El espíritu del bosque

 

Largos y fríos días le esperan a Mimme, pues se encontraba perdido ¿cómo reconocer el camino a casa? Su hogar son aquellas extensas regiones de bosque que carecen de nombre, y su dominio es el anonimato.
Pobre Mimme, si tan sólo hubiera hecho caso cuando le dijeron que regresara antes del ocaso...pero los pequeños son tan impetuosos y también tienen ese pensamiento de que nada les puede pasar, o que si sucede algo malo nunca será a ellos ¡Ah la ingenuidad!
Bendición y maldición a la vez, crueles lecciones harán que se disperse esta característica poco a poco.
El pequeño Mimme es uno de esos graciosos seres del bosque que rara vez se aventuran cerca del alcance del ojo humano, son leyendas, o eso es lo que quieren que la gente crea.
Cristalinas lágrimas caían de los ojos grises de Mimme, no podía encontrar a los suyos, y se encontraba en medio del camino hacia donde nunca había ido.
Vagó como un alma en pena durante algún tiempo, y cuando se hubo cansado se quedó dormido bajo un húmedo puente de piedra mohosa; 3 días quedó en su letargo y cuando hubo descansado se dio cuenta de que hacía rato que había salido de los amables confines del bosque y que se encontraba en tierras extrañas para él.
Se subió en una nube para poder ver mejor el panorama, y no pudo ver nada que le resultara familiar.
-¿Qué hacer cuando no sabes como regresar a casa?
Mimme se puso a gritar, y cuando se hubo cansado se bajó de un salto de la blanca nube en que estaba, se sentó en el suelo y se puso a contemplar su infantil rostro en el agua de un lago, su expresión era algo angustiosa pero sus labios tenían una sonrisa burlona difícil de quitar. Tenía la cara llena de pecas color tinto, la piel blanca y las orejas puntiagudas, el cabello rojo y su estatura no pasaba de 1 metro; cualquier persona que lo hubiera visto hubiera pensado que era un niño común y corriente, a no ser por sus extrañas orejas y el extraño color de sus pecas.
-¿Qué es lo que te preocupa? –preguntó el tranquilo lago.
-Estoy perdido, no encuentro a los míos –contestó Mimme con voz melancólica.
-Yo sé donde están, pero tienes que confiar en mi.
-¿¡Dónde?! ¡Porfavor dime!-dijo Mimme emocionado y con una chispa de esperanza en sus ojos.
-Aquí abajo, dentro de mi cristalina agua- contestó el lago.
-Estás mintiendo, yo no veo a nadie allá abajo-dijo Mimme mientras se acercaba más al agua.
-Ven, te lo aseguro- el agua del lago empezaba a burbujear- aquí abajo están todos esperándote.
Y Mimme se tiró al agua, se hundió en la profundidad del lago; cuando se dio cuenta de que el lago lo había engañado sus lágrimas alimentaron el cristalino líquido.
Apenas logró escapar, esas traicioneras aguas difícilmente lo dejaron ir.
Ahora se encontraba maltratado, cansado, y escurriendo de agua ¿¡adónde ir!?-se preguntaba- ¿por qué todo se ha vuelto tan hostil hacia mí?-
Y tirándose en la verde alfombra se quedó contemplando el cielo, y empezó a recordar su jaula con flores; ah si su querida jaula donde aprisionaba a las flores para que sus pétalos no se escaparan, el rocío no las tocara y su color fuera perenne. Nunca realmente se había puesto a apreciar esos aprisionados tesoros que poseía.
Nuevamente se sentó y vio no muy lejos un par de niños que pescaban en el lago donde por poco desaparecía, se acercó a ellos y se quedó parado contemplándolos.
Uno de los niños volteó la mirada y le sonrió, con sus inocentes labios; Mimme se sintió con un poco más de confianza y por un momento se olvidó de buscar a su sobrenatural familia.
-Quédate con nosotros a pescar si quieres-le dijo el otro niño, pelirrojo y risueño.-
Mimme les sonrió, pero como no entendía lo que decían prefirió quedarse viendo.
Asi estuvo hasta el ocaso, observando como los pescados que sacaban del lago morían tratando de respirar desesperadamente.
Fue desde ese entonces que pasaba el tiempo espiando a los niños humanos que frecuentaban el lago, y haciéndose pasar por uno de ellos. Decidió convertirse en ese viento que viaja apresurado y que hace una que otra travesura.
Desde entonces se la pasa vagando, como el viento en risa infantil; se la pasa buscando a su propia especie que ha perdido por transformarse en frenesí.

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