Historia que no merece título



Desde un balcón roto de heridas blancas, le escribo al valeroso jinete que abajo cabalga, en su caballo blanco manco en defensa de los pobres desprotegidos; y le escribo que deje sus andanzas campestres y triviales y que suba a mi lado, donde los poetas elevados; y mientras escribo me mira, me ríe y arremete con más fuerza aún en su cometido; y trato de no mirarlo sino seguir escribiendo, desde mi altar en las alturas, donde guardo las flores de sacrificio; y no puedo evitar volver a mirar al solitario hombre de la batalla, herido de punzón, tijera y estaca, lanza, metralla, esquirla carnívora; y me vuelve a mirar con esos ojos estáticos pero vivos, secos y gloriosos, y le hago señas de que suba al cielo, de que suba a mi lado, y él sin dejar de mirarme se zambulle en el agua lavando sus heridas ya resecas; y le grito, le obligo y le suplico que se una a mi erudición, que suba a sentarse a mi mesa a relatar sus simplezas; pero él me responde con la palabra viva. Qué desolación siento y qué vacío se ve el cielo desde mi punto de vista y qué sentimiento me desola-ni siquiera quiero traerlo al papel; y ya no quise mirar más, ni escuchar, ni pensar, ni sentir, no quise nada; y tiré mis papeles y plumas y tinta por la borda y no osentí nada y en la soledad de mi balcón me sentí sin nada; y el tiempo ni siquiera se acercaba a mí por miedo a morir estrangulado, y así lo mismo las estaciones, y las mareas y los ciclos y las plantas y seguí de espaldas al muerto piso que fue el único que no me dejó, por miedo a cargar en su conciencia, la muerte del ser llamado ilusión; y no había nada cerca de él, ni siquiera su conciencia lo acompañaba en su falta; y así quedó a cada momento que se le ocurriera existir...y un día, sin darse cuenta, la conciencia que ya había vuelto de su largo viaje le señaló que una gota había caído sobre su hombro y que tenía frío; y despertando a sus miembros que también ya habían vuelto, se inclinó sobre un costado y vio humedad y hojas y musgo y sintió viento y sintió tierra y sintió vida y así nació al lado de un señor durmiendo, un caballero que en su última andanza cedió su fuego a la muerte...para que existiera la vida.


Phillipe Andrade

1