Terceira carta a UHP
30/05/2004
Índice
1. LOS CRITERIOS DE DISCUSIÓN Y
COLABORACIÓN
2. ALGUNAS PUNTUALIZACIONES SOBRE LAS
LUCHAS EN ARGENTINA
3. LA MAL LLAMADA “CUESTIÓN NACIONAL”
4. LAS LUCHAS DE ASTILLEROS Y NUESTRO
ANÁLISIS DE LA DIVISIÓN ENTRE TRABAJO PRECARIZADO Y GARANTIZADO. EL TEMA DE LOS
SINDICATOS.
5. LA CENTRALIDAD DEL PROLETARIADO.
NOTAS
* * *
Saúdos companheir@s,
En primer lugar, deciros que vuestras cartas
nos han impulsado a una reflexión en mayor profundidad sobre la relación que
mantenemos con la CCI. Hemos obtenido alguna información sobre la práctica de
la CCI en las huelgas francesas de la enseñanza. No obstante, seguimos pensando
que es interesante continuar nuestro debate con ellos, por los motivos que ya
hemos señalado, y porque dado el nivel a que ha llegado actualmente la
discusión con su última carta, consideramos que los documentos resultantes,
además de expresar y clarificar nuestras propias posiciones y análisis,
constituirán una crítica a numerosas concepciones o formas de pensamiento y de
práctica propias de la llamada "izquierda comunista".
Con todo, no nos planteamos ya prolongar
excesivamente este tipo de debates, para centrarnos en desarrollar nuestra
propia práctica real, lo cual habíamos abandonado durante mucho tiempo en favor
de un esfuerzo por reagrupar a gente próxima en torno a nuestro programa
después de la escisión reformista en el proyecto anterior (Cooperación
Obreira).
Por lo tanto, nuestras expectativas de
relación con la CCI se reducirán con toda seguridad e indefinidamente a colaboraciones puramente puntuales.
1. LOS CRITERIOS DE DISCUSIÓN Y COLABORACIÓN
Desde nuestro punto de vista, a pesar de
todas las diferencias teóricas y prácticas que mantengamos con otros grupos u
organizaciones, e incluso aunque podamos calificar algunas posiciones de
burguesas, esto no nos lleva a considerar que cualquier colaboración con
aquellos agrupamientos sería perniciosa.
Es evidente que, pese al carácter
reaccionario de las conductas de la CCI, esto no significa que sus miembros las
asuman conscientemente como tales. Por tanto, no sería correcto tratarles como
si así fuera.
Esto no significa que las relaciones entre
grupos o corrientes no tengan que estar regidas por la independencia
organizativa, la exposición abierta de las ideas, etc., pero nosotros no nos
oponemos en términos absolutos a cualquier colaboración con la CCI u otras
corrientes ubicadas más a la derecha. Es más, el desarrollo de cualquier
agrupamiento revolucionario tiene que consistir, fundamentalmente, en un
alejamiento progresivo de las influencias de la sociedad capitalista, y en un
avance hacia su superación positiva en la teoría y en la práctica concretas;
por eso, nuestro criterio acerca de las relaciones entre los grupos revolucionarios
tiene que estar basado en esta realidad objetiva dinámica, para evitar las
divisiones estériles. Y hay que tener presente que es necesario un conocimiento
muy preciso acerca de las tendencias predominantes en un grupo para poder
excluir cualquier discusión con el mismo.
La cuestión de la colaboración práctica, aún
más que la de la discusión, tiene que situarse en el plano de los contenidos.
Estos son lo decisivo. Nosotros seguimos la norma: firmeza en los principios y
flexibilidad en las formas. No vamos a colaborar con nadie si tenemos que
renunciar para ello a nuestros principios y programa, pero, manteniendo esta
base práctica, estamos siempre
abiertos a la colaboración, mientras no se trate de organizaciones que
colaboren voluntaria o conscientemente con el capital.
Mantener una actitud lo más ampliamente
antisectaria posible y, al mismo tiempo, poner siempre por delante los propios
principios y planteamientos, sin que queden al margen las diferencias, es una
necesidad en el contexto actual de minorización y aislamiento de los grupos
revolucionarios respecto de las masas, para aumentar lo máximo posible nuestra
influencia en el desarrollo real.
Por otra parte, también es evidente que
cualquier colaboración tiene que evaluarse en función de su utilidad, más que
para quienes colaboren, para el desarrollo de la lucha de clases en general. Es
necesario enfrentar en el debate de masas las posiciones revolucionarias a las
reformistas, y no plantear el enfrentamiento a nivel solamente de la vanguardia
(entre grupos y organizaciones políticas, etc.).
También es necesario tener en cuenta la
composición de clase de los grupos u organizaciones y su capacidad de
influencia entre la clase a la hora de adoptar una actitud concreta, pues aquí
nos situamos de lleno en el terreno de la táctica. No podemos, en general,
equivaler en el plano de la práctica la
perspectiva política a la social, la realidad de la vanguardia a la realidad de
las masas, o llegaremos a oponernos a huelgas porque son organizadas por
sindicatos, etc., lo cual sería francamente reaccionario.
En resumen, nosotros no reducimos nuestro
margen de discusión y colaboración a quienes consideremos
"compañer@s" en el sentido político, entre otras cosas porque, hasta
el momento, no han existido tales. En el sentido político, solamente
consideramos nuestros compañer@s a aquell@s que están dispuestos a asumir el
compromiso práctico con la lucha de clase consecuente y radical, y que
comprenden la necesidad de la revolución proletaria, lo cual implica
necesariamente una orientación del pensamiento, más o menos consciente y
desarrollada, hacia el comunismo de consejos o hacia una actualización del
anarquismo en la misma dirección.
Desde un punto de vista social, nuestr@s
"compañer@s" están también en el trabajo y en otros ambitos de
relaciones sociales proletarias, pero desde luego políticamente no tenemos nada
en común en la mayor parte de los casos –al menos, en lo que respecta a los
planteamientos en positivo y al compromiso práctico, no a las meras criticas o
quejas sobre el estado de cosas actual-. Esta es otra razón más por la que no
podemos, tampoco, separar en el plano
teórico lo político de lo social, la dialéctica de la vanguardia de la
dialéctica de las masas. Esto sería algo artificial, pues la verdadera
vanguardia no es más que el sector más avanzado de la clase.
Como se puede apreciar, el problema consiste
en reconocer la contradictoriedad intrínseca al desarrollo del movimiento real,
que se expresa en las relaciones entre la teoría y la práctica y entre
vanguardia y masas dentro de la propia lucha proletaria.
Por otro lado, pensamos que no debemos centrarnos en resaltar el propio
proyecto y concepciones frente a los otros grupos, pues ésto tiene más de
sectarismo que de trabajo para la construcción del movimiento de clase real, en
el que se incluyen en cierta medida esas organizaciones y militantes que
podemos considerar opuestos a nuestras posiciones. Ciertamente, según las
diferencias políticas que existan, las relaciones pueden tener un carácter de
organización a organización o pueden adoptar una forma más individualizada.
Es evidente que consideramos que nuestras
posiciones son las que mejor representan los intereses revolucionarios del
proletariado, o al menos que son mejores que las demás que conocemos, pero no
por ello debemos presuponer que sean siempre correctas y que las de los otros
sean incorrectas o burguesas.
Pensamos que hay que esforzarse por mantener
una actitud abierta frente a la compulsión al partidismo a que nos empuja
nuestra propia debilidad y aislamiento. Para ello es necesario comenzar
–nosotros lo hemos tratado de hacer así- definiendo con claridad los principios
revolucionarios, y convirtiendo la crítica del oportunismo en un principio de
toda la práctica revolucionaria. En esta definición de principios tiene, por
otra parte, que basarse también nuestra cohesión política interna.
No queremos decir que vosotros tengais
actitudes sectarias, pero vemos que vuestra forma de ver las relaciones con
otros grupos y corrientes incurre algo en el partidismo sectario, que emana de
la situación general de grupusculización que todos sufrimos.
No dejaremos de insistir que el método de
definir a una organización por ciertas conductas prácticas, que están en contradicción
con su programa, y que pueden calificarse de burguesas, es incorrecto. Una
organización no se reduce a una práctica, ni siquiera al conjunto de la
práctica de un período dado, sino que es un todo vivo en devenir. Hay que
analizarla a lo largo de un periodo, como totalidad, y considerandola como una
unidad dinámica teoría-práctica. Es cuando a lo largo de un período se muestra
un tendencia degenerativa, reformista, burguesa, tanto en la teoría como en la
práctica cuando podemos pensar en excluir cualquier colaboración continuada y
amplia, y, aún así, hay que considerar que ninguna organización es un todo
uniforme y pueden existir partes salvables, etc.
Siguiendo la lógica empirista y adialéctica
propia del sectarismo a nosotros se nos puede calificar de “burgueses” por
defender ciertos análisis que -según el “purismo” ideológico- llevarían o
fomentarían la división dentro de la clase obrera -o sea, dicho de otro modo,
que están en contraposición a la conciencia dominante dentro del propio
proletariado, que está aún luchando por autoconstituirse como clase
revolucionaria total-. No obstante,
el miedo a la división es una de las características más precisas de la
ideología reformista del viejo movimiento obrero, para el cual la unidad de la
clase se fundamenta en la organización formal para un fin y no en la conciencia
concreta y su realización en la praxis. Nosotros
seguimos sosteniendo que el proletariado no es débil porque esté dividido, sino
que está dividido porque es débil. Para la superación de la división la
historia impone el desarrollo de la conciencia de clase.
Sabemos, pues, que nosotr@s mantenemos
puntos de vista y concepciones que significan rupturas -pensamos que no fundamentales, pese a lo que pueda parecer-
en la tradición revolucionaria. Decimos tradición, pero podríamos decir
también, de nuevo, ideología, puesto que la visión más común de los grupos que
se proclaman revolucionarios consiste en sumarse a las posiciones de corrientes
precedentes sin actualizarlas ni desarrollarlas, y, lo que es aún peor, sin
distinguir lo fundamental, lo universal, de lo que corresponde a las
características particulares de una fase pasada del capitalismo y de la
maduración del movimiento obrero. Nosotros nos incluimos en la tradición del
comunismo de consejos, pero no tanto porque nos haya influenciado como
tradición, como porque nuestra experiencia práctica nos ha llevado a una
convergencia en lo fundamental con esa corriente revolucionaria, viendo en ella
la corriente histórica de pensamiento de la auténtica revolución proletaria.
Esto significa, también, que no es nuestra única influencia teórica y que
nuestras ideas han seguido su propio curso.
2. ALGUNAS PUNTUALIZACIONES SOBRE LAS LUCHAS EN ARGENTINA
Acerca del análisis de las luchas en Argentina,
compartimos a groso modo vuestro análisis, aunque pensamos que es necesario
hacer ciertas matizaciones.
1) En primer lugar, las formas de
organización territoriales tienen, en general, por su mismo carácter formal
espacial, un contenido de clase potencialmente ambiguo. Ciertamente, en el
terreno inmediato, las "masas populares", que incluyen a elementos de
la pequenaburguesía y la clase media, pueden unirse en la lucha revolucionaria
por objetivos más o menos inmediatos en el marco de un auge revolucionario, y
este tipo de uniones adoptan la forma de organizaciones territoriales, como
ilustra el ejemplo argentino en particular.
En general, nosotros no pensamos que las
formas de organización meramente territoriales constituyan las formas más importantes
y características de la lucha revolucionaria del proletariado en el capitalismo
'desarrollado' o avanzado, cuando su concentración natural está en los lugares
de producción y en sus formas de entrelazamiento, con lo cual las formas de
organización específicamente
proletarias no son meramente territoriales en el sentido de organizaciones de
barrio, locales, etc., aunque trasciendan la fábrica, la empresa o el centro de
trabajo individuales, adquiriendo cada vez más el carácter de redes internacionales.
Por esa razón, nosotros vemos en la alta
relevancia en la revolución argentina de este tipo de formas, más vagas, de
organización proletaria, la expresión de la debilidad de la conciencia
revolucionaria de clase; aunque esto no quiere decir que, incluso cuando estas
formas puedan incluir elementos y características no proletarios, no sean
formas proletarias (es la misma diferencia evolutiva que entre los consejos
obreros de fábrica de los años 20 en Alemania y la Comuna de París de 1871).
Solamente hay que decir que hay que estar
alerta y atender a los contenidos. Desde esta misma óptica, los movimientos de
parados también hay que verlos en función de su contenido.
2) En segundo lugar, dada la difuminidad que
ha mostrado en Argentina la conciencia revolucionaria general, no era de
esperar un ascenso importante de las fuerzas revolucionarias conscientes,
considerando el carácter temporal de la agudización de la crisis y la capacidad
del capitalismo argentino e internacional para atenuarla. Pero, si las fuerzas
preexistentes que se decían revolucionarias no han podido expandirse, esto
tiene que ver también con sus propias incoherencias, e indica que la prioridad
se sitúa, como en el resto del mundo, en el
desarrollo programático concreto de las organizaciones de vanguardia y de su
intervención en la lucha de clases. Dado que la explosión revolucionaria
argentina tenía evidentes limites nacionales, lo crucial han sido las
condiciones nacionales de desarrollo de la clase y no la influencia política
exterior de grupos pseudorevolucionarios, etc. En este sentido, como bien
describís, las fuerzas ideológicas "nacionales" en sentido contrario
ya eran más que suficientes para aprovechar la debilidad de la tendencia
revolucionaria consciente.
3) En tercer lugar, a respecto de las ' luchas "puras" ', ciertamente éstas han estado
imbuidas de contradicciones desde nuestro punto de vista, pues las influencias
ideológicas reformistas han estado muy presentes en ellas. Su unificación en la
Asociación Nacional de Trabajadores, cuyo carácter es principalmente
reformista-autogestionario y sindical, es para nosotros una prueba de ello.
Ciertamente, esta unificación es una expresión puramente proletaria en el
sentido sociológico, pero no en el sentido político, pues conduce a la
integración completa con el Estado capitalista.
4) Por último, lo último que sabemos del
curso de la lucha de clases en Argentina es que ha experimentado un reflujo y
que el capitalismo ha sido relativamente estabilizado. La crisis permanente no
se va a solucionar por ello, pero las condiciones para la
"decantación" de las corrientes revolucionarias habrán probablemente
mermado con la desmobilización de las masas, que han vuelto entonces a
centrarse en sus problemas cotidianos más inmediatos.
3. LA MAL LLAMADA “CUESTIÓN NACIONAL”
a) El
distinto contenido de la cuestión nacional para la burguesía y para el
proletariado.
La “cuestión nacional” –no vamos a criticar
la denominación en sí, sino su utilización falsificadora- en el capitalismo (1) es, en
realidad, para la clase obrera y las masas oprimidas, la expresión de la
contradicción entre desarrollo y subdesarrollo, inherente al capitalismo como
sistema real. Para la burguesía, la cuestión nacional se sitúa fundamentalmente
en el contexto de la competencia por los recursos económicos y los mercados,
desarrollando formas de nacionalismo propias para utilizar a las masas según
sus intereses, incluido incrementar su explotación en nombre de la patria. De
este modo, el planteamiento del problema nacional y de la "liberación
nacional", es radicalmente diferente en la burguesía y en el proletariado.
Dado que el sometimiento y la explotación
nacionales son, para la clase obrera, el resultado de relaciones de dependencia
estructural, técnica y económica, que provocan que una nación se desarrolle a
costa de otras (en las que el capitalismo también se desarrolla, pero de un
modo deformado por esta subordinación), la comprensión de la "cuestión
nacional" no se expresa en un
programa especial separado del programa general de la revolución
proletaria. Pero tampoco se expresa en
una teoría especial, como en las interpretaciones socialdemócratas, que
supone establecer un dualismo teórico abstracto dentro de la lucha proletaria
-una lucha contra la explotación de clasee por un lado, y una lucha contra la
explotación u opresión nacional por otro- cuyo único sentido en la práctica es
justificar la subordinación de un aspecto al otro.
Ni
lucha separada ni programa separado, sino integración de la dimensión nacional
de la lucha de clase con su dimensión internacional, de los intereses de clase
en sus formas particulares y en sus formas más universales, de las luchas por
objetivos nacionales con las luchas por objetivos internacionales. Este es
nuestro punto de vista.
De este modo, el modo de abordar la
"cuestión nacional" se enlaza directamente con la determinación del
contenido del programa revolucionario, con el modo de realizar la revolución
proletaria, y con el desarrollo de las relaciones internacionales entre l@s
trabajadores/as de los distintos países.
No se trata, pues, de un problema
“nacional”, sino fundamentalmente, internacional y de toda la clase, que no
puede resolverse mediante luchas nacionales ni mediante la división del
proletariado. Pero se trata también de un problema de la revolución, y no
meramente de su preparación.
Quienes ven en los problemas nacionales un
mero obstáculo para la revolución representan una posición política burguesa
-curiosamente similar al nacionalismo burrgués, que ve en los obstáculos
nacionales al desarrollo económico y social nada más que un límite a superar-.
No los ven como parte del contenido de la propia revolución proletaria, junto
con la emancipación de género, racial, etc., con lo que adoptan una posición
contrarrevolucionaria que tiene dos efectos muy claros:
1) la subordinación de las especificidades que tienen, por su
forma, el capitalismo y la lucha de clases en cada nación, a los “objetivos
generales” –como si no fuesen precisamente la forma en que se expresan en la
vida real estos objetivos-, elevando al estatus de generalidad lo que son
las condiciones de la lucha de clases en el capitalismo “desarrollado” –no
reconociendo ninguna contradicción inherente entre desarrollo y subdesarrollo,
de nuevo igual que la clase burguesa-;
2) la consiguiente división del proletariado, cuya parte con una
conciencia nacional más desarrollada -o sea, con una mayor conciencia de clase
en términos políticos y no meramente economicistas-, aislada
internacionalmente, se ve aprisionada por la influencia del nacionalismo de su
propia burguesía, y así del reformismo y del interclasismo aún con más fuerza.
Y la subsiguiente concentración de otra parte del proletariado, menos
consciente políticamente, de la mano del reformismo proimperialista, provocando
una gran escisión interna en la clase.
b) La cuestión nacional en el Manifiesto Comunista.
Nosotros formulamos prácticamente nuestras posiciones, pues, a partir de la experiencia
histórica del proletariado mundial, y no sobre la base de idealizaciones
abstractas del internacionalismo y del carácter internacional de la propia
clase obrera, que encubren el desprecio sobre los problemas específicos del
proletariado de naciones oprimidas y/o subdesarrolladas.
En el plano teórico, nuestras posiciones
tienen por base general el programa
del Manifiesto Comunista, que pensamos expresa con gran profundidad las claves
para abordar la “cuestión nacional”. Dado que sería necesaria una discusión
extensa para exponeros nuestro programa al respecto, nos limitaremos a realizar
unas clarificaciones generales a partir del propio Manifiesto. La cuestión
nacional, tal como se aborda allí, se sintetiza en lo siguiente:
"Los
obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Pero, en
la medida que el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder
político, debe elevarse a la condición de clase nacional, constituirse él mismo en nación, todavía es nacional, aunque de
ninguna manera en el sentido burgués."
1) "Los
obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen",
porque
"Las
condiciones de existencia de la vieja sociedad están ya abolidas en las
condiciones de existencia del proletariado. El proletariado no tiene propiedad;
sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen nada en común con las
relaciones familiares burguesas; el trabajo industrial moderno, el moderno yugo
del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Norteamérica que
en Alemania, despoja al proletariado de todo carácter nacional."
La lucha del proletariado no es una lucha
por su patria, ya que no tiene. Igual que tiene que reapropiarse de su propio
producto, tiene aún que conquistar
sus condiciones de existencia nacionales, su
patria. Además,
"El
verdadero resultado de [las] luchas no es el éxito inmediato, sino la unión
cada vez más extensa de los obreros. Esta unión es propiciada por el
crecimiento de los medios de comunicación creados por la gran industria y ...
basta ese contacto para que las numerosas luchas locales, que en todas partes
revisten el mismo carácter, se centralicen en una lucha nacional, en una lucha
de clases."
El proletariado, como la burguesía, ya
solamente puede existir como clase en el marco nacional, que es el marco mínimo
del desarrollo del capitalismo y conforma así la nación burguesa. Los marcos
inferiores al nacional implican que las luchas no son completamente luchas de
una clase contra otra, dado que su enfrentamiento no puede desarrollar y
contraponer los intereses totales de ambas clases, cuya base mínima es la
unidad económica de la nación capitalista: el capital no puede, por tanto, ser
cuestionado menos que nacionalmente,
y en un marco menor el proletariado no puede aún luchar plenamente como clase
antagonista.
2) "el proletariado debe en primer lugar
conquistar el poder político, debe elevarse a la condición de clase nacional,
constituirse el mismo en nación".
Aquí se describen tres pasos necesarios,
simultaneos e interrelacionados, de la lucha revolucionaria del proletariado en
el marco nacional. En primer lugar, conquistar
el poder político, esto es, fundar la democracia obrera. Esta
autoconstrucción del proletariado como poder político posibilita su elevación a clase nacional en un sentido
pleno, esto es, ya no como clase que ha sido expropiada de sus condiciones de
existencia y desarrollo nacionales. En tercer lugar, el proletariado debe constituirse el mismo en nación, o como
decimos nosotros, autoconstituirse como
nación proletaria, destruyendo así la nación burguesa en todos sus
aspectos.
Esta autoconstitución del proletariado
como nación es lo que nosotros contraponemos a la autodeterminación nacional
reclamada por el independentismo y apoyada por la izquierda tradicional. Y
no sólo a la autodeterminación nacional en tanto "derecho", sino
también cuando se plantea como "proceso", pues, en la práctica, su
misma noción es tan abstracta, tan vacia de realidad, como el sujeto al que se
atribuye su efectivación histórica, el "pueblo".
Entendemos, pues, la autoconstitución en clase revolucionaria como un proceso en el que
el proletariado no sólo tiene que constituirse
en clase para sí mismo, unificandose como clase y desarrollando su
autoconciencia y autoorganización como comunidad
internacional, sino que, paralelamente,
tiene que constituirse el mismo en nación,
transformar la forma capitalista de la comunidad nacional, constituyendose el
mismo como comunidad nacional en un
sentido revolucionario.
3) "en la medida que [tiene que constituirse
el mismo en nación, el proletariado] todavía
es nacional, aunque de ninguna manera
en el sentido burgués."
La autoconstitución nacional del
proletariado como clase implica al mismo tiempo su autoconstitución en nación,
aunque esto tiene que desarrollarse a través del esfuerzo consciente por
transformar la comunidad nacional en un sentido comunista. Esta transformación
no tiene nada que ver con la asimilación del movimiento proletario a la cultura
nacional burguesa, con sus correspondientes idiosincracia y modo de vida
particulares, lo que sería contrario al carácter de clase del proletariado. El proletariado solamente es nacional en el
sentido de que tiene que liberarse no sólo de la burguesía como clase en
general, sino también de la nación que ésta ha creado.
"Por
su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la
burguesía es primeramente una lucha nacional. Es natural que el proletariado de
cada país deba acabar en primer lugar con su propia burguesía."
Este análisis de Marx y Engels proporciona los
principios para formular el programa revolucionario del proletariado para la
cuestión nacional. Los comunistas no se distinguen por negar los intereses
'particulares' implicados en las luchas proletarias nacionales, sino que
"Los
comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que,
por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan
y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente
de la nacionalidad; y por otra parte, en que, en las diferentes fases de
desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía,
representa siempre los intereses del movimiento en su conjunto."
Quien vea una incompatibilidad entre la
defensa de los intereses 'particulares' o específicamente nacionales del
proletariado -que en lo esencial no son
más que sus intereses generales como clase bajo su forma de existencia nacional
característica (y con determinadas relaciones de prioridad entre sí, como
resultado de las desiguales características del desarrollo económico y social
del capitalismo en cada país)- y sus intereses generales o comunes, en
realidad carece de visión dialéctica.
Para el proletariado su lucha internacional
no es una extensión de la nacional, como para la pequeñaburguesia, sino que su
lucha nacional es una forma de su lucha internacional, esto es, ya es
esencialmente una parte de la lucha internacional. Su existencia en exclusiva
como clase histórico-mundial, lo mismo que el capitalismo que la ha creado,
hace que las formas nacionales de la lucha de clases sean indisociables de sus
fundamentos internacionales. Los propios problemas nacionales dentro del
capitalismo son el resultado de las relaciones económicas internacionales y no
pueden abordarse aisladamente.
De este modo, la lucha por el comunismo y
por SU liberación nacional son, para el proletariado, una y la misma lucha y
tienen que tener un carácter de clase, pues el proletariado no puede ser
realmente libre en la nación burguesa, ni
siquiera en el sentido nacional. Las luchas capitalistas de liberación
nacional ilustran suficientemente las consecuencias de tal ilusión, dando lugar
habitualmente a un capitalismo subdesarrollado aparentemente independiente y
basado precisamente en la explotación intensiva (y da igual que este
capitalismo se haya reconocido como tal o se haya presentado como
"socialismo de Estado", etc.).
La unidad del proletariado en la lucha
mundial contra el capitalismo tiene como base que el comunismo es la síntesis
de los intereses del proletariado no sólo en lo que tienen de comun, de
inmediatamente unitario, sino también en lo que tienen de múltiple: "En la misma medida en que sea abolida la
explotación de un individuo por otro, será abolida la explotación de una nación
por otra." Quienes no entiendan así el comunismo lo que defienden es
en realidad una forma de nacionalismo burgués, lo mismo que todo aquel que no
se plantea científicamente su posición de clase acaba por desarrollar o hacer
suya, inconscientemente, una ideología burguesa o, aún peor, por asimilar los
prejuicios propagados por la conciencia dominante.
c) El
enfoque del programa comunista sobre la cuestión nacional y nuestra posición de
nacionalismo proletario.
Lo que nosotros llamamos nacionalismo proletario es el enfoque
del programa comunista para la cuestión nacional en determinadas condiciones, y nada tiene que ver con el
nacionalismo burgués y pequeñoburgués.
Igual que, hasta ahora, prácticamente apenas
se ha podido ver en la realidad lo que debe ser verdaderamente la revolución
comunista, tampoco se ha desarrollado realmente un nacionalismo proletario y
esto no obsta para que sea o no necesario hacerlo.
La formulación de un nacionalismo proletario
implica, por sí misma, el reconocimiento de que el problema nacional no es
reductible al ámbito puramente internacional o universal, sino que requiere de
una forma específica de lucha, de
programa, de estratégia y de táctica, de una forma de acción que tiene
consistencia y características propias. Este reconocimiento teórico tiene su
fundamentación práctica en las características y el curso del desarrollo
histórico del capitalismo nacional, que se tienden a expresar, tanto para bien
como para mal, en la forma nacional de la lucha de clases.
El nacionalismo proletario no es meramente
la lucha por la autoconstitución del proletariado en nación, tarea que incumbe
al proletariado de todos los países por igual, sino sólo la forma más explícita
de la misma. No se trata tampoco de una simple concepción teórica, sino que es
la expresión real, en las tendencias del movimiento proletario, de las
condiciones de lucha de clases creadas por el capitalismo nacional en su forma
concreta. Se enmarca en el contexto de las naciones subdesarrolladas, en las
que la lucha proletaria tiene que afrontar las características generales de la
explotación y dominación capitalistas, modificadas y reforzadas por las
características específicas del subdesarrollo causado por la explotación
colonial.
Para nosotros, pues, la "cuestión
nacional" es un problema fundamentalmente económico, del que se derivan
las consiguientes consecuencias políticas y culturales. Esto es así también en
las naciones en las que no existe opresión colonial en el sentido económico,
sino más bien una lucha entre distintas fracciones burguesas nacionales
cubierta con el velo de la identidad cultural, étnica, territorial, etc.
nacional. Según la intensidad con que se
expresa la contradicción nacional en las condiciones de existencia del
proletariado, podemos así establecer la importancia del aspecto nacional de la
lucha de clases y la forma de expresarlo idealmente que se adecue más a las
necesidades sociales.
De este modo, la formulación del programa de
la lucha proletaria para la contradicción nacional como "nacionalismo
proletario" tiene que evaluarse en función de las particularidades
nacionales que han de afrontarse, y tiene
que oponerse radicalmente a todas las
formas de nacionalismo existentes, incluidas las formas de nacionalismo
"espontaneo" que se desarrollan en la conciencia alienada y dan
preeminencia a la identidad territorial, cultural, linguística, etc. sobre la
identidad universal como clase.
En los países o áreas imperialistas, la
lucha de clases y las condiciones de vida del proletariado no están marcadas
por los rasgos negativos de la contradicción nacional, con lo que la posición
proletaria puede formularse bien como un internacionalismo consecuentemente
antiimperialista, en solidaridad con el proletariado de las "naciones
oprimidas". En otros casos podrán buscarse otras fórmulas intermedias, lo
que incumbe a l@s proletari@s más avanzados políticamente en cada nación.
De nuevo, hay que remarcar que la cuestión
más importante aquí no es tanto concordar en el contenido del problema nacional
(que es necesario analizar en cada caso concreto) como en el contenido del
internacionalismo y el modo de ligarlo a las
especificidades nacionales que adopta en su forma la lucha de clases.
Vosotros os declaráis por la ruptura de las
divisiones nacionales mediante la construcción de un movimiento proletario
mundial. Estamos completamente de acuerdo, mientras no se quieran negar las
particularidades de la lucha proletaria en cada nación, especialmente en las
que sufren la explotación por otras, y no meramente formas de opresión política
y cultural.
Nosotros no pretendemos aferrarnos a la
lucha dentro del marco nacional; si lo pretendiésemos no estaríamos manteniendo
contactos internacionales. Tampoco nuestra concepción de la lucha en sus
especificidades nacionales, en un país subdesarrollado como Galiza, pasa por el
encerramiento en el marco nacional, y esto es tanto más evidente como que esta
lucha pasa por la lucha política contra el Estado español, y que la misma
solamente puede progresar en el sentido proletario unida a la lucha
internacional del proletariado de todo el Estado español y más allá del mismo.
De hecho, actualmente el marco europeo se volverá cada vez más un marco
imprescindible de la lucha internacional y no una especie de "opción"
internacionalista que dependería de la voluntad.
Pensamos que ahora nuestra posición general
sobre el tema nacional ha quedado lo suficientemente clara. Naturalmente,
generará muchas dudas y conflictos teóricos entre l@s apóstoles del
"internacionalismo puro", los mismos que han sido incapaces en la práctica de abordar nunca los
problemas de la división nacional del proletariado y cuya práctica e
interpretaciones nos han llevado también a la situación actual de divisiones.
Para abordar el problema nacional, por
ejemplo en el caso de Galiza, hay que situarse en primer lugar en la realidad
del contexto, para poder valorar prácticamente las necesidades y la importancia
de los planteamientos: situarse en el
marco de la lucha contra el nacionalismo burgués y, sobre todo, contra el
nacionalismo pequeñoburgués, que pretende confundir al proletariado
empaquetando juntos la "independencia", en su sentido puramente
capitalista, y el "socialismo" en su versión social-reformista o
leninista (en este último caso, por otra parte, la combinación no es tán
ecléctica si se atiende a los verdaderos contenidos, y tampoco tiene nada de
nueva si nos acordamos del viejo "socialismo en un sólo país")-.
d) La
concepción revolucionaria del internacionalismo.
Para nosotros el internacionalismo no
consiste en la solidaridad internacional, sino en la unidad orgánica del
proletariado a nivel internacional, pero basada en el respeto y la capacidad
para abordar con autonomia los problemas nacionales, así como los problemas
sectoriales en general. Para nosotros la autonomía decisoria de individuos,
colectivos y comunidades para abordar sus problemas específicos es una
característica general del verdadero comunismo, al mismo tiempo que la unidad,
la centralización necesaria y la planificación consciente de la comunidad
humana mundial.
La autonomía obrera se fundamenta en la independencia práctica de la clase para
ejercer su poder político; lo mismo se aplica al conjunto de las cuestiones
particulares en las que la autonomía de clase tiene que desarrollarse, como la
cuestión nacional.
Cuando se trata de partes de la clase, la
autonomía tiene que ser, forzosamente, relativa, pero siempre tiene que
sustentarse en el principio de la libre asociación, lo que, en términos
nacionales, nosotros llamamos la independencia
constituyente de la nación proletaria, la independencia para decidir sobre
sus relaciones con las otras naciones, cuyo único límite es la reciprocidad y
la necesidad social universal de la cooperación económica internacional más
desarrollada, que es la base indispensable del comunismo.
Todo esto tiene que aplicarse en el
movimiento proletario internacional.
Queda también claro, que, para nosotros, la
autonomía de la clase obrera es la condición de su unidad y no al revés. La
autonomía o, mejor, vista como un proceso, la autonomización de la clase
obrera, es la que crea la unidad consciente a partir de la unidad inconsciente
generada por el trabajo asociado (unidad alienada, como lo es el propio trabajo
asalariado, unidad como clase para el capital -como capital variable,
encuadrada en la subordinación como trabajo vivo al trabajo acumulado-).
4. LAS LUCHAS DE ASTILLEROS Y NUESTRO ANÁLISIS DE LA
DIVISIÓN ENTRE TRABAJO PRECARIZADO Y GARANTIZADO. EL TEMA DE LOS SINDICATOS.
Para el tema de la división entre trabajo
precarizado y garantizado sería mejor que os leyeseis el trabajo que os
enviamos, en el que se desarrolla la discusión con la CCI, contestando a su
crítica. Lo mismo para el tema sindical, en la segunda parte del mismo. Os los
volvemos a enviar ahora por si acaso.
Para empezar, el artículo sobre las luchas
en IZAR era meramente descriptivo cuando decía que las luchas de los obreros de
IZAR eran esencialmente luchas reaccionarias para conservar una posición
privilegiada. Por si en el artículo no se matiza lo suficiente, en la discusión
posterior clarificamos que, en el sentido de ser una lucha contra el capital,
la lucha en IZAR es progresiva, pero en tanto asume un carácter insolidario y
corporativo-sindical, es reaccionaria y perpetua las divisiones. El carácter
reaccionario de las luchas obreras es siempre relativo, aunque, de hecho, puede
ser muy grave en sus efectos sobre el desarrollo de la conciencia y la lucha de
clases.
La división analizada en las luchas del
naval no es una división meramente provocada por los sindicatos, sino que tiene
su base en una indiferencia hacia las condiciones de los compañeros
precarizados de las subcontratas, que se prolonga desde hace años y años, y que
los propios obreros subcontratados acabaron asumiendo hace ya bastante (despues
de implicarse en supuestas luchas unitarias para luego acabar viendo que eran
meramente utilizados).
El enconamiento de la CCI acerca de que son
siempre los sindicatos, con independencia de las bases obreras de los mismos,
los que dividen al proletariado no tiene ninguna base real, más allá de una
argumentación política interesada que se remite al viejo tema de la “pureza”
revolucionaria del proletariado, que le haría ajeno a las responsabilidades y
que convertiría su desarrollo revolucionario en la mera puesta en escena de su
esencia actual, sin que tenga que mediar un devenir interno, una
autotransformación, y viendo, pues, la esencia revolucionaria del proletariado
como algo estático y dado, y no dinámico y sujeto al curso y la tendencia de la
lucha de clases -y, con ella, al ascenso y subsiguiente declive históricos del
capitalismo-.
El sindicalismo, como analizamos en nuestro
documento de respuesta a la CCI, tiene en la aristocracia obrera, en el estrato
superior del trabajo garantizado, una base social activa y no meramente pasiva.
Hay que conocer la situación más de cerca para poder valorar estas cosas y, en
el caso de los astilleros de IZAR en la ría de Ferrol, conocemos sobradamente
la situación de primera mano. En este caso la división entre trabajo
precarizado y garantizado está particularmente extremada por la división entre
el sector público español, con condiciones de trabajo estables y un grado de
explotación mucho menor, y las empresas subcontratistas gallegas, con
condiciones de precarización y sobreexplotación extrema características del
capitalismo colonial. No pretendemos que este análisis sea un espejo donde
mirarse para cualesquiera otros casos en general. En nuestro documento
explicamos todas estas particularidades, pues las mismas objeciones nos las
plantearon desde la CCI.
No obstante, hay que entender que el trabajo
garantizado -entendido en su sentido relativo, pues el trabajo para toda la
vida es inexistente- no es solamente instrumentalizado por los sindicatos, sino
que crea para l@s obrer@s la perspectiva inmediata de estabilidad individual en
la empresa que favorece las pretensiones de lograr mejoras inmediatas mediante
el sindicalismo. Esto no es tampoco algo totalmente ilusorio, sino que tiene
una base objetiva. Aunque el capitalismo cada vez pueda conceder menos
reformas, acentuando además su carácter efímero en el plano del contenido y en
el de su duración, y aunque solamente lo haga a través de una lucha tanto más
dura, no es cierto que el reformismo sea actualmente una imposibilidad
absoluta.
La negación absoluta del reformismo se
inscribe en una visión izquierdista que busca la reafirmación de un grupo o
corriente revolucionaria mediante la negación del fundamento de las fuerzas que
se le oponen. La práctica, sin embargo, demuestra que esta concepción solamente
sirve para mistificar la realidad y eludir las dificultades reales.
La propia existencia del trabajo garantizado
implica, además, desde nuestro análisis -como polo opuesto al trabajo
precarizado y en unidad dialéctica con él, como resultado de la división
capitalista del trabajo-, cierto margen general para reformas. Éstas serán más
o menos mediocres, pero aún así más o menos reales en comparación con quien,
sometid@ a la precarización, se ha desprendido de esa perspectiva corporativa
de la lucha dentro de la empresa y está objetivamente forzad@ a entender que
las vias sindicales no pueden combatir la precarización y la sobreexplotación,
sino que la tendencia natural de los sindicatos es su degeneración burocrática
e integración con el capital (y no sólo un problema de dirigentes o de
burocratización organizativa).
Para nosotros la división entre trabajo
precarizado y garantizado esconde, en la fase actual del capitalismo, la
polarización de la producción de la plusvalía absoluta y relativa. La
precarización absoluta de una parte de la clase obrera ha servido como medio
para dividir al proletariado, distribuyendo así el incremento general de la
explotación obrera de modo desigual gracias a la estratificación. El
proletariado precarizado se ha convertido en el centro del incremento de la
plusvalía absoluta, extendiendo la jornada y reduciendo en términos absolutos
los salarios, mientras que el sector garantizado continua centrado en el
incremento de la producción de plusvalía relativa (esto es, mediante el
desarrollo de la productividad del trabajo).
Esta división tiene su raiz en la decadencia
abierta del capitalismo desde los 70, de modo que el desarrollo de la productividad
ha dejado de compensar la caída tendencial de la rentabilidad del capital. Esto
se explica en la teoría de Marx por la ley de descenso de la tasa de ganancia.
La plusvalía no crece ya lo suficientemente rápido para compensar la inversión
en capital constante -maquinas y materias primas-, al reducirse el número de
obreros para una cantidad de producción dada y aumentar la cantidad de capital
constante que pone en movimiento cada obrero (quien, sin embargo, no puede
proporcionar más que una cantidad limitada de tiempo de trabajo excedente).
Este desarrollo supone que es necesaria la degradación absoluta del trabajo, el
incremento absoluto y no sólo relativo de la explotación, para mantener la tasa
de ganancia ascendente y campear la crisis que está siempre amenazando. Era
necesario dividir a la clase obrera para acometer este proceso, que tiene que
expresarse políticamente como una ofensiva permanente del capital contra el
trabajo.
De esta división internacional entre trabajo
precarizado y garantizado no se deduce que cada sector produzca sólo un tipo de
plusvalía ni que la degradación o precarización general del trabajo no afecte,
también, a todos los estratos de la clase obrera. Solamente hacemos una
excepción con la aristocracia obrera, que representaría un sector
ultraminoritario, cuya existencia tiene una fundamentación más puramente
política y debida a condiciones especiales, y que sufre la degradación general
del trabajo de un modo enormemente atenuado. Pero la degradación general es
efectuada de tal manera que reproduce la estratificación y la distribución
desigual de la explotación, manteniendo a la clase fragmentada.
Cuando decimos que las luchas de auxiliares
en IZAR son esencialmente revolucionarias lo decimos porque la igualación reclamada,
fundamentalmente la supresión de la sobreexplotación absoluta y de la
temporalidad del trabajo, es imposible sin hacer saltar todo ese modelo de
acumulación del capital en que se basa el capitalismo mundial hoy, modelo
determinado por las necesidades objetivas de su supervivencia como modo de
producción.
Por esta razón, vemos una tendencia
diferenciada en las luchas del trabajo garantizado y las del precarizado,
aunque el grado de división en las luchas efectivas que se produce en el caso
de los astilleros de la ría de Ferrol no pensamos que sea generalizable, sino
que en el conjunto del proletariado constituye más bien sólo una tendencia. En
lo que es el trabajo garantizado no aristocrático -su gran mayoría-, esta
división de las luchas está claramente más determinada por el papel de los
sindicatos, aunque no puede descartarse por ello el factor subjetivo, que está
también sujeto al devenir de la lucha de clases (es un buen ejemplo de esto el
caso de la lucha en Puertollano el año pasado).
En las diversas experiencias de luchas de
subcontratas de los últimos tiempos en el Estado español se ha impuesto esta
tendencia a la división, y nosotros no pensamos que la cuestión pueda reducirse
a que los sindicatos manipulen a los fijos, etc., sino que se explica por la
posición reactiva de los últimos ante la amenaza tangible de la precarización y
de una mayor explotación, combinada con su mayor grado de acomodamiento social
-acomodamiento relativo, evidentemente- aa la explotación, ocasionado por la
estabilidad laboral y las mejores condiciones de trabajo.
No pensamos, pues, que las luchas de
trabajadores fijos sean en general reaccionarias, sino que pueden serlo en la
medida en que sean excluyentes.
Para nosotros la unidad en la práctica pasa
por el desarrollo de las luchas, tanto de un sector del trabajo como del otro,
de modo que se produzca un desarrollo de la conciencia de clase. Pero mientras
esto no se produzca, la división será inevitable, y poner siempre por delante
la "unidad" como pretende la CCI es para nosotros una pretensión
reaccionaria. La unidad tiene que defenderse, pero desde la coherencia con los
contenidos, y no para favorecer el control sindical de las luchas, lo que sería
francamente un craso error táctico que interrumpiría la maduración del
proletariado.
En las condiciones actuales las luchas de
los sectores precarizados no se han revelado aún capaces de superar las
dependencias del sindicalismo. Con lo cual, anteponer la unidad a la lucha y al
desarrollo de la más básica autonomía de clase, puede llevar facilmente al
encuadramiento puramente reformista y al cercenamiento de su radicalidad. Esto,
en el mejor de los casos, supondría
privar a la clase del aspecto revolucionario de la experiencia de la lucha.
5. LA CENTRALIDAD DEL PROLETARIADO.
Como os hemos mencionado, para nosotros el
tema de la centralidad de la clase obrera ha estado en desarrollo desde hace
tiempo, y lo seguirá estando. Cuando decimos que somos "obreristas",
no lo hacemos para aludir a la noción vulgar que identifica al proletariado con
la clase obrera industrial propia de la época de las grandes fábricas. Pues, en
primer lugar, ya no estamos en la misma época histórica, y la forma y
composición generales del proletariado no son algo estático, igual que no lo son
la forma de la acumulación y la composición interna del propio capital
(proporción entre capital variable/capital constante).
Lo esencial y positivo del obrerismo
anterior ha sido que ha intentado afirmar la centralidad del proletariado como
clase revolucionaria vinculandola a las determinaciones materiales en que el
proletariado existe como ser social, a su relación con el capital. Esto es, ha
intentado entender la centralidad desde un punto de vista concreto, y verla
como un factor que se desarrolla a través de las luchas de clases. Que este
obrerismo haya confundido una forma temporal del proletariado con lo que es
esencial y universal al mismo no significa que sus apreciaciones no tuviesen,
al menos, una orientación correcta en el fondo, al tomar como referencia al
trabajo industrial, que ha sido la forma del trabajo específica del
capitalismo, y cuya extensión y desarrollo constituye un fundamento técnico del
modo de producción específicamente capitalista
(pues el capitalismo comienza históricamente asumiendo métodos de trabajo
anteriores, propios de la artesania gremial de la época feudal).
Nuestro punto de vista es que la definición
del proletariado ha estado durante largo tiempo viciada por el sindicalismo y
el reformismo en general, para cuyos objetivos el proletariado cuenta
fundamentalmente como una fuerza numérica que se auna en la acción por
objetivos limitados. Desde esta óptica, lo que importa es que las masas sean lo
más grandes posibles y que se subordinen a la consecución de los objetivos lo
más estrechamente posible: lo primero se consigue favoreciendo una definición
lo más amplia posible del proletariado, lo segundo mediante el delegacionismo y
la jerarquización del movimiento de masas.
Estos mismos criterios de definición y articulación
del sujeto social son los que expresan ahora los ideólogos de la desaparición
de la clase obrera cuando, una vez llegados a esa conclusión, intentan
encontrar nuevos sujetos revolucionarios. El ciudadanismo, la
"multitud", etc., son todas concepciones marcadas por la idea de que
la cantidad y no la calidad es lo más importante, pues, supuestamente, la
explotación o la opresión serían siempre esencialmente idénticas y sólo
variaría el grado y no el contenido social. No se considera el ser social de los
individuos y colectivos según su contenido real y concreto, sino en la medida
en que puede ser opuesto al capital en abstracto, o sea, burocráticamente en la
práctica. Este método de análisis
empirista e idealista lleva, pues, tendencialmente, a desarrollar o justificar
posturas interclasistas.
Lo que a nosotros nos ha interesado desde el
principio es: 1) determinar cual es el sujeto que posee la capacidad efectiva,
en estado potencial, para oponerse radical y totalmente por sí mismo al capital; 2) luchar contra el tradicional rol
dirigente de elementos extraños a los intereses del proletariado, en especial
la Intelectualidad, viendo en su
condición social concreta las causas de que ejerzan una influencia y un poder
que se oponen a la emancipación de l@s obrer@s; 3) cómo se puede desarrollar la
conciencia de clase revolucionaria de modo espontaneo,
condición para que se pueda construir un
movimiento obrero revolucionario de masas que sea al mismo tiempo realmente
consciente de sus objetivos.
Dicho todo esto, vayamos ahora al fundamento
de nuestra posición sobre la centralidad.
a) En un sentido amplio, el proletariado ha sido siempre la clase
que, despojada de medios de producción propios, tiene que vender su fuerza de
trabajo para obtener sus medios de subsistencia. Aunque es una definición
correcta dentro de sus limitaciones, hay que decir que el proletariado en tal
acepción no es exclusivo del capitalismo, aunque haya sido en él donde se ha
desarrollado más extensivamente y ha adquirido una existencia sustancial como
clase social. Este desarrollo histórico del proletariado hasta el capitalismo
ha sido la expresión del crecimiento y concentración de la riqueza social en la
sociedad de clases, con el consiguiente avance de la polarización de la sociedad
en sólo dos clases enfrentadas, una desposeida por completo y la otra poseedora
de todo.
Pero esta definición no capta al
proletariado en su relación social concreta ni en el proceso o dinamismo de la
misma. El que se trate aquí de fuerza de trabajo que, para sobrevivir, tiene
que venderse al capital y no a otra forma de la propiedad privada de los medios
de producción, supone sólo una diferencia formal tal y como se define aquí al
proletariado, pues en realidad se le define desde el punto de vista de la circulación
de mercancías y partiendo del presupuesto de la cosificación de la capacidad de
trabajo en mera mercancía. El que la relación social que da lugar al
proletariado en su forma específicamente capitalista, sea una relación de
producción y no una relación de la circulación, no se tiene en cuenta (y, si es
cierto que el proletariado es la condición histórica del capital, no es menos
cierto que el proletariado, en su forma capitalista específica, es el producto
antes que la premisa del propio capital, el cual se reproduce como relación
social al mismo tiempo que desarrolla la producción material. El primitivo
proletariado creado durante la acumulación primitiva, a base de la ruina de los
pequeños artesanos, la expusión de los campesinos de sus tierras y el trabajo
forzado de los vagabundos, no era el producto del propio modo de producción
capitalista, sino meramente la condición del mismo, como lo fueron también el
desarrollo de la circulación monetaria, la acumulación dineraria, el comercio
mundial.)
Esta
definición del proletariado, pues, es una definición histórica y negativa, que
considera al proletariado de modo estático, como clase en-si, o sea, en la práctica, como clase para el capital, sin
más contenido que la desposesión y la necesidad de venderse, o sea: como
mercancía e indivíduo burgués poseedor de mercancías.
Pero, ya en el Manifiesto, Marx define al
proletariado como el "producto más
peculiar" de la gran industria, en contraposición a las otras clases
que desaparecerían con el desarrollo del capitalismo. Esto es una clave
necesaria para orientar el análisis.
b) El modo de producción específicamente capitalista no sólo se
caracteriza por moverse según las categorías y leyes del capital, sino porque
se ha dotado a sí mismo de una base técnica propia, de un desarrollo de las
fuerzas productivas que ha dejado atrás, tanto cuantitativa (concentración de
las fuerzas productivas) como cualitativamente (productividad técnica), los
métodos de producción anteriores.
Así, la naturaleza del modo de producción
capitalista comprende no sólo el aspecto valor o forma económico-social, sino
también el aspecto técnico que transforma el proceso de trabajo. Esto es lo que
Marx ha caracterizado como "subsunción real
del trabajo en el capital" (El Capital I, cap. VI, inédito), lo cual es
esencial para comprender al capital como producto del trabajo alienado (ver
Grundrisse, capítulo del capital). Existe, pues, un doble aspecto que
constituye el contenido efectivo de la relación del capital:
1) que el trabajo asalariado no es sólo una categoría
propia del capital, sino que es una realidad inseparable del mismo; no sólo
porque el capital no puede existir sin extraer plustrabajo, sino también
porque, llegados al modo de producción específicamente capitalista, el obrero
tampoco puede realizar su trabajo fuera del capital, pues el trabajo se ha
vuelto inseparable de su forma capitalista, se ha integrado técnica y no sólo
económicamente en el modo de producción capitalista. Por ello, la única via
para suprimir la desposesión del proletariado de sus medios de producción y
condiciones de trabajo es la de superar revolucionariamente el modo de
producción capitalista.
2) que el contenido real del trabajo, en su forma
específicamente capitalista, es la producción o creación, de modo simultáneo,
de valores de uso y valor de cambio nuevos
y en cantidad excedente; valores
que, por la alienación y al final de cada ciclo de
producción-circulación-realización, se acumulan y se convierten en un poder
ajeno incrementado que se enfrenta al obrero y en un nuevo capital que aumenta
el preexistente (y, por consiguiente, también la explotación).
Estas características son las que definen lo
que es la forma de trabajo específica del capitalismo, que tiene que ser la
clave del análisis histórico-materialista de la centralidad obrera, o sea,
análisis de la capacidad revolucionaria del proletariado en su forma propia del
capitalismo.
En la Miseria
de la Filosofía, Marx define al proletariado como la mayor fuerza
productiva, la fuerza productiva más importante. En esto podemos entrever la
conexión interna que está implícita en el párrafo mencionado anteriormente del
Manifiesto: el producto "más peculiar" de la industria capitalista es
el proletariado, lo que significa que es también su mayor fuerza productiva y
así, la única clase verdaderamente revolucionaria, entre otras cosas porque, a
diferencia de las demás 'clases oprimidas', es inseparable de la existencia del
capital, tiene una existencia permanente. Existe
una unidad dialéctica entre la función productiva y la capacidad
revolucionaria, entre la existencia objetiva y la subjectividad.
El proletariado revolucionario está, pues,
económica y técnicamente determinado en su ser social por el capitalismo y, al
mismo tiempo, la existencia del capitalismo es inseparable de la del
proletariado. En la medida en que existe el modo de producción capitalista, el
proletariado en su forma específica tiene que existir con él. De este modo, la
decadencia del capitalismo implica no sólo la relentización tendencial del
crecimiento de la acumulación del capital y la aceleración tendencial de la
destrucción de capital produtivo por las crisis periódicas, sino también la
relentización tendencial del crecimiento del proletariado y la intensificación de
su destrucción como clase en cierta medida, bien en términos relativos
(mediante la degradación absoluta del trabajo), bien en términos absolutos
(exclusión económica y abandono a la muerte de la fuerza de trabajo).
c) Así, pues, llegamos a ver que el proceso de autoampliación de las
fuerzas productivas materiales y el proceso de autoampliación del capital
-proceso de trabajo capitalista y procesoo de autovalorización del capital-, son
los dos aspectos inseparables de la acumulación capitalista, determinados por
la doble naturaleza de la mercancía (valor de uso y valor de cambio), que es la
forma que asumen tanto el producto del trabajo como el trabajo mismo (trabajo
concreto/trabajo abstracto).
La forma específicamente capitalista del
trabajo es la que produce en cantidad excedente tanto valores de uso como valor
de cambio, esto es, bienes materiales (tanto bajo la forma de cosas como bajo
la forma de actividad) y plusvalía (que se puede presentar de diferentes formas
intercambiables: mercancías para la venta, dinero, medios de producción
adicionales, fuerza de trabajo adicional).
Por tanto, dicho más resumidamente, el
trabajo específicamente capitalista es el
que produce capital. Esta es precisamente la razón por la cual el
desarrollo del capital no sólo empobrece y degrada al trabajador, sino que al
mismo tiempo incrementa el antagonismo existente entre la fuerza productiva del
trabajador, su propia capacidad del trabajo, y la forma social alienada del
trabajo mismo, forma que dentro de la relación
social de producción del capital no es ya más que el capital en su forma
variable.
El antagonismo radical no nace del hecho de
ser trabajador asalariado, pues el trabajo asalariado no es más que el capital
variable en su forma productiva o como actividad. El trabajo asalariado es
tanto un valor de uso para la valorización del capital como un valor de uso
para el obrero, que sólo así puede adquirir sus medios de subsistencia.
El antagonismo revolucionario nace del hecho
de que el sujeto del trabajo se encuentra en oposición a la propia forma del
trabajo, porque la misma se ha vuelto incapaz de proporcionarle las condiciones
de su subsistencia social, porque se opone ya a su existencia social. Es de
éste modo cómo se manifiesta el antagonismo revolucionario del proletariado con
el capital y no como el efecto de una contradicción irresoluble entre trabajo
asalariado y capital acumulado. Pues esta contradicción -entre el trabajo
necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo, o salario, y el plustrabajo
o plusvalía- se resuelve contínuamente como condición de la existencia y
desarrollo del capital (y en su resolución tiene un papel decisivo la lucha de
clases, pero determinada previamente por el carácter temporal y parcial de las
crisis periódicas del capitalismo).
Es cuando esta resolución contínua de la
contradicción, entre los limites de la explotación del trabajo asalariado y el
crecimiento del proceso de extracción y acumulación de plusvalía, se hace cada
vez más difícil a medida que se incrementa la composición orgánica del capital (y disminuye, por consiguiente, la
tasa de ganancia con las restantes condiciones de explotación idénticas),
cuando el capital se ve compelido para perpetuarse a incrementar cada vez más
la explotación del trabajo en términos absolutos, lo que se expresa como
creciente antagonismo entre la capacidad viva de trabajo y la forma capitalista
del trabajo. Dicho de otro modo, la clase obrera en tanto fuerza productiva se
sitúa en antagonismo creciente con el trabajo asalariado, con la forma del
trabajo que subordina sus condiciones de existencia sociales a la producción de
excedente capitalizable.
La contradicción objetiva entre trabajo
necesario (salario) y trabajo excedente (plusvalía) se expresa siempre
subjetivamente como lucha de clases, pero esta lucha no tiende a adquirir un
carácter revolucionario más que cuando el antagonismo objetivo, interno al modo
de producción capitalista, crece hasta el punto de hacer irreconciliable la
existencia del obrero con el trabajo asalariado.
Ciertamente, las dificultades del capital
para resolver transitoriamente su
contradicción interna -pues, en última instancia, la contradicción es
irresoluble, lo que se expresa como tendencia al derrumbe de la economía capitalista- se han expresado
históricamente en el estallido de situaciones revolucionarias más o menos parciales(2), y lo seguirán
haciendo; pero solamente en la época actual la degradación absoluta y
generalizada del trabajo nos aporta la señal objetiva de que el declive del capital
como modo de producción se ha desatado.
El antagonismo revolucionario no radica subjetivamente en que el trabajo y las
condiciones de existencia de la clase obrera estén sometidos a la autoridad del
capital, en el hecho material de la
explotación -lo que sería siempre un cuestionamiento meramente técnico y
estático de la relación del capital, pues la autoridad sobre el proceso de
trabajo es sólo la forma general de la explotación y no su forma específica
capitalista ni su esencia efectiva-. Radica en que el capital es, en realidad,
el producto de la capacidad viva de trabajo, el resultado de su expropiación, y
tiene con ella una relación material y objetiva de pertenencia (como producto
material del trabajo) y de unidad (como relación social que se cosifica,
adoptando la forma del valor) -aunque el propio carácter alienado del trabajo y
de su reproducción social implican que no pueda, en condiciones normales, tomar
conciencia de ello-. Esta unidad, material y económica a la vez, es lo que hace
que el antagonismo derivado de la explotación tenga como contenido subjetivo
determinado, en la conciencia y en la acción proletarias, la oposición al
trabajo alienado en todos sus aspectos(3).
Cuando el trabajo no está unido al capital,
bien en el aspecto técnico y productivo y/o bien en el económico, no puede
enfrentarse a él más que como a una fuerza exterior, que puede aspirar a
destruir, pero que no puede entender cómo transformar de modo revolucionario a
partir de su experiencia ordinaria. (Y, evidentemente, la conciencia
intelectual puede ser teóricamente universalizable, pero en las condiciones
concretas de la sociedad de clases la misma solamente puede llegar a existir en
una amplia minoría y en el marco de una situación revolucionaria. Aunque sea
necesaria para la lucha e imprescindible para llevar al triunfo la revolución,
el movimiento proletario no puede ni tiene que partir de la conciencia
intelectual para desarrollar su lucha y su conciencia, sino que es la lucha y
la conciencia espontanea, experiencial, la que precede al desarrollo
intelectual).
En conclusión, el proletariado puede
definirse no ya histórica y negativamente
solo, sino también y sobre todo por su esencia
efectiva, determinada por el modo de producción capitalista, y por su aspecto positivo de ser la fuerza
productiva principal, la única fuerza productiva capaz de crear nuevo valor, de generar nuevo trabajo excedente previamente
inexistente que en el modo de producción capitalista adopta la forma de
capital. De este modo, no se define ya como clase
para el capital, sino como clase enfrentada al capital, como clase contra el capital y clase que, objetivamente, es ya una clase para-sí, por causa de su
condicion-relación social: su antagonismo con el capital no es visto ya sólo negativa y estáticamente -porque es la
clase que siempre carece de todo-, sino también positiva y dinámicamente -porque produce todo, especialmente el
propio capital, con lo que desarrolla así la propia relación del capital e
incrementa cada vez más su
antagonismo objetivo con el capital mismo-.
Si partimos del principio fundamental del
materialismo histórico de que el ser
social determina la conciencia, es imposible que la cualidad específica de
ser o no clase contra el capital -a
causa de su condición de mayor fuerza productiva social y portadora del futuro,
de su ser social- no determine diferentemente la conciencia del proletariado en
función de este contenido concreto de su relación social con el capital.
Es en este caso cuando existe, de modo
efectivo y no meramente como potencialidad abstracta -sin contenido propio ni
capacidad de autoefectivación-, la determinación objetiva que impulsa al
proletariado a reconocer el carácter esencialmente irreconciliable de su antagonismo objetivo con el capital y a oponer, a la subordinación del trabajo
vivo al trabajo muerto, la inversión de la relación: la
subordinación del trabajo acumulado al trabajo vivo, la emancipación de su
capacidad de trabajo, de su subjectividad, y la subordinación a su desarrollo
social de las fuerzas productivas existentes, la revolución comunista.
d) Nos planteais que, según nuestra visión, excluimos del
proletariado a diversos sectores de la fuerza de trabajo. Procederemos, pues, a
varias aclaraciones y precisiones al respecto.
En primer lugar, nosotros no hacemos
distinción entre la producción de cosas y la producción de actividad humana
("industria" y "servicios" en su acepción típica -o sea,
burguesa-, bastante cuestionable en muchos casos desde un punto de vista
maxiano).
La categoría burguesa de
"servicios" como opuestos a la industria se utiliza actualmente de un
modo muy mistificador, pudiendo verse que, en realidad, muchos de los servicios
o son en realidad actividades industriales, o bien son asimilables al trabajo
industrial. Así, Marx ya analizaba que el trabajo de transporte era creador
tanto de nuevo valor de cambio como de nuevo valor de uso (el desplazamiento),
aunque no transformase materialmente la mercancía.
En segundo lugar, el desarrollo del capital
no es homogéneo en ningún caso, de modo que según los sectores, profesiones,
países, etc., el trabajo asalariado asume características más o menos
avanzadas, más o menos específicas del capitalismo. Pero, en general, los
países o áreas industrializadas implican ya un desarrollo de la subsunción real
del trabajo en el capital y, así, una oposición objetiva irreconciliable entre
el proletariado y el capital, considerando a este último tanto en su forma
subjetiva -la burguesia- como objetiva -la máquina de explotación, cuyo
fundamento es el propio trabajo asalariado-.
En tercer lugar, vamos a abordar dos casos
concretos, el de l@s parad@s (entre quienes nos incluimos tod@s l@s precari@s
por períodos) y el trabajo de teleoperadoras/es.
1º) El paro significa objetivamente un
desclasamiento económico, aunque no sociológico. Tampoco suprime la conciencia
acumulada, de la que pasa a depender fundamentalmente el contenido social de la
actitud frente al capital (no nos cansaremos de repetir que la violencia, el
radicalismo exterior y destructivo, no es en sí mismo revolucionario desde el
punto de vista comunista, y que la cuestión es el contenido concreto de la
actitud y las formas de lucha).
Al suprimirse la determinación económica, se
suprime también su contenido positivo, de modo que, sin tener en cuenta la
conciencia, la determinación que produce la situación de paro, de
desvinculación con el capital en el plano inmediato -no totalmente, claro-,
puede llevar al enfrentamiento abierto con el capital pero no impulsa a la
conciencia proletaria a penetrar en el contenido revolucionario de su propio
ser social en tanto proletari@, a tomar conciencia concreta de que su objetivo tiene que ser la negación dialéctica del capital.
2º) En el caso del trabajo de teleoperadoras
de una línea gratuita, habría que distinguir si se trata o no de una
subcontrata, como es típico ahora. Si se trata de esto último, es evidente que
el trabajo produce plusvalía y que el servicio, aunque sea gratuito para el
consumidor, es pagado por la empresa principal como una mercancía.
Si se trata de una empresa que tiene su
propia línea gratuita, las consultas telefónicas constituyen un valor de uso,
pero no generan directamente ningún valor de cambio, aunque contribuyan
evidentemente a incrementar las ventas y, así, la plusvalía total.
Este último sería un caso de trabajo
improductivo desde el punto de vista de la producción directa de plusvalía (o
sea, desde un punto de vista relativo), de modo que el valor de uso se
encuentra desligado del valor de cambio dentro de la propia actividad del
trabajo, cuyo contenido es meramente producir un valor de uso que, por sí
mismo, carece de valor de cambio, y que la trabajadora intercambia con el
capital por un salario, sin que exista causa objetiva inmediata para percibir y
pensar que el incremento de la plusvalía gracias a ese trabajo tenga una
relación objetiva y mensurable de unidad con el trabajo mismo (esto sólo podría
ser el resultado de una visión de totalidad del proceso de valorización).
Pero, de este modo, no es que el obrero u
obrera no produzca plusvalía, sino simplemente que no lo hace directamente, con
lo cual la relación concreta en que está enfrentado dialécticamente al capital existe, en el nivel inmediato, sólo en su aspecto técnico y no en su
forma-valor. Aquí el trabajo alienado se expresa también como valor, como
capital, pero sólo indirectamente, separadamente de la experiencia y conciencia
inmediatas, sensibles, simplemente espontáneas, de la relación del trabajo con
el capital.
Pues, materialmente, la plusvalía se crea de
modo directo y mensurable sólo bajo
la forma del plusproducto, de modo que únicamente tiene una unidad inmediata
con el trabajo que es directamente productivo a la vez en el aspecto material o
técnico y en el aspecto económico o del valor.
Esto se expresa, en términos capitalistas,
en que la economización de este tipo de trabajo, que no produce o crea nuevo
valor por sí mismo individualmente -sino que sólo lo hace, en todo caso, como
parte del obrero colectivo-, no altera necesariamente(4)
la cantidad de plusvalía contenida en el producto y, por lo tanto, incrementa
en lugar de reducir la tasa de ganancia del capital (el capital variable se
reduce sin aumentar el capital constante).
Ha de observarse que, con todo, el ejemplo
analizado de las teleoperadoras es un caso particular, y que en otros tipos de
trabajo no directamente productivo de plusvalor, o cuyo valor de uso funcional
está ligado indisolublemente a la sociedad de clases, se dan otras
características a tener en cuenta.
Lo que podemos definir en general como
trabajo improductivo desde el punto de vista de la producción del capital (o
sea, trabajo que ni siquiera produce plusvalor indirectamente) es sólo el
trabajo comercial en sentido estricto -como las cajeras o los funcionarios
bancarios- (aparte, por supuesto, del trabajo socializado del sector público
que no esté sujeto a la maximización del beneficio). El trabajo comercial tiene
este carácter debido a que el propio capital comercial vive únicamente de la
apropiación de plusvalía industrial, que el capital industrial le cede a cambio
de independizarse de las funciones derivadas del cambio. Aunque el capital
comercial también implique trabajos de transporte de mercancias, en tanto se
diferencia del capital dedicado al transporte se caracteriza por una alta
composición en trabajo improdutivo. Se da así la contradicción de que el
trabajo comercial es productivo para el capital comercial porque le posibilita
acceder a una cuota de la plusvalía industrial, pero no es productivo desde el
punto de vista del capital global y de la sociedad.
En el caso del trabajo comercial el capital
no puede ser visto de ningún modo como el producto del propio trabajo, sino
meramente como una fuerza explotadora y opresiva, de modo que su conciencia no
puede, POR SI MISMA, elevarse a una conciencia comunista.
Además de que el trabajo comercial no crea
ningún nuevo valor de cambio, el valor de uso producido solamente existe como
tal para una sociedad basada en el intercambio mercantil. La distribución y
almacenamiento de los productos seguirá siendo necesaria evidentemente en
cualquier formación social, pero no el cambio. Si se toma lo que se necesita
los productos no se cambian ni por dinero ni entre sí, lo cual está en abierta
contradicción con una forma de trabajo que sólo puede existir en el
capitalismo. La propia posición de estos trabajadores puede adaptarse a una
economía basada en bonos de trabajo, pero no puede por sí misma constituir la
base experiencial necesaria para concebir el comunismo.
No se trata, pues, solamente de que el
trabajo produzca nuevo valor de cambio, sino también de que su valor de uso como trabajo se exprese
o pueda expresar en valores de uso directamente
sociales y no en valores de uso internos
al propio modo de producción capitalista (una cosa es que los productos
actuales del trabajo estén amoldados a las necesidades creadas por el
capitalismo, y otra cosa es que el valor de uso del trabajo concreto solamente
tenga sentido en el marco de las relaciones sociales mercantiles y
capitalizadoras).
El trabajo productivo desde el punto de
vista capitalista sólo coincide con el trabajo productivo desde el punto de
vista comunista dentro de ciertos límites, en los que la producción de
plusvalor y la producción de valores de uso se unen. Es aquí, pues, donde se
encuentra el sujeto que enlaza históricamente el modo de producción capitalista
con el comunista.
No vamos ahora a extendernos intentando
explicar los diferentes tipos de trabajo no específicos del capitalismo como
modo de producción que, como todo el trabajo social, están organizados y
adaptados a sus necesidades, y son dispuestos por el propio capitalismo como
elementos de su sistema general. Solamente mencionaremos, de modo destacable, el
tema de las profesiones liberales y de los especialistas del conocimiento,
cuyas formas de trabajo son la expresión de la división entre trabajo manual e
intelectual en su forma capitalista -aunque esta división como tal no sea
exclusiva de él-, y que tienen que ser suprimidas bajo el comunismo porque
reproducen la alienación social propia de la dominación de clase.
Aunque todas las formas de trabajo tiendan a
ser sometidas a la forma asalariada, esto no suprime necesariamente sus
características diferenciales con el tipo de trabajo específicamente
capitalista, esto es, con el trabajo que constituye la mayor fuerza productiva
de la sociedad. La proletarización de la
población trabajadora no significa nada más que la potencialidad abstracta del
enfrentamiento revolucionario con el capital.
Pero aún cuando esta potencialidad general
de la población proletarizada carezca en ciertos casos de la capacidad
necesaria para llegar a acto por sí misma, aún cuando se trate, pues, de una
potencialidad que no puede devenir por sí misma en autonomía comunista, sí
tiende aún así, en la medida en que se actualiza
a través de sus propias luchas, a expresar sus propios rasgos determinados, introduciendo formas de conciencia
que solamente pueden llegar a la oposición revolucionaria al capital de modo unilateral y tendiendo, así, a
introducir distorsiones y perpetuar
aspectos esenciales de la conciencia
dominante (o, si se quiere, rasgos del trabajo asalariado y de la conciencia
alienada correspondiente).
Además, en la medida en que no puedan
objetivamente llegar a comprender espontaneamente
la naturaleza del capital, en la práctica la tendencia de las luchas de estos
sectores será fuertemente reformista, salvo cuando se ve empujada por una
efervescencia general o por la influencia de los núcleos avanzados de la clase
(lo que ha hecho que, en el pasado, el resultado total de un movimiento obrero
fuerte solapase, mediante la extensión de la conciencia general -y dentro del
nivel alcanzado por ésta-, las debilidades radicadas en su heterogeneidad,
ocultandolas a la visión inmediata).
Afortunadamente, gracias a la
subcontratación, las políticas de reducción al máximo de costes laborales y la
mobilidad laboral, el trabajo improductivo en sentido relativo tiende a ser
reducido al máximo para incrementar la tasa de ganancia, o no se convierte al
menos en una situación más que rotatoria para buena parte de l@s proletari@s
que lo ejercen.
e) Como veis, y para concluir, todo nuestro análisis converge en
torno a una teoría del desarrollo de la conciencia a través de la lucha de
clases, pero no en abstracto, sino considerando tanto los aspectos universales
como las particularidades propias de los distintos componentes del proletariado
y del trabajo en general(5).
La centralidad obrera tiene varias
dimensiones: la objetiva, que
consiste en la capacidad para realizar la apropiación de los medios de
producción y la transformación de la organización de la producción social; la subjetiva, que consiste en la capacidad
de autoorganización y de desarrollo autónomo de la conciencia revolucionaria.
Estas dimensiones pueden, a su vez, diferenciarse entre:
1) una dimensión o potencialidad general, que podríamos entender como la tendencia general del
proletariado a autoorganizarse y enfrentarse irreconciliablemente al capital
(considerada aquí en tanto está determinada por el propio desarrollo del
capital y no por la autoactividad proletaria, siempre condicionada por el
anterior); esta cualidad depende de las condiciones y nivel de desarrollo del
trabajo asociado (concentración obrera, grado de explotación, etc.).
2) una dimensión o potencialidad específica, que es lo que podemos llamar CENTRALIDAD REVOLUCIONARIA
EFECTIVA, que es la capacidad y la tendencia a adquirir y realizar la
conciencia de la negación del capital como relación social. Si el capital es ya
la negación del trabajo, que es su fuente positiva, ahora esta negación es,
pues, necesariamente dialéctica, es la NEGACIÓN DE LA NEGACIÓN.
Y nosotros entendemos que esta negación
dialéctica(6) envuelve no sólo la destrucción del capital, sino al
mismo tiempo la creación de una nueva relación de producción, de un nuevo modo
de producción. Por eso es necesario comprender de modo histórico-materialista
cómo se desarrolla la conciencia de clase en sentido revolucionario y se vuelve
capaz de fundar una nueva forma de producción y de vida social. (En esto se
inscribe asímismo nuestro interés por el análisis de la división entre trabajo
precarizado y garantizado y como ello influye en la dinámica de las luchas y el
desarrollo de la conciencia.)
La diferenciación entre la CENTRALIDAD
GENERAL y la CENTRALIDAD ESPECÍFICA -que no llamaremos particular, porque en realidad es el sello distintivo del
proletariado en su forma capitalista- es la clave teórica universal en que se
resuelve todo el asunto. El
proletariado, en su forma específicamente capitalista, es el sujeto que tiene
la potencialidad de, y la tendencia a, por sí mismo, a través del desarrollo
del antagonismo objetivo con el capital y de su expresión en la lucha de
clases, efectivar el comunismo en su conciencia y, así, en su praxis,
elevandose también, con el tiempo y la maduración, hacia la teoría en tanto
comprensión o momento intelectual de la práctica. El proletariado revolucionario
es, pues, en primer lugar, no el que tiene una conciencia revolucionaria, sino
el que, objetivamente -a causa de las relaciones sociales en que se haya
inscrito y que son independientes de su voluntad-, posee la capacidad de la autoefectividad revolucionaria, de
encarnar por sí mismo en su devenir la capacidad necesaria
para desarrollar el poder material y la conciencia del comunismo.
Dado que llegamos a la conclusión de que no
toda la fuerza de trabajo social sujeta a la proletarización tiene la capacidad
de desarrollarse como sujeto autónomo revolucionario, el trabajo de vanguardia
tiene que orientarse en función de estas condiciones para laborar por la unidad
consciente de todo el proletariado en sentido amplio, para lo cual lo
inmediatamente más importante es construir el agrupamiento de vanguardia, el
movimiento comunista autoconsciente. Y para ello es fundamental el análisis de:
1) que núcleos proletarios son los más
importantes desde el punto de vista de su potencial general, según su
concentración, grado de explotación, etc.
2) que núcleos proletarios de entre los
anteriores poseen la capacidad de la autoefectividad revolucionaria de su
centralidad.
Llevado este análisis al terreno empírico,
veremos que los núcleos más conscientes del proletariado, los que luchan de
modo más radical, etc., son los que coinciden con estas características, y que
los más ligados al reformismo, e incluso poco conscientes a pesar de tener una
existencia histórica de duración significativa, son los que coinciden con las
contrarias. Así, tenemos en la conducta efectiva de los distintos sectores de
la clase obrera en sentido amplio una fuente de verificación empírica de estas
teorizaciones, y en esta teoría un modo de llegar a comprender en profundidad
las causas de fondo de las divisiones y desarrollos desiguales dentro de la
clase.
Sólo mediante la estimulación y aceleración
del autodesarrollo de los núcleos más potentes, más centrales, del
proletariado, podemos contribuir los grupos de vanguardia a impulsar lo mejor
posible el autodesarrollo general del conjunto de la clase en un sentido
revolucionario. Y esto de dos modos decisivos: 1º) transformando los grupos de
vanguardia en una vanguardia de masas
efectiva, en un auténtico movimiento comunista formado por miles de proletari@s
conscientes; 2º) compensando mediante nuestra acción consciente organizada las
debilidades y distorsiones tendenciales que existan en el desarrollo de la
conciencia y las luchas del proletariado en sentido amplio.
***
Dejamos mayores desarrollos del tema de la
centralidad para posteriores discusiones. Quede claro que, en todos los
análisis planteados (la división entre trabajo precarizado y garantizado, la
"cuestión nacional" y la centralidad), nuestro objetivo es comprender al proletariado en su multiplicidad viva
y actuante, con sus complejidades y contradicciones reales, para, a partir de
ello, comprender cómo es posible implusar conscientemente su autoconstitución y
unificación como poder revolucionario. Para ello, los contenidos son lo más
importante; no nos contentamos con una visión inconcreta de estos procesos y de
cómo actuar para favorecerlos, basada, por
fuerza, en la simple generalización de experiencias particulares o, lo que
es peor, en el "sentido común" y el pragmatismo. Esto conduce a la
continua vacilación entre el sectarismo y el oportunismo, impidiendo superar la
grupusculización actual de los grupos revolucionarios.
Pensamos, además, que las dificultades para
construir una organización revolucionaria en las circunstancias actuales
requieren no sólo de un programa y líneas de acción adecuados, sino de un
auténtico MÉTODO DE LA PRAXIS, imprescindible para desarrollarlos en el terreno
de la acción concreta y que ha de comprender no sólo un programa, sino toda una
verdadera comprensión dialéctica de totalidad de la lucha por la revolución
proletaria. Esto exige el esfuerzo común de tod@s l@s revolucionari@s tanto
como el impulso espontaneo, la experiencia de lucha, la capacidad creadora de
toda la clase. Solamente así podremos
crear las condiciones para un nuevo movimiento obrero revolucionario.
Comunistas
Revolucionári@s
30/05/2004
Notas:
(1) No vamos a
abordar aquí la "cuestión nacional" en el marco de las condiciones
propias de la fase de formación del capitalismo a nivel mundial, ni el papel
del nacionalismo burgués cuando cumplió su misión revolucionaria de unificar a
la sociedad de clases en una única entidad económica, política y cultural: la
nación burguesa. Esta fase estaba caracterizada por la subsistencia de
numerosos países y areas no capitalistas, de modo que la contradicción entre
desarrollo y subdesarrollo se presentaba aún con los rasgos propios de la
acumulación primitiva, esto es, como contradicción entre el desarrollo de los
países capitalistas y el subdesarrollo de países no capitalistas, sin
presentarse todavía en su carácter específicamente capitalista. Es más, en la
mayoría de los países coloniales el proletariado no se ha formado
significativamente más que a lo largo del siglo XX, con lo que no era posible
un planteamiento general de la
cuestión nacional en términos de la lucha de clases internacional entre
proletariado y burguesía.
(2) Situaciones
revolucionarias parciales por su contenido y por su extensión, ya que sus
características temporales y relativamente localizadas, debidas en última
instancia al carácter no definitivo de la crisis capitalista que les
proporciona el impulso objetivo, no favorecen su maduración y su extensión
mundial. Estas características han marcado todas las situaciones
revolucionarias hasta ahora, pues las crisis habían consistido en que no se
producía suficiente plusvalía para continuar la acumulación de capital en
condiciones de rentabilidad, llevando a la desinversión, la paralización de la
producción, etc. De igual modo, factores como la guerra mundial habían influido
en la prolongación de la situación revolucionaria de fines de los años 10 y
principios de los 20 en Europa, pero fueron aún así meramente temporales.
Solamente cuando la contradicción interna del propio modo de producción
capitalista ha madurado hasta el punto de que éste ya no sigue siendo
históricamente progresivo, de que, con igual explotación del trabajo, la
plusvalía tiende a crecer cada vez menos, descendiendo la tasa de ganancia y
obligando a incrementar continuamente la explotación absoluta de la clase
obrera, solamente entonces puede hablarse de crisis permanente del modo de producción capitalista y de la necesidad histórica de la revolución
proletaria mundial -necesidad ya no sólo para el proletariado, sino para toda
la humanidad-.
(3) Y esto mismo
hace que, en tanto el antagonismo no se hace perceptible en las relaciones
entre proletariado y capital, ambos puedan permanecer en una identidad
momentanea, pues el valor de uso del trabajo y el valor de uso del capital lo
están también -el trabajo solamente puede realizarse como valor de uso a través
del capital y viceversa-.
(4) Los encargados,
jefes de producción, directores, etc., son productivos para el capital porque
son imprescindibles para hacer que la clase obrera trabaje al máximo de sus
posibilidades, esto es, que sea lo más productiva posible para el capital. En
el sentido de que son imprescindibles para obtener el volumen de plusvalía
necesario para el capital son productivos, pero no lo son independientemente
del modo de producción capitalista. Según el análisis realizado, al no crear
por si mismos valor deben ser suprimidos en el comunismo y su existencia está
en contradicción con el contenido de la revolución proletaria.
(5) Nosotros pensamos
que los trabajos cuyo contenido es la propia dominación del capital, encarnando
la dominación del trabajo intelectual sobre el manual y la dominación del
Estado sobre la sociedad, pueden considerarse definidores de una clase media
estructural, aunque estén sujetos (en mayor o menor grado) a la proletarización
general del trabajo social.
(6) El
enfrentamiento de las clases, que es la forma subjetiva de la contradicción
objetiva entre el trabajo necesario y el plustrabajo bajo los limites de la
propiedad privada, se extrema con la decadencia del capitalismo. Con esta
agudización, el antagonismo entre los dos polos de la contradicción provoca que
las fuerzas productivas, entre ellas el proletariado mismo, se opongan al
contenido limitado de la relación de producción, la subordinación del trabajo
vivo al trabajo acumulado, proyectando en
sentido contrario la fuerza que sobre ellas ejerce la relación del capital.
Esto se expresa de dos modos: el primero
a través de la tendencia al derrumbe de la economía capitalista, que se expresa
como estallidos periódicos de crisis con un alcance cada vez mayor y, sobre
todo, como imposición progresiva de la tendencia al colapso de la acumulación
de capital; el segundo a través del
efecto de la tendencia al derrumbe sobre la conciencia y la lucha del
proletariado, produciendose así un reflejo reactivo en la conciencia inmediata
(y en la lucha inmediata) de la clase que, en el extremo de la oposición
trabajo-capital, llega a la inversión total en la conciencia proletaria (y
luego en la práctica) de la dirección
o sentido de la determinación que constituye la propia relación social: o sea, a la
oposición a la subordinación del trabajo vivo al trabajo acumulado el
proletariado opone la subordinación del trabajo acumulado al trabajo vivo.
Aquí acaba la simple oposición al capital y empieza la conciencia comunista, la
conciencia que supera el modo de producción y de vida existente. Por supuesto,
no se trata de una inversión meramente teórica, sino simultaneamente práctica,
ya que solamente puede fijarse en la conciencia, convertirse en una fuerza
real, mediante la autoactividad espiritual y material del proletariado que se
libera de sus limites como clase dominada a través de la lucha.