San Sebastián del Pepino: Trece Monografías de C. López Dzur
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Partidas Sediciosas de 1898: Campesinos Armados en Pepino (Parte 1)

Partidas Sediciosas de 1898: Campesinos Armados en Pepino (Parte 2)

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Carlos A. López Dzur

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Comevacas y Tiznaos: Partidas Campesinas de 1898 en El Pepino

Parte I / por Carlos López Dzur

«¡Y no se les tiñe de vergüenza siquiera la cara, al decir justicia, moralidad, orden, sin recordar... las hogueras de San Sebastián, donde aún vive Jaunarena señalando con su zoco brazo a los bandidos realengos en la sociedad, la quema día y noche de casas y desharretamiento de vacas de los honrados isleños de Hatillo y otros hechos infamantes en la negra historia de Puerto Rico, bajo el Imperio de D. Luis I, de Barranquitas!» Respirando por la herida: en: El Regional (Núm. 79, San Sebastián, Puerto Rico, 4 de Noviembre de 1914).

Durante el Gobierno de Práxedes Mateo Sagasta 1 en España, había surgido un movimiento armado en la comarca de Jerez de la Frontera. Se dieron muchísimos episodios de bandolerismo y agitación social en las campiñas andaluzas. 2 Para sofocar tal movimiento y evitar los robos y asesinatos, el gobierno realizó más de 300 detenciones. Ejecutó a 8 cabecillas de la sociedad secreta La Mano Negra.

El abogado Juan Hernández Arvizu, 3 nativo de una villa puertorriqueña, que aún hoy es llamada el Pueblo del Pepino (San Sebastián), fue Fiscal en los procesos judiciales contra tales anarquistas. 4

En varias ocasiones, al regresar de España para visitar a sus familiares locales, en este pueblo, Hernández Arvizu fue el orador honorario del Centro Español Incondicional. Sus conferencias se aplaudían por la sociedad pepiniana y se comentaban por el pueblo llano, a la mañana siguiente. El tema de La Mano Negra ofreció un material abundante, colorido y romántico, sobre el cual opinar y echar a volar la imaginación revolucionaria o los miedos a los conflictos.

De hecho, una partida de campesinos locales, en fecha de la invasión americana de 1898, adoptó el nombre de La Mano Negra, arbitrariamente, para dar ajusticiamientos ilícitos a los súbditos españoles que, de uno u otro modo, habían sido cómplices de la tiranía y el empobrecimiento tan grave que padecía el campesinado en tal década.

A esta cáfila de insurrectos, según testimonios orales recogidos en El Pepino,5 se la supuso el disuelto Séptimo Batallón de Voluntarios que, otrora el coronel Julio Soto Villanueva tuvo bajo su mando, y que «molesto con la cobardía de ese hombre» (sic.) echó a rodar su propia agenda de resistencia «contra los gringos y los españoles» (cit., Entrevista con el Lcdo. Pedro A. Echeandía Font, cf. vid. Bibliografía, al final de capítulo).

Miembros de esta partida ("La Mano Negra") se personaron para darle muerte en la casa de Cirilo Blandín, donde Soto Villanueva se había refugiado y, entre una de las razones motivantes para hacerlo, se mencionó el nulo apoyó que dio a los voluntarios de ese batallón durante el Combate de Hormigueros del 10 de agosto, donde entre heridos y muertos cayeron 12 milicianos.

En este ensayo, se propone el análisis de los incidencias de violencia, quemas, asesinatos y robos, que produjo el fin del orden español en uno y más pueblos de Puerto Rico. Utilizamos la metodología de Historia Oral Allan Nevins y las técnicas de entrevista para formular una microhistoria regional, insertable en el contexto mayor de la historia puertorriqueña, la que a su vez sería contextualizable dentro de una macrohistoria general, contribuyente a la historia latinoamericana. Se provee una bibliografía comentada, al final de este ensayo.

Precisamos que, aunque la historia de las partidas campesinas armadas, en pos de ideales de Tierra, Libertad y Justicia, es aspecto localmente documentable en el marco de la Guerra Hispanoamericana de 1898, sus especificidades o detalles han sido premeditadamente ignoradas en la historia oficial y los hombres que mejor pudieron referirse al tema, por ser participantes activos, o testigos de los hechos, lo ignoraron (e.g., el Dr. Angel Franco Soto, autor de unas memorias sobre el 1898, el ex-Alcalde Andrés Méndez Liciaga, quien recopiló en el Boceto Histórico del Pepino (1924) mucha de la historia de municipio. Por desgracia, Méndez Liciaga obvió las referencias a lo que, a mi juicio, fue la época más dramática de la historia borincana y que él mismo viviera en plenitud, ya que su padre (Avelino) fue inspirador intelectual y material de muchas de las incidencias útiles (hechos históricos) a la consciencia memorante y colectiva, las Partidas Sediciosas, en particular, y el cambio de soberanía, a más del Grito de Lares, que fue hito histórico de la identidad nacional puertorriqueña.

A mi juicio, la historiografía que se cuaja más fielmente y en sus mejores detalles de veracidad, es siempre el devenir presente, irse-resolviendo-avanzando, es decir, la que se alcanza a vivir como testigo, en el fluir del devenir hacia un ahí-del-ser, histórico-temporalizado. Sin embargo, estas historias en torno a los comevacas y tiznaos del 1898 y otras que aún están en sombras de olvido, sin nadie que las cuente, fascinaron mi curiosidad desde mi juventud y mis contactos con octogenarios y nonagenarios, o aún centenarias, como mi propia bisabuela, a quien conocí, e hizo posible algún rescate.

Después de invertir años en escuchar, de labios que fueron imprescindibles como sus fuentes memorantes, ofrezco con esta monografía algunos detalles nuevos que investigué en mis continuadas visitas a los hijos y familiares de las víctimas, testigos, protagonistas y coetáneos, de tales hechos, en El Pepino y otros pueblos, y que corroboré en su verdad a través de fuentes escritas, referencias de primera y segunda mano y documentos en los Archivos Militares de la Biblioteca del Congreso, en Washigton, D.C. y en periódicos de la época. Hago pública mi gratitud a las familias del Lcdo. Pedro A. Echeandía Font, Doña M. Luisa Rodríguez Rabell Vda. de Negrón y Don Pedro Tomás Labayen Jaunarena, por haber sido tan pacientes con mis visitas y, a este último, por poner a mi disposición su colección, la más completa, del periódico El Regional de principios de siglo.

Estos eventos que aquí relataré ocurrieron durante la invasión norteamericana, por lo que, para entender las acciones de las insurrecciones campesinas en San Sebastián de las Vegas del Pepino, será necesario contextualizar históricamente el comportamiento de España y los EE.UU. en la isla y dar cuenta sobre las superestructuras ideológicas en general. Y después, concretamente, sobre su apercepción por los pepinianos de entonces. Recomiendo, por igual, que se consulte la monografía sobre la entrada en El Pepino de los norteamericanos, la que presento con el título La Invasión de 1898 en mi Webpage. y en este libro.

Obviamente, concuerdo con la observación del historiador Angel Rivero Méndez, quien nos recuerda la indignación de los cronistas antes hechos similares —robos, asesinatos y anarquía— como los ocurridos en San Sebastián y otros puntos de la isla:

... No fue Puerto Rico quien tales desmanes cometiera —escribe Rivero—. Fueron unos pocos hombres, varios centenares tal vez y, sobre ellos, únicamente debe recaer la condenación de los historiadores.

Sin embargo, también es tarea historiográfica desocultar —y comprender sociológicamente— una parte tácita y dolorosamente reprimida de lo que, como contenidos intrasíquicos, se cargó dentro de la consciencia de aquellos sediciosos, quienes se sentían y expresaban, por primera vez, colectiva y consensivamente, como clase, la rabia que estuvo sepultada por generaciones. El Dr. Frantz Fanon nos advierte, en su libro Los condenados de la Tierra (1961), que:

... La descolonización es siempre un fenómeno violento... (y que) ante la necesidad de ir... hacia un panorama social modificado en su totalidad, lo que define toda descolonización en el punto de partida... es que constituye, desde el primer momento, la reinvindicación mínima del colonizado... La necesidad de ese cambio existe en estado bruto, impetuoso y apremiante, en la consciencia y en la vida de los hombres colonizados. La importancia de ese cambio es que es deseado, reclamado, exigido. Pero la eventualidad de ese cambio es igualmente vivida en la forma de un futuro aterrador en la consciencia de otra 'especie' de hombres y mujeres: los colonos... La descolonización, como se sabe, es un proceso histórico: es decir, que no puede ser comprendida, que no resulta inteligible, traslúcida a sí misma, sino en la medida exacta en que se discierne el movimiento historizante que le da forma y contenido. La descolonización es el encuentro de dos fuerzas congénitamente antagónicas que extraen precisamente su originalidad de esa especie de sustanciación que segrega y alimenta la situación colonial. Su primera confrontación se ha desarrollado bajo el signo de la violencia y su cohabitación —más precisamente la explotación del colonizado por el colono— se ha realizado con gran despliegue de bayonetas y de cañones. 6

En algunas ocasiones, la violencia que se canaliza para desorganizar a la vieja sociedad, se concentra en desaprobar el rol de las iglesias. Romper tales tabúes fue una gesticulazación irrefrenable en el pueblo que estudiamos.

Uno de los incidentes, en el Valle de Toa Baja, lo refiere Rubén Arrieta tras entrevistar a Francisco López, e ilustraría que la violencia descolonizante permearía todo, «transformando a los expectadores aplastados por la falta de esencia en actores privilegiados, recogidos de manera casi grandiosa por la hoz de la historia... pero esta creación —vuelve a recordarnos Fanon— no recibe su legitimidad de ninguna potencia sobrenatural: la cosa colonizada se convierte en hombre en el proceso mismo por el cual se libera»; por ésto mismo los vejámenes al sacerdote español del Valle del Toa no son, en realidad, ataque a una persona, en cuanto es ella, individuo particular, sino ataque al símbolo de la Iglesia Católica que no materializó el programa "de hacer a los últimos, a los humildes, los primeros", sino que, en su lugar, formuló sus propias tranquillas al progreso de estos humildes de la gleba.

Recuérdese que en, 1898, aún no se cumplía ni veinte años de la abolición de la esclavitud, institución practicada y protegida por la Iglesia. Un cura español en El Pepino el día que los esclavos solicitaron un Te Deum para la bendición de su fiesta colectiva de libertad, por el decreto de la manumición, echó insultos a la negrada que lo solicitaban y les pidió que festejaran fuera de los atrios de su parroquia. Este fue el párroco Claudio González.

Doña Dolores Prat-Prat, criolla entrevistada para mi monografía, hija de catalanes, otrora una familia de esclavistas, como ella misma confesara, ni siquiera fue registrada ni bautizada como cristiana «porque mi madre fue manchada por un negro y violada por otro bandolero libertario (NOTA DEL AUTOR: Nuñez, padre de la relatora), de los que se daban aire de dignidad y civilización y nos quemaron en Mirabales durante la Revolución de Lares» (sic., cf. Entrevista con Doña Dolores Prat-Prat, en su finca de Mirabales).

Movida por su orgullo, su madre Eulalia Prat-Velez, solicitó de la entrevistada que "cuando vaya al pueblo, no entrara a la iglesia... que aquí puedes rezar, sin que nadie te diga bastarda ni mala mujer".

Doña Lola Prat afirmó que recibía de España, en tiempos de menos pobreza, muchas revistas y gacetas que le enviaban a su madre y a sus hermanas, "donde se hablaba de Castelar y Moret" y recordó que, al debatirse en España la Constitución de 1876, un hombre poderoso de la Iglesia (que el mismo Castelar propuso para Obispo de Salamanca, pero que fue consagrado como Obispo de Madrid-Alcalá en 1874), se opuso al principio de tolerancia religiosa. Se refería a Narciso Martínez. 7

"Pues, si siendo católico, no toleraba ni pingos, ¿qué clase de Dios tiene, qué clase de amor al prójimo?" La anciana terminó diciendo: "Pues, lo mataron, con toda y su sotana. Es que en política nada se olvida; yo me acuerdo de Lares y no había nacido, imagínate" (sic.)

Al verificar sus relatos, confirmo que el Obispo Narciso Martínez fue asesinado por un presbítero en el atrio de la Catedral de San Isidro en Madrid, en 1886. Entiéndase, por lo anterior, el contenido subliminal y probable que se involucraría en tal acción anticlerical, ejecutada por la partida que atacó a la Iglesia, según este relato de Arrieta y Francisco López:

... También hubo ataques en la región del Toa... Allí realizaron una agresión irreverente contra un sacerdote católico español, a quien, le raptaron, conduciéndolo a la plaza, según el testimonio del anciano Pancho López. Una vez allí, le pusieron aparejos y una silla sobre las espaldas, obligándolo a que relinchara como un caballo. Mientras sobre las rodillas y las manos el reverendo padre se arrastraba, los forajidos le golpeaban gritándole —arre arre, mi caballito. Otros hacendados del Toa también sufrieron vejaciones y torturas físicas.

La influencia de la guerra independentista en Cuba y que estuvo en pleno vigor antes de la invasión, fue un factor influyente en la formación de los movimiento de resistencia al invasor norteamericano en Puerto Rico. Esa guerra daba ánimos: Doña D. Prat.

El 28 de abril de 1896, Armando André Alvarado, patriota de Cayo Hueso, hizo estallar una bomba en el palacio de Valeriano Weyler, capitán general de la Ia isla de Cuba y apodado El Carnicero. El muchacho de 24 años burló a las autoridades. Al saberse sobre este episodio localmente, a viejos rebeldes, como Polinesia y Avelino Méndez Martínez, en este pueblito de Pepino renacieron bríos. Ambos estuvieron asociados al movimiento armado de Lares, cuya revolución hermana fue la de Cuba, el Grito de Yara, en 1868.

En un siglo de tardío romanticismo y tropicalosas bohemias, el asesinato de Cánovas del Castillo, presidente del Gobierno de Sagasta, en 1897, y el posterior asesinato de lsabel, Emperatriz de Austria, por otro anarquista italiano en Ginebra, hizo que se especulara que las sociedades de camorra (que aterrorizaban a Nápoles) 8 encendían la violencia dondequiera. Surgió el temor a las invasiones de anarquistas, así como de que éstas brotaran como azote para las antillas. Así se había pensado durante los tiempos de los inmigrantes caraqueños y la Cédula de Gracias a la isla de Puerto Rico y otras antillas.

Del conservador Cánovas del Castillo, 9 el Pacificador, se criticó duramente el nombramiento que hiciera de Romero Robledo, como Ministro de las Colonias. Este político, carente de escrúpulos, fue terriblemente repudiado en las posesiones ultramarinas y en la misma España y provocó la caída de Cánovas. Sagasta formaría el nuevo Gabinete Liberal. De hecho, más proclive a dar mayor grado de autonomía a las Antillas.

Una nueva crisis de gabinete ocurrió en noviembre de 1894. Se perdió un tiempo valioso, pero, al fin, Buenaventura de Abárzuza fue nombrado como Ministro de las Colonias, con la esperanza de que proveyera el curso de la nueva política hacia Cuba, con la cual Antonio Maura, ex-Ministro de las Colonias, tendría sus diferencias con el recién nombrado en cuanto al alcance de la autonomía que se concedería.

No lográndose amainar la agitación independentista, a pesar de que las medidas liberalizantes fueron muy bien recibidas en La Habana, no así lo fueron en el interior de la mayor de las antillas (Cuba) que, en 1895, dio indicios de mayor auge revolucionario, como ilustró el Grito de Baire.

Para el 24 de febrero de 1895, el Gobierno de Sagasta restaba su importancia a la rebelión, lo que sumó otro error al panorama. Sin embargo, el Capitán General y Gobernador de Cuba, Camilo Polavieja, quien había renunciado en protesta por el nombramiento anterior de Robledo como Ministro para asuntos coloniales, hizo advertencias muy distintas y fue desoído. Razón de su renuncia.

Desde 1891, P. M. Sagasta había designado al Almirante Pascual Cervera y Topete como su Ministro de Marina (foto abajo). La vuelta de Cánovas del Castillo crearía otra grieta para el caos que el último gabinete liberal, antes de la Guerra con los EE.UU., heredaría. Desde el 10 de marzo de 1895, España comenzó a fortalecer su poderío militar en Cuba, no previéndose otra cosa que sofocar a los mambises libertarios. Una fuerza expedicionaria de 6,000 tropas llegó a La Habana. El General Martínez Campos, «sofocador de anarquistas catalanes», al decir de Dolores Prat, 10 también fue enviado a Cuba. Las actitudes de éste contribuyeron a que la propaganda novelera y conservadora motejara como anarquista a muchos liberales. Ni el mismo Dr. R. E. Betances, Luis Muñoz Rivera y otros patriotas puertorriqueños, se libraron del epíteto.

Fue la nueva jornada de gobierno conservador de Cánovas del Castillo la que enviaría al general A. Martínez Campos a Santiago de Cuba y, con él y tras sí, una columna de 1,000 soldados españoles.

Añadiéndose a Martínez Campos, «sofocador de catalanes, mambises y anarquistas», llegó a Cuba el General Valeriano Weyler y Nicolau, el 10 de febrero de 1896. Este impuso una estrategia de aislamiento de la población rural, creándose campos de concentración, siendo la primera vez en una guerra moderna que se utilizaran tales formas de cruel hacinamiento y trabajo forzoso. Para finales de 1897, se había relocalizado a más de 300,000 cubanos en tales campos. 11

Sería la protesta internacional —especialmente, la originada desde los EE.UU.— la que desacreditaría los métodos de Weyler, pero éste fue quien asestó los golpes más rudos a los insurrectos cubanos en lucha por independencia.

El mallorquín Weyler (por su campos de concentramiento) 12 hizo tanto daño al prestigio de la causa autonomista y las políticas reformistas de P. M. Sagasta para las colonias españolas, como las decisiones erráticas de Cánovas del Castillo y la elección de William Mckinley en noviembre de 1896 como Presidente de Norteamérica.

El 26 de junio de 1897, la cancillería norteamericana envió un despacho a Madrid con el Embajador Dupuy de Lôme con críticas a los métodos de guerra y la inhumanidad de España en Cuba. Aunque el 6 de noviembre se había concedido una amnistía para prisioneros políticos cubanos y otro decreto real de sufragio universal para Cuba y Puerto Rico (22 de noviembre), Cuba había sufrido tanto con el encono represivo y la saña por parte de los españoles que Máximo Gómez, el dirigente de relevo tras la muerte de Maceo, anunció que la materialización definitiva de la República Libre de Cuba sería irreversible, y despreció el Estatuto Autonómico del 26 de noviembre y la súplica con que Blanco Erenas avisaba como solución que los insurgentes de Máximo Gómez se aliaran a las tropas españolas para expeler a los invasores en ciernes, que serían los norteamericanos.

En Cuba, se rehusó cualquier alianza de los cubanos con el enemigo peninsular.

¡Hasta era preferible —contribuir junto a los yankees para el objetivo de una sonada derrota del régimen de España!

Después de culparse a España del hundimiento de USS Maine en la Bahía de La Habana y hacerse una declaración de guerra por parte de los EE.UU., en reunión celebrada en Madrid, se discutió sobre la situación y la capacidad española para vencer o salir vencida, si se materializara de facto la confrontación armada. Ese 23 de abril de 1898, el Comandante Pascual Cervera predijo la destrucción de su escuadra naval, ya que «no hay comparación entre los recursos con que cuenta España y los que EE.UU. tiene». Y el vaticinio se cumplió el 3 de julio de ese año.

La flota de Cervera entró a batalla con los buques de guerra estadounidense. Fue un desastre para España. Unos 350 marinos españoles murieron en el combate. Otras 160 tropas fueron heridas y 1,600 soldados españoles, con sus 70 oficiales, fueron tomados presos por las tropas norteamericanas, que sólo sufrieron una baja y seis heridos.

El 11 de agosto de 1898, el Consejo de Ministros de España aceptó las condiciones de paz, bosquejadas por los EE.UU., casi unilateralmente. En resumen, España debía renunciar a la soberanía ejercida sobre Cuba, Puerto Rico y otras islas de la Indias Occidentales, traspasándolas a los EE.UU., y evacuar a los funcionarios de su régimen en cualquiera de sus colonias perdidas.

El mismo Blanco Erenas, quien había ordenado al Almirante Cervera su salida de la Bahía de Santiago y pelear, se sentiría insatisfecho; pero, como dijera, sería mejor para España «perder honorablemente en batalla que rendirse».

Al Duque de Almodóvar del Río, Juan M. Sánchez y Gutiérrez de Castro, a la sazón Ministro de Relaciones Exteriores de Sagasta, desde mayo de 1898, tocó la triste tarea de enmendar el golpe al orgullo y prestigio español que fue su exterminio como potencia colonial hegemónica en el Caribe. El fue uno de los plenipotenciarios que, en París, negociaría la paz con los EE.UU. y buscaría mejorar la posición diplomática de España. Militarmente, tuvo muy poco espacio para defender los «intereses españoles», sean cual fueren, porque ninguna colonia quiso seguir a la sombra de España, contrario al mito de la fidelidad puertorriqueña, antilla que en el discurso político colonial se refería como el epítome de fidelidad por la despedida que se les ofreció al último Gobernador español.

El 21 de noviembre de 1898, los negociadores estadounidenses presentaron un ultimátum (de una semana) para que se decidiera sobre la compra de las Filipinas por $20 millones de dólares. Al mismo tiempo se hacieron, otros reclamos sobre Cuba, Puerto Rico, Guam y la anexación de la isla de Kusaie, en las Carolinas, así como sobre derechos de cables telegráficos y puertos en otras tierras, y de no haber respuesta, el riesgo sería el de encarar el reinicio de hostilidades.

El Duque de Almodóvar recomendó la firma del tratado porque España no resistiría otra confrontación militar y arriesgaba mucho más en no hacerlo; pero, por igual, acusó la presión alemana por comprar las islas del Pacífico. «Del árbol caído, todos cortan leñas», dijo.

En Puerto Rico, muy pocos entre los hombres críticos e insatisfechos del colonialismo español, creyeron que España perdía honorablemente en las batallas. Cada pueblo de la isla tuvo una experiencia particular de informarse sobre los hechos militares, especialmente, en los que se perdían vidas puertorriqueñas y una experiencia también única, pero sicológicamente determinada, sobre cómo educarse en cuanto a la situación que se avenía, con el enfrentamiento de las potencias. Juzgar las relaciones de poder, en cuanto estructurales, no fue fácil. Tampoco lo fue evaluar el trato humano, entre contendientes, no ya de los personeros de España como metrópolis, sino también el comportamiento de sus civiles en los distintos estamentos de la sociedad.

Los parámetros a la mano funcionarían como ideologías e ideologemas (según el término, del teórico Fredric Jameson), quien sigue el lineamiento básico del filósofo social Antonio Gramsci al decir que "los hombres toman consciencia de su posición social en el terreno de las ideologías" y toda iniciativa histórica o reto ante la realidad cambiante, u opresiva, tiene un cometido que se formula ideológicamente y que consiste "en cambiar las fases precedentes, hacer homogénea la cultura en un nivel superior al precedente". 14

Mi tesis —tras haber estudiado las Partidas Sediciosas como la respuesta más espontánea y genuina del anhelo innovativo de los participantes— es que, en Puerto Rico esta lucha campesina surgió del afán, no reaccionario, por romper con el pasado, no de conservarlo. El estímulo para la violencia fue creado por la polarización entre ricos y pobres, que fue aguda, y que pese a la legislación liberal que trajo el Estatuto Autonómico fue insuficiente para distraer la mentalidad de que el poder plutocrático quedaba intacto en los pueblos de la isla. La clase privilegiada quiso nuevos marcos de poder; la campesina. una justicia largamente debida.

Por supuesto, Puerto Rico ya tenía una idiosincracia latinoamericana, caribeña, que conserva y las ofertas inciales para dar un marco jurídico a su identidad colectiva se presentaron con los EE.UU., a la postre, su nuevo amo. Esta fue la ilusión de muchos, especialmente, la clase obrera urbana y el campesinado. Para algunos importantes líderes de las partidas campesinas, el salto a la esfera de Barbosa, o el ilusionismo del incipiente Partido Republicano (anexionista, asimilista) fue fácil. Avelino Méndez fue el ejemplo. Los republicanos barbosistas utilizaron el prestigio de profesionales de talento, como los pocos que había en El Pepino, para predicar sobre un nuevo sentido de identidad dentro de la esfera mayor de la identidad jurídica estadounidense; por el contrario, Juan Tomás Cabán, en respuesta, decía que más vale ser cabeza de ratón que culo de león. Lo mismo diría Echeandía Medina. (Font Echeandía)

El sentido estricto, desde el cual se percibe el ser nacional puertorriqueño, vigente aún antes del hito externo de la Revolución de Lares, y al que invoco aquí, proviene de una definición de Juan José Hernández Arreguí:

El ser nacional emerge como comunidad escindida, en desarrollo y en discordia, como proceso en movimiento, no como sustancialismo de la idea, sino como una contrastación, velada o abierta, de las clases actuantes dentro de la comunidad nacional, no como nostalgia de los panteones y ornatos de la historia, no como una paz, sino como una guerra. El ser nacional, en última instancia, pugna por cimentarse sobre las oposiciones de las clases sociales que luchan por el poder político. En síntesis, el ser nacional no es uno, sino múltiple. ¿Qué es el ser nacional?, en: La Consciencia Histórica Iberoamericana (Buenos Aires, Editorial Hachea, 1972).

Es evidente que la invasión norteamericana de 1898 propició uno de los momentos más críticos en la vida puertorriqueña. A pesar de la miseria que sufría el grueso de la población, no habría un espacio para mentir, o hilar delgado sobre los sentimientos nacionales. Las disyuntivas para elegir, o no, se dieron en el escenario más definidor y escindente: O colaboradores de los yanquis o pro españoles (aún el autonomismo con ribetes afectivos, o sentimentalmente pro-españolista, el hispanismo culturizado, tendría que tronar).

En otro extremo, la opción fue: Con los yanquis o los separatistas. O europeos o criollos, donde la esencia de lo americano-criollo se fijaría por el contraste explícito con lo europeo-metropolítico. En algún sentido general, aunque no menos práctico, la disyuntiva fue la Doctrina Monroe, tal como la postuló el sector puertorriqueño inclinado al anexionismo, desde antes de la invasión estadounidense, y que repetía: O pasado o cambio. El pasado sería revalidante del colonialismo europeo ante una doctrina que, desde 1823, quedó planteada en el Congreso de Washington y que dispuso que en el continente americano es un deber considerar a cada país fuera del intento de ser colonizado por las potencias europeas. España debía ser considerada como un rival amenazador de Europa.

Estas son las ideologías y subproductos («ideologemas») que permearon este momento. Las mismas se infieren del discurso opinante y las memorias de las gentes entrevistadas:

1. Ya no hay camino al pasado. España representa el pasado que se claudica a sí mismo y cede paso al poderío norteamericano. El Desastre del Guacio y las ambivalencias del Coronel Julio Soto Villanueva, Antonio Osés y Pedro Arocena y Ozores representaron el derrotismo y al ejército español desmoralizado. Con España no habría futuro. Los alzados del campo coincidieron con los gringos en plantear que España fue el rival europeo.

2. Revanchismo y Confrontación.

En Pepino, donde se formaron varias partidas campesinas armadas con machetes, palos y pistolas, las facciones anti-españolas colaborabarían con los estadounidenses; otras meramente defensivas y espontáneas, viéndose la desorganización del comportamiento militar español. Entre las partidas o guerrillas que se daban un contenido anarco-campesino y socialistoide, hubo infantilismo revolucionario y mucho espontaneísmo. Pero la crítica a los batallones de voluntarios fue feroz. Aún los miembros supernumerarios de los batallones, si por alguna razón conocidos en Pepino, como el médico Antonio Guijarro Huesca, o las familias Castañer,(Antonio Mayol, e.g.,) Pavía y Prat-Contrich (todas con primeros y segundos tenientes en las fuerzas voluntarias, pro-españolas), era vituperadas y amenazadas con componte.

La célula llamada La Mano Negra, plagada de resentimiento, improvisación y revanchismo, fue el mejor ejemplo. Al ejército español, organizado con peninsulares y voluntarios criollos, llamados a defender la parte centro-occidental de la isla, fue mal en el Combate de Hormigueros del 10 de agosto de 1898, y esta batalla perdida desmoralizó a las tropas del Oeste, dándose incidentes casi surrealistas.

La columna militar de Soto Villanueva no se expuso, posiblemente con malicia suya o atroz cobardía, en auxilio a los combatientes del pueblo de Hormigueros. Se quedó en el Cerro de las Mesas, con pocos ánimos de participar. Se estimó que 12 muertos y heridos y otros tantos prisioneros se produjeron para mayor descrédito de la conducta militar española. Tanto a él, como a su segundo al mando, el coronel Antonio Osés, se les procesaría por «cobardía» en España.

Confundido por las noticias acerca de acciones armadas planeadas, aunque aún no cometidas por las guerrillas, el coronel Soto Villanueva «se escondió con sus hombres en la finca de Pérez Díaz» (sic.), 15 a pesar de que él tenía a su mando el Batallón Alfonso XIII, mismo que contaba con 6 compañías y una guerrilla montada de 60 hombres al mando del capitán Rodríguez, es decir, 850 soldados en total.

El segundo al mando, en esta región isleña del Oeste, fue el Coronel Antonio Osés y los capitanes de compañías fueron: Torrecillas, Florencio Huerto, García Cuyar, Espiñeira, González y Serena. Les colaboraban el Sexto Batallón de Voluntarios, con 450 hombres, al mando del Coronel Salvador Suau y dos comandantes, Fernández y Salazar; pero, como me dijera en sus entrevistas, la hija del último Alcalde español, don Manuel Rodríguez Cabrero, en San Sebastián del Pepino, «de todos esos hombres llamados a sacar la cara por España no se hacía uno» (cf. Entrevista con Rodríguez Rabell Vda. de Negrón, loc. cit.) Y eran 1,515 hombres, si descontamos el Séptimo Batallón de Voluntarios que se disolvió y los caídos en el Combate de Hormigueros.

2.

Generales, pacificadores y tenientes, sedientos de prebendas reales, habían sido los guías, voceros y representantes del poder de la Corona Española ante pueblo puertorriqueño, por siglos. La regencia de Romualdo Palacios González, breve como fue (del 23 de marzo al 11 de noviembre de 1887), fue inolvidablemente cruel. Creó el odio al militarismo español que se evidenció por una mayor polarización ideológica y un decenio después por el cruce de bando entre las tropas. Con el respaldo de armas estadounidenses, los voluntarios de Puerto Rico se prestaron a la tarea de ver la derrota del colonialismo español. Las huestes gringas daban la bienvenida a esta ayuda extra de armas amigas en la isla enemiga.

El campesinado no fue precisamente afecto a España, al igual que sucediera en Cuba. El campo se pobló de peonaje, malogrado por la desatención a sus necesidades de salud, educación y respeto por parte de sus patrones latifundistas. Un peonaje dispuesto a dar precio de venganza por cuenta propia, machete en mano, o con ayuda de un imponente ejército que con su sola presencia puso a temblar a muchos españoles.

En Pepino, el campesinado blanco, peninsular o criollo, observó el marasmo político, en medio del juego de fuerzas hostiles. Y desde el fin de la administración del Gobernador General Sabás Marín, se acostaba y levantaba sin saber quién habría de ser su gobernador.

El último de los gobernadores españoles, Ricardo de Ortega tuvo tres interinatos el mismo año de 1898. Andrés González Muñoz murió a días de su nombramiento y el General Manuel Macías y Casado duró de febrero a octubre en el cargo antes de que Ortega lo sucediese como gobernador actuante con la decepcionante y triste tarea de pasar el poder de la Isla al primero de tres pacificadores del intervencionismo extranjero, quienes se turnaron como gobernadores militares ese mismo año de 1898: Nelson A. Miles, John R. Brooke y Guy Vernor Henry.

Los campesinos de origen peninsular, con anécdóticas nostalgias, comparaban los sucesos locales y aquellos vividos o recordados en las provincias de España, donde surgía su ancestro familiar. Algunos de ellos ya habían comprendido las reformas autonómicas que representó el régimen de Manuel Macías y Casado. Y eran apasionados autonomistas, aún liberales. Empero, el domicilio en Puerto Rico no cambió la condición social del inmigrante peninsular pobre. Había rezago económico en España lo mismo que en la isla. Por lo menos, en la isla siempre se presupuso que habría mayor paz. Así pensaron. Con cierta frontalidad, cónsona a su opinión política, para algunos inmigrantes españoles la razón de su domicilio en la isla se cimentó en el descontento con las guerras internas en España. 16

Curiosamente, al finalizar la Guerra Hispanoamericana, fueron las clases criollas más cultas, medianos y grandes propietarios, las que se identificaron más crédulamente con las promesas norteamericanas. Si bien la Proclama Miles no fue garantía de nada, la disyuntiva histórica, por el nuevo cambio de soberanía, apeló de modo conclusivo y rotundo, para sustituir la piedra que ya no destila (a España), según Carmelo Cruz, y habría que comenzar destituyendo a las botellas, el belén o el güame de los viejos funcionarios españoles, o incondicionales, por un nuevo liderazgo criollo. Los sediciosos del '98 creyeron que la innovación cuajaría dentro del espacio de la Gran Proclama: la caballerosidad del invasor.

Entre los arrimados había el sueño de poseer sus pequeñas parcelas o agenciarse sus empleos seguros. Total, los peninsulares incondicionales abandonaban sus tierras o se mudaban a España u otros pueblos, porque, aún antes de la rebelión de Lares, Pepino tenía fama de hostil (D. Prat). 17.

Afiliado a las partidas campesinas, Carmelo Cruz verbalizó la conveniencia de utilizar el espacio que brindaba la Proclama Miles de modo diferente que los colaboracionistas que se organizaron como los primeros federalistas republicanos (movimiento al que el Dr. Jorge Celso Barbosa dio unidad partidarista años después). Cruz no creyó que la anexión a los Estados Unidos de Nortemérica fuese una alternativa jurídica viable ni inmediata para la identidad puertorriqueña. De todos modos, como jíbaro sencillo, se sentía satisfecho con saber que tenía un modo de ser, distinto al del peninsular, pero inasimilable, al modo del inglés. Norteamérica, para él, fue el modelo del progreso, no necesariamente de la libertad. Mas, al fin y a la postre, todo colaboracionismo e ideología de desarrollo sucumbieron al pitiyankismo en la práctica y por desilusión.

Este es el por qué los sectores más prominentes de la población de Utuado, al ver llegar al General Roy Stone del Cuerpo de Ingenieros de las tropas norteamericanas, salieron a ponérsele bajo sus órdenes y, entre ellos, el mismo Olivencia y los que fueron llamados los perdidos (B. Mayol, Mora, J. L. Casalduc, los Casellas y otros). El progreso, como el camino de la libertad, se hicieron sobre el cadáver del honor empobrecido. Oí a mi padre decirlo (Doña Bisa). 18

La mayor parte de los informes sobre la ubicación de las fuerzas españolas y norteamericanas que circularon durante tan críticos días, como fueron del 11 al 15 de agosto de 1898, tendieron a ser falsos, o rumores malintencionados. En Utuado, otrora bastión de haciendas cafetaleras y uno de los más prósperos, por su infraestructura, durante el gobierno español, las defensas militares sólo pudieron reclutar a unos 20 guardias civiles para proteger al pueblo. El comandante de la guarnición, el Teniente Ulpiano de la Hoz, ordenó la huída de sus tropas a los primeros informes sobre el desembarco de tropas estadounidenses en Guánica. Utuado se utilizó para echar miedo. Si las tropas invasoras entraron al centro de la isla, se las movería para cualquier punto para hacer jaque en pueblitos y quitar a los alcaldes, o hacer matanza de sediciosos (Font Echeandía).

Una de las tácticas de las partidas campesinas (para mantener a ambos ejércitos fuera de los puntos en que se harían ataques) fue ésa, confundir a los enemigos. «Entretenerlos en el juego del gato y el ratón» (Font Echeandía). Ocupado Utuado por 75 tropas de la Compañía de Voluntarios de Wisconsin, por regimientos de infantería de Illinois y Massachussett y casi el centenar de voluntarios piertorriqueños, anti-españoles, que respaldaban al General Stone, las partidas «se comunicaban con los gringos para dar razón de operativos españoles; los querían enfrentar, pero, ¡que va! nadie quería verse las caras, o pelear en medio de lluvias y matorrales». (Font Echeandía)

Una guerrilla de 50 hombres o voluntarios a pie que, contrario a muchos españoles, conocía bien la ruralía, estuvo infiltrada entre las tropas de Soto Villanueva. Al mando de esos 50 guerrilleros estuvo un líder campesino, Juancho Bascarán, que ni quiso cuenta con los gringos ni con los peninsulares, y que tenía contactos con las fuerzas del cambio entre el campesinado del interior, entre ellos, Fermín Montalvo, Adolfo Babilonia y Flores Cachaco. 19

Soto Villanueva recibió por vía de un telegrama unas órdenes estrictas del Gobernador Manuel Macías y Casado de que llevara consigo todo el equipo posible para contribuir a la defensa de Arecibo. La inminencia de la Toma de Arecibo por tropas invasoras urgía más que cualquier hecho y se pidió que el equipo de campaña y cuarteles confiados a él llegaran a Arecibo en el menos tiempo posible.

A Soto Villanueva, el fatulo defensor del Oeste puertorriqueño, Macías le dijo que avanzara con los encargo por tren, en hito de mayor premura. Alegando, con anticipado temor, que podría ser "cañoneado por el mar" (sic), Soto Villanueva partió a Las Marías, pueblo que no tendría más importancia estratégica que Arecibo, si la prioridad se señaló como apoyar eficientemente a la capital, según un plan agresivo de España contra el invasor. «Las Marías era como boca de lobo, callejón sin salida; área mala para esconderse si lo que se quiso fue huir. Esta plaza fue buena para hacerse rendir». (Echeandía Font)

Quizás, en aras de tal salida, Soto Villanueva dispersó, por igual, una parte de sus hombres por Maricao. «En este juego del gato y el ratón, ¿sobre que lógica se justificaría meterse en Maricao, perder el tiempo allí? La capital fue lo que estuvo siempre en juego» (ibid.) En la bifurcación de Los Consumos, camino que corría por la derecha hacia Maricao y, por la izquierda, hacia Las Marías, la columna española de Soto Villanueva hizo alto en la finca de cafetales de la familia Nieva y cuando el administrador de la hacienda le informó sobre cierto monte y camino por el que llegarían los norteamericanos, si es que vendrían, él apresuró fingidamente su salida, antes urdiendo su conveniente accidente:, con el que se excusó para librarse de responsabilidades, según testimonios Montalvo y Echeandía Font. Sí, al cruzar sobre un puente, camino al almacén de café donde pensaba esconderse, se cayó por accidente. "Y se hizo el gallo bobo para que lo cargaran" (Font Echeandía).

... Soto se escondía de la acción con descaro. El capitán de voluntarios, Arocena lo dijo por muchos años y fue por lo que se hizo republicano, pro-yankee, "Cava un hoyo y entiérrate". También Bascarán cuando lo miraba con miedo, se lo decía. Lo choteaba... Con Arocena, lo que pasó no fue que era cobarde, sino que aquí ya andaban quemando y, como era vecino de Doña Lola, de Mirabales, y de los Elizaldi, dijo que primero salvaba a los suyos y después a España. Entonces no le retiraron el respeto: sic., Entrevista con Delfín Bernal Toledo. Notas. 20

El entrevistado Miguel A. Montalvo, cuyo abuelo Fermín Montalvo Valentín encabezó una partida muy temida en el barrio Pozas, proveyó las coplas que citaré y de las que M. González Cubero, Doña Lola Prat, Delfín Bernal y el Lcdo. P. A. Echeandía, completaron y refrasearon algunas líneas. Según contaría Montalvo, Fermín oyó tales coplas en bocas de voluntarios del Batallón disuelto (guerrilleros a pie) y que dejaron la lucha porque: «... sus familias estaban pasando hambre».

Al darse la derrota española en Hormigueros, frente a las narices de Soto Villanueva y viéndose que él no bajó a reforzar la resistencia, la gente del barrio Pozas que se había reclutado para pelear volvió a sus hogares y algunos formaron una partida, «por si los americanos llegaran Pozas, matarlos a palos». 21

Por otra parte, el Lcdo. Echeandía Font explicó que el guerrillero Bascarán pertenecía, posiblemente, al batallón disuelto y fue testigo de cierto incidente que el Capitán Rivero Méndez describió en su libro sobre la Guerra Hispanoamericana: la discusión entre el Coronel Antonio Osés y Soto Villanueva, en que el primero lo llamó cobarde. Insinuó que sus presuntas costillas rotas eran «machucones de miedo» (Montalvo).

Al principio, considerada la caída de Soto, desde una altura no mayor de diez pies, en la hacienda de Nieva, el Teniente Osés creyó que no fue tal un hecho fingido, pero detalles percibidos terminaron desengañándolo. Lo sucedido no fue grave.

Esta sospecha suya se confirmó por otros incidentes en la casa del Alcalde Olivencia y de Blandín.

Soto Villanueva permanecía en la casa de Cirilo Blandín cuando Osés decidió que se avanzaría hacia Guacio, buscándose ya, para entonces por recomendación del coronel Salvador Suau, un paso transitable (el Vado de Zapata), que se hallaba donde el río Mayagüecillo se unía al Guasio. En fila india, Antonio Osés cruzó casi toda la columna de sus hombres, sin conocer con cuánta prontitud había avanzado el enemigo Gilbreath y Burke con sus tropas.

Ya, a estas alturas, entre los dirigentes mayores de las milicias en El Pepino, comienza «el miedo a las balas», la deshonra de España, «ahí se acabó todo y lo que se hizo fue echarse en cara todos por qué no peleaban, beber ron y matar el hambre» (González Cubero).

Sí, se oyó fusilería y cañonazos en Pepino y fue en la Loma de La Maravilla. Sólo Olea permaneció en la Loma, pero sin recibir órdenes de contestar el fuego a los gringos. Osés y el segundo teniente Lucas Hernández (que no habían cruzado todavía el río Guacio) reunieron a unos 60 hombres rezagados que contestaron el fuego durante 15 minutos.

La compañía del capitán González, la guerrilla montada y la gente al mando de Salvador Suau, huyeron en estampidas, ocultándose entre los árboles. Cada quien se escondió donde pudo sin un plan de acción, durante ese medio día de vergüenza militar española.

Fue el 13 de agosto que, históricamente, es conocido como el Desastre del Guacio

El pánico de la huída ante la agresiva fusilería de los invasores fue tal que las tropas españoles dejaron el campo, a ambas orillas del río Guacio, regado con pertrechos, armas, mochilas, capacetes y equipo militar. El mismo Bascarán fue forzado a escapar y lo haría rumbo a Lares. Desde temprano en la mañana, ese mismo día, 13 de agosto, miembros de una partida sediciosa, al tiempo que iban invocándose unas coplas de Carmelo Cruz o de J. Barreiro, avanzó hacia la casa de Blandín, para ajusticiar a Soto Villanueva. Se gritaba ¡Viva Pueto Rico Libre! Soto sacó su pistola para defender su vida; pero Cirilo Blandín lo detuvo de disparar e hizo una elocuente defensa de la necesidad del estado de orden y civilidad, condición que sería necesaria para ganar el respeto de los invasores norteamericanos «y todas aquellas reformas que estaban en la mente de los alzados contra España». (Echeandía Font)

Por eso, Blandín convenció a la dirigencia de la partida de marcharse y salvó la vida a Soto Villanueca, quien habría sido linchado por la turba. Muchos de los que se personaron (y atestiguaron el incidente) provenían de Las Marías, donde entraron y robaron «pollos y gallinas» a Los Velez (hacienda abandonada, por las que se habían peleado muchos descendientes de la familia Prat-Velez y Hermida).

En afán colaboracionista y como intérprete para una brigada de exploradores estadounidenses, estuvo, por igual, el Dr. Vicente Lugo Viñas. El acompañaba a la caballería de Valentine, a la que seguía el paso, de cerca, como reefuerzo y retaguardia, la brigada de infantería de Theodore Schwan. Por un camino de herradura, llegaron al Valle del Río Guacio, centro de combates.

Poco antes, por caminos del barrio Calabazas, los médicos de la Cruz Roja de San Sebastián, Dr. José A. Franco Soto y Dr. M. Rodríguez Cancio avanzaron a caballo y llegaron al Vado de Zapata, en las cercanías de Guacio. Habían oído disparos de fusil y cañonazos, hacía pocas horas.

En esta ocasión, Osés alegaría, como antes hizo Soto Villanueva, hallarse enfermo para cruzar el río y ponerse a salvo de las tropas americanas, con quienes mantuvieron fuego de retirada. El segundo hombre al mando de la defensa del Oeste pidió al Dr. Rodríguez Cancio que se comunicara con los estadounidenses para rendirse. Aquí se completaría el Desastre de Guacio.

Como médicos de la Cruz Roja, por el carácter neutral del cargo, la solicitud de Osés de rendirse junto a su soldadesca (y que fuesen ellos emisarios del mensaje), fue tarea que se les vedaba cumplir. Los médicos informaron que habían visto tropas estadounidenses rumbo a la casa-hacienda de Blandín. En el camino, por Calabazas, atendieron a un artillero herido y que murió finalmente. Tambiém presenciaron la rendición de un grupo de españoles, entre ellos, un sargento del Batallón Alfonso XIII. Le informaron, además, que junto con Lugo Viñas habían visitado el cuartel que Schwan instaló en los predios de Vegas de Blandín, es decir, su hacienda.

No hubo necesidad de que ni Rodríguez Cancio ni Franco se dieran a la tarea del choteo, máxime cuando ellos dos, simpatizantes de la autonomía bajo España, habrían favorecido que no fuesen Osés y su gente capturadas y, aún, les ofrecieron un caballo para que él no caminara, sin tan enfermo se sentía. Se trataba del dirigente y responsable de toda una tropa. A pocas horas, Osés mismo se entregó, yendo con este fin a la casa de Gerardo González; quien ordenó que se preparara un arroz con pollo para el enfermo. Fue en este hogar donde Lugo Viñas y una tropelía prestada por Teodoro Schwan arrestarían a Osés, al teniente segundo Lucas Hernández y sus hombres, para un total de 56 prisioneros de los yankees en la sola tarde, el 13 de agosto. Adicionalmente, en Guacio, las tropas invasoras incautaron 53 fusiles Mauser, 44 fusiles Remington, 10,000 cartuchos de bala, un botiquín, 8 mulas, el caballo de Soto Villanueva y una gran cantidad de mochilas.

De regreso a San Sebastián, como a las 5:00 de la tarde, los doctores de la Cruz Roja se reencontraron con Osés, hallándolo en la casa de Gerardo González. Se extrañaron de «verlo tan buen dispuesto». El respondió que ya se encontraba mejor. Sólo el stress de la guerra y el hambre lo tuvo enfermo.

Echeandía Font adujo que, en conversaciones con el Dr. Franco, éste buscaba en vano recordar lo que Carmelo Cruz y el gallego Barreiro habían escrito sobre Soto Villanueva para los apuntes de un libro que escribiría (la novela histórica Juan recuerda su pasado), pero que olvidaba las coplas porque «tratándose de cobardes todo se olvida».

Cuando finalmente expliqué a Font Echeandía que yo conocía tales coplas y a quienes las recordaban aún y que yo las incluiría en esta monografía, mi entrevistado se emocionó mucho al yo leérselas, me pidió unas copias y se lamentó, visiblemente mortificado, que el doctor Franco no viviera aún para escucharlas.

Font Echeandía tenía razón al aludir como autor de las coplas a Joaquín Barreiro, gallego independentista, que tenía una revista humorística, El Carnaval, en calidad de editor y director de la misma, donde Carmelo Cruz, Epifanio Méndez y el fino poeta Ramón María Torres, hicieron travesuras literarias anónimas y atacaban el régimen, por lo menos, en los albores de la historia literaria de San Sebastián.

Barreiro fue acusado ante las tropas españoles de instigar sus ideas anarco-sindicalistas, colaborar con las Partidas Sediciosas y sabotear los telegramas de la Oficina Local de Telégrafos a su cargo. Los informes dicen que Barreiro, telegrafista oficial de Pepino, se pasó a las líneas americanas y evitó así el arresto.

Las coplas que se le adjudicaron a Barreiro dicen:

Bascarán se está riendo
de que Soto se cayó,
pero el golpe verdadero
ni España lo perdonó;
Rodríguez mandó la Cruz * (Roja)
cuando el Guacio se creció
y ante las aguas crecidas
el cobarde se juyó.
España se fue de bruces
en el Vado de Zapata...
( ...incompleta...)

En la casa de Cirilo,
lo mismo que de Olivencia,
Osés a Soto le dijo:
-sóis cobarde, sinvergüenza,
y verte quisiera yo
como al gringo de la jeta...

Por lo que estos versos son importantes es por confirmar que Juancho Bascarán fue testigo de varios incidentes de extraña conducta entre la oficialidad militar que, posiblemente, motivarían su retiro de la alianza colaboradora con los españoles. El resbalón sobre el puente (que fracturara huesos a Soto Villanueva) se hizo símbolo de la burla colectiva a la caída del régimen («España se (iría) de bruces»), tal como Soto. Los versos captaron la memoria histórica de las gentes, lugares de combates y desencantos anímicos. Se aludió a Olivencia, el alcalde ex officio de Utuado, que hospedó a Soto cuando sufrió la caída.

En una ocasión, por ejemplo, cuando Osés planificaba la retirada en casa de Olivencia y habiéndosele ya concedido el mando, al Soto Villanueva solicitar que "se le permitiera seguir en una camilla a la cabeza de la columna para no caer en manos enemigas", el Teniente Olea, en gesto más audaz y leal a la lucha contra los invasores, dijo que: "Más que en la retirada, debemos pensar en enfrentar al enemigo y dar lucha en Las Marías, donde la gente está intranquila".

Se refería a que había oído ya sobre las quemas y robos. Durante el calor de la discusión, Antonio Osés habló despectivamente de Soto, acusándole de mentir sobre sus heridas y amenazándole de dejarlo. La madre del alcalde, que escuchaba en otra habitación, tomó valor e intervino al oir las alegaciones de cobardía que se echaban unos y otros: "Cobardía es que abandonen al jefe herido y que, para peor deshonra, lo hallen escondido en la casa del Alcalde".

El Teniente Olea accedió a que se le llevara, pero que no fuese la tropa la que se distrajese "en los menesteres de cargarlo".

Olivencia pidió que dejaran algunos hombres con su madre porque temía a las acciones de las partidas y Bartolomé Mayol y a José Lorenzo Casellas, funcionarios municipales, en propiedad-, «no se les halla por ninguna parte». La razón: "se habían pasado al bando gringo" (Echeandía Font).

Al arreciar unas lluvias al siguiente día, Soto Villanueva se alojó con la familia Blandín y no quiso salir más, sino a rendirse.

Varios guerrilleros murieron en la crecida del río Guacio y le dijeron a Soto: "¿Cruzas o te quedas?" y él no se hizo de rogar, cuando ofrecieron llevarle al lugar seguro.

Sobrevivir a la guerra provocó una actitud esnobista. Sería un suicidio enfrentarse al estadounidense que, con sus hechos, probaba que abatiría muy fácilmente a naciones mayores que la isla. Las declaraciones de Pascual Cervera para la prensa española, alegando sus pocas «esperanzas de superar con nuestras escuadras» las mismas proezas de Dewey en Manila bastaba, es decir, al medirse equitativamente la capacidad técnica del poderío naval norteamericano con la naval española, ya se tendrían señales del comportamiento que, por sentido común, tendrían los paisanos en la isla. No es cobardía que los españoles lo comprendieran, mucho menos que, en sus niveles locales, en las colonias pobres y aisladas, los milicianos lo apalabraban con actitudes confirmativas.

Continuación

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