El enterrador.
Conocí a una persona extraña; una
de esas personas a las que les hablas no sin algo de desconfianza. ¿Acaso es el
rostro? No hay nada en ese rostro común que llame mi atención, a no ser por esa
mirada. Es una mirada fría e indiferente, como si nada en el mundo le
importara. La razón por la que menciono esto es porque; pensé que era una
persona igual a las demás, de la clase de personas que se producen en serie.
Ese rostro casi vulgar diría yo, pero en cuanto me vio con esos ojos una sospecha
se sembró en mi mente. Y lo seguí.
¿Por qué lo seguí? Bueno la razón
es muy simple, mi trabajo es seguir mis sospechas.
Soy investigador privado, mi vida
es aburrida la mayor parte del tiempo; pero escuchar a mis corazonadas y
cuestionar a las personas es algo que me hace ganar dinero.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo
al ver que esa persona se dirigía al cementerio ¿cuál era su asunto ahí? Me
detuve en la puerta y lo vi actuar desde lo lejos. Claramente lo vi tomar una
pala y acercarse a una fosa ya medio abierta, luego lo vi empezar a cavar.
Entré al cementerio y me acerqué
al hombre, él pareció no notar mi llegada así que decidí hacerle conversación.
-Buenos días – le dije con tono
amable.
-Buenos días – me dijo él sin
molestarse en verme - ¿qué lo trae por aquí?
-Yo... – titubeé por un segundo –
vine a ver la tumba de un amigo, que fue enterrado aquí.-
-Vaya, entonces tal vez yo cavé
la tumba- me contestó sin darle mucha importancia y luego agregó: -Yo soy el
enterrador.-
Sin duda un trabajo ideal para
alguien a quien no le importa la muerte, bueno al menos a este hombre no parece
importarle nada en lo absoluto. Eso puede tener ventajas, pero también le resta
humanidad a esa persona.
Me despedí y salí del cementerio,
al parecer él no tenía muchos deseos de platicar conmigo.
Al día siguiente uno de mis casos
me llevó a las cercanías del cementerio y recordando mi episodio del día
anterior me di cuenta que no le había preguntado su nombre. Esto parecería no
tener importancia, pero para una persona como yo que no olvida esa clase de
detalles insignificantes era algo extraño.
Quizás aquel hombre logró
turbarme un poco de mi casi perpetua calma e hizo que me olvidara de ese
detalle.
Entré al cementerio y no lo vi
por ningún lado, así que caminé a un pequeño cuarto que está en una de las
orillas del cementerio. –Debe ser para el velador, o tal vez para el mismo
enterrador- pensé mientras caminaba hacia allí.
Toqué al cuarto y nadie abrió;
pero la puerta estaba entreabierta así que no pude contener mi curiosidad y
darle un vistazo.
Era bastante humilde la vista, un
catre y una vieja silla, sobre la silla también había un capuchón negro y un
hacha, en una pared también estaba una soga y algunos sombreros sucios.
-Así es, este es mi humilde
dormitorio- dijo el hombre que había llegado de improviso sin escucharlo, al
voltear la mirada noté una sonrisa burlona pero su mirada ahora parecía un poco
molesta.
-Disculpe, lo estaba buscando a
usted, y pensé que tal vez lo encontraría aquí, le juro que no fue mi
intención...- el hombre me interrumpió y me dijo: -no se preocupe; pero vamos,
dígame para qué me buscaba.
-Bueno en realidad la razón es
algo trivial, no se por qué lo molesté.
-Pues ya esta usted aquí, así que
no se detenga.
-Ayer,-dije mientras titubeaba un
poco, como el día anterior me pasó - se me olvidó preguntarle su nombre.
-Mario- dijo secamente y sin
rodeos.
Su actitud en ese momento me
pareció fría y cortante, estaba a punto de irme cuando Mario volvió a hablarme.
-Usted no vino aquí solo a
preguntarme mi nombre, algo más lo trajo hasta aquí ¿no es verdad?- me miró de
nuevo con esos extraños ojos y luego añadió: - Si, yo lo pongo nervioso; usted
no sabe qué es, solo sabe que hay algo extraño en mi. Será mejor que se vaya,
porque verá usted...la ignorancia es dicha.- Tranquilamente tomó su pala y se
fue a terminar de cavar una nuevo foso.
Yo me quedé algo confundido, sin
duda había algo extraño en él pero nunca consideré que su persona me diera
escalofríos. Tal vez por su trabajo, pero de cualquier modo es también extraño
que guarde un hacha.
-¿Qué importa? –Me decía a mí
mismo- ¡Tal vez le gusta partir sus verduras de manera violenta!
Claro que no podía contener mi
creciente paranoia así que decidí seguir al hombre hasta darme cuenta de su
secreto.
Busqué un lugar en el cementerio
adecuado a mis propósitos y decidí colocarme detrás de un mausoleo donde Mario
no pudiera verme. Lo vi cavar un buen rato, terminó el foso y luego se dirigió
a su cuarto con una capucha negra y el hacha en la mano.
Salió del cementerio y lo seguí a
una distancia prudente.
Antes de llegar a la plaza llena
de gente se colocó la capucha y con horror recordé que hoy era día de
ejecuciones públicas.
La muchedumbre estaba gritando,
impacientes por ver los cestos llenos de cabezas y yo busqué a Mario quien por
un segundo se había perdido de mi vista. Miré al centro de la plaza y ahí
estaba Mario frente al condenado.
-¡Qué terrible! –Pensé –Además de
enterrarlos también es su verdugo.
Y el condenado gritaba mientras
ponían su cabeza en el cepo donde había de ser cercenada – ¡No me maten! ¡Juro
que yo no he cometido crimen alguno! ¡Dios mío sálvame a mí que siempre he sido
fiel a ti y he cumplido tus leyes! ¡Se los ruego! ¡¿Quién verá por mi
familia?!-
Entonces Mario blandiendo el
hacha se apresuró a terminar con sus gritos. La cabeza de ese pobre miserable
cayó a la cesta y la multitud gritaba complacida -¡Se hizo justicia!-
Mario limpió su hacha
ensangrentada y luego se dirigió rumbo al cementerio otra vez, antes de llegar
se quitó el capuchón negro y vi su rostro, inmutable, como si nada hubiera
pasado.
Cada vez me intrigaba más ese
tipo, su manera de vivir era demasiado extraña.¿Qué clase de persona trabaja en
un cementerio y de verdugo? Solamente un loco, un psicópata, alguien que no
tiene sentimientos puede con semejante vida.
Yo como buen investigador que soy
decidí mantenerlo vigilado, tenía un mal presentimiento.
Al día siguiente desde temprano
me fui a vigilar a Mario, era un domingo con el cielo despejado y ni una nube
en el cielo; hermoso día sin duda.
Antes de llegar al cementerio
pude ver a lo lejos que Mario salía, lo reconocí por su peculiar forma de
caminar; erguido y con la frente en alto cual si fuera el dueño del mundo.
¿Pero acaso iba a dar un paseo
dominical como toda la demás gente? No, es mejor que me asegure y lo siga.
Mario se adentro en el bosque, yo
tomé mi distancia para que no se diera cuenta de que lo seguía; y entonces
Mario se sentó frente a un frondoso árbol y sacó una bolsa con pan.
Había gorriones que trinaban en
algunos de los árboles cercanos y entonces Mario tomó el pan e hizo migajas que
tiró cerca de él.
-Encantador –pensé por un momento
– Mario está alimentando a las aves, tal vez si tiene un lado amable después de
todo.
Y estuve observando como los
gorriones se acercaban a comer de las migajas, al principio con algo de miedo y
luego al ver que Mario no hacia ningún movimiento se acercaron a comer con más
confianza. Mario hizo una especie de mueca que parecía una sonrisa, pero; la
amabilidad no se vislumbraba en ninguna parte de esa expresión.
De pronto, Mario hizo un
movimiento rápido y su mano con asombrosa agilidad logró agarrar a uno de los
gorriones que comían dócilmente cerca de su brazo. Apretó al gorrión, lo miro y
luego se puso de pie; todos los demás gorriones volaron presintiendo lo que se
avecinaba. Entonces vi como Mario tomaba al gorrión y lo ponía debajo de su
pie, lo aplastó con un solo movimiento y luego retiró el pie para contemplar lo
que hizo.
Sentí asco, un leve quejido asomo
de mis labios pero al recordar que Mario no debía darse cuenta de que estaba
ahí me contuve. No podía imaginar que lo impulsó a hacer eso, ese acto de
crueldad innecesaria casi me rompe el alma. Yo amaba la naturaleza y lo que acababa
de ver me pareció simplemente horrible.
Me quedé mirando al cielo
preguntándome cómo era posible que existiera una persona tan cruel, aún no lo
podía creer; ya lo presentía desde el instante en que lo vi por primera vez.
Entonces Mario volvió a sentarse,
tranquilamente; como si nada hubiera pasado y rompió el silencio.
-Sé que estas ahí –dijo con voz
seca -¿Disfrutaste el espectáculo?
Yo me quedé mudo, ¿en verdad se
refería a mi? ¿cómo me descubrió? Siempre soy precavido cuando espío a alguien.
-Me has seguido a todas partes
¿acaso crees que no he lo notado? Y sé que continuas ahí temeroso de mi, de lo
que soy capaz de hacer y de pensar.
Decidí acercarme, ya me había
descubierto así que no tenía ninguna opción.
-¿Cómo te diste cuenta? – le
pregunté sin mas rodeos.
-Digamos que huelo el miedo, y tu
estás cubierto de el.
-Tuve un mal presentimiento sobre
ti , y por eso te seguí; y lo que descubrí me tiene horrorizado...jamás había
visto alguien tan repugnante como tú.
-¿Y qué es lo que tanto te repugna?
¿Acaso el verme te hace sentir lleno de piedad y bondad? Tu no eres nadie para
juzgarme.
-Estas completamente loco –fue lo
único que respondí.
-Ahora soy un loco, te equivocas
; loco es aquel que piensa que los demás están locos porque no los comprende.
-¿Lo disfrutas verdad? Disfrutas
el estar junto a la muerte, te gusta respirar ese aire fúnebre que hay en el
cementerio; y peor aún te gusta provocar la muerte.
-En eso también te equivocas, no
disfruto la muerte y tampoco disfruto causarla; me es indiferente la muerte y
eso es todo.
-Pues antes de que mataras a ese
gorrión me pareció ver una especie de sonrisa en tu cara, así que te debe de
gustar en cierto modo; si tan indiferente es la muerte para ti no tiene ningún
sentido que vivas del inhumano modo en que vives.
-Bueno, eso tiene una explicación
completamente lógica te lo puedo asegurar; pero no se si estés listo para
saberlo.
-Ya he venido hasta aquí y puedo
imaginar tu aborrecible alma así que no te detengas.
-Tu curiosidad será tu perdición,
pero como quieras; siéntate a mi lado.
Titubeé un poco y vi sus extraños
ojos, me parecieron los más vacíos que había visto en mi vida. No reflejaban ni
dolor, alegría o tristeza, ni una gota de humanidad... simplemente no percibía
nada de ellos.
Tomó mi mano y la colocó en su
pecho; luego me dijo: - pon tu oído y escucha con atención.
Eso fue bastante extraño, pero lo
hice; luego sentí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo hasta los huesos.
En realidad no estaba preparado
para ello, nada de lo que había experimentado en mi vida me preparaba para lo
que sentí en los consecuentes instantes.
Siento escalofríos en todo mi
cuerpo solo de recordarlo y desearía nunca haber despejado esa duda.
Me quedé inmóvil, mi inquietud
aumentaba y mi mano desesperadamente trataba de sentir un latido, cualquier
indicio de un palpitar, contuve mi respiración para poder escuchar
cuidadosamente. Silencio nada más, por más que escudriñaba el vacío para poder
arrancar algún sonido... no pude oír ni sentir un solo latido de aquél ser, y
luego; sin que yo lo quisiera una solitaria lágrima rodó por mi mejilla.
Compasión, miseria o luto por alguien muerto en vida quizá. Mis labios
comenzaron a temblar, quise decir algo; pero no había nada que decir puesto que
ya sabía la verdad: Mario no tenía corazón.
¿Fue un error de la naturaleza? ¿
Fue un castigo de Dios hacia aquel infame ser? Tal vez nunca lo sabré. Ese día
me alejé sin mirar atrás y sin murmurar palabra y Mario desapareció de la
ciudad. Aún me pregunto a veces si lo que viví en ese momento fue real, si en
verdad conocí a un ser sin alma ni corazón, una cáscara humana sin nada en su
interior.
Yo estaba ahí y todavía no lo sé.