Año 2 Nro. 7 - 9 de enero de 2002
ARGENTINA:
el eslabón más débil de la cadena
de dominio imperialista en América Latina
La
revolución que se ha iniciado muestra que Argentina se ha
transformado en el eslabón más débil de la cadena de dominio
imperialista en América Latina. Es que este país fue duramente
golpeado por la tercera ronda de la crisis económica y financiera
mundial -que se iniciara en 1997, y que en sus primera y segunda
ronda golpeara al Japón y al sudeste asiático, y luego a Rusia
y a Brasil- que impactó al corazón mismo de los Estados Unidos
abriendo una profunda recesión, y que arrastró también a Turquía.
El
golpe de la crisis económica mundial les ha impuesto a cada
uno de estos países la ley de que ninguno pueda seguir siendo
ya lo que era. En primer lugar, al imperialismo yanqui, que
para poder salir de la crisis y para mantenerse como potencia
imperialista dominante debe defender sus zonas de influencia
y disputar los nuevos mercados de Rusia, China y los ex estados
obreros en liquidación contra la competencia de las potencias
europeas y de Japón, a los bombazos limpios, como viéramos
en la guerra de coloniaje contra Afganistán.
Para
Turquía, un país imperialista decadente, el golpe de la crisis
mundial le ha significado su transformación en un verdadero
portaaviones norteamericano al servicio de su ofensiva colonizadora
del Asia, el precio que tuvo que pagar a cambio del salvataje
provisorio que le dio el imperialismo yanqui con un paquete
de “ayuda” del FMI.
Para
Argentina, por su parte, un país semicolonial, significó transformarse
en el eslabón más débil de la cadena del dominio imperialista
en América Latina: quedó a la deriva y completamente dislocada
de la división mundial del trabajo, se agotó un modo de acumulación
basado en el endeudamiento y el saqueo de la nación por parte
de las potencias imperialistas, se abrió una monumental crisis
del régimen infame de partidos patronales basado en la Consitución
de 1853-94, e irrumpieron la clase obrera y los explotados
en acciones históricas independientes abriendo el inicio de
la revolución.
Así,
mientras los carniceros imperialistas masacraban a las heroicas
milicias internacionales en Kunduz y Mazar i Sharif en su
guerra de coloniaje contra Afganistán, mientras sus marines
ocupaban las ciudades de ese país arrasado, en la otra punta
del planeta recibía un golpe en sentido contrario: las calles
de Buenos Aires, de Córdoba, y de toda la Argentina se le
llenaban de nuevos combatientes antiimperialistas que daban
inicio a la revolución. ¡En las calles de Argentina y en las
barricadas de los campamentos palestinos se gesta la venganza
de los mártires antiimperialistas de Mazar i Sharif!
Un nuevo plan del imperialismo yanqui de
llevar a la quiebra a las naciones semicoloniales
como Argentina
Para
salir de la crisis y de la recesión, el imperialismo yanqui
necesita lanzar una ofensiva mil veces superior sobre los
trabajadores y los pueblos oprimidos del mundo, como lo vimos
con la guerra de Afganistán; necesita quedarse con el petróleo,
el gas, las riquezas y la mano de obra barata de Rusia, de
las ex – repúblicas soviéticas del Asia central, de China
y de los demás ex – estados obreros en liquidación, arrodillando
y postrando la competencia de Francia, Alemania, y las demás
potencias imperialistas europeas. Necesita propinarle duros
golpes a su propia clase obrera, como ha comenzado a hacerlo
con millones de despidos y aprovechando la “unidad nacional”
impuesta bajo la excusa de la “guerra contra el terrorismo”.
Pero
para mantenerse como potencia dominante, necesita hacer retroceder
al status de colonias y protectorados a las naciones semicoloniales
de América Latina, el Africa y Asia, como ya lo hizo con Afganistán.
Es que si hasta el inicio de la recesión, para sostener el
ciclo de crecimiento de su economía, los Estados Unidos necesitaban
extraer 1000 millones de dólares diarios de la superexplotación
y el saqueo de las semicolonias, hoy, para salir de la crisis,
necesita una ofensiva superior, arrodillando a la competencia
de las demás potencias imperialistas, defendiendo su supremacía
a los bombazos como vimos en Afganistán, provocarle una derrota
a su propia clase obrera, y lanzar una ofensiva colonizadora
sobre sus zonas de influencia. Necesita liquidar las viejas
fronteras de la segunda posguerra, imponiendo nuevos protectorados
como en Kosovo, gobiernos títeres como en Afganistán o, como
en Timor Oriental en Indonesia, masacrando a decenas de miles
de trabajadores y campesinos con bandas fascistas pagadas
por las grandes compañías petroleras; organizando guerras
fratricidas para postrar a naciones como India y Paquistán;
llevando países enteros a la quiebra, como es el caso de Argentina.
Para que la clase obrera de esas naciones viva, el imperialismo
debe morir, puesto que si no, ésta perderá todas sus conquistas,
inclusive sus conquistas nacionales.
Es
por esta razón que, a diferencia de lo que hiciera el imperialismo
yanqui con México o con Rusia, no hubo para la Argentina “plan
de salvataje”, y permitió que ésta entrara en default.
En
los ´80, el imperialismo se garantizó el cobro de la deuda
externa argentina y de América Latina mediante el llamado
“plan Baker”, sobre la base de provocar sucesivas devaluaciones
de la moneda que mejoraban las exportaciones y permitían que
por esa vía el país tuviera los dólares necesarios para pagarles,
desangrando a las naciones oprimidas, saqueando el bolsillo
de los trabajadores con devaluaciones e inflación y atacando
sus conquistas. En los ´90, cuando este plan se agotó y las
naciones latinoamericanas estuvieron nuevamente al borde de
la cesación de pagos –amenazando con llevar a la quiebra a
los bancos imperialistas que eran los acreedores- impusieron
el llamado “plan Brady”: Transformaron esa deuda externa en
bonos que cotizan en las bolsas, y con ellos los monopolios
y los banqueros imperialistas se compraron por monedas las
empresas del estado en Argentina y en América Latina. La garantía
del pago de la deuda pasaron a ser así el remate de las empresas
públicas y el saqueo total de las naciones vía la apertura
económica.
Hoy,
agotado también el plan Brady –de lo que el default argentino
es la confirmación- el nuevo plan del imperialismo yanqui
es decretar una “ley de quiebras de países”, que significa
que la economía de los países que entren en cesación de pagos
pasaría a estar manejada directamente por un directorio de
los banqueros y los organismos imperialistas, es decir, la
transformación directa de los mismos en verdaderos virreynatos
o protectorados.
Cuando
hoy Duhalde dice que la Argentina está “en quiebra”, es este
el plan que está detrás. Significa que para el imperialismo
yanqui, Argentina tiene que ser un protectorado, un virreynato
como Afganistán, como el Kosovo, un país como Chile, totalmente
subordinado al imperialismo yanqui, con la salud y la educación
totalmente privatizadas, con una clase obrera atomizada y
superexplotada que trabaje 2500 horas por año por salarios
de 150 dólares, sin aguinaldo, sin jubilacón, sin vacaciones,
con cinco o seis sindicatos amarillos por fábica, con ejército
permanente de desocupados del 30% de sus filas que presione
los salarios a la baja.
Significa
que los Estados Unidos quieren que Argentina y toda América
Latina sean su exclusivo patio trasero –eso y no otra cosa
es el ALCA-, arrodillando y haciéndoles perder sus negocios
y sus superganancias a las potencias imperialistas europeas
que, como Francia, España, Italia y Alemania, tienen fuertes
inversiones en el continente, y en Argentina en particular.
Pero
para lograr este plan, primero tienen que propinarle una derrota
contrarrevolucionaria feroz a la clase obrera argentina que
ha comenzado una revolución; antes tienen que lograr aplastar
a la indomable revolución de los trabajadores y el pueblo
palestino; antes tienen que impedir que los trabajadores y
el pueblo peruano entren abiertamente por el camino de la
revolución, siguiendo los pasos de la clase obrera argentina.
El
imperialismo yanqui tiene pánico que, así como ayer la onda
expansiva de la revolución ecuatoriana que se iniciara en
1997 pegó sobre Bolivia, sobre Paraguay, sobre Argentina y
Perú abriendo a partir del año 2000 una situación pre-revolucionaria
en el continente marcada por la irrupción de la clase obrera
y los campesinos en lucha política de masas, la revolución
argentina impacte sobre el continente reabriendo ese ascenso
que fuera frenado por las direcciones traidoras.
Sobre
todo, tiene pánico a que impacte sobre Perú –el segundo eslabón
más débil de América Latina-, donde la clase obrera y los
campesinos a pesar de la dirección traidora stalinista de
la CGT que salió a apoyar a Toledo, logró derribar a Fujimori
y hoy retoma la lucha revolucionaria con un enorme ascenso
obrero y popular que está poniendo en jaque al debilísimo
gobierno del “Indio” Toledo. ¡Tiene terror a que se ponga
en el centro de la escena el combativo proletariado peruano,
que protagonizó una grandiosa revolución a fines de los ´70,
traicionada por el stalinismo, con la ayuda de las corrientes
centristas que usurpan las banderas del trotskismo, encabezadas
por Hugo Blanco!
Así,
dice Clarín del 7 de enero: “… hay funcionarios en Washington que temen
que la Argentina regrese a la década del ´70. Y si eso es
así la situación se podría complicar aún más. Lo que pasa
es que si a Duhalde se le autoriza a romper todos los contratos
firmados, el día de mañana vendrá Lula y pedirá lo mismo y
después vendrá la izquierda que está esperando detrás de Toledo
y de repente tendremos una situación de gran desorden institucional
en todo el continente”. ¡El imperialismo yanqui tiembla
de sólo pensar que se ponga en pie, como en la década del
´70, la clase obrera del Cono Sur, de Perú, de Brasil, de
Bolivia, que con su enorme combatividad y su lucha revolucionaria
aterrorizó a la burguesía y a los yanquis! Esta es
la posibilidad que puso sobre el tapete de la lucha
de clases en América Latina el inicio de la revolución
argentina.
Para unir la revolución argentina a la
lucha de sus hermanos de la clase obrera y los campesinos
de América Latina,
Frente
al inicio de la revolución argentina, el Financial
Times escribía azorado que “normalmente
el crac económico provoca que los obreros tengan miedo
de luchar”. Los usureros imperialistas esperaban
que la catástrofe paralizara a la clase obrera como
lo hizo en Corea del Sur, Rusia y Brasil, a partir del
estallido de la crisis económica mundial en 1997 y
sus sucesivas rondas, países en los que actuó desarticulando
a la clase obrera, desorganizando sus fuerzas y cerrando
situaciones de ascenso de masas como en el caso de
Corea.
Es
que el crac no golpea igual sobre la clase obrera de los
distintos países, dependiendo de múltiples factores,
entre los que son de gran peso la situación en la que
llegan el proletariado y las masas explotadas al
estallido de la crisis, si vienen de lograr triunfos
importantes o de sufrir derrotas, de su tradición
y experiencia previas, de si las direcciones logran
maniatarlas, o no y éstas logran irrumpir.
En
Argentina, donde la clase obrera ha aprendido a pelear
durante cuatro años de recesión y con un enorme ejército
de desocupados, con 8 paros generales, con jornadas
revolucionarias, con levantamientos como en Mosconi
y Tartagal, poniendo en pie un poderoso movimiento
de desocupados, el crac, lejos de desorganizar las
filas obreras, actuó como un dinamizador de la lucha
política de masas, afianzando la unidad obrera y popular,
y debilitando las filas de los de arriba.
Si
hoy la clase obrera argentina entra a esta revolución
no sólo con sus filas desincronizadas por la acción
de la burocracia sindical en todas sus alas y del stalinismo,
sino también de sus hermanos de clase de América Latina,
es por el rol contrarrevolucionario de las direcciones
de las organizaciones obreras y campesinas del continente.
Es decir, de la burocracia sindical de las centrales
obreras de América Latina, y del stalinismo –encabezado
por Fidel Castro y la burocracia restauracionista
cubana que está comprando su derecho a reciclarse
en burguesía y consumar la restauraciòn capitalista
en Cuba arrodillándose ante Bush, y ante los carniceros
imperialistas europeos y su Foro de traidores de
Porto Alegre-, que son las que llevaron una y otra vez
a la clase obrera con pactos sociales a los pies de distintas
fracciones de las burguesías nativas, que son las que
rompieron la alianza obrera y popular que las masas
conquistaban en las callles, que son las que impidieron
una lucha continental unificada y centralizada
por sobre las fronteras para derrotar al imperialismo
y a los gobiernos y regímenes cipayos, e hicieron
retroceder la situación pre-revolucionaria que las
masas habían abierto bajo el impulso de la gran revolución
ecuatoriana.
Así,
fue la dirección stalinista del movimiento campesino
y de la clase obrera ecuatoriana los que congelaron
la revolución ecuatoriana, tendiéndoles, junto a
la burguesía cipaya, una verdadera trampa. Fortalecidas
después de haber volteado dos presidentes en menos
de tres años, las masas campesinas –separadas de la
clase obrera a la que la dirección stalinista maniató-
salieron a protagonizar a mediados de 2000 nuevas
jornadas revolucionarias, pensando que podrían volver
fácilmente a voltear ahora a Novoa. Pero la burguesía
las estaba esperando: había ganado ya como base
social un sector de la clase media urbana, sacó el
ejército a las calles, y le dio un duro golpe a las masas,
congelando la revolución e imponiendo la dolarización.
El
mismo rol jugaron la dirección de la COB y la dirección
stalinista del movimiento campesino en Bolivia,
donde al calor de la revolución ecuatoriana la clase
obrera y los campesinos habían protagonizado tres
grandes levantamientos en un año, que pusieron al borde
de la caída al gobierno del genocida Banzer. Estas
direcciones rompieron la alianza obrera y campesina,
con la dirección de la COB alinéandose con las burguesías
regionales y condenando los bloqueos campesinos
con el argumento de que no permitían trabajar a los
obreros en las ciudades, y dejaron a los campesinos
luchando solos en una guerra civil larvada en el campo,
atacados por el ejército, por las bandas blancas de
los terratenientes y por las tropas de la DEA.
También
en Venezuela dividieron a la clase obrera del proletariado
agrícola, llevando a los primeros a los pies de la burguesía
proimperialista y su “paro cívico” en las ciudades,
mientras subordinaron a los campesinos desposeídos
al Chavismo y su promesa demagógica de “reforma
agraria”.
El
ejemplo más trágico de este accionar contrarrevolucionario
de las burocracias sindicales y del stalinismo es
Colombia, donde las FARC controlan en el campo la guerra
civil campesina para que no se una con la clase obrera
en las ciudades, y ésta, maniatada por la dirección
stalinista de los sindicatos, después de haber protagonizado
grandes paros generales y duras luchas, está a merced
de las bandas paramilitares que masacran cotidianamente
a la vanguardia obrera luchadora.
La revolución argentina puede ser
la chispa que vuelva
El
pánico del imperialismo es que Argentina sea la chispa
que pueda volver a encender la pradera del ascenso
revolucionario obrero y campesino en América Latina.
Pero lo que más lo aterroriza es que las direcciones
contrarrevolucionarias que se encargó de montar
y de pagar para que enchalequen y controlen a las masas,
sean superadas y dejen de controlar, como sucedió
en Argentina, y también en Perú.
Para
avanzar en ese camino, para poder unir sus filas y su
lucha por sobre las fronteras en un combate común y
unificado por derrotar al imperialismo y las burguesías
cipayas, la clase obrera y los explotados de América
Latina necesitan derrotar a las direcciones contrarrevolucionarias
que tienen al frente: a las burocracias sindicales
traidoras y al stalinismo, que con Fidel Castro a la
cabeza, salió en apoyo de Rodríguez Saá y de Duhalde
en Argentina, que acepta que los milicianos de Mazar
i Sharif tomados prisioneros se pudran en la cárcel
imperialista de la base de Guantánamo; el mismo stalinismo
que sostiene al régimen pinochetista de la Constitución
del ’80 y al gobierno de Lagos en Chile, el que sostiene
a Toledo en Perú. El mismo stalinismo que entregó
la revolución nicaragüense y salvadoreña con sus
pactos contrarrevolucionarios de Esquipulas y Contadora,
y que hoy se apresta a liquidar el primer estado obrero
de América Latina consumando la restauración capitalista
en Cuba.
Los
trabajadores y campesinos latinoamericanos necesitan
unirse con su batallón más poderoso, sus hermanos
de clase de los Estados Unidos, cuestión que no podrá
lograrse sin la derrota de la aristocracia obrera
blanca y la burocracia sindical canalla de la AFL-CIO
que los mantiene subordinados a su propia burguesía
imperialista.
Bajo
estas condiciones, se vuelve más vigente que nunca
la afirmación de León trotsky y de la IV Interncional:
“El proletariado
de América Latina no ha podido, no puede, no podrá
luchar eficazmente por sus intereses de clase, sin
el concurso del proletariado de los países imperialistas.
Así pues, para los bolcheviques-leninistas no hay ninguna
tarea más importante que la de establecer la conexión
y más tarde la unificación entre las distintas partes
de la organización proletaria del continente, creando
un organismo tan bien construido que cualquier vibración
revolucionaria de él acaecida en la Patagonia, repercuta
inmediatamente, como transmitida por un sistema
nervioso perfecto, en las organizaciones proletarias
revolucionarias de los Estados Unidos. Mientras tal
cosa no se realice, la tarea de los bocheviques-leninistas
en el continente amerciano no se habrá llevado a cabo”.
Silvia Novak
"La liberación de los trabajadores será obra
de los trabajadores mismos"
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obra de los trabajadores mismos"