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El Preludio de Tristán e Isolda

explicado por Richard Wagner

 

"Un antiguo, inextinguible poema de amor original, al que se le dio nueva forma y se reprodujo en todos los idiomas de la Europa medieval, nos habla de Tristán e Isolda. El leal vasallo pide para su rey la mano de aquélla que él se resiste a confesar que ama: Isolda, la que lo sigue como novia de su señor, porque debía seguir impotente al pretendiente. La diosa del amor, celosa por la represión de sus derechos, se venga: el filtro que, de acuerdo con la costumbre de la época, la madre de la novia había preparado previsora para el consorte que no se casa con su hija sino por razones políticas, lo hace escanciar por un ingenioso descuido para la juvenil pareja que, al beberlo arde en luminosas llamas y repentinamente confiesa la pertenencia del uno al otro. Entonces no tiene fin la añoranza, el deseo, el placer y los sufrimientos del amor: el mundo, el poder, la fama, el honor, la caballerosidad, la lealtad, la amistad, todo se disipa como un sueño insustancial; sólo vive una cosa: la añoranza, el deseo insaciable que renace de nuevo eternamente, morir de sed y desfallecer; única salvación: muerte, morir, sucumbir, no despertar jamás!

Porque se sintió enetramente en el más propio e ilimitado elemento de la música, el compositor que escogió este tema para la introducción de su drama de amor sólo pudo preocuparse como limitarse, ya que el agotamiento del tema es imposible. Así pues dejó crecer sólo una vez, pero en un tirón largamente articulado el insaciable deseo, desde la tímida confesión, la más tierna atracción, a través de temerosos suspiros, esperanzas y vacilaciones, reclamos y deseos, placeres, tormentos, hasta hallar la salida hacia el más poderoso embate, el más violento esfuerzo que abre al corazón anhelante el camino al mar de la infinita dicha del amor.

¡En vano! Impotente, el corazón se abate para desfallecer de nostalgia, nostalgia sin logro, ya que todo logro sólo es renovada añoranza, hasta que en el último agotamiento de la mirada quebrada, despunta el asomo del logro de la suprema dicha: es el embeleso del morir, del no ser ya, de la última redención en ese reino maravilloso, del que más nos alejamos cuando nos empeñamos en infiltrarnos en él con ímpetu arrollador. ¿Lo llamamos muete? ¿O es el maravilloso mundo de la noche del que, como dice la leyenda, brotó una hiedra y una vid sobre las tumbas de Tristán e Isolda y crecieron en estrecho abrazo?" 

(Esbozo tal como apareció en el programa de los Conciertos celebrados en París en enero y febrero de 1860).

 

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