Aclaraciones sobre liberación nacional
y revolución comunista.
El contenido del programa comunista sobre la
"cuestión nacional"
01.07.04
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O seguinte documento foi elaborado como base
para proseguer a discussom depois dumha reuniom com membros de UHP-Asturies.
Neste encontro quedou claro que as nossas diferências sobre a "questom
nacional" som mui profundas e quedamos em tentar umha maior clarificaçom
das mesmas, especialmente no plano da independência de classe e da unidade
internacionalista.
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Índice:
I. NACION Y NACIONALIDAD
II. LA LIBERACIÓN NACIONAL
III. EL PRINCIPIO DE LA AUTOCONSTITUCIÓN DEL
PROLETARIADO EN NACIÓN
Antes de
nada, deciros que este escrito nos servirá para precisar cuestiones que,
pensamos, sobrepasan bastante la cuestión de principios que hay que debatir en
torno al tema nacional. Sin embargo, es necesaria esta exposición más amplia y
pormenorizada por dos motivos:
1º) para
que quede definitivamente claro que nuestra formulación del programa comunista
en el aspecto nacional no tiene nada que ver con el nacionalismo burgués -no
sólo a nivel de la teoría general, sino mucho menos aún en sus conclusiones
prácticas- y se asienta en el programa comunista marxiano y en los criterios
marxianos, con lo cual nosotros no hacemos más que tomar como punto de partida
y defender un principio histórico frente a influencias extrañas al
internacionalismo. Quede a un lado, evidentemente, que nuestros desarrollos del
principio de la autoconstitución del proletariado en nación son discutibles,
aunque lo deberían de ser más aún las ausencias de desarrollo o inclusive
rupturas abiertas con el mismo.
2º) también queremos dejar definitivamente claro que la
oposición a la autoconstitución nacional del proletariado, sea como principio o
sea como objetivo estratégico y táctico, es una ruptura injustificable con el
materialismo histórico y los fundamentos de la teoría económica y política
marxiana. Injustificable porque carece de fundamentación seria desde un punto
de vista marxista, e injustificable también porque no aporta ningún desarrollo
positivo ni para abordar las problemáticas nacionales ni para combatir al
nacionalismo existente.
De los
resultados definitivos de esta discusión dependerá el tipo de relación que
podamos mantener con vosotros, aunque ya os adelantamos que, mientras el tema
nacional y algunos otros no se clarifiquen en un debate serio más amplio no
vamos a unirnos como iguales a ninguna plataforma de coordinación de grupos a
nivel del Estado español. Por el momento nuestra reflexión se sitúa en vuestra
propuesta internacional, en tanto pudiera derivar en una forma organizativa
menos estrecha que prime la unidad práctica en función de objetivos más
concretos y respete la autonomia de los grupos. Sin embargo, y hay en el texto
algunas alusiones al respecto, no estamos tampoco conformes con la definición
de los puntos de esa propuesta internacional o, al menos, con ciertas
interpretaciones plausibles que resultan antagónicas con nuestro programa.
I.
NACION Y NACIONALIDAD
1. La nación actual, en cuanto territorio, es la
unidad mínima que crea el modo de producción capitalista como marco de su
existencia en tanto que relación social material de producción. Esto es, la
estructura constitutiva de la nación tiene como base la totalidad de relaciones
económicas de producción e intercambio materiales que entrelazan a los
distintos capitales que funcionan, como fuerzas productivas y relaciones de
producción, dentro de la comunidad de territorio dada.
La nación
burguesa es la unidad viva de las relaciones económicas, políticas y culturales
capitalistas en la vida de la sociedad civil, el capitalismo como formación
social -o sea, en su forma de unidad humana-.
El
proletariado no sólo tiene que transformar el capitalismo como modo de
producción, sino también la formación social que es su producto histórico: la
nación. Las luchas proletarias nacionales constituyen, pues, en su forma, una
expresión de esta unidad nacional preexistente, bien con un contenido
capitalista más o menos modificado (luchas reformistas) o bien con un contenido
comunista (luchas de tendencia revolucionaria). En la medida que el
proletariado desarrolla el contenido propio de su lucha nacional hace a ésta
expresión de su universalidad bajo aquella forma particular: este es el proceso
espontaneo de la autoconstitución o autoconstrucción del proletariado como
nación, esto es, el aspecto comunitario de su constitución nacional en clase (o
fase nacional de su constitución en clase revolucionaria).
El proletariado
sólo se puede constituir en clase nacional, esto es, en clase capaz de
enfrentarse a la relación social del capital como una fuerza antagonista -pero
no aún como clase capaz de suprimir al capital y fundar sobre nuevas bases la
sociedad-, dotandose de una conciencia nacional propia, de clase, en la que el
contenido concreto une lo particular y lo universal de su lucha de emancipación
total como seres humanos bajo un enfoque nacional.
Esta
conciencia nacional de clase es la base necesaria para la verdadera conciencia
internacional concreta: una conciencia de la realidad mundial del movimiento
proletario y no una conciencia abstracta "pro" internacionalismo.
Sólo el desarrollo de la autoconciencia del proletariado como clase nacional en
cada país puede permitir que la organización y la lucha internacional de la
clase se desarrollen desde la mutua comprensión de las singularidades
recíprocas y sirvan realmente como
proceso de construcción de una conciencia de la clase en tanto que comunidad
mundial. Esto, en lo que se refiere a la integración del aspecto nacional en el
movimiento internacionalista, pero lo mismo se puede decir esencialmente a
respecto de cualquier aspecto del desarrollo de la conciencia de clase.
La
elaboración del programa internacional en su forma precisa, de la teoría
revolucionaria, la toma de decisiones en cualquier forma de unidad
internacional revolucionaria, tiene que partir de la diversidad real para
harmonizarla con la unidad. Es sólo mediante la unidad dialéctica y viva de lo
común y de lo diverso que es el proletariado como sujeto social total, como
puede crearse un movimiento real y evolutivo tanto a nivel nacional como
internacional.
La
sustitución de todo este proceso por cualesquiera "principios del
internacionalismo", que vayan más allá de una definición precisa y
esencial del mismo como actividad unificada internacional de la clase, no puede
llevar más que a mantener el internacionalismo como una ideología y, aún peor,
como una ideología que se formula por oposición a cualquier forma de
nacionalismo y no en función de los principios comunistas. El internacionalismo
proletario se opone al nacionalismo existente no por su forma, sino por su
contenido, pues los movimientos cuya forma es nacional no excluyen por sí mismos
su unificación en un movimiento internacional: es su esencia de clase, su
contenido social, lo que les hace adquirir un carácter limitado e,
indisociablemente, un contenido burgués -esto no es casual-. Por esta razón
todas las organizaciones obreras revolucionarias han sido siempre
internacionalistas, aún cuando hayan tenido una existencia principalmente
nacional a causa del escaso desarrollo histórico del internacionalismo en el
movimiento de la clase (o a causa de la falta del desarrollo del movimiento proletario
en general).
2. La medida del desarrollo del capitalismo como
modo de producción en cada nación, o sea, de la clase capitalista nacional,
determina la posición general de esta última en el mercado mundial y en la
división internacional del trabajo, así como el modo en que se relaciona con
los otros capitales extranjeros individuales o globales dentro del proceso de
explotación internacional de la fuerza de trabajo, única fuente de todo el
valor.
El
desarrollo tardío del capitalismo en una nación implica, pues, no sólo una
posición desigual en la explotación internacional por parte de los capitales
nacionales particulares, sino también un desarrollo económico general desigual
de las naciones como unidades económicas y como totalidades sociales. Aquí
radica la posibilidad del subdesarrollo, que, de este modo, si bien ocurre
también dentro de las propias naciones, adquiere su expresión más elevada en el
plano internacional, determinando el desarrollo material general de países
enteros.
Por otro lado,
con el desarrollo del sistema económico mundial, el desarrollo o subdesarrollo
internos desiguales dentro de una misma nación o Estado pasan a ser el
resultado determinado de ese sistema de relaciones y no el producto de un
desarrollo nacional autónomo -que se vuelve cada vez más imposible-. De este
modo, los polos de desarrollo y subdesarrollo están determinados los primeros
por una hegemonía histórica en la concentración nacional de capital, y los
segundos por los efectos históricos de esa concentración nacional sobre las
relaciones económicas internacionales. Aquí la identidad nacional de los polos
de desarrollo o de subdesarrollo no es más que un accidente histórico y no es
esencial al capitalismo, pero, no obstante, constituye su forma real, y tiene
su determinación sobre el desarrollo de las formaciones sociales en torno a
esos polos.
Aunque el
desarrollo y el subdesarrollo son una consecuencia general de las relaciones
capitalistas de intercambio, determinadas por el desigual desarrollo cuantitativo
y cualitativo de los capitales, el desarrollo desigual del modo de producción
capitalista en los distintos países provoca, por el atraso de unos y la
expansión exterior de otros, que al entrar en relación sus conjuntos económicos
enteros o concentraciones de capital nacionales queden sometidos a esa relación
de subdesarrollo de unos a causa del desarrollo de otros. Esa relación,
determinada por la naturaleza del capital, adquiere una vez establecida el
carácter de relación constitutiva del sistema capitalista mundial y no puede
ser suprimida sin suprimir el capital.
3. La nación es, como totalidad social, la comunidad
de territorio, cultura y vida que ha creado el capitalismo con su desarrollo
histórico como modo de producción social al suprimir las barreras feudales
anteriores. Se trata, pues, de una totalidad viva, no reductible a sus partes
componentes (regiones, ciudades, etc.) que preexisten en general al
capitalismo, o bien son su producto en el propio proceso de construcción
histórica de cada formación nacional.
Decir que
no existe un capitalismo nacional porque el proceso de circulación de las
mercancías ha sido siempre mundial desde los comienzos del capitalismo y aún de
la acumulación primitiva, sólo es dar un giro intelectual tautológico para, en
resumidas cuentas, decir que la existencia del modo de producción capitalista
es inseparable del mercado mundial y de la circulación mundial de mercancías.
Pero de ello concluir, falazmente, que el capitalismo no tiene al mismo tiempo
una dimensión nacional, es una muestra de razonamiento idealista,
logico-formal. Se llega a esta conclusión porque se considera el capitalismo
solamente desde el prisma de la circulación y no de la producción y desarrollo
de las fuerzas productivas sociales, y, consiguientemente, de las formaciones
sociales que se crean en torno a ese desarrollo de las fuerzas productivas,
proporcionando la fuerza de trabajo necesaria y creando un mercado interior.
Dada la perspectiva de la circulación de mercancias, la unidad de las formaciones
sociales se ve solamente en su interrelación exterior y no en su unidad
interna. La nación aparece, ante esta forma de razonar, como un fantasma, una
realidad espectral, y se busca la explicación racional de ello en que se
trataría de un engaño ideológico, de una creación ideológica burguesa. Este
método de análisis es el mismo que el adoptado por la teoría luxemburguista de
la acumulación del capital y no es materialista.
Lo que si
es cierto es que, si el proceso productivo social del capital, o sea, el
capital como proceso de trabajo, se expresa en el desarrollo nacional, éste es
en realidad sólo su producto material. El proceso productivo del capital es, al
mismo tiempo, su proceso de autovalorización, que es su dimensión abstracta,
determinada por la forma valor que adquiere progresivamente la riqueza con el
desarrollo de la propiedad privada de los medios de producción. Esto es, el
proceso de acumulación del capital ha sido siempre un proceso mundial, razón
por la cual el previo desarrollo del mercado mundial ha sido su premisa
histórica.
Pero de
ésto último no se deduce que se pueda considerar separadamente el proceso de
valorización al proceso de producción material, pues esto sólo tiene realidad
en la circulación. De ahí el fondo idealista de la negación de la dimensión
nacional del capitalismo o de que tenga una entidad propia como formación
social que posee su base económica.
Además,
esta dualidad esencial del capital entre proceso de trabajo y proceso de
valorización es lo que hace que el desarrollo de su formación social, nacional,
y el desarrollo de las relaciones económicas internacionales, sean
completamente interdependientes al tiempo que intrínsecamente contradictorios.
4. El capitalismo, por tanto, sólo puede
desarrollarse libremente a partir del proceso de constitución de naciones que
se produce en la fase feudal gracias al desarrollo del mercantilismo y con el
de la acumulación primitiva, y gracias también a la lucha de clase de la
burguesia contra la clase feudal.
Sin embargo,
el capital es en su esencia una relación universal, no ligada intrínsecamente a
limites territoriales, culturales, etc.
Por estas
dos condiciones se da la contradicción inherente al capitalismo como sistema
económico entre la forma (y formación) nacional, que es su expresión como
fuerza y relación social materiales, y su esencia en tanto relación de
autovalorización, que se expresa en la tendencia a la creciente mundialización
de la actividad de los capitales.
Esta
contradicción se desarrolla históricamente con el modo de producción
capitalista, hasta crear las condiciones para la comunidad humana mundial que,
sin embargo, el capital es incapaz de crear al ser incapaz de superar sus
propias limitaciones y su carácter competitivo. Pero, al mismo tiempo, se
desarrolla en el sentido de que, al hacerse cada vez más inevitable la
creciente mundialización de la actividad de los capitales y debilitarse así
cualesquiera ataduras circunstanciales a un territorio o país dados, y al
intensificarse la lucha competitiva por mantener ascendente la tasa de
ganancia, las propias naciones capitalistas tienden a descomponerse
internamente tanto en su estructura productiva como en tanto formaciones
sociales, como expresión del mismo proceso que lleva al conjunto de la humanidad
a la degradación y la barbarie para incrementar la plusvalia global.
El capital,
pues, no supera los limites nacionales de la comunidad y el Estado que él mismo
ha creado históricamente, sino que solamente puede crear alianzas
intercapitalistas más o menos limitadas, basadas en subordinaciones de unos a
otros, y se vuelve incapaz no sólo de impulsar o sostener cualquier
independencia nacional efectiva dentro del capitalismo mundial, sino también de
mantener siquiera las formas de comunidad que ha creado, del mismo modo que se
vuelve incapaz de garantizar siquiera las condiciones de la existencia del
proletariado, condenandolo masivamente a la exclusión del mercado y a la
inanición.
5. La revolución proletaria tiene que crear una
nueva unidad nacional comunista, que supera todas las limitaciones internas y
externas de la comunidad nacional en el capitalismo, pero que sólo es un
momento y parte de la construcción de una auténtica comunidad humana mundial.
La nación proletaria, constituida por la revolución misma al autoconstituirse
el proletariado como comunidad de lucha y de vida antagónica al capital, e
instituida por el poder de la clase junto con el programa de la transformación
radical y total de la sociedad, comienza manteniendo las consecuencias
acumuladas del desarrollo de la nación bajo el capitalismo.
Ese
desarrollo, separado, desigual, alienado y conflictivo, característico de la
nación burguesa, sólamente podrá ser superado en todas sus consecuencias
acumulativas en la medida en que se desarrolle la sociedad sobre las bases
comunistas. Solamente a través de un proceso histórico podrán las naciones
proletarias constituirse como tales al nivel de los contenidos y unificar
completamente su vida, cultura y psicologia en una comunidad mundial
(unificación que nada tiene que ver con una uniformización, ya que es un
movimiento que parte siempre de la multiplicidad para llegar a la unidad).
Entonces, llegado a cierto nivel de desarrollo nacional e internacional de la
vida, la cultura y el espíritu en la sociedad comunista, los rasgos nacionales,
y con ellos las propias comunidades nacionales, se transformarán completamente
en singularidades de una única comunidad mundial, que poseerá su propio
contenido no reductible a la suma de las influencias de las partes, que
constituirá una auténtica unión espiritual de toda la humanidad.
Esto
significa que las comunidades nacionales proletarias arrastrarán necesaria e
inevitablemente los rasgos y limitaciones propias de la sociedad burguesa, y
que sólo con su proceso más o menos largo de coalescencia, constitución
y desarrollo como comunidad mundial
podrán, tanto material como espiritualmente, superar todos esos rasgos
limitados heredados de la sociedad burguesa y de formaciones sociales
anteriores.
6. Las naciones se diferencian empíricamente de las regiones porque, objetivamente, poseen
diferencias cualitativas más o menos amplias en las formas culturales,
linguísticas y psicológicas, resultado
de todo su desarrollo histórico social precedente. Esto se ha expresado
históricamente, en el plano subjetivo, en primer lugar en la formación del
nacionalismo revolucionario de la burguesía en su época de elevación como clase
revolucionaria contra el feudalismo. Pues el nacionalismo burgués revolucinario
tenía en sus carácterísticas nacionales diferenciales su base objetiva
inmediata (aunque, en ausencia de ellas, puede reclamar la etnicidad, la raza,
etc., como elementos diferenciales que unifiquen a las masas, pero esto sería
un mero nacionalismo ideológico, dado que la etnicidad o la raza no crean por
sí mismos ninguna comunidad nacional diferenciada en realidad de otras, sino
que solamente pueden crear o ampliar el Estado nacional para su burguesía).
Las
auténticas características diferenciales de las naciones, como la cultura, la
lengua, etc., son el producto vivo del desarrollo de las relaciones sociales a
lo largo de la historia, y es solamente su fijación a un territorio limitado y
su separación de otras formas culturales y de vida las que pueden verse como el
producto y rasgo distintivo del carácter burgués de la nación. En cambio, la
unidad como comunidad es, considerado abstractamente, un rasgo universalizable,
aunque para el proletariado la unidad nacional constituya únicamente una forma
limitada de su propia unidad, la forma más elemental de enfrentarse al
capitalismo como totalidad, pero no aún la forma de transformarlo
revolucionariamente, de realizar el comunismo.
Los rasgos
diferenciales históricos y cualitativos en la cultura, la lengua y la psicologia
-o sea, en la vida comunitaria- son, pues,, junto con la existencia de un
nacionalismo burgués revolucionario (en tanto movimiento político real de la
elevación de la burguesía a clase dominante), las dos características empíricas que identifican a la nación en
su forma actual. Pero dado que existe un problema de afloramiento de
nacionalismos en general, tanto de "derecha" como de
"izquierda", ocasionado por el estancamiento y descomposición del
capitalismo, este análisis se ha vuelto insuficiente.
Allí donde
se ausentó la lucha revolucionaria independiente de la burguesía autóctona,
durante la fase de formación y ascenso del capitalismo en el territorio dado,
estamos ante un signo histórico de la ausencia de una nación en su forma
capitalista. Las revoluciones campesinas precapitalistas no son una expresión
política de la constitución de una unidad nacional, pues la misma es el
producto histórico del desarrollo del capitalismo. Esto quiere decir que la
existencia de movimientos revolucionarios liderados por la burguesía autóctona,
aunque sean débiles, es una manifestación empírica del crecimiento de
relaciones sociales capitalistas en oposición a los poderes feudales -internos
y foráneos- o/y al dominio colonial extranjero. La importancia de las formas de
nacionalismo revolucionario de la burguesía radica en su base económica, que es
la determinante de que exista o no unidad nacional.
Pero esto
nos señala una contradicción: existen comunidades de vida que, sin una
integración social interna, con divisiones político-administrativas, etc.,
constituyen comunidades de cultura que pueden reclamar su condición nacional
(o, expresado en otros términos, constituyen naciones sólo subjetivamente, en
la medida en que poseen rasgos subjetivos históricos y diferenciados, pero no
objetivamente en su unidad económica). En estos casos, nosotros planteamos que
el comunismo significa la unidad consciente en una economia planificada según
criterios sociales, y que es perfectamente posible que la organización
económica y administrativa de la sociedad se desarrolle de modo que favorezca
la unidad y desarrollo cultural de la diversidad existente, siempre que se
adecue al progreso general internacional. Por lo tanto, la cuestión de los
nuevos nacionalismos que surgen de la descomposición del capitalismo entre
comunidades culturales definidas la abordamos desde el punto de vista del
contenido social:
1º) por su
contenido de clase en general, teniendo en cuenta que cualquier forma de
nacionalismo proletario tiene que ser esencialmente opuesta al nacionalismo
burgués no sólo políticamente sino también en su concepción de la nación que ha
de formar el proletariado.
2º) por su
contenido programático, pues solamente mediante la revolución comunista
internacional puede realizarse en la época histórica presente cualquier forma
de constitución o liberación de las comunidades humanas en general. En esto
se inscribe la tentativa de
constitución de comunidades de cultura como naciones efectivas.
De este
modo se combate al nacionalismo burgués desde un punto de vista de clase
concreto, y no en abstracto; no oponiendole un internacionalismo ideológico
sino oponiendole la necesidad histórica del programa comunista y las
posibilidades futuras que proporcionará el comunismo para el desarrollo de
todas las formas parciales de comunidad.
7. Las naciones oprimidas son, en general, aquellas
en las que la burguesía no ha logrado realizar o completar su revolución
política por diversas causas, bien por su debilidad interna -por ejemplo, en Galiza-,
o bien por su aislamiento -caso vasco y catalán-. La opresión nacional, no
obstante, en tanto opresión política y cultural de una nación por otra, no
indica la existencia de una explotación colonial, que es el contenido
específico del conflicto nacional para el proletariado. En tanto la opresión
nacional tiene su causa en las luchas interburguesas y no en las relaciones
económicas basadas en la explotación de clase, la cuestión nacional no
determina un enfoque diferente de conjunto del programa comunista en la acción
revolucionaria nacional. Solamente con la confluencia de la explotación
nacional y la opresión política y cultural se crea esta diferenciación de modo
objetivo.
La propia
debilidad de la burguesía española ha provocado también en el Estado español
que la unidad nacional se haya logrado sólo de modo fragmentario tanto en el
terreno económico como en el cultural, siendo incapaz de crear una nación única
real. Todos los movimientos nacionalistas y regionalistas existentes son el
producto de la irrealidad de la nación española y no dejarán de crecer en
virtud de la descomposición del capitalismo y, con él, de las comunidades
nacionales y de la agudización de sus conflictos, haciendo cada vez más
determinante, tanto en el Estado español como en todos los conflictos
internacionales, la adopción de un enfoque y una táctica comunistas correctos
para evitar la disolución del conflicto de clase en las luchas interburguesas.
8. La nación es la formación social en que se
inscribe en su fase inicial la lucha de clases entre el proletariado y la
burguesía, pues en los marcos inferiores el capital no puede ser cuestionado
efectivamente como totalidad de un modo radical.
Las
relaciones sociales capitalistas están determinadas por su desarrollo nacional
desde la época feudal y no pueden ser abordadas más localmente, a no ser de
modo parcial y fragmentario. La estructuración o forma real de las relaciones
sociales capitalistas es, pues, nacional desde el comienzo, además de estar
sujeta a una creciente internacionalización, pero no es reductible a escalas
inferiores a la nación. Las clases sociales no tienen en el capitalismo una
existencia puramente local ni pueden tenerla, por lo que el cuestionamiento de
su existencia solamente puede desarrollarse en su mínima expresión en el mismo
marco mínimo en que se desarrolla la actividad material del capital. Y, es más,
a medida que se desarrolla la internacionalización de la actividad material del
capital, la organización internacional de la producción y no sólo de la
circulación, el marco nacional se vuelve cada vez menos sustancial como sede de
la lucha de clases y su fase nacional se acorta objetivamente en el tiempo (lo
mismo que ocurrre con la transición entre los objetivos mínimos y máximos a
medida en que la decadencia del capitalismo hace a los primeros inasumibles y
empuja al proletariado a pasar seguidamente de las luchas inmediatas a una
lucha revolucionaria abierta).
9. Al ser la nación la formación social específica
del capitalismo, cada nación es también el punto de arranque específico de la
revolución proletaria mundial, pues en su unidad, unidad de las relaciones
sociales capitalistas, la nación es un cauce que expande y generaliza la crisis
del capital (según su nivel de desarrollo) y así la intensificación
consiguiente del antagonismo de clases. De ahí la forma nacional que tiende
siempre a adoptar la revolución proletaria en su fase incipiente, produciendose
históricamente como una sucesión de movimientos revolucionarios que estallen en
cada nación y se expanden luego hacia su unidad internacional, como un proceso
que va de la circunferencia al centro. Por supuesto, es posible, mediante la
organización internacional creciente del proletariado para luchar por el
comunismo, que la revolución tenga desde el principio una realidad
simultaneamente nacional e internacional, pero esta es otra cuestión. Lo que
destacamos aquí es la dinámica espontanea, determinada por las diferencias de
desarrollo del capitalismo en cada país aparte de por el desarrollo subjetivo
de la clase obrera.
10. Resumiendo, todas las características
nacionales, pues, se expresan necesariamente en la revolución proletaria, lo
que hace que ella misma tenga que ser la expresión no sólo se la esencia
universal del proletariado, de su identidad esencial como clase, sino al mismo
tiempo también de su diversidad formal. Es decir, la revolución proletaria ha
de ser una unidad del proletariado en su multiplicidad, sin ningún tipo de
espíritu de uniformización o de marginación de los rasgos diferenciales. Es
decir, la unidad del proletariado TAL Y COMO ES REALMENTE.
Por tanto,
la autoconstitución del proletariado en nación es un momento necesario de la
revolución mundial -y no es realizable fuera de ella-. Es el momento de la
destrucción de la nación capitalista en su contenido esencial: la dominación de
la burguesía y sus expresiones nacionales en todos los aspectos de la vida
social.
El
proletariado no suprime el contenido de la nacionalidad, sino sólo su forma
burguesa. Pero esto tampoco es lo principal, sino el hecho de que debe crear
una unidad superior, al tiempo que transforma y desarrolla el viejo contenido
de la nacionalidad y desarrolla una nueva forma nacional adecuada a la
integración del contenido nacional proletario en aquella unidad superior, en
una internacionalidad real, en una unidad de vida y cultura del género humano.
II.
LA LIBERACIÓN NACIONAL
1. La liberación nacional es el modo en que la
burguesía de las naciones oprimidas lucha por su propia dominación como clase frente
a una clase capitalista exterior. La única forma de liberación nacional que
existe para el proletariado es su autoliberación de la propia nación burguesa,
la supresión de la sociedad fundada en la explotación capitalista y, con ella,
de la sociedad de clases en general.
2. La elevación de la burguesía nacional
"oprimida" al poder no sólo no mejora las condiciones de existencia
del proletariado de las naciones oprimidas sino que, para superar el atraso y
las limitaciones propias del subdesarrollo, aquella tiene que llevar a cabo una
intensificación general de la explotación y de la degradación de las
condiciones de existencia del proletariado, sino de inmediato, en plazo breve.
Sólo de
este modo puede acelerar la acumulación de capital para competir en el mercado
mundial en mayor igualdad de condiciones con los capitales más desarrollados y
mantener simultaneamente ascendente la ganancia privada. Esto, a parte de las
posibles consecuencias de guerra, destrucción, embargos, sanciones, etc., que
puede acarrear la "liberación nacional".
Lo único
que gana el proletariado por llevar al poder a su enemigo de clase es, pues,
más explotación, menos derechos, violencia, destrucción y muerte. Para la clase
obrera todo esto sólo merece la pena cuando con ello consigue quebrar para
siempre sus cadenas, para realizar el auténtico comunismo.
Si bien es
posible que el proletariado obtenga, en los centros imperialistas, beneficios
temporales por su alianza colonialista con su propia clase capitalista en el
expolio internacional, esto no es así en los países subdesarrollados, sometidos
a la colonización de los capitales extranjeros. Y con el capitalismo decadente
desaparece además la más remota posibilidad de salir del subdesarrollo -en que
todo atraso de transforma por el capitalismo mundial- mediante un desarrollo
más o menos autónomo del capitalismo nacional, incluso en un largo plazo
indefinido. Al contrario, el subdesarrollo y la explotación nacional se
incrementan proporcionalmente, junto con la pobreza y la explotación de clase
en general. Al mismo tiempo, en los países desarrollados las alianzas con la
burguesía sólo pueden refrenar por un tiempo la ya inevitable degradación
general del trabajo y de las condiciones de vida del proletariado en todo el
mundo.
3. Desde un punto de vista proletario, la
independencia nacional del Capital sólo constituye, por su contenido, una
reforma de las relaciones de explotación. Por tanto, con la creciente
inviabilidad del reformismo en general en el capitalismo decadente, la
independencia nacional y los "programas de desarrollo nacional" son
también cada vez más inviables económicamente (y no sólo políticamente). De
este modo, la posición del proletariado revolucionario, que ve en la revolución
comunista mundial la única forma de liberación nacional para el proletariado,
se vuelve no sólo la única progresiva para el proletariado, sino también la
única posible en la práctica.
La
independencia nacional en el capitalismo sólo puede ser, hoy aún más que antes,
una reivindicación táctica que tenga por objetivo, bajo ciertas condiciones de
lucha de clases, favorecer el desplazamiento de los conflictos internacionales
de su forma nacional-burguesa a su forma proletaria revolucionaria, a partir
del principio de que un pueblo que oprime a otro está esclavizado también por
esta opresión y del más general de que el proletariado sólo puede constituirse
en clase luchando contra su propia burguesía y en la medida en que desarrolle
esta lucha -volviendose capaz de realizar su unión revolucionaria
internacional-.
La derrota
del imperialismo favorece el desarrollo de la unidad internacional del
proletariado, incluso aunque imponga a las secciones nacionales del
proletariado un reenfoque forzoso de sus luchas de cara al enfrentamiento
directo con sus propias burguesías -teniendo en cuenta además que, en el caso
de las burguesías amenazas o que pugnan por su independencia y dominación
politica nacional, esta derrota del imperialismo o la consecución de un Estado
propio fortalece su dominación de clase-. Pero aquí hay que recordar que el
proletariado no se constituye como partido revolucionario a través de sus
"conquistas tragicómicas", sino "engendrando una
contrarrevolución cerrada y potente, engendrando un adversario" en lucha
contra el cual pueda madurar como sujeto revolucionario (Marx, Las luchas de
clases en Francia). Si no se comprende esto, se tiene en realidad una visión
reformista y conservadora del movimiento del proletariado, sostenida en una
concepción idealizada -o más bien, ideológica- de la clase y de su proceso de
desarrollo a través de las luchas.
4. Si bien la esencia del imperialismo es connatural
al capital, pues el capital como relación del valor actua, en su forma de
competencia entre capitales, también como una relación de apropiación de
plusvalor, el imperialismo no se desarrolla en su forma propia del capitalismo
y se extiende globalmente más que con la formación y generalización históricas
de la relación de desarrollo y subdesarrollo y la consiguiente unidad del imperialismo
con su opuesto dialéctico, su otra cara, el colonialismo.
De este
modo, con el desarrollo del capitalismo mundial, unas cuantas naciones
concentran los polos de desarrollo y otras los polos de subdesarrollo,
formandose una división internacional entre países desarrollados=imperialistas
y subdesarrollados=coloniales, términos que anteriormente no estaban tan
intrínsecamente ligados (pues el expolio colonial no se expresaba aún en sus
formas específicamente capitalistas, como desarrollo capitalista deformado de
los países dominados, y la expansión imperialista podía arrojarse las
pretensiones de agente civilizador).
Se forman
así relaciones imperialistas a escala internacional, en las que los polos
capitalistas nacionales más fuertes dominan a los más débiles y se apropian de
este modo de parte de su plusvalia.
El
desarrollo del modo de producción capitalista hacia su declive provoca el flujo
de capitales hacia la periferia del sistema y potencia la expansión mundial, en
busca del mantenimiento ascendente de la tasa de ganancia media gracias a la
consecución de materias primas y auxiliares más baratas y a la apertura de
nuevos mercados. La división y concentración de los polos de desarrollo y
subdesarrollo no deja de crecer, condenando a continentes enteros y
privilegiando a otros, como expresión de la concentración creciente del capital
en los países capitalistas dominantes, cuyos Estados e instituciones
internacionales son sus defensores y resortes políticos y militares.
Evidentemente, por la naturaleza del capital los países colonizados
pueden actuar, a su vez, como imperialistas frente a otros, así como el
subdesarrollo se expresa en una división en países agrarios, semiindustriales,
industriales atrasados, etc. Pero esta relatividad solamente indica que estas
categorías son solamente cuantitativas, lo que se verifica en el hecho de que
han evolucionado históricamente y que han preexistido al capital, que sólo ha
creado sus formas propias y llevado estas tendencias a su expresión más
extrema. También es evidente que la distinción entre países sólo es válida en
términos internacionales, y que cada país contiene dentro de sí polos de
desarrollo y subdesarrollo y desarrolla formas de colonialismo interno, así
como su economía interna se desarrolla de modo desigual en general.
Por otra
parte, el hecho de que los capitales particulares no tengan, esencial y
necesariamente, un carácter nacional determinado, solamente indica que el
propio desarrollo capitalista no conduce a resolver las desigualdades nacionales
-como tampoco las sociales-, sino únicamennte a su autovalorización a escala
siempre creciente. No indica para nada que la concentración del capital no se
exprese al nivel de las formaciones sociales, determinado la división entre
países imperialistas y coloniales.
5. El proletariado no se organiza como clase en
función de las divisiones estatales, nacionales, regionales o laborales.
Solamente lo puede hacer en función de sus intereses propios y de la naturaleza
de los mismos, esto es, para la supresión de todas estas divisiones económicas,
políticas y culturales. Por ello su organización como clase incluye estos
contenidos pero no se subordina a su forma limitada capitalista, oponiendo a
estas divisiones la unidad de la clase como fuerza productiva universal. Su
organización nacional, pues, no es una organización separada, sino como parte
de un movimiento internacional.
Los
contenidos de estas divisiones, no obstante, tienen que ser transformados
suprimiendo el contenido capitalista que constituye también un límite y
elemento alienado a superar.
6. Una burguesía explota a otra en la relación
colonial, expropiandola de parte del pluvalor que ella ha extraido previamente
al trabajo asalariado que emplea. Esto es una explotación real desde el punto
de vista de la forma y no del contenido, pues la apropiación de plusvalía es en
su contenido real siempre una explotación de clase, la explotación del
proletariado. Por tanto, siempre que hablamos de explotación nacional, racial,
de género, etc., estamos hablando de la explotación del trabajo bajo formas
diversas. Es decir, la explotación del trabajo no sólo adquiere formas
diferentes por el grado de intensidad de la misma y por la forma del trabajo
concreto, sino también por las características sociales que adquiere.
El capital
que actúa como imperialista contra otro de un modo estable, obligandolo a
intensificar la tasa explotación del trabajo para compensar así el descenso de
su tasa de ganancia particular, en realidad lo que hace es explotar al proletariado
con la mediación del capital subordinado o colonizado, aunque, formalmente, la
explotación la efectue ese último. Esto se verifica en que el capital
subordinado o colonial puede recuperar sus pérdidas mediante la mayor
explotación del proletariado, mientras que el proletariado en conjunto no puede
desplazar la explotación a otro y se ve necesariamente empujado a la lucha, sin
posibilidad aún así de conseguir establecer condiciones de explotación no
coloniales más que destruyendo al propio capital colonial y suprimiendo el
poder del imperialismo.
El capital
subordinado ve limitado su desarrollo por el capital dominante, pero puede
mantener su rentabilidad incrementando la explotación obrera. También puede, en
la medida que existe como capital subsidiario, ser excluido por el capital
dominante de la producción, al dejar el último de comprar sus mercancías, etc.,
pero la característica del colonialismo no es que la relación intercapitalista
es una relación competitiva libre, sino una relación de producción bajo una
forma mercantil en la que el capital subordinado sólo existe y puede existir en
el marco del capitalismo mundial como un mero agente del capital dominante. Por
consiguiente, ambos capitales, el imperialista y el colonizado, están
interesados por igual en la explotación del proletariado, que tampoco puede
reducir su explotación general como clase sin destruir esta relación
intercapitalista, esta integración indivisible del capital imperialista con el
capital colonial.
Para
liberarse, el proletariado tiene que luchar contra ambos capitales como forma
necesaria para acabar con la relación del capital (o lo mismo para lograr
simples mejoras que sean mínimamente sostenibles aún mediante la resistencia
permanente y tenaz), o de lo contrario solamente se involucrará, tomando
partido por una de las facciones capitalistas, en una lucha de poder
interburguesa de la que nada puede sacar.
La
explotación de unas naciones por otras es, pues, la forma en que se expresa la
explotación internacional del proletariado en su forma indirecta. Las
mediaciones de capitalistas locales y nacionales en las distintas fases de
producción y circulación que se suceden son aquí la forma del proceso y el
instrumento necesario para incrementar la explotación total de la fuerza de
trabajo.
En
síntesis, por la misma razón que el capital es en sí mismo imperialista, este
carácter se expresa en las integraciones desiguales de los capitales de países
imperialistas y países coloniales para la explotación común de la fuerza de trabajo
de los últimos. Es más, la burguesía colonial es siempre el producto o debe su
existencia en general al capital imperialista. Las luchas revolucionarias de
liberación nacional de la burguesía solamente son en realidad luchas por la
dominación política de la burguesía colonial, no luchas contra el sistema de
explotación colonial.
La defensa
de las luchas de liberación nacional de la burguesía proviene de una
consideración del capital exclusivamente como sistema de producción material y
no como proceso de autovalorización, sin captar así la unidad indivisible de
ambos aspectos. Pero, en un sentido similar, la oposición absoluta a cualquier
forma de independencia nacional, común a ciertas formas ideológicas de
internacionalismo, solamente refleja la consideración del proletariado como
fuerza productiva material y no como fuerza productiva abstracta, de modo que
no capta que el fundamento de su unidad internacional como clase no reside en
la voluntad política de ningún partido, ni en una ideología internacionalista,
ni tampoco en la oposición a la nación burguesa y al Estado burgués, sino en
las determinaciones objetivas del capitalismo como sistema mundial y en la
naturaleza del proletariado como fuerza productiva universal capaz de
desarrollarse autónomamente para fundar un nuevo modo de producción.
Así, pues,
la naturaleza dual del capitalismo determina, al mismo tiempo que el carácter
mundial de la revolución proletaria, el desarrollo de la autoconstitución de la
comunidad social comunista, primero en el propio movimiento proletario y luego
en la nueva sociedad, determinando las cuestiones particulares y las distintas
fases de desarrollo nacionales e internacionales, y diferenciando tanto más el
curso y formas proceso revolucionario en los distintos países cuanto más
agudizadas estén las contradicciones que imposibilitan el desarrollo histórico
de las comunidades bajo el capitalismo, y que se expresan en su tendencia
general a la decadencia y su dialéctica desarrollo-subdesarrollo.
7. El desarrollo autocentrado de la economía
nacional es ciertamente una mistificación de la naturaleza del desarrollo
capitalista. Este ideal del desarrollo capitalista sostenido por ciertos
economistas del subdesarrollo es la generalización del modelo de desarrollo de
los países dominantes mediante la concentración de capitales a costa de los
dominados. En realidad, el desarrollo de unos países siempre se realiza a costa
del desarrollo de otros, subdesarrollandose los últimos por la acción de los
primeros.
El
desarrollo independiente de ciertas naciones es sólo la consecuencia de la
formación de capital concentrada gracias a un contexto internacional
precapitalista o capitalista débil, que fue subordinado para servir a esta
acumulación polarizada. Pero, una vez se desarrolla el capitalismo mundial
plenamente, el capital se despoja cada vez más de sus ataduras territoriales y
nacionales y se muestra directamente como capital mundial.
La única
independencia nacional en el capitalismo mundial es desde hace mucho tiempo la
independencia de los capitales más internacionalizados para poder desprenderse
de cualquier ligación nacional intrínseca. La independencia nacional de las
naciones sometidas y la del proletariado sólamente pueden realizarse mediante
la revolución comunista global -con lo que el viejo sentido burgués de la
independencia nacional y su forma estatal separada pierden todo sentido
económico e histórico para las comunidades humanas-.
III.
EL PRINCIPIO DE LA AUTOCONSTITUCIÓN DEL PROLETARIADO EN NACIÓN
1. Con el desarrollo de su movimiento autónomo de
clase, el proletariado se construye el mismo como comunidad de lucha y de vida.
La autoconstitución del proletariado en nación es su autoconstitución como esa
comunidad de lucha y de vida en el marco nacional, integrando y transformando
los rasgos específicos o singulares de su vida nacional en ruptura con sus
formas y niveles de desarrollo burgueses. Esta comunidad nacional de lucha y
vida del proletariado revolucionario representa un paso más en el desarrollo
histórico no sólo general (el desarrollo hacia un modo de producción superior),
sino también particular, es decir, representa un paso adelante en el desarrollo
histórico de la vida, la cultura y la psicología nacionales, que transforma en
un sentido progresivo para el comunismo y para contribuir al contenido vivo de
la nueva comunidad humana, real, mundial.
La aparente
paradoja radica en que la nacionalidad es, en el capitalismo, una propiedad o
atributo exclusivamente de la clase dominante en tanto sujeto -no del capital
como relación-, pues el proletariado está desposeido de sus propias condiciones
de existencia sociales, o sea, incluso del contenido de su propia vida cultural
nacional. Vive la vida que le impone su burguesía, no simplemente
"su" vida bajo las condiciones impuestas por la burguesía; esto es,
el contenido de su vida está determinado por la desposesión en todos los
aspectos.
Al suprimir
la dominación de su propia burguesía, el proletariado se apropia no sólo de sus
medios y condiciones de trabajo y se convierte en determinante del proceso
productivo, sino también de los medios y condiciones de su vida social total y
se convierte en sujeto activo de la misma. Es decir, se apropia de todos los elementos que constituyen la nacionalidad suprimiendo al mismo tiempo sus límites
intrínsecos propios del capitalismo -aunque la superación efectiva de los límites sólo podrá ser
el resultado de un desarrollo histórico subsiguiente que integrará el contenido
de la nacionalidad con la internacionalidad-.
La negación
de la nacionalidad en el proletariado como posición política comunista es en
realidad una afirmación del proletariado como clase para el capital, como clase
desposeida. No se considera tampoco, aquí, al proletariado como clase
antagónica al capital, omitiendo que el desarrollo de su potencia
revolucionaria tiende a efectivarse también a respecto de la nacionalidad y,
evidentemente, en el sentido contrario al capitalista. Esto es, la tendencia
del proletariado revolucionario es a la afirmación de su nacionalidad desde su
propio contenido y no a la desidentificación nacional.
Se le llame
nación proletaria, comunidad nacional proletaria, singularidad nacional, etc.,
a la reivindicación proletaria de apropiación revolucionaria de su vida
nacional, poco importa. Lo verdaderamente importante es que, al lograr este
objetivo, el proletariado mismo conquista y desarrolla su propia nacionalidad
con un contenido propio, determinado por sus aspiraciones de clase, y se autoconstruye como comunidad nacional destruyendo
la nación capitalista.
2. No se trata de que el nacionalismo burgués sea
reaccionario porque defiende los intereses del capital, sino de que el
proletariado sólo puede conquistar su verdadera vida nacional mediante la
revolución proletaria. Su lucha por la libertad nacional es una lucha a la vez
contra el subdesarrollo y la opresión política y cultural externa y contra la
explotación de clase y la opresión de clase.
La negación
de la nacionalidad del proletariado tiene dos fuentes: la dominación del
capital extranjero y la dominación de su propia burguesía. La lucha del
proletariado por su emancipación nacional tiene que desarrollarse
necesariamente no sólo contra el nacionalismo burgués en todas sus formas, sino
también contra el capitalismo como tal, que en sí mismo es la negación de su
nacionalidad propia (reduciendola a un atributo superestructural y formal: la
nacionalidad jurídica y estatal). Este es el verdadero contenido de la
emancipación del proletariado como clase nacional, siendo los rasgos nacionales
y los rasgos sociales en general una única totalidad indivisible cuya
apropiación depende de la supresión de la relación del capital en todas sus
formas (desarrollada, subdesarrollada, subordinada o autónoma).
La
emancipación nacional es, para el proletariado, por su forma una dimensión de
su emancipación social, y por su contenido una fase de su emancipación como
clase. Dentro del desarrollo del movimiento proletario revolucionario dentro
del capitalismo, pues, la emancipación nacional constituye una dimensión
organizativa y una parte del contenido de sus objetivos, así como la primera
fase de su constitución en clase revolucionaria. Ambos procesos son inseparables.
La libertad
nacional para el proletariado y para las masas en general sólo puede ser el
fruto de la revolución mundial y, al mismo tiempo, cualquier recaida en el
"socialismo en un sólo país" no sólo empujará hacia el fracaso a la
revolución en el propio país y en los demás países, sino que destruirá con ello
cualquier libertad nacional para la clase obrera.
3. La evasión de la tarea de la autoconstitución
nacional del proletariado deja cuestiones sin abordar consciente y
organizadamente, abriendo el camino a las fuerzas contrarrevolucionarias y del
nacionalismo burgués en las filas obreras. El proletariado de las naciones
dominantes tiene también que transformar su cultura, vida y psicologia
nacionales o reproducirá la alienación burguesa y así la división nacional del
proletariado o, peor, formas de opresión, discriminación y subordinación
nacionales en general.
La
"cuestión nacional" no es de ningún modo un aspecto
"secundario" más de lo que cualquier objetivo en situaciones
temporales. Es un aspecto indisociable de la emancipación social y además está objetivamente presente en todos los
objetivos que se sitúan dentro del marco nacional.
La no
asunción firme de la lucha como clase nacional de un modo definido provocará
que estos aspectos nacionales se soslayen, adoptando puntos de vista y
asumiendo prácticas en el movimiento proletario que, lejos de aplicar el
programa comunista, constituyen formas de reproducción de la explotación y
opresión nacionales del proletariado -y da igual aquí que quienes la ejerzan
sean grupos "nacionales", grupos "internacionales", etc.-. También
conviene recordar que la experiencia del bolchevismo muestra perfectamente cómo
el internacionalismo puede ser convertido en un mecanismo que
"trasmita" el desarrollo contradictorio del movimiento revolucionario
en un país o países a otros países con condiciones históricas enormemente
diferentes, gracias a la llamada "subordinación del desarrollo nacional al
internacional".
Este es un
problema histórico que está por resolver de un modo consistente, y que no se
puede abordar con las afirmaciones abstractas de los ideales
internacionalistas, con la reivindicación de la revolución mundial o con la
reiteración de la ausencia de nacionalidad del proletariado sin situarla en el
contexto del capitalismo.
4. Desde un punto de vista dialéctico, nada se destruye
simplemente con el devenir ascendente de la historia. La insistencia sobre la
"destrucción del capitalismo" y similares acaba por mostrar una
ausencia de comprensión dialéctica del proceso de transformación. La revolución
proletaria no destruye el capitalismo y luego construye el comunismo, sino que
destruye el capitalismo construyendo el comunismo -PERO NO A LA INVERSA-.
El
razonamiento de que destruyendo el capitalismo se crea el comunismo no sólo
está vacio de contenido real y es negado por todas las experiencias de
tentativas comunistas prácticas, sino que se enlaza con el llamado
"insurreccionalismo", concepción que plantea que la "creación de
situaciones insurreccionales" por grupos minoritarios es un medio político
para impulsar hacia delante la revolución. (Esta
es una interpretación perfectamente plausible de uno de los puntos de vuestra
propuesta internacional tal como está formulado). Esto no sólo elude la
cuestión del contenido de la lucha real, que es lo determinante de que la
destrucción de lo viejo se transforme simultaneamente en creación de algo
nuevo, sino que además da a entender que la lucha insurreccional puede surgir
desde fuera de las masas como totalidad, entendiendo la función de la
vanguardia de un modo sustitucionista -no en el sentido dirigentista, o del
sustitucionismo intelectual, sino de un sustitucionismo pragmatista que ya han
ejemplificado los grupos armados izquierdistas en los años 70-.
Una vez
dicho esto, el concepto de superación o de negación dialéctica significa no
sólo que la creación y la destrucción constituyen los dos aspectos simultaneos
del proceso transformador, sino que además se produce una preservación del
contenido positivo anterior y una elevación del mismo a un desarrollo superior.
En el caso de la nación capitalista, la nación como categoría histórica y
social puede desaparecer en el curso del desarrollo futuro después de la
revolución, pero su realidad histórica no se suprime de un plumazo y su
contenido se preserva y desarrolla en el comunismo. La cultura nacional no es
sólo el producto del capitalismo, sino la expresión de todo el desarrollo
histórico anterior, y bajo su forma proletaria no hará más que adoptar nuevas
características y proseguir su desarrollo interno.
Con lo
cual, dado que lo más importante es la cuestión del contenido, las discusiones
sobre terminología son secundarias. Se puede afirmar o no que el proletariado
suprime a la nación como categoría justo con la revolución -lo cual sería un
tanto milagroso, dado que si bien el modo de producción es posible transformarlo a corto plazo, toda una formación social con
su complejidad no lo es-, o que esta se extingue más tarde -al igual que el
carácter estatal que aún posee el poder proletario-. No se transforman las
cosas por cambiarlas de nombre ni se resuelven las dificultades por suprimirlas
teóricamente recurriendo al argumento de la no nacionalidad del proletariado
debido a su desposesión de sus condiciones de existencia social.
En
resumidas cuentas, pensamos que nuestro análisis es mucho más coherente y
preciso que todo ese tipo de afirmaciones vacias que eluden el contenido del
asunto y planteamos que, de cualquier modo, como se trata de un problema que
sólo puede resolverse al nivel del movimiento proletario a largo plazo, debería
de abordarse con suficiente flexibilidad teórica como para permitir diferentes
posiciones.
Por
ejemplo, podemos afirmar que el principio de la autoconstitución del
proletariado como comunidad a nivel nacional pueda referirse de distintos
modos: autoconstitución en nación, autoconstitución como clase nacional,
autoconstitución como comunidad de lucha y vida a nivel nacional, etc., etc..
Pero queda sobradamente demostrado que, aún existiendo discrepancias sobre
cuestiones como el análisis del subdesarrollo y el colonialismo, y en general
sobre el contenido específico de la "cuestión nacional", este
princípio de unidad internacionalista tiene que mantenerse. También es,
evidentemente, un principio que se deduce del anterior el que, si el proletariado
es nacional, no lo es "de ninguna manera en el sentido burgués"
(Marx).
5. Sin abordar conscientemente el problema nacional
no se cuestiona en la práctica que la situación alienante en que vive y se
desarrolla como sujeto el proletariado provoca la formación de nacionalismos
espontáneos que expresan formas de identidad con el capital o que desplazan la
identidad de clase a favor de identidades territoriales y culturales separadas.
Y esto ocurre en todas las naciones, no sólo en las oprimidas y, en todo caso, es
aún menos consciente en las dominantes, en las que el nacionalismo burgués está
menos separado de la cultura cotidiana de las masas y es más poderoso gracias a
la opresión de otras naciones. Estos errores solamente ayudarán a la burguesia
y a la pequeñaburguesia a desviar al proletariado hacia objetivos
democratico-burgueses y capitalistas en general, entre los que se incluyen las
guerras "defensivas", "democráticas" o
"humanitarias" que sustituyen a la lucha revolucionaria contra la
guerra capitalista.
6. Los conflictos nacionales tienen una gran
importancia en la táctica del movimiento revolucionario internacional. La
táctica de la transformación de la guerra capitalista en guerra civil
revolucionaria es eso, una táctica, y no un principio. Como táctica tiene que
analizarse en que condiciones es aplicable. Tiene que existir una activación
muy fuerte en el movimiento de masas principalmente en los países atacantes, ya
que, aunque se favorezca esa táctica a nivel exclusivamente nacional en países
atacados no puede llevar más allá de a una toma del poder aislada -a no ser que
exista un clima revolucionario internacional, claro-.
Lo mismo
ocurre con la unidad internacional del proletariado. A la unidad se llega a
través de rupturas, esto es, de divisiones y separaciones, y lo mismo ocurre
tanto en el proceso de la vanguardia como en el movimiento de masas del
proletariado y en la revolución social.
De todas
estas cuestiones tenemos grandes ejemplos de la flexibilidad con que
consideraban Marx y Engels estos problemas, además de su claridad de principios
-como la no asunción como parte del prograama comunista del derecho de
autodeterminación, a diferencia del bolchevismo-.
7. Tanto la vigencia práctica del materialismo
marxiano en la actualidad, como también la continuidad lógica, como totalidad,
del pensamiento esencial de Marx (quien nunca se retractó o matizó sus
posiciones en un sentido excluyente -en todo caso, hizo siempre lo contrario,
como puede verse en sus escritos y artículos-) también en su formulación del
aspecto nacional en el programa comunista, hace que el objetivo de la
autoconstitución del proletariado en nación siga siendo un aspecto esencial del
programa comunista, un principio irrenunciable y que no puede ser suprimido sin
contraponerse al método histórico-materialista.
Al mismo
tiempo, la coherencia de conjunto y en la experiencia histórica de la
formulación fundamental en Marx del problema nacional está probada, en tanto
todas las distorsiones nacionalistas burguesas del comunismo proceden de la
mezcla de la teoría proletaria con el nacionalismo burgués o pequeñoburgués y
no de desviaciones 'internas'. Todas las desviaciones burguesas al respecto han
sido el resultado de la falta de una asunción consecuente en la práctica de
este principio, y no el resultado de la misma, cuya formulación en el
Manifiesto Comunista no deja lugar a equívocos. Pero hasta ahora la mayoría de
los "marxistas" han pretendido utilizar una parte del programa, la
que meramente reconoce la negación de la nacionalidad, para dejar a un lado el
resto sin justificación alguna. El problema práctico -y teórico- que está
planteado históricamente es, pues, la consecuencia o no de los grupos
comunistas con su programa histórico. O más bien, si se va o no a persistir en
esa inconsecuencia, pues podemos remontarla al final del movimiento
revolucionario del siglo XIX -y curiosamente se ha generalizado bajo la
hegemonia de la socialdemocracia, pero será casualidad...-.
El desafío
teórico de las tesis históricas del programa comunista, sin ninguna
fundamentación teórica seria de la crítica de la propia teoria revolucionaria,
sólo puede significar un acto de oportunismo y de revisionismo intolerable y
una ruptura con el materialismo histórico y su dialéctica revolucionaria. Esta
tendencia a la ruptura con el materialismo histórico, en especial en el
análisis económico e histórico de las formaciones sociales, es la que pensamos
se expresa en ciertos rasgos de vuestras posiciones, aunque las posiciones
puedan parecer completamente coherentes a primera vista.
8. La desidentificación con la nación capitalista y
el contenido de su nacionalidad -la vida y cultura nacionales burguesas-,
producida por el reconocimiento real, pero sólo a nivel de la inmediatez, de la
desposesión del proletariado de su nacionalidad propia en la sociedad
capitalista, no constituye de ningún modo una posición o actitud revolucionaria
ni internacionalista. Es sólo la conciencia real de la situación ACTUAL del
proletariado bajo la dominación burguesa.
Se trata,
además, de una conciencia meramente imediata e individual en su esencia: una
conciencia generada por el antagonismo inmediato con las condiciones
existentes, y no la expresión del movimiento real de la clase y su producción
colectiva de conciencia. Este análisis puede verificarse en el hecho de que se
trata de un presupuesto teórico llevado más allá de sus limites -la situación
del proletariado dentro del capitalismo- (error que constituye ya una
incoherencia a nivel del método de análisis y sus conclusiones no pueden tener
así ninguna validez práctica) y en que se trata de un punto de vista estático,
contrapuesto al contenido real de la praxis de clase en tanto es realmente productora de una conciencia
colectiva y concreta.
Al abordar
el contenido singular de la vida nacional como algo ajeno, esto es, desde un
punto de vista alienado, no se está haciendo otra cosa que reafirmar la
realidad existente, no transformarla. Por esta razón es imposible que esta
actitud pueda expresarse teóricamente en el sentido de la superación de la
nación capitalista, sino que opta puramente por su destrucción abstracta. De
este modo se deforma el internacionalismo, en un principio incluso más en la
práctica -en la medida en que esta se desarrolle- que en la teoría, dado que la
conciencia práctica de los intereses de la clase al nivel nacional es
unilateral e inconcreta en numerosos aspectos. Esto abre luego las puertas a la
penetración de las influencias burguesas no sólo en la visión práctica, sino
también, a través de ella, en la teoría revolucionaria, corrompiendola y
llevandola por los derroteros nacionalistas-burgueses del bolchevismo.
9. La desidentificación nacional es la otra cara,
negativa, de lo que es el nacionalismo espontáneo de la clase obrera, como
forma positiva. En ambos casos se trata de las dos caras de la misma
alienación, que sólo puede resolverse con el desarrollo de una conciencia nacional auténticamente
proletaria, basada en la actitud de apropiarse de modo revolucionario de
nuestras propias condiciones sociales totales de existencia. Entonces la
desidentificación se convierte en una desidentificación que ha adquirido un
contenido de clase, una aspiración positiva, y deja de ser meramente algo
espontaneo para desarrollar su propio contenido implícito.
Las
deformaciones del internacionalismo que provoca la desidentificación nacional
van en la dirección del cosmopolitismo: un internacionalismo "puro"
que no incluye, superando, el contenido nacional, sino que lo excluye
desechando las diferencias nacionales. Esto, tendencialmente, también tiene que
afectar a cómo se entiende el proceso de unificación internacional del
proletariado. Evidentemente, entre el proletariado de países aparentemente
independientes los unos de los otros las diferencias y problemas nacionales,
así como las posiciones o actitudes políticas diferentes al respecto, pueden
parecer inertes al principio (aunque tarde o temprano los conflictos latentes
se activarán, y lo harán de modo brusco y explosivo y en los peores momentos
por no haberlos abordado correctamente y no haber reconocido su auténtica
importancia), pero no es así en el caso de las naciones sin Estado y de la
aplicación del internacionalismo para la lucha del proletariado de dos o más
naciones dentro del mismo Estado.
La lógica
del cosmopolitismo es la lógica de la
uniformidad y no la de la unidad de la multiplicidad. Su
concepción "pura" de la unidad proletaria conlleva dejar al margen
las diferencias en lugar de integrarlas, lo cual es, en la práctica,
subordinarlas. Nosotros no asumimos de ningún modo la subordinación de los
problemas nacionales a los internacionales, la subordinación del avance del
movimiento proletario nacional al del internacional, pues es en el
afrontamiento de los problemas nacionales y en el avance nacional como avanza
realmente el movimiento internacional -en
la fase actual, pues es evidente que lo hará también internacionalmente
cuando sea posible una unificación real y directa del proletariado a nivel
internacional en el plano de la organización y de la lucha-.
De
cualquier modo, la idea de una "subordinación" es ajena a un
internacionalismo que se define como vehículo del comunismo y no en oposición
al nacionalismo "en-si". Esta idea de la subordinación de los
problemas nacionales a los internacionales, o del desarrollo nacional del
proletariado al internacional, conlleva que las estructuras internacionales
actuan, en la práctica, como una burocracia o una superestructura de mando que
anula la iniciativa nacional e impone la separación a todos aquellos que se
opongan a ese unilateralismo (que sólo puede representar los intereses del
proletariado de los países más desarrollados). De nuevo hay que repetir, y no
será nunca suficiente, que la "cuestión nacional" es, en la práctica,
sobre todo un problema internacional.
Para
nosotros la capacidad revolucionaria del proletariado es la fuente que, al
activarse, impulsa su unificación como clase, y esta capacidad no reside en su
uniformidad como sujeto social sino en su condición de fuerza productiva universal,
que es a la vez idéntica y diversa, la misma y múltiple en sus expresiones.
10. El internacionalismo proletario tiene, pues, su
forma y expresión propias en cada país, su dimensión nacional. De igual modo,
la revolución proletaria es simultaneamente, en su esencia, un proceso mundial igual en todos los países, y un
proceso nacional diferente. en su forma,
en cada país, lo que tiene que expresarse en la autonomía determinante de cada
país al mismo tiempo que en la inderdependencia de ambos planos y en el modo en
que se concibe, organiza y hace funcionar la unidad organizada internacional.
La visión
del internacionalismo que no reconoce la especificidad en su forma de las
luchas nacionales, y que sólo capta sus rasgos universales, reduciendo toda diferencia
al estatus de variación superficial y sin trascendencia es una visión
profundamente adialéctica. La categoría de forma en el materialismo dialéctico
tiene el sentido de "modo de estructuración material", y se
contrapone no sólo a la esencia sino también a la apariencia.
La forma
nacional es el modo en que el conjunto de objetivos del proletariado se
interrelacionan en el curso del desarrollo, con lo cual no sólo incluye
variaciones cuantitativas derivadas del diferente desarrollo material, sino también
variaciones cualitativas referidas a las prioridades y al enfoque táctico. Y
esto último es precisamente lo más importante, lo más determinante para el
desarrollo histórico. Es el análisis
cualitativo lo que explica las características cuantitativas (con sus
diferencias y su importancia real), y no al revés.
Soslayando
como una forma exterior o apariencia
cualquier especificidad nacional sólo se puede llevar a la división permanente
del movimiento proletario, o sea, a reproducir lo que ha venido siendo el
movimiento obrero reformista.
El programa
revolucionario es uno, pero tiene que adoptar desarrollos concretos para
realizar cada uno de sus objetivos generales en cada país, no sólo en aspectos
meramente externos -sobre los que no se centra naturalmente ningún conflicto
normalmente- sino también en las prioridades y el enfoque táctico (la forma
real o interna). Las típicas alusiones vulgares del internacionalismo
aburguesado al reconocimiento de la importancia del problema nacional se
remiten en lo concreto, habitualmente, a rasgos puramente vanales o bien se
reducen a declaraciones de intenciones que sólo existen en el papel. Cuando se
niega la variación cualitativa de la forma nacional del movimiento proletario
se convierte, en la práctica, al internacionalismo en un expansionismo político de la propia forma nacional (sea por
ignorancia natural o por ceguera hasta cierto punto voluntaria), con lo cual se
deforma directamente no sólo el propio internacionalismo sino también el
programa comunista, además de dividir al proletariado.
11. Nosotros sólo estamos dispuestos a una unidad
internacionalista organizada con aquellas agrupaciones que tengan una visión
consecuente de los principios concretos del internacionalismo.
Consideramos que todavía no existe, a la luz del escaso reconocimiento
general entre las "minorías revolucionarias" de la importancia de la
"cuestión nacional" (lo que se expresa en que no se tenga presente
con claridad práctica y teóricamente más que en lo que se refiere a la oposición
a la política burguesa sobre el asunto) una posición internacionalista
claramente revolucionaria, separada de las influencias de la socialdemocracia y
del bolchevismo, pero también del anarquismo apátrida y de cualquier
internacionalismo ideológico.
Tampoco,
por consiguiente, pensamos que la ruptura con los restos de estas desviaciones
burguesas no se pueda dar por concluida en este punto del programa
revolucionario, como parecen hacer la mayoria de grupúsculos existentes -que
incluso en algunos casos se considerarán ya los "nucleos" de la
revolución mundial, cuando en realidad su misma existencia es insignificante en
proporción a la magnitud de la clase y a la fuerza de sus tendencias de
autodesarrollo, fuera de las cuales ningún grupo puede desarrollarse como
organización de vanguardia consolidada-. Esperamos que vosotros no caigais en
ello y podamos avanzar hacia esa unidad internacionalista organizada.
Hasta el
triunfo mundial del comunismo no va a acabar la lucha contra las desviaciones
burguesas, y el crecimiento del movimiento revolucionario, con la inclusión de
nuevos elementos, no hará más que aumentar su magnitud y su importancia. Es
necesaria, pues, una elaboración teórica precisa y un programa concretado en
cada país, en todos los puntos del programa y no sólo en el nacional.
Además, la
fuerza ideológica de la socialdemocracia no nace de las organizaciones
socialdemócratas simplemente, sino que, sobre todo, la propia socialdemocracia
es la forma en que se expresa la conciencia de oposición al capital que aún no
ha conseguido sobrepasar sus formas alienadas, y el soporte activo de la
conciencia socialdemócrata es la propia actividad ordinaria del sistema
capitalista, que como totalidad de relaciones sociales ejerce una fuerza enorme
sobre la conciencia proletaria en desarrollo, ideologizandola, recuperandola,
anulandola.
Comunistas Revolucionári@s
01.07.04