Al fondo de la botella
-¿Alguna vez has destrozado un corazón roto? – Me preguntó Olivier mientras me veía con una mirada algo siniestra.
-¿Alguna vez has destrozado un corazón roto? – Preguntó Olivier de nuevo pero con voz más insistente.
-¿A qué te refieres? ¿Qué caso tendría romper algo que ya estaba roto? – Le dije con tono indiferente.
Olivier guardó silencio por unos segundos, soltó una carcajada y luego dijo: - Toma un corazón que ya está roto, luego toma los pedazos y destrózalos de nuevo, toma los pedazos más pequeños y písalos, y cuando ya solo quede polvo; entonces toma el polvo en la palma de tu mano y sopla para que se disuelva en el viento.
-Que cosas dices, a veces no se porque tengo un amigo loco como tu.
-¿Porque soy tu único amigo quizás?
-Ah si, recuérdame conseguir otros amigos.
-No digas tonterías, para que querrías tu otros amigos.
Y seguimos caminando por el callejón hasta llegar a la avenida, nos sentamos frente a una vieja casa de fachada rústica y pintura descolorida y esperamos sin decir palabra.
Olivier tiene un rostro poco común, sus expresiones faciales a veces pasan desapercibidas o no se pueden interpretar tal cual fueran. Si sonríe a veces no sé si lo hace porque se siente alegre o porque es una sonrisa sarcástica. Tiene unos profundos ojos color miel y cabello oscuro y despeinado, tez blanca, siempre usa ropa informal aunque de buen gusto, tiene 27 años y no es muy gordo pero tiene panza cervezera. Es mi amigo desde hace tiempo, lo conocí en un bar. Él me sacó de ahí después de que me golpearan y me dejaran inconsciente.
Frecuentaba un pequeño bar de mala muerte, en el podrido sur de la ciudad. La gente decente no se aventuraba a entrar a esos lugares ya que es una zona regida por maleantes y yo ahí bebía hasta caer ebrio en el suelo y amanecer en mi propio vómito.
Un día uno de los matones que también frecuentaban el bar se molestó cuando vomité en su zapato y entonces fue cuando me propinaron una golpiza entre todos. De no haber sido por Olivier hubiera muerto ese día.
Nunca tuve un verdadero amigo antes que él...tal vez por eso siempre estaba solo. Primero la gente huía de mí y luego fui yo quien huía de la gente para evitarles la molestia. No pedía mucho, solo que me dejaran tranquilo.
¿Pero qué estábamos esperando Olivier y yo ahí sentados? Nada en particular, a que algo pasara quizás. Usualmente observábamos pasar a los autos y personas e imaginábamos como había de ser la vida de todos esos desconocidos.
-Mira aquel anciano – dijo Olivier señalando a un viejo que caminaba lentamente con su bastón.
-Seguramente se dirige a su casa, después de haber ido a visitar a alguno de sus nietos – dije tranquilamente.
-No, mira mas cuidadosamente; fíjate en las arrugas de su rostro. Tiene mucho más arrugas de marcas tristes de la vida que arrugas de felicidad.
-¿Entonces a dónde crees que va?- le pregunté a Olivier con algo de curiosidad, puesto que no había reparado en semejante detalle.
-Yo creo que va de regreso al asilo, seguramente no tiene familia que lo espere... quizás esta solo y por eso tiene esas marcas de infelicidad en su rostro.
-¿Por la soledad?
-Indudablemente, hay personas que necesitan la soledad; que aprenden a vivir con ella y tal vez hasta dependan de ella. Pero generalmente la soledad es algo que mata lentamente a las personas.
Lo que decía Olivier tenía sentido, aquel anciano caminaba como si tuviera una pesada cruz encima; pero los años no tenían nada que ver. Era su tristeza lo que llevaba a cuestas y lo que se reflejaba en ese roído rostro.
Por un momento me pregunté si no era así mi espíritu como lo veía reflejado en ese anciano, carcomido, erosionado por la tristeza y agrietado por el dolor de mi vida.
Tal vez por eso me gustaba estar ahí con Olivier preguntándome como podría ser la vida ajena, me hacía sentirme en contacto con este mundo. La soledad no es algo que me molestara, pero también a veces me sentía alejado, indistinto del mundo que me rodeaba. Como si el mundo fuera un sueño y yo sólo caminara en él sin rumbo y sin sentido.
Así estuvimos algún tiempo, cerca de la medianoche decidimos ir a un bar y comprar unos tragos. Entramos a la primera taberna que encontramos y bebimos hasta más no poder. El dueño del lugar nos echó y Olivier, quien no estaba tan ebrio como yo; me llevó casi arrastrando a mi casa. Bueno de hecho eso no lo recuerdo, eso me lo contó él cuando le pregunté como había llegado a mi casa.
En realidad no era muy aficionado a la bebida, pero era una especie de escape. No sé en que momento me convertí en lo que soy ahora, alguien sin ilusiones ni aspiraciones; sin trabajo y sin amigos... bueno al menos ahora tengo un amigo.
Ese día que Olivier me llevó a mi casa se quedó a dormir en el sillón como acostumbraba hacer cuando llegábamos muy ebrios. Siempre dormía hasta muy tarde, a veces pienso que dormía más de lo que vivía; o quizás sus sueños eran más gratificantes que el mundo real.
Me
desperté con náuseas y fui al baño a vomitar todo el alcohol de la noche
anterior; miré mi descolorido y ojeroso rostro en el espejo y por un momento
sentí asco de ver el reflejo: Tez morena clara, ojos verdes, cabello ondulado y
rebelde, atlética delgadez y facciones demasiado expresivas y ahora todo eso se
resume en tez morena claramente amarillenta, ojos ojerosos, cabello despeinado
y rebelde, enferma delgadez y facciones goteando cansancio.
Me disponía a despertar a Olivier empujándolo del sillón; pero al ver su rostro me detuve. Se veía demasiado tranquilo dormido, casi inocente; como si fuera una persona diferente.
Busqué mis cigarros, tal vez los perdí en el tugurio de la otra noche; salí a comprar una cajetilla y cuando regresé Olivier estaba afuera de la casa fumando tranquilamente.
Mi casa es bastante modesta, por no decir horrible; pero al menos es mi casa.
Sin conseguir trabajo vivía con lo que me quedaba de la herencia, mis padres habían sido personas que, aunque no adineradas tenían lo suficiente para que yo pudiera subsistir. Ellos murieron cuando tenía 6 años, casi no los recuerdo; una vieja tía a quien yo le era indiferente me “cuidó” y 7 años después también murió quedándome yo solo en el mundo.
Viviendo en semejante orfandad fue cuando me acostumbré a la soledad...mi siempre fiel amiga la soledad. De pronto recordé lo que Olivier me dijo sobre el anciano, era como escuchar un eco en mi pensamiento así que decidí preguntar...
-Dime Olivier, ¿alguna vez te has sentido solo? – le pregunté mientras exhalaba una bocanada de humo.
-Pues, todos alguna vez se han sentido solos supongo – respondió tranquilamente.
-Ya sabes a lo que me refiero.
-No, no sé a que te refieres.
-A esa soledad constante que se acentúa en medio de la gente más que cuando no estás con nadie.
EL rostro de Olivier se ensombreció por un momento, y se mantuvo unos segundos callado y pensativo; luego murmuró: - la única soledad que siento es la de la pérdida y no hay más para mí.
-¿La pérdida? –pregunté extrañado, yo había perdido a mis padres pero no comprendía bien a que se refería puesto que yo no echaba de menos algo que no conocí mucho tiempo.
-Conocí y perdí a mi alma gemela, desde entonces me siento incompleto...es como si una parte de mí se hubiera perdido para siempre. Esa soledad no desaparece, no importa quien esté contigo.
Terminé mi cigarro y no dije nada, una mirada triste y sin rumbo fijo se había adueñado de los ojos de Olivier, tal parece que mis palabras sin querer causaron que el inexpresivo rostro de Olivier se tornara transparente por unos momentos.
Más tarde fuimos a comer a un pequeño restaurante, comimos hasta donde nuestro malestar de la noche anterior nos permitió y luego Olivier se fue a su casa.
Olivier vivía en una pequeña pero hogareña casa con sus padres y su hermana menor, pero probablemente pasaba mas tiempo fuera de su casa que en ella. A veces ayudaba a su padre en su taller mecánico, pero pasaba más tiempo fuera de su casa y sin su familia.
Al atardecer Olivier regresó a mi casa y me dijo: -Ven, ya tengo unos planes para divertirnos hoy.
Caminamos a un pequeño bar que no había visto hasta ese día, y Olivier llegó y saludó a unos tipos que estaban sentados jugando póquer.
Nos unimos a ellos en el juego y, aunque al principio yo no hablé mucho después de unas horas de jugar, bromear, perder y ganar un poco de dinero me empecé a sentir a gusto entre esos tipos.
-¿Juegas a menudo? – Me preguntó uno de mis compañeros de juego, un viejo barbudo con un ojo de vidrio.
-No –contesté rápidamente.
-Juegas bien, bastante bien diría yo; tu y Olivier deberían acompañarnos a jugar más seguido.
Una vez terminado el juego, a altas horas de la madrugada cada quien regresó a su casa.
Nunca volví a ver a los tipos con los que jugué ese día.
A la mañana siguiente fui a buscar a Olivier a su casa, el aburrimiento me invadía y quería saber si él tenía algo planeado para ese día. Toqué la puerta a pesar de que estaba entreabierta y respondió su mamá.
-Buenos días señora,¿está Olivier en casa?
-Si,
pasa. Olivier está en su cuarto.
Ella estaba distraída haciendo los quehaceres y pasé desapercibido.
Me sorprendió en cierto modo la amable sonrisa de ama de casa que poseía la mamá de Olivier, era algo que a mi me gustaría ver diario pero que temería contraer aburrimiento por la rutina.
No toqué la puerta del cuarto de Olivier y entré en mal momento al parecer, Olivier estaba entretenido con una navaja haciéndose heridas en un brazo.
-Maldición ¿no te enseñaron a tocar la puerta antes de entrar?
-Disculpa, mejor vuelvo después.
-No, esta bien. Es solo que me molesta que me interrumpan cuando me estoy cortando.
-No sabía que hicieras eso, ahora veo porque tantas cicatrices.
Olivier guardó su navaja y se puso alcohol en las heridas.
-Dime Olivier, ¿por qué lo haces?
-No disfruto esto precisamente, no sé si sea masoquista –gimió un poco por el ardor que le causó el alcohol en su carne viva y luego prosiguió:
-A veces el dolor que siento en el alma parece inagotable, entonces hago esto para sentir que; al menos físicamente hay peor dolor.
-¿Es por lo que me dijiste ayer? ¿Es por eso que sufres?
-Sí.
-¿Y no podrías solo olvidarlo?
-Pongámoslo así, ¿cómo son tus recuerdos?
-¿A qué te refieres?
-Digamos que cuando recuerdas algo es como si lo estuvieras viendo con tus propios ojos; pero a veces es como si la emoción fuera tan intensa que tu alma se hubiera salido por un instante para poder verlo todo. Esos momentos que recuerdas como si vieras otra vez la escena; pero tu observas desde cerca en vez de con tus propios ojos. Esos instantes son los más intensos y jamás se pueden borrar.
-Y si hubieras sabido lo que iba a pasar, ¿aún así lo hubieras hecho?
-Indudablemente. No lo olvides, en esta vida no hay que tener arrepentimientos.
Ese día fuimos al lago, ambos estábamos hartos de la ciudad y a Olivier se le ocurrió ir al lago donde antes solía pescar con su padre.
Cuando llegamos había muchas familias en día de campo y también había varios pequeños botes en el lago; la tranquilidad reinaba en ese lugar. Ese día sentí que Olivier era probablemente la única familia en el mundo que yo tendría.
Olivier rentó una pequeña lancha, compró carnada y sacando de la cajuela del auto su vieja caña de pescar una sonrisa iluminó su cara.
-¿Vienes? –me preguntó antes de subir a la lancha.
-Hum, no gracias; creo que te esperaré aquí.
-Como gustes.
Me senté al pie de un árbol a divisar el bello panorama, el clima era hermoso, el cielo estaba despejado y solo algunas blancas nubes se reflejaban en el agua del lago.
Había algunos patos salvajes cerca de la orilla; un suave viento acariciaba mi rostro haciendo más perfecto todo.
Una pelota topó con mi pierna, era de uno de los niños que estaban jugando cerca del lugar; tomé la pelota y se la regresé a su risueño dueño.
No sé cuanto tiempo pasó, pero dormí apaciblemente sobre la fresca hierba y la sombra de ese árbol. Luego sentí que una mano me tocó el hombro, abrí los ojos y vi a Olivier que en la mano traía un buen botín de pescados.
El ocaso se acercaba, prendimos una hoguera y cocinamos los pescados. Con el estómago lleno y la tranquilidad que nos rodeaba decidimos improvisar un campamento en vez de regresar a la ciudad esa noche.
Cuando llegó la noche casi toda la gente se había ido, solo se veían algunas fogatas como la de nosotros alrededor del lago.
No teníamos otro techo que las estrellas, pero eso bastaba. El profundo negro de la noche me reconfortaba, las estrellas se veían tan brillantes y magníficas ese día.
-Olivier...
-¿Sí?
-Si no puedes olvidar al menos podrías intentar amar otra vez.
-No.
-¿Por qué no?
-No osaría amar otra vez...no me lo permitiría. Además cuando se ama a alguien se ama a esa persona más que a uno mismo, y no osaría amar a alguien así. No ahora...no otra vez.
-¿Acaso piensas pasar el resto de tu vida así?
-Puedo intentarlo.
-Olivier...cobarde.
-¿Cobardía? No creo que sea la palabra adecuada.
-Ah ¿entonces cual es?
Olivier quedó callado unos minutos, con los ojos fijos en las estrellas suspiró y dijo simplemente: - no lo sé.
-¿No lo sabes? Bah, por supuesto que lo sabes solo que no quieres decirlo.
-Tal vez.
-Yo no conozco eso, dime ¿vale la pena?
-Lo vale.
-Pues ahí tienes tu respuesta Olivier.
Olivier soltó una carcajada y no hablamos más de eso. Pasamos la noche bromeando hasta quedar dormidos.
Poco antes del amanecer Olivier me despertó –ya se acerca- dijo.
Vimos como el sol se levantaba en el horizonte, majestuoso, tonalidades amarillas y rosas anunciaban el nuevo día.
-¿Has notado como el amanecer es el momento justo cuando el canto de todas las aves se escucha a la vez? – dijo Olivier, casi con una emoción en su voz.
-No, no lo había notado.
-Normalmente nadie repara en detalles tan simples supongo.
Al llegar a la ciudad nos detuvimos en un pequeño café situado en una gran y ruidosa avenida.
-Hoy me siento vivo, ¿sabes algo? Voy a afrontar la vida con una nueva actitud y voy a abrir mi corazón.
Algo había cambiado en Olivier. Sus ojos brillaban, su rostro se veía iluminado, su boca aunque no tenía una sonrisa tenía una expresión que inspiraba alegría.
Después de desayunar salimos del café, nos dispusimos a dirigirnos a nuestras casas; antes de decir adiós Olivier me dijo: Ya lo verás, mi vida va a cambiar- sonrió y dio la vuelta para dirigirse a su casa. Yo también di la espalda y caminé unos pasos cuando un ruido espantoso me detuvo; el inconfundible rechinido de llantas y de la colisión de autos.
Instintivamente di vuelta, en un segundo palidecí con lo que estaban viendo mis ojos. Olivier yacía en un charco de sangre y dos autos casi destrozados con sus conductores muertos eran el panorama.
Corrí hacia Olivier, en poco tiempo una multitud se reunió alrededor del accidente y yo sostenía el cadáver de Olivier en mis brazos. Él murió casi instantáneamente, no vi cuando exhaló su último suspiro.
La vida de Olivier cambió, pero no como él y yo esperábamos. Desde entonces nunca olvido aquel día en que perdí a mi único amigo, a mi familia... a mi.
Lo extraño es, que cada vez que recuerdo eso es como si lo hubiera observado todo desde afuera de mi cuerpo. Tal vez como me dijo Olivier, a veces la emoción es tan intensa que el alma sale por un instante a contemplarlo todo.
¿Y yo? Yo me colgué de un árbol unos meses después, la soledad me aniquiló y Olivier murió dos veces.