Año 1 Nro. 5 - 19 de septiembre de 2001

e d i t o r i a l

El miedo a una respuesta revolucionaria de las masas de Medio Oriente
y las disputas por las rutas del petróleo abren diferencias entre los carniceros imperialistas

Inmediatamente después de los atentados en Nueva York y Washington, pareció haber un primer momento de unidad de las potencias imperialistas europeas alrededor del imperialismo yanqui y de su decisión de lanzar la guerra. Así, las potencias europeas de la OTAN votaron a favor de que se aplique, si fuera necesario, el artículo 5 de esa organización que dice que si un país miembro es agredido, los demás deben asistirlo. El imperialismo yanqui, con Bush a la cabeza, aprovechó desde el primer momento los atentados, no sólo para soldar su frente interno con una política de unidad nacional, sino para intentar disciplinar y subordinar a las potencias imperialistas europeas que son sus competidoras, así como también a las burguesías nacionales cipayas de Medio Oriente, tratando de reeditar una coalición militar bajo su égida, similar a la que lograra imponer en 1991 para aplastar a Irak.
Pero rápidamente, apenas a una semana de los atentados, esa aparente unidad comenzó a desgranarse y se abrieron diferencias y discusiones entre las distintas potencias imperialistas sobre qué acciones tomar. Los imperialistas europeos empiezan a plantear cada vez más abiertamente su resistencia a participar, subordinados a los yanquis, en una ofensiva guerrerista contra Afganistán. Así, el presidente francés Chirac, reunido con Bush en los Estados Unidos, empezó diciendo que no tiene acuerdo con que se esté frente a una guerra, para continuar pidiendo cautela y "evitar un choque de civilizaciones". Alemania, por boca de su ministro de relaciones exteriores, salió a decir que "Al final, no debemos crear más inestabilidad que la que había antes de nuestras reacciones". Hasta el imperialismo británico, tradicional aliado de los yanquis, empezó a poner reparos, cuando Tony Blair dijo en declaraciones a la CNN que "primero tenemos que reunir la evidencia, luego debemos presentarla y luego debemos perseguir a los responsables" (Clarín, 19/09/01).
De la misma manera, y a pesar de los ultimátums y las amenazas hacia Afganistán y el mundo árabe, tampoco ha logrado aún el imperialismo yanqui el apoyo incondicional de las burguesías árabes cipayas de Egipto, Jordania, Arabia Saudita, aunque sí el de Arafat que ha salido a alinearse con los Estados Unidos pidiendo unirse a "la coalición internacional para terminar con el terrorismo contra civiles inocentes". Mientras tanto, su presión por arrodillar al régimen paquistaní ya empezó a provocar la reacción de sectores de las masas de ese país contra el alineamiento con los yanquis y en defensa de sus hermanos afganos.

BAJO LAS CONDICIONES ABIERTAS EN 1997, BUSH
Y EL IMPERIALISMO YANQUI NO LOGRAN DISCIPLINAR
A SUS COMPETIDORES EUROPEOS PARA REEDITAR
LA COALICIÓN IMPERIALISTA QUE EN 1991 APLASTARA A IRAK

Es que las condiciones hoy son muy distintas a las que en 1991 le permitieron al imperialismo yanqui armar tras de sí una poderosa coalición de todas las potencias imperialistas, y también de Rusia y gran parte de las burguesías árabes, en la guerra del Golfo.
En aquel momento, Saddam Hussein y la burguesía iraquí, aprovecharon las brechas abiertas luego de los acontecimientos de 1989. Caía el aparato stalinista mundial bajo los golpes de los procesos de revolución política de las masas contra la burocracia stalinista que se había pasado al campo de la restauración. Las potencias imperialistas europeas estaban abocadas a terminar la unificación imperialista de Alemania y prepararse desde allí para avanzar en su plan de restauración sobre el Este. En esas contradicciones, la burocracia soviética que con su coexistencia pacífica con el imperialismo, había jugado el rol de controlar la revolución en Medio Oriente y en las rutas del petróleo, se reciclaba en burguesía restauracionista, debilitando coyunturalmente los dispositivos contrarrevolucionarios de control en la región. Por esas brechas, se coló Hussein intentando cobrarse, con el petróleo de Kuwait, los servicios contrarrevolucionarios prestados al imperialismo yanqui en la guerra contra Irán.
Pero el imperialismo yanqui y las potencias europeas respondieron cerrando filas y montando una megacoalición militar bajo la dirección norteamericana para aplastar a Irak, dar un feroz escarmiento y propinarles un durísimo golpe a las masas oprimidas del mundo, para consolidar la derrota de los procesos que en 1989 habían marcado el inicio de la revolución política en Rusia, China y el este de Europa, y terminar de imponer la restauración capitalista en los antiguos estados obreros, reciclando a la burocracia stalinista en burguesía restauracionista.
Contra todos los revisionistas renegados del trotskismo que luego de 1989 hablaban de una "crisis de dominio" del imperialismo por la caída del aparato stalinista mundial, éste subsanó rápidamente el debilitamiento coyuntural de los mecanismos de control en Medio Oriente con la megacoalición imperialista que mandó a Irak de vuelta a la Edad Media, y con la socialdemocracia y el stalinismo contrarrevolucionarios que en Occidente maniataron al proletariado y lo arrastrarron a la subordinación a sus propias burguesías imperialistas.
El triunfo imperialista en la guerra del Golfo y la caída de los estados obreros -la más grande conquista del proletariado mundial- a manos de la restauración capitalista, abrieron a partir de 1991 una situación reaccionaria, en la que las potencias imperialistas terminaron de propinar una feroz derrota a las masas de los estados obreros, que se continuara luego, durante los '90, con la utilización de su agente el carnicero Milosevic para avanzar en la colonización de las naciones de la ex - Yugoeslavia. Arrodillaron a las masas palestinas imponiéndoles, con Israel y Arafat, los acuerdos de Oslo, y se fortalecieron para pasar a una ofensiva superior de saqueo y sumisión sobre las semicolonias en América Latina, Asia y Africa.
Por el contrario, hoy, en el 2001, las condiciones son completamente diferentes. En primer lugar, porque en 1997 estalló la crisis económica y financiera mundial, con el desarrollo en espiral de sus distintas rondas, y que acaba de golpear al interior de los Estados Unidos, abriendo la perspectiva de una recesión mundial. Al calor de la misma, se exacerban y recrudecen las disputas interimperialistas por las zonas de influencia, las rutas del petróleo y los mercados, y fundamentalmente por ver cuál de las potencias imperialistas logra transformar en sus colonias, semicolonias o protectorados directos, a Rusia, China, y todos los ex - estados obreros en liquidación. Frente a la crisis, y aprovechando estas grietas en las alturas, emergen burguesías nacionales que intentan regatear con el imperialismo, como socias menores, su tajada de la renta petrolera.
Y por último, pero de fundamental importancia a partir de 1997 ha emergido nuevamente la revolución, primero en Albania y Kosovo, Indonesia, Ecuador, y luego con la grandiosa revolución de la clase obrera y el pueblo palestino, a diferencia de lo que sucedía en 1991, cuando, como hemos explicado, la clase obrera mundial venía de sufrir durísimas derrotas como fueron la pérdida de los antiguos estados obreros a manos de la restauración capitalista, y el aplastamiento de Irak en la guerra del Golfo.
Cuando Chirac habla de "evitar un choque de civilizaciones", cuando los carniceros imperialistas europeos claman "prudencia", es porque temen que una ofensiva militar en toda la regla contra Afganistán pueda terminar por extender y generalizar la revolución de las masas árabes y musulmanas no sólo en Medio Oriente, sino también al norte de Africa y al Cáucaso, y terminar metiéndose al interior de las propias Francia, Alemania, Inglaterra, Italia, etc., a través de los millones de trabajadores inmigrantes argelinos, paquistaníes, y del mundo árabe y musulmán que son superexplotados, tratados como parias y perseguidos por esas burguesías imperialistas.
Estas condiciones de crecientes disputas interimperialistas y de emergencia de la revolución son las que están detrás de las diferencias y discusiones entre las distintas potencias imperialistas sobre qué curso de acción tomar luego de los atentados terroristas del 11 de septiembre, y que vuelven difícil para Bush y el imperialismo yanqui su intento de imponer una coalición como la de 1991 y disciplinar bajo su mando a los imperialistas europeos y a la mayoría de las burguesías cipayas de Medio Oriente para su ofensiva guerrerista.


A PARTIR DE 1989 Y EL FIN DEL "ORDEN DE YALTA" SE ABRIÓ UN PERÍODO DE DOMINIO IMPERIALISTA NORTEAMERICANO MÁS NORMAL CON LA COMPETENCIA DE LAS DEMÁS POTENCIAS IMPERIALISTAS
QUE SE DISPUTAN LOS VIEJOS Y NUEVOS MERCADOS


Esto no hace más que confirmar que el llamado "orden de Yalta" impuesto en la segunda posguerra, fue nada más que un corto período excepcional, que los acontecimientos de 1989 terminaron de liquidar. En la posguerra, la emergencia del imperialismo yanqui como potencia dominante y la debilidad extrema con la que salían de la guerra las demás potencias (tanto las vencedoras, como Francia e Inglaterra destruidas por la guerra; como Alemania y Japón, vencidas y humilladas) creaba la imagen de un "superimperialismo yanqui todopoderoso"; mientras el rol de contención de la revolución mundial jugado por la burocracia stalinista alimentaba la fantasía de que era posible construir el "socialismo en un solo país" o en una serie de países como en la URSS, China, Yugoeslavia y coexistir pacíficamente con el imperialismo eternamente.
Los nuevos hechos de la situación mundial no hacen más que confirmar que ese "orden de Yalta" fue una corta excepción, y que la norma de la época imperialista abierta en 1914 es la existencia de varias potencias imperialistas que compiten entre sí y se disputan los mercados y las zonas de influencia, inclusive a los tiros limpios, como lo marcaron las dos guerras mundiales del siglo XX. Desde 1989 estamos asistiendo, entonces, a un nuevo período de dominación imperialista yanqui en el que éste, aunque sigue siendo el imperialismo dominante, enfrenta la competencia creciente de las potencias imperialistas europeas y de Japón por las zonas de influencia en las semicolonias, por las rutas del petróleo y sobre todo, en la carrera por la colonización de los nuevos mercados y las riquezas de los ex - estados obreros en liquidación que la restauración capitalista ha puesto al alcance de la rapiña imperialista.
De la misma manera, a partir de 1989 se terminó de liquidar la seudoteoría stalinista del "socialismo en un solo país", y se confirmó que la norma es que estados obreros aislados, inmersos en una economía mundial dominada por el imperialismo, no pueden subsistir mucho tiempo, si no se extiende la revolución mundial y si ésta no triunfa en los países imperialistas.
Por esta razón, lejos de las "guerras de nuevo tipo del siglo XXI", de "guerras contra el enemigo invisible, el terrorismo internacional", "guerras posmodernas" y demás estupideces repetidas hasta el cansancio por los cacatúas a sueldo del imperialismo, en el siglo XXI veremos guerras nacionales de los pueblos oprimidos por su liberación, guerras contrarrevolucionarias de coloniaje hechas por el imperialismo, guerras revolucionarias hechas por la clase obrera para extender la revolución allí donde logre triunfar y expropiar a la burguesía, y guerras interimperialistas por los mercados y las zonas de influencia. Es decir, continuidad, potenciada por las agudas condiciones de descomposición del capitalismo después de un siglo de su época imperialistas de agonía, de las guerras del siglo XX, hasta tanto el triunfo de la revolución proletaria mundial no derribe este sistema agónico impuesto por un puñado de monopolios y banqueros parásitos.

Silvia Novak



"La liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos"

 


"La liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos"

 

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