Magnetar



Estaba recostado sobre una superficie fría y lisa que no emitía vida alguna. Con un gran esfuerzo abrí los ojos y con un esfuerzo aún mayor miré a mi alrededor: mi cuerpo yacía adherido a una esfera de metal brillante de unos 5 metros de diámetro; a unos metros sobre mí, anillos de fuego liberaban toda la ira de la Creación; más afuera, sólo oscuridad. Dejé caer mi cabeza, porque el esfuerzo que estaba haciendo era excesivo. Volví a cerrar los ojos y reconstruí el mundo que había descubierto. Había visto todo lo que necesitaba saber: Un planeta metálico en la mitad de la nada y con fuego alrededor. Simple. Pero en la imagen final de mi mundo faltaba algo: ¿sería el planeta completamente liso, o existiría, en el lado opuesto en que me encontraba, algo que lo hacía separarse de la monotonía? La duda me mataba; no podía hacer nada más que pensar en ello. Decidí ir al otro lado. Empezé a moverme, pero a pesar de mis grandes esfuerzos, sólo avancé centímetro. Pero nada me iba a detener. Así, fui repitiendo estos pequeños movimientos, y los días y noches pasaron sin cesar. Y avancé y avancé. Llegó el día en que mis músculos ya no me obedecieron más y me dejaron de espaldas mirando el infinito. No había encontrado nada, pero en realidad lo tenía todo.


Philippe Andrade

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