1ª
Parte: La contradicción entre el trabajo garantizado y el trabajo precarizado
como determinante de las luchas actuales.
1. LA
DIVISIÓN SOCIAL ENTRE TRABAJO GARANTIZADO Y TRABAJO PRECARIZADO.
Las
condiciones de las luchas de auxiliares del naval en lzar-Fene e Izar-Ferrol
son muy específicas, en lo que afecta a la agudización de los antagonismos
capital-trabajo y de los antagonismos internos de la clase obrera. Por lo
tanto, la contradicción entre el trabajo garantizado y el trabajo precario, en
cuanto forma de la contradicción entre trabajo necesario y trabajo excedente,
aparece en su forma más extrema. Esto, de todos modos, no significa que se
trate de una forma aislada. Veremos ahora todas las cuestiones
pormenorizadamente.
Para
nosotros el trabajo garantizado, como el trabajo precario (o, mejor, precarizado),
son categorías relativas a las condiciones concretas en que se desarrollan las
relaciones laborales. Es cierto que las condiciones jurídicas, esto es, la
forma de los contratos y la vigencia en general del derecho laboral --y las
condiciones económicas, como nivel superior de salarios y menor grado de
explotación en el proceso laboral--, conforman ciertas características típicas
del trabajo garantizado, pero no son esenciales para determinar la estabilidad
de la relación laboral. Un contrato fijo y con remuneración por encima de la
media no significa necesariamente estabilidad si se trata de sectores en crisis
o en los que las reestructuraciones de plantilla son frecuentes, y tampoco afecta
siempre a cuestiones como la indemnización en caso de despido (que depende de
la antigüedad y del tipo de contrato indefinido). También hay que señalar que
los contratos indefinidos no siempre conllevan una remuneración superior a la
media, sino que puede ser incluso inferior (p.e., en fábricas con alta
composición en capital, en las que se aplican turnos estrictos y los salarios
pueden ser aún menores a la media sectorial o general).
Es decir,
si bien los rasgos jurídicos y económicos mencionados constituyen las
características propias del trabajo garantizado, no definen necesariamente el
grado en que las garantías formales y las mejoras económicas están vigentes en
los casos concretos. Esto es el producto de la tendencia a la crisis permanente
del capitalismo, así como de la necesidad subsiguiente de precarizar el propio
trabajo garantizado en cierta medida, al igual que se hace con el ya
precarizado.
Así,
podemos ver que, a pesar de que puedan existir diferencias contractuales
sustanciales entre un empleo temporal y otro fijo, esto esconde amplias
variaciones intermedias. Las garantías para los trabajadores de las
empresas públicas o privatizadas hace poco, en su mayoría con convenios por
encima de la media en numerosos aspectos, con altos niveles de antigüedad y con
contratos indefinidos antiguos (lo que multiplica las indemnizaciones en caso
de despido) distan mucho de gran parte, sino de la mayoría de los trabajadores
con contratos indefinidos actuales, cuyas garantías laborales, niveles salariares
e indemnizaciones por despido tienden a ser mucho menores.
Pero
hay que tener en cuenta que el carácter universal de la precarización del
trabajo, afectando a la amplia mayoría de la clase obrera -aunque en diferente
medida-, solamente se convierte en una tendencia inmediatamente visible
en cada país o Estado según las características que adquiera la estructura
económica capitalista en su conjunto. La generalización de la flexibilización y
de la degradación del trabajo implica que se alcanzen altas cotas de
precariedad en amplios sectores de la clase obrera, mayores que en la mayoría
de los países capitalistas más avanzados (con la clara excepción de EEUU, donde
existe una fuerte división interna del trabajo en este sentido, en la que los
sectores raciales o inmigrantes ocupan la posición más precaria, y donde la
independencia y capacidad reformista del movimiento obrero tradicional parecen
haber sido menores, adelantando y acentuando los rasgos del capitalismo
decadente). Así, por ejemplo, el alto grado de precarización en el Estado
español se explica por la naturaleza imperialista-colonial de la estructura
económica, constituida por la integración de varias economías periféricas en
torno a unos pocos centros situados (geográficamente) en Madrid, Catalunya y
Euskadi (esto tampoco quiere decir que la precarización no les afecte, sólo que
está menos agudizada), todo lo cual se acentua por la posición más atrasada de
la economia estatal en su conjunto respecto de la de los países europeos más
avanzados con los que compite, como Francia y Alemania. Pero aún así, el
trabajo precarizado en sentido absoluto no llega todavía a la mitad de la
población trabajadora en las areas económicas perifericas del Estado español
(en Galiza, particularmente, se situa en torno al 30-35%).
Es en las
economías periféricas, producto en devenir de la relación desarrollo
(imperialista)-subdesarrollo (colonial), donde se localizan los sectores
industriales y agrícolas intensivos en mano de obra, con lo cual la
precarización tiene aún más importancia en la economización de capital,
reduciendo los costes salariales (en el caso de Galiza, en torno a un 10% por
debajo de la media estatal, o sea, enorme si lo comparamos con los promedios en
las áreas económicas centrales) y la necesidad de nuevas inversiones en
maquinaria.
Más allá
de los términos jurídicos de la precariedad, ésta va asociada a salarios más
bajos y peores condiciones de trabajo, tanto en comparación con los de los
trabajadores con garantías, como en términos absolutos (puesto que implica
temporadas de paro). Va asociada, por lo tanto, a peores condiciones de vida en
general y a un antagonismo de clase objetivamente más marcado. Desde luego,
existen distintos grados de precariedad, desde el trabajador ultraprecarizado
de las ETTs hasta el trabajador precario-estable que tiene ciertas garantías de
renovación de su contrato periódicamente (casos en los que los contratos
temporales tienen más marcado su función de instrumentos de disciplinamiento de
la fuerza de trabajo) por las características del sector, etc. O también el
enchufismo que existe para una minoría del trabajo precario, en tanto se trata
de un mecanismo que proporciona estabilidad y que no está limitado al acceso
inicial al trabajo.
Pero por
mucho que la precarización y el antagonismo de clase estén presentes para los
trabajadores estables, nunca lo pueden estar en el mismo grado, ni se pueden
expresar con la misma intensidad en la lucha, que en el caso de los
trabajadores precarios. Se pueden plantear incluso situaciones de despidos
generalizados, de modo que las luchas se desarrollen en el marco de una crisis
económica sectorial, pero aún así: 1) los despidos masivos son el resultado de
una situación momentánea desde el punto de vista inmediato, puesto que la
conciencia de la tendencia permanente a la crisis no existe de modo inmediato
(en el estadio actual de la decadencia); 2) en este tipo de conflictos el
cuestionamiento de la relación del capital tiende a perder su centralidad ante
el cambio objetivo en la situación inmediata de l@s despedid@s, una vez están o
"se ven en la calle", y esto se expresa en que los antagonismos de
clase intensificados se desplazan hacia reivindicaciones mínimas que están
orientadas sólo a la preservación de los puestos de trabajo.
Por lo
tanto, la idea de que el antagonismo frente al capital es uniforme, sino
realmente al menos tendencialmente, es falsa.
2. LO
QUE ENTENDEMOS POR ARISTOCRACIA OBRERA
Este análisis
de conjunto de la estratificación de la fuerza de trabajo nos lleva a la
cuestión de la "aristocracia obrera".
La
categoría económica y social de "aristocracia obrera" es para
nosotros exclusiva de cierto sector de la clase obrera y de l@s trabajadores/as
en general, un sector extremadamente minoritario compuesto por trabajadores del
Estado, de empresas estatales y por las plantillas más cualificadas de ciertas
empresas privadas. No consideramos que el trabajo garantizado equivalga a
"aristocracia obrera". La aristocracia obrera es sólo el estrato
superior y reducido del trabajo garantizado, que no sólo no conoce la
precarización en su forma absoluta (la temporalidad, la extensión de la jornada
laboral y el descenso abierto del valor de los salarios), sino que tampoco
conoce apenas su forma relativa (la flexibilización horaria, la movilidad
geográfica, la congelación salarial).
Es cierto
que la amplia mayoría de la fuerza de trabajo está hoy sometida a la
degradación laboral, pero esto no puede ocultar las diferencias de grado,
necesarias para mantener la adhesión de ciertos sectores sociales al sistema
capitalista y sus mecanismos y bloquear la propagación de la conflictividad. Si
el capital iniciase una ofensiva abierta contra todo el trabajo asalariado en
su conjunto, ello daría lugar a situaciones explosivas que se propagarían como
el fuego, como por ejemplo lo fueron en buena medida las luchas contra la
reconversión del sector naval en el Estado español. Al desplazar la
intensificación de la explotación mayormente al trabajo precario, mediante la
subcontratación, la tercerización de procesos productivos, la relocalización de
la producción en países subdesarrollados, etc., el capital internacional aleja
las desestabilidades potenciales de sus centros de poder, al tiempo que los
refuerza.
3.
IDENTIDAD DE INTERESES Y UNIDAD DE L@s PROLETARI@S. FORMA Y CONTENIDO DE LA
LUCHA.
Ante esta
realidad no se puede mirar a otra parte, resaltando la unidad de intereses de
la clase obrera cuando esta no es real en la práctica. El proletariado
solamente se constituye como clase, o más bien comienza a hacerlo, cuando
empieza a actuar de modo unitario. La unidad es el resultado del movimiento
proletario, no su prerrogativa. Incluso la unidad inicial, imprescindible
para cualquier lucha particular, es el resultado de un proceso. La unidad es
un objetivo de las luchas.
Lo que en
realidad nos parece que afirmáis, cuando apeláis a que todos los obreros
tenemos los mismos intereses (como, por ejemplo, en el artículo del número
anterior de vuestro periódico sobre la lucha de los obreros -y obreras-
subcontratados en el complejo de Repsol en Puertollano), no es la unidad,
sino una identidad de intereses. Esto, para nosotros, solamente es una
realidad tendencial: que todos los trabajadores estén interesados objetivamente
en el comunismo, en cuestionar la relación del capital, y tiendan a adquirir
conciencia de esto, no significa que en cada momento y lugar esto sea así. Toda
tendencia tiene siempre contratendencias que la frenan y atenúan.
En el
plano de las luchas parciales por mejores condiciones laborales los intereses
obreros son distintos, aunque no sean necesariamente divergentes en lo
fundamental. La tendencia a la unidad de la clase solamente puede
desarrollarse a través de las luchas. Las diferencias formales solamente se
superan cuando los contenidos (determinados por el desarrollo del capital como
relación antagónica con el desarrollo de las fuerzas productivas sociales, de
la contradicción entre el trabajo vivo y el trabajo acumulado) evolucionan, y
ya no pueden restringirse a las formas anteriores, no porque estas separen a
los trabajadores/as, sino porque ya no se corresponden con los intereses
inmediatos (Esto es lo que ocurre a nivel de masas, aunque la vanguardia
radical pueda tener unas perspectivas más amplias de las necesidades
inmediatas). A cada contenido corresponde una forma de unidad, más o menos
amplia, y la división implícita en ese contenido tiene que resultar de
contradicciones internas a la clase.
Desde esta
perspectiva, y siguiendo el ejemplo de las luchas en el Naval de Fene-Ferrol y
en el petroquímico de Puertollano, la contradicción entre la forma que adopta
la lucha -que en estos casos es manifiestamente el complejo de producción- y el
contenido de la lucha que cohesiona al proletariado subcontratado, es
inexistente. Aquí la forma y el contenido se corresponden completamente. La
contradicción que existe es una contradicción entre el contenido de la lucha
del proletariado garantizado y la forma determinante y propia de ese contenido,
que es el complejo de producción. Este sector sigue percibiendo su unidad
de modo alienado, identificando su relación con el capital como una relación
con la empresa, que es la forma jurídica del capital, no la forma real del
proceso de producción. Por eso su tendencia es corporativista, no clasista.
Este análisis es la verificación de que la causa de la división reside en el
trabajo garantizado y no en el trabajo precarizado, en los sectores
acomodados y no en los sobreexplotados.
Además, la
precariedad misma actúa como un disuasorio de estas formas de identidad con la
empresa, resaltando el contenido real de la relación capitalista y tendiendo a
suprimir el viejo apego por el puesto de trabajo. Las luchas del proletariado
precario ya no se sitúan en el plano del mantenimiento de los puestos de
trabajo, sino en todo caso en el plano de su conquista (y esto puede verse,
incluso en su forma más alienada, en el servilismo a que lleva inicialmente la
precariedad), y la relación con el capital es ya una relación inmediata con un
poder ajeno no sólo en el trabajo, sino en el paro, fuera del trabajo, de modo
que queda despojado de su forma jurídica exterior. La tendencia es a la
radicalización de la conciencia y a la comprensión del capital como fuerza de
dominación social que se convierte en un limite insostenible para el desarrollo
de la vida.
Vuestra
posición se vuelve abstracta cuando la planteais frente a las condiciones de
luchas concretas. Nosotros no buscamos la unidad de la clase promoviendo una
conciencia "objetiva" (la identidad de intereses) que es
(todavía) exterior a su movimiento real, sino que lo que nos interesa es
impulsar prácticamente el desarrollo de la clase como sujeto y movimiento
revolucionarios a partir de sus propias luchas tal y como son efectivamente.
Por ello no ponemos la unidad antes que la lucha. Como decían los consejistas, el
proletariado no es débil porque está dividido, sino que está dividido porque es
débil. La fortaleza subjetiva de la clase, condición de su unidad práctica,
sólo puede ser el resultado de las luchas concretas. Que estas luchas estén
en contradicción con su esencia de clase solamente revela que todavía el
proletariado no es capaz de poner su ser en correspondencia con su esencia, que
no es consciente de ser la negación de la propiedad privada ni de su oposición
radical al capital, que lo condena al empobrecimiento y lo esclaviza al poder
ajeno.
Cuando
defendéis la identidad de intereses entre el trabajo precarizado y el
trabajo garantizado estáis resaltando la identidad de modo forzado,
frente al antagonismo predominante (aunque este antagonismo sea
secundario frente al que enfrenta capital y trabajo dentro del contexto de
degradación general). Anteponéis vuestra visión subjetiva a una realidad
caracterizada subjetiva y objetivamente por la división. Esto únicamente puede
servir, dadas las circunstancias y el alcance de la conciencia en la
actualidad, a subordinar las luchas de los precarios a la iniciativa de los
fijos a unirse a ellas; además, desde luego, no incidís precisamente en lo
importante: en las debilidades de estas luchas y como superarlas.
4. LA
BASE OBJETIVA DE NUESTRAS DIVERGENCIAS.
En
resumen, pensamos que vuestra posición refleja el punto de vista y las
prioridades del proletariado estable, sea debido a vuestra composición social o
a un análisis erroneo del problema. Lo cual está favorecido por el hecho de
que, ante las dificultades y la derrota de las luchas de los 70 y primeros 80, el
repliegue del proletariado ha dejado más o menos vacías las organizaciones
revolucionarias y de extrema izquierda. Los primeros y los que más en abandonar
la militancia han sido quienes tenían peores condiciones laborales y, por
consiguiente, una militancia más difícil y un mayor desánimo vital. Es cierto
que también la composición se ha condensado positivamente en el plano teórico,
puesto que solamente continuaron militando los más convencidos, pero esto no
evita por si mismo las consecuencias de lo anterior.
Es decir,
las organizaciones de clase reales, aún cuando sean completamente
insignificantes aparentemente en el desarrollo de la lucha de clases, incluso
siendo solamente un puñado de individuos conscientes, no dejan de ser el mejor
producto de la situación existente, con sus posibilidades y sus defectos. Y
debemos vernos como eso, precisamente para intentar superar las limitaciones de
la experiencia y de la teoría. Por nuestra parte, tenemos claro que nuestras
posiciones al respecto están claramente influidas por el hecho de que somos un
grupo formado por obrer@s industriales precarizad@s y, en este sentido, también
vemos natural que una composición distinta favorezca perspectivas distintas,
resaltando el hecho de que una visión correcta de conjunto solamente se puede
alcanzar con la unidad de todos los sectores.
Nuestros
puntos de vista han resultado necesariamente no sólo de nuestros intereses y
condiciones inmediatas, sino de la crítica del acomodamiento, característico
del trabajo garantizado y base de la degeneración del viejo movimiento obrero,
y de la evaluación crítica de posiciones similares a las vuestras, de modo que
nuestra perspectiva pretende expresar un punto de vista de clase universal, que
comprenda todas estas cuestiones prácticas sin actitudes sectarias.
5. LA
NECESIDAD Y EL MODO DE SUPERAR LAS CONDICIONES INMEDIATAS PARA CONSTRUIR LA
UNIDAD COMO CLASE.
Existe una
interdependencia directa entre la radicalización de las luchas obreras y el
grado de precarización del trabajo. Por supuesto, esto está sujeto a limites
determinados: los procesos colectivos que llevan a la lucha tienen que ser posibles,
y las posibilidades de la lucha, en cuanto a su contenido práctico y
reivindicativo, están limitadas por la correlación de fuerzas que exista
(la autoorganización consciente y el número del proletariado, frente al poder
del capital y el estado de su ciclo económico).
Partiendo
de las condiciones actuales, de ausencia de cualquier continuidad en el
desarrollo del movimiento autónomo de la clase a nivel de masas, y de
estabilidad y profundización del estado de alienación general (pese a las
rupturas y evoluciones autónomas de ciertos núcleos proletarios importantes),
el proletariado no se plantea cosas que no pueda lograr y tampoco se plantea
más que lo que necesita inmediatamente. El antagonismo de clase se
expresa en luchas que parten de las necesidades inmediatas y que no van más
allá de las potencialidades existentes, especialmente de la correlación de
fuerzas que es el punto de partida de cada lucha. Para superar esa
inmediatez se requiere una cierta acumulación de experiencias y de
reflexión sobre las mismas, y para superar la correlación de fuerzas inmediata
es necesario algo más que la autoorganización asamblearia general: son necesarios
núcleos obreros avanzados, que en muchos casos ya existen y que de hecho
cohesionan y orientan las luchas, pero que no tienen una actividad permanente o
el desarrollo suficiente para plantearse resolver esas limitaciones. Aquí cobra
una importancia enorme la teoría revolucionaria de la organización, de los
métodos de lucha, del funcionamiento del capitalismo; o sea, el papel de la
vanguardia revolucionaria, que, de paso, es aquí, en el terreno de la lucha
real, donde verifica su capacidad y sus cualidades como tal.
Desde
nuestro punto de vista, el desarrollo de las luchas de clases en el capitalismo
decadente no puede avanzar en sentido revolucionario más que pasando por la
construcción de nuevas formas de organización (*) y por la tentativa de formar
y nuclear sobre esta base consejos obreros embrionarios, por luchar por la
transformación expansiva de las luchas parciales y localizadas en luchas
universales y extensivas que tiendan a la insurrección general, por elevar la
conciencia de la inmediatez a la comprensión intelectual, etc.
Mientras
las luchas no transciendan sus condiciones inmediatas dadas, las divisiones
serán inevitables, y no se resuelven con simples llamamientos a la unidad y a
la combatividad. Sólo en la medida en que se trasciende la inmediatez de
esos puntos de partida y se llega a un estadio superior del desarrollo de la
práctica, la organización y la conciencia de la clase obrera pueden las luchas de
clase transformarse en luchas del proletariado como clase.
Naturalmente, este análisis parte de considerar en su unidad dialéctica las
condiciones objetivas y subjetivas sobre las que se desarrolla la lucha de
clases, su interactividad así como su transformación recíproca.
Si bien lo
fundamental es el desarrollo ascendente del antagonismo objetivo entre las
clases (a causa de la decadencia del capitalismo y su necesidad de degradar
permanentemente y cada vez más las condiciones de existencia materiales del
proletariado, tanto laborales como sociales en general), este antagonismo se
desarrolla inicialmente sobre la base de las condiciones objetivas y subjetivas
presentes. Aunque, al mismo tiempo, estas condiciones se transforman, por lo
general esto solamente ocurre de modo positivo a causa de las propias
luchas, que es el modo en que el proletariado se sacude de la inercia y de la
pasividad y salta a la escena de la historia, poniendo en marcha su creatividad
y su fuerza transformadora.
6. EL
TRABAJO GARANTIZADO COMO BASE SOCIAL DEL SINDICALISMO. EL FENÓMENO DEL
ACOMODAMIENTO. EL PROBLEMA DE LA DEPENDENCIA DE LOS SINDICATOS.
De ahí que
digamos que, la aristocracia obrera, y hasta cierto punto el trabajo
garantizado en general, es la base social(1), el sustrato social, de
la pervivencia de las viejas organizaciones obreras, sindicales y partidarias,
y de su integración en el capitalismo. Esto quiere decir que, si bien lo
determinante de esta integración y transformación en instrumentos del poder
capitalista ha sido y es la naturaleza burguesa de estas organizaciones, su
calidad de reproductoras de las relaciones sociales capitalistas en su
actividad interna y externa, esta determinación y su permanencia no se explican
sin tener en cuenta una base social (que, es cierto, es también en su posición y
su conciencia hasta cierto punto el producto de la actividad de estas
organizaciones).
Es cierto
que esta base social se caracteriza, en la práctica de clase, por la pasividad,
y, por eso mismo, es la base social óptima para los sindicatos. Es una base
social que puede soportar (de momento) el capitalismo decadente y los limites
estrechos, cada vez menores, en que este puede admitir reformas positivas para
la clase obrera; una base social que tolera objetivamente (y en ciertos casos,
hasta se identifica con el por completo) el sindicalismo y el parlamentarismo,
formas de actividad propias de la sociedad burguesa cuyos rasgos reaccionarios
(burocratización, oportunismo, integración con el capital en general) crecen
cada vez más, y más rápidamente, incluso en los sindicatos
"radicales", según decae el capitalismo y con el la posibilidad de
conseguir reformas progresivas. Los cambios aparentes de "dirección"
en los sindicatos o partidos, según las variaciones de la coyuntura económica y
política, no anulan esta tendencia permanente.
El
sustrato social de las viejas formas de organización obreras se define
esencialmente, en su papel social, por el fenómeno del acomodamiento y
su consecuencia: el apoyo a la colaboración de clases como medio para mejorar o
al menos mantener su situación presente. Ciertamente, la mayor parte de estos
sectores de trabajo garantizado también están sometidos a una degradación, pero
en conjunto sustancialmente menor en comparación con el trabajo precario, a
pesar de las apariencias (p.e., no se puede reducir la calidad de vida a
cuestiones de números salariales: salarios similares esconden jornadas
laborales mucho más prolongadas, peores condiciones de trabajo, temporalidad,
etc.). Esta mejor posición y la estabilidad de la relación con el capital es
lo que crea la posibilidad, cada vez más ilusoria, de que el reformismo es una
alternativa y que las viejas organizaciones pueden servir para transformar la
sociedad, o incluso que las mismas pueden ser transformadas desde dentro.
Frente a
las teorías pequeñoburguesas a cerca de la aristocracia obrera o del
aburguesamiento del proletariado, nosotros no pensamos que exista ninguna
alianza consciente de la clase obrera y de los trabajadores en general con el
capital, sino simplemente una atenuación de los antagonismos entre las clases que
reproduce las condiciones propias del reformismo, bloqueando las
potencialidades revolucionarias. Ese tipo de alianzas solamente existe
entre los trabajadores que participan en el reparto de la plusvalía (como los
mandos capitalistas o la burocracia sindical). Que unos obreros trabajen más
a cambio de menos en comparación con otros no significa que estos últimos
reciban plusvalía de los segundos, sino solamente que los primeros producen más
plusvalía que los segundos, que una parte mayor de su trabajo es impaga, que la
explotación se distribuye de modo desigual. El reparto de plusvalía
solamente se puede dar entre los que dirigen la explotación del trabajo y entre
los que viven indirectamente de ese reparto, como los trabajadores
improductivos del Estado. No entre la clase obrera.
Por todo
esto hablamos de "acomodamiento" (o "amoldamiento"), es
decir, de una tendencia a la pasividad subjetiva y objetiva de ciertos sectores
de la clase por factores materiales (de hecho, afecta al conjunto de la clase
en diferentes grados, pero con diferente intensidad y continuidad en el
tiempo). En el trabajo garantizado esta tendencia adquiere una permanencia.
El acomodamiento no implica aburguesamiento ni colaboracionismo, solamente
indica una resistencia del estado alienado en que se mueve la conciencia y la
acción de los obreros. El colaboracionismo y el aburguesamiento son cosas
diferentes, y su base objetiva se disuelve conforme avanza la decadencia del
sistema.
Por otra
parte, los trabajadores precarizados no por su condición particular se oponen
inmediatamente al sindicalismo. Pero la cuestión determinante aquí es que los
sindicatos no sirven para defender sus intereses porque la precariedad no se
puede suprimir, es un elemento constituyente del capitalismo decadente.
Por esta razón su relación con los sindicatos tiende necesariamente a ser de
oposición y antagonismo, aunque esto sólo se desarrolle de modo consciente a
través de la sucesión y evolución de las ofensivas del capital y de las luchas
proletarias.
La
indefensión individual creada por la precariedad no impulsa al obrero
consciente a los sindicatos, sino contra los sindicatos, porque la precariedad
es (en su forma) el resultado histórico de la colaboración de clases en
el capitalismo decadente. El desarrollo de la conciencia de clase y de la
radicalización de las luchas es también, en parte importante, un efecto del
desarrollo degenerativo de los sindicatos y su transformación en agentes
directos del capital. Esto mismo lo hemos visto en Puertollano, así como hemos
visto también que los sindicatos aprovechan cualquier ocasión para recuperar la
dirección de las luchas gracias a su maquinaria burocrática y económica y a su
acceso a los medios legales y representativos para la negociación, apoyados en
la debilidad subjetiva, en la desconfianza en sus propias fuerzas de los
obreros en lucha.
En el caso
de los astilleros de Izar en Ferrol y Fene, la conciencia de clase se ha
desarrollado como consecuencia de todas las traiciones acumuladas durante los
años 80, del abandono y colaboracionismo total de los sindicatos con la
subcontratación, de su papel reaccionario en las luchas obreras, de sus
posiciones pro-patronales. Esto se acentúa por el hecho de que la patronal de
auxiliares no tolera la sindicalización activa, de modo que el sindicalismo no
sólo no es eficaz sino también poco recomendable. Pero esto no salva a muchos
obreros combativos de mirar hacia los sindicatos de izquierda o hacia la
consecución de delegados sindicales, ante las dificultades inherentes a las
luchas autónomas y salvajes. En lugar de profundizar en sus propias
experiencias, mejorar las formas de lucha autónomas, llevar hasta las últimas
consecuencias los métodos que ya han empleado llevados por la necesidad, existe
la tendencia contraria a renunciar a la propia experiencia, a abandonar los
métodos de lucha desarrollados incipientemente, a ver los errores no en la
falta de radicalidad sino en su exceso. En esto tienen un importante papel los
sindicatos, especialmente los "radicales" y aparentemente
independientes, para los cuales l@s obrer@s no somos más que carne de cañón en
su competencia por los beneficios de la representatividad.
7. LA
DIVISIÓN ENTRE TRABAJO PRECARIO Y GARANTIZADO EN LA CONFIGURACIÓN ACTUAL DEL
PROCESO DE VALORIZACIÓN DEL CAPITAL (y el caso del complejo naval en Ferrol).
EL NUEVO CONTENIDO DE ESA DIVISIÓN DEL TRABAJO EN EL CAPITALISMO DECADENTE:
SEÑAL DEL FIN DE LA ÉPOCA DE ESTANCAMIENTO RELATIVO Y DEL COMIENZO DE LA ÉPOCA
DE DECADENCIA ABIERTA.
Dicho todo
lo anterior, según la forma que adopte la relación del capital y la estructura
del proceso de su valorización, el antagonismo y la lucha proletarios adquieren
características diferentes.
Por
ejemplo, las luchas de auxiliares del naval en la ría de Ferrol están marcadas
por condiciones específicas. La precariedad y la radicalización están aquí
acentuadas por: 1) las características coloniales de la economía gallega, con
salarios menores a la media, niveles de precariedad superiores y tasa de paro
superior (y mucho paro encubierto); 2) el particular agravamiento del paro en
esta zona y la alta temporalidad del trabajo en el sector; 3) el papel
claramente traidor y colaboracionista de los sindicatos en Ferrol,
especialmente remarcado en sus secciones en los astilleros (que son las de la
plantilla de Izar).
En el polo
opuesto, la garantización del trabajo de las plantillas de Izar está reforzada
por: 1) el carácter imperialista de las empresas estatales, como representantes
del capital español, al que proporcionan beneficios o servicios a costa de la
sobreexplotación colonial del trabajo subcontratado, sobre el cual descargan
las consecuencias mayores de la crisis permanente del sector, favoreciendo el
desarrollo artificial de empresarios locales sobre la base de esa
sobreexplotación salvaje de la clase obrera precarizada; de este modo, la
plantilla de Izar puede mantener condiciones laborales muy superiores a la
media estatal; 2) las garantías laborales se manifiestan aquí en su forma más
completa, con contratos fijos sujetos a indemnizaciones elevadas y con
elevadísima tasa de antigüedad, y con los múltiples beneficios salariales,
laborales y sociales del convenio de empresa: lo peor que les puede pasar a
la mayoría es que los prejubilen o que cobren el paro hasta la jubilación;
3) la alta tasa de sindicalización y estabilidad laboral de estos trabajadores
y trabajadoras define todas sus luchas, hasta el punto que su actitud hacia los
sindicatos es más activa que pasiva, refrendando continuamente todas sus
"traiciones" como "pecados menores" (los sectores críticos
sindicales son minoritarios y se limitan al discurseo, y en las elecciones
sindicales se inclinan incluso más hacia la derecha que hacia la izquierda -si
es que puede llamarse así-).
O sea,
división entre capital subcontratado y capital central, entre trabajo
garantizado y trabajo precarizado, entre condiciones coloniales y condiciones
imperialistas de explotación. El que las mejores condiciones de trabajo de
muchos sectores sean el fruto de sus luchas históricas y de su
resistencia, no altera para nada la cuestión, porque su actitud presente y la
evolución de sus luchas depende de su posición actual frente al capital,
y de la división que éste crea al precarizar absolutamente una parte del
trabajo social. Su posición es, en consecuencia, tendencialmente reactiva,
y más en la medida que el mismo capital que los explota descarga sobre otros
sectores obreros las consecuencias de su crisis como modo de producción. Esta
actitud tiene como refuerzo la amenaza visible de la precariedad y la
sobreexplotación, que presiona subjetivamente al sector de trabajo garantizado
en general para aceptar congelaciones salariales, peores condiciones laborales,
etc. Por eso la aristocracia obrera tiene que ser hoy muy minoritaria, aún
dentro del trabajo garantizado en su conjunto.
No
obstante, con diferencia de gran parte del trabajo garantizado restante, el
sindicalismo tiene una viabilidad objetiva con bastante margen entre los
sectores aristocráticos, como mecanismo para conseguir mejoras. Este margen
varía según las garantías y la estabilidad reales del trabajo, y, de hecho, a
los mismos sindicatos no les interesa agrupar realmente a los grandes núcleos
de trabajo precario, puesto que entra en contradicción con sus prácticas: como
mucho aspiran a obtener delegados sindicales. La misma legislación, en cierto
modo, reproduce la contradicción, al negar en la práctica la representación al
proletariado precario, si no es por medio de la minoría de fijos que hay en
cualquier empresa.
Esto, en
lo que atiende a la estructura del proceso de valorización dentro de la esfera
productiva.
En lo
tocante a la relación de explotación, ésta adopta la división entre precarios y
estables como su mediación necesaria, desplazando la extracción de plusvalía
del trabajo garantizado al trabajo precario, de manera que los privilegios
relativos del primero tienen su base necesaria en la sobreexplotación del
segundo. Esto, evidentemente, no está determinado por la colaboración de clases
de unos obreros contra otros, sino que constituye el modelo actual de la
acumulación de capital en la producción.
Los
complejos económicos han desplazado a la gran fábrica por medio de una
descentralización de los factores de la producción (precisamente para acelerar
la concentración del capital). La subcontratación, la tercerización, o sea, los
encadenamientos directos o indirectos entre distintas empresas, bien dentro de
un mismo centro de trabajo o separadas espacialmente (o más bien las dos cosas
simultaneamente), caracterizan este modelo de acumulación basado en el
incremento de la plusvalía absoluta, o sea, en el incremento de la jornada y la
intensidad del trabajo junto con el descenso de los salarios, reduciendo
relativamente el incremento de las inversiones en capital fijo y flexibilizando
los costes para el capital dominante (la empresa central). Es aquí donde
vemos con claridad la interdependencia del trabajo garantizado y del
trabajo precarizado, que en el conjunto de la sociedad en abstracto sólo pueden
verse en su exterioridad al proceso productivo. Los complejos de
producción pueden también englobar tanto capitales ubicados en un mismo país
como capitales ubicados en países diferentes, de modo que el contraste entre el
trabajo precarizado y el garantizado se vuelve menos directo y más complejo, y
su relevancia, así como su ligación a la precarización del trabajo, únicamente
se comprende desde una perspectiva mundial.
En la
fábrica aislada, en el ramo industrial, la importancia de esta división social
del trabajo no puede apreciarse siempre con claridad. Es necesaria la visión de
conjunto. Las divisiones en la fábrica o en el ramo no tienen necesariamente
el mismo papel que en los procesos de producción reales considerados en su
unidad.
1) En casi
todas las empresas en las que predomina el trabajo precario hay una minoría de
trabajadores/as fij@s, enchufad@s permanentes, etc., que sirven, entre otras
cosas, para refrenar la conflictividad laboral y reforzar el servilismo; pero
esto no tiene necesariamente un papel determinante sobre el
crecimiento de la tasa de ganancia y de la acumulación de capital.
2) En los
casos en que la mayor parte del trabajo empleado es fijo, dentro de la misma
empresa o fábrica, habiendo una minoría de trabajo eventual, la flexibilización
de la contratación a través de la división entre fij@s y eventuales supone un
ahorro de costes, y presiona a la baja las condiciones laborales y la
conflictividad en general. Este es el modo en que comienza a desarrollarse
formalmente la precariedad. Pero esta forma de división no solía, hasta la fase
actual de desarrollo del capital, ir acompañada, en general y sistemáticamente,
de diferencias de salario, de jornada y de condiciones materiales de trabajo.
Su función en las épocas anteriores era liberar capital para la inversión en
maquinaria. Sin embargo, con el desarrollo sistemático de la precarización
desde hace varias décadas, las diferenciaciones penetraron (y tienden a
penetrar cada vez más) en las viejas formas de división del trabajo, y en
particular en la típica división entre fijos y eventuales dentro del mismo
capital, transformando su contenido (y también su forma, en tanto que derivan
en complejos de producción descentralizados).
Pasamos
así de la fase de estancamiento tendencial del capital (que, por otra parte, es
la fase de la subsunción real del trabajo en el capital, la fase del modo
capitalista de producción en su forma específica ya desarrollada) a la fase de
decadencia abierta, en la que el antagonismo de clases se libera de sus viejos
limites y adquiere el carácter de una tensión social revolucionaria.
Aparentemente, la vieja división entre trabajo fijo y trabajo eventual es el
equivalente de la división entre trabajo precarizado y trabajo garantizado,
pero en realidad la primera solamente es su realización a un nivel formal y
dentro de una forma jurídica particular de contratación. El papel de esa división
formal del trabajo en el capital en el proceso de acumulación no es, en
definiva, el mismo que el de la división real del trabajo en el capital imperante.
La primera división es propia de una época en la que la producción de
plusvalía relativa, mediante el incremento de la productividad real del trabajo
por medio de la inversión en maquinaria, etc., todavía constituía, en general,
la forma principal del proceso de acumulación de capital (al menos en el
capitalismo desarrollado, y una vez superada la fase de la acumulación primitiva
del capital).
Solamente
cuando esta forma de extracción de plusvalor se vuelve insuficiente, y se hace
imprescindible el recurso general al incremento de la plusvalía
absoluta, reduciendo el valor de los salarios, extendiendo la jornada laboral y
reduciendo costes de producción en general; solamente entonces la división
formal se transforma en división real, y su contenido pasa a ser
diferente. Pero esta crisis terminal del capitalismo no sólo vuelve
necesarío el incremento de la plusvalía absoluta (de las horas de trabajo no
pagadas), sino que la extracción creciente de plusvalía absoluta tiende cada
vez más a convertirse en el resorte fundamental de la acumulación capitalista
global, de modo que esta división se convierte en el terreno central
de la lucha de clases y determina el ascenso del sujeto revolucionario en su
forma contemporánea central: el proletariado precarizado.
Pero, como
decíamos, la precarización general está ya afectando e introduciéndose en la
organización de la producción dentro de un mismo capital y, es más, dentro de
la misma empresa, fábrica o taller aislados. Su expresión jurídica viene siendo
la división formal en distintas empresas para contratar obrer@s con distintos
convenios y condiciones laborales. También es el caso de las ETTs, en la medida
que sirven a ese objetivo. De este modo, la división entre trabajo garantizado
y trabajo precarizado, como forma de la distribución desigual de la explotación
dentro del proletariado, es llevada al interior de la fábrica. Pero actualmente
estas formas solamente se hacen visibles y relevantes dentro de las economías
más atrasadas y subdesarrolladas, en las que las relaciones coloniales entre
los capitales dependientes y los capitales imperialistas (nacionales o
extranjeros, es igual) promueven esta agudización de la precarización y al
mismo tiempo encuentran condiciones favorables para ello (la debilidad
histórica del movimiento proletario causada por la dispersión y debilidad
estructurales del capitalismo industrial, el éxodo rural, la agricultura de
subsistencia, etc.).
Por todo
lo antedicho, vuestro argumento de que las divisiones siempre han existido y
existirán, no toca para nada la verdadera cuestión: el papel de estas
divisiones en el proceso de valorización. La división formal entre fij@s y
eventuales era, en la época anterior, predominantemente un medio para
incrementar la plusvalía relativa, liberando capital para la inversión en
maquinaria. No se daba aún una distribución desigual de la explotación como
fundamento general de la acumulación del capital, aunque, en cierto modo, esto
ya estaba y siguió fraguándose desde los primeros tiempos del capitalismo, en
las relaciones de expolio colonial.
El papel
de la división entre trabajo temporal y trabajo fijo, como factor
intensificador de la producción de plusvalía absoluta, estaba todavía, durante
la época keynesiana o estatista, mezclado y subordinado realmente a esa otra
función, a la producción de plusvalía relativa. Solamente con el comienzo de la
decadencia abierta del capitalismo mundial se invierte la relación dialéctica
entre la producción de plusvalía absoluta y la producción de plusvalía
relativa. Antes la primera estaba subordinada a la segunda, ahora la plusvalía
absoluta se convierte en la condición necesaria y simultanea del incremento de
la plusvalía relativa, esto es, del desarrollo de la productividad del trabajo.
Ser trabajador/a productivo/a, como ya apuntaba Marx, y nunca mejor dicho se
revela como una auténtica maldición.
Es sobre
este cambio esencial en la forma de la explotación capitalista a partir de la
crisis de los 70 y la reestructuración internacional subsiguiente. como la
precarización se ha convertido en una tendencia absoluta frente a la
garantización del trabajo, a pesar de que en el estadio de desarrollo actual, y
en gran medida formalmente, precarización y garantizamiento solamente se
manifiestan como tendencias relativas y combinadas. A largo plazo, ni siquiera
la aristocracia obrera está a salvo de esta dinámica (pero no por ello disminuirá
el distanciamiento de su posición respecto de los restantes estratos del
trabajo).
El
análisis de las divisiones entre el trabajo garantizado y el precarizado
conduce al análisis de los complejos de producción y distribución, como forma
actual hegemónica de la organización de la explotación del trabajo y de la
autovalorización del capital. Ejemplos de esto lo tenemos a lo largo de Europa
y América Latina, Japón, Estados Unidos, etc.
Pero hoy
estamos solamente ante una tendencia hegemónica. Ni en todos los países las
formas de producción descentralizada tienen la misma importancia, ni en todos
los complejos económicos tiene la misma agudización y amplitud la división
entre trabajo garantizado y precarizado. No obstante, esta es la tendencia dominante
en la economía mundial, se desarrolle en el campo de las relaciones de
producción locales, nacionales o internacionales. Con el análisis sectorial
podemos ver que la asociación de subcontratación y precarización se
desarrolla más en los sectores con composición orgánica del capital
relativamente elevada y/o que emplean mucha mano de obra, combinado con tasas
de ganancia de crecimiento moderado: donde la descentralización suprime tanto
costes de capital constante (en especial, materias primas y auxiliares) y
variable (salarios) y es el único medio seguro para elevar las tasas de
ganancia (p.e., en el caso de sectores nuevos, como la informática y las
telecomunicaciones, hubo hasta ahora una fase de crecimiento intensivo a causa
de que abrieron nuevos mercados, lo que se cortó con el estallido de crisis
actual).
Todo esto
forma parte de la lógica de la acumulación del capital en la época actual, y,
como decíamos, no hay que entender la garantización del trabajo o su
precarización circunscritas a las formas contractuales. Son tendencias más
amplias y más profundas que emanan de la decadencia interna del modo de
producción capitalista.
8. LA
FORMA ACTUAL DE LA DICTADURA DEL CAPITAL Y LA PREPARACIÓN DE LA CONTRAOFENSIVA
PROLETARIA.
Llevando
incluso más al extremo vuestros propios análisis, el capital no sólo divide a
la clase obrera, sino que tiene que hacerlo. No se trata única, ni
fundamentalmente, de la dominación política e ideológica sobre el proletariado
mundial; se trata sobre todo de elevar la explotación para compensar la
tendencia descendente de la tasa de ganancia, de la rentabilidad de los
capitales invertidos. La división económica y generalizada del trabajo del
proletariado a nivel internacional, entre el trabajo garantizado y el trabajo precarizado,
es el mejor arma para ello y se convierte en el pivote fundamental de la
dominación política e ideológica del capital. En el complejo de producción
puede verse como la producción de plusvalor tiene como base la degradación
permanente del proletariado, la dictadura capitalista cada vez más abierta.
La
precariedad es el acicate del individualismo, del desclasamiento, del abandono
de cualquier militancia, de la supresión (temporal) de la crítica teórica y
práctica de la sociedad existente. Sus consecuencias extremas pueden divisarse
en la primacía de las luchas pequeñoburguesas, que sitúan su base fuera de los
procesos de producción, como el movimiento "anti-globalización".
Estamos aún ante los síntomas y el avance de la descomposición del viejo movimiento
obrero, y lo importante no es recuperar la unidad anterior, sino iniciar
una contraofensiva frente al capital, superar la derrota y abrir
un proceso de reorganización del proletariado sobre principios y orientaciones
revolucionarios.
Por estas razones
nosotros no pretendemos hacer apología de la división, sino solamente reconocer
la realidad tal y como es, para dedicar todos los esfuerzos a comprender y
llevar a cabo concretamente su transformación. La conciencia revolucionaria
abstracta, separada de la práctica concreta, no sirve para nada, a no ser para
el autocontentamiento; tenemos que llevar a la práctica y a la conciencia de la
clase los principios revolucionarios que se manifiestan espontáneamente con la
radicalización de las luchas, esforzarnos en su concretización
teórico-práctica. Y esto solamente puede conseguirse gracias a un esfuerzo
tremendo y permanente, individual y colectivo, aumentado por la debilidad de la
vanguardia proletaria.
En cada
lucha hay que analizar todas las condiciones particulares que actúan, así como
el grado de importancia de la división entre trabajo garantizado y trabajo
precario. Esta varía en función de la situación económica del sector (o sea, la
tasa de ganancia) y en general en lo que respecta a la composición del capital.
Cuanto mayor es la composición orgánica del capital, esto es, la parte
invertida en maquinaria y materiales por un mismo volumen de fuerza de trabajo,
menor tiende a ser la plusvalía extraida, de modo que las inversiones se
vuelven menos rentables y la tasa de ganancia decrece progresivamente a medida
que se nivela por efecto de la competencia. (No podemos detenernos aquí sobre
esta cuestión ahora, que depende del análisis de las causas de la decadencia
del capitalismo y de la comprensión de la teoría económica marxiana.)
En el
capitalismo decadente la división entre trabajo garantizado y trabajo
precarizado tiene necesariamente que extenderse, no reducirse. Así, por
ejemplo, las últimas reformas laborales en el Estado español vinieron a
favorecer la extensión de los contratos a tiempo parcial o a desgarantizar los
contratos indefinidos. Aquí lo que importa es el contenido real, no las formas
externas. Del mismo modo, la explotación se incrementa cada vez más por el
descenso del valor real de los salarios y la prolongación de la jornada
laboral.
9.
CONCLUSIONES PRELIMINARES SOBRE LA DIVISIÓN ENTRE TRABAJO PRECARIZADO Y
GARANTIZADO Y SUS CONSECUENCIAS PARA EL MOVIMIENTO PROLETARIO.
1) La
unidad revolucionaria del proletariado sólo puede ser impulsada y construida a
partir de las luchas de l@s obrer@s precarizad@s y su influencia sobre el
conjunto de la clase. Por esta razón defendemos la centralidad del proletariado
precarizado dentro de la clase obrera.
2) Que la
aristocracia del trabajo es la base social de los sindicatos, cuyo fundamento
es la relación del capital y su reproducción a través de la relación sindical:
la representación, mediación y negociación entre obreros y capitalistas en
tanto individuos de la sociedad burguesa. El sindicato no es más que una
estructura de interrelación social entre obreros y patronos y, por
consiguiente, una forma de organización ligada al capitalismo y que reproduce
inevitablemente la relación social dominante, lo mismo que las demás
instituciones sociales, como la familia, la educación, etc.
3) Que la
división entre trabajo precarizado y trabajo garantizado no va a reducirse,
sino a extenderse, lo mismo que el modelo de acumulación de capital organizado
por complejos de producción.
10.
LA ARISTOCRACIA OBRERA Y LA INTEGRACIÓN DE LOS SINDICATOS EN EL CAPITAL.
Que la
aristocracia sea un baluarte del sindicalismo y del parlamentarismo, y, por
consiguiente, de las formas de organización, ideológicas y de lucha propias del
sistema social capitalista, no significa -y en ninguna parte afirmamos tal
cosa- que sea la causa determinante de la degeneración e integración de los
sindicatos. No obstante, actúa como factor catalizador y acentuador de este
proceso natural, cuya causa formal viene a ser la necesidad cada vez
mayor del capital de, permanentemente, controlar primero, y reducir
también después (época presente, a partir de la crisis de los 70) el valor de
los salarios, así como extender la jornada laboral. Ello solamente lo puede
conseguir reprimiendo y saboteando la oposición obrera no sólo desde fuera,
sino, gracias a los sindicatos, también desde dentro.
Sin esta
combinación, de las tendencias inherentes de la forma y función práctica de la
organización sindical, y de las necesidades del capital en su estadio
correspondiente de desarrollo histórico, la transformación de los sindicatos en
agentes directos del capital, y el carácter total de esta transformación hoy
--comprendiendo todos los sindicatos, aunquue el grado de la integración con el
capital (tanto económica como ideológico-política) dependa de su utilidad real
para el capital mismo en su conjunto, y del grado en que el control de base en
esas organizaciones se haya vuelto completamente efímero (lo que depende a su
vez de lo anterior, pero también del desarrollo general -intrínsecamente
reformista- de las luchas de clases)--, no puede entenderse.