2ª Parte: El desarrollo del proletariado como clase revolucionaria

 

 

1. LA TEORIA DE LA ARISTOCRACIA OBRERA Y DEL ABURGUESAMIENTO DEL PROLETARIADO.

  Aunque en nuestro artículo, y en lo que llevamos expuesto, utilizamos el concepto de "aristocracia obrera", esto no significa que converjamos con los que llamáis "teoría de la aristocracia obrera", cuyas raíces se hunden en el leninismo.

  No obstante, en tanto categoría científica del análisis del trabajo, el concepto de aristocracia obrera no es  invalidado por sus usos inadecuados. Por ejemplo, cuando hablamos de los obreros de Izar, el concepto es aún más adecuado, dado que, por las características relativamente tradicionales del sector no sólo se da el típico corporativismo y aburguesamiento obrero, sino que también se trata de un sector de elevada cualificación, de "obreros de oficio". O sea, en este caso coincide históricamente con las características esenciales que tenía la aristocracia obrera de fines del siglo XIX y principios del XX, cuando se extendió la utilización de este concepto entre las corrientes revolucionarias.

  Pero nosotros no somos ni teórica ni prácticamente partícipes de la llamada "teoría de la aristocracia obrera" o de la "teoría del aburguesamiento". Nosotros hablamos del "acomodamiento" de cierto sector obrero en el capitalismo, lo cual sólo conlleva un "aburguesamiento" dentro de ciertas condiciones específicas, en las que el nivel y condiciones de vida de la clase obrera son superiores a la reproducción estricta de su fuerza de trabajo, permitiendo un modo de vida que, desde el punto de vista del consumo, se sale del nivel medio del proletariado. De lo contrario, solamente podemos hablar de alienación ideológica. Es decir, que si bien la posición objetiva de la aristocracia obrera favorece el aburguesamiento, la posición del resto del trabajo garantizado no lo hace, aunque, igual que ocurre con la precariedad, el acomodamiento también se dea en el conjunto de la clase obrera en distintos grados. En realidad, el acomodamiento no es otra cosa que la expresión subjetiva de una ausencia de tensiones objetivas lo suficientemente fuertes, o acumuladas durante el tiempo suficiente, para que impulsen al proletariado a una lucha frontal contra el capital.

 

2. LA DIVISIÓN EN LA LUCHA Y EL DESARROLLO DEL PROLETARIADO COMO SUJETO REVOLUCIONARIO.

  El carácter revolucionario del proletariado reside en su condición social de clase, determinada formalmente por la posición social que ocupa en la relación de producción capitalista, y esencialmente por ser la parte activa (el trabajo vivo) de esta misma relación, es decir: trabajo alienado bajo la forma de capital variable. "En la relación entre capital y trabajo, el valor de cambio y el valor de uso están unidos entre sí" (Marx, Grundrisse).

  Por eso, el trabajo vivo, como valor de uso que crea valores de cambio en una magnitud excedente (plusvalor), no se opone inmediatamente, directamente, al capital en tanto valor de uso consistente en la apropiación de ese valor de cambio excedente (como subordinación del trabajo vivo al trabajo acumulado). Ambos son, considerados dentro del proceso de trabajo, solamente los dos términos de una misma unidad. En esto no reside, por tanto, su antagonismo, sino su identidad (como valores de uso que se intercambian como equivalentes: intercambio de la capacidad de trabajo vivo por trabajo objetivado), porque el trabajo vivo sólo puede actuar como parte del capital; esto es, ser trabajo alienado, subordinado, es su propia naturaleza. Igualmente, trabajo asalariado y capital variable se identifican en su relación inmediata como partes intercambiadas con valores (de cambio) equivalentes. Solamente en el curso del desarrollo de la relación del capital como proceso de valorización y acumulación, en el que el trabajo impago convertido en capital actua como un intensificador de la explotación del trabajo, se expresa, y lo que es más importante, se materializa el carácter antagónico de la relación. (Y esta materialización del trabajo excedente en la multiplicación del capital en funciones es, además, la parte última de todo el proceso, posterior a la apropiación del plusvalor).

  Dado que el valor de uso del trabajo y el valor de uso del capital (trabajo materializado: o sea, condiciones y medios del trabajo) consisten ambos, en el proceso de producción considerado no de modo estático, sino dinámico (no como reproducción simple, sino como reproducción ampliada), en un proceso de producción y acumulación de trabajo excedente, considerada en su movimiento real, dinámicamente, la relación del capital no es contradictoria e históricamente limitada por el hecho de la explotación (que tiene en común con los modos de producción anteriores), sino por el modo limitado en que necesariamente la desarrolla, y, en un sentido absoluto, por que al mismo tiempo suprime la necesidad material e histórica de la que emanan esas limitaciones (limites históricos que, inevitablemente por lo tanto, son reproducidos por la propia producción que se desarrolla bajo esas formas temporales de división social del trabajo -división en clases- y de distribución de la riqueza -la forma-valor, en su existencia primitiva como mercancía y dinero, y en su existencia desarrollada como trabajo asalariado, capital-).

  Al adoptar el punto de vista estático, por prescindir de la acumulación como elemento que determina/define la explotación en sus formas concretas, se retrocede a la asimilación del capitalismo como simple modalidad de la producción de mercancías, en la que la explotación se reproduce a una misma escala y, por consiguiente, sin conllevar al mismo tiempo su propia transformación.  Este es precisamente el modo en que aparece el proceso de trabajo inmediato, que es el momento de la identidad del trabajo con el capital. Solamente en tanto que el trabajo vivo engendra su propia negación, el trabajo muerto puesto como capital, entonces el momento de la identidad se revela en la realidad como una apariencia real, como un aspecto superficial y evanescente de la relación, y la esencia antagónica de la relación misma sale a flote, penetrando no sólo la conciencia proletaria sino también el propio proceso de trabajo inmediato, que se ve sometido a una degradación creciente.

  Entonces, el antagonismo de clases, el antagonismo trabajo-capital en su forma subjetiva, es solamente un resultado del proceso de la explotación, y no su mero reflejo subjetivo e inmediato en el tiempo. Es también el producto del desarrollo del capital, y no su punto de partida tal y como aparece inmediatamente en el proceso de trabajo. Esto es así porque el intercambio del trabajo vivo por trabajo materializado, o sea, el proceso del trabajo asalariado, y la transformación del plusvalor en capital en funciones, la acumulación, la autovalorización terminada, no coinciden en el tiempo.

 

  A partir de estas consideraciones también se comprende que existe una diferencia esencial entre las luchas según su nivel de desarrollo. En primer término, las luchas de clases en el modo de producción capitalista tienen como motor la necesidad de contrarrestar la acción de la ley del salario, tendente a reducirlo al mínimo vital por la acción de la competencia en el mercado de la fuerza de trabajo. Son luchas en las que la relación del capital en su forma particular e imediata -un capitalista o grupo de capitalistas particulares- no tiene un papel determinante, sino solamente ejecutivo y condicionante. En estas luchas la relación del capital no puede ser cuestionada en su esencia, sino que tan sólo se percibe bajo su forma exterior o apariencia, tal y como se manifiesta en el mercado. El modo de producción capitalista se identifica aquí con la competencia en el mercado. Los capitalistas particulares se aprovechan y pueden acentuar la ley de los salarios, pero esta es solamente un resultado determinado por el capital global, y su contrarrestación temporal a través de las luchas de clases no implica por sí misma, por consiguiente, la supresión del capitalismo ni un ataque a la existencia de los capitalistas particulares.

  En segundo término, en una fase más desarrollada, cuando el papel de los capitalistas particulares aparece directamente como un factor determinante de la degradación del trabajo asalariado, porque el desarrollo de la maquinaría, del capital constante, se ha convertido ya en una fuerza que se antagoniza con las condiciones de existencia del trabajo asalariado y la mejora de las condiciones de existencia del proletariado choca con la tendencia cada vez más acentuada al descenso de la tasa de ganancia (época marcada en su inicio por el comienzo de las guerras mundiales), entonces el antagonismo de clases adquiere la forma general de antagonismo entre el capital y el trabajo dentro del proceso mismo de producción. Pero aquí el capital es visto todavía solamente en su forma general y típica, la del capital privado (cuya forma subjetiva es el capitalista en tanto propietario privado de los medios de producción), y no se capta tampoco aún el trabajo asalariado mismo como esencia del capital. Esto da lugar a la identificación socialdemócrata entre el capitalismo de Estado y el socialismo, a la mistificación del antagonismo de clases en la oposición de la propiedad estatal a la propiedad privada (aquí, la propiedad privada es entendida no como relación real, sino solo como relación jurídica). Es el resultado de una concepción del antagonismo de clases como simple oposición entre el capitalista privado y el conjunto de la masa obrera. 

  Estas dos primeras fases de desarrollo de las luchas de clases y, por consiguiente, del movimiento proletario, se caracterizan pues por distintos niveles de confusión entre la esencia, la forma (interna) y la apariencia (o forma externa) del capitalismo. En el primer caso se confundía la forma externa, la competencia, con la forma interna, el capital privado, que a su vez era visto como la esencia del capital mismo. En el segundo caso se confunde la forma privada con su esencia, el trabajo asalariado, llevando a las concepciones gradualistas o revolucionarias sobre la transformación del capitalismo en socialismo mediante la estatización total de los medios de producción, o sea, a la socialdemocracia colaboracionista y al bolchevismo respectivamente.

  Solamente en la tercera fase, que se fragua en el declive del modelo de acumulación anterior, la relación del capital se revela en su esencia antagónica de modo cada vez más inmediato -aunque no completamente inmediato, puesto que esto equivaldría a una situación insostenible, a una polarización absoluta entre las clases-. Entonces se crean las condiciones inmediatas para una generalización de la conciencia revolucionaria, de la identificación del trabajo asalariado, la subordinación del trabajo vivo al trabajo acumulado, como esencia del capital, y se iluminan las experiencias de capitalismo de Estado, especialmente en el caso de la URSS (pero también las formas del "estado de bienestar" occidentales), como lo que realmente fueron: como mecanismos necesarios para la acumulación del capital que inevitablemente tenían que derrumbarse a causa de la agudización de la contradicción interna a que conducia el proceso mismo de la acumulación de capital y la consiguiente intensificación mundial de la competencia (la "globalización", si se quiere).

 

  En esta fase surgen luchas cuyo motor es cada vez más la necesidad de combatir los efectos inherentes y necesarios del desarrollo de la relación del capital misma, tanto en el dominio inmediato de las relaciones capitalistas particulares como en el proceso de producción y autovalorización globales del capital. La idea de Rosa Luxemburgo, de que existe una sola lucha, tendente a la vez a mejorar las condiciones dentro de la explotación y a suprimir la explotación misma, tiene que situarse por lo tanto en el marco definido por este análisis de las relaciones reales. La existencia de dos tendencias en la lucha de clases, una esencialmente reformista y capitalista, cuyo objeto es la regulación social del capital (sea reformista o revolucionaria), y otra esencialmente revolucionaria, que combate la relación misma del capital, es una división inherente al desarrollo contradictorio del capitalismo, más o menos salpicado -según la época- por las contradicciones entre el proceso de producción inmediato y el proceso de intercambio en el mercado, entre la reproducción de la fuerza de trabajo y la maximización del beneficio.

   En cada periodo, por lo tanto, pueden coexistir diferentes tipos de lucha según su desarrollo, y la fase de desarrollo del capital en que se enmarcan determina su carácter progresivo o reaccionario. El dinamismo práctico se opone, pues, a la rigidez de cualquier interpretación teórica, y la realidad activa se impone siempre a la conciencia pasiva, que tiende siempre a perder de vista el movimiento vivo de lo concreto. El automovimiento del capital global es lo que determina en última instancia las luchas de clases, y estas a su vez el desarrollo del capitalismo en sus formas particulares.

 

  La oposición entre el capital y el trabajo consiste en que "por una parte, el capital se opone al trabajo en tanto que valor de cambio, y por otra, el trabajo se opone al capital en tanto que valor de uso" (Marx, Grundrisse, ibid.).

  El valor de uso general del trabajo es el tiempo de trabajo total que materializa en la producción social, mientras que el valor de cambio que obtiene al ser intercambiado (por la parte del capital correspondiente al salario) equivale exclusivamente a la suma de valores de uso necesarios para la reproducción de su fuerza de trabajo. Esto significa que es la relación entre el trabajo pagado y el trabajo impago, entre trabajo necesario y trabajo excedente, lo que determina el grado de antagonismo entre el capital y el trabajo (y su predominio sobre la identidad), no el hecho de la explotación en si mismo (**).

  Por otra parte, el trabajo como valor de uso concreto se opone al capital, puesto que para el capital el valor de uso del trabajo no tiene nada que ver con su carácter concreto (con el valor de uso social concreto que el trabajo produce y la necesidad social que satisface), sino que se reduce a la producción de plusvalor. Por ello el capital tiene necesariamente que desarrollar la productividad del trabajo, esto es, incrementar el trabajo excedente a costa del trabajo necesario, aumentando la diferencia entre el valor de uso que produce el trabajo y el valor (de cambio) del salario que recibe (2).

  Resumiendo: 1º) es la contradicción entre el trabajo necesario y el excedente, que adopta las formas de contradicción entre el salario y la plusvalía, entre la maquinaria y la valorización, o entre el acrecentamiento general del trabajo excedente y sus limites (entre ellos, la lucha de clases), la que hace que la posición revolucionaria del proletariado en el modo de producción capitalista pase de la posibilidad a la necesidad, de su existencia potencial a su desarrollo real. Y, 2º) el proceso de desarrollo natural del capital, el capital en tanto proceso de acumulación, conduce necesariamente, con el desarrollo de la productividad del trabajo, de las fuerzas productivas, a desarrollar también el antagonismo de clases latente en la contradicción anterior, junto con la contradicción misma en su aspecto objetivo -entre la elevación de la tasa de ganancia y el valor del capital ya acumulado-.

  La esencia antagónica de la relación, el enfrentamiento entre el trabajo y el capital, es llevada a su existencia empírica; se hace visible, se materializa en la inmediatez del proceso de trabajo y de la vida social.

  Por lo tanto, el proletariado no tiende inherentemente a constituirse en sujeto revolucionario y a actuar de modo revolucionario, sino solamente sobre la base de determinadas condiciones sociales y determinada tendencia evolutiva de las mismas: cuando el desarrollo del capital solamente puede perpetuarse degradando, de modo permanente y en términos absolutos, el trabajo asalariado, y con el conjunto de las condiciones de vida del proletariado.(#)

  El proletariado es esencialmente la negación de la propiedad privada, es una clase despojada de la propiedad sobre los medios de producción de su vida; pero el desarrollo de esta potencialidad solamente puede ocurrir en la medida en que la relación del capital deja de ser socialmente productiva, y deja de corresponder a los intereses del desarrollo de las fuerzas productivas (entre ellas, el proletariado mismo) y de la sociedad en general. Es entonces cuando las cualidades revolucionarias del proletariado, antes abstractas, vacías de contenido, se concretan, adquieren un contenido adecuado a su esencia (o sea, a la negación de la propiedad privada y con ella del capital -que es su forma histórica dominante en la época burguesa-, del Estado, de la familia, de la ideología y de todos los rasgos limitantes de la sociedad de clases). Dicho de otro modo, el proletariado sólo puede actuar como clase de un modo permanente y desarrollarse en sentido revolucionario cuando confluye el antagonismo de clases con un agravamiento progresivo y continuo del mismo. Solo entonces el proletariado se constituye en clase, y la durabilidad de su constitución, así como el carácter revolucionario de la misma, dependen del curso de ese antagonismo.

  El antagonismo ascendente entre el capital y el trabajo es la tendencia predominante en la época actual, pero opera con discontinuidades en su progresión, aún con periodos significativos de calma relativa que suceden a las ofensivas del capital y a las tentativas de resistencia o contraofensiva proletarias. De este modo, la tendencia revolucionaria objetiva no tiene aún la suficiente intensidad para llevar a una aceleración constante del desarrollo revolucionario del proletariado como masa, lo que  depende además de los propios resultados de sus luchas, en tanto afectan a la celeridad de esta revolución (ruptura con el reformismo y ascenso como movimiento revolucionario) y a la elevación positiva de la conciencia de clase revolucionaria. Por esta razón no es posible actualmente ver en las luchas en general una tendencia revolucionaria consciente y, por la misma razón, una tendencia a la lucha como clase, esto es, unitaria.

  La tendencia revolucionaria se desarrolla todavía de modo larvado en la subjectividad obrera (***), por detrás del desarrollo objetivo de la decadencia del capitalismo y del consiguiente antagonismo de clases. Por eso las luchas solamente pueden, en general, adoptar todavía formas externas reformistas, aunque para conseguir mejoras muy limitadas y no duraderas la clase obrera se vea obligada a utilizar métodos de lucha salvajes y formas de organización autónomas, es decir, a actuar como contrapoder independiente frente al poder del capital (situaciones embrionarias de doble poder).

  El desarrollo objetivo de estas luchas solamente se traduce, durante largos periodos, en simples desarrollos de la conciencia inmediata; la esencia y la potencia revolucionarias de estas formas de lucha solamente será comprendida por sus propios sujetos una vez comprendan, con mayor o menor claridad, la necesidad de suprimir el capitalismo, la necesidad de un combate permanente. Mientras, la clase revolucionaria actuará pero no pensará como tal. Y en esto mismo radican sus debilidades. Por la misma razón, mientras no desarrolle su fuerza y su conciencia como clase, como un todo cohesionado frente al capital, ni siquiera las luchas más combativas actuales, cuyo motor es la precarización, pueden abordar cuestiones que trascienden sus relaciones inmediatas con el capital.

  En el caso de los complejos naval o petroquímico, por ejemplo, todos los trabajadores y trabajadoras precarios son empleados conjuntamente por el capital central, formalmente con la mediación de otros capitales (forma que implica una diferencia relativa de contenido). Esta es su relación real y común, a pesar de pertenecer a empresas diferentes. Pero en su aspecto inmediato esta relación solamente es común en la medida que está marcada por rasgos idénticos, es decir, en que determina un contenido más o menos idéntico de la relación económica: sobreexplotación y precariedad. Por esta razón los obreros precarios tienen su propia dinámica de luchas y los obreros garantizados otra distinta. Esto no afecta necesariamente a su solidaridad y unidad recíproca, pero, como hemos analizado, tal solidaridad está objetivamente desincentivada por parte de los mejor situados, y, consecuentemente, tiende traducirse en división.

  La superación de estas dificultades solamente se convertirá en una necesidad objetiva cuando los periodos de agudización de la crisis estructural del capitalismo, periodos de descenso tendencial de la tasa de ganancia, hagan que la ofensiva del capital sea realmente uniforme contra la mayoría abrumadora de la clase obrera. Entonces tod@s tendrán que unirse para luchar. La división es una debilidad objetiva frente al capital, pero su resolución no es por desgracia una cuestión teórica, sino preeminentemente práctica. Esto ocurre así porque vivimos en un mundo alienado en el que la esclavitud asalariada engendra la conciencia alienada y pasiva correspondiente a la subordinación del trabajo vivo al trabajo muerto, al capital.

  Aún así, l@s obrer@s precarizad@s son necesariamente el motor del desarrollo revolucionario de la clase, a pesar de que esto no se traduzca necesariamente (de momento) en un incremento del número de las luchas y de los avances materiales logrados por las mismas.

 

3. LA TENDENCIA REACCIONARIA (RELATIVA) DE LAS LUCHAS DEL PROLETARIADO GARANTIZADO.

  Las luchas de los sectores garantizados o con posiciones estratégicas de sector, etc., son luchas tendencialmente reaccionarias, porque tienden a defender posiciones reformistas cuya realización tiene como base necesaria la precarización y degradación del trabajo de otros. Esto es necesariamente así, aún cuando no sea visible directamente. Igual que la especulación comercial sustrae plusvalía de unos sectores hacia otros, sin aumentar por ello directamente la explotación del trabajo, en este caso se altera la distribución de la explotación del trabajo (sin aumentarla directamente). Toda causa tiene su efecto y toda acción produce una reacción inversa en la economía mundial.

  Solamente cuando son luchas unitarias, o luchan realmente por serlo, se puede anular este carácter determinado por la división social del trabajo. Pero en la mayor parte de los casos se trata de luchas profesionales o sectoriales, bastante sindicalizadas, y con una tendencia corporativa. La cuestión, entonces, es que superar estos limites es, en la práctica, su problema, no el nuestro, el de l@s precari@s; únicamente ell@s pueden cambiar la dinámica de sus luchas, dado que no se trata de una mera cuestión ideológica. De hecho, son las luchas de los sectores precarios las que salen más perjudicadas por esta división, y no las suyas.

  El ejemplo de los trabajadores de grandes empresas en los países occidentales que tienen mejores condiciones laborales que los de las mismas empresas en países subdesarrollados es la expresión más evidente del fenómeno de la distribución desigual de la explotación.

  Pero, no obstante, decir que ciertas luchas son tendencialmente reaccionarias quiere decir también que estas luchas tienden a favorecer la persistencia de la conciencia y los métodos reformistas entre la clase obrera. No sólo tienen un espíritu corporativo insolidario en la práctica, sino que también se encuadran en el capitalismo. No sólo tienden a provocar un incremento en la explotación ajena (en las partes subordinadas del proceso de producción en su conjunto)(3), aunque sea indirectamente, sino que también alimentan esta división al fortalecer el sindicalismo: las memorables luchas unitarias de los 70 quedaron atrás cuando cambió la anterior composición del proletariado.

  Esta última tendencia, políticamente reaccionaria, solamente se superará cuando el agravamiento crítico de sus propias condiciones conduzca a una radicalización a la vez que a la unificación de la clase como tal.

  Por supuesto, estos dos aspectos reaccionarios de las luchas del proletariado acomodado, económico y político-ideológico respectivamente, sólo son relativos. Las conquistas que obtienen son un ejemplo para el conjunto de la clase, y también favorecen subjetivamente el no retroceso de las condiciones generales. Solamente son reaccionarias en un sentido absoluto las luchas de los sectores abiertamente privilegiados, las luchas de la aristocracia del trabajo, y son estas las que más manifiestan las dinámicas corporativistas y conscientemente colaboracionistas. Estas no son ya luchas por mejoras dentro de la dinámica general de degradación, sino más bien luchas por conservar y ampliar privilegios ya adquiridos por parte de unos sectores que están más fuera que dentro de la dinámica regresiva general. De aquí (junto con los sectores pequeñoburgueses) proceden la mayor parte los defensores del movimiento obrero "a ultranza", de la reacción socialdemócrata en el marco de la radicalización tendencial del proletariado, de los agitadores del "sindicalismo combativo", de los representantes de las viejas tradiciones "revolucionarias" como el bolchevismo y el anarcosindicalismo.

  Con esto creemos dejar bastante claro el alcance y especificidad de nuestra crítica a los obreros de Izar, y a todos los elementos similares que pretenden representar los intereses de la clase obrera y que se autodenominan como "movimiento obrero" cuando lo correcto seria decir "movimiento capitalista de obreros", como hacía Paul Mattick.

  Como vemos, la división creada por el capital se transforma en un factor activo en la configuración del movimiento proletario, nos guste o no.

 

4. LA DIVISIÓN NO ES UN PROBLEMA IDEOLÓGICO, SINO PREEMINENTEMENTE PRÁCTICO.

  La importancia práctica de las divisiones del proletariado, históricamente una constante, no viene dada por su influencia ideológica, sino que, más bien, esa influencia ideológica está determinada por el papel de estas divisiones en el modelo de acumulación del capital.

  Lo que nosotros analizamos es que la división entre el trabajo precarizado y el garantizado, que no se reduce a la división jurídica formal entre trabajo temporal e indefinido, tiene en la fase actual de desarrollo del capitalismo un papel fundamental en la rentabilidad del capital, contrapesando la sobreacumulación de capital en funciones (o sea, invertido en maquinaria y materias primas) en relación con el total de obreros empleados y el trabajo excedente que proporcionan (que determina un plusproducto y un plusvalor).

  Este papel es fundamentalmente económico, pero también tiene sus repercusiones en el plano político e ideológico, posibilitando el mantenimiento de un sector más o menos separado de la agudización permanente del antagonismo de clases, o, mejor dicho, lo suficientemente separado como para actuar como cortafuegos a las explosiones inevitables que provoca la degradación del trabajo, como un bloqueo a su extensión y como un freno a su radicalización (pues ambos aspectos, la radicalización y la extensión de las luchas, están determinados en su base por la correlación de fuerzas dentro del proceso social de autovalorización del capital).

  Además, el sector de trabajo garantizado más próximo a la precarización absoluta actúa a nivel global como un elemento social distensor entre la polarización existente entre la aristocracia obrera y el proletariado precario, y lo mismo en tanto existe en el marco del proceso de producción(4). Por otra parte, el capital también necesita contener la presión de la propia aristocracia del trabajo, por ejemplo introduciendo la temporalidad estratégicamente para refrenar las luchas (lo que puede verse muy bien en la sanidad, la administración y la enseñanza públicas).

  Por tanto, los primeros interesados objetivamente en buscar la unidad son l@s obrer@s precari@s, y si esto no prospera no es por su voluntad de luchar únicamente por sus intereses particulares inmediatos, para lo cual en muchos casos ni siquiera son apoyados por los sindicatos (cuyos núcleos y fuentes de financiamiento radican de modo predominante en toda la maquinaria sindical levantada sobre el trabajo fijo en las empresas centrales); es la misma dinámica de acomodamiento y sindicalización, en que están envueltos prácticamente l@s trabajadores/as garantizad@s en general, lo que les impide hasta ahora reaccionar autónomamente y cuestionar realmente las tendencias corporativas y colaboracionistas de los sindicatos. Así, por ejemplo, en el caso de Puertollano, podemos estar de acuerdo en que el papel de los sindicatos pueda ser en última instancia lo determinante en la división de los trabajadores (suponiendo que la posición económica y laboral del grueso de la plantilla de Repsol no sea especialmente privilegiada), pero de ningún modo en el caso de las luchas de los obreros de auxiliares en Izar-Fene e Izar-Ferrol. Aquí vemos prácticamente las diferencias de actitud entre el trabajo garantizado en general y la aristocracia obrera en particular.

 

5. EL PAPEL ACTIVO DE LOS SINDICATOS EN LA DIVISIÓN DE L@S OBRER@S.

  Los sindicatos, y no sólo el capital, promueven activamente la división entre el proletariado para su propia estabilidad y supervivencia. Tienen que controlar las luchas para que no se salgan de los limites asumibles por la rentabilidad del capital, o sea, por la economía capitalista. Esto es así por su integración a todos los niveles con el binomio Capital-Estado, conformando lo que nosotros llamamos la Fábrica-Estado: una forma de la dictadura del capital que comprende todos los aspectos de la vida social del proletariado y que se caracteriza por su carácter abiertamente represivo: represión en las fábricas, represión en las calles, represión ideológica contra cualquier cuestionamiento del orden capitalista presente. Directamente la fábrica actua como Estado y el Estado como fábrica, integrando y compartiendo sus funciones respectivas de incremento de la explotación y represión de la lucha de clases.

  En este marco se inscribe la fase actual de la integración de los sindicatos con el capital. La ofensiva capitalista no sólo requiere una dominación global de la sociedad, requiere también de la represión permanente, y para ello le es imprescindible un aparato de dominación de las luchas obreras que aparezca ante los obreros como una organización de clase: los sindicatos.

  El que los sindicatos más "radicales" no sean conscientes de su papel y de sus tendencias a la integración no los exime de este marco. La pluralidad sindical es una condición necesaria del mejor cumplimiento de su función, puesto que en realidad esta pluralidad, o sea la competencia entre los sindicatos, no es independiente del capital; el capital se garantiza una estabilidad mínima, o sea un cierto monopolismo sindical, mediante la integración económica con la patronal y el Estado de los sindicatos "mayoritarios". La pluralidad en el parlamentarismo laboral no se diferencia de la pluralidad en el parlamentarismo estatal.

  El extremo de la contradicción entre la esencia capitalista de los sindicatos y su apariencia obrera son los militantes sindicales "críticos", que pretenden "transformar los sindicatos", y cuyo papel, junto con los sindicalistas "radicales" y "obreristas", consiste en recuperar a los elementos más combativos de la clase para reencuadrarlos en las prácticas encuadradas en el sistema y utilizarlos como engranajes de la máquina sindical.

  Los sindicatos "radicales" tampoco tienen otra opción, a no ser autodisolverse como tales. Si no se someten al capital serán destruidos, del mismo modo que son reprimidas las luchas obreras.

  Por otra parte, los sindicatos no sirven para desarrollar la autonomía y la autoactividad de la clase, el único modo de quebrar el estado de alienación que la adormece: incluso los más democráticos o radicales tienen que degenerar o perecer, puesto que su fundamento es la afiliación indiscriminada, no el agrupamiento de los proletarios conscientes, que finalmente se convierten necesariamente en una minoría. Es esta afiliación indiscriminada, combinada con el papel representativo inherente a los sindicatos, lo que produce necesariamente la burocracia: la burocracia es la única forma de representación y organización que pueden adoptar los individuos que se unen para defender sus intereses particulares como tales, no porque comprendan y para llevar a la práctica su comunidad social de intereses. En contraposición a los sindicatos, la organización autónoma se basa en esta comunidad de intereses consciente, sean intereses puramente inmediatos o más a largo plazo. Esta es la esencia de la autonomía obrera, no la democracia "directa", ni siquiera la autoorganización formal. Es la lucha consciente como clase.

  Los éxitos y la continuidad de las divisiones del proletariado tenemos que agradecerselos en gran medida a los sindicatos, pero no obstante también a la propia pasividad de los obreros concretos, a su adormecimiento. Porque, aunque este sea inevitable hasta cierto punto, es necesario comprender la necesidad de crear los medios para superar este estado, para combatir este estado más allá de las luchas inmediatas, de un modo permanente. Para ello es necesario organizar núcleos obreros autónomos sobre la base de este convencimiento, no basta con formar tendencias o grupos revolucionarios "politizados". Un ejemplo de esto lo tenemos en las uniones obreras y organizaciones de fábrica alemanas en los años 20 o en los núcleos formados en torno a las primeras comisiones obreras. La permanencia de estos grupos dependerá efectivamente del desarrollo de la decadencia del capitalismo, pero su importancia no reside tanto en su continuidad como en su capacidad para acelerar el desarrollo del conjunto de la clase y en especial de sus elementos de vanguardia. Todo el trabajo político que podamos hacer durante el presente dará sus frutos en el futuro.

  Este es el modo en que los grupos revolucionarios podemos desarrollar nuestro papel, en una época en la que lo determinante para la superación del viejo movimiento obrero es el desarrollo revolucionario-comunista de la subjectividad proletaria, y, por lo tanto, de la organización como clase. Para ello, para la autoliberación del proletariado, necesitamos desarrollar un amplio trabajo teórico, formar corrientes revolucionarias, pero lo más importante es lo anterior, o sea, el trabajo práctico en los procesos concretos de la lucha de clases.

 

6. EL CIERTO PELIGRO DE LAS SOLUCIONES ERRÓNEAS AL PROBLEMA DE LA DIVISIÓN.

  Nosotros defendemos la unidad de clase como objetivo de las luchas del proletariado precarizado, pero no defendemos como un objetivo inmediato la unidad con sectores privilegiados ligados estructuralmente al viejo movimiento obrero. Aquí, en todo caso, el objetivo inmediato ha de ser la solidaridad, una unidad mediada, una cooperación limitada por la independencia orgánica de las luchas. Reivindicar inmediatamente la unidad con estos sectores sería, además, una táctica errónea, porque contribuiría a acentuar y reforzar las dependencias del sindicalismo que subsisten en el conjunto de la clase.

  En el caso del naval, como mencionamos brevemente en el artículo anterior, la separación de las luchas de los obreros de auxiliares no es el punto de partida sino más bien el resultado de las luchas unitarias contra las reconversiones y por salidas a la crisis del sector naval (aquí acentuada por las limitaciones a la producción impuestas políticamente). Ha sido en la experiencia de las reconversiones y de la crisis como se han formado núcleos combativos en las empresas auxiliares (que, entretanto, crecían) distanciados de los sindicatos. Este es el ejemplo práctico de por qué esta división no se puede abordar, en general, de modo tan simple como lo exponéis en vuestro artículo sobre Puertollano (ver número anterior de vuestro periodico).

  Además, si estamos de acuerdo en que la unidad solamente será posible alcanzarla fuera y contra los sindicatos, entonces se deduce de modo evidente que los sectores sindicalizados tradicionales se autoexcluyen, en la práctica, de esa unidad, o que, si se incluyen, constituyen un factor debilitador y recuperador de las luchas, un inhibidor de su desarrollo en sentido revolucionario. Evidentemente, puede pensarse que, sobre la base de la autonomía del sector más combativo, pueden acoplarse sectores incluso activamente sindicalizados (más aún si son una minoría), pero esto sería presuponer que existe una autonomía consciente y sólida del proletariado precarizado, en lugar del proceso difuso y contradictorio, debilitado por la discontinuidad temporal entre las luchas, que es lo que existe en realidad, y que solamente podrá superarse con la maduración del sentido organizativo y de independencia del proletariado. Y esta debilidad puede muy bien esconderse bajo reclamos de solidaridad y unidad, aceptando el encuadramiento sindical y legalista, y llevando a su propia derrota o a caer bajo las traiciones sindicales (ahí tenemos el acuerdo de los sindicatos sobre el plus industrial en la última huelga de Puertollano).

  Para nosotros, pues, la división constituye una precondición de las luchas, una determinación que afecta a su forma de desarrollo aunque no esencial y necesariamente a su contenido. Las luchas se desarrollan por separado, y, en este sentido, tiende ciertamente a haber dos luchas, pero sus contenidos son perfectamente unificables. Aunque, eso si, llegado un punto esta unidad solamente puede desarrollarse mediante luchas salvajes, puesto que el combate contra la prolongación de la jornada laboral y por salarios progresivos solamente puede desarrollarse victoriosamente por estos medios, fuera del encuadramiento del sistema. Esto se manifiesta no sólo a través de huelgas salvajes en sentido estricto, sino también en la intensificación de la violencia y la represión durante los conflictos. De este modo, por ejemplo, está claro por qué luchas como las de las auxiliares del naval que os relatamos no pueden desarrollarse unitariamente dadas las condiciones, y priorizar la unidad sería condenarlas al fracaso.

  Pero la división no es una condición intrínseca al movimiento proletario ni a las luchas obreras: su desarrollo implica necesariamente la superación de la división, y este desarrollo está sujeto a la dinámica objetiva del capitalismo.

 

7. LAS MISTIFICACIONES EFECTUADAS POR LOS SINDICATOS Y LA CENTRALIDAD DEL PROLETARIADO PRECARIZADO.

  La división de la clase se expresa en la asunción de reivindicaciones promovidas por los sindicatos como las 35 horas, etc., en un contexto de extensión general de la jornada laboral. Aquí vemos quien es la base social de los sindicatos y que, aún no apoyandolos activamente en muchos casos, sí se amoldan al sindicalismo y la representación sindical. En cambio, para la mayoría de los trabajadores conscientes esa reivindicación de las 35 horas es ridícula o ilusoria, y sería sólo eso si no fuese porque se trata de un intento de manipulación sindicalista-corporativista, de otro lavado de cara más. Lo mismo ocurre con la famosa oposición de los sindicatos a las reformas laborales. En el alcance de las traiciones de los sindicatos, de su aceptación de las reformas capitalistas, está presente también en buena medida el factor corporativo de su base social más activa, de modo que se descarga el peso de las reestructuraciones pactadas sobre los sectores más precarizados y, por tanto, menos importantes para los sindicatos.

  La elaboración de un programa unitario y concreto de lucha tiene que partir de las reivindicaciones del proletariado precario, no de los sectores acomodados. Porque sus condiciones de existencia son la base sobre la que se levanta la explotación global, y porque el es el auténtico motor de la lucha contra esta base: sus luchas se dirigen necesariamente a socavar de modo directo la acumulación del capital. Y esto no está tan lejos como parece, lo hemos visto en Ferrol: la lucha simultanea contra las horas extras y contra el descenso de los salarios se ha presentado ya embrionariamente, y su consecución significa de modo necesario el ataque directo a la elevación presente y futura de la tasa de beneficio, la inviabilidad del capitalismo. La consecución de este objetivo proletario constituiría la demostración práctica de la declinación histórica del capital como modo de producción, como forma económica y como clase. Estas son las luchas que avanzan, conforme a la necesidad histórica, hacia la posibilidad real del comunismo.

 

8. ¿EXISTEN DOS LUCHAS? LOS ERRORES DE VUESTRA CRÍTICA DE LA TEORÍA DE LA ARISTOCRACIA.

  Aunque estamos de acuerdo con vosotros en que no existe ninguna división irreconciliable dentro del proletariado a largo plazo, sí que existe en cambio dentro de situaciones y períodos determinados. Este es precisamente el sentido de la cita de Engels que mencionáis: "Cuando se derrumbe el monopolio, la clase obrera inglesa perderá su posición privilegiada... sin exceptuar la minoría privilegiada y dirigente"(5).

  La teoría de la aristocracia obrera toma a este sector como causa permanente de la división del proletariado, o bien como una causa importante de la permanencia de la misma. Pero no se puede caer, por oposición, en una teoría de la uniformidad de la clase, en la teoría de una unidad intrínseca (metafísica) de la clase, que es a donde pensamos conducen vuestros razonamientos.

  Así se cae también en una visión estática y sociológica: se afirma la unidad para negar la oposición, viendo a la clase como estática en su movimiento interno (y el movimiento implica contradicción), y se considera la clase como conjunto de individuos determinados por sus relaciones sociales en la producción, no en función de su actividad real como tal clase. Estos puntos de vista solamente son válidos cuando se trata de una autoafirmación del proletariado que actúa como clase en la lucha real, y corresponden entonces a las necesidades y a la experiencia efectiva: hay que mantener la unidad conseguida y ampliarla, y hay que reafirmar el carácter de clase y la independencia de la lucha.

  Pero dado que la situación real es, en general, otra muy distinta, estas posiciones se vuelven incorrectas. Estos posicionamientos podían estar vigentes en la época anterior, cuando esta división no existía en su forma actual o solamente estaba empezando. Pero, desde hace dos décadas, se han vuelto totalmente inadecuados. Es necesario recobrar la perspectiva dialéctica: todo tiene su contrario, y los opuestos se alternan en movimientos ascendentes y descendentes; lo que hoy es cierto mañana se vuelve su contrario, y pasado recupera su verdad a un nivel más amplio; ayer reinaba la unidad, hoy la división, y mañana construiremos una unidad aún más fuerte porque será el producto de la superación consciente de aquella división.

  También hay que retomar el criterio de la praxis, considerar la actividad social, y las luchas de clases en particular como formas vivas de la praxis, de la unidad de teoría y práctica, de pensamiento y acción; considerar la unidad de lo subjetivo y lo objetivo, como condiciones de la realidad o efectividad de la praxis.

  La clase obrera solamente existe como tal de modo efectivo cuando se organiza y actúa como clase (****). En este sentido, más profundo, la clase obrera no está dividida, sino que ciertos sectores, que sociológicamente pertenecen a la clase (y aquí la sociología será materialista, pero no deja de ser sociología porque no capta la contradicción dinámicamente), no forman parte de su movimiento real, de su unidad real. No existen dos tipos de luchas del proletariado como clase: existe una sola lucha proletaria que encarna la unidad real y otra lucha alienada que encarna la división propia de la sociedad capitalista (en la que la unidad es sólo una identidad inmediata como parte del capital): las divisiones por categoría, por rama, por cualificación, y para el caso, aún más importante, por situación laboral.

  Si la idea de que existe una división inmanente a las luchas proletarias en cierta fase de su desarrollo, a causa de las condiciones capitalistas que las determinan y condicionan, es correcta, entonces tiene que ser expresión de una contradicción interna en el propio movimiento real, y, en la medida en que pasa de una fase a otra, esta división inmanente tiene que alterarse. El cambio que se produce desde las luchas de los 60-70 (y que ya se anunciara en los movimientos revolucionarios de izquierda por los consejos obreros en Europa durante los años 20, especialmente en Alemania) define la sucesión de estas fases hasta ahora como:

  1º) unidad falsa y ruptura con los restos del viejo movimiento obrero, representado en las luchas por los sindicatos y la "unidad sindical";

  2º) separación y división de las luchas, siendo solamente una la que encarna y construye una verdadera unidad, pero una unidad que no supera la ruptura todavía;

  3º) unificación superior de las luchas concretas, llegando a una superación de la separación inicial. Esta última es nuestra tarea para el futuro próximo.

  Actualmente estamos sólo en la segunda fase. Esto puede verse en casi todas las luchas de los sectores precarizados de la clase, con distintos grados de separación y de claridad de conciencia.

  Pero no deben confundirse forma y contenido, lo que llevaría a ver estadios de desarrollo más atrasados como superiores a los más avanzados. Esto depende de tener un análisis claro de la dinámica y dirección de avance, de la necesidad de la ruptura y unidad superadora del movimiento obrero. La tendencia a la unidad con los sectores más acomodados de las luchas incipientes del proletariado precarizado no tiene nada que ver con una búsqueda consciente de esa unidad sobre la base de un contenido progresivo. La apelación a la unidad y la solidaridad en estas luchas expresa su debilidad y no su fortaleza, y el respaldo a este espíritu dependiente por parte de grupos organizados solamente sirve para mistificar la situación, evaluar de modo engañoso las posibilidades reales del movimiento, impedir que los obreros tomen conciencia de sus errores y no proporcionar elementos de conciencia práctica y teórica que puedan ayudar a acelerar ese proceso.

  En las luchas avanzadas actuales la unidad tiene que aparecer como un objetivo subordinado a la consecución del contenido espontaneo de la lucha, de tal modo que se abre una maduración en lo que respecta a la necesidad de independencia organizativa respecto de los sindicatos y de los mecanismos de representación que no emanen directamente de las asambleas obreras. Aquí es cuando empieza realmente la autonomía de clase. Pero, incluso esto, aún no significa que se haya superado completamente la dependencia de los sindicatos y de los mecanismos de negociación, así como que se haya formado una conciencia anticapitalista. Las concepciones sobre la organización de la lucha y sus objetivos siguen en el terreno de lo inmediato.

  Estas son las características de las luchas avanzadas en la actualidad, y, por lo tanto, queda un largo y difícil proceso hacia la recomposición de la unidad general fuera de la unidad alienada propia del reformismo. La negatividad, el antagonismo, es nuevamente el motor de la revolución, no la crítica ni el "positivismo" en la valoración de la situación y de las luchas. En un orden esencial: no es que las luchas y su desarrollo sean una necesidad para la revolución, sino que son las luchas y su desarrollo en sentido revolucionario lo que constituye el resultado de la necesidad misma de la revolución (que es el producto en desarrollo del capitalismo decadente), de la necesidad histórica. La autovalorización del proletariado como sujeto autónomo de la transformación social solamente puede realizarse a través de divisiones internas, que expresan, al mismo tiempo, el hecho ampliamente contrastado en la historia de que la contradicción existente entre la conciencia proletaria y la realidad social capitalista se desarrolla siempre de modo desigual y combinado dentro de la clase obrera.

 

9. NO EXISTE NINGÚN MARCO DE LUCHA UNITARIO Y COLECTIVO PREVIO A LA PROPIA LUCHA.

  Los obreros no son "víctimas de la explotación" porque se sitúen "fuera del marco unitario y colectivo de la lucha y la conciencia de clase", como vosotros decís, sino que están fuera de ese "marco" a causa de las propias condiciones de explotación que constituyen la forma concreta de la dominación del capital sobre el trabajo.

  El combate contra estas condiciones es un combate contra el dominio del capital en su forma concreta, y esto significa que las luchas tienen que desarrollar, simultáneamente al combate, la conciencia necesaria para combatir esa dominación. No existe ningún "marco unitario y colectivo de lucha" previo a las luchas, como tampoco una conciencia plena del contenido real de las luchas, sino que el marco de lucha y la dinámica de la lucha son el producto de la lucha misma en su devenir efectivo. Al principio solamente existe el marco del antagonismo con el capital, como los complejos de producción, pero esto no determina una unidad en el plano del trabajo, sino que es la unidad en el plano de la valorización del capital.

  Es en la lucha misma, así como en los procesos que la preparan, que se van conformando y evolucionando la unidad y la conciencia colectiva del antagonismo contra el capital, alcanzando nuevos niveles de amplitud, profundidad y generalización. La idea de que existen ciertos patrones predeterminados en los que se mueven las luchas de clases, más allá de las determinaciones derivadas de las propias relaciones capitalistas y del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas (que no determinan la unidad, sino que crean una unidad del trabajo, una cooperación del trabajo, exclusivamente en relación al capital, alienada), es para nosotros completamente falsa, es una concepción ideológica de la realidad.

 

10. LA IGUALACIÓN POR DEBAJO NO SUPRIME LAS DESIGUALDADES DE PARTIDA.

  Aunque "con el desarrollo y agravamiento de la crisis del capitalismo se produce una igualación por debajo de las condiciones de vida de todos los sectores de la clase obrera", las condiciones desiguales no dejan de ser el punto de partida y de determinar diferencias importantes de contenido.  

  El que las posiciones del trabajo garantizado en su forma anterior, propias del modelo de acumulación caracterizado por las grandes fábricas y el capitalismo de Estado (si se quiere "Estado de bienestar"), "son 'privilegios' cada vez más minoritarios", cuyo carácter es "temporal y transitorio", no exime que: 1) esa minoría tenga un papel relevante en el desarrollo de la lucha de clases, como polo reformista y oportunista de la clase; 2) que con el avance de la precarización general del trabajo, o sea, de la degradación y flexibilización en el tiempo (temporalidad) y en el espacio (movilidad), las categorías mismas de lo que hoy entendemos como trabajo garantizado y trabajo precarizado evolucionan en la realidad, de modo que no se trata de si existen unas u otras diferencias, sino de la persistencia de esta división social del trabajo y del grado de desigualdades que suponga para las condiciones de existencia de los proletarios. Por lo tanto, la forma exterior en que se realize la distribución de la explotación, tampoco afecta a su función clave en la organización social de la acumulación capitalista.

  La continua relativización de las garantías laborales, lo mismo que la absolutización de la flexibilidad, son tendencias generales, que no afectan sólo a una parte de la clase, sino al conjunto (con excepción de la aristocracia obrera tradicional, para la cual estas medidas no pasan de "rozar" sus intereses). Por consiguiente, la relativización de las garantías laborales para el trabajo estable va acompañada también del incremento de la flexibilidad para el trabajo temporalizado, con lo cual la degradación afecta al conjunto pero las diferencias se mantienen. Que las reformas capitalistas, del mercado de trabajo y de la legislación socio-laboral, que cubren estos aspectos, no coincidan en el tiempo, o que una parte se incremente más o menos respecto a la otra, no afecta a esa cuestión. Las proporciones entre el trabajo temporal y el estable, así como el grado de precarización general, vienen determinados por las características de los procesos productivos concretos y de la estructura económica de cada país o área geo-económica, que corresponde a la posición que ocupa en la división internacional del trabajo.

  Así, en definitiva, la "inseguridad en el puesto de trabajo, los despidos en masa, etc." no sólo afectan al trabajo garantizado, sino que también vienen a agravar las consecuencias del ya precarizado, con lo cual toda esa argumentación de la "igualación por debajo" no es válida ni aporta nada, es más pretenciosa que científica. Los cambios cuantitativos no alteran, por si mismos, las diferencias cualitativas. La transformación de la cantidad en calidad implica un cambio del orden o estado general, y esto no se produce con "igualaciones" a partir de la desigualdad, requiere la supresión radical de la desigualdad en su punto de partida.

 

11. LA LUCHA CONTRA LA PRECARIZACIÓN Y LA CENTRALIDAD DEL PROLETARIADO PRECARIO.

  No obstante, lo que si hay que afirmar es que, dado que la precarización tiende a afectar al conjunto de la clase, la lucha contra la precariedad en sentido amplio ha de definir a las luchas actuales, delimitando su grado de evolución, marcando las diferencias de conciencia entre los distintos sectores de la clase. Por supuesto, la lucha contra la precariedad no se reduce, ni necesariamente se centra, en el problema de la temporalidad, sino que comprende múltiples cuestiones ligadas a la misma y que suponen la precarización de las condiciones de vida de los proletarios: el coste de la vivienda, el tiempo y el coste del transporte, la compensación de la temporalidad con el incremento de los salarios, y por supuesto la lucha contra la prolongación de la jornada y por la mejora de las condiciones de seguridad en el trabajo, etc., etc..

  Mas la defensa de la centralidad del proletariado precarizado no tiene que ver con la idea de que "cuanto peor, mejor". El empobrecimiento, las jornadas laborales agotadoras, las dificultades de la vida cotidiana, son fuerzas que se oponen al desarrollo del movimiento proletario y de las luchas. No obstante, en cierto grado, son la condición que las impulsa. Pero más allá de cierto grado la cantidad se transforma en calidad, y la pauperización extrema, el aislamiento en el paro, la ultraprecarización creada por las ETT, transforman en la práctica al proletariado potencialmente revolucionario en un lumpemproletariado que, aún siendo obrero, es incapaz de afrontar autónomamente el combate contra el capital y de desarrollar su conciencia de clase.

  La centralidad obrera no es el resultado de las luchas y de su contenido, que están determinados por el desarrollo del capitalismo, sino el resultado de las características de la producción de plusvalor: la cooperación en el proceso productivo material, la contradicción entre el valor de la fuerza de trabajo y el valor del trabajo mismo materializado en su producto, el antagonismo entre el salario y la plusvalía, que dan lugar a la capacidad autoorganizativa espontanea de la clase y a la fuerza de su identidad como explotados. Al contrario, son las luchas contra el capital las que son el resultado de la centralidad obrera: todo lo que hay de progresivo en los movimientos pequeñoburgueses y desclasados es el resultado de la existencia de un elemento experiencial proletario, o de la asimilación parcial del pensamiento de los proletarios conscientes y de la teoría revolucionaria comunista que corresponde a su movimiento (y por ello tiene que ser tergiversada y "revisada" por los ideólogos la pequeña burguesía radical).

  La teoría que opone al "aburguesamiento" obrero la lucha de los pobres contra los ricos no es más que una concepción pequeñoburguesa que no capta la diferencia revolucionaria entre el potencial de la lucha proletaria menos importante (incluso la mera resistencia cotidiana a la sobreexplotación) y el de las luchas radicales "populares". La conciencia revolucionaria no es el producto intelectual de la observación del capitalismo, sino el producto del enfrentamiento irreconciliable entre el trabajo productivo y las fuerzas que lo someten a la acumulación capitalista: es la conciencia de la necesidad y de los fundamentos de la supresión de la subordinación técnica del trabajo vivo al trabajo acumulado, de la supresión de la subordinación de los valores de uso, de las necesidades sociales, a la producción de plusvalor. Esta conciencia, a nivel de masas, se origina en la lucha dentro del proceso de producción, o no se origina. La falsa conciencia puede adoptar formas revolucionarias, pero no deja de ser falsa por ello y de conducir a una práctica que reproduce las relaciones dominantes, las relaciones de producción y reproducción del capital.

  Los intelectuales y los elementos pequeñoburgueses conciben el comunismo de un modo abstracto, vacío; el contenido de su "comunismo" es el contenido de su propia relación con el capital, que no es la misma que la de la clase obrera. Su conclusión típica es la incapacidad de superar el trabajo asalariado, y su resultado histórico la confusión del socialismo proletario con el capitalismo de Estado. Así dirá Marx que: "Aquellos que demuestran que toda fuerza productiva atribuida al capital es un desplazamiento, una trasposición de la fuerza productiva del trabajo, soslayan precisamente que el capital mismo es, en su esencia, ese desplazamiento, esa trasposición; soslayan también que el trabajo asalariado en cuanto tal presupone el capital, y que, por ende, a su vez es también esa transubstanciación, el proceso necesario que consiste en poner sus propias fuerzas como ajenas al trabajador. Hacer que el trabajo asalariado subsista y, al mismo tiempo, abolir el capital, es, por lo tanto, una reivindicación que se contradice y se disuelve a sí misma." (Grundrisse, Tomo I, 249).

 

 

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