Año 2 Nro. 9 - 15 de febrero de 2002
e d i t o r i a l
Preparar
y organizar un nuevo embate revolucionario de masas y conquistar
los organismos de poder de los explotados
Tras las jornadas de diciembre que
derrocaron al gobierno de De la Rua-Cavallo, decíamos
desde Democracia Obrera, que la revolución argentina,
aunque medio ciega, medio sorda y medio muda, había empezado.
Pero los trabajadores y las clases medias arruinadas
que siguen persistentemente en las calles comprenden
que falta terminar de barrer con el viejo régimen al que
solo se dejó moribundo. El gran triunfo logrado no puede
conformar a nadie porque tampoco se conquistaron el pan,
el trabajo y un salario dignos para todos, no se recuperaron
los ahorros del pueblo, no se hizo realidad el “que se
vayan todos, que no quede ni uno solo”, ni menos aún
se terminó con el dominio del país por parte del imperialismo
y de un puñado de banqueros y monopolios que explotan
y esquilman a los trabajadores y saquean a la nación.
Tampoco se acabó con este régimen odiado, con su corte
de políticos patronales y burócratas sindicales, ni
con la justicia y su casta de jueces, ni con las policías
y la gendarmería asesinas y la casta de oficiales genocidas
impunes. Por esta razón, ésta es una revolución que está
aún a medio hacer.
Como en toda revolución asistimos
al despertar de millones a la lucha, que no están ni pueden
sentirse representados por los sindicatos que apenas
agrupan a un 25% o menos de los obreros con trabajo y encabezados
por burócratas que ni siquieran pueden salir a la calle.
Las organizaciones de desocupados apenas organizan
a una minoría de apenas decenas de miles cuando deberían
ser un movimiento de millones. De los partidos políticos,
ni hablar: puede decirse que ésta revolución que empezó
dirige el justo y revolucionario odio de las masas movilizadas
contra los partidos políticos patronales, que han sido
las instituciones fundamentales del régimen odiado,
sin hacer distinción alguna. El régimen es desconocido
por las masas, sus instituciones -ejecutivo, parlamento,
justicia- son profundamente odiadas. No hay sindicato
ni centro de estudiantes que juegue papel alguno en este
estado de insubordinación generalizado de las masas.
Por el contrario, las masas se agrupan
en organismos como las asambleas populares –que unen a
trabajadores y a la clase media arruinada- en los piquetes
de desocupados que vuelven a surgir, y los que los trabajadores
levantan en cada lucha como las centenares que hay en
contra de los despidos. Comienzan a aparecer como hongos
después de la lluvia – al punto de que el vocero del “stablishment”,
el diario La Nación alerta contra la sovietización de
la Argentina-, y son una muestra indudable de la tendencia
a que surjan nuevas organizaciones de frente único de
las masas en lucha.
Son grandes los pasos dados hacia
la coordinación, como los de La Matanza, donde participan
sindicatos como el SUTEBA y comisiones internas de
fábrica, el de Córdoba apoyado en las luchas de los estatales
y choferes de la UTA, el de La Plata en el que participan
representantes de 54 organizaciones obreras y populares,
el de localidades del gran
Buenos Aires como la de Padua. En Salta, volvió a
surgir una organización interdepartamental, pero ahora mucho
más amplia, agrupando a más localidades que el año pasado.
El llamado a una nueva Asamblea Piquetera en la misma
Plaza de Mayo para este sábado 16 de febero puede ser
un gran paso adelante en este sentido.
Donde los trabajadores y el pueblo
se unen en este tipo de organizaciones, surgen inmediata
y abiertamente los programas que atacan de manera directa
la propiedad de los capitalistas y el Imperialismo,
porque nadie espera que el pan, el trabajo para todos,
el salario digno, la lucha contra el robo de los bancos,
puedan ser satisfechas respetando los intereses de la patronal y el imperialismo. Es lo que muestran los programas
votados en La Matanza, en Salta, en Padua.
Los organismos que están surgiendo
por doquier son las únicas instituciones reconocidas
por las masas. La tendencia es a que estos organismos se
multipliquen a causa de que el régimen patronal está
completamente dislocado, lo mismo que los partidos patronales
como el PJ, la UCR y el Frepaso, y a la brutal crisis de
los sindicatos estatizados y la burocracia sindical
que sostiene al gobierno de Duhalde, tendencia que todos
–el gobierno, los curas, la dirigencia sindical, el stalinismo-
quieren evitar y revertir.
Lo que se necesita es avanzar mucho
más por ese camino: conquistar una organización para
la lucha política que abarque a los millones que buscan
un camino por cambiar de manera radical la situación
intolerable, cada vez con mayor impaciencia. Una organización,
local, regional y de carácter nacional, independiente
del estado patronal, que una a todos los grupos en lucha
con sus reivindiciones, que abra sus puertas a todos
los explotados, que se ensanche y se renueve permanentemente
y que se centralice.
Como decimos en el editorial de
este periódico, esto permitiría preparar y organizar
un nuevo 20 de diciembre, pero superior, que termine de
derrotar al régimen infame y abriendo un régimen de poder
dual ponga a la orden del día la conquista de un gobierno
obrero y popular.
La “anarquía” de la que habla Duhalde,
Duhalde, que no por encabezar un
gobierno ilegítimo y debil deja de reflejar la perspicacia
aumentada de la burguesía cuando se ve amenazada, habla
constantemente de que no puede tolerarse por mucho tiempo
la “anarquía” que hay en el país. Se refiere a la insubordinación
generalizada que recorre a todos los explotados, cuando
lo que necesitan los monopolios y el imperialismo es
sumisión y disciplina bajo el látigo del capital. Es
que frente al poder que ejerce de manera indisputada
la patronal en períodos normales, en períodos revolucionarios
como el actual tiende a surgir – y nuestro país no falta a la
regla aunque aún no logra centralizarse- otro poder que
se le opone: el de los explotados y sus organismos de democracia
directa que buscan tomar en sus manos la resolución de
los problemas más acuciantes.
Para la patronal y para Duhalde,
“anarquía” es que su policía dentro del movimiento obrero,
la burocracia sindical, haya quedado totalmente en
crisis junto al régimen al que sostuvo y sostiene. “Anarquía”
es que la clase obrera está rompiendo con el partido patronal
que la controló durante más de 50 años. Y lo ha hecho no
pacificamente, no electoralmente como esperaron siempre
los centristas que esperan quedarse con esos votos, sino
al calor de la revolución, en cada asamblea popular, en
cada piquete, como había empezado a hacerlo en el 75
con las coordinadoras de fábrica y el enfrentamiento
directo con su gobierno.
Para la patronal y el Imperialismo
“anarquía” es, por ejemplo, no contar con el apoyo de la clase
media, y la amplia unidad obrero y popular alcanzada.
Es decir que las clases medias arruinadas hoy se inclinen
hacia la clase obrera, contra la gran burguesía y el Imperialismo
que las expropiaron. Es en los organismos de democracia
directa donde se está cocinando esa unidad. El robo de
los pequeños ahorros por parte de los bancos es una demostración
más que quién expropia la pequeña propiedad no son la revolución
y el socialismo –como dice siempre la burguesía para
espantar a la clase media- sino el capitalismo.
El que la clase media pobre esté dispuesta a abrazarce
con el proletariado y no con la burguesía es uno de los
rasgos fundamentales que diferencian un período revolucionario
de una situación “normal”
del dominio burgués.
La burguesía llama “anarquía” a
tener un gobierno debil como el de Duhalde enfrentado
no solo a la insubordinación generalizada de las masas
explotadas y a que éstas decidan a tomar las crisis y
la resolución de los problemas en sus propias manos, sino
corroído por el disenso interno entre las distintas facciones
burguesas –mercadointernistas, privatizadores, etc. Es que no se puede conformar a todos y
soldar a la vez firmemente el frente burgués, si no se derrota
antes a los trabajadores y se les impone un salto aún
mayor en la superexplotación. Esto es lo que quieren imponer
el Imperialismo y el FMI. Pero eso requiere derrotar
la revolución que empezó.
Lo más concentrado de los monopolios
y el imperialismo pueden tolerar esta situación pero
no indefinidamente. Por eso el imperialismo chantajea
con no apoyar al plan económico porque quiere un gobierno
fuerte -éste u otro si es necesario- que se imponga por
sobre la “anarquía”. No les va a temblar la mano a los que
llenaron de bombas a Afganistán, a Iraq, a los Balcanes,
a los que quieren intervenir en Colombia y se disponen
a recuperar la economía yanqui con un nuevo plan reaganista
de grandes inversiones en armamento.
Frente al poder de las camarillas
capitalistas
Dice Trotsky en La Historia de la
Revolución Rusa, a propósito de la revolución de febrero
del ‘17 que derrocó al Zar:
“El poder único, condición necesaria
para la estabilidad de todo régimen, subsiste mientras
la clase dominante consigue imponer a toda la sociedad,
como únicas posibles, sus formas económicas y políticas”(...)”.
Los trabajadores y el pueblo de
Argentina demuestran con su insubordinación generalizada
y con la tendencia a levantar organismos de democracia
directa que las “formas económicas y políticas” de la
burguesía y del imperialismo ya resultan insoportables
e intolerables, y ya por esa sola razón esas “formas” están
seriamente amenazadas y podemos decir por eso que la
revolución empezó. El “poder único”, condición de la
estabilidad del dominio burgués, quedó profundamente
dislocado luego de las grandes acciones de masas independientes
de diciembre (huelga general del 13, al asalto a los supermercados
y cacerolazo espontáneo el 19, batalla de las barricadas
en la Plaza de Mayo el 20).
Pero si marca el paso en el mismo
lugar sin avanzar, la revolución corre el riesgo de abortar
o quedar a la deriva por la acción la santa alianza que
hoy quiere evitar que los trabajadores terminen de ajustar
cuentas con el régimen odiado.
Es que toda lucha política de masas
generalizada es una lucha por el poder. Y bajo las condiciones
actuales de crac, toda lucha económica es impotente
y por eso tiende a transformarse inmediatamente en lucha
política o, ya nace
subsumida en esta última. Conquistar el trabajo significa
entonces luchar por el poder para expropiar todas las
fábricas cerradas y ponerlas a funcionar bajo control
obrero. Garantizar el pan significa expropiar a los grandes
monopolios productores de alimentos bajo control obrero.
La lucha contra la carestía de la vida significa la organización
de comités de control de precios de trabajadores y consumidores.
Terminar con el robo al país por parte del imperialismo
significa dejar de pagar la deuda externa. Defender
a los pequeños productores significa expropiar los bancos.
Ninguna de las demandas, por más elemental que sea tiene
solución duradera si los trabajadores apoyados en el
pueblo pobre no conquistan el poder en sus manos arrebatándoselo
a la burguesía.
Las aspiraciones de las masas de
sacarse de encima a este régimen odiado tampoco tienen
salida si no triunfa la revolución imponiendo el poder
de la clase obrera y sus aliados, que haga realidad la destrucción
y el aplastamiento de la casta de oficiales genocidas,
la disolución de la policía y de la gendarmería asesinas,
el reemplazo de la casta de jueces y la justicia videlista-peronista-radical
por tribunales populares.
Por esa razón, esta revolución
tiene que desplegar todas sus fuerzas y energías y avanzar
a lo que Trotsky llama un régimen de dualidad de poderes:
“El régimen de la dualidad de poderes
solo surge allí donde chocan de modo irreconciliable
las dos clases; solo puede darse, por tanto, en épocas revolucionarias,
y constituye, además uno de sus rasgos fundamentales”
(Obra citada).
Pero la revolución Argentina
es medio ciega y medio sorda todavía en tanto no plasma
–a causa de la traición de sus
jefes y la capitulación de la izquierda que se dice
obrera y revolucionaria- la insubordinación actual
en la conquista de un abierto “régimen de la dualidad de
poderes” por sobre el régimen de “poder único” de la clase
dominante. Es que para lograrlo hace falta extender,
desarrollar y sobre todo centralizar a todos esos organismos
que están surgiendo como organismos de democracia directa,
en verdaderos organismos de poder obrero, lo que requiere
–para que no sean apenas un semi-poder o medio poder- que
se apoyen en los piquetes armados de los trabajadores.
Mientras la burguesía no logra imponer
su poder único, es necesario desarrollar y extender
los organismos de democracia directa y de poder obrero
y popular. Para que este régimen de doble poder se despliegue
con todas sus fuerzas la revolución que se inició debe
todavía terminar con este régimen infame y descalabrar
al estado burgués. Para eso se necesita organizar un
nuevo embate de masas, nuevas jornadas revolucionarias
suplementarias y superiores a las del 13 al 20 de diciembre.
Que abran un régimen de dualidad de poderes y ponga a la
orden del día la preparación de la insurrección de la clase
obrera para tomar el poder basado en
los organismos de democracia directa.
Lo que es “anarquía” para los explotadores
es el orden de los explotados desarrollando los organismos
de democracia directa
En Argentina se está empezando
a abrir el escenario del mismo proceso que se vivió en
Chile en el 71-73 con los Cordones Industriales, en Portugal
en el 74 con los Comités de Inquilinos, en Polonia en el
81 con el surgimiento de Solidaridad y su transformación
de sindicato en un gran organismo de lucha política
de todas las masas, lo mismo que sucedió con la COB en Bolivia
en el 53. En Rusia del ‘17 se llamaron soviets (consejos)
y centralizados en todo el país fueron la institución
con la que la clase trabajadora tomó el poder en octubre
de ese año y la base del nuevo estado obrero que surgió.
La revolución que ha empezado
en la Argentina -si se desarrolla y despliega toda su
fuerza y no es derrotada o desviada y abortada antes-
seguirá el mismo camino porque no escapará a las leyes
de toda revolución. Dicho en palabras de Trotsky:
“La mecánica política de una revolución
consiste en el paso del poder de una a otra clase. La transformación
violenta se efectua generalmente en un lapso muy corto.
Pero no hay ninguna clase histórica que pase de la situación
de subordinada a la de dominadora en forma súbita,
de la noche a la mañana, aunque esta noche sea la de la
revolución. Es necesario que ya en la víspera ocupe una
situación de extraordinaria independencia con respecto
a la clase oficialmente dominante; mas aún, es preciso
que en ella se concentren las esperanzas de las clases y
las capas intermedias, descontentas con lo existente,
pero incapaces de desempeñar un papel propio. La preparación
histórica de la revolución conduce, en el período prerrevolucionario,
a una situación en la cual la clase llamada a implantar
el nuevo sistema social, si bien aún no es dueña del país,
reune de hecho en sus manos una parte considerable del
poder del estado, mientras que el aparato oficial de este
último sigue aún en manos de sus antiguos detentadores.
De aquí arranca la dualidad de poderes de toda revolución
(...)
(...)La tarea de la revolución,
o bien de la...contrarrevolución, consiste precisamente
en la victoria en cada nueva etapa sobre la ‘anarquía’
de esta dualidad de poderes.”
(León Trotsky, La historia de la Revolución
Rusa).
La burguesía y el imperialismo
son conscientes de este peligro. Por ahora, con un régimen
en profunda crisis pueden intentar maniobrar -aprovechando
que la revolución tiene todavía este carácter de semi-revolución
a causa de que no ha terminado de derrocar al régimen
político y de descalabrar el estado burgués, y a la ausencia
de un régimen claro de dualidad de poderes. Pero
también preparan a la casta de oficiales –que ya se está
agrupando alrededor de López Murphy- para apelar si es
necesario a golpes contrarrevolucionarios. Hay que
aprender del gran ensayo revolucionario que fue el período
del Cordobazo que se extendió hasta la gran huelga general
política del ‘75 en donde las coordinadoras obreras en
el gran Buenos Aires enloquecían a la patronal y al imperialismo,
que culminó con el golpe genocida del ‘76. Por eso el que
hable de organismos de democracia directa, coordinadoras,
asambleas populares, por fuera de la perspectiva de tomar
el poder y sin plantear que deben sostenerse en los destacamentos
de obreros armados, renuncia a luchar por el poder de los
trabajadores: es un sirviente de la burguesía que lo único
que quiere es utilizar la energía de los trabajadores
para conquistar puestos parlamentarios. Ni hablar por
supuesto del stalinismo que se la pasa buscando el burgués
o militar “patriota” y montando frentes de colaboración
de clases para estrangular la revolución.
Como decimos desde estas páginas, nada hay que impida
que los trabajadores conquisten una vasta organización
de extensión nacional de todos los explotados, que “ocupe
una situación de extraordinaria independencia con respecto
a la clase oficialmente dominante”. Esto quiere decir
independiente de toda prebenda o ligazón respecto del
aparato del estado patronal. Donde las masas explotadas
tomen en sus manos directamente la crisis del país y a
resolver por su cuenta sin tutelas de ninguna especie-que
es lo que significa tener “en sus manos una parte considerable
del poder del estado”. Independencia y poder significa
que los trabajadores de una zona o localidad –reunidos
en organismos como las asambleas populares- no solo deliberan
y demandan sino que también ponen a funcionar bajo su
mando a las fábricas cerradas y le dan trabajo a los desocupados.
Independencia y poder significa que los trabajadores
toman en sus manos las tareas que antes delegaban: que
aseguren la distribución de alimentos contra el boycot
de los capitalistas tomándolos directamente de los
grandes depósitos y asegurando la distribución; que
tomen en sus manos todas las propiedades para la renta
de los grandes terratenientes urbanos y las reparten
entre las familias obreras sin hogar; que se encarguen
por sus propios medios de organizar sus comités y piquetes
de autodefensa y de la seguridad ante los ataques que
los capitalistas organizan y organizarán con sus bandas
armadas. Independencia y poder quiere decir que en esos
organismos se practique
la más amplia democracia directa y donde decidan todo
con su voto a mano alzada –entre otras cosas qué partidos
tienen o no derecho a actuar y hablar en esos organismos.
¡A esto le llama “anarquía” la burguesía!, porque ve amenzadas
sus ganancias y sus propiedades, cuando no es más que el
más perfecto orden de los explotados.
Madurez e inmadurez
La lucha inmediata que está entablada entre los
dos grandes contendientes, el proletariado por un lado
y la burguesía y el imperialismo por el otro, es por si
se termina instalando abiertamente, o no, esa “anarquía”
del doble poder. El problema es que del lado de los explotados,
no digamos sus jefes “oficiales” de la burocracia sindical,
sino ni siquiera quienes se dicen “combativos” ni la izquierda
que se dice “obrera” y “revolucionaria”, no se habla -más
allá de los balbuceos incoherentes de algunos que buscan
tapar con ellos su cobardía y sumisión- el mismo lenguaje
claro y contundente que Duhalde y el diario La Nación. ¡Terminar
con la “anarquía”!, exigen la patronal y el imperialismo.
¡Ampliar, desarrollar e imponer el poder de los explotados!,
debe ser la voz de mando del proletariado acaudillando
a todos sus aliados.
Si no surge la dualidad de poderes, la burguesía tendrá
las manos mucho más libres para aplastar o desaviar y hacer
abortar la revolución que empezó. Si se impone con nuevos
embates de masas y un salto en la crisis de los de arriba,
la clase obrera aparecerá como caudillo indicutible
de todos los explotados y en caso de victoria - acabando
a su favor con la “anarquía” de la dualidad de poderes-
conquistará el poder basado en esos organismos de democracia
directa.
En el hecho de que no se hayan centralizado todavía
los organismos de democracia directa de los explotados,
y en que no se haya instaurado un régimen de dualidad
de poderes, radica la inmadurez de la revolución argentina.
Pero esto no es responsabilidad de las masas sino de
las traiciones de las direcciones del movimiento obrero.
¿Por qué estas direcciones -la burocracia sindical,
el stalinismo- son enemigas juradas de que surjan organismos
de democracia directa y autoorganización de losexplotados,
y cuando surjen a su pesar se meten en ellos para evitar
que se desarrollen? Es que son concientes que en esos organismos
de democracia directa las masas en lucha pueden hacer
una rápida experiencia con los programas y las direcciones
que tienen a su frente. Es en estos organismos, con la democracia
obrera más amplia, en donde los revolucionarios podemos
ganar la mayoría de la clase trabajadora revolucionaria,
en donde los trabajadores pueden más rapidamente desembarazarse
de las direcciones traidoras, y se puede resolver el problema
de la crisis de dirección, abriendo el camino para superar
la principal inmadurez que es la inexistencia del partido
revolucionario.
El factor subjetivo, el partido revolucionario,
es lo más atrasado de la situación. Pero esa brecha puede
cerrarse a condición de que la formidable fuerza de las
masas no se detenga y que en ese combate la clase obrera
y los explotados pongan en pie, extiendan y centralicen
sus propios organismos de democracia directa, sus coordinadoras,
sus piquetes, comités de huelgas, sus comités de autodefensa.
Bajo los ojos vigilantes de las masas insurrectas, se
prueban todos los programas, el de los contrarrevolucionarios
y el de los centristas que les cubren el flanco izquierdo.
Es allí cuando un pequeño grupo de revolucionarios puede pelear
abiertamente por ganar a las masas para sus posiciones,
fusionándose con las corrientes que yendo de derecha a
izquierda se desprenderán de los viejos aparatos contrarrevolucinoarios
en crisis.
Los acontecimientos por venir darán una y mil oportunidades
para resolver esa brecha entre la situación objetiva y el
factor subjetivo y poner en pie el partido revolucionario
que necesita la clase obrera argentina para llevar la
revolución al triunfo. La Revolución Argentina -el eslabón
más débil de la dominación imperialista en América Latina-
pone a la orden del día la lucha por un reagrupamiento
internacional del trotskysmo principista, de un Kienthal
y un Zimmerwald del comienzo de este nuevo siglo, que luche
por poner sobre sus pilares a la IVa Internacional. Un
reagrupamiento a nivel internacional alrededor de las
lecciones más importantes de la revolución y de la contrarrevolución,
que enfrente a las corrientes centristas y a los partidos
“madre”que se postran ante el Foro de Porto Alegre (como
el PST(U) de Brasil, el PO y el MST de Argentina). Esto debilitaría
a las corrientes centristas que usurpan en la Argentina
el nombre del trotskysmo y fortalecerían en igual proporción
a los trotskystas principistas.
Solo así podrá ser posible levantar un estado mayor
de la revolución argentina a la altura de las tareas
que están planteadas. No se parte de cero, porque décadas
de lucha de aprendizaje, y también de grandes errores,
catástrofes y capitulaciones de las direcciones centristas
que se reclamaron y se reclaman del trotskysmo, han preparado
sin embargo el material humano de valiosos cuadros y
militantes que serán la base fundamental, junto a millones
que entren al combate, del partido revolucionario que la clase
obrera argentina necesita y se merece.
Pablo Cortina
"La liberación de los trabajadores será obra
de los trabajadores mismos"
"La liberación de los trabajadores será
obra de los trabajadores mismos"