Año 2 Nro. 7 - 9 de enero de 2002
20 de diciembre:
Desde entonces la burguesía se empeña en demostrar
que la manifestación del miércoles 19 por la noche, una
“pacífica ‘pueblada’ de cacerolas y
bocinas” (Clarín 22/12) ha sido – según ellos - el
factor decisivo en el derrocamiento del gobierno de
De La Rúa.
Pero tienen razón los periodistas de la burguesía,
que preocupados, observaban como la multitud de familias
de clase media pacíficas que desfilaban el miércoles
19 por la noche en las calles de Buenos Aires, no eran la
misma composición social que la del jueves al mediodía
que - como remarca el mismo
diario Clarín - “con
clara actitud coordinada y militante,
combatieron durante horas con la policía en la Plaza
de Mayo”. Al igual que cientos de miles de trabajadores
hambrientos que en todo el país se vieron obligados a
arrojarse sobre los supermercados en busca del pan,
lo hacían conscientes de que los responsables de la situación
eran los sirvientes del imperialismo y el FMI, De La Rúa
– Cavallo, de los cuales pedían que rodaran sus cabezas.
Su programa simple y claro se gritaba ante las cámaras
de televisión: ¡Abajo este gobierno que nos mata de
hambre! La impronta de su energía que atacaba espontáneamente
la propiedad privada dejó una huella ahí por donde pasaba.
La patronal y la burocracia sindical conspiraron
a su vanguardia revolucionaria que combatía en las
calles del centro de Buenos Aires, separándola de los
destacamentos de obreros fabriles
La fuerza que llevaba a la vanguardia obrera revolucionaria a
ocupar el espacio que las clases medias dejaban en las
calles, eran los millones que apoyaban la lucha pero
no podían llegar al centro de Buenos Aires, víctimas
de la campaña de terror que largaba la burguesía con
sus servicios de inteligencia, la policía Bonaerense
y los punteros del PJ para sembrar el pánico en los barrios
obreros de la periferia, intentando enfrentar pobres
contra pobres, agitando el fantasma del saqueo a los
hogares de un supuesto “barrio vecino”, al tiempo que
se “quemaban trenes”. Así la burguesía impidió que las
movilizaciones fueran muy superiores en número y
en composición obrera, de quienes habían roto las ligaduras
de la burocracia sindical.
Por la acción de estas direcciones traidoras
del movimiento obrero – Daer, Moyano, De Gennaro – la
clase obrera actuó diluida en el conjunto de las manifestaciones
y la vanguardia obrera juvenil quedó aislada combatiendo
heroicamente. Ocho fueron las vidas que entregó en la
batalla, decenas de heridos y centenares los presos.
El culpable es De La Rúa y el aparato represivo que él
comandaba. Pero el conjunto de la burguesía y de la
burocracia sindical en todas sus alas fueron los cómplices,
partícipes necesarios, de los asesinatos, ya que estos
no impidieron en ningún momento el accionar represivo
de la policía asesina y sus bandas de parapoliciales
que disparaban desde los edificios y camionetas particulares.
A pesar de esto, jóvenes obreros ocupados y
desocupados, junto a otros estudiantes dijeron ¡¡presente!!
Mientras De La Rúa mandaba la represión, otros sectores
de la burguesía y sus cómplices de la burocracia sindical
en todas sus alas, incluyendo a D’Elía y Alderete, pedían
paz en medio del fragor del combate. Rodríguez Saa y la
burocracia sindical hablaron de “rendir homenajes
a nuestros mártires”. Pero cuando el fuego ardía ningún
patrón o burócrata estuvo a la cabeza de los enfrentamientos
en la primera línea. Pero lejos de bajar los brazos las
barricadas se multiplicaban, los compañeros que combatían
también, el fuego lentamente iba devorando comercios,
bancos, marquesinas y se escuchaban en todos lados
los gritos de guerra “que
se vayan todos, que no quede ni uno solo!!”; “¿a dónde
está, que no se ve, esa famosa CGT?” y “Oh juremos con gloria morir”.
Los múltiples y constantes choques al calor de
los combates callejeros demostró que la energía revolucionaria
de las masas y su heroicidad - liberadas de las ataduras
que les impone el gran capital - daban cuenta de la conciencia
de los combatientes de que el gobierno no caería con cacerolazos
y bocinazos, había que empujarlo, había que tirarlo
en las calles. Las
granadas de gas envenenado, las balas de goma de las
itakas que dispersaban a los manifestantes, y también
las de plomo de los francotiradores, el accionar de
las motociclistas de la federal que perseguían
a los combatientes y les disparaban a quemarropa no
mellaban en los batallones de avanzada.
Las barricadas, los piquetes con piedras y palos,
colectivos y vehículos volcados e incendiados, el
heroico accionar de los motoqueros
- que ubicaban a la policía, informaban de los movimientos
del enemigo, llamaban a las ambulancias, y se ganaban
el odio y la persecución con saña de la policía asesina
que se convirtió en una cacería después de la batalla
- sacudían al centro porteño de la “Reina del Plata”.
Reagruparse y volver a la carga contra la policía asesina,
la dispersión y nuevamente el reagrupamiento, y una
vez más jugarse la vida para que, lo que se coreaba a
viva voz se hiciera realidad, defendido por el cuerpo
y la sangre de la vanguardia obrera. Solo el certificado
de defunción del gobierno que fuera exhibido a todo
el país y el mundo en directo por TV pudo descomprimir
la tensión. Había caído el gobierno hambreador, entregador
y represor, cipayo del imperialismo yanqui. El ex-presidente
huyó en helicóptero, mientras los criminales de la
federal le cubrían la espalda. Enceguecidos de sangre
las bandas parapoliciales recorrían el centro humeante
de la ciudad atacando a lo que quedaba de los combatientes,
mientras tanto las CGTs y la CTA iban levantando el paro
que horas antes habían anunciado y que jamás se atrevieron
a garantizar.
La juventud obrera quedó sola combatiendo
Hoy no hay organización alguna que pueda decir
que organizó o dirigió los combates en las calles, pero
si hubo miles de jóvenes obreros, que sin dirección centralizada,
sin contar con un estado mayor, marcó el camino al conjunto
de su clase y supo soportar, en carne propia y con su
sangre, el embate de la contrarrevolución para sellar
la suerte del gobierno hambreador y asesino. En tanto
las direcciones de izquierda esperaban en Congreso
que apareciera la CTA, la juventud obrera daba la vida
en las calles. Las banderas de la izquierda aparecieron
en la 9 de julio y ante el primer embate de la represión
se retiraron. No fue así con cientos de sus cuadros y militantes
que abriendo un ángulo de 180° con sus direcciones se
quedaron a su bautismo de fuego en las revolucionarias
calles de Buenos Aires.
Y en este combate desigual de la heroica vanguardia
obrera contra la “yuta” armada hasta los dientes, quedó
demostrado ante los ojos de todo el mundo que no es predisposición
al combate lo que le falta a nuestra clase, y no fue su
“atraso de conciencia” lo que jugó en contra. Esta mostró
en horas de combate apenas la punta del iceberg del estado
de ánimo revolucionario de las masas y su profundo
odio de clase, antiburocrático y antimperialista.
Esa postal del centro de Buenos Aires con su atmósfera
irrespirable, destruido y ardiendo sobre una interminable
alfombra de piedras que recorrió el mundo, mostrando
el escenario de los combates callejeros, se había transformado
en la sepultura del gobierno. Y fue así, violentamente,
porque no podía ser de otra forma, hacía su entrada al
combate uno de los batallones más explotados de la clase
obrera argentina, que había quedado aislada masticando
bronca por fuera de un trabajo y un salario digno para
vivir. Fue así como la juventud obrera combatiendo hasta
el final puso al rojo vivo, en La Batalla de Buenos Aires,
la evidente falta de dirección revolucionaria para
afrontar los próximos combates decisivos que sellarán
el destino de nuestra clase en las calles.
"La liberación de los trabajadores será obra
de los trabajadores mismos"
"La liberación de los trabajadores será
obra de los trabajadores mismos"