El
día que murió la risa
¿Recuerdas tu infancia? Yo la recuerdo como si fuera ayer... tengo 73 años y sigo recordando esos momentos de mi niñez, lúcidamente. Cierro mis ojos y aún puedo verme a mí mismo recorriendo los verdes prados que rodeaban el hermoso castillo. Bellos eran aquellos tiempos, y yo era un inocente niño que veía al mundo que abría sus brazos amorosamente para mi.
Ya
sabes, todo tiende a ser color de rosa a esa edad; niegas que algo malo pueda
sucederte.
No
sabía que pronto algo habría de nublar mi mágico mundo sonriente.
Tenía
yo diez años y una noche estaba especialmente inquieto; había llovido todo el
día y no había podido salir a jugar. Ya sabes que energía tiene un niño y necesita
gastar. Así que como no podía dormir me levanté de mi cama y sin hacer ruido
abrí la puerta del humilde cuarto que mi señor tenía reservado para mi familia;
no noté que mi padre tampoco dormía.
Estuve
merodeando por el castillo y escuché unos sollozos que provenían de la escalera
principal, me acerqué sin hacer ruido y entonces pude ver que era mi padre el
que lloraba. Tenía el rostro cubierto con las manos y su llanto era un quejido
que salía forzadamente.
Nunca
había visto a mi padre llorar, yo pensaba ingenuamente que él era el hombre más
feliz de la tierra; y con justa razón pues mi padre era el bufón de mi señor.
No
me permitía verlo cuando trabajaba, a veces el señor le mandaba decir que daría
una fiesta y claro, mi padre debía estar ahí para animar a los invitados.
Yo
nunca fui a las fiestas, solo la gente noble y parientes del señor estaban
invitados; pero no la familia del bufón. No me importaba, yo era feliz jugando
en los jardines.
Había
veces que mi señor se aburría y entonces le mandaba hablar con el mayordomo
para que fuera al salón donde él y su esposa verían la función. Tampoco estuve
invitado nunca, no lo veía actuar pero me imaginaba que era algo maravilloso
hacer reír a la gente.
Cuando
vi a mi padre llorar no dije nada, estaba confundido; regresé a la habitación y
estuve tratando de descifrar lo que había visto esa noche hasta que me venció
el sueño.
Mi
señor parecía ser un hombre alegre, era muy rico y le gustaba hacer muchas
fiestas. Yo solamente podía escuchar la música y el murmullo de la gente y me
imaginaba todo como un magnífico baile donde todos sonreían frente al número de
mi padre, comían y se divertían.
Nunca
crucé una palabra con mi señor, el no tenía tratos con la gente común,
normalmente solo lo veía cuando bajaba de la carroza y entraba al castillo y yo
estaba afuera jugando con los hijos de los otros sirvientes. Parecía un buen
hombre.
Pasaron
algunos meses y yo olvidé ese pequeño incidente, cumplí once años y mi mamá
hizo una rica cena para celebrar; fue una humilde pero agradable cena.
Yo
estaba feliz y no noté que mi papá no estaba tranquilo, al terminar la cena se
vistió con su traje de colores pues el señor daría una fiesta esa noche.
Tuve
la osada idea de escabullirme a la fiesta y ver actuar a mi padre, después de
todo nunca lo había visto haciendo su oficio y ya tenía mucho tiempo con
curiosidad.
Una
vez que mi padre se había ido al gran salón donde era la fiesta yo esperé a que
mi madre estuviera distraída para poder salir sin que ella lo notara; así que
mientras mi madre estaba zurciendo nuestra vieja ropa yo abrí la puerta
calladamente y me dirigí al gran salón.
Escuchaba
muchas risas y todo ese alegre bullicio de la gente y me emocioné un poco.
Entré
escondiéndome de las miradas de un par de engalanadas señoras y me puse bajo la
primer mesa que topé, subí un poco el mantel y esperé pacientemente el momento
en que mi padre entrara en escena.
Entonces
mi señor, que estaba en la mesa más grande y sostenía una copa de vino gritó:
-Alto la música, es hora de que enntre el bufón a divertir a mis invitados!-
Entonces
la música se detuvo, mi padre entro con un pandero y haciendo tintinear los
cascabeles de su gorro; la mayoría de los invitados habían estado bebiendo
mucho vino y estaban ebrios diciendo tonterías.
Mi
padre hizo una reverencia a los invitados y fue como si eso hubiera sido un
llamado para la humillación. Todos esos invitados borrachos se encargaron de
tirarle restos de comida al bufón, era como si mi padre fuera el blanco para
todas sus tonterías; incluso llegó un atrevido y le vació una copa de vino en
la cara.
Yo
estaba totalmente paralizado, viendo como todo el mundo maltrataba a mi padre y
pude ver su rostro; ese maquillado rostro supuestamente alegre me dio el más
hondo aire de tristeza.
Entonces
mi señor dijo con voz burlona: -¡Vamos bufón! ¡Te pago para entretener a mis
invitados así que baila y haz piruetas o alguna gracia!- y entonces le dio un
brusco empujón en la espalda a mi padre y cayó como costal en el suelo. Otro de
los invitados se puso a gritar: -¡Levántate bufón que aún no acabamos contigo!
– y le dio una patada mientras estaba en el suelo.
Yo
no pude seguir viendo aquello y salí corriendo del salón, atravesé la puerta
principal y tendiéndome en el jardín empecé a llorar; lloré tanto que me quedé
rendido por el sufrimiento y quedé dormido ahí afuera del castillo. Mi mamá al
darse cuenta a la mañana siguiente que yo no estaba en mi cama me buscó como
loca hasta que me vio ahí tendido en el jardín. Me regañó y me preguntó que qué
locura era la mía de quedarme a dormir afuera. Yo no le respondí, entré
calladamente al cuarto y desayuné silenciosamente.
Mi
padre estaba en cama aún, y yo me pregunté por qué aquellas personas se
empeñaron en maltratar a alguien que tenía la intención de hacerlos reír. Fue
cuando empecé a darme cuenta que mi mundo no era rosa, que vivíamos en una
habitación gris a expensas de que mi padre fuera el objeto de maltrato de mi
señor y sus invitados; también recordé aquel día en que vi a mi padre llorar en
la escalera y no supe el motivo.
¡Qué
ingenuo había sido yo! ¡Qué apartado vivía yo del mundo real!
Yo
seguía jugando con los hijos de los sirvientes, y seguía tratando de ser niño y
de ser feliz. Pero cada vez que mi padre se ponía ese traje de colores yo no
podía menos que entristecerme, entonces me metía a mi cama y deseaba con todas
mis fuerzas que no le hicieran nada a mi padre.
Y
luego vi como lentamente esas personas acababan con la dignidad de mi padre,
cada vez era más frecuente que mi padre se quedara dormido hasta muy tarde, lo
veía ojeroso, estaba delgado pues perdía el apetito constantemente. Y entonces
comprendí que ese colorido traje con sus sonantes cascabeles y el alegre
maquillaje no eran más que el disfraz de un infeliz.
Un
día llegó el mayordomo, tocó la puerta y le dijo a mi padre que el señor estaba
aburrido; eso ya lo había visto otros días pero nunca había ocurrido que al
regreso de mi padre mi madre me echara del cuarto.
Vi
un poco de sangre en el piso y me asusté, luego me di cuenta que el señor había
herido a mi papá con una daga. Me encolericé, le dije a mi padre que ya lo
sabía todo y que prefería morir de hambre para que el ya no tuviera que sufrir
más.
Y
mi padre me vio con una mirada que no olvidaré jamás, unos ojos tristes y
vidriosos que daban la impresión de que romperían en llanto en cualquier
momento pero era tanta su miseria que no había más lágrimas que llorar.
No dije ni una palabra más y salí a llorar como aquel día en que me quedé dormido afuera del castillo; ya entrada la noche regresé y sin decir una palabra me metí a mi cama y como pude concilié el sueño.
Al
día siguiente desde mi cama vi como mi padre se preparaba. Se puso su
deslumbrante traje de bufón, un colorido traje de fieltro rojo con adornos en
terciopelo negro, verde y azul. Yo mantuve los ojos entrecerrados para que
pensara que dormía y lo seguía observando... él estaba frente al espejo y
empezó a maquillarse con un cuidado casi ceremonial. Tomó un poco de maquillaje
blanco y fue polveando su cara hasta que quedó completamente blanca, después
con un pincel y una especie de pasta negra empezó a dibujar dos perfectos
rombos; empezaban desde la parte superior de sus cejas y cruzaban la mitad de
su párpado terminando hasta el nacimiento de su mejilla. Luego con maquillaje
rojo dio color a sus labios al mismo tiempo que dibujaba en su rostro una
descomunal sonrisa alargando con el color rojo las comisuras de sus labios.
Nuevamente con el pincel del color negro dio una forma redondeada a su nariz la
cual parecía una canica negra. Tomó su sombrero de fieltro azul, el cual se
dividía en tres partes de diferentes colores: amarillo, verde y negro, cada una
con un brillante cascabel dorado que tintineaba mientras caminaba. Enseguida se
puso sus zapatos de rojo carmesí con punta estrecha y salió de la habitación.
Yo volví a cerrar mis ojos y recordé para siempre ese momento en que vi la
culminación de su maquillaje casi ritual.
Me levanté como de costumbre para jugar en el bosque y me recosté en la hierba, levanté la vista y en uno de los nogales más altos vi a mi padre pendiendo de una soga... no sabía si era por la palidez de la muerte o por el maquillaje blanco que su cara se veía así, tan melancólica... con esa falsa sonrisa del maquillaje rojo que jamás voy a poder olvidar y me perseguirá noche tras noche cuando trate de recordar aquellos días antes de huir del castillo de mi amo.
Aún
recuerdo mi infancia pequeño nieto, mi infancia fue muy feliz...