y la dirección levantando firmas. La dirección
piquetera de D’Elía y Alderete, que llevó a la vía muerta a las dos
grandes asambleas piqueteras y pactó con el gobierno ser los administradores
de las limosnas de los “planes trabajar”, aparecía por TV lloriqueando
en medio de los saqueos, condenándolos, como vulgares reaccionarios
asustados.
Los trabajadores,
con sus paros generales políticos, con sus levantamientos locales y
sus piquetes, como los de Mosconi y Tartagal, con multitud de luchas
como las de Córdoba y Neuquén, venían desde hace meses acosando a la
“ciudadela”, del régimen infame y del gobierno De La Rúa-Cavallo. En
las jornadas del 19 ya la direccionalidad política del movimiento era
clara: se hacían al grito de “Fuera De La Rúa-Cavallo”, y “Fuera todos”
dirigido contra todas las instituciones burguesas. Los saqueos no se
transformaban en una guerra de pobres contra pobres sino que fueron
un ataque directo a la propiedad burguesa.
Pero a diferencia de otras oportunidades, las clases medias dejaron de
sostener al gobierno del que habían sido su principal base social: ahora
éstas, ante el ataque del gobierno a sus ahorros, entraron en escena
por las grietas abiertas por el movimiento obrero. La gran marcha de
las cacerolas del 19 por la noche soldó nuevamente la unidad obrero
y popular, terminó por quitarle al gobierno y al régimen toda base social,
e inclinó decididamente la balanza a favor de los trabajadores.
Pero
esto no era suficiente. Los que sostenían a De la Rúa no querían ceder.
Todavía haría falta una enorme jornada revolucionaria
más, la del día 20, la más revolucionaria de todas, la de las barricadas
y los enfrentamientos con la policía durante todo un día en la Plaza
de Mayo, para vencer la resistencia de los explotadores, para derrocar
al gobierno de los monopolios privatizadores y la Repsol, y poner en
desbandada el plan de la “unidad nacional” alternativo del “Frente productivo”.
Si la policía se ensañó tanto en la Plaza de Mayo, matando sus francotiradores
a siete jóvenes trabajadores, no fue por la tosudez de De La Rúa en
no irse, sino porque estaban aterrorizados, tal cual lo confesaron los
mismos funcionarios del gobierno derrocado, de que se repitiera el escenario
de Rumania en 1989, que las masas entraran a la Casa Rosada repitiendo
los sucesos a la caída de Ceaucescu donde aquellas se hicieron justicia
con sus propias manos con los funcionarios del antiguo régimen.
Asistimos
así, al dislocamiento del régimen patronal, al comienzo de una crisis
fenomenal en las alturas, en la que ninguna facción burguesa podía imponer
una solución. En un primer momento, aterrorizada, la burguesía aceptó
el encaramamiento de un gobierno debilísimo, el de Rodríguez Saá, de
frente popular, de colaboración de clases entre la burguesía mercado-internista
y las direcciones oficiales del movimiento obrero, con un solo fin:
el de ganar tiempo, el de sacar a las masas de las calles apelando al
engaño y a las palabras dulzonas de las promesas demagógicas.
El ascenso de Rodríguez Saá fue posible por el vacío que abrió la crisis
revolucionaria en las alturas, y expresión del aterrorizamiento y desbande
que se produjo entre las filas de la burguesía ante la revolución que
se inició (ver recuadro). Fue un gobierno de frente popular “sui”generis,
que aunque prematuro, logró el triunfo de confundir y sacar a los trabajadores
momentáneamente de las calles, permitiendo el golpe palaciego que lo
derrocó.
Organizado
este putch por los gobernadores peronistas, se impuso con la designación
de Duhalde, un gobierno apoyado en el PJ y la UCR, es decir, el último
intento de un gobierno del Pacto de Olivos, apoyado en la gran burguesía
exportadora nacional y extranjera y el Imperialismo, la misma base de
clases que organizó el golpe militar genocida del 76. Pero es un gobierno
débil, sin base social, que enfrenta masas insubordinadas y que se sienten
triunfantes.
Tras
más de diez días de acciones independientes que conmovieron al país,
el régimen burgués está dislocado: vimos sucederse cinco presidentes
en 10 días durante una descomunal crisis revolucionaria. No ha quedado
una sola institución del régimen prestigiada, que no sea profundamente
odiada por los trabajadores y el pueblo: los jueces de la Corte Suprema
deben escaparse por los sótanos del palacio de los Tribunales; la Asamblea
Legislativa pudo usurpar el triunfo obrero y popular y votar las leyes
antiobreras de Duhalde, solo porque sesiona rodeada por miles de policías
armados hasta los dientes, y apelando a grupos de matones organizados
por la policía y los barones del PJ. No solo De La Rúa y Cavallo temen
por su seguridad: igual que sucedía con los militares luego de su caída
en el 82, ni uno solo de los políticos de la UCR y el PJ que se arrogaron
la representación del pueblo para expropiar su triunfo y designar dos
presidentes en una semana, puede caminar libremente por las calles del
país por el temor a la reacción obrera y popular. Las personalidades
más encumbradas del antiguo gobierno, empezando por De la Rúa y Cavallo,
viven en la clandestinidad protegidos por sus socios del PJ y la UCR.
Pero
de todos estos logros, el más extraordinario es que los trabajadores
rompieron el corsé de la burocracia sindical pero esta vez de forma
generalizada y a nivel nacional, cuando en los períodos previos fue
sectorial y/o local como en Mosconi y Tartagal, los obreros del pescado
en Mar del Plata, los choféres de la UTA de Córdoba. Es la primera vez
desde 1975 que los trabajadores pasan de manera generalizada por arriba
del dique de contención de la burocracia sindical y de los sindicatos
estatizados. Cuando lo hicieron en aquella oportunidad, la patronal
y el imperialismo organizaron el golpe militar, que preservó a esos
burócratas. Por esta sola razón, las acciones independientes que hoy
dieron inicio a esta revolución son continuación, con otras formas y
otras características de otras grandes gestas del movimiento obrero,
como las de los 70. La espontaneidad de las masas pasando por encima
de las direcciones traidoras, fue un millón de veces superior a las
luchas controladas por la burocracia sindical.
Como
veremos más adelante, el gobierno de Duhalde, no es más que un intento,
el último y desesperado, por salvar la ropa del viejo régimen del Pacto
de Olivos sostenido por los partidos patronales odiados por las masas.
Es la respuesta de la gran patronal exportadora nacional y extranjera,
la misma que creó el inmenso negociado de la deuda externa, la que auspició
y sostuvo a la dictadura militar, por lograr una nueva ubicación en
el mercado mundial, en desmedro de las facciones burguesas que más ganaron
y del imperialismo europeo, de abrir sobre la base de un aumento de
la plusvalía arrancada al movimiento obrero y de una devaluación, un
nuevo ciclo que asegure el pago de la deuda externa al imperialismo
yanqui.
Pero
la situación del movimiento obrero y de masas es de rebelión e insubordinación.
La burguesía cerró momentaneamente la crisis por arriba, pero por abajo
la revolución sigue viva. Las jornadas que dieron inicio a la revolución,
aun hoy siguen abiertas. Todo sector que se siente atacado, sale a luchar.
El estado de las masas es preinsurreccional. La confianza de los trabajadores
en sí mismos no ha hecho más que fortalecerse.
La revolución que empezó, vive en esta conciencia que se conquistó.
Con razón, la patronal y el imperialismo están temerosos. Saben que
deben lanzar un furibundo ataque
contra estas masas que se sienten triunfantes. Esta es la nueva relación
de fuerzas conquistada.
Al momento
de escribir estas líneas, hay multitud de luchas por el cobro de salarios
y contra los despidos, como la de los trabajadores del Hospital Italiano,
la de los obreros de Emfer tomando las boleterías de la estación de
trenes, el levantamiento del pueblo de Pilar contra su intendente, las
acciones que en las distintas ciudades del país, como en Mendoza y en
La Plata, se producen a veces separadas por cuadras y minutos de diferencia
entre ellas, los cortes de calle al menor conflicto, los actos de protesta
espontáneos por parte de los pequeños ahorristas estafados, la indignación
y la guerra callejera contra la policía por el asesinato de los tres
pibes en Floresta. Demuestran que la chispa puede saltar en cualquier
momento.
Este
es el segundo más grande logro de la revolución que se inició: los trabajadores han adquirido la conciencia
de que a los gobiernos se los tira con las luchas en las calles.
El otro es la debilidad en que dejó a los poderosos, a la patronal esclavista,
a los banqueros, a los monopolios imperialistas, a los dueños de las
empresas privatizadas, que se pelean entre ellos. Los príncipes que
expropiaron el triunfo del pueblo una vez que éste tiró al rey, solo
pueden apelar al blindaje de su régimen, como lo muestra el parlamento
rodeado permanentemente de cientos de policías. Solo la traición de
la burocracia sindical impide que nuevas acciones unificadas de la clase
obrera y sus aliados tiren a este gobierno ilegítimo y terminen de hacer
saltar por el aire al régimen patronal y profundice la revolución. ¡Esta
es la tarea pendiente!
La revolución
argentina se haya ante una encrucijada de la misma naturaleza que la
que planteara Trotsky en los 30: “Después
de la guerra, se produjeron una serie de revoluciones, que significaron
brillantes victorias: en Rusia, en Alemania, en Austria-Hungría, más
tarde, en España. Pero fue solo en Rusia donde el proletariado tomó
plenamente el poder en sus manos, expropió a sus explotadores y, gracias
a ellos, supo como crear y mantener un Estado Obrero. En
todos los otros casos, el proletariado a pesar de la victoria se detuvo
por causa de su dirección, a mitad de camino. El resultado de esto
fue que el poder escapó de sus manos y, desplazándose de izquierda a
derecha, terminó siendo el botín del fascismo.” (León Trotsky, “¿Adónde
va Francia?”).
Por delante
de la revolución que se ha iniciado quedan nuevas jornadas revolucionarias
o nuevos golpes de la contrarrevolución. ¿Podrán estos últimos detener
las enormes fuerzas desatadas por la revolución? Todo depende de la
dirección que logre madurar al calor de los combates nacionales e internacionales.
La clase
obrera, las masas explotadas, la clase media pauperizada, sin organismos
que las centralizaran, con una gran espontaneidad y sin una dirección
revolucionaria, en el medio de un crac económico, abrieron la crisis,
pero no tomaron el poder como estaba planteado. Se inicia una etapa
revolucionaria que solo podrá ser cerrada con acciones contrarrevolucionarias
del mismo tenor que las que la abrieron, o profundizada por un nuevo
embate revolucionario de las masas.
Las masas obreras y populares
inician la revolución y ponen a la Argentina por el camino
de Palestina hoy, y ayer el de Ecuador
Los trabajadores argentinos deben
sentir el orgullo internacionalista de que mientras el Imperialismo
y sus aliados festejaban el triunfo de sus bombas asesinas en Afganistán,
en Argentina les asestamos un golpe de sentido inverso: les tiramos
el gobierno de sus agentes De La Rúa-Cavallo con el que pensaban tener
tranquilo su patio trasero mientras bombardean a las masas árabes.
Estas
extraordinarias acciones independientes, que han dejado exhausto y dislocado
al régimen patronal y a todas sus instituciones, fueron posibles porque
la crisis mundial ha terminado de quebrar a la Argentina semicolonial.
Argentina ha demostrado ser el eslabón más debil de la cadena de dominación
imperialista en la región. Las rocas submarinas de la crisis mundial,
tras la cual la burguesía argentina se quedó sin ubicación en el mercado
mundial (el país está “quebrado” dice Duhalde), abrieron desde hace
cuatro años gruesas grietas bajo la línea de flotación del régimen patronal.
Argentina
es otra de las revoluciones paridas por la crisis mundial. En particular,
es hija de su tercera ronda, que golpeó a Turquía, y a los mismos EEUU
abriendo la recesión a su interior. Por esta razón, por que la crisis
salió de la periferia para golpear en el corazón mismo del imperialismo,
nada será igual que antes. El Imperialismo yanqui se encuentra en una
lucha por su supremacía llevada adelante a bombazos limpios contra las
masas como en Afganistán. Por esa razón, lejos del socorro que EEUU
prestó a Mexico o a Rusia en rondas anteriores de la crisis, esta vez
se limita a ayudar a Turquía porque es un país llave en su plan de dominación
del este. Para los demás países que son arrastrados en la vorágine de
la crisis, su política es obligar a la quiebra lisa y llana para imponer
un nuevo salto en su dominación, someterlos a simples protectorados
como el Kosovo, o gobiernos títeres como en Afganistán. ¡Pero para imponer
el gobierno directo de los síndicos del FMI, tienen que aún derrotar
a las masas! Argentina es expresión avanzada de este choque entre revolución
y contrarrevolución a nivel mundial, de esta etapa convulsiva de la
situación mundial cruzada por cracs, crisis y guerras. Como en todo
país semicolonial, las dos grandes fuerzas que se enfrentan son, en
una barricada, la clase obrera acaudillando al resto de los explotados
y a las clases medias pobres, y en la otra el imperialismo y sus socios
nativos.
Al igual
que en Palestina –la otra gran revolución de este período- la clase
obrera y los explotados de Argentina también tuvieron varios años previos
de “Intifada”, de feroz resistencia, donde hablaban el lenguaje de las
piedras y del fuego en revueltas
como el Santiagueñazo. Años de enfrentamiento contra la gendarmería
y la policía como en Cutral-Có, Jujuy y en Salta, antes de poder irrumpir
a la ofensiva en diciembre del 2000, cuando se dio el levantamiento
de Mosconi, en una lucha golpe a golpe contra la patronal y su gobierno
hasta diciembre del 2001, abriendo la revolución tras ocho paros generales,
jornadas revolucionarias, derrota de la policía en las calles, generalizando
el método de los piquetes, conquistando nuevos organismos que la burocracia
sindical y el stalinismo se encargaron de disolver.
Al igual
que en Palestina, donde las masas con su intervención hicieron saltar
por los aires los acuerdos de Oslo y descalabraron el dispositivo contarrrevolucionario
acordado por su dirección nacionalista burguesa, el imperialismo y su
gendarme el Estado de Israel, los trabajadores y el pueblo en Argentina
con sus acciones han sobrepasado y debilitado al extremo los diques
de contención del régimen patronal, cipayo y proimperialista. Así como
los trabajadores y el pueblo palestinos pasaron por arriba de su dirección,
la OLP, en Argentina, el dispositivo contrarrevolucionario de la burocracia
sindical sobre el movimiento obrero y del stalinismo sobre el movimiento
de desocupados, fue pasado por arriba por las masas en una acción independiente
de alcances históricos.
Nuestra
revolución para nada es un fenómeno nacional, aislado. La revolución
argentina es continuadora no solo de la palestina, sino también de esa
otra gran revolución inconclusa que los trabajadores y campesinos empezaron
hace dos años en Ecuador y que fue derrotada a causa de la dirección
stalinista al frente de sus sindicatos y de la dirección campesina.
Es hermana del gran levantamiento del agua en Cochabamba, Bolivia. El
imperialismo yanqui y las burguesías cipayas de la región ven con temor
que la llama se expanda.
Duhalde: último intento senil
Con la entronización de Duhalde,
lo que se consumó en la Asamblea Legislativa es una nueva usurpación
a cargo de los expropiadores, estafadores y saqueadores del pueblo.
Con la diferencia de que en lugar de un gobierno que coqueteaba con
la clase obrera y fue a pedir el apoyo de la CGT, como fue el de Rodríguez
Saá una semana antes, en el mismo parlamento que le dio los superpoderes
a Cavallo se impuso un gobierno que es el último intento por mantener
el régimen del pacto de Olivos de los partidos patronales contra los
que se levantaron los trabajadores y el pueblo, de los Menem, los Duhalde,
los Alfonsín. La asunción de Duhalde fue producto de un acuerdo bonapartista
a espaldas del pueblo - pactado en reuniones secretas iguales a las
que le dieron la re-elección a Menem.
El de
Duhalde es el último intento del régimen de partidos que sostuvieron
a la dictadura militar, que salvaron a los genocidas y descargaron la
hiperinflación bajo Alfonsín, que sostuvieron a Menem-Cavallo y la entrega
del país, y después a De La Rúa-Cavallo.
Asumió
como todo gobierno antiobrero con la “santificación” de la Iglesia,
la misma que bendijo los sables de la dictadura genocida, confesaba
a los torturadores y vino a predicar la rendición ante los ingleses
en Malvinas, y que en cada lucha manda sus curas y monjas a apagar con
agua bendita el fuego que encienden los explotados.
Por ahora,
gracias a la traición de la dirigencia sindical y piquetera, se ha beneficiado
con el poder el sector de la patronal exportadora nacional e imperialista,
hoy devaluacionista -es decir la misma patronal encabezada por Acindar,
los Fortabat, Techint, etc. la misma que organizó y dio sus principales
hombres como Martínez de Hoz a la dictadura genocida en el 76- en un
plan perfectamente adecuado a los intereses del imperialismo yanqui
y en detrimento del imperialismo europeo.
Este
gobierno, detrás de frases como la “defensa del trabajo” y la “defensa
de lo nacional”, viene a tratar de imponer el plan mandado por el imperialismo
yanqui, por Bush y el secretario del Tesoro yanqui, O’ Neil. En primer
lugar, devaluando el peso en un 40-50% para robarle de un saque casi
la mitad del salario a los trabajadores, imponiendo de hecho un salario
medio de 200 dólares que le permita a la burguesía recomponer la tasa
de ganancia. Sus modelos son Chile o Brasil, con un dólar “flotante”
y salarios de miseria.
“Si alguien me asegura que la inflación no pasa
del 10%, lo firmo ya”, declaró nada menos que el segundo del nuevo
ministro de economía, Lamberto. “Si
no, va a ser el infierno”, completó dando una idea de la poca confianza
en sí mismos que recorre a los funcionarios del nuevo gobierno. El propio
Duhalde opina: “si esto sale mal,
elecciones a 90 días”. Lo que impera no es la confianza sino el
cinismo. ¿Control de precios?: la remarcación es imparable a pesar de
las frases de este gobierno, porque los productos que componen la canasta
familiar son a la vez los bienes exportables -o sus derivados- cuyos
precios se fijan internacionalmente, o sea en dólares, por los gandes
consorcios de los granos como Cargill, Monsanto, Molinos, etc. Para
la clase media expropiada solo existe la indefinida “promesa” de que
se “estudiará” devolverle sus ahorros recién luego de un año o dos.
Por el contrario, según Clarín (6/1/02), “en lo inmediato las empresas en convocatoria de acreedores licuarían
sus deudas”.
Como explicamos en recuadro aparte, el plan yanqui es de quiebra
de países como Argentina, para manejarlos a discreción, aún más que
hasta ahora. Pero eso significa también que nuestro país es territorio
de las disputas interimperialistas. La devaluación, afecta, como en
toda lucha entre distintas fracciones burguesas, a los monopolios europeos,
especialmente españoles, que se quedaron con las empresas públicas.
Pero el gobierno anuncia sentarse a “negociar” con ellas, lo que quiere
decir que las tarifas aumentarán.
El plan
de Duhalde beneficia, en primer lugar, a los bancos -en su mayoría extranjeros-
a los que se les asegura su estabilidad y rentabilidad por medio del
robo de los depósitos para cubrir los 150 mil millones de dólares que
fugaron al exterior, y con una retención aplicada a las exportaciones
de petróleo y con nuevo endeudamiento, por lo que el resultado de todo
será un aumento descomunal de la deuda externa.
En segundo
lugar, a la burguesía exportadora nacional e imperialista–productora
mayormente de granos y oleaginosas, y de bienes intermedios como el
acero y derivados- la que se adelantó a adecuar los precios –fijados
internacionalmente- al nuevo valor del dólar aún antes de que éste se
anunciara oficialmente.
En tercer
lugar, con una nueva tajada de plusvalía extraída a los trabajadores,
más el aumento de las exportaciones producto de la devaluación, que
apuesta a que ingresen al país los dólares, se garantiza pagar la deuda
externa. Al FMI, que se cobra la deuda en dólares, la devaluación no
lo afecta en lo más mínimo, sino que es la única alternativa de cobrar,
y a cambio habla de “ayudar” con 15 o 18 mil millones de préstamos que
nunca llegarán al país y que actuarían como una “garantía” para sostener
el nuevo plan. Además, con la devaluación y la reprogramación de los
pagos de la deuda que impulsa el mismo O’ Neill, revalorizarán los bonos
de la deuda argentina y de esa manera benefician a los pequeños tenedores
norteamericanos que habían quedado por fuera de los megacanjes anteriores
con los que Cavallo entregó gran parte de las reservas. Esa es la razón
del aumento de la bolsa y de la caída abrupta del “riesgo país”.
Para
la clase obrera, la verdadera protagonista de la revolución que se ha
iniciado, la que puso el cuerpo y los muertos para tirar abajo a De
la Rúa, este gobierno antiobrero sólo tiene como plan un brutal robo
al salario con la devaluación y la inflación. Y si se le ocurre a los
trabajadores salir a pelear, le preparan leña. Como las fuerzas de represión
como la policía y la Gendarmería no hacen más que azuzar el odio obrero
y popular, mientras hacen el aguante a que se prepare la casta de oficiales,
están dispuestos a lanzar a la calle a las bandas paraestatales de matones
a sueldo que han comenzado a poner en pie Duhalde y Alfonsín.
El gobierno
y el régimen apelan a una guardia pretoriana de matones armados de cachiporras
a sueldo de los miles de funcionarios de los partidos patronales, espías
policiales y matones sindicales, la misma combinación de la que surgió
la “triple A” en el 74.
El brutal
ataque y provocación a la izquierda en las afueras del Congreso, y el
ataque a los desocupados en Lomas de Zamora, las bravuconadas de los
matones en la Plaza de Mayo cuando la asunción de Duhalde, son sólo
un pequeño botón de muestra de lo que preparan contra la clase obrera.
Estas bandas paraestatales serán las bases de las futuras bandas fascistas.
Por eso no puede demorarse ni un minuto el levantar los piquetes de
autodefensa en cada lucha obrera y popular. Contra los charlatanes que
no ven la revolución cuando sucede delante de sus ojos, la medida de
ésta es la magnitud de la respuesta contrarrevolucionaria que prepara
la burguesía y el imperialismo.
Pero
¡cuidado!, le dice a Duhalde con perspicacia el diario La Nación: “El caudillo bonaerense que tomó el poder está
en condiciones de movilizar a su gente en actos de simpatía hacia él.
Pero ese eventual diálogo popular entre multitudes enfrentadas sería
un remedio peor que la enfermedad”. Al viejo diario gorila, que
desde sus páginas clamaba, como una vieja gorda de Barrio Norte, porque
se lo echara a Rodríguez Saá, espantado por su visita a la CGT en mangas
de camisa, no se le escapa que la leña está más que seca: está que arde,
y que este gobierno tendrá muchos votos en el Parlamento defendido por
la policía, y el aval de Washington, pero base social todavía ninguna.
El débil
gobierno de Duhalde, aparentó la solidez que le daba el hecho de que
los trabajadores fueran sacados momentáneamente de la escena. Pero no
bien anunciada la ley “de emergencia”, los trabajadores están otra vez
en la escena, insubordinados, aunque descordinadamente, con centenares
de luchas, aún antes de que el ataque abierto comience. Por eso, Duhalde cada vez más tiende a parecerse a su antecesor Rodríguez Saá, a
lo que verdaderamente es: un gobierno débil, montado sobre una revolución,
deformada, inconclusa, pero revolución al fín.
Pero
la burguesía y la patronal no ponen todas sus cartas en la mesa. La
burguesía es una clase de una gran perspicacia, que le viene de que
defiende su propiedad desde hace cientos de años. A pesar que dicen
que “queman las naves”, se refieren solo al Pacto de Olivos. Le quedan
otras cartas, como desembarazarse del viejo régimen, si este intento
fracasa por la intervención de las masas obreras y populares: volver
al coqueteo con el movimiento obrero y de masas con la subida de un
nuevo gobierno de frente popular como el de Rodríguez Saá que desorganice
sus fuerzas, acompañado de un operativo “Mani Pulite”, o sea una lavada
de cara de las instituciones –el plan de Elisa Carrió para salvar al
régimen patronal- intentando apoyarse en las clases medias. Mientras
tiran agua, esperarán el momento de que el Consejo en Defensa de la
Democracia abra la llave para la intervención de la casta de oficiales,
para dar los golpes contarrrevolucionarios que derroten de una vez a
la revolución que empezó.
Por eso
es de vida o muerte que la clase obrera se ponga de pie, que levante
un verdadero programa independiente para ganar en la calle a sus aliados
de las clases medias, y eso solo puede hacerlo levantando sus propios
organismos de lucha: decenas de miles de comités de lucha, sus piquetes
y comités de autodefensa, en cada fábrica, en cada localidad, en cada
barrio, y un gran congreso nacional de trabajadores ocupados y desocupados.
Una revolución a medio hacer
Podemos decir, sin temor, que la
revolución argentina ha empezado. Pero quedó inconclusa por la traición
de sus jefes, por su dirección. Estamos, por esa única razón, ante una
revolución que quedó a medio hacer. Es decir, una semi-revolución a
la que le resta, por la conciencia lograda por las masas, desplegar
aún mayores fuerzas que las vistas hasta hoy para terminar de barrer
al régimen y abrir el camino a la insurrección triunfante de la clase
obrera dirigida por un partido revolucionario.
Esta revolución que se ha iniciado debe atacar la propiedad de
los capitalistas mil veces más de lo que la atacó, levantar miles de
barricadas más que las que levantó, quemar y destruir mil veces más
que lo que se quemó y destruyó.
Es que
los trabajadores y el pueblo no tiramos a De la Rúa-Cavallo y pusimos
30 muertos para que ahora en el gobierno sigan los mismos políticos
y representantes de la patronal responsable de la entrega del país y
de la miseria y el hambre que nos obligó a salir a la calle. No nos
enfrentamos a la policía asesina durante dos días, para que ahora venga
la patronal especuladora a desatar una furibunda escalada de precios,
para que provoquen el desabastecimiento de medicamentos y productos
de primera necesidad. No le pusimos el pecho a las balas, mientras los
dirigentes sindicales y piqueteros se escondían, para que ahora nos
roben el salario con la devaluación para que la patronal exportadora
y el imperialismo sigan ganando a nuestra costa.
Es necesario
que esta revolución híbrida, medio ciega, medio sorda y medio muda,
la que intentarán desviar y aplastar, no se detenga, hay que profundizarla
y completarla. El gran triunfo logrado tirando abajo al gobierno de
De la Rúa no puede conformar a los trabajadores y el pueblo: todavía
tenemos que conquistar el pan, el trabajo para todos, recuperar los
ahorros del pueblo, romper con el imperialismo y terminar con el dominio
de un puñado de banqueros y monopolios que esquilman a los trabajadores
y a los pequeños productores y saquean a la nación. Tenemos pendiente
barrer con la lucha en las calles -hasta hacer realidad el grito de
que “se vayan todos, que no quede ni uno solo”- con todas las instituciones
de este régimen infame, con el gobierno de Duhalde y el pacto de Olivos
y su nuevo plan de hambre y miseria. Tenemos pendiente terminar con
ese parlamento de los estafadores del pueblo y sus partidos gorilas
y antiobreros, con la Corte suprema y toda la casta vitalicia de jueces
videlistas-peronistas-radicales que salvaron a los genocidas. Tenemos
que disolver la policía, los servicios de inteligencia,
desbaratar a las bandas paraestatales que hoy se forman al calor
del aparato del PJ, disolver la casta de oficiales de las FFAA, meter
presos y castigar a los miles de genocidas que radicales y peronistas
dejaron sueltos para que ahora maten a los trabajadores y al pueblo,
como a los pibes de Floresta, a Aníbal Verón, a Víctor Choque, Teresa
Rodríguez y los 30 mártires de las gloriosas jornadas del 19 y 20 de
diciembre.
Hay que
sacarse de encima a la burocracia sindical traidora, carneros y guardiacárceles
de la clase obrera, que mientras la juventud obrera se enfrentaba con
la policía en la calle, estaban sentados con la patronal de la UIA para
salvar a De la Rúa (Daer y Moyano y la CGT), o que mientras resolvíamos
el problema del hambre por nuestras propias manos estaba juntando firmas
“contra la pobreza” (De Gennaro y CTA). Hay que derrotar a la dirección
piquetera de D’elía y Alderete que luego de liquidar la organización
que fueron las asambleas piqueteras, cuando más necesarias eran, le
fueron a hacer el besamanos a Rodríguez Saá a cambio de que los elija
para repartir la miseria de los “planes trabajar”, y que ahora se arrastran
ante Duhalde porque esperan lo mismo. El grito debe ser: ¡Asamblea piquetera
ya!, no el 10 de febrero dándole tiempo al gobierno.
Tenemos
que retomar el camino que empezamos con los piquetes de Mosconi y Tartagal,
de Aerolíneas Argentinas, con las dos Asambleas piqueteras, pero en un nivel superior, porque ahora millones entraron en la lucha,
por el salario, contra los despidos, por recuperar sus ahorros, contra
los impuestos, por las guarderías para sus hijos. Quienes las protagonizan,
empiezan a conocerse, a establecer lazos. La consigna de impulsar comités
que coordinen a todos los que están luchando, por barrio, por localidad,
por ciudad, está a la orden del día. La disposición a la lucha de
los trabajadores es enorme, pero se desplega en multitud de luchas descordinadas.
Los desocupados por acá, los que quieren cobrar por allá, los que quieren
recuperar sus pequeños ahorros por otro lado. ¡Unidos es más fácil vencer!
Hay qie poner en pie organismos para lalcuha política de masas por barrio,
localidad, por ciudad y provincia.
Hay que
convocar ya a un gran congreso nacional de todo el movimiento obrero,
con delegados uno cada 100 trabajadores ocupados y desocupados, para
unir nuestras filas, que sea visto por todos los explotados como una
institución capaz de tomar en sus manos la resolución de los problemas
de todos los explotados y tomar la resolución de los problemas en nuestras
propias manos. De la misma manera que la burguesía tiene sus instituciones,
sus parlamentos, sus foros, sus congresos, sus cámaras empresarias,
algunos públicos y otros secretos, para conspirar contra el pueblo,
discutir cómo mejor nos explotan y cómo frenar la revolución que hemos
iniciado, los trabajadores tenemos que poner en pie un gran Congreso
obrero, un verdadero parlamento obrero, con un delegado cada 100 trabajadores
ocupados y desocupados.
La revolución ha empezado. Hay
que completarla por el único camino posible: el de una insurrección
triunfante que imponga un gobierno obrero y popular basado en los organismos
de autodeterminación de los trabajadores y el pueblo y en su armamento
generalizado, el del triunfo de la revolución obrera y socialista.
MILLONES ENTRAN A LA LUCHA
PARA TIRAR ABAJO AL GOBIERNO DE DUHALDE Y EL RéGIMEN INFAME
¡por un Congreso nacional de
Todos los que se sienten atacados
salen a la lucha. La tarea del momento es levantar congresos o coordinadoras
regionales que unifiquen los reclamos y fortalezcan la lucha política
de masas que se ha establecido.
Durante
las jornadas del 20, para evitar que los trabajadores se dirigieran
a Plaza de Mayo, la patronal creó el fantasma de los saqueos a las casas.
Miles de trabajadores se organizaron y se armaron para defenderse. Esos
comités no pueden disolverse, son instituciones claves -incorporando
a las amas de casa- para ejercer tareas como el control de precios contra
los verdaderos saqueadores que es la gran patronal. Estas comisiones
deben ser la base del surgimiento de una nueva organización de autodefensa
de los trabajadores y el pueblo.
De la
misma manera hay que poner en pie miles de comités de desocupados en
todo el país, porque son millones y no los escasos miles que organizaron
D’ Elía y Alderete.
Una enorme
palanca para impulsar estos organismos centralizadores locales y un
congreso nacional obrero deben ser las asambleas de fábrica para elegir
delegados que coordinen a todas las fábricas de cada zona, a los desocupados
y a los comités barriales que surjan.
¿Quiénes
pueden convocar a un Congreso nacional? En primer lugar los heroicos
piqueteros que fueron traicionados por la dirección de D’elía y Alderete,
los que en las asambleas piqueteras gritaban “se
va a acabar la burocracia sindical”, y que desoyendo a su dirección,
encabezaron la revuelta por el pan. Junto a ellos, las decenas de miles
que ya están luchando sin esperar la orden de ningún burócrata sindical
ni de ningún sindicato, los que están a la vanguardia en la calle; los
ferroviarios, los municipales de Córdoba, los de Santiago que derrribaron
al intendente, los obreros de Zanón que hace meses luchan contra los
despidos y el cierre, los de Emfer, los estatales de La Plata, los docentes
de todo el país, los municipales de Lanús y Lomas de Zamora que enfrentan
a los intendentes peronistas, los trabajadores de la salud de Tierra
del Fuego que se enfrentaron en Río Grande a la feroz represión de la
policía, las organizaciones de desocupados que existen a lo largo de
todo el país.
Hay que
reunir ya ese Congreso en una cancha de fútbol –como fue tradición de
la clase obrera cuando conquistó sus sindicatos- con un delegado cada
100 trabajadores de cada fábrica, repartición estatal, establecimiento,
empresa y organización de desocupados del país. A este Congreso hay
que invitar a mandar sus delegados también a los pequeños comerciantes
y pequeños productores de la ciudad y el campo arruinados y expropiados
en sus ahorros, a los estudiantes y todos los sectores populares en
lucha. Su objetivo: levantar un plan obrero y popular, centralizar las
luchas, organizar comités de autodefensa, tirar abajo al gobierno Duhalde
y terminar de derrocar al régimen infame e imponer, con una insurrección
triunfante, un gobierno obrero y popular que imponga una salida obrera
y popular a la crisis, basado en esos organismos de lucha.
Ante la nueva catástrofe que descargan sobre los trabajadores
y el pueblo, sOlo la clase obrera
con sus organizaciones puede soldar la
unidaD obrera y popular, imponer una salida favorable a las clases medias
arruinadas y salvar a la nación oprimida
La clase
obrera desplegó una enorme espontaneidad y energía en la lucha, terminó
desbordando y pasando por encima de las direcciones oficiales y abrió
la revolución. Pero sus distintos sectores han entrado de manera desincronizada.
Por eso en la revolución que se inició no han pesado los organismos
claros de la clase obrera, debido a esta nueva traición de la burocracia
sindical en todas sus alas y de la dirección del movimiento piquetero,
que en todos los períodos y combates previos se encargaron de desarmar
y desmontar una y otra vez todo lo que las masas conquistaban en el
combate y de poner los paros generales a los pies de la patronal.
Así,
la lucha de las clases medias
arruinadas por “que se vayan todos,
que no quede ni uno solo”, por terminar con la corrupción, su reclamo
de un gobierno honesto y barato, termina siendo una lucha utópica e
ilusoria por “echar a los corruptos y a los chorros” en general, que
se limita a atacar a los políticos patronales, pero no a los verdaderos
“chorros”, a los expropiadores y saqueadores del pueblo y la nación,
es decir, a los banqueros, los privatizadores, la gran patronal esclavista
y el imperialismo. ¡Sólo la clase obrera puede ajustar cuentas con ellos!
Es que
las clases medias no pueden imponer ni un gobierno, ni un régimen, ni
un estado a su imagen y semejanza, porque son clases intermedias, no
fundamentales de la sociedad capitalista. No se encuentran, como la
burguesía y el imperialismo por un lado y la clase obrera por otro,
en los lugares claves de la producción. Además es heterogénea, y sus
capas más altas y ricas se inclinan siempre hacia la patronal. Ni siquiera
puede resolver su demanda más inmediata y más sentida que hoy es que
le devuelvan sus ahorros. La clase obrera, en cambio, mueve las fábricas,
controla los medios de transporte y los bancos. Es la única que puede
devolverle sus ahorros.
Es a causa de su dirección traidora que la clase obrera no ha podido
dar todavía una respuesta independiente a las clases medias arruinadas.
Por eso hay un peligro: que las acciones de ésta última, sus cacerolazos
y movilizaciones, si bien son progresivas porque van dirigidas contra
este régimen infame y sus instituciones a las que le quitan sustento
y base social, y contra los banqueros que los esquilman, terminen en
la impotencia, e intentarán ser utilizadas a cada paso por la burguesía
a su favor.
Por ello,
la salida la impone o bien el imperialismo y la burguesía, contra la
clase obrera, con un gobierno burgués como el que acaban de imponer,
ganándose a la clase media como ayer lo hizo con la “convertibilidad”;
o bien la impone la clase obrera ganando el apoyo de las clases medias
arruinadas con su lucha en las calles, levantando un programa obrero
y popular de salida a la crisis, derrocando el poder burgués e instaurando
un gobierno obrero y popular.
Solo la clase obrera con sus organizaciones, marchando a imponer una salida obrera y popular a la crisis, puede terminar de demoler este
régimen infame, cipayo y antiobrero
No hay que dejar piedra sobre piedra de este régimen
cipayo y antiobrero. Lo
que necesitamos no es -como dice la Carrió- una “nueva” república que
no es más que el engaño de la vieja república con la cara lavada y que
encubre la mas feroz dictadura del capital. Lo que necesitamos es una
república obrera, que es un millón de veces más democrática que cualquier
república patronal con sus parlamentos y justicia dominados en las sombras
por las camarillas capitalistas, una verdadera dictadura donde todo
se decide en Washington, en las oficinas de los truts. Las camarillas
capitalistas y los “mercados” votan todos los días a espaldas del pueblo
al que solo lo convocan cada dos años para elegir entre distintos políticos
patronales. Por supuesto que “hay que votar mucho” como dice Zamora,
pero el pueblo tiene que votar todos los días, a la luz del día y en
organismos de democracia directa dirigidos, y defendidos por sus milicias
armadas, por los únicos que no tienen ningún privilegio que defender:
los trabajadores.
La clase
media tiene la esperanza –en realidad una ilusión- de que bajo una férrea
dictadura como la de los capitalistas, puede llegar a imponer la fuerza
de su número. Pero el dominio de los monopolios solo significa un ataque
permanente a las conquistas democráticas.
Los trabajadores
revolucionarios deben ayudar a agotar la experiencia del pueblo en la
democracia de los patrones y proclamar que están dispuestos a luchar
por una Asamblea Constituyente impuesta con la lucha en las calles sobre
los escombros de las instituciones de este régimen de oprobio. Que rompa
y desconozca todos los pactos económicos, políticos y militares de sumisión
de la nación al Imperialismo, que disuelva la institución presidencial
y el parlamento y lo reemplace por una cámara única ejecutiva y legislativa
a la vez, formada por funcionarios que ganen el salario de un obrero
y revocables en cualquier momento, que desarme y disuelva todos los
servicios de inteligencia y la policía, que reemplace a este poder judicial
por tribunales obreros y populares, que son los únicos que podrán juzgar
y castigar a los genocidas hoy libres y a los asesinos del pueblo como
los de Anibal Verón, de Teresa Rodríguez, de Víctor Choque, de los 30
trabajadores mártires de las jornadas del 19 y del 20 de diciembre,
como los policías de gatillo fácil que provocan todos los días masacres
como la de Floresta. Solo la clase obrera, organizada en sus organismos
de democracia directa y apoyada en sus milicias, podrá garantizar esta
asamblea constituyente. Así, la consigna de asamblea constituyente puede
jugar un gran rol para que los trabajadores y el pueblo identifiquen
cada vez más a esa asamblea con la república obrera.
Por el
contrario, la consigna de Asamblea Constituyente jamás debe ser usada,
como lo plantea toda la izquierda centrista (PO, MAS, MST, PTS), como
consigna de poder. De esa manera lo que están proponiendo es una salida
reformista, o sea el aborto de la revolución.
Ante la nueva catástrofe que desatan
sobre los trabajadores y el pueblo,
el único programa posible es uno que ataque la propiedad de la patronal
y el Imperialismo
Un Congreso nacional de delegados
de trabajadores y desocupados, encabezado por los que tiramos a De la
Rúa, por los que abrimos la revolución y pusimos el cuerpo y los muertos
en el combate, tendría toda la autoridad -un millón de veces más que
la Asamblea Legislativa de los patrones, ilegítima y odiada- para sacar
ya una resolución que garantice inmediatamente pan, trabajo, salario
a los trabajadores y la devolución de sus ahorros a las clases medias.
No hay medias tintas: la única manera de lograrlo es
atacando la propiedad de los capitalistas, porque si no es así, si ayer con la convertibilidad
nos bajaron el salario y dejaron a 4 millones de trabajadores desocupados,
hoy con la devaluación, con la inflación, con la nueva catástrofe económica
que desatan, la crisis la vamos a seguir pagando los trabajadores. ¡La
convertibilidad y la devaluación son las puntas de una misma soga para
estrangular a los trabajadores y al pueblo y seguir saqueando a la nación!
¡Sólo expropiando a los expropiadores podremos parar la catástrofe!
En primer lugar hay que resolver el problema del hambre
que empeorará con el aumento de los precios: hay que expropiar y poner
bajo control de los trabajadores a todas las empresas productoras de
alimentos, que comités de obreros y consumidores controlen y aseguren
la distribución directa entre todos los trabajadores y el pueblo. Contra la miseria de los bolsones de comida que son
pan para hoy y hambre para mañana, y que son entregados por los curas
y los políticos patronales que tratan como mendigos a la clase obrera
que derrocó a De la Rúa, hay que expropiar y poner a funcionar todas
las fábricas cerradas de alimentos bajo control obrero, lo que permitiría
darle trabajo inmediato a centenares de miles de trabajadores.
Hay que
eliminar el IVA e imponer en su lugar un impuesto progresivo a las grandes
fortunas, y que los productos alimenticios, sin ninguna intermediación,
lleguen a los trabajadores y el pueblo a cambio de los centavos que
cuesta producirlos (cinco centavos el kilo de tomates, 13 centavos el
kilo de pollo, por ejemplo) y no a los precios astronómicos fijados
por los grandes monopolios que los producen y los distribuyen.
Los causantes
del aumento de los precios no son los pequeños comerciantes sino los
grandes monopolios de la alimentación y de la comercialización de cereales,
de medicamentos y productos de primera necesidad, como los grandes productores
de pollos que prefieren para defender sus ganancias que estos se maten
entre ellos en los grandes depósitos mientras falta el pan en los hogares
obreros.
Mientras
que la lucha del gobierno contra los aumentos de precios es un engaño,
el aumento de precios es usado como una cuña por la burguesía entre
los trabajadores y el pueblo para separarlos. Los aliados del proletariado
no son Cornide y la Camara de Comerciantes.
La clase
obrera le propone una alianza “no
a las clases medias en general, sino a las capas explotadas de la pequeña
burguesía urbana y rural, contra todos los explotadores” (Programa
de transición). El proletariado debe unirse con las capas pobres de
la clase media en comités de
vigilancia de los precios, incorporando a las amas de casa. La patronal
argumentará que está obligada a aumentar los precios por el aumento
de sus costos. Contra esta mentira, debe imponerse la eliminación del
secreto comercial y la apertura de los libros de la gran patronal para
demostrar que la escalada de los precios no se debe sino al aumento
desmedido de sus ganacias.
Hay que garantizar trabajo para todos ya, reduciendo
la jornada laboral y distribuyendo el trabajo existente entre todas
las manos disponible, imponiendo un salario mínimo que cubra el costo
de la canasta familiar, y que, contra el aumento
de precios ante la inminente devaluación, sea indexado según el aumento
del costo de vida automáticamente, y expropiar sin pago y bajo control
de los trabajadores toda empresa que cierre o despida.
Los trabajadores son los principales interesados en
que haya una moneda sana y que se defiendan los ahorros populares como
quieren los pequeños productores y pequeños comerciantes. Y hay una
medida sencilla para que esa moneda tenga respaldo y los ahorros estén
garantizados: decretar que, o bien los banqueros y los capitalistas
que fugaron del país 150.000 millones de dólares los traen en 24 horas
al país, o bien se les incautarán todos sus bienes y propiedades.
¡La Telefónica, la Repsol-YPF, Acindar, los grandes bancos, expropiados
bajo control de los trabajadores: esa es la garantía de una moneda sana
y de los ahorros de las clases medias expropiadas! Esa enorme masa de
riqueza es el trabajo acumulado de generaciones de trabajadores y la
única garantía de una moneda fuerte.
Este
Congreso tendría que resolver la
incautación de los depósitos de la gran patronal en el banco central,
expropiar a los banqueros chupasangre y nacionalizar la banca, creando
un banco estatal único bajo control de los trabajadores que le devuelva
de inmediato sus ahorros a las clases medias, que dé por pagadas todas
las deudas de los préstamos usureros a las clases medias y los trabajadores,
y que les de crédito barato a los pequeños productores de la ciudad
y el campo. Tendría que decretar la expropiación de las AFJP y que
la plata de las jubilaciones vuelva al estado, en una Caja nacional
única de jubilaciones bajo control de los jubilados y los trabajadores
activos. Tendría que decretar la nacionalización del comercio exterior para impedir que los parásitos
chupasangre sigan fugando el dinero robado al pueblo del país.
Este Congreso de trabajadores debe decirle al imperialismo
y al FMI que no vamos a pagar ni un peso más de la deuda externa, porque ya la pagamos como 20 veces en las últimas dos
décadas, a costa del hambre del pueblo y del hundimiento de la nación
oprimida. Que, a partir de ahora,
nos declaramos sus acreedores, y que para recuperar lo que nos robaron,
vamos a renacionalizar sin pago y bajo control de los trabajadores todas
las empresas privatizadas, la Telefónica, la Repsol-YPF, Aerolíneas,
el gas, el agua, la luz. La Asamblea Legislativa declaró una “suspensión”
de los pagos trucha, que no es más que legalizar el default después
del saqueo al que sometieron a la nación. Solo un congreso de trabajadores
puede luchar por romper realmente con el imperialismo, llamando a todas
las organizaciones obreras de Latinoamérica a que rompan con los regímenes
cipayos y a unirnos para llevar adelante una lucha continental contra
el Imperialismo. Ese fuego es el que el imperialismo ya está temiendo
que se expanda.
Como
ayer De la Rúa mandando a sus perros de presa a asesinar en la Plaza
de Mayo y a los millones de hambrientos que se levantaban por el pan;
como el mismo Rodríguez Saá mandando a la policía a reprimir en Plaza
de Mayo y Congreso, y con la policía fascista asesinando a mansalva
a los hijos de los trabajadores y el pueblo como en Floresta, este gobierno
reaccionario del PJ y la UCR ya militarizó la ciudad de Buenos Aires
y el conurbano con decenas de miles de policías. Ya antes de asumir
Duhalde, Alfonsín y este gobierno infame del pacto de Olivos han puesto
en pie a las bandas de matones pagas del PJ de la provincia de Buenos
Aires para romperle la cabeza a la izquierda y a los desocupados como
en Lomas de Zamora.
Frente
a la represión del estado patronal y sus bandas armadas, los trabajadores
tenemos el legítimo derecho a la autodefensa: ¡Disolvamos y desbandemos a las bandas de matones de Duhalde, Menem y
Alfonsín, la base de la futura triple A! ¡Hay que disolver inmediatamente
la policía y todos los organismos de inteligencia! ¡Tenemos que poner en pie comités y piquetes de autodefensa, en las fábricas,
empresas, en cada lucha y movilización, en cada barrio.
Para
levantar este programa hay que organizar todo el país desde abajo, en
cada fábrica, en cada barrio y localidad con coordinadoras, comités
de lucha, piquetes, comités de autodefensa, para que la clase obrera
con sus organizaciones de lucha y sus organismos de democracia directa,
uniendo sus filas y levantando estas medidas esenciales de un plan económico
obrero y popular, le demuestre a las clases medias pobres que, lejos
de lo que les dicen los políticos patronales de que es “muy difícil”,
que “nadie tiene la receta”, hay una solución sencilla para resolver
los problemas de la clase obrera y el pueblo: atacar
las ganancias y la propiedad de los expropiadores y saqueadores del
pueblo y la nación y que sólo la clase obrera la puede imponer.
Es de vida o muerte convocar ya este Congreso para que la clase obrera
pueda acaudillar efectivamente la alianza obrera y popular, porque si
no será la burguesía la que termine por ganarse a las clases medias
desesperadas para volverlas en contra de los trabajadores.
Todas
estas medidas solo las podrá imponer un gobierno obrero y popular basado
en los organismos de autodeterminación y en las milicias obreras.
La izquierda que se dice obrera y revolucionaria debe
romper con su política de sumisión al régimen y a la burocracia sindical
y ponerse a la cabeza del llamado al congreso de trabajadores
Todas
estas corrientes marcharon a presionar a esa Asamblea legislativa de
los banqueros, los patrones y los expropiadores del pueblo, ya sea para
que voten a Zamora y Walsh como presidentes (¡!!) –lo que significa
un gobierno “obrero”, no de ruptura con la patronal, sino basado ...¡en
la Constitución del 53! Ya sea para presionar, como el PO para que se
convocara a una Asamblea Constituyente libre y soberana que asuma el
poder (es decir, otro gobierno patronal, el mismo planteo que el PTS).
En esa
Asamblea, Zamora y Walsh hicieron intervenciones muy dignas, antiimperialistas
y de denuncia a los patrones, al régimen y a sus instituciones, pero
para nada revolucionarias. Por el contrario, fueron la expresión más
extrema de la utopía pequeñoburguesa pacifista. Es tan utópica toda
la intervención de la izquierda del régimen, que se dice obrera y revolucionaria,
que se “olvidaron” de hablar.... ¡de la clase obrera!, a la que diluyeron
en el “pueblo” en general. No existieron en ninguna de sus intervenciones
parlamentarias, ni la huelga general, ni los piquetes, ni la denuncia
a la burocracia sindical y a la dirección traidora del movimiento piquetero,
y menos que menos alusión alguna a la necesidad de convocar en forma
urgente a un Congreso nacional de todo el movimiento obrero, con un
delegado cada 100 trabajadores ocupados y desocupados, para oponerle
a las instituciones burguesas.
El PO,
por su parte, propuso la convocatoria a una nueva Asamblea Piquetera...¡recién
para febrero! Es que deben querer ganar tiempo para repartir los “planes
trabajar” que el ex-presidente Rodríguez Saá les debe haber prometido
en la entrevista a la que asistió uno de sus principales dirigentes,
sin abrir la boca a la salida-cuando la situación era tal que cualquiera
que pasaba por ahí, hablaba si quería- acompañando silencioso a D’Elía
y Alderete que llamaron a tener confianza en el gobierno.
Aunque
Zamora, dignamente, denunció la estafa política de la Asamblea Legislativa
y su legitimidad, y criticó correctamente la propuesta de IU, nadie
planteó la necesidad de enfrentar esa expropiación del triunfo obrero
y popular con la huelga general y la lucha en las calles. Ninguno dijo
que la única clase que puede dar una salida favorable a los explotados
es la clase obrera, derrocando al régimen burgués, expropiando a los
expropiadores e imponiendo un gobierno obrero y popular basado en sus
organismos de democracia directa y en el armamento general del proletariado.
Es decir,
que en medio de una descomunal crisis revolucionaria que no se terminaba
de cerrar, le negaron a la clase obrera papel alguno ¿Cómo piensan Zamora,
o Altamira, lograr la “disolución” de la Asamblea legislativa y la convocatoria
a una Asamblea Constituyente, si no es con la clase obrera barriendo
con la huelga general, con sus piquetes, con nuevas jornadas como la
de plaza de Mayo, atacando la propiedad privada de la patronal y el
Imperialismo, con esa Asamblea y con todas las instituciones de este
régimen infame? ¿Quizás con “cacerolazos” pacíficos y movilizaciones
de presión al parlamento, gritando hasta el cansancio “que se vayan
todos, que no quede ni uno solo”? ¡Vaya utopía e ilusión pequeñoburguesa
y pacifista! Es más, ¿piensan quizá Zamora, Altamira, Walsh, que los
trabajadores y el pueblo le van a imponer a la burguesía pacíficamente
esa Asamblea Constituyente que ellos piden, sin derrotar a las fuerzas
de represión? Es lamentable que ambos diputados ni siquiera denunciaran
en sus intervenciones en el Parlamento la agresión de la que habían
sido objeto los militantes de izquierda en la Plaza.
Si no
es de la democracia directa de la clase obrera y de los explotados autoorganizados,
como se comenzó a hacer en Mosconi con los piquetes, si no es con los
comités de huelga, con las Asambleas piqueteras, es decir, si no es
de la democracia obrera, ¿de qué “democracia directa” nos habla Zamora?
De una “democracia directa” aséptica y sin contenido de clase, de los
ciudadanos, del pueblo en general, permitida pacíficamente por la burguesía.
Pero, ¡qué utopía ilusoria!
La izquierda
actuó en esta crisis no como enterradores del capitalismo semicolinial
argentino y de su régimen infame, sino como lo que son, sus enfermeros.
Su silencio escandaloso sobre la clase obrera y la burocracia sindical,
su negativa a denunciarla y a llamar a los trabajadores a barrer con
esa lacra del movimiento obrero y de sus organizaciones, no es más que
la confirmación de su papel de grupos de presión sobre la burocracia
sindical y el régimen.
¡Rompan
con esa política! Desde sus bancas parlamentarias, desde los centenares
y centenares de puestos sindicales que ocupan, adonde los trabajadores
los llevaron no para pactar sino para pelear: ¡Pónganse a la cabeza
de impulsar ya un congreso nacional de trabajadores!
Comité Nacional de Democracia Obrera
"La liberación de los trabajadores será
obra de los trabajadores mismos"